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lunes, 23 de julio de 2018

De burócratas, ciencia y libertad: «Memorias del subsuelo» de Dostoyevsky

Burócrata ruso de Jan Banning 

En estos días leí la primera parte de un librito de Dostoyevsky que se llama Memorias del subsueloLa historia recoge la reflexión de un burócrata, amargado, resentido y mezquino que ha dedicado su vida a fastidiar a los demás solo por que sí. Un antihéroe a toda ley. En su confesión pone sobre la mesa la idea sobre la que en parte tanto economistas, políticos como juristas construyen sus postulados. La organización científica de la sociedad depende de  los intereses del individuo y cómo es posible ofrecerle esos bienes a cambio de que se deje gobernar, administrar en nombre de esa sociedad organizada y eficaz.

Pues bien, nuestro burócrata se rebela contra esta utopía idealista.  ¿Realmente todos y siempre nos movemos a favor de nuestro interés? Cuando tomamos decisiones, ¿realmente buscamos de forma científica, clara y eficiente el bien máximo con el que orientamos  nuestra vida? 

Peor aún, cuando nos comprometemos por una meta o cuando buscamos lograr un bien, necesariamente nos sometemos a las reglas, prácticas y a la experiencia de los expertos en esos temas que permiten realizar nuestros propósitos. En ese sentido estamos condicionados –atrapados dirían más bien Dostoyevsky, Nietzsche y Kierkegaard- por esas reglas, por esas prácticas y por esas personas. El autor ruso nos recuerda que el hombre se rebela contra ese esquema, incluso a costa de no lograr lo que en el papel considera mejor. Solo por sentirse liberado de esas reglas, de esas prácticas y de esas personas. Solo por sentir que respira, por experimentar que vive, por saborear su libertad.

Dostoyevky dinamita ese mundo ideal de las utopías que presuponen un conocimiento exacto del mundo y el control del corazón humano, solo porque prometen la seguridad del orden, de la paz y del comer: 
«Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus jugarretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. […] Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano». 
En esto, Dostoyevsky desenmascara a algunos profesores de Derecho, de política y de economía que muchas veces nos pasa lo de los libros de jugadas en futbol americano. En el papel todo funciona a la perfección. En cada jugada dibujada todos quieren, pueden y ejecutan su parte, y cada línea consigue el tochdown. Siempre funcionan. Y así enseñamos derecho, explican economía y dirigen individuos: como si supiéramos con precisión lo que quieren los afectados, como si siempre desearan lograrlo, como si siempre se sometieran al orden de su ciencia. 

¿Pero esto es así? Si volteamos a nuestra realidad cotidiana, ¿todos siempre buscan y cumplen con lo que nos han dicho que consideran más valioso en la vida? ¿Sobre qué basamos la expectativa de que al aplicar las leyes de nuestras materias, del derecho, de la economía y de la política, vamos a comportarnos de forma ordenada y civilizada? 

Todavía no comienzo clases en mi universidad, pero al menos ya tengo unas preguntas que debo hacerme antes de volver a explicar el derecho. 

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Aquí van unos fragmentos de la primera parte –La ratonera- de Memoria del subsuelo en la versión del Centro Editor de América Latina.

MEMORIAS DEL SUBSUELO
Fedor Dostoyevsky
 
La ratonera

   Soy un enfermo...un hombre malo. No hay nada de atrayente en mí. Creo que mi hígado anda mal. Pero en verdad no sé absolutamente nada acerca de mi dolencia, ni siquiera estoy muy seguro de cuál es. No estoy bajo tratamiento, y nunca lo estuve, aunque siento gran respeto por la medicina y los médicos. Además lo bastante para respetar a la medicina. Dada mi educación, no debería ser supersticiosa, pero lo soy. No, yo diría que rechazó la ayuda médica nada más que por espíritu de contradicción. No espero que me entiendan esto, pero así es. Por supuesto, no puedo explicar a quién trata de engañar de esta manera. Tengo plena conciencia de que no me es posible perjudicar a los médicos impidiendo que me curen. Sé muy bien que el perjudicado soy yo, y nadie más. Pero de cualquier manera, sólo por malicia me niego a aceptar su ayuda. ¿Me duele el hígado? ¡Magnífico, que siga doliendo!
  Hace mucho tiempo que vivo así, veinte años o más. Ahora tengo cuarenta. Antes era empleado del gobierno, pero ya no. Era un mal funcionario, grosero, y me complacería serlo. Como no aceptaba sobornos, tenía que compensarlo de alguna manera. (Esta es una pésima muestra de ingenio, pero no la borraré ahora. La escribí pensando que parecería chistosa. Pero ahora me doy cuenta de que es una jactanciosidad vulgar, de modo que la dejaré sólo por este motivo).
  Cuando los peticionantes se acercaban a mío escritorio en procura de información, les mostraba los dientes, y me sentía indescriptiblemente dichoso cuando lograba que uno de ellos se sintiera desdichado. Por lo general eran personas tímidas pues iban a pedir algo. Pero uno de ellos constituía una excepción a la regla. Era un oficial, y yo experimentaba una particular repugnancia hacia él. No se dejaba amedrentar. Tenía una forma especial de hacer tintinear el sable. Desagradable. Durante dieciocho meses le hice la guerra cuando yo era todavía joven.
  ¿Quieren que les diga que pasaba verdad? Bueno, el centro del asunto, el aspecto más repulsivo de mi maldad, era que cuando estaba en mi peor humor hepático, tenía conciencia de que en verdad no era tan perverso ni tan colérico, y que no hacia más pasar el rato, por decirlo así, para distraerme. Puede que estuviera echando espumarajos de furia, pero si uno me traía una muñeca para jugar, o me ofrecía una buena taza de té con azúcar, lo más probable era que me calmara. E inclusive me sentía profundamente conmovido, aunque enojado conmigo mismo; y más tarde hacía rechinar los dientes y perdía el sueño durante varios meses. Así era yo.
   Hace un momento mentí, cuando dije que fui un mal funcionario. Y mentí por malicia. Me divertía a costa de los peticionantes y de ese oficial, pero en el fondo nunca puede ser malo. Conocía los numerosos elementos que había en mí, y que eran lo contrario de la maldad. Sentía que bullían en mí desde toda la vida, que trataban de salir a la superficie, pero yo les impedía hacerlo. Me atormentaban, me provocaban vergüenza y convulsiones, y me tenía harto. ¡Ah, qué cansado estaba de ellos! ¿Les parece que estoy tratando de justificarme, de pedirles que me perdonen? No me cabe duda de que piensan eso...Bueno, créanme, no me importa que piensen así.
  No conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame, ni honrado, ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo mi vida en un rincón, trato de consolarme con la estúpida, inútil excusa de que un hombre inteligente no puede convertirse en nada, de que solo un tonto puede hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre inteligente del siglo XIX tiene que ser una criatura invertebrada, en tanto que un hombre de carácter, el hombre de acción, es, en la mayoría de los casos, una persona de inteligencia ilimitada. Esta es mi convicción a los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta, y cuarenta años es toda una vida; cuarenta años es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e inmoral vivir más allá de los cuarenta! ¿Quién lo logra? Contésteme con sinceridad. O déjenme que contesto yo: los tontos e inútiles. Esto lo repetiré en la cara de cualquiera de esos venerables patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos, para que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo, porque yo viviré hasta los sesenta. ¡Hasta los setenta! ¡Llegaré a los ochenta...! Esperen, déjenme recobrar el aliento...
  ¿Piensan que estoy tratando de hacerles reír? Entonces han vuelto a entenderme mal. No soy en modo alguno el tipo alegre que creen, o que podrían creer que soy. Pero si les irrita mi parloteo (y siento que ya debe molestarles), y tienen ganas de preguntarme quién diablos son al fin de cuentas, tendré que contestar que soy un asesor colegiado, empleado de octava clase. Entre en el servicio para poder comer (y sólo por eso). Pero cuando murió un pariente lejano, dejándome seis mil rublos, renuncié en el acto y me instalé aquí, en mi rincón. He vivido aquí aún antes de eso, pero ahora estoy establecido de verdad. Mi habitación es miserable y fea, y se encuentra en las afueras de la ciudad. La criada es una campesina, mala por pura estupidez; además, siempre huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo es malo para mí y que, dado lo escaso de mis ingresos, resulta un lugar muy caro. Todo eso lo sé. Lo sé mejor que todos mis presuntos consejeros. ¡Pero me quedaré en Petersburgo! ¡No me iré! No me iré porque...
 
[...] ¿Quién fue el primero que dijo que el hombre hace cosas feas sólo porque no sabré cuáles son sus verdaderos intereses, que si alguien lo esclareciera en ese sentido dejaría inmediatamente de actuar como un cerdo y se volvería noble y bondadoso? Al verse esclarecido, continua el argumento, y al advertir en qué consiste en su verdadero interés, se daría cuenta de que este tiene su centro en la acción virtuosa. Y como ya se sabe que un hombre no actúa en forma deliberada contra sus intereses, se seguiría de ello que no tendría más elección que las de volverse bueno. ¡Oh, cuánta inocencia! ¿Desde cuándo, en estos últimos milenios, ha actuado el hombre exclusivamente por su propio interés? ¿Y qué hay de los millones de hechos que demuestran que los hombres, de modo deliberado y con pleno conocimiento de cuáles eran sus verdaderos intereses, los despreciaron y se precipitaron en una dirección distinta? Y lo hicieron por su propia cuenta, sin que nadie los aconsejara, negándose a seguir el camino seguro, trillado, y lo siguieron con empecinamiento, a oscuras. ¿No sugiere esto que la testarudez y la terquedad eran más fuertes en esos hombres que sus intereses?
 ¡Interés! ¿Qué interés? ¿Pueden ustedes definir cuál es el interés de un ser humano? Y supongamos que el interés de un hombre no sólo concuerda con algo dañino, antes que con algo ventajoso, sino que además lo exige. Por supuesto, si ese caso es posible, entonces la regla queda reducida a polvo. Y ahora díganme: ¿es posible un caso así? Pueden reír, si lo desean, pero quieren que me contesten lo siguiente: ¿no hay una medida exacta para las ventajas humanas? ¿No se omiten algunas que no pueden ser incluidas en esta clasificación? Por lo que puede entender, ustedes han basado su escala de ventaja en promedios estadísticos y en fórmulas científicas pensadas por los economistas. Y como la escala está compuesta de intereses tales como la felicidad, la prosperidad, la libertad, la seguridad y todo lo demás, un hombre  que de modo deliberado hiciera caso omiso de dicha escalera sería tachado por ustedes -y también por mí en realidad- de oscurantista, de loco de remate. Pero lo verdaderamente notable es que los estadísticos, los sabios  y los humanitarios de ustedes, cuando hacen la lista de los intereses humanos, insisten en omitir uno de ellos. Jamás se acuerdan de él, con lo cual invalidan todo sus cálculos. Cualquiera creería que es muy fácil agregarlo a la lista. Pero ese es el problema; no encaja en ninguna escala ni diagrama.
 Por ejemplo, damas y caballeros, yo tengo un amigo; es claro que también es amigo de ustedes y en realidad, de todo el mundo. Cuando a punto de hacer algo, este amigo explicar con palabras pomposas y en detalle de qué manera debe actuar para concordar con los preceptos de la justicia y razón. Más aún, se muestra apasionado cuando perora sobre los intereses humanos; desprecia a los tontos miopes que no saben qué es la virtud o qué les conviene. Luego, exactamente quince minutos después, sin un motivo externo evidente, pero impulsado por algo interior, más fuerte que toda consideración de intereses, describe una piriueta y dice todo lo contrario de lo que ha venido diciendo. A saber, desacredita las leyes de la lógica y sus propios intereses; en una palabra, lo ataca todo...
Ahora bien, como mi amigo es un tipo complejo, no es posible desecharlo por considerarlo un individuo raro. De manera que quizás exista algo que todos los hombres valoran por encima de las más altas ventajas individuales, o (para no ser ilógicos) es posible que haya una ventaja humana mas ventajosa (precisamente la que siempre se omite) que también es más importante que las otras y por lo cual un hombre, si es necesario, hará frente a la razón, el honor, la seguridad y la prosperidad -en una palabra, a todas las cosas bellas y útiles- nada más que para alcanzarla, para lograr la ventaja más ventajosa de todas, las más cara para él.
 -Y qué - me interrumpirán ustedes-; de cualquier manera es una ventaja.
  Un momento. Quiero expresarme con claridad. No es un problema de palabras. Lo notable de ventaja es que transforma todas las clasificaciones y tablas compuestas por los humanitaristas para felicidad del género humano,. Las ahuyenta, por decirlo así. Pero antes de dar nombre a esa ventaja, permítaseme comprometerme y declarar qué todos esos encantadores sistemas, todas esas teorías que explican al hombre cuál es su verdadero interés, de modo que al alcanzarlo se vuelva en el acto bueno, y noble, todas ellas no son, en mi opinión, otra cosa que estériles ejercicios de lógica. Sí, nada más que eso. Por ejemplo, proponer la teoría de la regeneración  humana por la búsqueda de sus verdaderos intereses es, creo yo, casi como...bueno, como, decir, cual dice H.T. Buckle, que el hombre madura bajo la influencia de la civilización y se vuelve menos sanguinario y propenso a hacer la guerra. Para llegar a esta conclusión parece haber seguido un razonamiento lógico. Pero los hombres lo adoran los razonamientos abstractos y las sistematizaciones bien elaboradas, a tal punto, que no les molesta deformar la verdad, cierran  los ojos y los oídos a todas las pruebas que los contradicen, con tal de conservar sus construcciones lógicas. Y yo diría que el ejemplo que he tomado aquí es en verdad flagrante. No hay más que mirar en torno y se verán derramamientos de sangre, y la sangre es derramada casi jugando, como si fuese champagne. ¡Ahí tienen a Estados Unidos, esa indisoluble unión, hundida hasta el cuello en la guerra civil! Ahí tiene la farsa de Schleswig-Golstein...
