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viernes, 23 de marzo de 2018

«Solo los pobres cuentan su dinero»: Julieta y la redención por la palabra.


Conceit, more rich in matter than in words,
Brags of his substance, not of ornament.
They are but beggars that can count their worth.

But my true love is grown to such excess
I cannot sum up sum of half my wealth.
(Romeo & Juliet, II.VI.30)

El pensamiento rico en contenido
presume de sustancia, no de ornato.
Solo los pobres cuentan dinero;
tan desmedido es mi amor que no puedo
contar ni la mitad de mi fortuna.
[Trad. Josep María Jaumà]

Solo los pobres cuentan su dinero. Después de que Fray Lorenzo los casará en su celda, Romeo le pide a Julieta una poesía para describir sus emociones.  Ella prefiere una respuesta destilada, lacónica, pocas palabras para no abaratar su cariño. Para Julieta es importante tanto el cuidado por el lenguaje -ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre-, como que éste realmente exprese la verdad de lo que ha descubierto. Sin lenguaje no podría reconocer ni llamar a Romeo; sin verdad, las palabras quedarían en el parloteo del manipulador. Si ponemos atención, recuperar el vínculo entre verdad y lenguaje le permite redimir a Romeo y salvarse ella misma del convencionalismo nominal al que la empuja su familia. Porque para una Capuleto el nombre Montesco se refiere a un enemigo despreciable. Para un Montesco decir Capuleto significa negarle cualquier grado de dignidad a los individuos de ese clan. Sin embargo, Julieta ha descubierto una verdad en Romeo para la que la palabra Montesco que conoce es insuficiente. 

Ella se rebela contra una especie de nominalismo –detrás de las palabras sólo existe un convencionalismo arbitrario, no una realidad nombrada- que la forzaría a detestar a Romeo, solo porque la tradición a la que pertenece le pide que lo odie. A ella le importa la existencia real –quidditas- de aquel al que ama, que sabe que existe, que la llama como fin y la llena como don:

Mi enemigo no es otro que tu nombre;
tú eres tú mismo, ¿qué importa Montesco?
¿Qué es ser Montesco? No es mano, ni pie,
ni brazo, ni facción, ni parte alguna
que perntenezca a un hombre. ¡Sé otro nombre!
¿Qué vale un nombre [What's in a name?]? Lo que llaman rosa
con otro nombre olería igual [By any other word would smell as sweet]
Y si Romeo no se llamase así,
¿no sería la misma su excelencia
sin ese nombre? Renuncia a tu nombre,
que no forma parte de ti, y, a cambio,
tómame a mí.
[Romeo y Julieta, II.2, 38-49]

Por su parte Romeo, por el amor que le revela la verdad sobre Julieta, sabe que ella no cabe en el significado de Capuleto asignado convencionalmente por su comunidad lingüística. Para él se vuelve importante rescatar el vínculo entre palabra y realidad. Para Romeo el cuidado del lenguaje se convierte en la única forma de ser fiel a la verdad que ha descubierto sobre ella y que lo define a sí mismo. «Endulza el aire con tu aliento», le pide a su ahora esposa: que la palabra de Julieta libere al lenguaje de su mentira, que el ambiente se civilice.

Dice Catherine Bates que en la Inglaterra de Shakespeare, la falta de respeto por la lengua significaba atrofia en el carácter, incapacidad para pensar o desorden de vida. Atropellar la lengua equivale a barbarie. Si el lenguaje es vehículo de la razón con la realidad, si la poesía el ornato en el discurso, si la retórica el honor del alegato, y si la gramática los principios que ajustan las palabras entre sí, entonces el esfuerzo por hablar con corrección se convierte en camino de civilización. Benedicto XVI en su famoso discurso en el Collège des Bernardins en Paris explicó cómo el cuidado por la palabra y el canto que nace de su custodia se convirtieron en el humus de la cultura occidental.

La tragedia de Romeo y Julieta consiste en que ese amor, a pesar de su capacidad redentora, no logra salvarlos. Al contrario, los jóvenes son víctimas del mal uso del lenguaje por parte de unos siervos y un deficiente servicio postal. 

El poco cuidado por la palabra, desencadena la tragedia de Romeo y Julieta. El respeto por ella, los redime.

Le agradezco a Víctor Isolino las sugerencias al texto.

sábado, 25 de febrero de 2017

Austen contra las bondades terapéuticas de la lectura

Felicity Jones como Catherine Morland en Northanger Abbey, 2008.

Comparemos estas dos formas de introducir al personaje:
Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase.
Emma, Jane Austen, 1816, Capítulo 1.
Nadie que hubiera conocido a Catherine Morland en su infancia habría imaginado que el destino le reservaba un papel de heroína de novela. Ni su posición social ni el carácter de sus padres, ni siquiera la personalidad de la niña, favorecían tal suposición. 
Northanger Abbey, Jane Austen, 1818, Capítulo 1.
Jane Austen separa a estos dos personajes en extremos opuestos de fortuna y posición en la vida. Más adelante, ambas se delinean diferentes en su afición por la lectura. En efecto, Emma, una niña rica y berrinchuda, era la más inteligente, segura de sí e independiente de su familia. Pero corría peligro tanto porque «era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma», como por una agudeza intelectual no moderada ni moldeada. En un diálogo entre dos de sus mejores amigos, Mr. Knightley utiliza la lectura para mostrarle a la Sra. Weston, las deficiencias en su carácter:
“Emma siempre se ha propuesto leer cada vez más, desde que tenía doce años. Yo he visto muchas listas suyas de futuras lecturas, de épocas diversas, con todos los libros que se proponía ir leyendo... Y eran unas listas excelentes, con libros muy bien elegidos y clasificados con mucho orden, a veces alfabéticamente, otras según algún otro sistema. Recuerdo la lista que confeccionó cuando sólo tenía catorce años, que me hizo formar una idea tan favorable de su buen criterio que la conservé durante algún tiempo; y me atrevería a asegurar que ahora debe de tener alguna lista también excelente. Pero ya he perdido toda esperanza de que Emma se atenga a un plan fijo de lecturas. Nunca se someterá a nada que requiera esfuerzo y paciencia, una sujeción del capricho a la razón.  (Emma, Jane Austen, Capítulo 5)”
Por el contrario, al otro extremo, Catherine Morland, sin un talento natural, –«jamás aprendió nada que no se le enseñara y que muchas veces se mostró desaplicada y en ocasiones torpe»-, «empezó a aficionarse a las lecturas serias, que al tiempo que ilustraban su inteligencia, le procuraban citas literarias tan oportunas como útiles para quien estaba destinada a una vida de vicisitudes y peripecias (Northanger Abbey, Capítulo 1)». Su baremo se orientó por Pope, Gray, Thompson y algo de Shakespeare. Su madre pensaba, por ejemplo, que The Mirror sería una buena medicina para el estado melancólico de su hija: «En uno de los libros que tengo arriba hay un estudio muy interesante acerca del tema. [...] Lo buscaré para que lo leas. Seguramente encontrarás en él consejos de provecho. (Capítulo 30)». Leer siempre es benéfico, pensaba la Sra. Morland y Catherine misma, más para una joven de 17 años, «igual de ignorante e inculta que cualquier otro cerebro femenino» de esa edad (Austen dixit).

Sin embargo, Miss Morland fue incapaz de darse cuenta del verdadero infortunio de la Abadía de Northanger. Peor aún, reconstruyó la tragedia que rodeó la muerte de la Sra Tilney, a imitación de lo aprendido en sus lecturas. En efecto, engarzó los datos aislados y parciales que conocía de esa familia e hiló una tragedia propia de telenovela mexicana de los 90s. Con su imaginación desbocada, invadió por curiosidad intimidades agenas, creyó en asesinatos pasionales y lastimó a quien amaba.

Para Catherine Morland, la lectura fue un virus que ella misma se inyectó y le produjo su enfermedad: 
«¿Acaso ella misma no se había preparado una sensacional entrada en Northanger? Mucho antes de salir de Bath se había dejado dominar por su afición a lo romántico, a lo inverosímil. En una palabra, todo lo ocurrido podía atribuirse a la influencia que en su espíritu habían ejercido ciertas lecturas románticas, de las que tanto gustaba. Por encantadores que fueran los libros de Mrs. Radcliffe y las obras de sus imitadores, justo era reconocer que en ellos no se encontraban caracteres [ajustados] [...] Apoyándose en tales convicciones [promovida por lecturas inadecuadas], se dijo que no le sorprendería si al cabo de un tiempo el carácter de Henry y Eleanor Tilney daba muestras de alguna imperfección, y así acabó por persuadirse de que no debía preocuparle el haber adivinado algunos defectos en la personalidad del general [el viudo, Mr. Tilney, a quien su imaginación acusó de la muerte de su esposa], pues si bien quedaba libre de las injuriosas sospechas que ella siempre se avergonzaría de haber abrigado hacia él, no era un hombre que, estudiado con detenimiento, pudiera considerarse ejemplo de caballerosa amabilidad. (Capítulo 25)»
La lectura no sirve, por sí misma, para modelar el carácter, educar a las personas o hacerlas felices.

