sábado, 3 de septiembre de 2016

El mejor momento de una clase


Ayer celebramos los 30 años de la Facultad de Derecho en la que trabajo (UPGdl). Va un pequeño aderezo. Dos citas que describen los momentos más gratificantes que uno puede encontrarse en esas aulas.
«Durante las clases, el mejor momento es cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón» (Profesor Joseph Ratzinger. Vi la cita aquí).
-o-

«People are much stronger than they think they are when in pursuit of their telos, their purpose for living. [...] We are all fragile when we don’t know what our purpose is. If you really want people to be tough, make them idealistic for some cause, make them tender for some other person, make them committed to some worldview that puts today’s temporary pain in the context of a larger hope» (David Brooks, Making moder toughness).
Gaudeamus igitur!

miércoles, 17 de agosto de 2016

Rizzo, el beisbol y jugar más allá de los límites


Hace tiempo escribí en el blog que el beisbol es un deporte en el que experimentamos desde el fracaso hasta la diversión más allá de los límites de la propia existencia:
¿Cuál es la orilla del campo dentro de la cual es válido demostrar creatividad y capacidad atlética? En el fondo, no es más que preguntarse ¿cuál es la frontera real -espacial o temporal- a la que podemos aspirar, incluso cuando jugamos dentro de las reglas? [...] Quizá la vida se trate de eso: de jugar aquí, a pesar de nuestros reveses y caídas, y de vez en cuando, experimentar lo que existe más allá de las fronteras. Un filósofo existencial lo diría así: «¿No te has dado cuenta que la vida debe ser eso? ¿Jugar aquí para de pronto divertirse más allá?» Si nuestros días suceden entre el juego, las reglas, el campo, los límites y lo que existe más allá de estos, entonces esta escena es, simplemente, existencial.
En esa entrada se mostraba a un jugador, Anthony Rizzo, que cruzaba las fronteras del campo y en las gradas atrapaba una pelota para marcar un out... ¡Lo ha vuelto a hacer!


miércoles, 10 de agosto de 2016

«Nacionalicemos a Phelps» de Germán Dehesa



No tiene desperdicio olímpico. Apareció en Mural el 14 de agosto de 2008:
«Tiene un cierto rostro de Pánfilo Ganso y caminares como de pelícano, pero ya en el agua es como político con presupuesto abundante: voraz, implacable e insaciable. Mi sugerencia de nacionalización no es un mero fuego fatuo que haya iluminado cualquiera de mis insomnios; para nada, se trata de una medida muy bien meditada y de múltiples efectos benéficos para el deporte nacional. Nomás de golpe ya tenemos al mejor atleta de toda la historia de las Olimpiadas (¡y sin la maléfica influencia del torvo Vázquez Raña y de el Tibio Muñoz, su clonecito de bolsillo!), pero además, cristalizaremos la posibilidad de tener una delegación triunfadora formada por el propio Phelps y ya, o por Phelps y algunas chicas que se comprometerán a no llevar familia. Esto no es cosa mía, pero los aztecas nos estamos formando una imagen de chillones planetarios que no va bien con nuestra imagen recia y estoica: ¡cero familia chillona!.
Pensemos en que Phelps solito ha ganado ya más medallas de oro que México en toda su historia. La cuestión estribaría en mantenerlo en condiciones muy higiénicas (yo diría que lo aisláramos en las bóvedas del Banco de México con su cubito de agua y hermosas edecanes del Centro Histórico; Agrupación Cisne, absténgase). Se le encomendaría a mi amigo El Marce la tarea de cuidar a nuestra joya Phelps y que ni sueñe con sacarlo para inaugurar sus muy pinchurrientitas albercas y playas capitalinas. Por cuenta del Marce corre el bienestar de nuestro egregio nadador y muchos puntos de popularidad ganará si tiene a Phelps contentito y cumpliéndole cuanto capricho se le ocurra: ¿qué quiere libros?, de inmediato Marce se pone en contacto con Mario Marín que es un destacado surtidor de bibliotecas quien de inmediato le enviará no uno, sino varios tráilers de la suerte, llamados así porque mediante un estimulante sorteo, los tráilers pueden venir vacíos, pueden traer las memorias de Schopenhauer en su lengua original, los discursos de Miguel de la Madrid también en su lengua original y así. Es tan ocurrente el Gobernador Marín, que uno nunca sabe con qué nos va a salir este predilecto amigo de Felipe Calderón y de la Suprema Corte que, por cierto, ahora nos dice que todos sus integrantes son perfectos y están en vías de canonización y que ellos impartirían una justicia expedita y maravillosa si les entregaran expedientes bien documentados (¿cómo el de Lydia Cacho, o mejor?). Ya pensándolo bien, no sería mala la idea de poner a Phelps al frente de la Suprema Corte, en lugar de este señor tan plomito que parece la mamá de la Pequeña Lulú.
Pero, no perdamos de vista a Phelps y a las múltiples ventajas que ofrece el hecho de nacionalizarlo azteca y con ello ahorrarnos la pena ajena y propia de enviar, por ejemplo, a nuestro equipo de velerismo que por más manazos y jondeones que le dan a su embarcación, ésta permanece tranquilamente al pairo meciéndose suavemente mientras otras naciones ya van llegando a la rayita del horizonte; por no hablar de nuestras gimnastas que tienen insalvables problemas de diseño. Hay que aceptarlo: la raza tenochca es petacona y no hay concurso de Televisa que la redima. Tendrían que diseñar para nuestras chicas ejercicios especiales que no comprometieran el aguayón, porque de otra manera nuestro ineludible destino será el de que nuestras náyades se vayan de náilons reiteradamente.
Muchas son las ventajas de la medida que propongo. Dista mucho de ser una mera puntada. Ahorraremos mucho dinero y ganaremos prestigio». [...]

martes, 2 de agosto de 2016

Los (todavía no) pudores de Lucas


El @ProfesorDoval, uno de mis mentores, me (me, me) puso en la pista de este cuento de Cortázar. Debía un post dedicado al vástago del Barbas y de la Chancla. ¡Grandes los tres! Como se verá, afortunadamente, Lucas empuja y opera sin preocuparse por las visitas.
Lucas, sus pudores 
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oir se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde. 
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horor no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezar lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación mas bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha. 
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso. 
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonar el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: 
Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que despues de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia. 
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisón mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el docotor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
Julio Cortázar, 1979. 

lunes, 18 de julio de 2016

¿Trabajar durante Universidad? La opinión de Platón


Hoy llegaron 132 novatos al propedéutico de su licenciatura en Derecho. Su primer día en la Universidad. Ahí viene la pregunta: «–¿Y cuándo me recomienda comenzar a trabajar?». Como posible respuesta, van unos párrafos en el Teeteto de Platón, un diálogo sobre el saber. Este filósofo había trabajado en el mundo real: se dedicó a la política y, entre otras cosas, fue contratado para redactar una constitución en Siracusa. No era un pensador de los que tejen cobijas con las nubes. Pues bien, hay un pequeño diálogo en el Teeteto donde se preguntan en qué consiste el saber de quien trabaja en un tribunal y se empeña en los asuntos jurídicos. Platón asume que si alguien sólo sabe de eso, entonces no conoce lo importante.

Recuerda que una vez, Tales de Mileto cayó en un pozo mientras veía las estrellas. Una esclava se burló de él más o menos así: «¡Hey! ¡Pringa'o! ¡Quieres saber las cosas del cielo, pero te olvidas de las que tienes delante de tus pies!». Platón toma la broma que se lanza a los filósofos y la revira contra el que sólo sabe de lo que sucede en el mundo laboral: será esclavo de un saber parcial y limitado. Su castigo será vivir consigo mismo, será traicionado por sus categorías una y otra vez, su mundo se reducirá a lo que sucede en su área jurídica. Terminará tropezando, pues pensará que conocer cómo opera el derecho es suficiente para saber vivir la vida.

¿Trabajar mientras se estudia en la universidad? Tal vez sí; siempre que no se abandone el esfuerzo por saber aquellas cosas que vale la pena saber. Sólo si se es conciente de que el mundo laboral es sólo una parcela de la vida real de una persona. Platón sugeriría que lo más importante es la madurez intelectual para saber quiénes somos y cómo edificamos una vida libre, llena de amigos, bella, justa y plena.

¿Trabajar para conocer el mundo real y garantizar un futuro laboral? Si es sólo por eso, entonces, concluiría Platón, habría que prepararse para el castigo inherente a ese carácter: «convivirás contigo mismo. Tropezarás una y otra vez, por culpa de tus propias categorías intelectuales».

En otras palabras, el problema no está en trabajar o no, sino en lo que busco madurar al empeñarme en esa actividad, y lo que dejo de saber por dedicarle tiempo a ello.

Aquí va el texto de Platón. Primero puse una versión breve con comentarios; abajo, unos párrafos menos recordados.

Teeteto 
172c-177c
Los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados [o lacayos] [...] Siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse [Ellos mismos se limitan a hablar de asuntos jurídicos]. [...] Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud [alguien que sólo habla de derecho] y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.  Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares [parciales], que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. [...]
Cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia [del auténtico mundo real, del que hace que valga la pena la vida de una persona], y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie [no se entera, porque no lo ve; sus esquemas mentales atrofiados se lo impiden], ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo [como restanto importancia al adulador], sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve. [En el fondo el que sólo sabe de la operación jurídica, o de su ámbito profesional,  desconoce lo más importante, no se da cuenta de ello y tropieza, como Tales de Mileto, ante lo que tiene a sus pies] [...]
Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [La sansión es vivir con ellos mismos o con alguien similar a ellos] 
-o-
Sócrates: — Por cierto, muchas veces, querido amigo, se me ha ocurrido pensar, como en esta ocasión, que los que se han dedicado mucho tiempo a la filosofía frecuentemente parecen oradores ridículos, cuando acuden a los tribunales.
Teodoro:— ¿Qué quieres decir?
Sócrates:— Que los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados, si los comparas con hombres libres, educados en la filosofía y en esta clase de ocupaciones.
Teodoro:— ¿En qué sentido?
Sócrates: — Estos últimos disfrutan del tiempo libre al que tú hacias referencia y sus discursos los componen en paz y en tiempo de ocio. Les pasa lo mismo que a nosotros, que, de discurso en discurso, ya vamos por el tercero. Si les satisface más el siguiente que el que tienen delante, como a nosotros, proceden de la misma manera. Y no les preocupa nada la extensión o la brevedad de sus razonamientos, sino solamente alcanzar la verdad. Los otros, en cambio, siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse. Esto es lo que llaman juramento recíproco. Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.
Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares, que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. Entregados así a la mentira y a las injurias mutuas, tantas veces se encorvan y se tuercen, que llegan a la madurez sin nada sano en el pensamiento. Ellos, sin embargo, creen que se han vuelto hábiles y sabios. Así es esta gente, Teodoro [...]
Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Éste, cuando estudiaba los astros, se cayó en un  pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombress o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?
Teodoro:—Sí, y tienes razón.
Sócrates: —Así pues, querido amigo, como te decía al principio, cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia, y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie, ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo, sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] Se ríe de los que son incapaces de hacer un cálculo de esta naturaleza y no alejan la vanidad de su alma insensata. En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve.
Teodoro: — Eso que estás diciendo, Sócrates, es exactamente lo que ocurre.
Sócrates: — Pero, querido amigo, cuando consigue elevar a alguien a un plano superior y la persona en cuestión se deja llevar por él, el resultado es muy distinto. Entonces quedando a un lado las cuestiones relativas a las injusticias que yo cometo contra ti o tú contra mí, y se pasa a examinar la justicia y la injusticia en sí mismas, lo que ambas son, y las diferencias que distinguen a la una de la otra, así como a ellas mismas de todo lo demás. De preguntas acerca de si es feliz el rey que posee riquezas se pasa a un examen de la realeza y de la felicidad o la desgracia que en general afecta a los hombres, para averi guar que son ambas y de qué manera le corresponde a la naturaleza del hombre poseer la una y huir de la otra. Cuando alguien de mente estrecha, sagaz y leguleyo, tiene d que dar una explicación de todas estas cuestiones, se in vienen las tornas. Suspendido en las alturas, sufre de vértigos y mira angustiado desde arriba por la falta de costumbre. Su balbuceo y la perplejidad en la que cae no dan que reír a las tracias, ni a ninguna oirá persona carente de educación, pues ellas no perciben la situación en la que se halla, pero sí a todos los que han sido instruidos en principios contrarios a la esclavitud.
Ésta es la manera de ser que tienen uno y otro, Teodoro, el primero ha sido educado en la libertad y el ocio, es precisamente el que tú llamas filósofo. A éste no hay que censurarlo por parecer simple e incapaz, cuando se ocupa de menesteres serviles, si no sabe preparar el lecho, condimentar las comidas o prodigar lisonjas. El otro, por el contrario, puede ejercer todas estas labores con diligencia y agudeza, pero no sabe ponerse el manto con la elegancia de un hombre libre, ni dar a sus palabras la armonía que es preciso para entonar un himno a la verdadera vida de los dioses y de los hombre bienaventurados. [...]
En relación con esto es como hay que valorar la verdadera habilidad de un hombre o su insignificancia y falta de virilidad. Pues la sabiduría y la verdadera virtud no son otra cosa que el conocimiento de la justicia, y su desconocimiento es ignorancia y maldad manifiesta. Cualquier otra cosa que pudiera parecer habilidad y sabiduría, en el ejercicio de la política es grosería y en las artes vulgaridad. En consecuencia, al hombre que es injusto o impío de palabra o de obra es al que menos puede reconocérsele que tiene habilidad por su falta de escrúpulos. Ellos, en efecto, se vanaglorian de lo que, en realidad, es un reproche y creen oír con ello que no son, como los necios, una mera carga de la tierra, sino hombres como hay que ser para estar a salvo en la ciudad.
Así pues, debemos decir la verdad: ellos son lo que no creen ser, tanto más cuanto menos lo creen, pues desconocen el castigo de la injusticia, que es lo que menos conviene desconocer. Este castigo no es el que piensan, no consiste en los golpes ni en la muerte que a veces no sufren los que practican la injusticia, sino en un castigo del que no es posible escapar. [...]  Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [...] Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos y menos al otro. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. 