 ¿Y qué hay en nosotros que haya sido suavizado por la civilización? Afirmo que lo único que ésta hace es desarrollar en el hombre una mayor capacidad para experimentar una mayor variedad de sensaciones. Y nada, absolutamente nada más. Y gracias a ese desarrollo, es posible que el hombre puede todavía aprender a gozar con el derramamiento de sangre. ¡Pero su eso ya ha sucedido! ¿Se han dado cuenta, por ejemplo, de que los tiranos, mas refinados y sanguinarios, comparados con quienes los Atila y los Stenka Tazin equivalen a simples niños de coro, son a menudo exquisitamente civilizados? En realidad, si no resultan tan notables es porque hay demasiados de ellos, y porque se nos han vuelto demasiado familiares. La civilización ha hecho al hombre, si no siempre mas sediente de sangre, por lo menos mas furiosas, mas horriblemente sanguinario. En el pasado se veía justicia en el derramamiento de sangre, y se mataba, sin mayores remordimientos de conciencia, a aquellos a quienes se consideraban necesario matar. Hoy, aunque consideramos espantoso derramar sangre, seguimos haciéndolo, y en escala mucho mayor que hasta ahora. Se ha dicho que Cleopatra -y, por favor, perdónenme por este ejemplo de la historia antigua- sentía placer cuando clavaba agujas de oro en los pechos de sus esclavas, que se deleitaba con sus gritos y contorsiones. Podrán ustedes objetarme que esto sucedía en tiempo relativamente bárbaros; o quizá digan que todavía hoy vivimos en una época bárbara (también en términos relativos), que todavía se clava agujas a la gente y que aún hoy, aunque el hombre ha aprendido a tener más discernimiento que en tiempos antiguos, todavía debe aprender a seguir los dictados de su razón.
 Ello no obstante, en los pensamientos de ustedes no cabe duda alguna de que lo aprenderá en cuanto se haya liberado de ciertas malas costumbres antiguas, y cuando el buen sentido y la ciencia hayan reeducado por completo la naturaleza humana, dirigiéndola por los caminos adecuados. Parecen estar seguros de que el hombre mismo abandonara sus extravíos por su propia y libre voluntad, y dejará de oponer su arbitrio a sus intereses. Más aún: dicen que la ciencia enseñará al hombre (aunque se me ocurre que esto es un lujo) que no tiene voluntad ni caprichos- que en verdad nunca los tuvo-, que es algo así como un teclado de piano o un pedal de órgano; que por otra parte, hay en el universo leyes naturales, y que todo lo que le ocurre sucede fuera de su voluntad, por sí mismo, como si dijéramos, en consonancia con las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, lo único que queda por hacer es descubrir esas leyes y el hombre ya no será responsable de sus actos. Entonces la vida resultará en verdad fácil para él. Todos los actos humanos serán incorporados, por medio de una lista, a algo así como tablas de logaritmos, digamos hasta el número 108.000, y trasladaos a un almanaque. O mejor aún, aparecerán catalogados destinados a ayudarnos tal como hacen los diccionarios y las enciclopedias. Contendrán detallados cálculos y pronósticos exacto de todo lo que vendrá, de modo que ya no sean posible en este mundo las aventuras ni la acción.
  Y entonces -ustedes son quienes hablan- surgirán nuevas relaciones económicas, relaciones hechas de medida y calculadas de antemano con precisión matemática, de forma que en el acto desaparecen todos los problemas posibles, porque todos reciben las soluciones posibles. Y entonces se levantará el utópico palacio de cristal; y entonces...bueno, la vida será eterna bienaventuranza.
  Por supuesto, ni pueden garantizar (ahora hablo yo) que eso no resulte espantosamente aburrido (¿pues qué se podrá hacer cuando todo esté predeterminado por almanaques?). Pero, por otra parte, todo estará planeado en forma muy razonable.
  Pero es posible que uno haga cualquier cosa de puro tedio. Por aburrimiento se clava agujas de oro a la gente. Pero eso no es nada. Lo verdaderamente mal (soy yo quien vuelve a hablar) es que entonces las agujas de oro serán consideradas una bendición. El problema del hombre consiste en que es estúpido. Fenomenalmente estúpido. O sea, que aunque no sea estúpido de veras, es tan desagradecido, que no es posible encontrar otra criatura tan ingrata. A mí, por ejemplo, no me sorprendería en modo alguno, sí, en esa futura era de la raza apareciera de pronto un caballero con una sonrisita desagradecida, o digamos retrógrada, y, con los brazos en jarra, nos dijera:
-¿Qué les parece, amigos?, mandemos esta razón al demonio, saquémonos de debajo de los pies todas estas tablas de logaritmos y volvamos a nuestras propias y estúpidas costumbres.
  Eso no es tan enojoso por sí mismo: lo malo es que ese caballero encontraría partidarios, con toda seguridad. Porque así está hecho el hombre.
  Y la explicación es tan sencilla, que casi no parece haber necesidad de presentarla; a saber, prefiere actuar como se le antoja, y no como le dicen la razón y sus intereses, pues es muy posible que sienta deseos de actuar contra sus intereses, y en algunos casos digo que desea positivamente actuar de esa manera. Pero es es mi opinión personal.