No olvidemos que en el mundo austeniano el carácter de una persona se manifiesta en la expresión conjunta de todos estos ámbitos: en el jucio certero, en los sentimiento adecuados pero intensos, en las acciones apropiadas, en el deber cumplido, en la tradición honrada, en las interacciones sociales oportunas, en una felicidad enraizada, en unas virtudes adquiridas. Más aún, en el horizonte moral de Jane Austen, si una persona es incapaz de pensar certeramente, padecerá de sentimientos desajustados, incumplirá sus obligaciones, lastimará a sus conocidos. Es decir, el carácter de la persona se revela en la interacción de todas estas expresiones humanas, de modo que la educación en una de ellos, ajustará y equilibrará al resto. 

Catherine había leído mucho, pero carecía de amigos –o mentores- que le ayudaran a reflexionar sobre lo que leía y fomentaran en ella –con su ejemplo a imitar- acciones adecuadas. Los libros moldeaban su cabeza, pero para interpretar y actuar conforme a categorías que la distanciaban de otros o desajustaban sus sentimientos; aprendía razones, pero no las que acertaban; imaginaba soluciones, pero sólo las parciales. Por el contrario, en Mansfield Park, Austen apunta que la afición por la lectura de la heroína –Fanny Price-, si era bien orientada por un mentor, «podría proporcionarle una excelente instrucción». De modo que, Edmund le recomendaba libros, «fomentaba su inclinación y rectificaba sus opiniones. Él hacía provechosa la lectura hablándole de lo que leía (Capítulo 2)».

Si en Emma la protagonista fallaba por escapar de los libros, no por falta de amigos y maestros; en Northanger Abbey fracasaba -entre otras cosas- porque carecía de ellos.  Para Jane Austen, las bondades terapéuticas de la lectura no aparecen sólo por leer.  Sus héroes y heroínas también contemplan, reflexionan, actúan, se esfuerzan por honrar sus amistades y están dispuestos a sufrir.

PS. Un estudio sobre las lecturas contra las que carga Jane Austen en Northanger Abbey se puede ver aquí. Ahí se muestra cómo el tipo de lectura predispone a los personajes a tratar los problemas reales de forma parecida a lo aprendido en los libros.

lunes, 6 de febrero de 2017

Contra el berrinche nacionalista (2)

Detalle de la portada de la versión japonesa de «El Napoleon de Notting Hill», de Hayao Miyazaki
La semana pasada esbosaba una respuesta al desafío de un presidente como Donald Trump. Decíamos que al nacionalismo norteamericano –América first, just because is America- no se enfrenta con otro nacionalismo, el mexicano -Pues no nos gusta que nos ningunees, porque somos valiosos-. Para no caer en esa lógica, sugeríamos actividades que afinaran nuestra capacidad de convivir con otros, de ajustar nuestra empatía, y comprender los motivos del otro: es decir, las experiencias a las que nos introducen las humanidades.

La segunda respuesta que parece oportuna al mundo en que vivimos, es esta: renovar nuestra capacidad para reirnos. Sí, escuchó bien: el buen humor y la risa son fundamentales para la democracia.

Al reirnos, primero: desdramatizamos el problema que enfrentamos. Mi abuela, una mujer creyente y luchona como he visto pocas, decía que Dios no le manda problemas a los tontos, a los cobardes y a los solos. Las dificultades nos revelan que algo de creatividad nos queda, que un poco de valor encontremos en el corazón, y que contamos con un amigo para acompañarnos. Por el contrario, quien no se sabe reír y pierde, fracasa por partida doble: tanto porque lo desajusta el problema, como porque cuando se hunde se queda vacío: sin ideas, ni corazón, ni amigos.

Segundo, la risa, nos ayuda a desmitificar a las personas involucradas. Un arma del tirano es la mentira; y uno de sus engaños más recurrentes es lo inevitable de su presencia, el alcance de su fuerza o lo definitivo de sus logros. La risa desenmascara esa pretensión de totalidad. Y también, la risa es un desmitificador de demagogos que van de redentores: políticos, intelectuales y cualquier persona que presenta sus respuestas como las únicas que aciertan. Son aquellos que vinculan la solución de los problemas exclusivamente a su creatividad y a su presencia. La risa desmitifica a esos personajes que prometen lo que son incapaces de cumplir.

El sentido del humor, reirnos –principalmente de nosotros mismos-, permite en tercer lugar, descentrarnos de nosotros mismos y en consecuencia, facilita la empatía. Necesariamente, es ley de vida, que no sepamos todo, que necesitemos avanzar poco a poco en el conocimiento de la realidad, y que requerimos de los demás para madurar en nuestros juicios y carácter. El buen humor, la risa, desplaza el centro de la vida desde un «yo-solo-me-las-arreglo» hacia un «mira-qué-iluminador-es-el-nosotros». La risa es el motor de la empatía y el pegamento que engarsa una comunidad en solidaridad.

Y por el contrario, la pérdida del sentido del humor, incluso en nombre del que se toma en serio los problemas, nos dirige a la pérdida del sentido de lo común, esencial para la democracia. Recordemos que Orwell, en su novela «1984» describió al tirano como alguien que prohible el buen humor y ordena la hilaridad para burlarse del contrario o disfrutar del que ha sido vencido:
«O'Brien: No habrá risa, excepto la risa triunfal cuando se derrota a un enemigo. No habrá arte, ni literatura, ni ciencia. Cuando seamos omnipotentes no necesitaremos más ciencia. No habrá ya distinción entre la belleza y la fealdad. Todos los placeres serán destruidos. Pero siempre, no lo olvides, Winston, siempre habrá el afán de poder, la sed de dominio, que aumentará constantemente y se hará cada vez más sutil. Siempre existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres hacerte una idea de como será el futuro, figúrate una bota aplastando un rostro humano... incesantemente».
Así que, por estos tres motivos -puede haber más- la risa es un buen antídoto al reto del nacionalismo de Trump. O dicho con más optimismo, el buen humor, la risa, es esencial tanto para la democracia como para poder tomarnos en serio la propia vida.

Chésterton exploró esta relación entre comunidad, seriedad y risa, en el Napoleón de Notting Hill. Esta es la portada completa de Miyazaki.

Y feliz cumpleaños a Camila.


lunes, 30 de enero de 2017

Contra el berrinche nacionalista (1)


El rechazo que produjo en nuestro país el muro de Trump se manifestó de varias formas: hubo quienes convocaron a boicotear productos americanos -como si no hubiera mexicanos que trabajaran en esas empresas-; otros, nos animaron a poner banderas mexicanas en el perfil del guasáp.

Es injusto que paguemos el muro que los gringos quieren colocar en la frontera; pero el muro es reprobable por la fuerte carga discriminatoria y aislacionista con la que se justifica. Ahora bien, responder a este desafío envolviéndose en la bandera y lanzándonos al vacío como niño héroe, sería como contrarestar el veneno de la supremacía racial con una pócima similar. El nacionalismo americano de Trump –América primero sólo porque es America- no se enfrenta con otro nacionalismo, el mexicano. 

Soluciones para el estilo Trump, puede haber muchas; y los expertos en política y economía, tendrán las suyas. En cambio, sugiero dos que están al alcance de todo ciudadano de a pie: tomarnos en serio las experiencias humanísticas y el sentido del humor. 

Tomarse en serio la cultura de lo humano y los esfuerzos que nos introducen en ellas. Martha Nussbaum en su libro “Sin fines de lucro” –[aquí se puede bajar]-, demuestra cómo la democracia exige la madurez cultural de los ciudadanos que viven en ella, al menos en tres ámbitos. Primero, la capacidad de autoexamen e introspección. Ya Platón vinculaba los errores políticos y militares cometidos por los políticos de su época, a una vida no examinada. La democracia necesita de persoans capaces de reflexionar sobre su propia vida, entre otras cosas, porque quien no reflexiona sobre su propia vida es fácilmente manipulable por cualquier político con ínfulas redencionistas. 

Segundo, la capacidad de comprenderse en interdependencia con otros seres humanos, trascendiendo las lealtades locales –necesariamente limitadas-. De este modo, crece nuestra capacidad de compromiso solidario por quien no es como nosotros. Precisamente, uno de los ideales de la democracia es lograr que en una comunidad vivan por un destino común, quienes son diferentes. 

Y tercero, una mayor profundidad para imaginar cómo es la vida del otro, qué expectativas lo impulsan y cómo pretende lograrlas. Es la capacidad de empatía que está en la base del respeto sobre el que se edifica la democracia. 

El conocimiento de las humanidades  —filosofía, literatura, música, historia- y la experiencia de la cultura, favorecen el desarrollo de una sensibilidad y una comprensión necesarias para afrontar el mundo donde vivimos, caracterizado por la diversidad cultural y necesitado de una cultura política respetuosa de las diferencias. Sin humanidades o cultura, la democracia es inviable.

Así que el nacionalismo de Trump, no se enfrenta y vence con otro nacionalismo pero en versión mexicana. Las humanidades -su estudio y su experiencia- son un pozo de respuestas a políticos como Trump.

jueves, 7 de enero de 2016

¿Por qué "Emma" es un reto para millennials (mirreyes y ladies)?

"Emma": Gwyneth Patrol (1996) a la izquierda; a la derecha Alicia Silverstone en Clueless (1995)

El 23 de diciembre del año pasado -2015- se cumplieron doscientos años de la publicación de Emma, la cuarta novela de la famosa escritora inglesa Jane Austen. Orgullo y Prejuicio comienza con estas famosísimas palabras: «Es una verdad mundialmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita una esposa». En esta primera sentencia se resume la trama de la novela. Con Emma, se abre el telón de este modo:
«Emma Woodhouse, bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la molestara o la irritase». 
En esta primera afirmación, Austen anuda la tensión de su narración: por un lado nos describe al personaje con aquellas características con las usualmente nos gustaría identificarnos: bella, inteligente y rica. Pero después desliza un matiz: parecía. Sería como un daba la impresión pero no es así, o lo lógico sería que fuera persona imitable pero algo falla. Sólo parecía sintetizar esa cualidades. Era más bien rica, agraciada y sagaz, pero no tanto próspera, bella e inteligente. No da igual. Emma sería el típico mirrey-millennial o la clásica lady-millennial con estudios, dinero, poder y presencia, cuyo  lema de vida sería ¡lo hago así por que quiero y qué!

Como la novela está narrada bajo la perspectiva de la protagonista, y su carácter atrofiado le impide reconocer en un primer momento cuál es su error, con facilidad el lector también es engañado -si se puede decir así- por la autora. En principio nos introduce en Emma y sus motivos, nos anima a simpatizar con sus razones, nos alienta a justificar sus acciones y nos empuja a reírnos con sus ocurrencias. Pero mientras celebramos sus bromas, percibimos que hay algo que no va.  Emma manipula a su amiga Harriet Smith, lastima a Jane Fairfax, insulta a la Señora Bates –todas ellas que carecen de dinero, inteligencia o posición en la vida-; y peor aún, en el camino se incapacita para conocerse realmente a ella misma y darse cuenta de su error. ¿No se suponía que debíamos imitar a la heroína? «Los verdaderos peligros de la situación de Emma eran, –escribe Austen- de una parte, que en todo podía hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma; éstas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades».

A lo largo de la novela, Emma -la rica, guapa e inteligente-, no sólo es caradura impertinente. Se da el lujo de cambiar de opinión y reconocer que se equivoca. Poco a poco somos testigos del despertar de Emma y de su maduración. La sagaz golfa con dinero [la ladymillennial y su resting bitch face o el mirrey-perdonavidas-dueñodelmundo], encaja los reclamos de sus amigos y descubre la poca valía de sus acciones, la imprecisión de sus juicios, su carácter desquiciado. Pero no solo ello, también cae en la cuenta del potencial de su posición económica, de la riqueza de una amistad firme, de la gallardía de su amor y del tesoro de una personalidad lograda.

Los millennials suelen despreciar a las heroínas enamoradas y sumisas, y a los caballeros chapeados a la antigua. Muy bien. Tal vez  las otras novelas de Austen, –Sensatez y Sentimiento y Orgullo y Prejuicio- sean muy cursis para su refinamiento y su vida sibarita...

Ahí tienen a Emma. Léanla. Les hará bien.

(Algunas ideas las saqué de aquí: Actually, Emma is the best Jane Austen Novel. La pista me la pasó  Arcy Ireta)


jueves, 19 de noviembre de 2015

Los Libros son Peligrosos (2): Dostoyevski el dolor de los inocentes.



La semana pasada platicábamos por qué es peligroso leer libros y mucho más si ese es el Quijote. Se cumplían 400 años de la publicación de la Segunda Parte de esa novela y como se acerca la FIL, era una buena oportunidad de hablar de ese tema.

Buscaba otro autor clásico para recomendar esta semana, en preparación para FIL. Y estos días vimos atentados en París, detonaciones en Líbano, sangre en Nigeria, bombas en Siria. Unos por que quieren purificar el mundo para su dios, otros que lo defienden en nombre de la libertad y la justicia. 

He tenido en la mente unos pasajes del escritor ruso Fidor Dostoyevski sobre el sufrimiento del inocente. Son textos dramáticos, no sólo por su crudeza sino por lo absurdo que puede llegar a ser infringir dolor a quien no tiene culpa para buscar cualquier otro fin. Este problema lo podemos leer en Los Hermanos Karamazov. 

¿Qué se gana con el sufrimiento del inocente? Dostoyevski en su vida personal había sido testigo y también causante de daño a quien no lo merece y había oído posibles respuestas. Una podría ser que gracias a ella, otros ajustamos nuestra brújula moral. ¿Pero para qué queremos conocer la diferencia entre el bien y el mal, si debe ser pagada a un precio tan alto? Otra explicación que ofrece Dostoyevsky es más radical y da en el corazón del problema. Se nos dice que toda injusticia debe ser reparada, ¿pero cómo justificar que la armonía se construya a través del sufrimiento de los inocentes? ¿Por qué el castigo no se puede limitar a los causantes de la pena? 

La pregunta, por difícil que parezca, es inevitable si se quiere encontrar sentido a la existencia humana. Por que todos experimentamos la injusticia, todos hemos visto que no siempre el culpable es el único que expía las consecuencias de sus actos o no siempre se castiga. ¿Qué sentido tiene algo así?. Ivan Karamazov concluye con estas palabras:
«Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto. [S]e ha enrarecido la armonía eterna. El boleto de entrada a ese equilibrio cuesta demasiado. Prefiero devolver mi boleto».
El problema no se resuelve con facilidad y mucho menos pretendo hacerlo en este momento. Los atentados en Paris causaron sufrimiento de inocentes y han provocado la solidaridad de muchos. Perfecto, eso nos viene bien como sociedad. A todos nos sirve, por ejemplo, ver las escenas de empatía de los ingleses cantando la Marsella en Wembley. ¿Pero no hemos pagado un precio demasiado caro para movernos a la solidaridad? «Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños», nos recuerda Dostoyevski. 

Recordaba al principio que leer es peligroso. Por que caemos en la cuenta de lo que está en juego cuando nos tomamos en serio nuestra propia vida y del tamaño de los nudos que hemos de desatar.

¿Quieren una sugerencia para la FIL? Lean a Dostoyevski.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Los libros son peligrosos (1): ¡El Quijote es una Amenaza!

Foto de Guy Le Querrec/Magnum
Hace unos días leí un artículo que así se llamaba: "Los libros son peligrosos", del sociólogo inglés Frank Furedi. Ahí nos recuerda que desde el siglo IV aC, los libros se han considerado un peligro. Furedi recuerda que Sócrates temía que los jóvenes y no educados en la virtud, serían incapaces de descartar de lo que leían aquello que les hacía daño. Unos 500 años después, es Seneca el que advierte del riesgo que un lector puede terminar "desorientado y débil" por aquello que lee. Sus inquietudes se parecen a las de la abuela angustiada por que ve que sus nietas leen las 50 Sombras de Grey, y teme que las chiquillas crean que así debe ser su experiencia del amor para sentirse realizadas.

