martes, 20 de agosto de 2013

La abuela en "All the world's a stage"

"All the world's a stage" es un monologo que aparece en "As you like it" de Shakespeare. La vida humana se cataloga en siete etapas, en las siete edades del ser humano. El infante, el escolar, el amante, el soldado, el sabio, el viejo y el senil. Al igual que en una obra de teatro, cada personaje tiene su sitio y su tiempo. El personaje entra en escena sin pedirlo -le toca- y sale del escenario aunque no lo quiera.
La Abuela

Hace unos días el Papa Francisco (aquí) recordaba que en los ancianos son depositarios de la memoria de una familia y un pueblo. ¿Cómo eras de chico? ¿Cómo se cocina el plato que te gusta? ¿Cómo va el cuento de la Caperucita? ¿Por qué serie de valores vale la pena regir la propia vida? ¿Por qué no hay mal que dure cien años ni pndj que lo soporte? ¿O en qué caso concreto sucedió aquello de que «Dios aprieta pero no ahorca», o «para atrás ni para agarrar vuelo»? ¿Cuál es la historia de tu familia y de la que tu formas parte? Los abuelos tienen mirada de largo alcance y memoria que ha repasado una y otra vez los sucesos de la vida.

Dice Shakespeare: «La escena final // de tan singular y variada historia // es la segunda niñez // y el olvido total, // sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada». El último acto de entrega de los abuelos, después de habernos entregado su memoria, es quedarse sin ella... vivir como niños que repiten lo mismo una y otra vez, sin lógica y sentido. Son como niños que ven sin cansarse la misma película y no se hartan de repetir el mismo cuento. Antes de dejar el escenario de forma definitiva, el abuelo -sabiéndolo o no-, vuelto un niño, nos interpela y obliga a salir de nosotros mismos: «¿Pondrás en práctica conmigo lo que te he enseñado que vale la pena?»

Abajo está el monólogo completo en inglés y luego en español. 

Por cierto. Hoy mi abuela cumple 91 años. 


All the world's a stage

All the world's a stage,
And all the men and women merely players;
They have their exits and their entrances,
And one man in his time plays many parts,
His acts being seven ages. At first, the infant,
Mewling and puking in the nurse's arms.
Then the whining schoolboy, with his satchel
And shining morning face, creeping like snail
Unwillingly to school. And then the lover,
Sighing like furnace, with a woeful ballad
Made to his mistress' eyebrow. Then a soldier,
Full of strange oaths and bearded like the pard,
Jealous in honor, sudden and quick in quarrel,
Seeking the bubble reputation
Even in the cannon's mouth. And then the justice,
In fair round belly with good capon lined,
With eyes severe and beard of formal cut,
Full of wise saws and modern instances;
And so he plays his part. The sixth age shifts
Into the lean and slippered pantaloon,
With spectacles on nose and pouch on side;
His youthful hose, well saved, a world too wide
For his shrunk shank, and his big manly voice,
Turning again toward childish treble, pipes
And whistles in his sound. Last scene of all,
That ends this strange eventful history,
Is second childishness and mere oblivion,
Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.



El mundo es un gran teatro

El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.
Los actos, siete edades. Primero, la criatura,
hipando y vomitando en brazos de su ama.
Después, el chiquillo quejicoso que, a desgana,
con mochila y radiante cara matinal, cual caracol 
se arrastra hacia la escuela. Después, el amante, 
suspirando como un horno y componiendo baladas 
dolientes a la ceja de su amada. Y el soldado,
con bigotes de felino y pasmosos juramentos,
celoso de su honra, vehemente y peleón,
buscando la burbuja de la fama
hasta en la boca del cañón.Y el juez, que, 
con su oronda panza llena de capones,
ojos graves y barba recortada,
sabios aforismos y citas consabidas,
hace su papel. La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, que vuelve a sonar aniñada,
le pita y silba al hablar. La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada. 



lunes, 12 de agosto de 2013

«The Phoenix and the Turtle»: el amor tiene la razón.


«The Phoenix and the Turtle» es un poema de Shakespeare (aquí lo que dice Wikipedia) donde describe con asombro lo que sucede cuando muere uno de los «amantes perfectos». Los que se aman, dos seres «separados» en su individualidad, sólo se compre[he]nden a sí mismos como «concordes».

Si Pascal se conforma con aquello de «el corazón tiene razones que la razón no entiende», Shakespeare  va más allá: sólo cuando se ama, la razón se orienta, prepara y capacita para conocer adecuadamente a la persona en su existencia más auténtica. El corazón que ama tiene la razón y contiene las razones y motivos que iluminan el objeto de lo que la razón «ve». La razón va un paso detrás... (pero «va»). 

