domingo, 3 de marzo de 2019

San Agustín y la muerte de mi abuela


Agustín perdió a su madre a sus 33 años. Mónica, murió a los 56. El filósofo de Hipona describe esta escena junto a una reflexión de lo que considera una vida plena, beatitud.  O dicho de otra manera, de su reflexión sobre una vida con sentido, en la en las propias decisiones, su madre -los demás- le “roban” por así decirlo, el centro de la vida. Agustín se da cuenta que en su intimidad más que un filósofo habitaba su madre. Escribe el santo Obispo:
“Mientras yo le cerraba los ojos, una tristeza inmensa invadía mi corazón y se resolvía en lágrimas; pero al punto mis ojos, por violento imperio de mi alma, reabsorbían su propia fuente hasta secarla y en esta lucha yo padecía muchísimo” (Las Confesiones 9, 12, 29). 
En este pasaje aparece más un filósofo que escribe sus memorias, que a un hijo que llora a su madre; un pensador que intentaba secar las lágrimas a partir de una reflexión sobre el sentido de la muerte y del proyecto de vida del que ahora se convertía en heredero. Porque a partir de aquí, Agustín se sabe llamado a replicar -revivir- una existencia en busca de sentido, tal y como lo hizo su madre.
“¿Qué era, pues, lo que dentro me dolía gravemente, sino la herida recién abierta al romperse repentinamente aquella dulcísima y gratísima costumbre de vivir juntos? Es cierto que me llenaba de satisfacción el testimonio que había dado de mí, cuando en su última enfermedad, entremezclando sus caricias con mis cuidados, me llamaba hijo piadoso y recordaba con gran afecto de amor que nunca había oído salir de mi boca una palabra dura o injuriosa contra ella. Pero ¿qué tiene que ver, Dios mío, que nos has creado, qué comparación había entre los honores respetuosos que yo le rendía y los servicios que de ella había recibido? Por eso, porque yo quedaba desamparado de aquel consuelo suyo tan grande, sentía el alma herida y casi despedazada mi vida, que de la mía y la suya se había hecho una sola” (Las Confesiones 9, 12, 30). 
Me conmueve, y sí que he llorado al recordar a mi abuela que murió hace un año, cómo a pesar de intentar frenar sus lágrimas con firmeza filosófica, Agustín no pudo más y las palabras de su maestro, San Ambrosio, se suelta a llorar como chiquillo. (Las Confesiones 9, 12, 32 y 33)

Al final de esta entrada copio un sermón que Agustín, ya Obispo, ofrece en un funeral. Ahí nos anima a llorar a moco tendido por la muerte de un ser querido, pues San Pablo solo nos recomienda no llorar como quien no tiene Fe. Llorar sí, pero no al modo de quienes piensan que todo termina con la muerte, sino con la esperanza el reencuentro con ella en la intimidad del Dios cristiano. También, Agustín nos anima a cuidar los mausoleos y rituales funerales, a pesar de que al difunto, todo aquello ya no le sirve... ya ha muerto. No lo ve. No lo disfruta:
“Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, lenitivo para su dolor humano. Quienes aman no solo lo cárgalo, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas (de caridad), oraciones y limosnas (a los necesitados)” (Sermón 172)
¡Mi viejita chula! Has sido tú, entre otras quien me enseñó a que el secreto de la vida se esconde en un darse a los demás, en rezar y en arropar las necesidades de otros. Agustín me anima a recordarte, ver de nuevo tu fotografía, repetir tus dichos y caprichos -que eso es bueno para mí-; pero a rezar, ofrecer mi vida como lo hacías en servicio a los demás en tu nombre, y en comprometerme en las necesidades de los otros -que eso es fructífero para tí-.

Termino con estas palabras de San Agustín que en mi abuela se cumplen de pies a cabeza:
«Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas» (Las Confesiones 3, 12, 21).”
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Sermón 172
Cómo ayudar a los difuntos (1Ts, 4, 13)
San Agustín

1. El Apóstol nos exhorta a no entristecernos por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza, es decir, esperanza de la resurrección e incorrupción eterna. En efecto, también la costumbre de la Escritura los denomina con toda verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos en absoluto la esperanza de que han de volver al estado de vigilia. Por ello se canta también en el salmo: ¿Acaso el que duerme no volverá a levantarse? Los muertos, pues, producen tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Ni la muerte habría sobrevenido al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena. En consecuencia, si hasta los animales, que han sido creados para morir cada uno a su debido tiempo, huyen de la muerte y aman la vida, ¡cuánto más el hombre, que había sido creado de forma que si hubiera querido vivir sin pecado hubiera vivido sin término! Dé aquí surge la necesidad de estar tristes cuando, al morir, nos abandonan aquellos a los que amamos, pues aunque sabemos que no nos abandonan para siempre a los que quedamos aquí, sino que nos preceden por algún tiempo a quienes hemos de seguirles, sin embargo, la misma muerte de la que huye la naturaleza, cuando se adueña del ser amado, contrista en nosotros el afecto que origina la amistad misma. Por eso no nos exhortó el Apóstol a no entristecernos, sino a no hacerlo como los demás que no tienen esperanza. En la muerte de los nuestros, pues, nos entristecemos ante la necesidad de perderlos, pero con la esperanza de recuperarlos. Nos angustia lo primero, nos consuela lo segundo; allí nos abate la debilidad, aquí nos levanta la fe; de aquello se duele la condición humana, de esto nos sana la promesa divina.

2. Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los muertos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados. Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles? No ha de quedar la menor duda de que todas esas cosas son de provecho para los difuntos, pero sólo para quienes vivieron antes de su muerte de forma tal que puedan serles útiles después de ella. Pues quienes emigraron de sus cuerpos sin la fe que actúa por la caridad y sin los sacramentos de esa fe, en vano cumplen los suyos con los deberes de la piedad, de cuya prenda carecieron mientras vivían aquí, o porque no recibieron o recibieron en vano la gracia de Dios y atesoraron para sí su ira y no su misericordia. Cuando los suyos realizan alguna acción buena por ellos, no por eso adquieren nuevos méritos los difuntos, pero se les otorgan estos, como consecuencia de los propios de antes. En efecto, solamente en esta vida existe la posibilidad de obrar de manera que estas cosas les sean de alguna ayuda una vez que hayan dejado de existir. Y, por tanto, al llegar al término de esta vida, nadie podrá tener después más que lo merecido durante ella.

3. Permítase, pues, a los corazones llenos de afecto familiar contristarse, con dolor curable, por la muerte de sus seres queridos; derramen por su condición mortal lágrimas para las que hay consuelo, pronto reprimidas por el gozo de la fe por la que creemos que, cuando mueren, los fieles se separan de nosotros por poco tiempo y que pasan a vida mejor. Consuélenles también las atenciones de los hermanos, tanto las dispensadas a los cadáveres, como las concedidas a los que manifiestan su dolor, para que no aparezca justificada la queja de quienes dicen: Esperé que alguien se apenara conmigo y no lo hubo; esperé a quien me consolase y no lo hallé. En la medida de nuestras fuerzas, que no nos falle la preocupación por dar sepultura a los muertos y construirles sepulcros, pues la Sagrada Escritura cuenta estas cosas entre las buenas obras; y no sólo en relación con los cuerpos de los patriarcas y demás santos, sino igualmente con los cadáveres de cualquier hombre muerto; en efecto, también fueron celebrados y alabados quienes lo hicieron con el cuerpo del mismo Señor. Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, lenitivo para su dolor humano. Quienes aman no sólo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas, oraciones y limosnas.