No quiero decir que los libros se hayan que prohibir. Ni tampoco es la intención de Furedi. Al sociólogo le interesa llamar la atención sobre una cualidad de los libros: contagian ideas, influyen en actitudes y desencadenan comportamientos: "Leer captura nuestra imaginación [y amplía horizontes], detonan una convulsión emocional y llevan a las personas a una crisis existencial". ¿Por qué? Por que en los libros vemos comportamientos, actitudes y situaciones ante las que los personajes responden. Invariablemente, juzgamos lo que nos parece correcto, y en ese proceso nos juzgamos a nosotros mismos. Por eso leer es un peligro: por que al leer me someteré al juicio sobre quién soy yo: ¿Y yo que pienso? ¿Y yo qué haría en su lugar? ¿Y si quizá no estoy en lo correcto? ¿Tal vez me falta espíritu aventurero como el del personaje?

En este sentido Don Quijote de la Mancha es un libro peligrosísimo. Nos habla de un loco que nos hace reír  con sus ocurrencias. Pero también nos presenta a un desquiciado que deja la comodidad de su casa para salir a deshacer injusticias, castigar culpables, luchar por la honra, serle fiel a un amor imposible, soportar el fracaso. Leer este libro es una amenaza por que hace inevitables estas preguntas: ¿Y nosotros qué tan locos hemos de estar para edificar la justicia, para serle fieles a los amigos, para buscar inspiración en quienes amamos, para ser generosos en regalarles nuestras modestas victorias, sólo a cambio de una mirada? ¿Qué tan desequilibrados hemos de tener el juicio como para mantenernos en nuestros ideales a pesar de los fracasos constantes, de nuestros propios límites y de las burlas de los demás?

Si somos incapaces de dejarnos afectar por lo que El Ingenioso Hidalgo considera valioso, entonces ¿quién es el loco? ¿El que se queda en su casa, el que no se involucra, el que renuncia rápido, o exige correspondencia? ¿O el que se lanza por la aventura de lo que considera justo y se conforma con la  sonrisa de quien lo ama? ¿Quién es el que ha perdido el juicio?

Este año, además, se cumplen 400 años de la publicación de la Segunda Parte de este clásico, así que tal vez sea bueno que este año leamos esta novela. Se puede conseguir una buena edición en la FIL que ya se acerca. O si estamos muy ocupados, tal vez ayude oírlo en audiolibro mientras nos trasladamos al trabajo, a la universidad o a cualquier sitio. El Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón produjo una muy buena versión que se puede bajar aquí

Actualización: Hoy Fernando del Paso fue galardonado con el Premio Cervantes 2015. Tres novelas suyas son muy famosas: "José Trigo", "Palinuro de México", "Noticias del Imperio". En 2004, el Fondo de Cultura Económica le publicó "Viaje al Rededor del Quijote" (Sugiero leer este artículo de Letras Libres sobre esta última novela).


jueves, 5 de noviembre de 2015

¿Editorialista o «comentócrata»?


Estos días de noticias bomba, solemos buscar quien nos exponga lo que está pasando en el mundo y en nuestro país -que si la mariguana, que si el huracán, que si el Papa- y nos ayude a darle sentido a todos aquellos puntos de opinión. Con el paso del tiempo reconocemos a los que nos gustan por que dicen lo que esperamos oír; a los que nos sacan de nuestra zona de confort intelectual; a los que aportan poco en cuanto al análisis, pero están mal informados; o a los que de plano no de batean algo aunque les pichen la tierra.

Hace unos días el debate sobre qué hace valioso a un comentador, o dicho de otra manera, cómo reconocer a un buen editorialista en medios de comunicación independiente que vale la pena seguir. Advierto que no estudié comunicación, ni soy experto en lo que debe de ser técnicamente un comentador. Mi pretensión es modesta: Aquí encontré dos palabras me pueden servir, como ciudadano, para distinguir entre un editorialista  útil de un comentócrata. 

Como quizá recuerdan, en la Iglesia Católica se vivieron unas semanas de Sínodo sobre la Familia. Un editorialista del New York Times, Ross Douthat, publicó una opinión sobre el Sínodo, el Papa, el catolicismo y su doctrina sobre la familia. El editorial no fue bien recibido por una serie de académicos, expertos en esos temas y firmaron una carta abierta dirigida al Editor del New York Times en el que decían que Douthat "no es un profesional cualificado para escribir sobre el tema [no es teólogo]" y descalificaban el artículo publicado.

La respuesta de Douthat no se hizo esperar y no tiene desperdicio. Ahí escribe: 
"Un columnista tiene dos tareas: explicar y provocar. La primera requiere que se le dé a los lectores un sentido de lo que está en juego en una controversia, y por qué merece un momento de su fragmentada atención. El segundo requiere tomar una posición clara en esa controversia, mejor aún, inducir la sensación (por solidaridad, estimulación, furia ciega) de convencer al público de leer, volver y subscribirse al periódico. [En el caso del radio, que no le cambien de estación y que oírnos una vez más].
Ese es el doble reto. Por una parte, explicar brevemente en qué consiste la controversia, y qué consecuencias podría tanto seguir un camino que su contrario, como eliminar el desacuerdo al eliminar una postura. Algo que no sencillo, por que en un debate, cada una de las partes piensa que sólo su posición es coherente. El buen editorialista, es capaz de mostrar cómo la postura contraria, puede ser también consistente. 

Y provocar, por que al tomar una posición, describe por qué un argumento es más serio para ser tomado en cuenta que el otro. Irremediablemente el público hace lo mismo. Los que ven validada su intuición, tendrán un argumentos para justificarse; y lo de la posición contraria, si son tolerantes, volverán a pensar sus convicciones. En ambos casos, lo ideal es que el lector o el radioescucha quiera leernos o escucharnos una vez más.

Si usted tiene poco tiempo y muchas opiniones a su alrededor, estas dos palabritas quizá sean de utilidad para valorar si les dedica tiempo o no: Explicar y Provocar. 

jueves, 15 de octubre de 2015

El Día de la Identidad Problemática


A diferencia de otras fechas, lo que se celebra el 12 de octubre depende en gran medida de lo que significa para nosotros la llegada de Colón en 1492. Unos celebran el Día de la Hispanidad (España),  otros el Día de la Raza (en la mayoría de américalatina); el Día de las Américas, (Uruguay) del Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Argentina), el Día de los Nativos Indígenas (algunos estados de USA), etc. 

Aquí va una propuesta más. Esta variedad de significados tal vez se debe a que tiene que ver con nuestra identidad –nos guste o no, somos herederos de aquello- y como toda identidad de persona y cultura no es ajena a la contradicción y al drama. Octavio Paz hablaba de esta tensión en una conferencia dictada en 1991 ("La Democracia: Lo Absoluto y lo Relativo"). Lo decía así:
"Las polémicas en torno al Descubrimiento de América no se han apagado. No voy a examinarlas; me limito a señalar que casi siempre las críticas olvidan lo esencial: sin esas exploraciones, conquistas, acciones admirables y abominables, heroismos, destrucciones y creaciones, el mundo no sería mundo. [...] [Unos] dicen que la Conquista fue un genocidio y la Evangelización una violación espiritual del los indios. [Pero] [i]dealizar a los vencidos no es menos falaz que idolatrar a los vencedores [...]"
Entre los que vinieron a nuestro país, estaban los hambrientos de oro, poder y gloria, pero en ellos había mezclado el anhelo de grandeza, de realizar una misión trascendente y divina. Vivían la tensión de lo espiritual que se hace presente en lo mundano. Otros buscaban hacer evidente en el indígena la imagen común de una dignidad compartida: y por eso construyeron hospitales, aprendieron su idioma, integraron su comida, se adaptaron a su religiosidad, articularon una defensa de los derechos humanos de los indígenas.Vivían la tensión de lo mundano que manifiesta una presencia divina.

Todo encuentro y más si este genera una nueva identidad como la nuestra, es así: problemático, lleno de luces y sombras. Nosotros no somos diferentes. No pretendo resolver la polémica sobre el día de Colón, la raza, etc. Sólo quisiera hacer notar que para resolver las preguntas del tipo «¿quién soy, para qué vine al mundo, cuál es el sentido de mi presencia en la tierra, qué explicación doy de mi mismo?» necesitamos al menos reconocer y poner ante nuestros ojos  aquellas tensiones que forman parte de toda existencia humana: cómo ser libre para ser yo mismo, y al mismo tiempo sin encerrarme en la isla del «mi-mismo»; cómo pertenecer a un grupo social como la familia, los amigos, la cultura, la patria, sin ser absorbido y desdibujado por ella; cómo procurar el desarrollo profesional, y al mismo tiempo alimentar y solidificar la relaciones familiares y de amistad; cómo madurar mis convicciones fundamentales de modo que sirvan eficazmente para orientar mi vida, pero que no impidan aprender de otras que se presentan ante mí, cómo disfrutar de nuestros logros legítimos, sin que ello nos detenga en el pasado de lo ya logrado. 

Todas sobre estas tensiones y contradicciones se escribe nuestra biografía. Por eso, aquí va mi propuesta: como el 12 de Octubre es en el que recordamos que en nuestra identidad cultural ha nacido de forma difícil y contradictoria, también celebremos el Día de la Identidad Problemática. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

L'Esperti Català y el Quijote sobre Barcelona

Antoni Tàpies, «L'ESPERIT CATALÀ», 1971, Museo de la UNAV

Así describe el Quijote a Barcelona (2da Parte, Cap 72).
«[A]rchivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.» 
Hoy es día de elecciones importantes en Cataluña.  Para un extranjero, en El Español encontré la mejor explicación de lo que pasa estos días.

jueves, 19 de marzo de 2015

Carmen, la cadenita y José el «conspiracionista»



Imaginemos a José. José suele explicar con pasión hechos complejos como una gran conspiración. «Los ataques del 11 de septiembre fueron un autoatentado organizado por el propio gobierno gringo» «A Carmen de seguro el gobierno la quiere silenciar».  La conspiración que denuncia José suele ser una obra de relojería por la precisión, la cantidad de personas que tuvieron ser convencidas, compradas o manipuladas; los conspiradores, un grupo de personas poco identificables, obscuras y de mucho poder. 

El filósofo keniata Quassim Cassam ha publicado hace unos días un ensayo donde describe el calado intelectual de quien con facilidad se explica el mundo que lo rodea a base de conspiraciones. Su argumento es el siguiente: así como el deporte require unas virtudes para ejercitarse adecuadamente, también al pensamiento le corresponden sus propias virtudes y sus respectivos defectos. El conspiracionista llega a esas conclusiones, sostiene Cassam, no por que le falten datos, sino por los vicios en su propio carácter intelectual. 

Por ejemplo, desde los eventos del domingo, Carmen ha utilizado su página web personal y las redes sociales para manifestar su fuerte desacuerdo y hacer eco a quienes la apoyan. En los últimos dos días, ha publicado 104 tweets, ofrecido casi 3 mil links, y acumulado 502,945 interacciones -el análisis lo saqué con twitonomy-. Si a eso le sumamos su espacio en CNN, podemos preguntarnos, ¿no es tan absurdo que alguien se plantee silenciar a alguien con esos medios si claramente han sido ineficaces? O los perseguidores de Carmen son muy tontos o realmente la conspiración no existe.  ¿No se podrían interpretar estos hechos más bien como el lamentable desacuerdo entre un patrón que siente que su empleado abusó de recursos de la empresa? 

José explica su conclusión algo dudosa -«Ha de ser el gobierno el que la quiere silenciar»- con una afirmación ya comprobada -«Es que fue Carmen quien publicó el escándalo de la Casa Blanca»-. José, para salir de la duda exige información: «Alguien ha estar detrás, ¡que nos diga MVS quién es!». Pues bien, si efectivamente hay alguien detrás, difícilmente MVS lo dirá. Y si no existe nadie detrás, ¿cómo mostrar lo que no existe?  En ambos casos, José el conspiracionista puede confirmar su sospecha: «Ya ven, debe haber alguien detrás muy poderoso por que no nos dice quién es». Carmen ha subido en uno de sus tuits, que la defensa de Brozo ha sido bloqueada en Estados Unidos. El tono de la nota genera duda ¿es conspiración de alguien contra Carmen o simplemente se trata la práctica común de restringir geográficamente el contenido de un video? 

Honestamente, ¿no nos faltan datos para llegar a una conclusión así? No quiero resolver aquí si efectivamente hay o no un intento de represión y censura, sino sólo hacer notar que si realmente hay una conspiración, al menos yo tendría que conocer más datos de lo que realmente han hecho los distintos actores. El hecho de que alguien se beneficie de lo sucedido, no necesariamente implica que lo ha provocado. Como en la piñata: yo me beneficio de los dulces cuando es otro el que la rompe.

No quiero detenerme en la conclusión de José, sino en las cualidades intelectuales que lo inclinan a ver conspiraciones. Cassam, el filósofo al que nos referíamos, sostiene que en el modo de pensar del conspiracionista han arraigado vicios como la candidez, el descuido, la negligencia, la pereza, la rigidez, el prejuicio, la falta de rigor, la insensibilidad para los detalles, etc. El conspiracionista se cree fácilmente aquello que desea y se aferra a lo primero que se le ocurre. Y este es un vicio del carácter intelectual, no es un problema por la falta de datos.

¿Cómo educar al conspiracionista que todos llevamos dentro? Ya hemos dicho algo: no creerse lo primero que se nos ocurre, recordar que nos creemos con facilidad aquello que deseamos que suceda. Además, si existen vicios en el pensamiento, también existirán sus virtudes: la apertura de mente, la curiosidad, el rigor, el diálogo, la paciencia -no siempre comprendemos todo a la primera, ni captamos todas sus implicaciones de una sola mirada-. Si somos usuarios de redes sociales, ayuda seguir a personas que nos incomodan... cuando pisan cayo reconocemos que quizá no hemos pensado lo suficiente nuestras propias convicciones.

Entre José, la conspiración y MVS, no nos queda más que seguir aquello de la Sonora Dinamita: «Carmen, se me perdió la cadenita, que tu me regalaste»... ¡Se me perdió la cadenita... argumentativa!





jueves, 5 de febrero de 2015

En la Constitución (no) está todo

Dicho por un jurista de cepa y cepo: «Cuando me pregunta algún alumno: "¿Qué es una Constitución?"... Pienso en la de México y no dudo en contestar: "La suma de los factores reales de poder..."» #Aigoei

Dicen mis colegas que enseñan Derecho Constitucional que un documento como la Constitución ha de ser la «La suma de los factores reales de poder». -[Queda mejor si se dice en actitud de Moisés bajando con las tablas de la ley]-. La frase es del escritor francés Ferdinand Lassalle quien en 1863 dictó una serie de conferencias sobre lo que habría de considerarse la naturaleza de una Constitución opuesta a un gobierno absolutista. ¿A qué se refiere? ¿Que sólo un poder es legítimo si está en la Constitución? ¿Que el resultado del la lucha por el poder se expresa en la Constitución? ¿Que lo propio del derecho es su sometimiento al poder?

Unos diez años antes de las conferencias de Lasalle, en 1854, se cantó por primera vez el Himno Nacional: una marcha militar que invita al heroísmo y el sacrificio por la patria. En unas estrofas le prometemos a la patria que si un enemigo osara invadirnos, estaríamos dispuestos a exhalar nuestro último aliento defendiendo la patria querida. Nuestra muerte no será inútil: la patria se beneficiará del sacrificio, y el difunto merecerá nuestro recuerdo y si nos va bien un sepulcro de honor.

Si unimos estas dos ideas, no es de extrañar que en nuestra comprensión del derecho y de la vida política, la Constitución aparezca como la síntesis de lo que somos y lo que habremos de ser. La Constitución sería el centro y la fuente del fenómeno jurídico; y al mismo tiempo, la materialización de toda postura política y su núcleo de legitimidad.  

Bajo esta lógica, tampoco es de extrañar que cualquier pretensión de cierta importancia queramos que se refleje en la Constitución. Quizá por eso nos empeñamos tanto en reformarla. En este sentido, algunos juristas sostienen que  una Constitución «que todo el tiempo se está reformando y que contiene una regulación minuciosa y detallada de un sinfín de temas genera más problemas que soluciones». Tal vez no les falte razón: 
"De la Constitución mexicana originalmente escrita y promulgada en 1917 queda muy poco. El 80% de los artículos constitucionales originales han sido modificados un promedio de cinco veces cada uno (Cámara de Diputados, 2013). Es una Constitución que ha sido modificada dos veces más que cualquier otra constitución democrática del mundo (Lorenz, 2008). La Constitución ha sufrido un total de 561 reformas (Cámara de Diputados, 2013). Sólo 27 de los 136 artículos constitucionales han permanecido sin cambios, esto es: sólo el 19% del texto constitucional permanece así, tal como fue concebido. (Viridiana Ríos, «Rarezas Constitucionales», Nexos, 1-Feb-2014)"
Nuestra efervescencia reformadora no se da en el aire: comprendemos la constitución como la fuente de legitimación política y el origen del sistema legal que justificaría ante el mexicano asumir los esfuerzos que implican hacer realidad los valores reconoce en ella. Asumimos que la Constitución justifica la apología del sacrificio a la que invita el Himno Nacional y por eso pensamos que nuestros pretensiones deben incorporarse a la Constitución. Esto es así, además, por que como herederos del modelo ilustrado de comprender el derecho, pensamos que la ley diseña primero el mundo que haremos realidad después. Primero diseñamos la máquina, y después la construimos. De forma análoga, primero diseñamos el México que deseamos y después buscamos transformar la realidad.