Aquí tres versiones de las últimas dos estrofas del poema: la original, una traducción «profesional» de Edison Simons y una más libre. 

The Phoenix and the Turtle

Reason, in itself confounded
Saw división grow together
To themselves yet either-niether 
Simple were so well compounded
That it cried how true a twain
Seemeth this concordant one!
Love hath reason, reason none
If what parts can so remain


El Fenix y la Paloma (trad. Edison Simons)
La razón, en sí misma confundida
Vio junta crecer la división
Ante sí mismos, ni uno ni otro empero 
Tan bien compuestos estaban los simples
Que ella gritó: ¡cuán verdadero par
Parece este uno concordante!
El Amor tiene razón, la razón ninguna
Si así pueden quedar las partes

Traducción «libre»
La razón se confunde a ella misma
Pues vio simultáneamente a dos separados
Pero ante ellos mismos, sin embargo,
ni el uno ni el otro lo estaban 
Así, tan unidos vivían esos individuos
Que ella gritó: «¡qué verdadero par
parecen existir en un con-corazón (concordante)»!
El amor tenía la razón, la razón no
Si es que así de unidas pueden permanecer dos partes.
La razón se pasma ante la unidad de corazón, «con-cordancia», que sobrepasa al primer dato racional: la muerte los ha separado. No se trata, como Pascal, que la razón no tenga motivos y el amor sí, o que los motivos de ambos sean contrarios. Se trata más bien que el amor tiene las razones verdaderas y ofrece las verdaderas razones para «ser de verdad». En inglés se utiliza la expresión «ser de verdad» para decir «ser fiel». 

Dicho de otra forma: el amor muestra el valor y dignidad de la otra persona, la hace «más» inteligible o mas bien, «auténticamente» inteligible.

Como mis papás cumplen 42 años de casados el 14 de agosto, les regalo esta entrada.


1971-2013
Creditos Finales: La idea la tomé de un artículo de John Finnis, «Foundations of practical reason revisited». American Journal of Jurisprudence, vol. 50, 2005. En Español se publicó en «Persona y Derecho» como «Revisando los fundamentos de la razón práctica», vol 64, 2011; la traducción es de Carlos Massini. 


viernes, 9 de agosto de 2013

Edith Stein y la verdad: un encuentro que me llama.

El nueve de agosto de 1942, murió Edith Stein en un campo de concentración nazi. En una ocasión escribió una carta a su amigo Roman Ingarden (aquí) donde le compartía sus preguntas -su debate interior- respecto a la corresponsabilidad de la persona en los acontecimientos en que ella misma se ve envuelta. Por un lado es forzada por las circunstancias a tomar postura y actuar libremente (¿no es contradictorio?). Al mismo tiempo, es incapaz de controlar las consecuencias de sus decisiones (¿entonces qué tan libre soy de verdad?): «Emotivamente me encuentro en un conflicto interior insoluble. Me esfuerzo una y otra vez por comprender, pero inútilmente, el papel de los seres humanos en la historia del mundo».
Edith Stein, enfermera, 1915

