Salomé baila ante Herodes. El Rey y Juan perdieron la cabeza (Bayerische Staatsbibliothek, Clm 835, f. 137)
En «Sueños de una noche de verano», Shakespeare nos deja esta perla: «The course of true love never did run smooth (Act 1, Scene 1)» que podría traducirse como«El río del amor jamás fluyó tranquilo». En otras versiones en español la he encontrado como «El verdadero amor nunca fluye con facilidad» o «Siempre serpentea el camino del amor». Si cuando el amor es correspondido, nos es difícil identificar y describir qué es «lo-que-amo-de-ti» cuando digo «te-amo», la desilusión amorosa nos golpea, sorprende y deja sin palabras en mayor medida: ¿por qué se murió lo que alguna vez me ilusionó tanto? ¿Ha sido un error haber quemado el corazón ahí?
En Orgullo y Prejuicio, Jane Austen parece convencida de que algún beneficio se obtiene del mal de amor. Mr. Bennet, papá de la protagonista, se apunta socarronamente una fina ironía. No hay como el bullying formativo de tus propios padres:
La señora Bennet seguía aún extrañada y murmurando al ver que Bingley no regresaba; y aunque no pasaba día sin que Elizabeth le hiciese ver claramente lo que sucedía, no parecía que la madre dejase de extrañarse. Su hija intentaba convencerla de lo que ella misma no creía, diciéndole que las atenciones de Bingley para con Jane habían sido efecto de un capricho corriente y pasajero que cesó al dejar de verla; pero aunque la señora Bennet no vacilaba en admitir esa posibilidad, no podía dejar de repetir todos los días la misma historia. Lo único que la consolaba era que Bingley tenía que volver en verano.
El señor Bennet veía la cosa de muy distinta manera.
–De modo, Lizzy ―le dijo un día―, que tu hermana ha tenido un fracaso amoroso. Le doy la enhorabuena. Antes de casarse, está bien que una chica tenga algún fracaso; así se tiene algo en qué pensar, y le da cierta distinción entre sus amistades. ¿Y a ti, cuándo te toca? No te gustaría ser menos que Jane. Aprovéchate ahora. Hay en Meryton bastantes oficiales como para engañar a todas las chicas de la comarca. Elige a Wickham. Es un tipo agradable, y es seguro que te dará calabazas.
―Gracias, papá, pero me conformaría con un hombre menos agradable. No todos podemos esperar tener tan buena suerte como Jane.
―Es verdad ―dijo el señor Bennet―, pero es un consuelo pensar que, suceda lo que suceda, tienes una madre cariñosa que siempre te ayudará.
El de Aquino le dedica una cuestión de la Summa Theologica a ofrecernos cinco remedios contra la tristeza (S.Th. I-II q.38):
(1) La delectación. Aunque en esta cuestión de la Summa Tomás sólo menciona el término delectatio sin ofrecer ejemplos, algunos cuatro o cinco años después, al escribir la II-II, sugiere como ejemplosa la risa, el juego, el oír a un juglar o a un cómico, el contar chistes -«palabras y acciones jocosas»-. Podríamos sumar dos: vaciar una botella de vino o cantar. Quien no se ríe es tosco, rústico e irracional, concluye en la S.Th. II-II q.168 a.4co. (2) También funciona el llanto o el sueño. El primero, desparrama [disgregatur] la tensión interior del alma y la saca por los ojos-, y el segundo plancha las arrugas del alma. (3) Otro remedio es la compasión y la compañía de los amigos, gracias a los cuales me doy cuenta que «no estoy solo». (4) Una experiencia estética -Tomás la llama contemplación de la verdad-. (5) Un largo y lento baño con agua caliente.
El paso del tiempo y mantener una sana separación, preparan un remedio para el desamor que se aplica a la distancia; a saber, recordar y guardar en memoria dos movimientos de todo amor. Por una parte, rememorar lo valioso que se veía en el antiguo amor. Esto es así, porque si algo nos llamó la atención de aquella persona es por que aquello realmente tenía -y todavía tiene- que ver conmigo, aquello es para mí, y por eso exigía mi cuidado e interés. La otra cara de la moneda, el segundo aspecto de este remedio para el desamor, es reconocer aquello del propio corazón que se puso de manifiesto gracias a aquel encuentro. Casi siempre es en el contexto de un amor cuando vemos y tocamos nuestro propio corazón. Porque lo llevamos al abismo, porque nos lo jugamos del todo. Sólo así lo «vemos».
Hace casi 2400, Atenas había sido derrotada por Esparta. La gran Atenas, la potencia militar, económica y política había sido derrotada por los no tan sofisticados espartanos. Esta circunstancia histórica obligó a filósofos, historiadores e intelectuales a buscar comprender y aclarar el origen y raíces de ese colapso. Una de esas explicaciones la ofrece Platón, el famoso filósofo ateniense. Su libro «La República» inicia con un debate sobre el origen de lo justo. Se preguntó por qué la falta esta virtud entendida como armonía causó que la gran polis se redujera a cenizas. ¿Cuál sería el primer paso que habría que dar para reconstruir una comunidad? ¿Cómo Atenas habría de educar a sus jóvenes para superar la crisis?
Platón sugiere que el primer ladrillo para la construcción de una democracia es la educación musical. ¿Por qué? Si la justicia de una ciudad es reflejo de las personas justas, y si la justicia es la armonía de una persona ajustada, entonces es la música la que nos introduce y acostumbra a que nos guste la armonía y nos arraiga en lo afinado. Dicho de otro modo: la música afinada, coherente y liberadora, fomenta que nos guste una familia ordenada, un trabajo ajustado, unas emociones afinadas... y una sociedad armónica, con cadencia y equilibrio, etc. La música, según Platón, afina el corazón para que a su vez busquemos replicar ese orden en las acciones. Esas serán las que construyen la sociedad. En resumen: dime qué música escuchas y te diré qué tipo de armonía estarás dispuesto a construir.