  De manera que la libre e ilimitada elección de uno, el capricho individual, aunque sea el más loco, producto de una fantasía llevada a veces hasta el frenesí, esa es la ventaja más ventajosa que no puede ser incorporada a ninguna tabla ni escala, y que convierte en polvo, con su solo contacto, todos los sistemas y todas las teorías. ¿Y de dónde sacaron todos esos sabios la idea de que el hombre debe tener algo que en opinión de ellos es una serie de deseos normales y virtuosos? ¿Qué les hace creer que la voluntad humana tiene que ser razonable y concorde con sus intereses? Lo único que el hombre necesita de veras es la voluntad independiente, a toda costa y sean cuales fueren las consecuencias.
  Hablando de la voluntad, maldito sea si...
  -¡Ha, ja, ja! Hablando en términos estrictos, ¡eso que se llama voluntad no existe!- me interrumpirán ustedes con una risotada-. Hoy la ciencia ha logrado disecar al hombre lo suficiente como poder afirmar que lo que conocemos con el nombre de deseo y libre albedrío no es más que...
  ¡Esperen, esperen un momento! Ya iba a llegar a eso. Admito que inclusive me asusto un poco. Estaba a punto de decir que la voluntad dependía del diablo sabe que, y que quizá deberíamos estarle agradecidos a Dios por eso, pero entonces me acorde de la ciencia y eso me freno. Y en ese momento ustedes me interrumpieron. Ahora bien, supongamos que un día descubrieran de verdad una fórmula que constituyera la raíz de todos nuestros deseos y caprichos, y que nos dijera de que dependen estos, a que leyes están sometidos, como se desarrollan, hacia que apuntan en tal y cual caso, etcétera; es decir, supongamos que encontrasen una verdadera ecuación matemática. Bueno, lo más probable es que entonces el hombre deje de tener deseos, casi con seguridad. ¿Qué alegría podría encontrar en el hecho de funcionar de acuerdo a una tabla de tiempos? Más aún, se convertiría en un pedal de órgano, o algo por el estilo, ¿pues que es un hombre sin voluntad, deseos, ni aspiraciones, sino un pedal de órgano?
  Examinemos, por consiguiente, las posibilidades de que eso ocurra o no. ¿Qué les parece a ustedes?
   -Hummm -me dirán-, la mayor parte de nuestros deseos son errados a consecuencia de una evaluación equivocada de cuáles son nuestros intereses. Si a veces deseamos algo que no tiene sentido, ello se debe a que, en nuestra estupidez, creemos que es la forma más fácil de lograr una supuesta ventaja. Pero cuando todo eso nos ha sido explicado y elaborado en una hoja de papel (lo cual es posible, porque es despreciable y carente de razón afirmar que pueden existir leyes de la naturaleza que el hombre no logre penetrar), tales deseos dejarán sencillamente de existir. Pues cuando el deseo se combina con la razón, en lugar de desear razonamos. En ese caso resulta imposible conservar la razón y desear algo insensato, es decir, nocivo. Y en cuanto sea posible computar todos nuestros deseos y razonamientos (pues llegara el día en que entendamos qué es lo que gobierna a lo que ahora describimos como nuestro libre albedrío), es probable que contemos con algún tipo de tablas que orienten nuestros deseos, lo mismo que cualquier otra cosa. De manera que si un hombre le saca la lengua a alguien será porque no puede dejar de sacarla, y porque tiene que hacerlo colocando la cabeza exactamente en el ángulo en que lo hace. ¿Y qué libertad quedará entonces en él, en particular si es un hombre culto, un hombre de ciencia diplomado? ¡Pues podrá planificar su vida con treinta años de anticipación! De todos modos, si se llega a eso no tendremos más remedio que aceptarlo.  Debemos repetirnos a cada rato que en ningún momento ni lugar nos pedirá la naturaleza permiso para nada; que debemos aceptarla tal como es, y no tal como nos la pintamos en la imaginación; que si avanzamos hacia los gráficos, las tablas de tiempos y aun los tubo de ensayo, bueno, tendremos que aceptar todo eso, ¡incluido, por su puesto, el tubo de ensayo! Y si no queremos aceptarlo, la naturaleza misma hará que...
   Sí, sí, ya sé, ya sé... Pero ahí hay un inconciente, por lo que a mí respecta. Tendrán que perdonarme, damas y caballeros, si me hago un embrollo con mis propios pensamientos. Hay que tener en cuenta el hecho de que me he pasado los cuarenta años de mi vida en una cuevas de ratones, debajo de piso. Permítanme, entonces, que de rienda suelta a mi fantasía.
  Admiro que la razón es algo bueno. Eso no se puede discutir. Pero la razón es sólo razón, y no hace más que satisfacer las exigencias racionales del hombre. Por otra parte, el deseo es la manifestación de la vida misma -de todo la vida-, y lo abarca todo, desde la razón hasta el impulso de rascarse. Y aunque la vida puede convertirse a menudo en un asunto sucio cuando somos orientados por nuestros deseos, sigue siendo vida, y no una serie de extracciones de raíces cuadradas. 
  Yo, por ejemplo, por instinto quiero vivir, ejercer todos los aspectos de la vida que hay en mí, y no sólo la razón, que equivale quizás a no más de un vigésimo del todo.
 ¿Y qué sabe la razón? Sólo sabe lo que ha tenido tiempo de aprender. Muchas cosas seguirán siendo desconocidas para ella. Esto hay que decirlo aunque no tenga nada de alentador.
  Pero la naturaleza humana es todo lo contrario. Actúa como una entidad, usa todo lo que tiene, lo consciente y lo inconciente, y aunque nos engañe, vive. Sospecho, damas y caballeros, que me están mirando con compasión, preguntándose cómo no logro entender que un hombre esclarecido y culto, como el hombre del futuro, no puede tener deseos deliberados de perjudicarse. Para ustedes es una cuestión de matemáticas puras. De acuerdo, es matemáticas. Pero déjenme repetirles por centésima vez que existe un caso en que el hombre puede desear, con plena conciencia, hacerse algo dañino, estúpido y aun totalmente idiota. Y lo hará para dejar sentado su derecho a desear las cosas más idiotas, y para verse obligado a tener sólo deseos sensatos. ¿Pero que resulta ser la cosa más ventajosa de la tierra para nosotros, como a veces sucede? En términos específicos, puede resultar más ventajoso para nosotros que cualquier otra ventaja, aun cuando resulte evidente que nos hace daño y que contraría todas las conclusiones sensatas de nuestra razón respecto de nuestros intereses. Porque, suceda lo que sucediere, nos deja nuestra posesión más importante, más preciada: nuestra individualidad.
  Algunas personas reconocen, por ejemplo, que el deseo podría ser lo que el hombre más atesora. Es claro que el deseo, si así lo quiere, puede concordar con la razón, en especial si se lo usa con frugalidad, sin ir nunca demasiado lejos. Entonces el deseo resulta útil, y hasta digno de elogio.
  Supongamos, damas y caballeros, que el hombre no es estúpido. (Porque, en verdad, si decimos que es estúpido, ¿a quién podremos llamar inteligente?) Pero aunque no sea estúpido, es monstruosamente desagradecido. ¡Fenomenalmente desagradecido! Inclusive diría que la mejor definición de hombre es: un bípedo desagradecido. Pero ese es todavía su defecto principal si principal defecto es su perversidad crónica, y ya ha sufrido de ella a todo lo largo de la historia, desde el Diluvio hasta las crisis de Schleswig- Golstein. Perversión y, por lo tanto, falta de buen sentido, pues bien, se sabe que la perversidad se debe a la carencia de buen sentido. Echen una ojeada a la historia de la humanidad y díganme qué ven en ella. ¿Les parece majestuosa? Es posible. El Coloso de Rodas es lo bastante impresionante como para haber impulsado al señor Anaievski a decir que algunos la consideran una obra del hombre y otros una creación de la naturaleza. ¿La encuentran llena de colorido? Sí, supongo que en la historia de la humanidad hay mucho color. Piénsese en todos los uniformes militares y en todas las vestimentas civiles. Esto por si mismo parece bastante impresionante. Y si pensamos en todos los uniformes que se usan en todas las ocasiones semioficiales, hay tanto colorido, que cualquier historiador quedaría deslumbrado. ¿Les parece monótona? Sí, hay mucho de razón en eso. Combaten y combaten y combaten; están combatiendo ahora, lucharon antes y volverán a hacerlo en el futuro. Sí, convengo en que es un poco monótona.
  De modo que ya ven; sobre la historia mundial se puede decir cualquier cosas; todas y cualquiera de las cosas que se le pueda ocurrir a la imaginación más mórbida. Menos una. No se puede decir que la historia sea razonable. La palabra se le queda a uno en la garganta. Y he aquí lo que sucede a cada rato: hombres buenos y razonables, sabios y humanitarios, tratan de vivir una vida constantemente buena y sensata, de servir, por decirlo así, de antorchas humanas para iluminar el camino de sus prójimos, para demostrarles qué puede hacerse. ¿Y qué resulta de ello? Por supuesto, tarde o temprano, estos amantes del género humano se dan por vencidos, algunos en medio de un escándalo, y a menudo de un escándolo bastante indecente.
  Y ahora quiero preguntarles algo: ¿qué se puede esperar del hombre, si se tiene en cuenta que es una criatura tan extraña? Se pueden derramar sobre él todas las bendiciones de la tierra, ahogarlo en dicha, de modo que sólo se vea las burbujas que suben a la superficie de su ventura; se le puede otorgar tal seguridad económica, que no tenga que hacer otra cosa que dormir, mordisquear tortas y preocuparse de impedir que la historia mundial se interrumpa. Y aun entonces, por pura malicia se interrumpe. Y aun entonces, por pura malicia e ingratitud, el hombre les hará una sucia jugarreta. Inclusive pondrá en peligro su vida en beneficio de las más flagrante estupidez, de la tontería económicamente más insegura, nada más que para inyectar sus propias fantasías, desastrosas y letales, en toda la solidez y sensatez que lo rodean. Precisamente quiere preservar sus perniciosas fantasías y sus vulgares trivialidades, aunque sólo sea para asegurarse de que los hombres siguen siendo hombres (como si eso fuera tan importante), y no teclados de piano, que responde a las leyes de la naturaleza. Quien sabe por qué, al hombre le molesta la idea de no poder desear ese deseo no figura en su tabla de tiempos en ese momento.
  Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus tretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. Y si no los tuviera a mano, inventaría los medios de destrucción, de caos, y todos los tipos de sufrimiento necesarios para lograr su objetivo. Por ejemplo, maldeciría en voz lo bastante alta para que todo el mundo lo escuchara -maldecir es prerrogativa del hombre, y lo distingue de todos los demás animales-, y quizás el solo hecho de maldecir le daría lo que quiere, es decir, le demostraría que es un hombre, y no una tecla de piano.
 Pero se puede decir que también esto es posible calcularlo de antemano e incluirlo en la lista -el caos, las maldiciones y todo-, y que la posibilidad misma del cálculo lo impediría, de forma que predominaría la cordura. ¡Oh, no! En ese caso el hombre enloquecería adrede, nada más que para incomunicarse a la razón.
  Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano. Y el hombre seguirá demostrándolo, pagándolo con su piel; si hace falta, se convertirá en un troglodita. Y como esto es así, no puedo dejar de alegrarme de que las cosas sigan siendo como son y que por el momento nadie sepa qué es lo que determina nuestros deseos.




jueves, 13 de noviembre de 2014

Dostoyevsky, «El Gran Inquisidor» y los Derechos Humanos


Fyodor Dostoyevsky nació un 11 de noviembre de 1821.  Es uno de los autores clásicos más importantes de Occidente y es conocido por su capacidad de plantear los problemas más radicales de la existencia humana con un realismo abrumador. Uno de ellos está recogido en un capítulo de su famosa novela «Los hermanos Karamazov». Ivan Karamazov cuenta a su hermano Alishoa la historia de «El Gran Inquisido(aquí en audio)

Ahí se relata la reaparición de Jesucristo 15 siglos después de su primera venida. El Gran Inquisidor detiene a Jesucristo y lo somete a un interrogatorio, o más bien a un reclamo: ¿por qué corrió el riesgo de la libertad? ¿Por qué creía que el hombre haría el bien libremente? ¿Por qué lo dejó padecer necesidad, si podría haberle resuelto sus vacíos y miedos? Si lo pensamos bien, la libertad viene acompañada de un peso: correr el riesgo de fallar, padecer necesidad de discurrir sobre cómo darle sentido. Si a esa consecuencia natural de la libertad, le añadimos que los seres humanos por más que queramos, no podremos evitar la limitación, el dolor y la muerte; si sumamos a estos problemas la necesidad interior de vernos liberados de esas angustias -de ser redimidos dirían los teólogos-; entonces podemos comprender el profundo problema humano recogido en «El Gran Inquisidor».

El Cardenal de Sevilla reclama a Jesucristo que éste, pudiendo liberar al hombre de este sufrimiento dandole pan, ofreciéndole milagros aparatosos, e introduciéndolo a una comunidad que siempre acoge, prefirió no hacerlo para no forzar su libertad. Es decir, si Cristo hubiera convertido las piedras en pan, el hombre lo seguiría no por amor a Él, sino por la seguridad de recibir el pan. Si hubiera hecho milagros aparatosos, la persona habría seguido a Cristo por que vería en Él quién le resuelve el misterio de su libertad, y no por un amor libre y desinteresado. El Inquisidor reclama a Cristo que por respeto al corazón las personas y de su libertad prefirió, correr el riesgo de que las personas eligieran mal y al mismo tiempo los condenó a cargar con el peso del sufrimiento y la necesidad. Todo en nombre de la libertad. 

Podemos reconocer en el Gran Inquisidor la tentación  de todo político y de toda persona con cierta autoridad: para no correr el riesgo de la libertad, -«no vaya  a ser que la gente se equivoque»- diseñamos estructuras que producen justicia, que fuerzan a la persona a comportarse adecuadamente. ¿A cambio de qué? A cambio de resolver necesidades básicas. Pensemos en la foto de político en campaña: sonriente, cruzado de brazos, con actitud de mago. Parece decirnos «si votas por mí, yo te resolveré tus necesidades, yo te garantizo que no padecerás apuros ni de vivienda, ni de trabajo, ni de seguridad. A cambio, dame tu voto y tu libertad. Yo te resolví tu problema, tú me debes lealtad». Algo así podemos ver en los gobiernos populistas: «la revolución es la que resuelve tu hambre, tu falta de empleo, tu angustia de inseguridad. Vota por mi, dame tu libertad, pertenece al movimiento para que no padezcas necesidad. Tienes que hacer, decir y pensar como lo digo yo, y a cambio, ya no padecerás necesidad». 


Pero no es un problema sólo del político o de la autoridad. También reconocemos la tentación de toda persona que padece necesidad -todos nosotros-: la angustia que padecemos cuando experimentamos nuestras carencias y limitaciones podemos verlas resueltas si seguimos a una autoridad que nos ha hecho la promesa -autoridad política, cultural o religiosa-. La libertad, cuando se vive en serio, también es trágica: he de esforzarme por descubrir lo que hace que mi vida sea valiosa, superar dificultades que eso implica, padecer necesidades, sostener en el tiempo ese esfuerzo, etc. Es comprensible que haya personas que quieran evitarse esos problemas y cedan su libertad a quien les ha prometido liberarlos de la necesidad y la angustia.

Esta tensión entre libertad y necesidad de redención recogido por Dostoyevsky en «El Gran Inquisidor» estuvo presente en el proceso de redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. El Diplomático libanés Charles Malik se dio cuenta de que tras una tragedia como la de la segunda guerra mundial, hubiera políticos y sistemas de gobierno que adoptaran el papel de «Gran Inquisidor». 

Los derechos humanos para Malik no significan una llave para exigir la respuesta a una necesidad. Implican también la exigencia de que la persona no fuera absorbida por la sociedad o por el Estado cuando estos le ofrecen soluciones a sus necesidades básicas. El profesor libanés, sin duda, reconoce la legítima necesidad de cierto orden social, de pertenecer a una cultura que alimente del espíritu humano. Pero estas corren el riesgo de reclamar a cambio un peaje muy caro: exigir de la persona una lealtad absoluta a cambio de solucionarle esas necesidades de desarrollo, de seguridad y de justicia.

Pero esa necesidad no justifica la eliminación de la persona como sujeto que toma postura, que es libre y necesariamente padece necesidades. Los derechos humanos para Malik no son sólo el derecho de resolver esas necesidades, sino la exigencia de hacerlo partiendo de seres libres y al mismo tiempo limitados. Y eso siempre es arriesgado.

jueves, 13 de febrero de 2014

El amor tiene la razón: "El Fenix y la Tórtola"

[Ya había escrito sobre este poema (aquí). He preparado esta entrada para decirla en el radio]


“El Fenix y la Tórtola” es un poema escrito por William Shakespeare sobre la muerte del amor ideal y los amantes perfectos (aquí wikipedia). Es considerado como una de las obras más obscuras del autor inglés, lo que abre la puerta a un largo debate sobre su interpretación. El poema describe los funerales de los esposos, él representado por el Fenix, ella por la tórtola. Termina con una reflexión, o mejor dicho una oración, que describe a los dos amantes y el estupor ante el amor de los difuntos. 

La razón capta como punto de partida que los dos son «individuos», in-divisos, dos seres distintos y necesariamente separados. Pero  a partir de una decisión personalísima por “vivir sólo para ti”, que los dos «in-divisos» se transforman en una única llama común; se convierten en dos corazones que laten al mismo ritmo, o dicho con Shakepeare “un sólo corazón concordante”. 

La muerte de los dos presenta un dilema para la razón. Ante ella, la separación de la tumbas se presenta como el argumento definitivo de que los dos son individuos distintos. Cada uno murió aislado, cada uno duerme «in-diviso», cada uno atrapado en su propia sepultura, aprisionado en su propia muerte. Ahora bien, si lo que define realmente a la persona es su corazón y este es un «con-corazón», dos personas fundidas en una sola llama, la razón se ve sorprendida. Los amantes incluso separados por la muerte, son de verdad una persona nueva, una única persona. 

Pascal ha dicho que «el corazón tiene razones que la razón no entiende». Shakespeare va más allá: sólo cuando se ama, la razón se orienta, prepara y capacita para conocer adecuadamente a la persona en su existencia más auténtica: «yo soy contigo, soy desde ti, soy para ti». La razón se pasma ante la unidad de un corazón concordante, que sobrepasa al primer dato racional: la muerte los ha separado. 

No se trata, como Pascal, que la razón no tenga motivos y el amor sí, o que los motivos de ambos sean contrarios. Se trata más bien que el amor tiene las razones verdaderas y ofrece las verdaderas razones para «ser de verdad». En inglés antiguo se utilizaba la expresión «ser de verdad» para decir «ser fiel». Dicho de otra forma: el amor muestra el valor y dignidad de la otra persona, la hace «más» inteligible o mas bien, el amor posibilita conocer «auténticamente» a otra persona... por que yo-soy-en-ella.

Tres estrofas de “El Fenix y la Tórtola” dirían algo así en español:

Lo más personal está consternado,
Pues el «yo» ha sido transformado
Pues «uno-sólo» se ha creado desde dos,
Ni el «yo» ni el «nosotros» tiene nombre

La razón se confunde a ella misma
Pues vio al mismo tiempo a los dos separados
Sin embargo, para ellos mismos
ni el uno ni el otro lo estaban.

Así, tan unidos vivían dos individuos
Que ella gritó: «¡qué verdadero par
parece este uno concordante»!
El amor tiene razón, la razón ninguna
Si así unidas pueden quedar las partes.

Ahora el poema en inglés, con una versión "transliterada" a un lenguaje no tan poético (en inglés que encontré aquí) y una traducción de Antonio García que me encontré en la güeb (aquí)

The Phoenix and the Turtle

Let the bird of loudest lay,
On the sole Arabian tree,
Herald sad and trumpet be,
To whose sound chaste wings obey.

But thou, shrieking harbinger,
Foul pre-currer of the fiend,
Augur of the fever's end,
To this troop come thou not near.

From this session interdict
Every fowl of tyrant wing,
Save the eagle, feather'd king:
Keep the obsequy so strict.

Let the priest in surplice white,
That defunctive music can,
Be the death-divining swan,
Lest the requiem lack his right.


And thou, treble-dated crow,
That thy sable gender mak'st
With the breath thou giv'st and tak'st,
'Mongst our mourners shalt thou go.

Here the anthem doth commence:
Love and constancy is dead;
Phoenix and the turtle fled
In a mutual flame from hence.

So they lov'd, as love in twain
Had the essence but in one;
Two distincts, division none:
Number there in love was slain.

Hearts remote, yet not asunder;
Distance, and no space was seen
'Twixt the turtle and his queen;
But in them it were a wonder.

So between them love did shine,
That the turtle saw his right
Flaming in the phoenix' sight:
Either was the other's mine.

Property was thus appall'd,
That the self was not the same;
Single nature's double name
Neither two nor one was call'd.


 Reason, in itself confounded,
Saw division grow together;
To themselves yet either-neither,
Simple were so well compounded


That it cried how true a twain
Seemeth this concordant one!
Love hath reason, reason none
If what parts can so remain.

Whereupon it made this threne
To the phoenix and the dove,
Co-supreme and stars of love;
As chorus to their tragic scene.

THRENOS.

Beauty, truth, and rarity.
Grace in all simplicity,
Here enclos'd in cinders lie.

Death is now the phoenix' nest;
And the turtle's loyal breast
To eternity doth rest,

Leaving no posterity:--
'Twas not their infirmity,
It was married chastity.