Si no controlo el contexto en que decido y me veo forzado a decidir, ni tampoco controlo domino las consecuencias de lo decidido, ¿qué sentido tiene la libertad si en definitiva no puedo darle un sentido a la historia de mi vida?  ¿Su «hacia dónde voy»? ¿O mas bien el misterio de la libertad es preguntarse «hacia dónde me llevan»?
«Recientemente me he sumergido en el versículo del Evangelio de Lucas: “El hijo del hombre se va, como está decretado. Pero ¡ay de aquel por quien será entregado!”. ¿Valen [son aplicables] estas palabras para todos? Nosotros causamos los acontecimientos y somos responsables [de ellos]. Sin embargo, no sabemos lo que hacemos ni podemos parar el curso de la historia, aunque lo rechacemos. Ciertamente no es fácil de entender»
Este problema la acercó al problema de la historia y la religión. Tiempo después escribió -sin ser creyente todavía- una carta a su hermana Elsa:
«Es preciso únicamente no encerrarse en el pequeño tramo de vida que puede abarcarse con la propia mirada y, sobre todo, no quedarse en lo que aparece claro en la superficie [...] De todos modos, la vida es demasiado complicada como para que pueda imponérsele un plan de mejora, por sabio que sea, y prescribirle definitiva y claramente cómo deberían ir las cosas. Te das cuenta de que todo esto no va dirigido contra ti. Es más, creo que, en parte, estás de acuerdo conmigo. Solo quería transmitirte la convicción de que el desarrollo –cuyo resultado solo dentro de unos márgenes muy estrechos podemos prever y, en proporciones aún más exiguas, condicionar– es un bien al final de todo»
Parece que al pensar la historia, Edith descubre en ella una presencia no sólo humana, que integra, da sentido y ofrece esperanza al conjunto de escenas dispersas que parecen suceder en la biografía de cada persona. En su carta a Ingarden escribe:
«Además, según mi opinión, la religión y la historia convergen cada vez más, y me parece que los cronistas medievales, que consideraban que la historia del mundo está englobada entre el pecado original y el juicio universal, fueron más sabios que los especialistas actuales, los cuales, basándose en hechos científicamente probados, han perdido el sentido de la historia. Naturalmente, estas aperçus no tienen pretensión alguna de cientificidad»   
Por eso no le extraña, ya en 1918, escribir a su amigo después del shock que produjo en ella la muerte de su amigo Adolf Reinach y la reacción serena de la viuda:
«No sé si de mis afirmaciones precedentes ha podido colegir que estoy acercándome cada vez más a un cristianismo absolutamente positivo. Me ha liberado de una vida deprimente, dándome fuerza para aceptar de nuevo y con gratitud la vida. Por tanto, puedo hablar de un renacimiento en el pleno sentido de la palabra. Pero esta nueva vida está íntimamente ligada a los acontecimientos vividos en este último año, de los que nunca renegaré; los tendré siempre muy presentes [...] No los he catalogado como episodios. Todo lo ocurrido significa para mí mucho más, y ni a mi ni a usted deben crearnos la ilusión de una "felicidad" aparente, que en mi opinión no es real y que incluso me asusta más que atraerme»
De esta forma, contestar en verdad y con verdad preguntas del tipo «¿quién soy yo?, ¿cuál es la historia de mi vida?», o «¿cómo es que escribo mi biografía? ¿Libre? Sin duda, pero ¡¿cómo le doy sentido a mi libertad?!» consiste en comprender cómo es que somos «vistos» en totalidad por Alguien, que nos invita y acompaña a permanecer junto a Él; que nos ofrece una última escena hacia la que nos co-dirige y nos co-dirigimos. El problema de la verdad es sobre todo el problema de la verdad sobre mi mismo y esto sólo se resuelve en la lógica de un encontrarse y una llamada. Y ese encuentro salva, libera y da sentido.

Edith murió porque quiso que su vida pendiera del sutil hilo de ese encuentro, incluso si eso significaba compartir el destino de los de su raza (judía) y la experiencia de los su religión (católica).

La reliquia de Edith Stein que tengo en mi escritorio


jueves, 25 de julio de 2013

"Nació para ser mucho, y no fue nada"

(Prometí escribir esta «entrada» hoy... y tarde, pero cumplo)

No recuerdo cómo, pero supe de esta poesía. La recordé el viernes pasado que terminé mi curso de verano. Durante un mes estudiamos la maduración del concepto de justicia en occidente, la comprensión medieval del «ius», su transformación en «right», y su conversión en «derechos humanos». Mis estudiantes, muchachos de 19-20 años hicieron lo de siempre. Trabajaron y leyeron mucho. En sus ojos vi el "¡Sí! Esto es algo que vale la pena. Yo quiero que mi vida valga la pena". ¿Quién es capaz de jugarse la única vida que tiene en un proyecto que no vale la pena? ¿Cómo estar seguros de que ese proyecto no me defraudará? ¡Me juego la única vida que tengo! (La idea es de Francisco, aquí
Shakelton invita.  ¿Qué dices? ¿Te apuntas? 

¿Cómo se convence a una persona que vale la pena quemar la única vida que se tiene? En este caso no quisiera referirme al «objeto», proyecto o persona, por el que es «rentable» gastar la vida, sino en el «sujeto» que se plantea empeñar su propia existencia. ¿Cómo he de mostrarle que esa mujer vale la pena como para arriesgar «la vida», o dicho menos radical, cambiar la vida que hasta ahora ha experimentado, o el horizonte en el que está acostumbrado a vivir? ¿Cómo educar a alguien para que se ponga en movimiento, y sea de fiar como para que dé el salto cuando llegue el momento? Como mis alumnos. Han visto una serie de ideas, proyectos y personas por las que vale la pena luchar. ¿Serán capaces de ponerse en movimiento?

Pienso que en el caso del amor, el único argumento de una «ella» para poner a un «él» en movimiento... es ella. Ella no tendría mejor motivo que ella misma. No hay argumento más poderoso, demandante y personal, que unos los ojos que preguntan «entonces, después de todo, ¿qué soy yo para ti?». ¿Será él capaz? ¿Estará formado para responder a ese llamado? 

Ojalá ninguno de los que han sido mis alumnos, se les pueda aplicar la poesía de la Promesa Incumplida de José María Peman.

«Ufano de su talle y su persona,
con la altivez de un rey en el semblante,
aunque rotas, quizá, viste arrogante
sus calzas, su ropilla y su valona.
Cuida más que su hacienda, su tizona.
Sueña empresas que olvida en un instante.
Reza con devoción, peca bastante
y, en lugar de callarlo, lo pregona.
Intentó por su dama una quimera
y le mataron sin soltar la espada.
Sólo quiso al morir, que se le hiciera,
si algo quedó en su bolsa malgastada,
una tumba de rey donde dijera:
“Nació para ser mucho, y no fue nada”»
Obras completas I, Poesía, El hidalgo español. Escelicer, Madrid 1947

miércoles, 10 de julio de 2013

He sido «encarguitante»: Mea culpa!

«Guilty as charged»

 Un amigo irá a EUA y le hice un «encarguito» ("Llévale «algo» a la Glendon"). También irán unos familiares, y lo primero que se me vino a la cabeza fue pedirles un «encarguito» («Traime una tarjeta de regalo de tal tienda. Te doy el dinero. No hace mucho bulto»).

Me cuenta Manuel T. que Guillermo Sheridan (@GmoSheridan) explica esta peculiar costumbre mexicana de aprovechar el viaje de otro (encargitario o tonto) para pedirle (encarguitante) que le lleve algo en favor de otro (encarguitado).

¡Mándalo por DHL!
¡Pido perdón!

Les dejo el texto de Guillermo Sheridan, que se publicó en el 2002 en Letras Libres (aquí).
El encarguito

Noviembre 2002

Entiéndese por encarguito cualquier objeto que viaja entre dos personas que se quieren, a cambio de que una tercera las aborrezca para siempre.

Costumbre acendrada y uso inextricable de la confusión mexicana sobre los usos del afecto, el encarguito —cosa y mensaje, objeto y símbolo— es una elaborada forma de la pesadilla. Quien enjareta un encarguito desdeña a las compañías especializadas en favor de un amateur incompetente, maniatado por parentesco o amistad. En lo que al amateur concierne, es un afecto infectado de sadismo. Pero en fin. No es lo mismo que la prima Flauberta reciba su póster tamaño natural de Juan Gabriel por DHL, a que lo reciba de una mano cordial que con todo gusto la ahorcaría.
El fenómeno encarguito requiere de por lo menos tres participantes: la persona que lo envía (llamada el encarguitante), la que deberá recibirlo (el encarguitado), y la que lo traslada (el encarguitario o, más sinceramente, el pendejo). Basta con que se corra la voz ("Fulano se va a París. Encárgale algo. Es muy buena gente ese pendejo"), para que todo viajero confirmado se convierta en encarguitario potencial.
Una vez enterado, el encarguitante urde su tortura. Imposible desaprovechar la oportunidad de perjudicar a un prójimo y, de pasada, hacerle llegar al pariente un litro del chilpachole que tanto extraña. La elección del objeto a encargar cae dentro de lo que en teoría de la mexicanidad se conoce como "ocurrencia", fenómeno que consiste en aplicarse con ingenio a la minuciosa confección de un disparate.
Tomada la decisión, el encarguitante busca al viajero. No tarda en sacar el tema de su ser querido, quien mucho sufre en extranjera playa. El viajero se apercibe, en ese instante, de que se inicia su inevitable mutación en pendejo. Entre la charla melosa, el encarguitante desliza entonces las frases insinuantes de rigor: Ah, pero ¿vas a París?; solicitantes: ¿Te podría hacer un encarguito? y atenuantes: es una cosita de nada, o sólo un detallito, o bien, una cosa urgente.
El pendejo se muestra atento a estas expresiones y las sopesa de prisa, aterrorizado y sin perder la cortesía. La experiencia le indica que cosita de nada alude a la categoría "comida vernácula"; detallito es siempre un calendario azteca verde de Tlaquepaque; cosa urgente es un objeto preciado para la familia (por ejemplo las cenizas del tío Anatolio, que deseó fuesen esparcidas dentro del Moulin Rouge).
Si el viajero acepta convertirse en pendejo, recibe las frases de agradecimiento: no sabes cuánto te lo agradezco, o bien: no sabes cuánto te lo voy a agradecer. Atención: la elección del tiempo verbal obedece a la relación peso / volumen del encargo. De este modo, te agradezco desplaza de medio litro para arriba, mientras que te lo voy a agradecer mide un mínimo de un metro. (Si se antepone deveras a cualquiera de las anteriores, multiplíquese por dos; deveritas, por tres.) Para terminar, llega la remachante frase que cierra el contrato: ¿Estás seguro de que no es mucha lata?, que traducida al castellano significa: Ya te fregué y lo sabes, y además sabes que yo lo sé, y no puedes hacer nada, por pendejo.
Momento fascinante ese de introducir a la cabina del avión el gobelino que representa "La Noche Triste" que adornó por generaciones la sala de la tía Zenaida. Más fascinante aún es cuando al cruzar la aduana, luego de ser detenido por su palpable nerviosismo, el pendejo se encuentra en el singular trance de tener que explicarle a un agente aduanal francés qué son los escamoles. Et dans votre culture, monsieur, avez-vous l'habitude de voyager par le monde avec votre collection des œufs de fourmis? El silencio que sigue le augura a los escamoles una larga vida en calidad de sans papiers.
El viaje del encarguito culmina con su entrega. Las instrucciones comienzan siempre con la misma frase: "No hay problema. Llegando llamas a Honorato al teléfono tal. Escucharás la grabadora. A la señal, dices en voz baja esto: Ya llegó el que andaba ausente. Él se encarga de contactarte". O bien: "No hay problema. Mi hijito Óscar Erick te va a buscar el martes a las nueve de la noche bajo los güevos del caballo de Carlomagno en el atrio de Notre Dame."
Honorato llega y se va de prisa, de reojo, con su "bote de talco Johnson & Johnson que no se consigue en París". Erick Óscar nos cae inmediatamente gordo. Se repasa la mutua relación con el encarguitante que culmina en el falso acuerdo: "Es muy buena gente". Después, un silencio embarazoso. Luego se dice que hace mucho frío. Se mira el reloj. Se intercambian gracias y denadas. La operación ha concluido.
Mientras el pendejo camina hacia el metro, mira a Erick Óscar abrir el paquete allá a lo lejos y dirigirse de inmediato al basurero más cercano. El pendejo regresa a casa, resignado. Su ropa olerá a enchiladas potosinas a lo largo de todo el invierno. ~

domingo, 26 de mayo de 2013

¿Qué es lo que amo de ti, cuando digo «te amo»?

Me encontré esta cita en la «tuitósfera». Es una cita del libro «Autorretrato con radiador» de Christian Bobin. 

¿Qué es lo que amo de ti, cuando digo «te amo»? Amo lo que haces, pero no «lo-hecho», sino «porque-lo-hiciste-tú».  Amo lo que tienes, pero no «el-objeto», sino «porque-lo-tienes-tú».... Te amo a tí. Esa incapacidad para definir o señalar qué es lo que se ama –intentarlo a través de sus «periféricos»- es acercarnos de puntitas a lo que los filósofos llaman «persona» y los poetas describen como un «Tú».

Les dejo la cita:



Correcciíon: En la primera versión de este post, no tenía la  cita. La referencia me la pasó Lucía Marínez Alcalde


sábado, 27 de abril de 2013

¿«Jane Austen = teoría de Juegos»?

No jalen que descobijan

Para Michael Chwe, un profesor de Ciencia Política de UCLA (aquí), la escritora inglesa fue en su momento, la antecesora revolucionaria del modelo matemático que se popularizó durante la guerra fría, y que llegó al cine en «Mente Brillante» (aquí): La «Teoría de Juegos». Así lo intenta demostrar en su libro Jane Austen, Game Theorist (aquí).

Si entiendo bien, el modelo afirma que el mejor resultado se obtiene si se piensa de forma estratégica: es posible predecir el comportamiento del otro a partir de los incentivos -egoístas- que lo mueven a actuar junto con otros. De forma que, como una especie de ajedrez donde todos ganan, se elige una opción en previsión de los intereses que busca otro. Se trata de «manipular» (es la palabra que utiliza Chwe) a otro para que los dos «ganemos».

Jane Austen, piensa Chwe, construye personajes que calibran  los intereses de los otros, y deciden de forma que predicen su comportamiento y obtienen lo que buscan al manipularlos. Por ejemplo, Mrs. Bennet prohibe a su hija Jane, ir a casa de Bingley a caballo. Ha calculado que si llueve, su hija se enfermará y pasará tiempo casa de Bingley. Asume que Charles la retendrá en su casa, y que Jane, logrará conquistarlo. Una decisión sobre incentivos calculados.  En el Blog de Matthew Dickenson se recogen cinco lecciones de Austen como precursora de «Pensamiento Estratégico» que se describen en el libro de Chwe (aquí).

Una de las originales aportaciones de Austen, piensa Chwe, a la «Teoría de Juegos», es lo que él llama «Cluelessness», «Despiste» o «No-tienes-idea-dad». Es decir, la manipulación sufrida por un poderoso que subestima a manos de su «débil» adversario, quien aprovecha su sentido de superioridad. En Orgullo y Prejuicio, Lady Catherine de Bourgh exige a Elizabeth la promesa de nunca aceptar una propuesta de matrimonio de Darcy. Elizabeth,  pensando estratégicamente y aprovechando el «despiste» de su adversaria, se niega a hacerlo. Lady Catherine, indignada, se lo comunica a Darcy pensando que con eso lo hará despreciar a Elizabeth por insolente. Su orgullo y prejuicio son utilizados por Elizabeth como una forma indirecta para comunicar a Darcy que sigue interesada en él. Y concluye Chwe: "Lady Catherine doesn't even think that Elizabeth could be manipulating her". ¡Pssorale!

¿Pero Chwe no estira la cobija más de la cuenta? ¿No es un poco exagerado decir que una novelista de inicios del siglo XIX sea precursora de la Teoría de Juegos?  Una novela es clásica lo es porque describe el carácter humano. Y desde siempre, los seres humanos calculamos, buscamos convencer y a veces manipulamos a otros. Pero es demasiado pensar que esa es la única forma de explicar nuestras interacciones con otros o que Jane Austen intentaba fundar la Teoría de Juegos. Hanna Arendt decía que la acción humana, con cada nuevo ser humano, abre la puerta del «milagro». Con cada hombre y sus acciones se abre la puerta para lo imprevisible. Eso se llama libertad.

El mundo ético de Jane Austen se construye desde principios reales y exigentes como el honor, el carácter, el arrojo, el deber justo, la fidelidad a la palabra dada. Gracias a que estos principios son reales, razonables y no negociables, los personajes de sus obras pueden valorar los problemas y darse cuenta de que se engañaban a sí mismos (como Elizabeth en Orgullo y Prejuicio), o que se dañaban y lastimaban a otros (como Marianne en Sensatez y Sentimientos). El pensamiento estratégico no ofrece herramientas para valorar la conveniencia ética de las propias acciones, o cómo justificar que alguien pueda  «despertar» de un error y volver a enfrentar el mundo. Sólo con pensamiento estratégico Marianne sería incapaz de darse cuenta de que se ha equivocado respecto a Willoughby, o que es impropio comprometerse con otro a partir de unas primeras impresiones. 

Las heroínas de Jane Austen, pienso en Elinor Dashwood como el prototipo más claro, orientan su vida por esos valores y principios de forma tal que el resto de personajes acuden a ellos para «despertar» o «examinar» su propia conducta. Por eso prefiero la interpretación que ofrece C.S. Lewis de las obras de Austen (aquí). Lo que está en juego no es la mejor forma de manipular al otro para obtener un beneficio -incluso para ambos-, sino la seriedad y objetividad de unos principios que explican y dan tanto consistencia a la vida humana, como profundidad y frutos a una biografía llena de interacciones valiosas.  Escribe Lewis: 

"Si la «caridad» es la poesía del comportamiento, y el «honor» a la retórica de nuestros actos, se sigue que en Jane Austen, los «principios» son la gramática de la conducta." 

Es decir, el amor es lo que hace atractivo a nuestros actos, la integridad permite que nuestro comportamiento sea convincente, y su razonabilidad ofrece la estructura sobre la se construye nuestro carácter. Jane Austen es más parecida a Sócrates que a Henry Kissinger. Chwe utiliza a Austen para ejemplificar sus ideas, como yo puedo utilizarla para ejemplificar Derechos Humanos. Pero la teoría de juegos no es heredera del nudo humano que se tensa y al mismo tiempo se desata en Austen. (Aquí otra crítica a la obra de Chwe)