Pues bien, quizá podemos aprovechar el consejo de Platón y someter nuestros gustos musicales a un pequeño ejercicio de toma de conciencia: si ya me gusta esa armonía, ¿cómo puedo conectarla con el resto de equilibrios, cadencias y acordes que construyo en la sociedad en la que vivo? Le pregunté a un amigo experto en música me recomendó tres cosas:
a) Conocer el contexto, los motivos y el esfuerzo que le llevó al autor a componer esa canción que nos emociona. Con ello nos capacitamos para identificar mejor el mensaje incorporado en la canción. Así, la música ya no sólo será arrebato de emoción; será también compartir con el autor un valor, una idea o una experiencia.
b) Salir de la zona de confort musical. Es lógico que escuchemos nuestra música preferida. Pero así como cuando comenzamos a hacer deporte los primeros ejercicios nos dejan adoloridos por el esfuerzo, también habrá que esforzarse por conocer y escuchar música que nos puede parecer difícil. Me refiero a la música clásica. Ninguna película que hemos visto, la hemos gozado sin una orquesta que agregue intensidad a lo ahí relatado. De igual modo no le tengamos miedo a una pieza de Vivaldi, Tchaikovsky, Beethoven, Handel o Bach. No le tengamos miedo a gastar nuestro tiempo a buscar nuestras emociones y experiencias en aquellos que llamamos clásicos.
c) Hacer memoria, volver a ser consciente de las conexiones que existen entre la música que me gusta y las personas y valores que descubro en ella. Ya sea por que la asocio a una experiencia de la infancia o a algún encuentro especialmente entrañable. La experiencia de la belleza, algo que sin duda sucede con la música, sólo fructifica si nos pone en camino hacia el bien que captamos en lo bello y si nos pone en relación con otros. Si somos conscientes de qué valores, sentimientos y personas aparecen ante nosotros con una pieza musical que nos gusta, entonces puedo ir a buscar esa armonía tanto en esos sentimientos como en las personas que me rodean.
Platón pensaba que para que la música pudiera ser el primer paso de una democracia esta debía despertar la inteligencia, fomentar la disciplina personal y promover el ímpetu, el ánimo, el coraje. Una música que pensamos, con la que dialogamos y que la compartimos, nos acostumbra a la armonía. Un buen gusto musical afina nuestra brújula moral con la orientamos nuestras elecciones.
¿Y si le hacemos caso a Platón?
Va un fragmento de la República (401c-402a) y al final una video:
«Así los jóvenes, como si fueran habitantes de una región sana, extraerán provecho de todo, allí donde el flujo de las obras bellas excita sus ojos o sus oídos como una brisa fresca que trae salud desde lugares salubres, y desde la tierna infancia los conduce insensiblemente hacia la afinidad, la amistad y la armonía con la belleza racional. [...]
—Ahora bien, Glaucón, la educación musical es de suma importancia a causa de que el ritmo y la armonía son lo que más penetra en el interior del alma y la afec ta más vigorosamente, trayendo consigo la gracia, y crea gracia si la persona está debidamente educada, no si no lo está. Además, aquel que ha sido educado musicalmente como se debe es el que percibirá más agudamente las deficiencias y la falta de belleza, tanto en las obras de arte como en las naturales, ante las que su repugnancia estará justificada; alabará las cosas hermosas, regocijándose con ellas y, acogiéndolas en su alma, se nutrirá de ellas hasta convertirse en un hombre de bien.
Por el contrario, reprobará las cosas feas —también justificadamente— y las odiará ya desde joven, antes de ser capaz de alcanzar la razón de las cosas; pero, al llegar a la razón, aquel que se haya educado del modo descrito le dará la bienvenida, reconociéndola como algo familiar.»
Ranking 2015 de Licenciaturas en Derecho de Grupo Reforma
Hoy se publicó el Ranking 2015 de grupo Reforma. Ya lo sabemos, mide la opinión de los buscadores de talento (empleadores). Al igual que el año pasado, pienso que no da para mucho validar la calidad de una Universidad a partir de lo que piensan los empleadores. Algo dice, por supuesto, pero la Universidad no ha de medirse sólo por ese factor. La Universidad no sólo credencializa -valida que se sabe hacer algo-, sino que también introduce en una tradición de pensar y comprender la relación de la persona con el mundo, con los otros y con Dios. Pone en contacto al alumno con una red de personas que lo incorporan a una forma de pensar y de vivir.
Si un bachiller quisiera utilizar un ranking para orientar su decisión sobre dónde estudiar, sugiero que ese medidor se haga a partir de dos factores: (1) Qué porcentaje de lo que prometió la Universidad que ofrecería por su misión institucional realmente se ofrece y (2) Qué porcentaje de lo que el alumno creía que encontraría, realmente lo ha transformado, cómo lo ha educado y formado ese cumplimiento de la misión institucional.
Y «nimodo»: si dicen que ese es nuestro lugar, nos han firmado un cheque que ahora hemos de fondear. Felicidades a mis colegas.
Imaginemos a José. José suele explicar con pasión hechos complejos como una gran conspiración. «Los ataques del 11 de septiembre fueron un autoatentado organizado por el propio gobierno gringo» «A Carmen de seguro el gobierno la quiere silenciar». La conspiración que denuncia José suele ser una obra de relojería por la precisión, la cantidad de personas que tuvieron ser convencidas, compradas o manipuladas; los conspiradores, un grupo de personas poco identificables, obscuras y de mucho poder.
