jueves, 11 de septiembre de 2014

El nuevo reloj, ¿quién es el dueño? (Pregunta a Julio Cortázar)

En 1962, Julio Cortázar publicó «Historias de Cronopios y Famas». En este compilado de relatos cortos, encontramos una serie de instrucciones sobre muchas cosas: desde cómo llorar, cómo subir una escalera o cómo dar cuerda a un reloj. Ahora que Apple presentó su nuevo reloj, un amigo (@ProfesorDoval) me recordó el «Preámbulo a las Instrucciones para dar Cuerda al Reloj». Es un texto que invita a pensar en el paso del tiempo: quién es el «sujeto del tiempo» y quién es el «sujetado por el tiempo». ¿Quién es el que manda? ¿Yo que soy el dueño del reloj (y de mi tiempo) o el reloj que me exige que lo vea y me someta al tiempo?

En el primer caso, somos nosotros quienes parece que dominamos nuestro tiempo y necesitamos de un reloj para hacer rendir las horas. Tal vez sí. Pero Cortázar recalca cómo un objeto -el reloj-, puede representar una marca, un estilo de vida, una serie de aspiraciones o la pertenencia a una comunidad de personas. En este caso el reloj no sólo da la hora, da estatus, muestra una posición social con la qué compararme con otros: «ya tengo el nuevo reloj». Cuando esto sucede, el sujeto es suplantado por el objeto: ahora es el reloj quien expresa la identidad, quien marca el ritmo y las aspiraciones de la persona. Ahora la persona es el objeto y el reloj el sujeto.

Este riesgo no se vincula sólo a las cosas que poseemos como marcas de identidad. Tiene que ver con algo más radical. Si ponemos atención, en muchas ocasiones nuestra libertad se ve exigida a decidir en un contexto no controlado o decidido por nosotros mismos. Así por ejemplo, la presencia de una persona que nos enamora no fue programada, pero exige de nosotros una respuesta. O en un ejemplo no tan agradable, la presencia de una enfermedad, nos exige que tomemos unas decisiones no planeadas.  Pero si vemos el problema hacia el futuro, nos damos cuenta que no podemos controlar las consecuencias de nuestras decisiones libres. Yo no puedo prever o controlar, por ejemplo, qué consecuencias puede tener en la vida de las personas si doy una buena clase o una clase mediocre.

De tal manera Cortázar pone ante nosotros esta pregunta ¿quién controla a quién? ¿Controlo yo mi tiempo o soy controlado por él? El escritor argentino condensa este problema en sus «Instrucciones para dar cuerda a un reloj» y en su «Preámbulo» de esta manera: cuando o regales un reloj, piensa que en esa persona se vive una tensión entre ser actor o espectador de su propia vida.

Aquí va el «Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al reloj»:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Aquí está leídas por el mismo Cortázar.


jueves, 4 de septiembre de 2014

(Voy tarde por del día del abuelo): Shakespeare y los ancianos.

La Abuela
Ya había publicado algo así en el Blog. Lo presento otra vez, pero en esta ocasión para decirlo en el radio.

En una obra de teatro de Shakespeare, «As you like it» («Como te guste»), se recoge un monólogo muy conocido que compara las etapas de vida de las personas con las escenas de una obra de teatro:

"El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.»

Para el dramaturgo inglés, son siete las escenas o etapas de nuestra vida: el infante, el escolar, el amante, el soldado, el sabio, el viejo y el senil. Todo ser humana pasa de una etapa a otra sin que podamos evitarlo. Como la semana pasada fue el día del anciano recupero aquí las últimas dos etapas de la vida que nos presenta Shakespeare:

«La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, convertida de nuevo en agudo tono de niño,
le pita y silba al hablar» 

Pero en los ancianos no encontramos sólo decadencia física. Ellos ancianos son depositarios de la memoria de una familia y un pueblo. ¿Cómo eras de chico? ¿Cómo se cocina el plato que te gusta? ¿Cómo va el cuento de la Caperucita? ¿Por qué serie de valores vale la pena regir la propia vida? ¿Por qué no hay mal que dure cien años ni idiota que lo soporte? ¿O en qué caso concreto sucedió aquello de que «Dios aprieta pero no ahorca», o «para atrás ni para agarrar vuelo»? ¿Cuál es la historia de tu familia y de la que tu formas parte? ¿Cómo se hace para ser buen padre, qué hice yo que salió bien y qué no salió tan bien que digamos? Los abuelos tienen mirada de largo alcance y memoria que ha repasado una y otra vez los sucesos de la vida. Lo han vivido y experimentado y podemos ver en sus dichos una comprobación histórica de sus dichos y frases.. 

Esta es la séptima y última etapa de la vida: la senilidad:

«La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.»  

Es la escena de la “segunda niñez y el olvido total”. Ya nos entregaron la vida y sus experiencias, y al final nos entregan su memoria por que se quedan sin ella… viven como niños que repiten lo mismo una y otra vez, sin lógica y sentido. Son como niños que ven sin cansarse la misma película y no se hartan de repetir el mismo cuento. Se aferran y rabietan por sus caprichos como si la vida se les fuera en ello. Antes de dejar el escenario de forma definitiva, el abuelo nos interpela y obliga a salir de nosotros mismos para responder a este reto que nos lanzan con su presencia: «¿Pondrás en práctica conmigo lo que yo hice contigo, que vale la pena hacerse cargo de un ser humano que no se basta a sí mismo?»

viernes, 29 de agosto de 2014

Los último instantes de Sócrates

"La muerte de Sócrates" (1787), Jacques-Louis David

Pongo para mis alumnos esta entrada. La próxima clase estudiaremos el Critón y como complemento les dejo la narración que hace Platón en el Fedón de la muerte de su maestro. Tomo la traducción de Gredos

Fedón, 117a-118c
—Venga, amigo mío, ya que tú eres entendido en esto, ¿qué hay que hacer?
—Nada más que bebcrlo y pasear —dijo— hasta que no- b tes un peso en las piernas, y acostarte luego. Y así eso actuará.
Al tiempo tendió la copa a Sócrates.
Y él la cogió, y con cuánta serenidad, Equécrates, sin ningún estremecimiento y sin inmutarse en su color ni en su cara, sino que, mirando de reojo, con su mirada tauri­na, como acostumbraba, al hombre, le dijo:
—¿Qué me dices respecto a la bebida ésta para hacer una libación a algún dios? ¿Es posible o no?
—Tan sólo machacamos, Sócrates —dijo—, la canti­dad que creemos orecisa para beber.
—Lo entiendo —respondió él—. Pero al menos es po­sible, sin duda, y se debe rogar a los dioses que este trasla­do de aquí hasta allí resulte feliz. Esto es lo que ahora yo ruego, y que asi sea.
Y tras decir esto, alzó la copa y muy diestra y serenamente la apuró de un trago. Y hasta entonces la mayoría de nosotros, por guardar las conveniencias, había sido capaz de contenerse para no llorar, pero cuando le vimos beber y haber bebido, ya no; sino que, a mí al menos, con vio­lencia y en tromba se me salían las lágrimas, de manera que cubriéndome comencé a sollozar, por mí, porque no era por él, sino por mi propia desdicha: ¡de qué compañero quedaría privado! Ya Critón antes que yo, una vez que no era capaz de contener su llanto, se había salido. Y Apolodoro no había dejado de llorar en todo el tiempo anterior, pero entonces rompiendo a gritar y a lamentarse conmovió a lodos los presentes a excepción del mismo Sócrates.
Él dijo:
—¿Qué hacéis, sorprendentes amigos? Ciertamente por ese motivo despedí a las mujeres, para que no desentona­ran. Porque he oído que hay que morir en un silencio ritual. Conque tened valor y mantened la calma. 
Y nosotros al escucharlo nos avergonzamos y contuvi­mos el llanto. Él paseó, y cuando dijo que le pesaban tas piernas, se tendió boca arriba, pues asi se lo había aconse­jado el individuo. Y al mismo tiempo el que le había dado el veneno lo examinaba cogiéndole de rato en rato los píes y las piernas, y luego, aprentándole con fuerza el pie, le preguntó si lo sentía, y él dijo que no. Y después de esto  hizo lo mismo con sus pantorrillas, y ascendiendo de este modo nos dijo que se iba quedando frío y rígido. Mientras lo tanteaba nos dijo que, cuando eso le llegara al corazón, entonces se extinguiría.
Ya estaba casi fría la zona del vientre cuando descu­briéndose, pues se había tapado nos dijo, y fue lo ultimo que habló:
—Critón, le debemos un gallo a Asdepio. Así que págaselo y no lo descuides
—Así se hará —dijo Critón—. Mira si quieres algo más.
Pero a esta pregunta ya no respondió, sino que al poco rato tuvo un estremecimiento, y el hombre lo descubrió, y él tenía rígida la mirada. Al verlo, Critón le cerró la boca y los ojos.
Éste fue el fin, Equécrates, que tuvo nuestro amigo, el mejor hombre, podemos decir nosotros, de los que en­ tonces conocimos, y. en modo muy destacado* el más inte­ ligente y más justo.

jueves, 28 de agosto de 2014

Beisbol y la inherencia de los hotdogs: el argumento de los derechos humanos.


Sluggerrr, mascota de los Kansas City Royals

Ser aficionado al beisbol es arriesgado. En el de Grandes Ligas uno de sus riesgos es la desesperación. Seguir los 162 juegos de tu equipo y verlo avanzar lentamente centésima a centésima a lo largo de varios meses requiere disciplina casi espartana: “uno no sigue a su equipo para verlo derrotar al adversario, lo sigue para verlo perseverar en sus virtudes y defectos (Álvaro Enrigue dixit aquí)” y avanzar centécima a centécima por el standing a lo largo de ocho meses. Esta temporada, por ejemplo,  el largo e intenso duelo por la división central de la Liga Americana entre los Tigres de Detroit y los Reales de Kansas City. Los Reales tienen ventaja de 2.5 juegos cuando en julio llegaron a estar 7.5 por detrás de los Tigres: es decir, remontaron una desventaja de .084 y ahora su ventaja es de .019.

Pero al mismo tiempo, el aficionado al beisbol debe estar dispuesto a un riesgo esencial al juego que conecta de forma única a la grada con la grama: en un batazo de foul podríamos ser golpeados en la cabeza o doblarnos un dedo al querer atrapar una pelota. Y eso lo sabe toda persona que se sienta a ver y a oír un partido de beisbol.


Entonces, si un foul y el riesgo de ser golpeado es inherente al juego, ¿qué pasaría si somos lesionados por una playera o un hotdog lanzado por la mascota de un equipo hacia la tribuna como parte del entretenimiento organizado entre los innings? ¿Forma parte inherente de los riesgos que asumimos libremente al acudir a un estadio de beisbol?

En 2009 un aficionado de los Reales de Kansas fue golpeado por un hotdog que lanzó «Sluggerrr», la mascota de los Reales, lo que le causó un desprendimiento de retina. En junio de este año, la Suprema Corte de Missouri declaró que el lanzamiento de hotdogs a la grada no es inherente al beisbol, por lo que los Reales podrían ser responsables de negligencia a favor del aficionado lastimado.

John Coomer, el aficionado, fue al estadio y tuvo la suerte de poder elegir un mejor asiento al de su boleto original por que no había mucha gente en las gradas. Siguió con atención y gusto el ritual de la mascota que lanzaba y regalaba hotdogs. Vio cómo se giró para disparar de espaldas. En ese momento, Coomer se giró hacia el marcador y no vio venir el golpe.



El juez se pregunta si un hotdog puede ser considerado como uno de los objetos errantes que vuelan en un estadio de beisbol como parte esencial e inherente a ese deporte. ¿Alteraría de forma esencial el juego o eliminaría el tipo de espectáculo que es este deporte? ¿Cuáles son los elementos que definen esencialmente el juego y le permiten cumplir sus fines? En este contexto argumentativo se encuadra la pregunta central del caso: ¿Un hotdog volador es como una pelota o un bat lanzado como parte misma del juego que le permite lograr sus fines propios?

En juicios similares, las Cortes ya han sostenido que los espectadores no podían demandar a un equipo de beisbol por las lesiones causadas por una pelota o un bat que cae en las gradas. En el lenguaje jurídico se llama asunción del riesgo inherente. El riesgo es inevitable, y de alguna manera una parte esencial de lo que un aficionado busca al ir a un parque de pelota: el juego en sí tiene sus riesgos, pero también uno va al estadio a oír la madera que golpea la pelota, o cómo esta sacude el guante del catcher… y uno va sin duda para ver si cachamos un batazo de foul.


Apesar de que la Corte reconoció que lanzar premios se ha convertido en parte importante de la experiencia del juego, el hotdog-volador no es un componente esencial a este deporte: no es un elemento que lo defina como tal, ni le permite esencialmente cumplir con sus fines propios.

Dejando a un lado el beisbol, esta estructura argumentativa es la que sostiene al movimiento de derechos humanos: el ser humano y su dignidad sólo son tales si expresan y realizan unos fines y si estos se logran de forma adecuada y ajustada a través de sus potencialidades inherentes. 

Sin esas exigencias propias de lo que implica ser persona y sus fines careceríamos de criterios racionales para medir qué es justo y quedaría reducido a la arbitrariedad de quien define su derecho como aquello que se le antoja o le parece.

Sólo por eso tendrías que cortar a este loser


jueves, 14 de agosto de 2014

Primo Louie: el rey de la tontera que divierte.

Hay en la versión de Disney de "El libro de la selva" un personaje cuya loquera lo hace divertido: El rey Louie. Un maestro de la manipulación, del pan y circo.

Como es sabido, sus monos secuestran a Mowgli por que piensan que pueden robarle tecnología: producción del fuego. Con el dominio de esa técnica, podrán ser el clan más poderoso. Shere Khan, la amenaza más peligrosa de la jungla, teme al fuego. Si el tigre feroz huye del fuego controlado por los los simios, serán ellos quienes dominan al resto de animales. Pero Mowgli no sabe hacer fuego.




En la novela original, Kipling insiste que los monos no tienen rey o una sociedad estructurada y reconocible en una autoridad. Son un clan sin racionalidad ni ley. Aunque en la versión de Disney, el primo Loui es presentado como un Rey -que vive a todo dar y procura que sus súbditos la pasen también bien-, es significativo que en ambas versiones el punto de partida es claramente la no humanidad de quien vive no guiado por la razón. Es precisamente el punto de partida del argumento de la escena: quiero ser hombre. ¿Y qué características ve el simio en la comunidad humana?

De entrada, Loui lo dice cantando: quiere andar erguido, caminar derecho; vivir junto con otros a través del diálogo, abandonar la irracionalidad y locura del mundo de los simios. Estas características no valdrían la pena, si no logra a través de la técnica, el control del poder representado por el fuego.  En el fondo, tampoco tan en el fondo, al Rey Loui le interesa sólo para dominar y afianzarse en el poder. La razón, el derecho y el diálogo, son para él un medio técnico -como lo es también el dominio sobre el fuego- para ser más fuerte y lograr el dominio sobre el resto. 

Louie utiliza una común herramienta del tirano: la tontera que divierte, la superficialidad que entretiene, la fiesta que celebra los clichés de lo «normal» –del «así lo hacen todos»-, con que se protege el demagogo. Hannah Arendt reconocía que la tragedia nazi fue posible por que hubo muchos que sin ser pervertidos, ni sádicos, eran ciudadanos comunes y corrientes «Terrible y aterradoramente "normales"»: personas camufladas en la normalidad de los lugares comunes que el tirano logra concretar en un discurso simple y aparentemente coherente.  

La escena del Rey Louie retrata en su sencillez -en su divertida sencillez- la máscara del demagogo: es el rey de la tontera que divierte, se perpetúa en el poder como bufón de la superficialidad: es el político que manipula a través de la fiesta y se interesa por la razón y el derecho como modo de controlar el poder que lo encumbra.



Hoy -14 de agosto- mis padres cumplen años de casados. Recuerdo haber visto esta película de niño junto a ellos y cómo se divertía mi jefe con el Rey Louie y Baloo. A ellos les dedico este comentario

domingo, 3 de agosto de 2014

La inutilidad del conflicto (la 1GM y mis pugnas con otros)

Burt Solomon publicó en The Atlantic (aquí) un muy buen artículo sobre la inutilidad de la primera guerra mundial y sus consecuencias. El pasado 28 de julio se cumplieron 100 años su comienzo. Solomon hace un recuento de los motivos que se han ofrecido para explicar los motivos de la guerra. «Haiga sido, como haga sido», la guerra causó la muerte de más de 16 millones de personas, no sólo de formas nuevas y creativas, sino por unos motivos infantiles e inútiles. 
Soldados británicos cegados por gas lacrimógeno en 1918

Todas las guerras nos dicen algo sobre nosotros mismos, «esta guerra -escribe Solomon- nos dice mucho sobre la naturaleza de la codicia, los peligros de la inseguridad, la facilidad con la que perdemos el control sobre la historia de los hombres». También nos muestra lo poco que podemos prever y controlar los efectos ocasionados por una tecnología, inventada con esperanza de progreso, pero dominada por el poder irracional. Trágicamente lo que ha sucedido en Gaza pone ante nosotros este último punto: quizá podamos controlar cómo disparar un misil y dar en el blanco, pero nunca podremos dominar todas sus consecuencias. (Aquí, un artículo de Michael Walzer en New Republic, sobre el tema)

Pienso que de la primera guerra mundial podemos aprender tres cosas sobre cómo enfrentar los conflictos: 

1. Elegir bien el conflicto. Pocos y que valgan la pena. Ya sea por el tema, por lo que sacaremos de ahí, por cómo quedará dañada una relación, por lo que realmente podemos cambiar del problema, etc. Como en el beisbol, no hay que tirarle a todo lanzamiento aunque venga strike. No todo pleito vale la pena.

2. Antes de entrar a resolver una diferencia con otro  hemos de fijar qué vamos a considerar como éxito. Una vez que conseguimos esa meta, ¡a salir corriendo del conflicto! Si la otra persona quiere aprovechar la pugna para dejar claro que quien manda, que esos no son modos, que ahora las cosas se harán como quiere... allá ella, que se quede con su triunfo. Con un objetivo claro, es más fácil centrarse en lo que pensamos en frío y consideramos valioso. En un conflicto es común calentarse y perder el norte sobre lo que buscamos. Ayuda a considerar que ni toda victoria es definitiva, ni toda derrota es absoluta. Nunca se gana todo de una vez por todas y nunca se pierde todo de forma indiscutible.



3. Tomar en cuenta que al final del día, tras la pugna, corremos un gran riesgo de quedarnos sin nada. Cuando entramos un conflicto, con mucha frecuencia cambiamos nuestro sitio y nuestros objetivos fundamentales por ganar la disputa, por ganarle al otro. Después, tarde o temprano –y esta regla no falla– nosotros nos iremos o la otra parte del conflicto se irá. Si prevaleció el conflicto, o en gran parte sólo hubo conflicto, habremos perdido tiempo para realizar nuestro proyecto de vida. En algún momento se irá o nos iremos... ¿y qué me quedó por haberme enzarzado en una pugna?



jueves, 24 de julio de 2014

400 años de la «carta» de un político a su esposa.

En el capítulo 36 de la Segunda Parte de el Quijote (aquí) se recoge una carta que Sancho Panza envía a su esposa Teresa, fechada el 20 de julio de 1614. El domingo pasado se cumplieron 400 años de esa carta. Sancho cuenta todo lo que sufre un político en beneficio de sus gobernados, la incomprensión de la gente, lo difícil de ese oficio. Pero no todo es pesado y difícil: «A los pocos días, partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mismo deseo.» La anima a que se compre un carruaje y vestido: ya es esposa de un gobernador y debe vestir con distinción y elegancia. Le recomienda no hacer caso a los chismes y críticas de la gente, que haga lo que haga, siempre la juzgarán con severidad y hablarán mal de ella.

Como sabemos, el Quijote había prometido a Sancho ser gobernador de una isla. Sancho esperaba que ese sería el pago de su aventura. Más adelante, ambos se encuentran a un duque y a su esposa que pretenden hacer a Sancho gobernador de la isla Barataria, algo así como abaratada. Sancho acepta con gusto. En esa carta, podemos ver el sentido de ironía de Cervantes: el gobernante aprovecha favores de otros para su designación, aunque él siempre dirá que le ha costado trabajo. Vale la pena reírse un rato con la carta de Sancho a Teresa, y repasar los consejos que el Quijote da a su amigo sobre cómo ser buen gobernante unos capítulos más adelante. En el capítulo 42 (aquí) se recogen las características interiores del alma de toda autoridad y en el capítulo 43 (aquí), los atributos físicos que hacen visibles esas cualidades. 

En primer lugar, el gobernante debe ser consiente de su lugar en el mundo y en la historia: ni es para siempre, ni lo puede todo. No menos importante, el gobernante ha de conocerse a sí mismo, lo que le permite adelantar en estas virtudes necesarias para un buen político: prudencia, humildad, discreción, justicia, clemencia, piedad, misericordia, atender a la verdad. A mi me gustan tres frases que ahí aparecen: recuerda que «la sangre se hereda y la virtud se conquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale»; segundo, «Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre»; y por último, «Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin la añadidura de las malas razones.» (Es como con el tránsito, o multa o regaño, pero no las dos). Respecto a las cualidades externas, Cervantes le concede importancia la presencia que ha de tener quien gobierna  como motivo de credibilidad de su prudencia gubernativa: “No andes Sancho, desceñido y flojo; que el vestido descompuesto da indicios de ánimo desmazalado [aflojado]”. 

Al final, Sancho deja el gobierno que entre las bromas de los criados del duque y las cargas propias de ese oficio, le convencen que no nació para eso.

Así se despide Sancho de Teresa en la carta que comentamos «Así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. Deste castillo, a veinte de julio de 1614. Tu marido el gobernador, Sancho Panza.»

Aquí la carta completa:
Carta de Sancho Panza a Teresa Panza, su mujer. 
Si buenos azotes me daban, bien caballero me iba; si buen gobierno me tengo, buenos azotes me cuesta. Esto no lo entenderás tú, Teresa mía, por ahora; otra vez lo sabrás. Has de saber, Teresa, que tengo determinado que andes en coche, que es lo que hace al caso, porque todo otro andar es andar a gatas. Mujer de un gobernador eres, ¡mira si te roerá nadie los zancajos! Ahí te envío un vestido verde de cazador, que me dio mi señora la duquesa; acomódale en modo que sirva de saya y cuerpos a nuestra hija. 
Don Quijote, mi amo, según he oído decir en esta tierra, es un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga. Hemos estado en la cueva de Montesinos, y el sabio Merlín ha echado mano de mí para el desencanto de Dulcinea del Toboso, que por allá se llama Aldonza Lorenzo: con tres mil y trecientos azotes, menos cinco, que me he dedar, quedará desencantada como la madre que la parió. No dirás desto nada a nadie, porque pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro. De aquí a pocos días me partiré al gobierno, adonde voy con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mesmo deseo; tomaréle el pulso, y avisaréte si has de venir a estar conmigo o no. 
El rucio está bueno, y se te encomienda mucho; y no le pienso dejar, aunque me llevaran a ser Gran Turco. La duquesa mis eñora te besa mil veces las manos; vuélvele el retorno con dos mil, que no hay cosa que menos cueste ni valga más barata, según dice mi amo, que los buenos comedimientos. No ha sido Dios servido de depararme otra maleta con otros cien escudos, como la de marras, pero no te dé pena, Teresa mía, que en salvo está el que repica, y todo saldrá en la colada del gobierno; sino que me ha dado gran pena que me dicen que si una vez le pruebo, que me tengo de comer las manos tras él; y si así fuese, no me costaría muy barato, aunque los estropeados y mancos ya se tienen su calonjía en la limosna que piden; así que, por una vía o por otra, tú has de ser rica, de buena ventura. Dios te la dé, como puede, y a mí me guarde para servirte. 
Deste castillo, a veinte de julio de 1614.
Tu marido el gobernador,
Sancho Panza.