jueves, 30 de abril de 2015

«Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa» (Virgilio)

Lucia, Minerya y Europa Anguissola Jugando Ajedrez (Sofonisba Anguissola, 1555)

Hay un texto de Virgilio ha causado un fuerte debate entre los estudiosos sobre el sentido original de la palabra «sonríe». El poema comienza así: «Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa». El debate se centra en el origen de la sonrisa: o es el niño le que ríe y él genera una respuesta equivalente en su madre de forma que así puede reconocerla; o es la madre la que primero sonríe, a pesar de los esfuerzos del embarazo, y por ello el niño responde agradecido. El poema dice así:
Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en [con] tu sonrisa
(que diez meses produjeron a tu madre largos tras­tornos)
comienza, tierno niño, que los que no sonrieron a sus padres
ni un dios juzgó a tal digno de su mesa, ni una diosa de su tálamo
Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem
(matri longa decem tulerunt fastidia menses)
incipe, parve puer; qui non risere parenti
nec deus hunc mensa, dea nec dignata cubili est
Sea como fuera, la ambigüedad del texto nos señala la importancia que tiene para todos el intercambio y fusión de sonrisas con un niño. No importa quién sea el origen. Vale más el diálogo con la mirada y con el gesto de alegría.

La sonrisa es la música de fondo con la que se puede conocer y hacer despertar el corazón de un niño. Cuando un niño recién nacido se enfrenta por primera vez al mundo exterior -que para él sólo es su madre-, si ella le ríe, el mundo será para él un lugar benévolo y cordial. Sin una introducción así, ¿cómo enseñaremos al niño a ser responsable de otros o a hacer los sacrificios que implica su madurez personal? Sin la sonrisa de los padres, ¿cómo aprenderá después que hemos de hacer el bien a pesar de que a veces aquello nos cueste trabajo?

En ese contexto, ¿qué es mejor, recordarle al niño sus derechos o regalarle una sonrisa? Ya la televisión, la escuela, las redes sociales o la cultura en la que vivimos le hablarán al chiquillo de sus derechos. Pero ni la tele, ni los libros pueden verlo a los ojos y sonreírle. Sin sonrisa el derecho a la educación -por ejemplo- o se desliza con facilidad en reclamo de beneficios o gravita hacia el abandono de las cargas que requiere ser educado.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre en una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. Además son gratis.

Al mismo tiempo, es la risa de los niños, la que recuerda al adulto que tanto el mundo real -el de la persona mayor- como su felicidad dependen en alguna medida de imitar algunas actitudes con la que los niños ven el mundo: el niño difícilmente se rinde a la primera; lo normal en él es la capacidad de asombro; el niño es inagotable en preguntarse por qué; el niño confía sin reservas en quien quiere, etc.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre con una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. El niño le pagará con otra risa. Se la ofrecerá gratis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario