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viernes, 12 de agosto de 2022

Explotar desde lo que soy: Darcy y Antígona

Pride and Prejudice, BBC, 1995


En una de las escenas más conocidas de la literatura, Jane Austen describe así el diálogo silencioso entre dos enamorados:

Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him (Pride & Prejudice, 58)

Ahora un breve antecedente. Tras la primer declaración de Darcy, Elizabeth sorprendida guarda silencio: “Enrojeció, se quedó mirándole fijamente, indecisa y muda (Cap. 34)” Él piensa que se trata de una invitación a continuar y, engañado, sigue cavando su tumba con los resultados ya conocidos. Unas semanas después, cuando Darcy le ofrece una vez más su cariño, ella vuelve a quedarse callada y a mostrarse inquieta:  sintiendo toda la incomodidad y ansiedad más que comunes de su situación, se obligó ahora a hablar; e inmediatamente, aunque no con mucha fluidez, le dio a entender que ahora recibía su propuesta con gusto. No es difícil imaginar cómo Darcy viviría ese segundo silencio y el tartamudeo de Elizabeth. Tampoco, cómo aquello se convirtió en explosión de sobrecogedora  alegría

Volvamos al texto: Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him. Una versión en español traduce así esa línea: “Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón”. El DeepL ofrece una fórmula que quizá sea más acertada: Si Elizabeth hubiera podido encontrarse con su mirada, habría visto lo bien que le sentaba la expresión de sincera alegría que se difundía por su rostro.

En ambos casos algo se pierde al interpretar el sentido de heartfelt (con el corazón en la mano, sentido en el corazón). Una alegría sincera se difumina o se esparce como por un asalto incontrolable al rostro. Became him” dice al final de la oración. Lo sé. Por la forma en que se construye el inglés y su gramática, se ha de traducir como algo que le pasa a Darcy. Pero en la expresión se saborea este otro sentido: la alegría se difunde en su rostro porque él se ha convertido (became) en alguien distinto. No solo se emociona, sino que él se transforma  precisamente porque lo que es se altera por la presencia, palabras y amor de Elizabeth.

Me encontré con un problema similar en Antígona quien le dice, en la versión de Gredos -¿y quién soy yo para dudar de la traducción?- a Creonte Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor. En griego se dice algo más radical -aquí va una traducción más literal-: yo no odio, sino engendro amor común (οὔτοι συνέχθειν, ἀλλὰ συμφιλεῖν ἔφυν [523]). Las dos últimas palabras de la oración son συμφιλεῖν-sumphilein que significa «amor mutuo» o «gozo compartido», y ἔφυν-ephun, «engendrar» o «dar a luz» (¿φύω se acerca a ἔρως (eros)?). En otras palabras, Antígona dice que aunque sus hermanos se odien, aunque Creonte le pida que desprecie a uno de ellos, desde lo que ella es nace, se genera, se pone en marcha, un amor que engendra comunión. Ella ve que de lo que es no puede suceder otra cosa sino generar comunidad por el amor. El contraste no pasa desapercibido, pues en griego el nombre «Antígona» (Ἀντιγόνη, o Anti- contrario y -gone,  «dar a luz», «engendrar») significa algo así como abocada a la muerte, o quien no es madre. Ella engendra amor incluso en la esterilidad.

Sea como fuere, el punto es que con Darcy –al igual que con Antígona-, Austen describe el amor no como una emoción sino como transparentar una forma de ser gracias a que el amado se ancla en la propia identidad.

PS. Le dedico esta entrada a Rubí Bobadilla que hace tiempo se ganó un premio... Es una pistola.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Recibir un regalo

Grushenska y Alishoa

En una de las escenas, quizá, más estremecedoras de Los hermanos Karamazov, Grushenska afirma conmovida:
–No sé, no tengo ni idea, no sé lo que me ha dicho; le ha hablado al corazón, ha puesto patas arriba mi corazón... Ha sido el primero que me ha tenido lástima, el primero y el único, ¡eso es! ¿Por qué no has venido antes? [...] Toda la vida he estado esperando a alguien como tú, sabía que vendría alguien así y me perdonaría. Creía que a una mujer tan despreciable como yo también podían quererla, sin buscar únicamente mi perdición...
Alishoa le había regalado una mirada especial. Un obsequio que podría ser descrito como  «eres alguien  valioso para mí. Eres un don inmerecido para mí». O en palabras de Alishoa, «he encontrado un tesoro: un alma capaz de amar». 

¿A qué tipo de regalo se refiere Dostoyevsky? Una cocacola tiene un precio y la puedo recibir gratis en un centro comercial. Pero el escritor ruso no describe ese tipo de obsequios. Él habla de la entrega de aquello que no tiene precio pero lo vale todo: «¿quién soy yo ante tu mirada? ¿Soy alguien de quien obtienes un beneficio; me buscas porque me lo he ganado; o simplemente porque has descubierto en mí a alguien que lo merece todo sin tener precio?»

Esa mirada no se puede robar, forzar o manipular. No hay obligación de ofrecerla, no hay un deber de regalarla. Se da solo porque sí. Por eso Grushenska afirma asombrada: «–¡Voy a echarme a llorar! ¡Claro que voy a echarme a llorar! Me ha llamado hermana, ¡jamás lo olvidaré!»

Tal vez la única reacción ante ese tipo de regalos es el grito inevitable que nace de la conmoción, el asombro sobrecogedor del alma: «me han regalado lo inmerecido. Se han convertido en obsequio solo para mí; me han dado lo que no se gana: ni con mi esfuerzo, ni con mi talento, ni con mi derecho. Ha sido entregado solo porque sí». Es la mirada que sacude: you rocked my world!

Quizá nos pasa -mea culpa!- que olvidemos la cualidad esencial del regalo: ser obsequio inmerecido. Incluso algo tan cotidiano como ver a todo color. ¿Por qué no fuimos ciegos o daltónicos? ¿Por qué existe un mundo que nos asombra y conmueve? ¿Valoramos esa capacidad como regalo?  En este video se palpa la conmoción de quien descubre que un obsequio le permite ahora ver el regalo del color  (desde el 1:15, si hay prisa):


Puesta en música, esa experiencia se oye así:


lunes, 3 de abril de 2017

Fanny Price y la contemplación de la belleza: madurez y empatía




Una primera versión de este texto, se preparó para la inauguración de una exposición de cuadros elaborados,  en un taller de arte, con gises pastel, lápices de colores o acrílico. La idea del taller es ayudar a los participantes a conocerse y descubrir tanto su personalidad, como su responsabilidad ante los demás.  

Uno de los personajes “más grises” que diseñó Jane Austen es la heroína de Mansfield Park. Fanny Price, a diferencia de Elizabeth Bennet (Orgullo y Prejuicio) o de Elinor Dashwood (Sensatez y Sentiminetos), es algo insípida. Le gusta la soledad, padece en silencio los acontecimientos de su hogar adoptivo, y se guarda para sí las reflexiones sobre el daño que se causan los personajes con sus acciones desajustadas. Pero, a su modo, Fanny se toma muy en serio los principios con los que interpreta la vida. Para ella se debe actuar con propiedad, se ha de juzgar el carácter de los demás con acierto, se reconoce el deber de ser fiel a una tradición, se exige honrar las lealtades familiares, para lo cual es ineludible acompañarlos con sentimientos apropiados. Aquello no es un juego.

Curiosamente, Ms. Price no sólo está equipada con principios morales, sino con un ojo estético fino para contemplar la naturaleza. Es la única que, gracias a esa capacidad, ha logrado moldearse ella misma, a partir de su esfuerzo por honrar con su conducta, el orden y belleza que percibe en lo que la rodea. En un momento de la novela, la protagonista de Mansfield Park exclama al contemplar la grandeza de una noche estrellada:
«¡Esto es armonía! —dijo—. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste. »
Más adelante, nos regala una explicación similar, cuando se da cuenta de lo que ha mejorado un jardín, con un poco de trabajo:
«—Es bonito, muy bonito —dijo Fanny, mirando en derredor, un día en que se hallaban así sentadas en un banco—; cada vez que vuelvo a encontrarme entre estos arbustos me sorprende más su desarrollo y belleza. Hace tres años, esto no era más que un seto vivo que crecía descuidadamente a lo largo de la margen superior del campo, y que nunca se creyó que fuese algo, o que pudiera convertirse en algo digno de tenerse en cuenta; y ahora es un paseo del cual seria difícil decir si es más apreciable lo útil o lo decorativo.
Fanny logra reconocerse a sí misma en el equilibrio, simetría, cadencia y orden de la naturaleza. Aprende gracias a su capacidad para dejarse conmover por la armonía que aprecia en las cosas. En este contexto, dejarse asombrar por la belleza, no sólo es un acto de autoconocimiento  personal; es parte ineludible de su proceso de madurez. Los principios morales que modelan el carácter de Fanny y le ayudan a juzgar su lugar en el mundo, son ajustados por su capacidad contemplativa de la belleza.

Ahora bien, si la contemplación de la belleza consigue ese florecimiento personal, debe ser mucho más que sólo el autoconocimiento subjetivo de las propias emociones. Si fuera sólo una explosión de la propia sensibilidad, entonces, ¿por qué no podemos autoasombrarnos? ¿Por qué seríamos capaces de compartir esa experiencia si sólo fuera un reflejo del mundo interior? En el caso de Fanny, ella no hubiera madurado al contemplar la naturaleza si su belleza únicamente fuera expresión de sus propios deseos. Lo armónico no tendría su propiedad performativa -modeladora del carácter- si fuera solo fruto de la intimidad personalísima. En otras palabras, la noche estrellada que asombra a Fanny, no catalizaría su carácter, si la belleza de los astros fuera simplemente una extención de sus propias emociones interiores. De ahí que la cualidad formativa de la belleza, su propiedad como reveladora de la intimidad, se debe a su carácter trascendente: aquello realmente existe, verdaderamente es bello, y ciertamente es un bien para mí. Sólo así es posible ser comunicada en una obra de arte, por ejemplo.

De modo que la expresión de esa contemplación -la obra artística- significa tanto un despertar para sí, como un madurar en beneficio de otros. Al igual que Fanny, la armonía que debe ser descubierta y honrada con las acciones, predispone para reconocer nuestras responsabilidades con los demás. En el horizonte moral de la heroína de Mansfield Park, la contemplación no solo genera autoconocimiento, sino que de ella también florece el esfuerzo solidario por introducir a los amigos en la misma dinámica. Que ellos también sean armonía.

Por eso, las expresiones artísticas -los vehículos de belleza-, no son sólo un retrato de los sentimientos de quien lo pinta. Contienen una invitación ser testigos -si bien es cierto de modo cifrado- de los equilibrios, las luces y sombras, de los autores y un requerimiento a dejarnos conmover por ellos, a hacer nuestra esa búsqueda; y, a modo de empatía, compartir una existencia común. En resumen, la experiencia estética de Fanny Price fue pedagoga de las armonías en su carácter, y dardo que liberó al resto de personajes de Mansfield Park del deterioro moral en que se encontraban. 

Del mismo modo, quien nos comparte de su experiencia estética, se convierten en despertadores de nuestra propia dignidad. Nunca son sólo auto retrato de una intimidad.

Feliz cumpleaños a Esmeralda, quien es autora de este cuadro: 



Aquí va el resto de esa exposición:










lunes, 6 de marzo de 2017

A México Santa, le va a traer carbón


Hace unos meses platiqué con Mayte sobre la madurez intelectual. Tal y como aprendí de mi profesor, Jaime Nubiola, la animé a escribir. Esa experiencia le ayudaría a pensar. Ella lo tomó en serio y me mandó este texto para que lo subiera a mi blog como «entrada invitada». Como soy un desastre, retrasé la publicación -escrita al rededor de Navidad- hasta el día de hoy. Mea Culpa! Aquí va. 

Está por terminar el 2016, otro año lleno de “novedades” para México. Los pequeñines ya están haciendo sus cartitas de navidad; y nuestro país, un niño en desarrollo  pide un mayor crecimiento, pero… portándose mal.
Santa Claus se puso a verificar los antecedentes y lamentablemente no encontró nada bueno: 
Podemos decir que cuando revisó sus deberes, se dio cuenta que no cumplió ni los propósitos más esenciales. Parece que nuestro travieso se olvidó del artículo 3º que habla sobre la educación , ya que ni con todas las reformas que planeó, mejoró como se esperaba.
Llegaron los resultados del Human Capital Resort 2016 , en los que se demostró que la calificación de México,  está lejos de ser de los primero lugares; por otro lado se encontró con la prueba PISA … en la que ni si quiera pasa de la media “aceptable”.
Querido Santa, ¿Cómo podemos culpar a este niño si vive rodeado de tan malos ejemplos? ¿Cómo reprocharle que lee únicamente 3.5 libros al año,  si su papi Peña Nieto sólo le puede enseñar la Biblia y su maestro Aurelio Nuño pronuncia “ler” en vez de leer? Pues ni aunque acepten sus errores, o regalen libros, pueden borrar los sucesos tan vergonzosos que le hacen pasar… pero pues bueno, bien se dice por ahí que “a tal palo, tal astilla ”.
Intentando percibir un esfuerzo, el gordito de las barbas blancas interceptó uno de los buscadores más usados por el mundo (Google) con la esperanza de atinar en las redes de México con investigaciones, tareas o reportajes que expusieran un empeño en mejorar sus notas; desgraciadamente se percató de que habían aproximadamente 1’950,000 escritos sobre memes mexicanos en la sección de “Noticias” y una triste cifra de 424,000  hablando de la calidad educativa en el país.
Después de todo esto, ya es casi seguro, que nuestro niño recibirá únicamente carbón para Navidad. 
Lo que nos mantiene en duda es, si este es un berrinche que se convertirá en uno de los motivos por los que el presupuesto en la educación disminuirá un 12% ; que no parece tan alarmante si consideramos la baja del monto para la administración en general, olvidando que siguen existiendo estados como Chihuahua , Veracruz  o Sinaloa  donde los alumnos de secundarias técnicas pierden clases a consecuencia de las manifestaciones de maestros inconformes con falta de pago de su salario… 
México es un niño muy carismático y chistoso, pero tristemente eso no es suficiente para estar en la lista buena. Sigue reprobando en lectura, matemáticas y administración, pareciéndole mucho más trascendentes los memes que la educación… 
Porque claro que es más importante gastar en seguridad pública para los XVS de Ruby  que en comprar libros que está claro: Nadie va a leer. 
No pudo tener más razón cierto científico cuando dijo: No se puede poseer mayor gobierno, ni menor, que el de uno mismo 