No creo que a la Constitución le venga bien calificativos cursis y grandilocuentes; y mucho menos depositar en ella, sin matices ni justificación, el origen de la experiencia jurídica o el único sello de legitimidad para pedir a los ciudadanos un esfuerzo por construir el país que queremos. Al celebrar a la Constitución conmemoramos un símbolo de institucionalidad. Como todo símbolo, es aquello simbolizado -y más específicamente la sociedad y sus aspiraciones- lo que hace realidad esos valores recogidos en la Carta Magna. Sólo por eso vale la pena adecuar la Constitución las veces que haga falta y celebrar la que heredamos de 1917.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

Lo 5 mejores videos que vi este año



1. «How to fold a shirt»
Lo más útil que he visto este año. 


2. Fernando Nation Complete
¿Y cómo cambias la historia? Acostúmbrate a hacer tu trabajo?




3. In reverse
#PrayForSyria




4. White Chocolate Pear Skulls
Al ver este video caí en cuenta lo afortunado que soy. La vida me ha hecho muchos regalos. 





5. Nostalgia. 
Este año de regreso del beis me ha llevado de vuelta a donde empezó todo. Literal. Nací frente a ese estadio. El original lo vi aquí.





jueves, 11 de diciembre de 2014

Derechos Humanos: «Entre el mitin y la homilía».

AP Photo/Vadim Ghirda
«Si —salvo honrosas excepciones— los especialistas de filosofía del derecho se acercan con cohibido pudor al problema de los derechos humanos, se debe en buena parte a la incómoda sensación de estar pisando un resbaladizo terreno a caballo entre la homilía y el mitin.» [Andrés Ollero, "Cómo tomarse los derechos humanos con filosofía"]
Ayer fue día de los derechos humanos. Se cumplió un aniversario más de la aprobación en las Naciones Unidas de la Declaración Universal. Como todos los años entusiastas y detractores describieron una radiografía de estos derechos y si contamos con motivos para celebrarlos o no. Esos comentarios dependían de lo que significaba para ellos los derechos humanos y en consecuencia qué alcance se podría esperar. De esta forma, contaban con un parámetro para calificar este proyecto como algo eficaz o como pura retórica. Así, por ejemplo, en The Guardian, Eric Posner, profesor de derecho de la Universidad de Chicago, publicó hace días un análisis mas bien escéptico sobre estos derechos
«Muchos creerán que el derecho internacional de los derechos humanos es uno de nuestros grandes logros morales. Pero hay poca evidencia de su efectividad. Desde hace mucho tiempo necesitamos una aproximación radicalmente distinta». 
Parte del problema se origina con la inflación de un concepto que se ha puesto de moda.  Para darnos una idea, en 1948, el año en que se aprobó la Declaración Universal, el The New York Times utilizó esas palabras en apenas .31% de sus notas periodísticas de ese año (512 artículos). Durante 30 años no varió mucho ese porcentaje, que a partir de los 70s incrementa consistentemente hasta llegar al 2014 donde se ha utilizado en 2.49% de las publicaciones de ese diario. Un incremento del 800% respecto al año de la aprobación de la Declaración.


Como suena bien y es evocador, le hemos ido asignando distintos significados a la fórmula «Derechos Humanos». Precisamente por que lo utilizamos para referirnos a los que nos parece correcto, equilibrado y justo hacemos referencia a los derechos humanos cuando hablamos de ética, de política o de asuntos jurídicos. [La Suprema Corte de Justicia ya también ha dicho que la dignidad no es sólo un concepto moral, sino que también se proyecta al en el orden jurídico]. Quizá no caemos en la cuenta de que cada uno de estos ámbitos opera con categorías argumentativas distintas, promesas desiguales y modos de realizar diferentes. Como es imposible que todo aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de derechos humanos se haga realidad de una vez, de forma plena y definitiva, siempre habrá algún ámbito en los que los estos no sean una realidad, siempre encontraremos un espacio para la utopía. 

Queremos decir mucho con «Derechos Humanos». Esperamos mucho de ellos. Los usamos para todo. Y un algo que sirve para todo, no sirve para nada. Por todo ello quizá debamos ser menos ambiciosos con las esperanzas que depositamos en ellos. Los derechos humanos no son como las leyes de la física que sólo existen, se descubren y se aplican de la misma forma en todo tiempo. Ni tampoco son como un parque de diversiones en el que se llega a él y se permanece. Ni son una varita mágica. Las utopías cuando se toman demasiado en serio son peligrosas por que gastan la esperanza. Pero una vida demasiado realista, tampoco es humana, porque sólo ve a los pies. Tomarse demasiado en serio la utopía o la realidad, puede ser tan devastador como pasar de largo ante ellas. 

Chesterton describió esta tensión en «El Napoleón de Notting Hill», una novela cómica donde una broma de quien no se toma nada en serio, es tomada en serio por uno que no se toma nada a broma. En esa novela sucede algo similar a lo que pasa con el discurso de los derechos humanos: nada es peor que el tedio y la monotonía de una vida que no lucha por alguna utopía o del que sólo construye castillos en el aire. Nada es más peligroso que la seriedad extrema, ni nada más amenazador que el humor superficial. El precio a pagar por desvincular la utopía con la seriedad siempre es excesivo. 

Por que en derechos humanos, tan es importante el realismo del que trabaja con lo que tiene ante sí, como la grandeza de la utopía que pretende edificar. Por todo eso, para el movimiento contemporáneo de los derechos humanos, no hay nada más importante que esa tensión entre la risa y el respeto, entre la utopía y el esfuerzo.

viernes, 28 de noviembre de 2014

«Cambiar el final». Mi recomendación de libros para la FIL


«The Syria Campaign» ha publicado este video para no olvidar Siria. Sé que estamos muy ocupados indignándonos por #Ayotzinapa, la #CasaBlanca, #YaMeCansé, etc. Y motivos no faltan. Pero verlo me ayudará a justificar los libros que incluí este año en la sugerencia para la FIL. Así que antes de seguir con este post, ve este video:


Nuestra comprensión de los derechos humanos nos inclina a señalar como responsable de lo que nos parece injusto hacia el Estado. Los procesos de derechos humanos se diseñaron así. Según esto, hemos creado al Estado para organizar los esfuerzos sociales para lograr paz y la seguridad. Pensamos que gracias a ese ambiente producido por alguien, lograremos llevar a cabo nuestros deseos de felicidad. Si el ambiente falla, fácilmente deducimos que el Estado no ha cumplido con su responsabilidad y exigimos un cambio. Como cuando un equipo de fútbol no funciona, rueda la cabeza del entrenador. Como si pudiéramos señalar a alguien de habernos sacado a patadas del parque de diversiones. En ambos casos es fácil señalar al culpable de sentirnos mal por la injusticia (Aarón Castillo explica mejor esa dinámica en este video).

Ayotzinapa nos ha puesto ante los ojos que un diagnóstico así es infantil o al menos ilusorio. De acuerdo, las instituciones del Estado deben funcionar lo mejor posible: los asesinos deben pagar por sus crímenes, los políticos corruptos también. Pero en Guerrero «el gobierno» no sólo es el Federal (encabezado por el PRI), es también el municipal y estatal (gobernado por el PRD). Es un problema que también se fue gestando durante los dos sexenios anteriores (dirigidos por el PAN). ¿Es que hemos de desaparecerlo todo? La sociedad civil ha despertado. Se indigna, marcha, increpa... ¿y?

Para elaborar una hoja de ruta, ¿cuál es el resultado que pretendemos conseguir? ¿Es posible lograr una sociedad que de una vez y por todas sea pacífica y próspera. Si esto no es posible, ¿qué es posible esperar? 

Estos días de pena han mostrado dos cimientos necesarios en la construcción la vida común: la necesidad de ser solidarios y la exigencia de construir a diario un orden social. Esto sólo se comprende si se asume que las construcciones humanas, todas,  si son auténticamente humanas, van impregnadas también de la precariedad de la existencia, deben reconstruirse una y otra vez. Este esfuerzo continuo, además, implica también la experiencia del dolor y la necesidad de padecerlo junto a otros. 

