lunes, 31 de julio de 2017

¿Cómo iniciar una clase que cautive? R: Guarda silencio

En 2011 fui alumno de Robert Spaeman


Me topé con un pequeño ensayo de María Zambrano titulado La mediación del maestro. Hoy, en el primer día de clase. ¿Qué hacer? ¿Cómo comenzar una clase? ¿Cómo debemos situarnos ante los alumnos? 

Ella sugiere que lo más razonable por hacer, es ponerse de pie en silencio ante los alumnos. Dice Zambrano: 
«podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en activo y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega. Y todo depende de lo que suceda en ese instante que abre la clase cada día.»
Para Zambrano, el silencio del profesor anuncia que él también sacrifica algo junto al alumno. Éste sacrifica su tiempo y atención; más aún, pone en riesgo su futuro al dejarse moldear por el docente. Por su parte, el profesor, puesto de pie ante su grupo, en un breve silencio, apunta un sacrificio para el que su erudición es irrelevante: un tiempo de esfuerzo y la humildad con la que esconde su saber, y así se lanzará a buscar las preguntas que el colegial muy probablemente ni siquiera se ha formulado. 
«Gracias a un maestro, la pregunta del discípulo, esa que lleva grabada en su frente, se ha de manifestar y hacerse clara a él mismo. Pues una el alumno comienza a serlo, cuando [descubre y formula] la pregunta que lleva dentro, agazapada. Esa pregunta, una vez formulada, es el inicio del despertar de la madurez, la expresión misma de la libertad. No tener maestro es no tener a quién preguntar y más hondamente todavía, no tener ante quien hacerse preguntas. Es quedar encerrado dentro del laberinto primario que es la mente… quedar encerrado como el Minotauro, desbordante de ímpetu, pero sin salida»
Así pues, ¿cuál es el momento más importante de una clase? Según Zambrano, es el primer silencio con el que el profesor se coloca ante sus alumnos: una pausa en la que ellos perciben el esfuerzo que hará por buscar, no solo  las preguntas propias sobre la materia que imparte, sino ese minotauro lleno de ímpetu que busca una salida. Esto me recuerda al otro silencio que señala el profesor Ratzinger, el que aparece 
«cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón».
Pensemos en los grandes maestros que hemos tenido, y quizá reconoceremos esa capacidad de llenar con su personalidad y su sabiduría, los pequeños silencios con los que inyectaban pasión y entusiasmo a sus lecciones.

lunes, 17 de julio de 2017

La consulta y unas lágrimas


Ayer se celebró una consulta ciudadana en Venezuela. Los organizadores pretendían conocer cuántos venezolanos se oponen a la convocatoria que ha lanzado el Nicolás Maduro sobre una nueva Constitución. Como se sabe, acudieron a votar poco más de 7 millones de personas; de las cuales, 6.3 millones rechazaron la convocatoria de Maduro. Para darnos una idea de lo que esto significa, la votación de ayer supera casi en un 2.2 millones votantes la convocatoria a constituyente que lanzó Chávez en 1999, y acumula más 1.5 millones más de personas respecto a las que aprobaron la Constitución vigente en ese país.

Tuve la oportunidad de acudir como observador a los dos centros de votación que se instalaron en Guadalajara. ¿Y qué vi? A personas de toda edad y profesión. Unos llegaron solos, la mayoría  con sus familias.  Casi todos con playeras de la vinotinto, de equipos de beisbol de la liga local,  gorras o banderas. Algunos venían de la zona metropolitana, otros de Chapala, Aguascualientes, Colima y Michoacán. Venezolanos deseosos de que su voz fuera escuchada, personas ilusionadas por un mejor país. Por la noche busqué información oficial del gobierno venezolano para contrastar los datos de lo que había visto. Encontré que la autoridad electoral había convocado para este mismo día, un llamado «simulacro electoral», con la intención de probar el mecanismo de elección de los constituyentes que pretende obtener en una elección a fin de mes. Sinceramente no esperaba que Maduro reconociera lo que sucedía en la calle, pero el contraste entre lo que vi en las casillas y lo que encontré de «simulacro electoral» convocado por el régimen me pareció de risa. 