Maite Cadena Uruñuela



                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

lunes, 31 de octubre de 2016

Conversaciones, «polis» y mi vuelta al radio


Desde el verano me centré en terminar un proyecto académico que entró en sus etapas finales. En Zona3 fueron muy amables de concederme una pausa en mis participaciones y esperarme a que lo terminara. ¿Y qué pasó en estos meses? La tesis de Peña, el Frente de la Familia y las marchas, el magistrado y su pasado delictivo, el nobel a Bob Dylan, la campaña en Estados Unidos, etc. Todos esos eventos pedían un análisis, una tasa de café y una buena conversación.

En mi caso, mi cita semanal en Zona3, implicaba no sólo preparar un tema buscar algo interesante qué decir en dos minutos, también era oportunidad para dialogar con amigos, familiares y alumnos sobre ese tema. En algunas ocasiones, algunos radioescuchas, interactuaban conmigo, algo que siempre se agradece

En estos mesese aprendí -gracias a una conversación- que en la filosofía política griega, el diálogo se consideraba no sólo una obligación cívica, sino una manifestación de personas libres. Para ellos, las conversaciones, eran el único camino para develar la solución justa a los problemas de la polis. Ellos no se referían sólo a un intercambio de opiniones, como el que intercambia tarjetitas de colección para un álbum de jugadores; ni tampoco veían el diálogo como el que adquiere una opinión nueva para colocar en su alacena intelectual. No. Los griegos estaban convencidos de que el diálogo, implicaba examinarse a uno mismo, para justificarse «quién soy de verdad». Por ejemplo, compartir que le voy a los Dorados y a los Tomateros, exigiría en una conversación donde inconcientemente tendría que justificar esa afición; en mi caso, el lugar donde nací y mi tradición familiar. Como se ve, hablar de una opinión, no sólo expresa una afición, sino que además, doy cuenta a los demás de quién soy yo.  

Así pues, en la grecia clásica el diálogo exigía ponerse en evidencia, ofrecer los motivos de las propias opiniones, y ponerse en camino, junto otro ciudadano, en la búsqueda de una solución justa a los problemas comunes. El lugar donde sucedía esta peculiar conversación, y al mismo tiempo, el resultado de esa conversación lo llamaban polis

Por eso, me alegra mucho poder volver a este espacio. Me obliga a buscar en mis ideas, opiniones y forma de ver la vida, cuáles son los motivos que lo hacen valioso. Y me reta a comprender el diálogo como un ponerse en movimiento junto a otros.

lunes, 11 de abril de 2016

"El Principito" y el mundo real


La semana pasada se cumplió un aniversario de la publicación de El Principito, la famosa novela de Antuan de Sant Exupéry. Aunque suene un cliché, como sabemos, es un libro escrito para niños con problemas de adultos. Por eso podría suceder que lo consideráramos como una novela llena de sentencias simples y un poco cursis. Ahí encontramos problemas humanos como lo importante es el tiempo que pasaste con otro, sólo vale la pena emitir órdenes que sabemos que se van a cumplir, la fundamental tarea que todos tenemos de ser “domesticados”, etc.

En la Universidad suelo escuchar a profesores y alumnos que nuestra tarea consiste en prepararlos para “el mundo real”. Da la impresión de que por mundo real se refieren al mundo del trabajo, de la producción, de la utilidad, del costo beneficio. La Universidad sería como un gimnasio que prepara para la vida real que viene después. 

Tal vez El Principito sea en efecto una colección de frases algo dulzonas y edulcoradas. Aún así lanza las preguntas sobre cuál sería el auténtico mundo real en el que vale la pena vivir. ¿Qué pasa con una persona, si se deja envolver y absorber por la lógica de la utilidad, del “vales mientras produzcas”, “importas mientras trabajes”, "te convierto en unidad de producción o de administración y a cambio de doy dinero"? ¿Es posible romper a la persona y pedirle que se meta en esa lógica de la utilidad y la producción del  mundo del trabajo y pensar que vivirá en su familia, los amigos o en su comunidad en la lógica del encuentro, la apertura, el don y la alegría de la dignidad? 

No podría decir ahora cómo relacionar adecuadamente estos dos mundos. Pero en El Principito, se ponen ante nuestros ojos los temas y preguntas que nos señalarán en qué mundo real vale la pena en que vivamos. Es un texto muy corto. Así que tal vez no haya excusa para dejar de leerlo.

PD. Le dedico esta entrada al profesor Doval. Su ironía abre horizontes.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Curso de derechos Humanos en 10 imágenes

Quizá lo más difícil de un profesor es articular los contenidos de sus cursos a partir de las ideas que le dan sentido a los temas. Aquí van en imágenes, las ideas y preguntas que podrían estructurar un curso de derechos humanos:

1. ¿Sirve de algo el estudio universitario de estos temas?  Si de lo que se trata es prepararse para el «mundo real», ¿de qué sirven estas utopías?


2. Lucha por la dignidad. No hay rama del derecho donde se toque con mayor nitidez, el valor de la persona por sí misma.


3. [*Suspiro]. ¿Qué respuesta ofrece el derecho ante esto?


4. Entre la homilía y el mitin (Andrés Ollero dixit). Sí. Uno se mueve en arenas movedizas entre la ética, la política y el derecho. Si no se cuida la retórica de estos derechos, termina uno suplantando al cura o al demagogo.
5. ¿Sobre aire? Si no existe una dignidad real que sustente, oriente y limite los derechos humanos, estos sólo se reducen a la retórica del más fuerte.

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6. Dignidad y «ius». Sin criterios reales para equilibrar las relaciones entre personas, la dignidad se vacía de contenido. Si un concepto sirve para todo, entonces, no sirve para nada. 


7. Autodeterminación y proyecto de vida. ¿De qué sirve una brújula que no marca el norte? ¿Existe el derecho de alguien trans-edad, –una niña de seis años, atrapada en un cuerpo de un adulto de 50 [no es broma]- si esto forma parte de su proyecto de vida? 


8. Un límite impuesto a la fuerza. ¿Puede la lógica de la fuerza ser orientada y controlada por la experiencia de la empatía?



9. ¿Contenido o regla de interpretación?

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10. Los héroes. ¿Quién dijo yo?

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jueves, 3 de diciembre de 2015

Arendt y el recién nacido como milagro político


En un pequeño libro, titulado «¿Qué es la política?»  se editan los manuscritos que Hannah Arendt había preparado para su proyecto sobre introducción a la política. En sus notas, esta importante filósofa se detiene a explicar lo que significa el «milagro» en la comprensión de este ámbito de la vida humana. Arendt no se refiere sólo al operador profesional, sino a la convivencia común de personas que son diferentes. En este sentido, parece que la vida de una comunidad sigue unos procedimientos ya establecidos, debe mantener unas tradiciones que ha heredado o simplemente arranca del «¡Ya qué! Así están las cosas». Este factum dato originario se rompe, acelera o cambia de dirección por la introducción de nuevos elementos que no son consecuencia natural de ese ambiente: 
«Se ve claramente que siempre que ocurre algo nuevo se da algo inesperado, imprevisible y, en último término, inexplicable causalmente, es decir, algo así como un milagro en el nexo de las secuencias calculables. Con otras palabras, cada nuevo comienzo [Anfang] es por naturaleza un milagro —contemplado y experimentado desde el punto de vista de los procesos que necesariamente interrumpe».
Este milagro o «nuevo comienzo» al que se refiere Arendt, pone en marcha y detona una nueva serie de eventos y sucesos que van a dar forma a nuestra vida en común. En este sentido, la libertad es uno de esos milagro que introducen nuevos elementos que no existirían, a no ser por que alguien se lanzó llenar de sentido y responsabilidad los datos políticos que tiene ante sí:  
«Si el sentido de la política es la libertad, es en este espacio —y no en ningún otro— donde tenemos el derecho a esperar milagros. No porque creamos en ellos sino porque los hombres, en la medida en que pueden actuar, son capaces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible y de llevarlo a cabo continuamente, lo sepan o no».
Por eso Arendt concluye, que el mayor milagro que se puede esperar en la política, –la mayor fuente de milagros- es el nacimiento de una persona. Con ella se introducen en el mundo, un sin fin de posibilidades de construir la comunidad. Cada que nace un ser humano, se ha sembrado una nueva potencialidad de dignidad y de creatividad.

Por eso -entre otras cosas- hemos de celebrar cualquier nacimiento. Si no conocieran a un recién nacido, yo tengo en mente uno de hace dos días que podemos usar de excusa para alegrarnos de esta nueva serie de posibilidades infinitas para la vida política.

Un abrazo a Gabriela y Manuel. También voy a celebrar la llegada de Jaziel.

lunes, 30 de noviembre de 2015

El recipiente de la belleza: el Quijote, Marcela y Grisóstomo


En el Quijote se cuenta la historia de Grisóstomo, un recién egresado de la Universidad que muere de amor no correspondido. Se prendó de Marcela, y perdió la vida entre suspiro y suspiro. Durante su entierro -pidió que lo sepultaran en la peña donde la vio por primera vez-, sus amigos despotricaron contra la pastora. Ella se aparece y expone su defensa. El pasaje está articulado en forma de juicio: Ambrosio -el amigo- acusa a Pastora del homicidio de Grisóstomo, la acusada alega su inocencia, y el Quijote hace las veces de juez.

Marcela se defiende con un argumento en dos partes. En este blog hemos hablado varias veces sobre la belleza: por qué importa dejarnos afectar por su punzada, cómo le dejamos producir eco en nuestro interior, y cómo es que fertiliza la intimidad hasta hacerla madurar. La pastora nos ofrece una perspectiva al menos no explorada aquí. Si bien es cierto, lo bello nos toca desde fuera precisamente porque estamos diseñados para aquello que nos llama, no menos cierto es que la experiencia estética sólo produce su fruto si el recipiente se prepara para ese contenido. No sólo se trata de arrancar hacia lo bello simplemente por que lo es. Marcela nos advierte: el continente nunca es arrollado por el contenido. Así lo dice:
No vengo, oh Ambrosio, a ninguna cosa de las que has dicho, respondió Marcela, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan. Y así ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a los discretos. Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de tal manera, que sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis decís y aun queréis que esté yo obligada a amaros. 
Yo conozco con el natural entendimiento que Dios me ha dado, que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que por razón de eser amado, esté obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y siendo lo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal el decir quiérote por hermosa, hazme de amar aunque sea feo. Pero puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de correr iguales los deseos, que no todas las hermosuras enamoran, que algunas alegran la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas sin saber en cuál habían de parar, porque siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos habían de ser los deseos; y según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario y no forzoso. 
Siendo esto así, como yo creo que lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que decís que me queréis bien? Sino, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades? Cuanto más que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo, que tal cual es, el cielo me la dio de gracia sin yo pedirla ni escogella; y así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser reprendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el fuego apartado, o como la espada aguda, que ni él quema, ni ella corta a quien a ellos no se acerca. 
La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales el cuerpo, aunque lo sea, no debe parecer hermoso; pues si la honestidad es una de las virtudes que al cuerpo y alma más adornan y hermosean, ¿por qué la ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de aquél que por solo su gusto con todas sus fuerzas e industrias procura que la pierda? 
Lo amable, sólo por ser bello, no debe desquiciar al amante, sólo por que le parece que aquello es hermoso. Marcela, además, fue honesta con Ambrosio: nunca le dio alas, ni esperanzas, ni le dio cuerda. Esta es la segunda parte de su defensa:
Yo nací libre, y para poder libre escogí la soledad de los campos; los árboles destas montañas son mi compañía, las claras aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado, y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras; y si los deseos se sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo, ni a otro alguno, el fin de ninguno dellos, bien se puede decir que no es obra mía que antes le mató su porfía que mi crueldad; y si me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que cuando en ese mismo lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención, le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él con todo este desengaño quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? 
Si yo le entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: mirad ahora si será razón que de su pena se me dé a mí la culpa. Quéjese el engañado, desespérese aquél a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confiese el qeu yo llamare, ufánese el qeu yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo, ni admito. El cielo aun hasta ahora no ha querido que yo llame por destino, y el pensar que tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso ni desdichado, porque a quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos, que los desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala: el que me llama ingrata, no me sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida, ni los buscará, servirá, conocerá, ni seguirá, en ninguna manera. 
Que si a Grisóstomo mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles, ¿por qué ha de querer que la pierda, el que quiera que la tenga, con los hombres? Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas: tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel, ni me burlo con uno, ni me entretengo con el otro. La conversación honesta de las zagalas destas aldeas, y el cuidado de mis cabras me entretiene; tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma, a su morada primera.
La belleza importa. Sí. Dejarnos afectar por lo que nos conmueve, también. Pero, para que la belleza cumpla su cometido, el recipiente donde se acoge ese regalo, nunca debe ser sólo destinatario pasivo. Sólo será beneficiario si acude al llamado de la belleza como «ésta persona», es decir, si se esfuerza por aquello quede impregnado de inteligibilidad, sentido, historia y responsabilidad. El contenido no debe eliminar el recipiente. Grisóstomo fue abrasado por la belleza, pero él nunca la abrazó. Se consumió a sí mismo al querer consumirla. 

La sentencia del juez -un loco- es esta:
Ninguna persona, de cualquier estado y condición que sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa indignación mía. Ella ha mostrado con claras razones la poca o ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo qeu en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta intención vive.
El pasaje está en la parte 1, capítulos 12-14. Estos textos están en el 14.

domingo, 8 de noviembre de 2015

El «ajustado» y «lo justo»


He seguido con el minicurso sobre la comprensión occidental de la Justicia. La primera clase la dedicamos a hablar sobre «la justicia» como «el ajustado». Para eso seguimos a Jane Austen como la que diseña personajes cuya misión es ajustarse (aquí el link). 

El segundo sentido en que Occidente comprende la justicia es como «lo justo». Es decir, como aquel equilibrio que existen entre las personas gracias a la equidad que se logra con las cosas y posiciones que los relacionan. También hablamos sobre la transformación conceptual que se operó con la popularización de la palabra «Derecho». 

Ya sé que John Finnis piensa que la discusión es irrelevante. Tal vez tiene razón si de lo que se trata es describir el fenómeno jurídico como tal. Pero sigo pensando que es importante para comprender las distintas formas en que Occidente ha querido comprender lo que significa la justicia.


jueves, 29 de octubre de 2015

«La Patricia», la Playa y el Cuadro.

Foto: Scott Kelly, Museo del Prado
ATENCIÓN: Para comprender esta entrada es necesario haber experimentado dos eventos: un atardecer y la compasión. Porque todo depende de un «You know it when you see it». De lo contrario, no entenderás na'a.

Las fotos de Patricia tomadas desde el espacio mostraban el tamaño del huracán y nos permitían imaginar la fuerza de la naturaleza. No somos los primeros que experimentamos el asombro ante la fuerza del mar y el riesgo de ser tragados por su furia. La teología judía aprovechó esta sensación para explicar dos ideas: el significado de estar a salvo y el papel de los amigos y de los que nos aman.
En el mar nos hundimos. Ahí el agua nos puede tragar. Dentro de él, probamos una obscuridad que nos envuelve y sentimos la inestabilidad de no tener dónde sostenernos. Salir a la costa es otra manera de experimentar la redención. Hemos sido rescatados del poder de la obscuridad y del riesgo de perecer. Ponerse de pie en la playa nos permite contemplar la majestuosidad de esa fuerza, que al mismo tiempo, tememos como lo opuesto a la tierra, como amenaza al espacio vital del hombre. Y ahí, desde la arena, el mar como riesgo se convierte en posibilidad de asombro por la belleza de un atardecer que se renueva cada día.
La playa significa entonces, vencer el riesgo de perecer en el mar. Es, por una parte, un límite impuesto a la potencia del mar –«¡Hasta aquí llega tu amenaza!»-. Por otro lado, desde la playa, la furia intimidante del mar, se transforma en una invitación a ver su belleza y participar de ella. 
Foto: Scott Kelley
En el museo del Prado hay un cuadro que recoge el mismo problema, pero resuelto no en un elemento material como lo es la playa, sino anclado en el corazón de la persona. Se llama El Descendimiento de la Cruz, del pintor flamenco Rogier van der Weyden. Es la pintura de un judío condenado a muerte que es bajado de la cruz. Dos de sus amigos sostienen el cadáver, mientras se giran para entregárselo a la madre del difunto. La pintura es una fotografía del momento en que los amigos sujetan a los que han sido devorados por la muerte o por la angustia. 
¿En qué se parece El Descendimiento y el mar? En los dos sitios un hombre ha sido tragado por la obscuridad, el mal se los ha comido. No hay tierra firme para sostenerse. De forma que, en este cuadro o en una experiencia así, ¿cuál es el equivalente a la playa, cuál es el lugar de redención, qué es lo que le quita la última palabra al poder de la angustia, del mal y la muerte?
Es en la compasión, en la solidaridad de los amigos, en la compañía por amor, en la empatía y solidaridad que recibimos sin esperar nada a cambio, donde la muerte y el mal retroceden. «¡Hasta aquí llega tu amenaza! ¡No dejaremos que tu lógica ahogue el corazón!» En el cuadro, los amigos lloran por que reconocen el mal ante ellos; pero lo superan y se liberan de él a través del amor, de la empatía y de la solidaridad ante el que sufre. Esa es su playa. Ya podrán ver la belleza del amanecer.  Van der Weyden no oculta el mal y el dolor, como las fotos mostraban la fuerza del huracán, pero el pintor no se ceba en la tragedia: pone ante nuestros ojos el valor de la compasión, la fuerza del amor. Abre una puerta a la esperanza. 
Si no es posible ir al museo del Prado, al menos hay que ir al mar o atesorar la compasión  y la empatía que nos han regalado amigos y familiares. Es una forma de recordar ese: «¡Hasta aquí llega tu amenaza!» con que la playa marca un límite al mar.

miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Por qué leer a Jane Austen?


Ayer dí una clase en un módulo sobre la comprensión occidental de la Justicia. Para ello podríamos haber estudiado a Sócrates: es mejor padecer una injusticia que cometerla, la justicia es una excelencia de la persona, o la justicia no sólo es informativa sino también performativa. O a Platón: la persona ajustada es la que armoniza su cuerpo, su carácter y su mente, la ciudad ajustada se «construye por» y «forma a» el ciudadano, el mito de Gigés, etc. O a Aristóteles: el arte sigue a la naturaleza, la justicia general es el de la persona buena, y la relación entre virtud, con razón práctica y actos concretos.

Pero seguimos otro camino. Una de las formas en que nos explicamos la «Justicia» es aplicarle la palabra a las personas ajustadas-buenas. Jane Austen es una autora cuyos personajes se dedican, principalmente a mostrar, descubrir y formar su carácter como ajustados: la armonía equilibrada de todos los aspectos de la vida. 

jueves, 22 de octubre de 2015

Chesterton, Gaudí y las crisis causadas por Profesores.

El interior de la Sagrada Familia. Foto de Ben Ashmole

En ocasiones me he encontrado con esta crisis en mis alumnos, principalmente cuando están por graduarse. «¿Y ahora qué sigue? Bueno sí, se trata de trabajar, tal vez formar una familia. Pero, ¿qué pasa si mido mi progreso profesional y mi crecimiento humano por el salario que percibo, la importancia del puesto que logro de modo similar a como medía mi avance en la escuela: pasando exámenes y subiendo de grados académicos? ¿Ahora cómo sé que voy progresando en la vida, si no hay exámenes o algo parecido que me dé un parámetro más o menos seguro? ¿Cómo verifico que estoy llenando de sentido mi existencia?»

No soy psicólogo, así que no esperen una respuesta en este terreno. Hace unos días recordaba una idea de que le leí a Chesterton. En Ortodoxia cuenta la historia de un retratista de su época que 
«acostumbraba hacer varios rápidos ensayos de sus retratos, no importaba que rompiera veinte veces sus trazados. Pero habría importado mucho que mirara veinte veces al modelo, y cada vez hubiera visto una persona distinta posando plácidamente para un retrato. Así (hablando comparativamente), no importa con cuanta frecuencia fracase la humanidad imitando su ideal; porque todas las pasadas derrotas son fecundas. Pero tiene una importancia terrible, la frecuencia con que cambia sus ideales; porque entonces, todos sus pasados fracasos, son estériles. La pregunta adecuada vendría a ser ésta: «¿Cómo podemos hacer para que el artista se mantenga descontento de su cuadro y evitar al mismo tiempo que esté vitalmente descontento de su arte? ¿Cómo hacer para que el hombre nunca esté satisfecho de su trabajo y no obstante siempre esté satisfecho de trabajar? ¿Cómo asegurarnos de que el pintor arrojará al retrato por la ventana en vez de tomar la actitud más humana y natural de arrojar por la ventana al modelo? (Ortodoxia, Cap. 8. La Eterna Revolución)»
En Barcelona se construye un edificio monumental, que incluso antes de estar terminado, ya es uno de los edificios más visitados de aquella ciudad. Es la Basílica de la Sagrada Familia. El arquitecto que ideó el proyecto, Antoni Gaudí, sabía que moriría antes de ver terminada la Iglesia  a la que le había dedicado la mayor parte de su vida. Aún así, se lanzó a trabajar en ello. Tal vez las preguntas a las que se refiere Chesterton tengan que ver con lo que le pasó a Gaudí. Quizá debamos encontrar proyectos de vida tan valiosos, que nos involucren totalmente, que pidan un compromiso total y que gasten todas nuestras fuerzas, que nos llenen aquí y ahora; pero que aún así, no se acaben, que sigan tirándonos hacia adelante, que continúen exigiendo lo mejor de nosotros. Horizontes de vida como esos, no se pueden medir, pesar y contar; como se hace con el resultado de una evaluación con el progreso en los grados escolares. 

Tal vez los profesores seamos en parte causantes de esas crisis: nos falta imaginar semillas que llenen, pero al mismo tiempo, dejen la inquietud de seguir soñando. Quizá el reto de los maestros sea ese: enseñar a gozar el misterio del «ya has logrado algo» pero «todavía no todo lo que vale la pena».

Postscript.

¿Y cómo se enseña algo así?  No sé bien. Intuyo que tiene que ver introducirlos en estas cinco preguntas: 

1. ¿Por qué la belleza importa? ¿Por qué hay cosas hermosas, si no es necesario que sean bellas para que funcionen bien?  
2. ¿Por qué importa leer a Jane Austen? ¿Por qué el carácter ajustado exige integrar a la persona como ser humano?
3. ¿Por qué no debo creerme lo primero que se me ocurre, si por fin algo se me vino a la cabeza?
4. ¿Por qué la vida es tan corta como para para beber mal vino?
5. ¿Por qué sólo es posible imaginar cosas grandes cuando dedicamos esfuerzo a cuidar a los niños, a los viejos y a los enfermos, si ellos no producen nada? 




jueves, 8 de octubre de 2015

De las lunas, la de octubre es más hermosa



"De las lunas, la de octubre es más hermosa", dice una canción de Pedro Infante. Si ponemos atención el enamorado asigna a la luna un significado que es mucho mayor a una simple masa de piedra que flota al rededor de la tierra. ¿Por qué hacemos algo así? ¿Qué necesidad humana resolvemos cuando asignamos un sentido a las cosas más allá de su materialidad? A veces es una canción, otras tantas un lugar, un cuadro, una actividad, o un deporte, el que libera en nosotros un resorte que nos despierta para no permanecer indiferente.

Platón decía que la ventana que abrimos para asomarnos al mundo de la verdad y del bien, el dardo que nos despierta del letargo de lo cotidiano, es la experiencia de la belleza. Podemos explicarnos la luna sólo como cuerpo celeste, y la tecnología como los instrumentos con los que hacemos algo con ella y obtenemos alguna utilidad. Pero gracias a nuestra experiencia de la belleza, aquello no es sólo una piedra. La técnica produce cosas que nos hacen la vida más fácil; pero el arte nos interroga sobre quién somos nosotros a partir de una pregunta: ¿por qué esto me golpea el interior, si sólo es materia? ¿Qué es lo que me llama tanto la atención? En el caso de la canción de Pedro Infante, ¿por qué con la luna no puedo quedarme como si no hubiera pasado nada?

Quería detenerme sobre esta relación entre un suceso nimio y en apariencia sólo material, pero que me despierta para ponerme ante algo fundamental de mi existencia. Aquí va un ejemplo del que ya escribí en el blog. Hay partes del juego del beisbol donde podemos jugar más allá de los límites. Hace unos meses, por ejemplo, el jugador de los Cachorros de Chicago, Anthony Rizzo, persiguió un elevado de foul, salió del campo, subió a la grada, se metió entre los aficionados y capturó la pelota como dos metros detrás de los límites físicos del terreno de juego. Out legal. En el beisbol,
¿[d]entro de qué espacio territorial es posible hacer una gran jugada? ¿Cuál es la orilla del campo dentro de la cual es válido demostrar creatividad y capacidad atlética? [...] El beisbol es un deporte con una gran dosis de paciencia y tolerancia al fracaso. Es el precio que hemos de pagar para disfrutar y jugar de vez en cuando en el terreno que existe más allá de límites marcados el campo legal. [...] Quizá la vida se trate de eso: de jugar aquí, a pesar de nuestros reveses y caídas, y de vez en cuanto experimentar lo que existe más allá de las fronteras. Un filósofo existencial lo diría así: «¿No te has dado cuenta que la vida debe ser eso? ¿Jugar aquí para sorpresivamente divertirse válidamente más allá de los límites?
Si nuestros días suceden entre el juego, las reglas, el campo, los límites a los que nos somete nuestra historia y nuestra vida -como la enfermedad y la muerte-, entonces en el beisbol podemos ver -al igual que el enamorado en la luna- cómo estamos llamados a divertirnos más allá de esos límites. Y eso hay que aprender a verlo y a disfrutarlo desde ahora. 

Moraleja: hay que ir al  beisbol. Mañana, en una noche de octubre, comienza la temporada con un Tomateros-Charros. Por eso Pedro Infante tenía razón: «De las lunas, la de octubre es la más hermosa» 

Aquí la jugada de Rizzo:


domingo, 9 de agosto de 2015

El misterioso «Secretum meum mihi» de Edith Stein

Monumento de Edith Stein (Colonia, Alemania)

En la vida de Edith Stein encuentro muchas minas a las que vuelvo con frecuencia para sacar oro: algunas de sus ideas e intuiciones académicas, alimentan mi propia investigación sobre derechos humanos (la empatía y en la experiencia de la dignidad); también descubro que padezco problemas y tensiones de forma similar a la suya; luces y miradas en las que me sostengo gracias a que ella compartió su vida. Aquí va una de ellas. Un amigo de Edith, Edward Metis, 
«tenía algo que lo distinguía de todos los demás compañeros. Era un judío de fe firme y observante de la ley [...] Un día en que íbamos por la calle tenía que resolver un asunto en una casa. Le di rápidamente delante de la puerta mi carpeta para que la sostuviese mientras tanto y entré en el portal. Me di cuenta demasiado tarde que era sábado y en ese día no se puede llevar ninguna carga. Me excusé que mi descuido le había hecho hacer algo prohibido. Él me dijo tranquilamente: "No he hecho nada prohibido. Solamente en la calle está prohibido llevar algo en la mano, pero en casa está permitido". Por eso se había quedado en la entrada y había evitado cuidadosamente no tener puesto un pie en la calle. Ésta era una de las sutilezas talmúdicas que a mí me repelían. Pero no dije nada. Cuando más tarde en Göttingen, comencé con mis preocupaciones religiosas, le pregunté en una ocasión, por carta, cuál era su idea de Dios, si creía en un Dios personal. Él me contestó escuetamente: «Dios es espíritu». Más no se podía decir. Y esto fue para mí como haber recibido una piedra en lugar de un pan.»
Uff. Honestamente no vale la pena perder la vida por un espíritu que está allá a lo lejos. Por mucho espíritu que sea. Ahora, a sortear el elefante que hay en el cuarto. Cualquier tipo de ley -religiosa o civil-, de cualquier nivel -familiar, escolar o de un grupo de amigos-, sólo es coherente con la dignidad de la persona si predispone, prepara y facilita para un encuentro con alguien digno. ¡Que sea real! ¡Que valga la pena! ¡Que sea bello! ¡Que dé sentido! ¡Que transforme!

Si consideramos, además, que vivir implica ir perdiendo la vida, –acercarse a la muerte-, más me vale que aquel sistema ético, o conjunto de creencias o estructura de leyes al que le regalaré mi lealtad, cumpla realmente su promesa y mis expectativas. Sólo vale la pena morir por aquello, si perdemos la vida como modo de afirmar que hemos sido realmente encontrados por alguien.

Como se sabe, Edith Stein murió en Auschwitz tanto por su raza como por su fe católica. Murió por que se dejó transformar; por que se definió a sí misma a partir de ese encuentro. ¿Cómo me doy cuenta que el encuentro ha sido real? ¿Cómo asegurarse -hasta donde sea posible- que ciertos valores, leyes y costumbres realmente nos convierten en personas encontrables, encontradizos, encuentradores, encontrados? Dice Stein:
«¿Pero cuál es verdaderamente el momento en que el hombre experimenta qué es la vida? Es el momento del amor, que se convierte para él, al mismo tiempo, en el momento de la verdad, del descubrimiento de la vida... El descubrimiento de la vida incluye una superación del yo, un despojarse del yo. Ese descubrimiento acontece únicamente donde el hombre es capaz de salir de sí mismo y se deja caer.»
La vida y las ideas de Stein siempre me ponen ante esta disyuntiva: o aquella ley, creencia o estructura de valores éticos fomentan, facilitan y predisponen para un encuentro entre personas o no vale la pena -ni de lejos- dedicarles mi atención. "Tengo solo una vida. No debo echarla a perder". O un encuentro como el que transformó a Edith Stein realmente sucede, o existe esa mirada, o ese ser visto es verdaderamente performativo y eficaz para redimirme de la soledad y de la muerte... o de lo contrario las creencias serán una piedra en lugar de pan. «Tengo una sola vida. No debo echarla a perder alimentándome de piedras».

Cuando preguntaron a Edith por aquello que vio, por lo que la convenció de la realidad del encuentro, contestó: «Secretum meum mihi».  




miércoles, 5 de agosto de 2015

¿Qué es lo que amo de ti, cuando digo «te amo»? (Versión 2 - Maritain)

Raïssa Oumançoff y su esposo Jacques

En un post anterior escribí a propósito de un texto de Christian Bobin:
«¿Qué es lo que amo de ti, cuando digo «te amo»? Amo lo que haces, pero no «lo-hecho», sino «porque-lo-hiciste-tú».  Amo lo que tienes, pero no «el-objeto», sino «porque-lo-tienes-tú».... Te amo a tí. Esa incapacidad para definir o señalar qué es lo que se ama –intentarlo a través de sus «periféricos»- es acercarnos de puntitas a lo que los filósofos llaman «persona» y los poetas describen como un «Tú».»
Hoy leí un texto de Maritain publicado en 1936 -"La distinción entre Persona e Individuo"- donde explica algo más parecido. Lo hace como filósofo, no como poeta. Quizá por eso suena a veces seco e impersonal. Aquí va:

Pascal ha dicho: “No se ama nunca a nadie, sino sólo a cualidades”. 
Esta sentencia es falsa. Vale, si se quiere, cuando se habla del amor que se tiene por las cosas buenas que uno desea para sí. En este hermoso tapiz que me agrada, es su dibujo, sus colores, su molicie, sus cualidades, lo que aprecio. Pero, ¿para quién las aprecio? Para mí. En este caso el centro al que relacionamos las cosas no es un conjunto de cualidades, soy yo: algo mucho más profundo que cuanto de mí conozco, más profundo que mis cualidades, mis defectos – y hasta que mi naturaleza –. 
El amor que se tiene a otro, el amor de que habla Pascal, que tengo a un ser humano que llega a ser para mí como yo mismo o más que yo mismo, este amor no se dirige a cualidades (al creerlo muestra Pascal una huella de ese racionalismo del que se defendía); no se aman meras cualidades; lo que amo es la realidad más profunda, substancial y recóndita, la más existente del ser amado: un centro metafísico más hondo que todas las cualidades y esencias que pueda descubrir y enumerar en el ser amado. De ahí que esta suerte de enumeraciones no acaben nunca en boca de los enamorados. 
A ese centro va el amor, sin separarlo, cierto es, de las “cualidades”, pero como haciendo una sola cosa con ellas. 
El amor va, pues, más lejos o más presto que el conocimiento, al menos que nuestro conocimiento humano abstracto. Todas las cualidades esenciales o accidentales que en Ti conozco no son todavía ese centro: Tú.  Y sin embargo, el objeto más cognoscible para el intelecto es tu naturaleza o esencia, tu substancia y tus cualidades.
¿Qué es el además que se agrega a esas cosas para constituir el Tú como cen- tro a que va el amor? 
Es algo que hace de esta naturaleza o esencia, de esta trama inteligible, una subjetividad; y lo que designo así como una subjetividad es el conjunto mismo de las profundidades inteligibles de un ser, que constituyen un todo por sí, un mundo asentado sobre sí, centrado sobre sí para existir: a quien, por consiguiente, puedo desear el bien, puedo amar por sí mismo, y que puede ser mi amigo. 
Una sinfonía es un conjunto o universo de profundidades inteligibles, pero que se derrama en la existencia, que no está como anudado en una subjetividad y a quien no puedo desear el bien, ni puede ser mi amigo. 
Yo conozco la subjetividad puesto que la experimento y la nombro. Pero es gracias a una reflexión más acentuada y como en una segunda faz de conocimiento, en la cual el amor ha precedido a la inteligencia que logró conocerla. La subjetividad es algo absolutamente aparte, que el amor encuentra directamente y en su primer impulso: y que el conocimiento intelectual sólo distingue luego, en sus caracteres propios. 
La ley propia del amor nos conduce así al problema metafísico de la persona, puesto que lo que he llamado subjetividad es lo mismo que personalidad. El amor no se dirige a cualidades ni a naturalezas, sino a personas.

lunes, 20 de julio de 2015

Ken Burns sobre el arte de contar historias: 1+1=3


Ken Burns es un director de cine apasionado por contar la historia... relatando historias. Le he visto un documental sobre la Guerra Civil Norteamericana (aquí el capítulo 1) y otro sobre la historia del beisbol . Ha dirigido también una serie sobre el Jazz, los Roosevelts, sobre parques. En la revista The Atlantic presentó un cortometraje sobre el arte de descubrir, armar y contar historias sobre la historia. ¿Por qué despertar a los muertos? ¿Por qué recordar a los que han vivido?

Para Burns, una buena manera de contar historias sobre la historia es mostrar el contraste que descubre en todos los personajes de carne y hueso, héroes imitables con fallas reprensibles. Algo así nunca deja indiferente y pide de nosotros que repensemos nuestras convicciones y lealtades. Esa es la finalidad de conocer historias. 

¿Por qué? Sólo cuando sabemos que con nuestra vida contamos una historia somos capaces de  tomar decisiones coherentes y con sentido. La pregunta «¿qué historia estoy contando con mi vida?» nos permite resolver otra no menos simple ˜¿qué comportamiento digno debo hacer en este momento?»Generalmente los males provienen de las indefiniciones, del “no es asunto mío”, del esa historia no es mía. Saber historia -más aún, conocer nuestra propia historia, la de nuestra familia o nuestra patria- nos facilita ser conscientes de nuestra responsabilidad. Quizá no lo planteamos así. Tal vez sólo decimos: «A mi madre me enseñó, en nombre de la memoria de mi padre, hago esto por que deseo dejar a mis hijos un mejor futuro». Esas motivaciones son motivaciones históricas. Es imposible empeñarse en una vida que vale la pena y desconocer la historia de la que formamos parte. Sin esa historia, mis esfuerzos diarios carecen de sentido. Saber historia nos afina la mirada para descubrir el valor de nuestra propia historia.

Al final de la película Burns me sorprendió con un giro argumentativo inesperado. Para él es importante aprender a descubrir y contar historias, por que con ese ejercicio nos preparamos para terminar nuestra propia historia. Si nos habituamos a narrar buenas historias, nos acostumbramos a  la inevitable exigencia de salir del escenario. Podemos experimentar que dejar la historia no es una condena, sino responder a una llamada. Y eso es saludable.

Deseamos conocer historias para aprender a contar la nuestra. Descubrimos que los histografiados dejaron la escena, para caer en la cuenta que nosotros también bajaremos del estrado... Conocer la historia y aprender a contarla es parte de nuestra búsqueda por comprender que nosotros no viviremos para siempre. La historia, dice Burns, pone ante nuestros ojos el momento en que dejaremos el escenario. Y eso es bueno. 

Aquí está el video y abajo la transcripción. El último párrafo vale mucho la pena.


You know the common story is one plus one equals two, we get it. But all stories are really, the real genuine stories, are about one and one equaling three. That’s what I’m interested in.

We live in a rational world where absolutely we’re certain that one and one equals two, and it does. But the things that matter most to us, some people call it love, some people call it God, some people call it reason, is that other thing where the whole is greater than the some of its parts, and that’s the three. 
Oh great story, they are everywhere. There are millions of them! Abraham Lincoln wins the Civil War and then he decides he’s got enough time to go to the theater. That’s a good story. When Thomas Jefferson said we hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, he owned a hundred human beings and never saw the hypocrisy, never saw the contradiction, and more important, never saw fit in his lifetime to free any one of them. That’s a good story. You know the stories that I like to tell are always interesting because the good guys have really serious flaws and the villains are very compelling. My interest is always in complicating things.

Jean Luc Goddard said cinema is truth 24 times a second. Maybe. It’s lying 24 times a second too, all the time, all story is manipulation. Is there acceptable manipulation? You bet. People say oh boy, I was so moved to tears in your film. That’s a good thing? That was, I manipulated that. That’s part of storytelling. I didn’t do it dis-genuinely, I did it sincerely, I am moved by that too, that’s manipulation. Truth is we hope a byproduct of the best of our stories and yet there are many, many different kinds of truths and an emotional truth is something that you have to build.

I made a film on baseball once and it seemed to me that there was a dilemma for the racist of what to do about Jackie Robinson. If you were a Brooklyn Dodger fan and you were a racist, what do you do when he arrives? You can quit baseball all together, you can change teams, or you can change. And I think that the kind of narrative that I subscribe trusts in the possibility that people could change. I hope it’s a positive version of manipulation, but I do think that we do coalesce around stories that seem transcendent.

I don’t know why I tell stories about history I mean there’s kind of classic dime-store Ken Burns wolf-at-the door things, my mother had cancer all of my life, she died when I was 11, there wasn’t a moment from when I was aware, two-and-a-half, three, that there was something dreadfully wrong in my life. It might be that what I’m engaged in, in a historical pursuit is a thin layer perhaps thickly disguised waking of the dead, that I try to make Abraham Lincoln and Jackie Robinson and Louis Armstrong come alive and it maybe very obvious and very close to home who I’m actually trying to wake up. We have to keep the wolf from the door, you know, we tell stories to continue ourselves. We all think an exception is going to be made in our case and we’re going to live forever, and being a human is actually arriving at the understanding that that’s not going to be, story is there to just remind us that it’s just okay.