El filósofo keniata Quassim Cassam ha publicado hace unos días un ensayo donde describe el calado intelectual de quien con facilidad se explica el mundo que lo rodea a base de conspiraciones. Su argumento es el siguiente: así como el deporte require unas virtudes para ejercitarse adecuadamente, también al pensamiento le corresponden sus propias virtudes y sus respectivos defectos. El conspiracionista llega a esas conclusiones, sostiene Cassam, no por que le falten datos, sino por los vicios en su propio carácter intelectual.
Por ejemplo, desde los eventos del domingo, Carmen ha utilizado su página web personal y las redes sociales para manifestar su fuerte desacuerdo y hacer eco a quienes la apoyan. En los últimos dos días, ha publicado 104 tweets, ofrecido casi 3 mil links, y acumulado 502,945 interacciones -el análisis lo saqué con twitonomy-. Si a eso le sumamos su espacio en CNN, podemos preguntarnos, ¿no es tan absurdo que alguien se plantee silenciar a alguien con esos medios si claramente han sido ineficaces? O los perseguidores de Carmen son muy tontos o realmente la conspiración no existe. ¿No se podrían interpretar estos hechos más bien como el lamentable desacuerdo entre un patrón que siente que su empleado abusó de recursos de la empresa?
José explica su conclusión algo dudosa -«Ha de ser el gobierno el que la quiere silenciar»- con una afirmación ya comprobada -«Es que fue Carmen quien publicó el escándalo de la Casa Blanca»-. José, para salir de la duda exige información: «Alguien ha estar detrás, ¡que nos diga MVS quién es!». Pues bien, si efectivamente hay alguien detrás, difícilmente MVS lo dirá. Y si no existe nadie detrás, ¿cómo mostrar lo que no existe? En ambos casos, José el conspiracionista puede confirmar su sospecha: «Ya ven, debe haber alguien detrás muy poderoso por que no nos dice quién es». Carmen ha subido en uno de sus tuits, que la defensa de Brozo ha sido bloqueada en Estados Unidos. El tono de la nota genera duda ¿es conspiración de alguien contra Carmen o simplemente se trata la práctica común de restringir geográficamente el contenido de un video?
Honestamente, ¿no nos faltan datos para llegar a una conclusión así? No quiero resolver aquí si efectivamente hay o no un intento de represión y censura, sino sólo hacer notar que si realmente hay una conspiración, al menos yo tendría que conocer más datos de lo que realmente han hecho los distintos actores. El hecho de que alguien se beneficie de lo sucedido, no necesariamente implica que lo ha provocado. Como en la piñata: yo me beneficio de los dulces cuando es otro el que la rompe.
No quiero detenerme en la conclusión de José, sino en las cualidades intelectuales que lo inclinan a ver conspiraciones. Cassam, el filósofo al que nos referíamos, sostiene que en el modo de pensar del conspiracionista han arraigado vicios como la candidez, el descuido, la negligencia, la pereza, la rigidez, el prejuicio, la falta de rigor, la insensibilidad para los detalles, etc. El conspiracionista se cree fácilmente aquello que desea y se aferra a lo primero que se le ocurre. Y este es un vicio del carácter intelectual, no es un problema por la falta de datos.
¿Cómo educar al conspiracionista que todos llevamos dentro? Ya hemos dicho algo: no creerse lo primero que se nos ocurre, recordar que nos creemos con facilidad aquello que deseamos que suceda. Además, si existen vicios en el pensamiento, también existirán sus virtudes: la apertura de mente, la curiosidad, el rigor, el diálogo, la paciencia -no siempre comprendemos todo a la primera, ni captamos todas sus implicaciones de una sola mirada-. Si somos usuarios de redes sociales, ayuda seguir a personas que nos incomodan... cuando pisan cayo reconocemos que quizá no hemos pensado lo suficiente nuestras propias convicciones.
Entre José, la conspiración y MVS, no nos queda más que seguir aquello de la Sonora Dinamita: «Carmen, se me perdió la cadenita, que tu me regalaste»... ¡Se me perdió la cadenita... argumentativa!
Se ha publicó un nuevo trabajo sobre Hanna Arendt, una de las más importantes filósofas del siglo pasado, de la que ya hemos dicho algo en otras ocasiones. Ella estudió con detalle, entre otras cosas, la naturaleza de la política y de la construcción de la sociedad a partir de personas libres. Estaba convencida que la maduración de sus ideas no habría sucedido sin un nutrido grupo de amigos que logró tener cerca de sí. Se sabe, por ejemplo, que mientras resolvía su situación migratoria antes de huir de Alemania -era judía durante el régimen nazi-, enviaba a su profesor y amigo Karl Jasper paquetes de comida y medicinas, para que él y su esposa sobrellevaran la persecución nazi en Alemania. El estudio de esa red de amigos le permite al profesor Jon Nixon hilvanar una historia de no tanto de una filósofa, sino principalmente una amiga necesitada de compañía a cambio de compartir ideas. Nixon, no se escribe con la intención de explicar el concepto de amistad en Arendt; le interesa mostrar las amistades concretas y los gestos de lealtad en los que se implicó la filósofa que fueron delineando las ideas políticas que ahora estudiamos con interés.
El libro se llamaría en español algo así como «Hannah Arendt y el carácter político de la amistad». Arendt solía decir que ella no amaba a ningún pueblo, por que aquello es una abstracción. Sólo se quiere a personas concretas. Del mismo modo, querer a la patria, amar a México es una frase hueca si no se es amigo del mexicano que tengo al lado. Si nuestras relaciones familiares nos introducen en las preguntas sobre el origen de mi propia vida y la tradición a partir de la cual interpretamos su sentido, es a través de los amigos que experimentamos el mundo de lo público y nuestra responsabilidad ciudadana. Es decir, a partir del diálogo y nuestra interacción con los amigos, es como descubrimos las necesidades de nuestra comunidad, imaginamos junto a ellos el tipo de sociedad que queremos construir, gracias a ellos nos implicamos en su construcción.
«Arendt experimentaba la amistad como un espacio protegido gracias al cual las ideas podría ser descubiertas, cribadas, curtidas y pulidas. Ideas que iluminaban la vida pública. Sus amigos eran sus compatriotas intelectuales, y su lealtad sin límites hacia ellos, una expresión de su profundamente asentada apreciación por su amabilidad. La amistad fue un concepto recurrente para una mujer que pasó gran parte de su vida como una refugiada entre refugiados, una judía expulsada de su propio país de origen, a la deriva en países extranjeros. Fue su amuleto protector, al mismo tiempo un símbolo de los valores que habían sido aplastados bajo el peso del totalitarismo. El nazismo se propuso erradicar cualquier rastro de libertad humana. La alegría y compasión propia de la amistad era el símbolo de la rebelión contra la inhumanidad del fascismo»
[En definitiva], sin una larga y genuina amistad, que compuesta a partes iguales por lealtad, afecto, picardía y lucha compartida, estaríamos solos en el mundo. [...] "La amistad -dice Nixon-, fue para Arendt, y lo es también para nosotros, un ejercicio de aprendizaje permanente. La amistad fue para ella y es también para nosotros, la manera en la que aprendemos a vivir juntos"»
Para Arendt, la esperanza de la amistad es la verdad que constituye la condición necesaria con la que entiende la política: El elemento político de la amistad, ese diálogo sincero entre los amigos que pueden entender la verdad inherente en la opinión del otro.
He terminado de leer Eloísa y Abelardo, de la medievalista francesa Régine Pernoud. La verdad al principio sólo me llamaba el chisme. También era atractivo para mí que el libro fuera escrito por Pernoud a la que le tengo confianza por las buenas biografías que le he leído como la de Juana de Arco. Además, le conozco unas muy interesantes descripciones de la Edad Media, o de la mujer en aquella época.
Buscaba chisme, pero lo que encontré reflejada, para mi sorpresa, fue la crisis del amor que he visto en varios amigos jóvenes -algo que incluso puse aquí en el blog «Nació para ser mucho, y no fue nada»-. Por si fuera poco, también me tropecé con algo que no esperaba, una fórmula sumamente audaz de lo que es el matrimonio para un cristiano. Una joya. Es una explicación y una fórmula cuyo realismo encarnado, bastante atrevido, es la única manera de describir aquello que se quiere anunciar. Sólo si de dice así, el cristianismo puede ser coherente con lo que anuncia.
Advierto que la entrada es un poco larga y al final una teología de un no-teólogo. Paciencia.
El chisme
Se conocieron en la Schola en 1115. Ella tendría alrededor de veinticinco años cuando su tío Fulberto contrató al maestro más famoso de la Universidad más prestigiosa de Occidente. Pedro Abelardo rondaba los 36 cuando convenció, -manipuló es más preciso- a Fulberto para ser profesor de su sobrina Eloísa. Y pues... sucedió. Es Abelardo quien lo describe en su Historia Calamitatum:
«Cuanto menos habíamos gustado estas delicias, con más ardor nos enfrascamos en ellas, sin llegar nunca al hastío [...] Con pretexto de la ciencia nos entregábamos totalmente al amor. Y el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba. Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección. Había más besos que palabras. Sepius ad sinus quam ad libros reducebantur manus. Con mucha más frecuencia el amor dirigía nuestras miradas hacia nosotros mismos que la lectura las fijaba en las páginas. [...] ¿Puedo decirte algo más? Ninguna gama o grado del amor se nos pasó por alto (p. 66. Las citas son de esta edición)»
Eloísa tampoco ahorra palabras. El maestro Pedro Abelardo era rockstar y ahora sólo suyo: «¿Qué reina o gran mujer no envidiaría mis placeres y mi cama?» Cuando el tío los descubre, el filósofo y su alumna huyen a casa de la hermana de aquel mientras nacía su hijo. Después, para reconciliarse con Fulberto, Abelardo le ofrece casarse en secreto con Eloísa. Ella viviría como residente en el convento de Argenteuil y él seguiría como profesor en la Abadía de St.Denis. Abelardo sería esposo de Elosía sin perder ni su fama ni arriesgar sus privilegios como docente.
El talentoso maestro no es más que un cobarde colegial.
Eloísa rehusa el matrimonio. No quiere ver a Abelardo reducido a hombre corriente que cambia pañales en lugar de preparar lecciones magistrales. Aunque le duele perder su libertad, la alumna le presenta al profesor otros argumentos para disuadirlo de la boda. Renine Pernaud escribe, que no son los inconvenientes para ella los que deberían mover a Abelardo:
«Es la calidad misma de su amor su causa: amor absoluto y perfecto en la medida en que puede concebirse alguna perfección humana. [...] La calidad de su amor exige que sea gratuito [...] Un amor tan absoluto, tan exigente que no puede aceptar el verse recompensado, que se alimenta, en cierto modo, de su propio don, que es todo ofrenda y rechaza todo lo que pudiera tener algún viso de retribución (86-87)»
Con el paso de los años Eloísa reprochará con dureza la insensibilidad o mejor dicho, la ignorancia del maestro Pedro:
«Dios sabe que nunca busqué en ti nada más que a ti mismo. Te quería simplemente a ti, no a tus cosas. No esperaba los beneficios del matrimonio, ni dote alguna. Por último nunca busqué satisfacer mis caprichos y deseos, sino -como tu lo sabes- los tuyos. El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina, o meretriz. Tan convencida estaba de que, cuanto más me humillara por ti, más grata sería a tus ojos y también causaría menos daño al brillo de tu gloria (p. 88)»
Una «esposa» tendría derechos, pero no así «concubina», «meretriz» o «amiga». Él se llevaría todos los beneficios, ella sólo las cargas. Para Eloísa, el amor es entrega de sí misma hasta lo sublime. La única recompensa de un amor así, es permanecer junto a quien se ama. No se trata sólo de tener con quién conversar, o acceso fácil a alguien que «me comprenda y me tenga paciencia». Tampoco es sólo un bien importante que ha de equilibrarse con los beneficios de la vida profesional y el prestigio. Mucho menos un trofeo que presumir: «Así como la ves de inteligente y linda, ella es mía». Eloísa sólo concibe el amor como un donarse que se encuentra en esa entrega. Ha comprendido que el auténtico amor es el que hiere para salir de sí mismo, el que corre el riesgo de quedarse sin nada por que ella es lo único que se ofrece a cambio. Abelardo no lo vio. El profesor agudo, el orador experto en lógica, no pasaba de ser colegial del corazón. Un amor nació en él pero no lo puso en movimiento. No arriesgaba nada. El maestro Pedro ofreció matrimonio para no perder los privilegios y su fama como profesor. Quería a Eloísa, pero estaba más enamorado de su posición que de ella. Dice Pernaud:
«Eloísa va más lejos en el amor por que es mujer y, en tanto que mujer, muestra su genio en la entrega de sí. Y será también por ser mujer y emplear la intuición femenina por lo que penetrará de golpe en el corazón de lo real (89)»
«Eis videlicet corporis mei partibus amputatis»
Abelardo no ve bien y sigue con su plan. Pide a su esposa que entre en el convento no como pupila o residente sino bajo el velo de novicia. Ahí la visita, y en carta a Eloisa recuerda: «Y sabes lo que ahí mi incontrolada incontinencia hizo contigo en el lugar mismo del refectorio, no teniendo otro lugar donde retirarnos (p. 92)». Fulberto intentaba lavar su honor anunciando el matrimonio secreto, pero Abelardo lo traiciona repitiendo que Eloísa era novicia. Abelardo describe la venganza del tío:
«Cierta noche, cuando yo me encontraba descansado y durmiendo en una habitación secreta en mi posada, me castigaron con una cruelísima e incalificable venganza, no sin antes haber comprado con dinero a una criada que me servía. Así me amputaron -con gran horror del mundo- aquellas partes de mi cuerpo con las que había cometido el mal que lamentaba. Se dieron después a la fuga (92)»
Humillado, el profesor Abelardo se incorpora como monje a la Abadía de St.Denis. Con el paso del tiempo, Eloísa se convertirá en Priora de su convento. Pero en cuando la Abadía de St. Denis recupera jurisdicción sobre el edificio conventual de Argenteuil en 1129, Eloísa se queda sin techo junto a todas sus monjas. Pedro Abelardo le ofrece refugio en un convento fundado y construido por él siete años antes. Tiempo después, Abelardo publica su Historia Calamitatum y las dificultades de su esposo llegan a oídos deEloísa. Esto dio pie a la Abadesa para reanudar su correspondencia con su marido.
La crisis de Eloísa
La estructura de las cartas se puede seguir aquí y en el libro de Pernoud. En estas cartas, entre recriminaciones, dudas teológicas, preguntas pastorales y de dirección del convento, se escucha el grito de Eloísa. Su relación con Abelardo, así como sucedió sin edulcorantes y misticismos, fue para ella algo real. Así es como amó a su profesor. ¿Cómo reconciliar su penitencia por haber ofendido al Dios que ahora sirve, si ella realmente amó a su maestro con su cuerpo? ¿Cómo Eloísa es capaz de integrar a «Eloísa amante» con «Eloísa Abadesa»? Si había amado a Abelardo con su cuerpo, ¿cómo negar que aquello fue real, que la hizo sentir viva, que fue el modo en que expresó su amor sin negarse a ella misma?
«Es muy fácil acusarse a sí mismo confesando los propios pecados, así como afligir el cuerpo con una manifestación externa de penitencia. Pero es mucho más difícil apartar el alma del deseo de las pasiones que más nos agradan. [...] Aquellos placeres de los amantes -que yo compartí con ellos- me fueron tan dulces que ni me desagradan ni pueden borrarse de mi memoria. Adondequiera que miro, siempre se presentan ante mis ojos con sus vanos deseos. Ni siquiera en sueños dejan de ofrecerme sus fantasías... Debería gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por lo que he perdido... los hombres dicen que soy casta, porque no saben lo hipócrita que soy. [...] Dios sabe que, en todas las ocasiones de mi vida, temí ofenderte a ti más que a Él y que quise agradarte a ti más que a Él (p. 204-205)»
Abelardo responde e intenta consolarla:
«En un momento en que yo quería reternerte sólo para mí y para siempre, pues te amaba desmesuradamente, Él ya planeaba servirse de esa oportunidad para que los dos nos convirtiéramos a Él. Si con anterioridad no hubieses estado unida a mí en matrimonio, seguirías fácilmente en el siglo [haciendo quien sabe qué cosas añadirían las abuelas] [...] Por una especie de santo presagio de tu nombre, te marcó para que fueras especialmente suya, llamándote Eloísa,nombre que procede del mismo nombre de Dios, esto es, Elohim (p. 207)»
Eloísa se veía hipócrita. Era incapaz de rezar sin negar al mismo tiempo lo que había experimentado por Abelardo. Éste le compone una oración tal y como ella se lo ha pedido. El esposo deletrea las palabras con las que su mujer habría de adorar a Dios. La palabra latina ad-oratio significa también contacto boca a boca, beso, abrazo, es decir, amor. Eloísa y Abelardo lo sabían, y sabían que Abelardo enseñaba así a besar a Dios:
«Nos uniste y no separaste, Señor, cuando y como te plugo. Ahora, pues, termina felizmente lo que, misericordioso, comenzaste. Y, a los que separaste en el mundo, únelos perennemente contigo en el cielo... (p. 207)»
¿Una respuesta así, lo es de verdad? ¿Realmente el nudo de Eloísa ha sido desatado? ¿O es simplemente una cobardía más de Abelardo que abandona a su mujer en la duda? La respuesta del maestro Pedro sólo es válida si ese Cristo al que hace referencia realmente es capaz de impregnar de fuerza y sentido el cuerpo-orientado-a-ti de Abelardo y Eloísa. Sólo es solución si Cristo repara la instrumentalización y cosificación del otro por el otro. En definitiva, Pedro tendrá razón si es real que Cristo es capaz de recomponer una relación basada sólo en la biología, únicamente en la interacción de líquidos o en sentimientos intensos para ampliarla e integrarla en la vida digna de una persona.