Por eso, este año la sugerencia de libros, además de los ya tradicionales, recoge aquellos que ayudan a comprender la centralidad de la persona como eje de toda construcción social -no el Estado-. Textos que profundizan sobre su vocación a la grandeza sujeta a la precariedad. Libros que ponen ante los ojos el gesto humano de mayor dignidad que podamos encontrar: el amor que es capaz de padecer el dolor junto al amado. 

Los libros nuevos que sugiero buscar en la FIL son estos:

ESTÉTICA
1. Creativity Inc., Ed Catmull
2. Una pena observada, C.S. Lewis
3. El problema del dolor, C.S. Lewis

FILOSOFÍA
4. Dios, Filosofía y Universidades, Alasdair MacIntyre
5. Sin fines de lucro. La democracia necesita de las humanidades, Martha Nussbaum

HISTORIA
6. Vanished Kingdoms, Norman Davies
7. The Collapse: The Accidental Opening of the Berlin Wall, Mary Elise Sarotte
8. El Hechizo de la Comprensión. Vida y Obra de Hannah Arendt, Teresa Gutiérrez

DERECHO
9. What is Marriage? Men and Woman: A Defense, Sherif Girgis y Ryan T Anderson


jueves, 27 de noviembre de 2014

«Leer» no se enseña, se contagia.

«No puedes comprar la felicidad. Pero puedes comprar libros y eso es algo similar»


«Leer» no se enseña, se contagia. La frase no es mía. La vi en un  sticker de una escuela y como se aproxima inauguración de la FIL, puede ser que nos preguntemos, ¿cómo se enseña a leer? ¿Cómo se contagia? He preguntado a varios -incluído al autor de la frase «la lectura se contagia»- y aquí van algunas respuestas:

1. «Leer aunque no se antoje. Como en la vida se hacen cosas que no siempre nos gustan, es mejor irse probar el esfuerzo con cosas que valen la pena». El argumento es un poco violento, y quizá tal vez por ello, extraño. Tal vez por que hemos pensado que la lectura se hace porque produce placer. En parte sí, pero la lectura es importante no sólo por el fruto que produce, sino por la raíz en la que se nutre. Como toda raíz, ha de buscar su sitio por anclarse a la tierra. Algo así requiere esfuerzo. Leer también. Hay que leer aunque no haya ganas. Porque en la vida haremos cosas que no nos gustan, más nos vale entrenarnos en algo que vale la pena. 

2. «Para hablar como Don Juan, y escribir como Cervantes». De forma análoga al dicho de las abuelas –«somos lo que comemos»-, también escribimos y hablamos de lo que leemos. Una de las habilidades más valoradas en los profesionales de hoy es la capacidad de transmitir una idea con precisión. ¿Cómo entrenarnos para hacer algo así? No hay más que escribir. Pero el depósito de ideas, palabras, fórmulas y modos de decir se acrecienta con la lectura.

3. Los dos argumentos anteriores sirven pero hasta cierto punto, por que son utilitaristas: «leemos porque conseguimos algo a cambio». Pero si la lectura es la puerta para la sabiduría y ésta es un bien humano que vale la pena buscar por sí mismo, debe existir un motivo que justifique la actividad lectora. Dice C.S. Lewis que la lectura nos dice algo de la vida, nos introduce en el mundo de otros y en ellos aprendemos a darle sentido al nuestro. Quien no lee vive como en una cárcel, donde sólo reconoce lo que ha experimentado en su entorno y en su tiempo. Sólo tenemos una vida, un tiempo, y unas conexiones; por eso, quien quien no lee, sólo sabe de lo que alcanza a ver frente sí. Quien lee, amplía sus registros emocionales, intelectuales y morales gracias a los cuales puede comprender mejor lo que le sucede, prever lo que vivirá si toma unas decisiones equivocadas -o correctas-, aprenderá a darle cause a sus penas y potenciará sus alegrías . El momento eureka, el gozo de la lectura llega una vez que ya se ha leído, difícilmente antes. Por eso, enseñar a leer requiere un maestro que nos siembre la inquietud. Alguien que nos contagie.

Entonces, ¿qué consejo práctico daría a unos padres que quisiera inculcar en sus hijos el hábito de la lectura? En la práctica, asumo que el padre o la madre ya es un lector y conoce, en parte, el texto. Sugiero hacer tres cosas equivalentes a tres momentos distintos. Al entregar el libro, ofrecer una visión general de tema del que trata. Segundo, mientras lee el libro, hacer una pregunta al lector que conectaría el asunto del libro con su vida concreta, una especie de pellizco que diga «¡Hey! ¡En este libro hay un problema que tú también experimentas! ¿Qué harías si te pasara lo mismo?».  Tercero: escuchar, platicar y compartir el eco que el libro produjo en el hijo, en el alumno, en el amigo. Es el momento en que, como dice Lewis, «la experiencia literaria cura la herida de la individualidad sin socavar sus privilegios». Es el momento en que nos convertimos en mil personas sin dejar de ser nosotros mismos.  

Aquí dejo estos párrafos del ensayo de C.S. Lewis «La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental.»
«¿Qué valor tiene leer lo que alguien escribe?» equivale a la pregunta «¿Qué valor tiene escuchar lo que alguien dice?». Salvo que una persona sea capaz de encontrar en sí misma todas las informaciones, las diversiones, los consejos, las críticas y las alegrías que desee, la respuesta es obvia. Y si vale la pena escuchar o leer, entonces también puede valer muchas veces la pena incluso para poder descubrir que algo no la merece. [...]
Aquí reside, si no me equivoco, el valor específico de la buena literatura considerada en su aspecto de logos; nos permite acceder a experiencias distintas de las nuestras. Al igual que éstas no todas esas experiencias valen la pena. Algunas resultan, como suele decirse, más «interesantes» que otras. Desde luego, las causas de ese interés son muy variadas, y son diferentes para cada persona. Algo puede interesarnos porque nos parece típico (decimos: «¡Qué verdadero!»), anormal (decimos: «¡Qué extraño!»), hermoso, terrible, pavoroso, regocijante, patético, cómico o sólo excitante. La literatura nos da la entrée a todas esas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones. La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub—individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.

jueves, 20 de noviembre de 2014

Lewis Carroll: Cuatro ideas para leer con fruto

Charles Dodgson
Charles Dodgson, es más conocido por su seudónimo: Lewis Carroll. Fue matemático, filósofo,  fotógrafo, pero más conocido como el autor de Alicia en el País de las Maravillas. Sus novelas son reconocidas como la apología del sinsentido y la locura. Mucho antes de que conociera a la niña que lo inspiró para escribir «Alicia en el país de las maravillas», Charles Dogson se dedicaba a las matemáticas y a la lógica. Su libro «Lógica Simbólica» se abre con un ensayo introductorio titulado «Cómo Aprender». Ahí nos ofrece cuatro ideas para fomentar el pensamiento crítico y de paso para digerir pasajes oscuros que todo estudiante enfrenta en algún momento de sus estudios (el artículo lo vi en inglés aquí). Dice así:
"1. Comienza por el principio, y no te dejes llevar por el gusto de la curiosidad vana picoteando en el libro de aquí para allá. Esto te llevará a dejar un libro al lado, con la frase "¡Esto es demasiado para mi!", y perderás la oportunidad de agregar un elemento importante a tu stock de placeres mentales. Esta regla -el no picotear- es muy oportuna con otro tipo de libros -como las novelas, por ejemplo donde podrías echar a  perder el gozo de seguir la historia, de modo que cuando el autor quisiera introducir un giro sorpresivo en la narración, para ti será más como una necesidad. Hay quienes tienen por costumbre husmear primero en el volumen tres, sólo para ver cómo termina la historia. Y quizá te convenga saber que la historia termina bien -que los amantes que han sufrido persecución se casan a pesar de todo, que quedó probada la inocencia de él, que al primo desgraciado le falló su complot y recibe el castigo que merece y que el tío rico se fue a la India (Pr: ¿Por qué India? Re: Porque, de alguna manera, los tíos no pueden hacerse ricos en algún otro lugar) muere en el momento preciso-. Todo esto antes de tomarse la molestia de leer el primer volumen.
Algo así, en mi opinión, sólo se permitiría cuando en una novela el volumen tres tiene un sentido propio, incluso para aquellos que no han leído la primera parte de la historia. Pero en un libro científico, es una locura: encontrarás que la segunda parte es desesperadamente ininteligible sin haber comprendido la primera parte. 
2. No inicies un nuevo capítulo o sección, hasta que tengas la certeza que has comprendido suficientemente todo el libro hasta este punto, y que has trabajado, correctamente casi todos, si no es que todos, los ejemplos que han aparecido hasta entonces. Progresarás con facilidad y con gusto sólo si eres consciente que has conquistado toda la tierra que has pisado y que no has dejado sin respuesta las dificultades que han aparecido y que con seguridad aparecerán ante ti. De otra manera, te hallarás en un estado de confusión que empeora mientras avanzas, hasta que renuncias seguir y te acompaña una sensación de disgusto.  
3. Cuando encuentres un pasaje que no comprendas, léelo otra vez: y si todavía no lo entiendes, leerlo una vez más. Si sigues sin comprenderlo tras una tercera lectura, es muy probable que tu cerebro esté un poco cansado. En ese caso, deja a un lado el libro, y haz otra cosa. Al día siguiente, cuando estés fresco, muy probablemente descubrirás que es bastante sencillo.  
4. Si es posible, encuentra a un amigo que lea el libro junto contigo, y habla con él de las dificultades que has encontrado. Conversar es un magnífico suavizador de dificultades. Cuando me encuentro con algo -en lógica o en cualquier materia- que me confunde, me parece importante hablar de ello en voz alta, incluso cuando estoy solo. ¡Uno puede explicarse las cosas con mucha claridad a sí mismo! Y entonces, tu lo sabes, uno se vuelve paciente consigo mismo: ¡nunca se enoja de su propia estupidez!»
Así que estos son cuatro consejos para leer un libro: seguir el orden del argumento, comprender cada "habitación" del argumento, leer una y otra vez, y conversar con amigos. ¿Quién nos ha de introducir y enseñar en una dinámica así? ¿Qué instituciones sociales hemos inventado para hacer algo así de forma natural?... La Universidad nunca será substituida por Google



domingo, 9 de noviembre de 2014

Introducción a «The Collapse. The Accidental Opening of the Berlin Wall».


La noche del 9 de noviembre de 1989, una multitud «empujó», casi literalmente, lo que era un símbolo de la fuerza y el poder de un sistema político. Esa «apertura» ni fue planeada para esa noche por las autoridades, ni fue el resultado de un proyecto oculto de los gringos o de Gorbachev.

Fue un accidente.

En The Collapse, la historiadora Mary Elise Sarotte arma el rompecabezas de las pequeñas decisiones -accidentes y errores- que terminaron en la apertura accidental del muro. 

¿Esos protagonistas sabían que la pequeña pieza colocada con su decisión iba dibujando -como un rompecabezas- un diseño no deseado, ni pensado para ese momento? La sorprendente respuesta es «¡No!». Esta historia no deja de ser irónica: un sistema político, económico y cultural que se justifica como el producto más acabado, necesario y científico  y necesario de la historia, se derrumbó por una serie de eventos inesperados, absurdos e insignificantes. ¿La historia puede dirigirse científicamente? 

O más bien, lo que se cayó fue la máscara de un cadaver. El rey, hacía mucho tiempo que iba desnudo. Ese árbol ya no tenía vida. 

Sarotte no se pregunta -hasta donde he leído del libro- qué le da consistencia a un régimen político para que no se caiga de esa manera. Ni qué hace fuerte a una comunidad. Pero no puedo dejar de pensar en la experiencia de quienes sostienen que quien mueve a la historia es la cultura: la verdad que anida en el corazón, que genera comportamientos solidarios y acciones que elevan el espíritu humano.

Ahora sí. Estos son algunos párrafos de la Introducción del libro de Sarotte:
«Until that evening [Nov 9th], no one expected that the Wall would fall. Instead, well into 1989, escaping East Germany remained a fatal exercise. The last killing by gunshot had occurred in February of that year; the last shooting at the Wall, a near-fatality in broad daylight, had taken place in April; and the last death during an escape attempt on the larger East German border had happened just three weeks earlier. And the border between the two Germanys was, of course, only a part of the larger line of division between the two military blocs in Europe, both armed with thermonuclear weapons. Up to the night of November 9, 1989, as in the preceding years and decades, the East German ruling regime had maintained forceful control over the movement of its people. 
The regime had not, in fact, intended to part with its control on the night of the ninth. The opening of the Wall was not the result of a decision by political leaders in East Berlin, even though a number of them would later claim otherwise, or of an agreement with the government of West Germany in Bonn. The opening was not the result of a plan by the four powers that still held ultimate legal authority in divided Berlin: the United States, the United Kingdom, and France in the West, and the Soviet Union in the East. The opening was not the result of any specific agreement between the former US president, Ronald Reagan, and the Soviet leader, Mikhail Gorbachev. The opening that night was simply not planned. 
Why, then, was it happening? Enormous crowds were surging toward both the eastern and western sides of the Wall. The East German regime struggled to maintain order not only at the Brandenburg Gate but also at the Wall’s border crossings—for there was no crossing at the gate itself—with armed troops, physical barriers, and other means. At some locations, security forces succeeded in regaining control over the crowds, but the people kept coming. Again and again, East Germans told the border officials, in so many words, You should let us pass. Again and again, those same officials—who only weeks if not days before would have turned weapons on them—let them out. Why?” 
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“But when we reexamine the immediate causes of the collapse of the Wall on the basis of firsthand evidence and interviews, the significance of accident and contingency—rather than of planning by political leaders—rapidly becomes apparent. The opening represented a dramatic instance of surprise, a moment when structures both literal and figurative crumbled unexpectedly. A series of accidents, some of them mistakes so minor that they might otherwise have been trivialities, threw off sparks into the supercharged atmosphere of the autumn of 1989 and ignited a dramatic sequence of events that culminated in the unintended opening of the Berlin Wall.” 
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“This evidence not only makes the accidental and contingent nature of the opening of the Wall plain but also reveals that the people who brought about the fall of the Wall on November 9 were, by and large, not internationally known politicians. Rather, they were provincial figures, deputies rather than bosses, and even complete unknowns. Roughly a dozen of them will loom large in the pages to follow: they were individuals such as Katrin Hattenhauer, a teenage rebel thrown into solitary confinement for her political views; Uwe Schwabe, a former soldier turned public enemy number one; Christoph Wonneberger and Hans-Jürgen Sievers, two ministers at Protestant churches in the Saxon region of the GDR, convinced that change had to come and that they could help to usher it in; Roland Jahn, a very well-connected staffer at a West Berlin TV station; Aram Radomski, an East German drifter brutally forced apart from his girlfriend and seeking revenge; his friend Siggi Schefke, dreaming of forbidden travel to the West; Marianne Birthler, a youth counselor in East Berlin; and midlevel loyalists such as Helmut Hackenberg, one of the party’s many second secretaries; Gerhard Lauter, an ambitious young department head in the East German Interior Ministry; Igor Maximychev, the deputy Soviet ambassador in East Berlin; and, finally, Harald Jäger, a second-tier passport control running the night shift at an East Berlin border checkpoint. Most of these people were little known beyond their immediate communities, if even that, but they would all contribute significantly—and at times unintentionally—to the collapse of the Berlin Wall. They would become the catalysts of the collapse.” 
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“By examining how it happened in East Germany in 1989, we can learn how and why dictators’ subordinates choose to disobey orders, and so do not use violence against unarmed protestors even though they have instructions to do so, or how and why oppressed people choose to extend trust to total strangers in crises, and so begin to form large, durable communities of protest. The latter point is particularly important, and surprising. As we will see, dictatorial leaders who had worked together for decades had no trust whatsoever in each other, while dissident leaders in groups riddled with secret police spies exhibited a startling openness to, and confidence in, outsiders willing to help.” 
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“In summary, it is worth spending time looking at the details of how and why the Berlin Wall opened on November 9, 1989, because they add up to larger lessons that matter. That night represented the moment when a peaceful civil resistance movement overcame a dictatorial regime. It is all too seldom that such a peaceful success happens at all, let alone leaves a magnificent collection of evidence and witnesses scattered broadly behind itself for all to see. By looking at this evidence, listening to these witnesses, and learning this story—as it actually unfolded, not as we assume it did—we gain new respect and understanding for people who try to promote peaceful change in the face of dictatorial repression, for the odds that they face, and for the ways in which outsiders can actually help to promote their success instead of merely assuming that they have done so.”