Recordé aquella experiencia que relata Vaclav Havel en su ensayo «El poder de los sin poder». El dramaturgo checo cuenta la historia de un vendedor de verduras en el mercado. El régimen le había ordenado a todos como él, colocar una pancarta que decía: «¡Proletarios del mundo, únanse!». ¿Por qué alguien colocaría un letrero así? Sólo caben dos opciones: porque está convencido de lo que ahí se dice; o porque, aunque no lo está, prefiere mentir. Quizá prefiera evitarse problemas con el sindicato, con el régimen, o con los vecinos que no están dispuestos convivir con alguien cuya presencia les molesta. El letrero está ahí para ahorrarse incomodidades: es la paz del cementerio y la tranquilidad de la mentira. La principal herramienta de una dictadura, concluye Havel, no es la cárcel o la horca: es la expropiación de la conciencia y la normalización de una vida falsa. Algo así como reducir el ejercicio de ayer a un «simulacro». Pero si el vendedor no pensara como el letrero afirma, y por eso dice no lo pone, sin duda se metería en problemas, pero en cambio, vivirá auténticamente desde la verdad de sí mismo. Sus días podrán reflejar la sincera búsqueda de lo que vale la pena, la auténtica capacidad de cumplir con las obligaciones de justicia, y la genuina solidaridad con la que se vivifican las relaciones con los demás. Vivir así, se nota. 

Ayer vi a una abuela depositar su voto y romper en llanto. Dicen que en una viñeta de Mafalda, la niña concluye: «No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos». No soy profeta ni pretendo adivinar las penas que aquella abuela cargaba en su interior; pero me dio la impresión que aquellas lágrimas representaban un honesto deseo de una patria más justa y reflejaban el empuje del que nacerá una nueva Venezuela. 

Yo estuve ahí. Yo lo vi.

miércoles, 28 de junio de 2017

El mar: gratuidad, intenseísmo y custodia.

Hokusai, 1830
Si el mar, tal y como lo conocemos, representa al último eslabón de un fenómeno físico, queda sin explicar lo sublime que nos hiere cuando nos colocamos ante él. En la playa percibimos que existe algo más que materia. Intuimos un regalo: no tendría por qué ser bello para funcionar, y sin embargo nos cautiva, exige nuestra atención, nos emociona: no pases de largo, ¡deténte! En otras palabras, su solo-estar-ahí deja sin resolver aquello que percibimos como innecesario para funcionar: su grandeza y gratuidad. El mar revela una lógica de magnanimidad y de regalo. 

Por eso, meterse en el mar es algo más que flotar en el agua. Abandonamos la seguridad de tierra firme para introducirnos en esa gratuidad. Nos rebelarnos al mundo de lo controlado.  –«¿Qué haces en el mar?» –«Nada. Nado. Porque sí». Hannah Arendt decía que el nacimiento de un niño detona la mayor cantidad de improbabilidaddes para el mundo: es su mayor milagro. El bebé introduce las miles de opciones que ahora serán viables a través de la libertad del niño. La criatura representa una rebelión contra la dictadura de la necesidad física. De modo que zambullirse en el mar forma parte de esa insurrección. Ahí germina una vocación.

Si aquello llama mi atención, es porque la propia vida sólo se entiende si se ilumina bajo esa luz: ser un don, ser sublime. Ante el mar, o en él, descubrimos el sentido de la propia vida. Hemos sido llamados a imitar la gratuidad y apropiarse de la grandeza, transformar nuestra vida en reflejo de esa lógica de regalo y grandeza. ¡Sólo así vale la pena vivir! ¡Ya no vivimos sólo porque sí; existimos para un «sí»!

Turner, 1840
Si ante el mar encontramos el regalo de su belleza, si en la playa se revela -¡se rebela!- una vocación, entonces la única actitud coherente con el mar es la vehemencia, el intenseísmo. Por el contrario, en un lago se experimenta calma, la paz delimitada por los contornos de su cuenca. O más bien, la tranquilidad de quien vive encadenado. En cambio el mar nos agita: ¡tu vida se llena por un para qué!  El intenseamiento es el fruto natural de comprenderse a sí mismo como alguien que vive para ser un don que respira y una entrega que late en un corazón.

Londres, Guillermo Alfaro (@guilm0), 2017 

De todo esto se sigue que quien va al mar, nada en él y se introduce en su lógica, sale de ahí para llevar al mundo aquello con lo que se supera la lógica de la utilidad y la evolución. Cuando no se atesora esa experiencia de grandeza, gratuidad e intenseísmo, el mundo pierde su fuerza. Es menos humano. Sin alguien que haga memoria de esa experiencia, sin alguien que custodie ese regalo, el mar se acota y reduce al ámbito físico. Se achica en átomos amalgamados por una evolución sin sentido alguno. Y la vida humana también se diluye en la necesidad y la utilidad.

El mundo se juega en el corazón de quienes visitan el mar, despiertan a su gratuidad, exaltan su vigor y custodian su sentido.

Te necesitamos.

lunes, 19 de junio de 2017

La universidad, el andén y el tren. En homenaje a Don Sergio Villanueva



En un manuscrito de 1267 encontramos unas estrofas que se han convertido en el himno universitario. Es el «Gaudeamus igitur». Ahí se canta a las glorias de la vida universitaria y nos invita a alegrarnos porque pasamos por sus aulas. Pero lo hace de una forma curiosa. Primero nos recuerda  el gozo por la comunidad académica; unos años que pasan de prisa y están contados, como la vida. Por eso, hemos de alegrarnos -sí por ser universitarios- pero hemos de saber hacerlo ya, ahora mismo.   

Alegrémonos pues, 
mientras seamos jóvenes. 
Tras la divertida juventud, 
tras la incómoda vejez, 
nos recibirá la tierra.

¿Dónde están los que antes que nosotros
pasaron por el mundo?
Subid al mundo de los cielos,
descended a los infiernos,
donde ellos ya estuvieron.

Ante este panorama de provisionalidad y de prisa, ¿por qué es importante la universidad? ¿Qué nos dice hoy una canción de más de 800 años de antigüedad? Si un joven a los 18 años ya tiene edad para trabajar, ¿por qué retrasar su vida laboral unos cuatro años sólo para que estudie? ¿Por qué si la universidad es preparación para la vida profesional,una vez en ella los maestros nos dicen que de lo que se trata es de entrenarnos para el mundo real? ¿No es más eficaz entrar a trabajar directamente? ¿Qué hay de valioso en esas horas de estudio no necesariamente útil para la vida productiva?

La universidad es un sitio para dejar pasar el tren que acaba de llegar y detenerse en el andén para conversar con otros. Algunos con más experiencia nos transmiten de su saber. Curiosamente, en ese mundo lleno de prisa, en la universidad nos detenemos a pensar cómo gastamos la vida y el modo en que podemos vivirla con intensidad y con sentido: ¿cuál es la forma recta de ser humano y de sociedad? ¿Cómo se vive dignamente y cómo encontrarle sentido a a una existencia que se enfrenta a la muerte? ¿Si he de morir, de qué sirve mi prestigio o mi dinero? ¿Cómo conecto estas preguntas con mi vida laboral? ¿Qué tipo de trabajo vale la pena para mi y cómo lo ejecuto eficazmente? Tras platicar con otros en ese andén, llegará el siguiente tren, el del trabajo, el de la vida profesional y habremos de abordarlo. El tren, inevitablemente nos llevará a la última estación. ¿Valió la pena la vida que vivimos? ¿Realmente aprendí a vivir aquello que valía la pena?

¿Por qué elegí este tema para hablar hoy? Murió Sergio Villanueva, el rector fundador de la Universidad Panamericana en Guadalajara, donde trabajo. Para nuestra comunidad académica ha sido una pena, sin duda; no estaríamos en este andén, sin los esfuerzos de Don Sergio Villanueva. Durante su vida edificó un lugar, una sala de espera ya en el andén, en el que muchos nos hemos detenido a esperar el tren. Así que, le tomo prestadas estas palabras a esa canción medieval: «¡Viva la Universidad, // vivan los profesores. // Vivan todos y cada uno de sus miembros // resplandezcan siempre.» ¡Gracias por su esfuerzo, Don Sergio! Ahora nos toca hacer que siga valiendo la pena.  Espero verlo en la última estación.

sábado, 13 de mayo de 2017

«No te enamores de un cobarde»

«Ofelia», de John Everett Millais (1852)

«No te enamores de un cobarde», así tituló Marta Fernández su artículo en la revista Jot Down del mes de enero de este año. El texto se centra en un personaje de cine. Aquí van algunos párrafos, en concreto, aquellos en los que el actor no es relevante. Marco en negro las frases que más me gustaron:
Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual [...] Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo [...] no era más que un cobarde. [...] Tan valiente que no es capaz ni de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar. [...] 
Parece que es el valiente el que sale tocado de esta farsa del amar sin amar. Se lleva, por supuesto, el golpe del que se lanza con toda la caballería y acaba en un precipicio emocional. Pero la peor herida es la del otro. La del que no se atreve. El que se guarda sin darse cuenta de que guardándose está perdiéndolo todo. Y se quedan los cobardes viviendo en una colección de condicionales que nunca son. Abrazaría. Diría. Haríamos. Y nadie abraza. Ni nadie dice. Ni nadie hace. Porque el cobarde prefiere su presente continuo en continua repetición. Como en la rueda de un hámster, dejando que la inercia decida por él. 
En ese palacio  de las inercias del que no es posible salir vive Hamlet, incapaz de hacer lo que tiene que hacer. Hamlet, cobarde máximo, portador de la súplica del fantasma de su padre, carga con la profecía de un asesinato que no puede comerter. «La conciencia así hace a todos cobardes». Y aunque ha prometido matar a su tío, rechaza la oportunidad cuando la tiene. Y enfunda el puñal cuando está apunto de hundirlo en su carne. Y no se da cuenta de que es su propia sentencia de muerte la que acaba de firmar. Esa es la sentencia del cobarde: la del que se decide a ejecutar cuando el momento ha pasado. Cuando ya no puede ser. 
Hamlet se enreda en sus palabras para no actuar, construye retóricas para no pasar a la acción. Un hombre paralizado con el pensamiento dividido en cuatro partes: tres de cobardía y solo una de prudencia. Y cuando se dice ser o no ser realmente se está interrogando sobre si actuar o no actuar. Interrumpe Ofelia su soliloquio y Hamlet parece ponerla sobre aviso diciendo lo que no se atreverá a decirle jamás: «la hermosa Ofelia, ninfa en tus plegarias, nunca olvides mis pecados». Porque sabe que su verdadero pecado es el de la omisión. Que del mismo modo que omite la venganza, omitirá el amor. Hamlet no tiene el valor para cumplir con su destino como no lo tiene para querer. Dulce, hermosa, suicida Ofelia, escucha esa plegaria que dice que no te enamores de él. 
Como todos los cobardes, Hamlet espera el momento de actuar, de empezar la nueva vida del príncipe vengador. Pero el momento no existe sin el fogonazo de la resolución. Ahí está la diferencia: el cobarde cree que el momento llegará y el valiente se atreve a construirlo. Cabalga sobre el carpe diem y hace lo que tiene que hacer. Matar. Morir. Vivir. Amar. Ser por encima de no ser. Actuar. Porque esperar el momento es vivir anestesiado. Esperar el momento es malvivir. [...] 
Quizá ese es el problema. La obsesión por proteger el corazón. Quizá el cobarde solo tiene miedo del dolor. Quizá todo parte de la absurda idea de que para no arriesgarse al maremoto de la pena, es mejor no sentir. «Tengo tanto miedo a perder aquello que amo que me niego a amar nada». 
[A un cobarde] le habría ido bien leer a Borges, que sabía que el peor de los pecados es no ser feliz. Si su prosa está hecha de laberintos, su poesía deambula por los caminos que no se atrevió a recorrer. El camino del amor que le amenaza, de esa mujer que le duele en todo el cuerpo, de esa esquina por la que no se atreve a pasar. «Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue», se pregunta en un soneto que tituló «Lo perdido». Quizá no haría falta decir más. Pero lo explica Borges, ya anciano, con falsa prosa, en «Posesión del ayer» 
«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (...) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». 
El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. [...] El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. [...] Nunca te enamores de cobardes [...] Nunca te permitas temblar si no es por pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.

miércoles, 10 de mayo de 2017

El hogar, la madre y un poema de Robert Frost


Robert Frost escribió un poema cuyo título en español se tradujo como “La muerte del jornalero” (aquí la traducción en español, aquí el original en inglés). Ahí se cuenta la historia de un desempleado; un antiguo jornalero que regresa a la granja de donde se fue, no en muy buenos términos. Dejó todo por la mala. Tiempo después, se queda sin nada –“sin un pasado para alegrarse, sin ningún futuro que ver con esperanza”- y regresa a su antiguo empleador buscando otra oportunidad, pero una repentina enfermedad se agrava y lo lleva la muerte.

Durante su agonía, sus antiguos empleadores discuten si deben o no recibirlo y darle cobijo. Uno de ellos es duro y no le entusiasma la idea de recibir a quien los había traicionado. Su esposa intenta un argumento humanitario: “Rubén, esta es su casa, su hogar”. El marido contesta “¿a qué te refieres con hogar?”

Frost ofrece dos respuestas. La primera dice. «Yo diría que “hogar” es el sitio que nunca merecemos».  En la segunda el poeta une dos conceptos que son contradictorios entre sí: “El hogar es aquel lugar donde, si tienes necesidad de ir, ellos tienen el deber de acogerte” [El original en inglés no tiene desperdicio: «Home is the place where, when you have to go there / They have to take you in»]

La frase es dramática: ¿puede exigirse el amor como un deber? Si el amor es libre, donación o gratuidad, entonces nunca puede ligarse a la lógica del deber, de la obligación, de la necesidad. Nadie tiene la obligación de regalarnos su cariño. Es lo propio de los regalos: o son gratuitos o no son regalos. El amor nunca es un deber.  Aún así Frost une estas exigencias: el hogar es el único sitio donde el amor no sólo es gratuidad sino que nos acercamos a él confiando en que sobre otros pesa la necesidad de querernos. En el fondo, en el hogar calmamos el hambre de que nuestra existencia esté justificada, de que haya alguien que nos necesite; y en ese sentido, que estén “obligados” a querernos. 

Pienso esto porque si tuviéramos que describir el corazón de una madre, o si habría que definirla, podríamos tomar prestadas estas dos expresiones del poema Frost. Probablemente damos por descontado que nuestras madres nos acogerán y vamos con ellas con la seguridad de que ellas están ahí para nosotros; un poco con la idea de que tienen el deber de recibirnos, de querernos. «Para eso son madres», intuímos. Quizá pasamos de largo el hecho de que su acogida sigue siendo un acto gratuito, una entrega no obligatoria, un regalo. Incondicionalidad en estado puro. 

Las madres quieren con tal intensidad, que deciden que el amor sea su deber; y para nosotros, la seguridad de contar siempre con un hogar. Repito la definición de Frost: “El hogar es aquel lugar donde, si tienes necesidad de ir, ellos tienen el deber de acogerte”.

Feliz día de las madres.

[Dedicado a Gaby, que acaba de estrenarse en estas lides]

miércoles, 3 de mayo de 2017

Entrégate primero, ¡hasta el cielo! Ahí encontrarás su poesía



¿Para qué son los amigos? Para sacudirse la monotonía, intensearse y pedalear. Así me llegó esta canción de «Florence + The machine» que me pasó la Sofía.

En «All this and heaven too»,  un amante reconoce su torpeza para entender por completo los gestos de quien lo ama. Intuye la grandeza y la valía de ese amor, –no sólo por lo que le dice, sino quizá por cómo lo ve o cómo le sonríe-; pero es incapaz de comprender todo el sentido de aquellos guiños en los que se envuelve y presenta cualquier amor. Le paraliza saber que si lo intenta, sus frases serán las que hieran y lastimen: porque diluyen la experiencia de ese amor.

Ante quien ama, el amante se pone de rodillas: «te daría todo esto, ¡y hasta el cielo!, solo para entender tu voz como presencia y significado. Yo, que sólo garabateo. ¡Yo, que más bien rasguño lo que tú me entregas! Soy incapaz de devolverte esa palabra». El incompetente intenta la única revolución a su alcance: decide amar. O más bien, introducirse en el corazón del amante. Impregnarse por la lógica del don. Sospecha que así sanará su impericia y encontrará el discurso, los modos de decir, la poesía que necesita. Le apuesta a encontrar una nueva mirada; se la juega del todo con tal de dibujar una sonrisa inesperada que se convierta en el nuevo lenguaje, en aquellas palabras que no se imaginaba capaz de articular.

He tenido la canción en la memoria estos días. En parte, porque me he cruzado con otros amigos que han sufrido el tipo de tragedias que los introduce por la fuerza, en el misterio del dolor. Intuyo que encontrarán el sentido del amor incondicional que no defrauda pero que se manifiesta en un lenguaje  duro y misterioso.

Aquí una versión subtitulada. Claramente sucede aquello de «traduttore, traditore». Al menos porque en inglés, con más frecuencia que en castellano, el sonido de las palabras también anuncia su significado. Abajo trascribí la letra original.




And the heart is hard to translate
It has a language of it's own
It talks in tongues and quiet sighs 
And prayers and proclamations in the grand days 
Of great men and the smallest of gestures
In short shallow gasps

But with all my education
I can't seem to commend it
And the words are all escaping me
And coming back all damaged
And I would put them back in poetry
If I only knew how, I can't seem to understand it

And I would give all this and heaven too
I would give it all if only for a moment
That I could just understand 
The meaning of the word you see
'Cause I've been scrawling it forever
But it never makes sense to me at all

And it talks to me in tiptoes
And sings to me inside
It cries out in the darkest night
And breaks in the morning light

But with all my education
I can't seem to commend it
And the words are all escaping
And coming back all damaged
And I would put them back in poetry
If I only knew how I can't seem to understand it

And I would give all this and heaven too
I would give it all if only for a moment
That I could just understand 
The meaning of the word you see
'Cause I've been scrawling it forever
But it never makes sense to me at all

And I would give all this and heaven too
I would give it all if only for a moment
That I could just understand 
The meaning of the word you see
'Cause I've been scrawling it forever
But it never makes sense to me at all

No, words are a language
It doesn't deserve such treatment
And all my stumbling phrases
Never amounted to anything worth this feeling
All this heaven never could describe 
Such a feeling as I'm healing, words were never so useful
So I was screaming out a language 
That I never knew existed before