«Aquel que fue tuyo, Cristo lo custodia para ti».
El maestro Pedro murió en 1142 en el Priorato de St.Marcel-de-Chalon a los 63 años. Pedro el Venerable, el famoso santo abad de Cluny, lo había recibido camino de Roma a defenderse contra una condena de herejía por un concilio regional. Ahí hablaron de Eloísa y las dudas con las que su esposa se debatía. Al morir Abelardo, la Abadesa del Oratorio del Paráclito escribe al Venerable y le solicita los restos de su marido. El santo Abad aprovecha la oportunidad para animar a Eloísa a no quedarse en el pasado, ni consumirse con nostalgias estériles.
«Todavía seguimos siendo favorecidos [por la presencia] de aquel que fue tuyo. Me refiero a aquel que, a menudo y siempre, se ha de llamar y ser honrado como el servidor y verdadero filósofo de Cristo, el maestro Pedro [...] Aquél, sí, aquel -venerable y carísima hermana en Cristo- con quien, después de tu unión en la carne, estás ahora unida por un mejor y más fuerte lazo del amor divino, con el que y bajo el que has servido tanto tiempo al Señor, a aquel, digno, que en tu lugar, o como otro tú, Dios abraza en su seno y te lo guarda para devolvértelo a ti por medio de su gracia...»
¡Qué fuerte! Para Pedro el Venerable, Dios es garante del amor que se tuvieron. Presenta a Cristo como protector y depositario de Albelardo. Él custodia, redime y eleva la carne que fue de Eloísa, para que en su momento, aquella vuelva a ser suya. En otras palabras: «Mi'jita, aiga sido como aiga sido, esa carne que deseaste y gozaste, esa que te hizo sentir viva, esa misma te espera ahora redimida y purificada en Cristo para que vuelvas a unirte a ella. Para que vuelvas a sentirla ahora integrada en toda la persona, en todo Dios. No te arrepientas de lo que has sentido. Llévalo a Cristo y acrisolados sus cuerpos serán uno en la Carne de Cristo.»
Aiga sido como aiga sido. Entregado para ser redimido. Ahí te espera. El Señor lo custodia.
Hoy voy a hablar de esto en el radio. Confieso que no es mi intención presentar lo que sigue como escrito por mi. Es de Juan Andrés Mercado publicado en ISTMO (puede leerse completo aquí o transcrito abajo). He cortado por aquí y por allá. He agregado algunas frases que sintetizan el argumento y le devuelven un hilo argumentativo a lo suelto por los cortes. Así que yo no lo escribí.
"La plaza que recibe a los visitantes de la Universidad de Munich está tiene colocados sobre el suelo la reproducción de unos panfletos antinazis que se distribuyeron durante la Segunda Guerra mundial por un grupo de amigos que se llamaban así mismos como el grupo de «La Rosa Blanca» : Willi Graf, Alexander Schmorell, Cristoph Probst y los hermanos Scholl, Hans y Sophie.
Hans Scholl había encontrado una copia de las homilías del obispo de Münster que denunciaba las atrocidades del régimen nazi. "Por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!". Poco a poco comenzaron a publicar panfletos con información de primera mano que obtenían de estudiantes de medicina enrolados en unidades de sanidad militar que vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia. Para 1943 ya repartían al rededor de cinco mil.
La plaza de los hermanos Scholl, frente a la Universidad de Münich
Los hermanos Scholl y sus amigos fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. El 22 de febrero de 1943 murieron decapitados Cristoph Probst, Hans Scholl y su hermana Sophie. Los acusaban por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas nazis que se batían en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Los panfletos son los que ahora están en las baldosas de la plaza, la prueba de su delito.
Eran jóvenes, personas normales que amaban la vida. Para ellos su vida giraba en torno a descubrir lo que es importante. En sus reuniones de amigos experimentaban el tipo de valores merecen nuestra atención y nuestro esfuerzo por hacerse realidad en nuestra historia personal. Para eso no hace falta ser filósofo, universitario de prestigio o famoso. Simplemente hace falta ser normal: si es estudiante lo normal es que sea buen estudiante. Si es empleado, lo normal, que sea eficaz y honesto; si es padre de familia, lo normal es que sea entregado a los suyos. Este tipo de vida tarde o temprano pide que nos justifiquemos por qué vale la pena no dejarse llevar por la corriente que nos pide lo contrario.
Para los Sophie, Hans y sus amigos la normalidad se vivía sin reparar que aquello fuera algo «exagerado» o heroico. Dice Romano Guardini que para el cobarde y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es [para el descarado] el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible [para el caradura] la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente [y comprensible] sólo a quien ya vive dentro de él», lo ha experimentado y hecho suyo.
Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Si con lo que he dicho hasta ahora, alguno de quien me escucha se asoma un poco más a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido."
Aquí pueden ver una película doblada al castellano de España:
Va dedicado a Guillermo Gatt Ontiveros que ayer fue su cumpleaños.