miércoles, 29 de junio de 2016

Notas de celebración por un cumpleaños


No tengo muchas citas, pero ayudan a ir más allá del simple «Feliz cumpleaños, pásala súper» de las redes sociales. La primera es una nota que la madre Gilbert Keith le envió cuando cumplió 21. Era 1895, cuando la Sra. Chésterton escribió:
«Tengo el corazón lleno de agradecimiento a Dios por el día que naciste y por el día que has llegado a la mayoría de edad. Te deseo una vida larga, útil y feliz. Que Dios te la conceda. Nada de lo que yo diga o haga podría expresarte mi amor y el gozo de tener un hijo como tú».
Una más de Chésterton. Lo mejor de un cumpleaños es alegrarse por el festejado, sin que él haya  originado la fiesta. Se celebran un don que otros han hecho al celebrado:
«The first fact about the celebration of a birthday is that it is a way of affirming defiantly, and even flamboyantly, that it is a good thing to be alive. . . . But there is a second fact about Birthdays, and the birth-song of all creation, a fact which really follows on this [...] The point of that fact is simply that it is a fact. In being glad about my Birthday, I am being glad about something which I did not myself bring about.»
O también esta otra del panzón, tal vez demasiado ñoña a la que debamos agregar un ¡Feliz cumpleaños!:
 «Toda la ciencia, incluso la ciencia divina, es una novela policíaca sublime, solo que no se trata aquí de averiguar por qué ha muerto un hombre, sino el misterio aún más oculto de porqué está vivo».
Ahora esta del cumpleaños 101 de Bilbo Bolsón en El señor de los anillos –obviamente es Tolkien, no Chésterton-:
«Hoy es mi cumpleaños centesimodecimoprimero: ¡tengo ciento once años! Deseo que lo estén pasando tan bien como yo. ¡No les distraeré mucho tiempo! Los he reunido a todos [...] para poder decirles lo mucho que los quiero y lo breves que son ciento once años entre hobbits tan maravillosos y admirables. No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes se merecen»
Aunque no tiene que ver mucho con celebrar la vida como un don, sí de acompañarlo con algún fruto de vegetal. Estas dos estrofas están tomadas de La Taberna Errante de Chésterton –otra vez-, donde narra la desventura de unos borrachines que buscan cómo sacarle la vuelta a una ley contra las bebidas alcoholicas:
Pero lo que decía es que beber licores fermentados es el triunfo del vegetarianismo. ¡Eso me da una idea! Podría componer una canción sobre el tema, como por ejemplo: 
Soy de los que beben ron
a la moda marinera,
y cerveza en garrafón
a la moda de Baviera.
También le tengo afición
a la ginebra y al vino
pues si son de vegetales
todos los zumos combino.

Más adelante este canto evocando la borrachera de Noe:
El cielo se venía abajo hecho raudales:
los astros palpitaban en turbios barrizales,
quizá ya se apagan los fuegos infernales.
El pico mas enhiesto rendido a su sino...
Noé, a pesar de todo, sereno y sin temor
alzaba a Dios los ojos, rezando con fervor:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino 
¡Feliz cumpleaños!

sábado, 18 de junio de 2016

«¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!»: El insulto en Don Quijote

Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque

No me parece gracioso el "eh... puto" futbolero. Esto no es su apología.

Encontré un texto de Guillemo Sheridan sobre la incontinencia verbal del Quijote y su amplia gama de insultos. En especial contra Sancho a quien llama –copio el recuento de Sheridan-: traidor, bergante, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, murmurador, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, tonto, socarrón, mentecato y hediondo

Y qué decir de los insultos compuestos: monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, publicador de sandeces, enemigo del decoro, ladrón hereje, desalmada y cobarde criatura, animal descorazonado, maldito de Dios y de todos los santos, don villano, harto de ajos, truhán moderno y majadero antiguo, de villana y grosera tela tejido, pecador, grosero villano, mentecato gracioso, echacuervos, caballero de mohatra, corazón de mantequillas, ánimo de ratón casero, alma endurecida, pan mal empleado y, por si faltara algo más que decir, prevaricador del buen lenguaje. Al pobre Sancho también lo insultan en la casa de los Duques: malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas, desuellacaras, machuelo espantadizo, socarrón, malintencionado monstro, y bestión indómito

Según parece, los insultos contra Sancho son la respuesta del caballero a los intentos de su escuero por hacerle notar su locura y su irracionalidad. En el capítulo 37 de la primera parte el escudero había descubierto que la princesa Micomacoma no era más que Dorotea:
—Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante ni de volver a la princesa su reino, que ya todo está hecho y concluido.
—Eso creo yo bien -respondió don Quijote-, porque he tenido con el gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mi vida, y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si fueran de agua.
—Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor —respondió Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de vino tinto que encerraba en su vientre, y la cabeza cortada es la puta que me parió, y llévelo todo Satanás.
[...]
—Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime, ladrón, vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto... —y miró al cielo y apretó los dientes-; que estoy por hacer un estrago en ti que ponga sal en la mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes de aquí adelante en el mundo!
[...]
—Esto digo, señor, porque si al cabo de haber andado caminos y carreras, y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén, pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos. 
¡Oh, válame Dios y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:
—¡Oh bellaco villano, malmirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete, no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!
En otro momento, el escape de la realidad se maquilla con un cambio en el significado de las palabras. Lo encontramos en el pasaje del Caballero del bosque y su escudero (Parte 2, Capítulo XIII). Cuando Sancho describe la belleza de su hija quincieañera, su colega se asombra y exclama: 
–Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
–Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.
–¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó el del Bosque- de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: «¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!?» Y aquello que parece vituperio, en aquel término, es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
–Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma razón podía echar vuestra merced a mí y hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes alabanzas
La discusión continúa, hasta que Sancho se empina una bota de vino tan sabroso que lo alaba así:
¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
–¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa?
–Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.”
En el diálogo, se pretende que el contexto es el que logra cambiar el sentido del insulto; tanto, que contradice directamente a la palabra utilizada. ¡Vaya irrealidad! Así que en el Quijote, el insulto es la defensa lingüística del caballero contra los ataques al corazón de su misión: ¿lo que defiende es real o no? ¿Por qué valdría la pena tanto esfuerzo si aquello es sólo imaginación? Un ejemplo más. Después de un agudo discurso a favor de la humildad (Parte 2, Capítulo LVIII), Sancho, inocente y sin mala intención, dice:
«-¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco?"
Don Quijote explota en cólera:
«–¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso y de bellaco
Insultos hay contra infinidad de personajes que se pueden leer en el ensayo de Sheridan, quien lo termina así:
Lo formidable de don Quijote es que sea, a la vez, el caballero de la triste figura y el lépero enfurecido; el amigo impecable y el amo tiránico; el ángel de la sabiduría y el demonio de la iracundia. En eso, en su ser tan completo, radica lo que lo hace extraordinario. Tan extraordinario como cualquiera de nosotros.