martes, 23 de octubre de 2012

(3) Don Efra, maestro.

En dos entradas anteriores he intentado trazar un perfil de Don Efra como jurista y como humanista. Ahora escribo por qué era un maestro o mejor dicho, porqué es "mi" maestro. Dejo fuera de este recuento los contenidos que aprendí de él o que gracias a sus intuiciones yo he podido ir más rápido en los temas de mi interés. En mi caso, hablar de Don Efra como maestro es contar por qué es mi maestro. Y eso sólo se logra contando historias. 

1. Educar: actualización consciente y libre de todas las potencialidades de la persona. Comienzo con su definición de educación. El maestro "imagina", o mejor dicho «ve» cómo es y cómo puede ser su alumno antes de que él mismo se dé cuenta. Después busca la manera de hacerlo consciente de ello y le da las herramientas para que se ponga en camino. Y espera. Porque el alumno ha de convencerse libremente que puede ser así. El maestro nunca cruza la línea de la libertad del alumno.   

2. Fue por delante. Don Efra fue maestro porque recorrió primero el camino de lo que enseñaba. Fue candidato de oposición en 1970. Cuando tenía la seguridad de que iba a perder. Y no sólo eso, cuando todos sabían que la contienda era inequitativa y le pondrían obstáculos reales a sus negocios personales. Alguna vez le oí decir que en aquel momento, lo que tocaba era sembrar ideas. El resultado era lo de menos. Y por eso es maestro, porque primero se siembran ideas y se tiene paciencia hasta verlas fructificar. 

¡Gracias Maestro!
3. Exigía. En una ocasión, estábamos por comenzar su clase -yo era su adjunto-, un alumno insultó a otro que ocupaba su lugar. Don Efra me dijo que la clase se suspendía y sin decir más se fue. Una alumna salió tras nosotros con un argumento más o menos así: "Don Efraín, no es justo. No se vale que por unos pocos que se portan mal, los muchos que sí queremos clase nos veamos afectados." Don Efra le contestó -reconstruyo la idea, no las palabras textuales-: "Tiene usted razón. Pero si los muchos y buenos alumnos, no son tan buenos como para marcar el tono de la clase, y lograr que el mal ambiente de los pocos no se note... entonces no son tan buenos alumnos... tampoco merecen mi clase".  Y se fue.

4. Inspiraba sin proponérselo porque exponía la verdad. Sus ideas eran atractivas porque las exponía de forma clara, lógica y contundente. Pero para Don Efra, la sabiduría no era sinónimo de sofisticación. Y como lo importante era la verdad, se hacía a un lado para dejar que la verdad brillara por sí misma. 

5. Corregía.  Quien fue su alumno lo recuerda: "Compañero, comparta su ignorancia en silencio", "Distraigase usted solo", o "¡Pobrecito! ¡Es tonto y no lo sabe!". Cuando corregía así, no iba más lejos, ni se cebaba en el distraído. Y cuando castigaba con las acciones, no lo hacía de palabra. Sólo ejecutaba. Un día el departamento administrativo nos pidió se impidiera la asistencia a un alumno moroso. Como cuando llegamos al salón de clase, el muchacho ya estaba sentado en su sitio, Don Efra me dijo: "Ya no haga nada. Déjelo estar. Es mejor eso, que evidenciar su problema frente a sus compañeros."

6. Quien importaba era el Maestro, no ser maestro. Don Efra era cristiano. Sabía que la verdad no era sólo acumular información, sino encontrarse con una persona que realmente llena la vida. El primer curso que fui adjunto suyo, le propuse una serie de medidas para ser exigente con los alumnos. Sólo me dijo algo así como: "Recuerde que algún día moriré y el Señor Jesús me va a medir con la misma vara con la que mida a los demás. Yo prefiero la misericordia". 

Al inicio de otro curso le preguntamos cuál era su curriculum para presentarlo. Dijo: "Nací, crecí, tuve hijos, voy a morir y espero resucitar". 

Por eso no me sale decir: "Que descanse en paz".  ¡Descansa en paz querido maestro!


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