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El secreto de La rosa blanca. Jóvenes por la libertad Autor: Juan Andrés Mercado Edición:287 Sección: Miscelánea
El 22 de febrero de 1943 fueron decapitados, en la prisión muniquesa de Stadelheim, Cristoph Probst y los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes universitarios. La sentencia los condenaba por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas alemanas que se batían en el frente.
El régimen nazi, como ocurre normalmente en los gobiernos tiránicos cuando pierden popularidad, estaba apretando las tuercas: la reciente derrota de Stalingrado (enero de 1943) manchaba el impecable currículum de la Wehrmacht: en pocas semanas, los incendiarios discursos del Führer tronaban a favor de la guerra total, pidiendo al pueblo alemán el sometimiento para afrontarlo decididamente, y los mecanismos policiales alzaban sus antenas para acentuar las medidas ante posibles movimientos disidentes.
El grupo capitaneado por Hans Scholl y sus amigos Alexander Schmorell y Willi Graf -su hermana Sophie no había sido incluida, pero cuando descubrió las actividades del grupo insistió en participar- se dedicaba desde meses antes (junio de 1942) a producir y distribuir hojas sueltas (volantes y pasquines) en los que se denunciaban los abusos del régimen y, sobre todo, se argumentaba contra la continuación de una guerra sangrienta e inútil que socavaba los fundamentos morales y materiales de toda Europa. La persecución contra el grupo de La rosa blanca, como la habían llamado ellos mismos por el título de un poema de Clemens Brentano, tuvo un saldo de siete condenas a muerte y una docena de penas «menores». Entre los ajusticiados se encontraba Kurt Huber, profesor de filosofía de la Universidad de Munich.
¿A QUIÉN SE LE OCURRE?
Hans Scholl había encontrado en el buzón de su casa, en el invierno de 1941-42, una copia de las homilías en las que el obispo Graf von Galen, «el león de Münster» denunciaba las atrocidades del régimen nazi en materia de eutanasia y de ataques a las instituciones religiosas: por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!
Poco tiempo después, una serena discusión con el Profesor Huber inspiró la idea de producir material original y pasar a la acción, distribuyéndolo anónimamente.
La familia Scholl, en Ulm, había desarrollado anticuerpos contra el régimen como reacción natural. La censura de las obras de algunos de sus autores favoritos, como Stefan Zweig, había suscitado un rechazo decidido; en familia y con amigos organizaban encuentros literarios para repasar las obras condenadas y discutir sus contenidos.
Ya antes de la guerra, varios de los hermanos Scholl -tres de los cinco, incluido el menor, Werner- habían conocido los interrogatorios y las prisiones del sistema por añadir a sus actividades subversivas la publicación de un folletín cultural con veladas críticas al gobierno.
Tocó la misma suerte a Otto Aicher, amigo de la familia que hizo incluir en los menús literarios a Platón, Aristóteles, San Agustín… Los contertulios establecieron, sin planes precisos, un férreo núcleo de resistencia intelectual contra la presión externa. No los animaba el gusto por lo prohibido, sino la necesidad de respirar en medio de ese ambiente enrarecido.
MENTORES INTELECTUALES
Aicher provenía de una familia católica, a diferencia de los Scholl, que eran protestantes. Su párroco en Söflingen, en las cercanías de Ulm, le había hecho descubrir las obras de Jacques Maritain y la renovación del mensaje cristiano que se llevaba a cabo en Francia: parecía que en Europa el cristianismo estaba en retirada desde hacía décadas, y en concreto en Alemania la Kulturkampf había sido una campaña programática para evitar su difusión.
En esa línea destaca la participación de dos intelectuales de la época, Theodor Haecker y Carl Muth, que compartían la inquietud por la reactivación de los valores cristianos en la sociedad alemana.
Muth conoció a los jóvenes de La rosa blanca en 1941 y los apoyó moralmente, aconsejándolos sobre cómo cultivarse intelectual y humanamente. Son tan interesantes como conmovedoras las cartas en las que los Scholl y Aicher intercambian sus experiencias sobre cómo llevar a la práctica los consejos de Muth, o el esfuerzo por asimilar los textos de San Agustín en los poco serenos dormitorios de una fábrica de material bélico.
Probst provenía de una familia de ideas liberales, que en los años 30 se había acercado al catolicismo. Su participación en las actividades del grupo lo llevaron a asimilar las verdades del cristianismo, y fue bautizado en el brevísimo tiempo que pasó -unas cuantas horas- desde la condena a muerte hasta la ejecución. Su tercer hijo había nacido pocas semanas antes.
ATERRIZAR IDEAS CON UN SESGO OPERATIVO
Las proclamas teóricas de los primeros panfletos, escritos al principio por Hans y Alexander, se enriquecieron con informaciones de primera mano en el frente: los estudiantes de medicina fueron enrolados en unidades de sanidad militar y de julio a octubre de 1942 vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia.
Por otra parte, las informaciones que mandaba desde Cracovia Manfred Eickemeyer, propietario del taller de Munich donde se imprimían los folletos, abrían los ojos sobre la transformación de los campos de concentración en campos de exterminio (la «solución definitiva», es decir, el exterminio de los judíos, se había acelerado desde el invierno de 1942, tras la conferencia de Wannsee).
Willi Graf había arriesgado mucho en el establecimiento de contactos con otros focos de resistencia. Su labor fue menor desde el punto de vista redaccional, pero su iniciativa y sus contactos supusieron un notable aumento en la difusión del material que producía el grupo. Fue detenido el mismo día que Sophie, Hans y Probst, y ejecutado meses más tarde.
En el intercambio con otros jóvenes que organizaban grupos de resistencia, Scholl y Schmorell entendieron que la presentación de los ideales que propugnaban debía tener un carácter menos teórico, y trataron de darle un sesgo más «operativo».