Truth may seem, but cannot be:
Beauty brag, but 'tis not she;
Truth and beauty buried be.


To this urn let those repair
That are either true or fair;
For these dead birds sigh a prayer. 
 The Phoenix and the Turtle

Allow the bird with the strongest singing voice,
Upon the unique acacia tree,
Publicly announce and proclaim with sorrow,
To those virtuous birds who would respond to such a call.

But you, the screeching owl,
The vulgar prophet of death,
Foreteller of the passing of this affair,
Stay away from this company of birds!

From this assembly is forbidden
Every oppressive bird of prey,
Except for the eagle, who is the king of birds:
All must strictly maintain the giving of respect.

Allow the priest in his white religious garments,
That understands mournful music,
Be the swan that makes death a heavenly act,
Should its singing of memorial music at the point of death not naturally give it that right.

And you, the crow that lives for over 100 years,
Who reproduces your dark-coloured kind
From your bill simply via your breath,
You are welcome amongst our company of grievers.

The hymn starts now:
Love and Constancy is deceased,
The Phoenix and the Turtle-Dove have left us
In the flames of the Phoenix ignited here in the acacia tree.

Therefore they loved inasmuch as the love in two beings
Had the substance and nature compounded into only one;
Two separate birds, but inseparable and indistinguishable;
Combined as one in love so extinguishing their separate selves.

Their hearts were separate, but not divided;
No range nor gap was there
Between the hearts of the Dove and his Phoenix;
However, their combination was a miracle.
   
Therefore, love radiated from them
That the Dove saw what was due to him
Burning in the Phoenix's appearance;
Each was the other's, each belonged to the other.

Consequently, the principle of Personality was dismayed,
That the ego had changed;
A being's singular character had been created from two names
But there was no actual name to call them now they were combined and they were no longer referred to by their separate names.

The principle of Reason was fundamentally confused,
By seeing what was separated, now develop as one,
They joined together without remaining as two separate entities;
Two straight-forward beings were made so much better by their bonding;

Reason exclaimed: "How perfectly a couple
Appears this harmonious one!
Love has motive, but no explanation,
If two separate elements can endure as one".

At which point, Reason prepared this lament
To the two birds,                       
Jointly the greatest ideals of and luminaries of love,
As a refrain to their woeful setting.

LAMENT

Attractiveness, honesty and, uncommonly,
Kindness, are all brought together in one uncomplicated form,
As the ashes inside this urn.

Mortality is now the place where the Phoenix resides;
And where the Turtle-Dove's faithful heart
Lies forever,

They leave no offspring from their union
Not due to any malady though,
But because they were virtuous in their coupling.

Honesty may appear to be achievable but cannot exist;
Things may boast of being attractive, but they are not examples of real attractiveness:
Because Honesty and Attractiveness are dead.

To this urn of their ashes those birds should return
Who are either faithful or beautiful;
And softly say a benediction to these two dead birds.

El Fénix y la Tórtola

Quiero que el pájaro cante en su trino de notas agudas
desde la altura del único árbol que existe en la Arabia,
quiero que sea el heraldo y clarín que denote tristezas
y que obedezcan su voz sin pensárselo plumas y alas.

Pero también es preciso que tú, vocinglero comparsa,
sucio y mendaz subalterno del vil y embozado demonio,
hombre agorero que anuncias el punto final de la fiebre,
no se te ocurra jamás acercarte en tropel a nosotros.
Debes saber que por fin hay en estas reuniones un veto
para las aves voraces que imponen grillete a las alas,
con la excepción del solemne batir de las águilas todas.

Hay que dictar rigores, guardar del mal estas exequias,
que el sacerdote se vista el sayal y la blanca casulla
como cantor sin igual de los fúnebres sones del alma.
Sean los cisnes del campo agoreros heraldos de muerte
para que el Réquien no olvide acudir a tan trágica cita.

Quiero que tú, con tu oscuro plumaje de cuervo sin alma,
tricentenaria criatura, creador de maldades y razas,
tomes aliento del aire que das y que siempre has quitado
y que camines con nos a la par del dolor y que sufras.

Hoy y aquí, en el instante, iniciamos los cantos del himno:
muertos están sin remedio y por siempre el amor y constancia,
se nos han ido volando dispersos la tórtola, el fénix,
abandonando el lugar en su triste llamear solitario.

Siendo los dos un igual al querer, a tal punto se amaban
que se fundieron en uno los dos, pareciera que el tiempo
en su constante latir los uniera en un único ser,
siendo los dos del amor prisioneros, un todo indiviso
donde medidas y número pierden y ganan sumando.

Dos corazones distintos, distantes, mas nunca alejados
en un constante latir sin medida, ni tiempo, ni espacio:
“entre la dulce caricia de amor de la tórtola y fénix
nos regalaron un mundo ideal; un lugar prodigioso”.

Tal resplandor producía el candor de tan tiernos amores
que en el negror de la noche veía la tórtola bienes
en el flamear de los ojos amantes del cálido fénix
porque lo suyo era de ella y lo de ella por suyo sintiera.

Pasado el tiempo la lógica vio su templanza violada,
supo que propio y distinto en esencia nombraban lo mismo
y que al unirse los dos en un nombre y decirse al unísono
no se podía expresar ni sumar ni restar ni ser número.

Esta confusa razón de por sí provocaba un conflicto
pues se veía florecer y a la vez dividir lo creado
porque al momento de ser lo del uno y del otro lo mismo
se convertía en sinrazón la razón; lo sencillo en compuesto.

Llegado aquí exclamó: “¡Si en el dúo prevalece una voz,
valga tan grata armonía, que gocen de un mismo destino!”
Tiene el amor sus razones y al tiempo carece de ellas
si identifica razón y también sinrazón sin distingos.

Y en el momento compuso sin más este hermoso cantar
cual funerario agasajo a la tierna paloma y su fénix,
almas gemelas los dos, compañeros y estrellas gozosas,
como escenario adecuado a su trágica historia de amor.