En este último periodo participaron en la redacción de los folletos Huber, el profesor de filosofía, y Probst, que fue incriminado por el borrador de su puño y letra de un volantín que tenía Hans en su poder cuando lo arrestaron.
LA CAMPAÑA FINAL
De los pocos centenares de copias de los panfletos que se distribuían antes del verano de 1942 -es decir, de los tres primeros volantes-, se pasó a unos cinco mil, entre enero y febrero de 1943.
Los estudiantes, además de ampliar sus contactos y radio de acción, empezaron a ilustrar los muros de Munich con sus ideas, proclamando la caída de Hitler y tachando cruces gamadas.
Los adolescentes que discutían de literatura antes de la guerra sin suscitar problemas, empezaban a dar en qué pensar a las autoridades. De hecho, Munich, cuna del nazismo, asistió con estupor a la pequeña revuelta estudiantil durante el discurso del gobernador de Baviera, el Gauleiter Paul Giesler, el 13 de enero. Su entusiasmo por el Führer no era compartido por el público, y la situación se tornó crítica cuando propuso a las chicas que dejaran de perder el tiempo en la universidad y que se dedicasen a procrear guerreros para defender a la patria. Este hecho, ocurrido pocos días después del anuncio de la derrota en el frente oriental, fue interpretado como la punta del iceberg de un malestar que ya no podía ser ignorado.
¿QUÉ FUE LO QUE FALLÓ?
Los hermanos Scholl fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. La distribución se había hecho hasta entonces por correo, usando listas de teléfonos para obtener direcciones, y aunque otras veces habían distribuido personalmente algunos sobres, nunca habían salido «a campo abierto» a repartirlas. Además, en esa última ocasión lo hicieron con el edificio central de la Universidad lleno, a sabiendas de que la vigilancia era cada vez más estrecha. Aprovecharon los últimos minutos antes de un descanso para dejar copias fuera de los distintos salones, y al final lanzaron desde el piso superior las últimas copias. Un conserje los vio y consiguió detenerlos cuando intentaban escapar confundiéndose entre los demás estudiantes.
Los historiadores no encuentran una explicación a esta nueva y arriesgada «táctica», y en la película Sophie Scholl. Die letzten Tage (Sophie Scholl: los últimos días) se plantea como el último recurso para acabar de distribuir el resto de las hojas del último panfleto.
La persecución que se desencadenó en esos días erradicó la resistencia. No hay continuidad con la operación Walkiria, con la que los altos oficiales del ejército intentaron matar a Hitler en 1944. El mensaje de La rosa blanca, sin embargo, tiene acentos perennes.
¿POR QUÉ EMPEÑARSE?
Vale la pena, como contrapunto, detenerse a evaluar un comentario de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.1 El libro es una brillante narración de la historia y del proceso de condena a muerte de Adolf Eichmann, funcionario del régimen nazi de quien dependieron actividades importantes en la deportación y eliminación de los judíos en toda Europa.
El relato está hilvanado con profundas reflexiones sobre las deformaciones de la tiranía nazi en la psicología individual, sobre todo en la de un funcionario medio que lo único que buscaba era mantener el puesto, como lo habría hecho en cualquier dependencia en tiempos de paz.
El criminal de guerra, en cuyas carnes se juzgaba al entero sistema de terror, además de ser un burócrata bastante normal, presentaba una notable incapacidad de pensar, no conseguía ponerse en el lugar de los otros, y durante buena parte de los interrogatorios se dedicaba a repetir frases hechas de la propaganda nazi: su mente vivía de eslóganes y clichés tras los cuales se escondía una adquirida incapacidad de razonar autónomamente.
Nuestro «problema» es que no estamos insertados en un sistema tiránico global, o en un despotismo «a la antigüita». La historia de los estudiantes muniqueses y la de Eichmann pueden engrosar los anaqueles de nuestra memoria sin hacernos la más mínima mella.
Cuando uno «se acomoda» cae, como preveía De Tocqueville, en el papel de custodio de sus vulgares placeres burgueses, y es capaz de renunciar al ejercicio de sus libertades con tal de que no toquen su esfera de molicie.
En puntos importantes, el funcionario del totalitarismo y el defensor de los propios placercillos, se parecen. La sistemática renuncia a emprender incide sobre las posibilidades de pensar, y viceversa. No se trata de convertirse en idiotas del todo, pero sí de la pérdida del «tono muscular» de la vida afectiva y cognoscitiva, cuya interacción es tantas veces ignorada.
En el lado opuesto tenemos una observación de Romano Guardini: los integrantes de La rosa blanca eran personas normales, que amaban la vida, y que podían oponerse continuamente a un clima adverso y confuso porque para ellos «el discernimiento de las cosas esenciales era un propósito importante. Estaban comprometidos en la superación de una infinita confusión de conceptos, la terrible tergiversación y ofuscamiento de los valores espirituales».
En esa comunidad de experiencias y valores se entrenaban para una empresa más grande que ellos, sin pensar que fuera algo «exagerado» o heroico. Sin embargo, estaban convencidos, como vuelve a enfatizar Guardini, de que «ninguna acción grande, ninguna obra auténtica, ninguna relación humana sincera es posible sin que el hombre arriesgue en ella su propio ser».
Para el pusilánime y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente sólo a quien ya vive dentro de él».
Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Reflexionar sobre hechos y personalidades notables no significa desmenuzarlos analíticamente, entre otras cosas porque nos topamos con la verdad recitada por los filósofos: la persona siempre tiene algo de indefinible, de misterioso. A veces resulta mejor contemplar y dejarse permear por las personas, que acudir a una lógica estricta. Si con esto consigo que alguien se acerque a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido.