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domingo, 9 de agosto de 2015

El misterioso «Secretum meum mihi» de Edith Stein

Monumento de Edith Stein (Colonia, Alemania)

En la vida de Edith Stein encuentro muchas minas a las que vuelvo con frecuencia para sacar oro: algunas de sus ideas e intuiciones académicas, alimentan mi propia investigación sobre derechos humanos (la empatía y en la experiencia de la dignidad); también descubro que padezco problemas y tensiones de forma similar a la suya; luces y miradas en las que me sostengo gracias a que ella compartió su vida. Aquí va una de ellas. Un amigo de Edith, Edward Metis, 
«tenía algo que lo distinguía de todos los demás compañeros. Era un judío de fe firme y observante de la ley [...] Un día en que íbamos por la calle tenía que resolver un asunto en una casa. Le di rápidamente delante de la puerta mi carpeta para que la sostuviese mientras tanto y entré en el portal. Me di cuenta demasiado tarde que era sábado y en ese día no se puede llevar ninguna carga. Me excusé que mi descuido le había hecho hacer algo prohibido. Él me dijo tranquilamente: "No he hecho nada prohibido. Solamente en la calle está prohibido llevar algo en la mano, pero en casa está permitido". Por eso se había quedado en la entrada y había evitado cuidadosamente no tener puesto un pie en la calle. Ésta era una de las sutilezas talmúdicas que a mí me repelían. Pero no dije nada. Cuando más tarde en Göttingen, comencé con mis preocupaciones religiosas, le pregunté en una ocasión, por carta, cuál era su idea de Dios, si creía en un Dios personal. Él me contestó escuetamente: «Dios es espíritu». Más no se podía decir. Y esto fue para mí como haber recibido una piedra en lugar de un pan.»
Uff. Honestamente no vale la pena perder la vida por un espíritu que está allá a lo lejos. Por mucho espíritu que sea. Ahora, a sortear el elefante que hay en el cuarto. Cualquier tipo de ley -religiosa o civil-, de cualquier nivel -familiar, escolar o de un grupo de amigos-, sólo es coherente con la dignidad de la persona si predispone, prepara y facilita para un encuentro con alguien digno. ¡Que sea real! ¡Que valga la pena! ¡Que sea bello! ¡Que dé sentido! ¡Que transforme!

Si consideramos, además, que vivir implica ir perdiendo la vida, –acercarse a la muerte-, más me vale que aquel sistema ético, o conjunto de creencias o estructura de leyes al que le regalaré mi lealtad, cumpla realmente su promesa y mis expectativas. Sólo vale la pena morir por aquello, si perdemos la vida como modo de afirmar que hemos sido realmente encontrados por alguien.

Como se sabe, Edith Stein murió en Auschwitz tanto por su raza como por su fe católica. Murió por que se dejó transformar; por que se definió a sí misma a partir de ese encuentro. ¿Cómo me doy cuenta que el encuentro ha sido real? ¿Cómo asegurarse -hasta donde sea posible- que ciertos valores, leyes y costumbres realmente nos convierten en personas encontrables, encontradizos, encuentradores, encontrados? Dice Stein:
«¿Pero cuál es verdaderamente el momento en que el hombre experimenta qué es la vida? Es el momento del amor, que se convierte para él, al mismo tiempo, en el momento de la verdad, del descubrimiento de la vida... El descubrimiento de la vida incluye una superación del yo, un despojarse del yo. Ese descubrimiento acontece únicamente donde el hombre es capaz de salir de sí mismo y se deja caer.»
La vida y las ideas de Stein siempre me ponen ante esta disyuntiva: o aquella ley, creencia o estructura de valores éticos fomentan, facilitan y predisponen para un encuentro entre personas o no vale la pena -ni de lejos- dedicarles mi atención. "Tengo solo una vida. No debo echarla a perder". O un encuentro como el que transformó a Edith Stein realmente sucede, o existe esa mirada, o ese ser visto es verdaderamente performativo y eficaz para redimirme de la soledad y de la muerte... o de lo contrario las creencias serán una piedra en lugar de pan. «Tengo una sola vida. No debo echarla a perder alimentándome de piedras».

Cuando preguntaron a Edith por aquello que vio, por lo que la convenció de la realidad del encuentro, contestó: «Secretum meum mihi».  




jueves, 29 de enero de 2015

¿A qué vamos a un campo de concentración?

Foto: Alik Keplicz/AP

Hace dos días se cumplieron 70 años de la liberación de Auschwitz [se pronuncia Aushvihts]. Nadie que haya visitado un sitio así olvida esa experiencia. Escribe Beatriz Martínez de Murguía que caminar por un campo de concentración «te sume en el silencio, te enseña que el mal existe y que de cada uno de nosotros depende que nunca más vuelva a suceder. No con nuestro silencio, no con nuestro consentimiento silencioso.» Entonces, ¿por qué ir a un lugar a pasarla mal y angustiarse?

Yo visité Dachau [Dahau], un campo de concentración cerca de Munich. Honestamente no sabes cómo comportarte. La entrada ya huele a tragedia. La inscripción de la puerta del infierno por la que cruza Dante en «La Divina Comedia» intimida: «Quienes cruzan por aquí, abandonen toda esperanza». En Dachau y Auschwitz la puerta de entrada escondía su amenaza en una frase de esperanza: «El trabajo libera». ¿Es posible imaginar una ironía más tétrica? 

Encantes, ¿a qué vamos cuando visitamos un lugar así? Por que no es un museo en el que se experimenta la belleza. Parece obvio que en un campo de concentración se visiten hornos crematorios y cámaras de gas como recordatorio de que los seres humanos somos capaces de recluir y eliminar a otros seres humanos con crueldad y eficacia. También, yo lo vi en Dachau, se muestran objetos personales de quienes estuvieron encerrados ahí. Recuerdan que es imposible reducir a la persona a número descartable. Victor Frankl, un filósofo sobreviviente a Auschwitz, condensaba esta experiencia cuando escribió: 
«¿Qué es, en realidad, el hombre? Es el ser que siempre decide lo que es. Es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero asimismo es el ser que ha entrado en ellas con paso firme musitando una oración.»
En una visita a un campo de concentración, uno recuerda a personas que a pesar del intento de otros por reducirlos a un animal descartable, se revelaron con la única arma a su disposición y la más eficaz: su dignidad. Si la dignidad, dice Spaeman, no puede ser arrebatada desde fuera, siempre encontramos en la persona la capacidad de tomar postura ante lo que le sucede y arrebatarle la última palabra a la tragedia. Los ejemplos de prisioneros de campos de concentración que nos pueden servir  son numerosos. Personalmente me conmueve la respuesta de una filósofa judía que murió en Auschwitz –Edith Stein-. Antes de ser detenida, se dio cuenta que por su origen judío corría serio peligro de padecer la persecución nazi. Eso la empujó a buscar sentido al dolor y al sufrimiento, a justificar su presencia -encuentro inevitable- en la vida de las personas. Descubrió que aunque todos nos sucederá la muerte, este hecho no puede decidir cómo habremos de enfrentarla. Aunque padeceremos el dolor, a éste se le quita la última palabra cuando se le llena de sentido. No se trata de desear o celebrar la tragedia, sino de superarla ofreciendo una respuesta digna. Edith Stein murió en Auschwitz con la convicción de que sólo «el amor hace fecundo al dolor y el dolor hace profundo al amor (JPII dixit)».

Entonces, ¿a qué vamos de visita a un campo de concentración? Quizá a dos cosas. Por una parte, a ponernos en crisis, a pensar de lo que el hombre es capaz de hacerle a otros y aprender a revelarnos contra ello. Al mismo tiempo, vamos a recordar que incluso en ese abismo aprendemos de quienes no se han dejado atrapar por esa lógica y ofrecen una respuesta digna. Dicho con palabras de Viktor Frankl: «Nos pueden quitar todo excepto una cosa, una última libertad humana, elegir qué actitud adoptamos ante las circunstancias».

jueves, 11 de septiembre de 2014

El nuevo reloj, ¿quién es el dueño? (Pregunta a Julio Cortázar)

En 1962, Julio Cortázar publicó «Historias de Cronopios y Famas». En este compilado de relatos cortos, encontramos una serie de instrucciones sobre muchas cosas: desde cómo llorar, cómo subir una escalera o cómo dar cuerda a un reloj. Ahora que Apple presentó su nuevo reloj, un amigo (@ProfesorDoval) me recordó el «Preámbulo a las Instrucciones para dar Cuerda al Reloj». Es un texto que invita a pensar en el paso del tiempo: quién es el «sujeto del tiempo» y quién es el «sujetado por el tiempo». ¿Quién es el que manda? ¿Yo que soy el dueño del reloj (y de mi tiempo) o el reloj que me exige que lo vea y me someta al tiempo?

En el primer caso, somos nosotros quienes parece que dominamos nuestro tiempo y necesitamos de un reloj para hacer rendir las horas. Tal vez sí. Pero Cortázar recalca cómo un objeto -el reloj-, puede representar una marca, un estilo de vida, una serie de aspiraciones o la pertenencia a una comunidad de personas. En este caso el reloj no sólo da la hora, da estatus, muestra una posición social con la qué compararme con otros: «ya tengo el nuevo reloj». Cuando esto sucede, el sujeto es suplantado por el objeto: ahora es el reloj quien expresa la identidad, quien marca el ritmo y las aspiraciones de la persona. Ahora la persona es el objeto y el reloj el sujeto.

Este riesgo no se vincula sólo a las cosas que poseemos como marcas de identidad. Tiene que ver con algo más radical. Si ponemos atención, en muchas ocasiones nuestra libertad se ve exigida a decidir en un contexto no controlado o decidido por nosotros mismos. Así por ejemplo, la presencia de una persona que nos enamora no fue programada, pero exige de nosotros una respuesta. O en un ejemplo no tan agradable, la presencia de una enfermedad, nos exige que tomemos unas decisiones no planeadas.  Pero si vemos el problema hacia el futuro, nos damos cuenta que no podemos controlar las consecuencias de nuestras decisiones libres. Yo no puedo prever o controlar, por ejemplo, qué consecuencias puede tener en la vida de las personas si doy una buena clase o una clase mediocre.

De tal manera Cortázar pone ante nosotros esta pregunta ¿quién controla a quién? ¿Controlo yo mi tiempo o soy controlado por él? El escritor argentino condensa este problema en sus «Instrucciones para dar cuerda a un reloj» y en su «Preámbulo» de esta manera: cuando o regales un reloj, piensa que en esa persona se vive una tensión entre ser actor o espectador de su propia vida.

Aquí va el «Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al reloj»:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Aquí está leídas por el mismo Cortázar.


viernes, 9 de agosto de 2013

Edith Stein y la verdad: un encuentro que me llama.

El nueve de agosto de 1942, murió Edith Stein en un campo de concentración nazi. En una ocasión escribió una carta a su amigo Roman Ingarden (aquí) donde le compartía sus preguntas -su debate interior- respecto a la corresponsabilidad de la persona en los acontecimientos en que ella misma se ve envuelta. Por un lado es forzada por las circunstancias a tomar postura y actuar libremente (¿no es contradictorio?). Al mismo tiempo, es incapaz de controlar las consecuencias de sus decisiones (¿entonces qué tan libre soy de verdad?): «Emotivamente me encuentro en un conflicto interior insoluble. Me esfuerzo una y otra vez por comprender, pero inútilmente, el papel de los seres humanos en la historia del mundo».
Edith Stein, enfermera, 1915

Si no controlo el contexto en que decido y me veo forzado a decidir, ni tampoco controlo domino las consecuencias de lo decidido, ¿qué sentido tiene la libertad si en definitiva no puedo darle un sentido a la historia de mi vida?  ¿Su «hacia dónde voy»? ¿O mas bien el misterio de la libertad es preguntarse «hacia dónde me llevan»?
«Recientemente me he sumergido en el versículo del Evangelio de Lucas: “El hijo del hombre se va, como está decretado. Pero ¡ay de aquel por quien será entregado!”. ¿Valen [son aplicables] estas palabras para todos? Nosotros causamos los acontecimientos y somos responsables [de ellos]. Sin embargo, no sabemos lo que hacemos ni podemos parar el curso de la historia, aunque lo rechacemos. Ciertamente no es fácil de entender»
Este problema la acercó al problema de la historia y la religión. Tiempo después escribió -sin ser creyente todavía- una carta a su hermana Elsa:
«Es preciso únicamente no encerrarse en el pequeño tramo de vida que puede abarcarse con la propia mirada y, sobre todo, no quedarse en lo que aparece claro en la superficie [...] De todos modos, la vida es demasiado complicada como para que pueda imponérsele un plan de mejora, por sabio que sea, y prescribirle definitiva y claramente cómo deberían ir las cosas. Te das cuenta de que todo esto no va dirigido contra ti. Es más, creo que, en parte, estás de acuerdo conmigo. Solo quería transmitirte la convicción de que el desarrollo –cuyo resultado solo dentro de unos márgenes muy estrechos podemos prever y, en proporciones aún más exiguas, condicionar– es un bien al final de todo»
Parece que al pensar la historia, Edith descubre en ella una presencia no sólo humana, que integra, da sentido y ofrece esperanza al conjunto de escenas dispersas que parecen suceder en la biografía de cada persona. En su carta a Ingarden escribe:
«Además, según mi opinión, la religión y la historia convergen cada vez más, y me parece que los cronistas medievales, que consideraban que la historia del mundo está englobada entre el pecado original y el juicio universal, fueron más sabios que los especialistas actuales, los cuales, basándose en hechos científicamente probados, han perdido el sentido de la historia. Naturalmente, estas aperçus no tienen pretensión alguna de cientificidad»   
Por eso no le extraña, ya en 1918, escribir a su amigo después del shock que produjo en ella la muerte de su amigo Adolf Reinach y la reacción serena de la viuda:
«No sé si de mis afirmaciones precedentes ha podido colegir que estoy acercándome cada vez más a un cristianismo absolutamente positivo. Me ha liberado de una vida deprimente, dándome fuerza para aceptar de nuevo y con gratitud la vida. Por tanto, puedo hablar de un renacimiento en el pleno sentido de la palabra. Pero esta nueva vida está íntimamente ligada a los acontecimientos vividos en este último año, de los que nunca renegaré; los tendré siempre muy presentes [...] No los he catalogado como episodios. Todo lo ocurrido significa para mí mucho más, y ni a mi ni a usted deben crearnos la ilusión de una "felicidad" aparente, que en mi opinión no es real y que incluso me asusta más que atraerme»
De esta forma, contestar en verdad y con verdad preguntas del tipo «¿quién soy yo?, ¿cuál es la historia de mi vida?», o «¿cómo es que escribo mi biografía? ¿Libre? Sin duda, pero ¡¿cómo le doy sentido a mi libertad?!» consiste en comprender cómo es que somos «vistos» en totalidad por Alguien, que nos invita y acompaña a permanecer junto a Él; que nos ofrece una última escena hacia la que nos co-dirige y nos co-dirigimos. El problema de la verdad es sobre todo el problema de la verdad sobre mi mismo y esto sólo se resuelve en la lógica de un encontrarse y una llamada. Y ese encuentro salva, libera y da sentido.

Edith murió porque quiso que su vida pendiera del sutil hilo de ese encuentro, incluso si eso significaba compartir el destino de los de su raza (judía) y la experiencia de los su religión (católica).

La reliquia de Edith Stein que tengo en mi escritorio


miércoles, 21 de noviembre de 2012

Ser fiel a la propia historia: el caso de Frodo y de Stein

Edith Stein, profesora
La angustia de Edith

Algo preocupaba a Edith Stein. En la historia de cada persona, la libertad se descubre «asaltada» por las circunstancias: se ve forzada a tomar decisiones en un contexto no decidido. ¡Qué ironía! Una libertad empujada a decidir. Como Frodo Bolsón. Él no eligió ser sobrino de Bilbo, ni el anillo; tampoco que la paz dependiera de su destrucción... Su biografía le «fuerza» a decidir. 

Al mismo tiempo, sigue argumentando Stein, la libertad tampoco controla o prevé todas las consecuencias de sus decisiones. Uno elige con la esperanza puesta en que nuestras acciones exteriores coincidirán con nuestras intenciones personales. Como Frodo. Espera que Gollum lo guíe, que Sauron se vea traicionado por sus deseos y que Sam lo acompañe. Pero la propia libertad no le alcanza por sí misma para garantizar el fin deseado. Pero aún así, ha de decidir y lanzarse. 

Edith se preguntaba, ¿qué papel juego realmente en el acontecer del mundo y en la historia de mi vida? ¿Como es que los seres humanos, nos vemos forzados continuamente a actuar sin conocer todas las razones, sin poder prever todos los resultados? ¿Por qué entonces cargamos con la responsabilidad de algo que no hemos podido diseñar en su totalidad? Le compartía su inquietud a su amigo Roman Ingarden 
«[N]o sabemos lo que hacemos ni podemos parar el curso de la historia, aunque lo rechacemos. Ciertamente no es fácil de entender [...] Emotivamente me encuentro en un conflicto interior insoluble. Me esfuerzo una y otra vez por comprender, pero inútilmente, el papel de los seres humanos en la historia» 
Este es el nudo ante el que se encuentra Edith: para que la historia de «mi vida» tenga sentido debía de (i) tomar en cuenta lo ya dado del pasado; (ii) el no-control del futuro y de la libertad; debía vincularse a (iii) una escena final que articule hacia ella las escenas individuales y decisiones parciales de la propia vida; y, (iv) un "tipo de historia" con el que se interpreten las escenas (no es lo mismo abrir una puerta en una historia de terror, que en una comedia). 

La angustia de Frodo

Frodo subía las escaleras de Cirith Ungol para entrar a Mordor, una tierra de sombras, "viento, piedra, huesos y muerte". Eran los dominios de Sauron, de los orcos y de «Ella-La-Araña». Mientras descansa junto a Sam, se da cuenta que están «atrapados» en un camino "que nos fue trazado" y en parte también fue decidido... 

Platican sobre la escena en que se encuentran y se comparan con las historias que conocen de héroes. De ahí sacan fuerza. En esas narraciones, los héroes salen a buscar aventuras y sus conquistas merecen contarse, repetirse y celebrarse. No eran aventuras ordinarias -como las suyas-, ni mucho menos impuestas -como lo que viven-. Sam reflexiona: 
«Se diría que los protagonistas se encontraban de pronto en medio de una aventura, y que casi siempre ya tenían los caminos trazados, como dice usted. Supongo que también ellos, como nosotros, tuvieron muchas veces la posibilidad de volverse atrás, sólo que no la aprovecharon. Quizá, pues, si la aprovecharan tampoco lo sabríamos, porque nadie se acordaría de ellos. Porque sólo se habla de los que continuaron hasta el fin... Me gustaría saber en qué clase de historia habremos caído.»
Los Hobbits imaginan el final de la historia en la que ellos están metidos, y si el final que todavía no conocen determinará el tipo narración con la que interpretarán ese momento de crisis. En las historias reales, dice Frodo, "los protagonistas no saben absolutamente nada. Y tu no querrías que lo supieran". Sam continúa:
« -[...] ¿Las grandes historias no terminan nunca? 
-No, nunca terminan como historias -dijo Frodo-. Pero los protagonistas llegan a ellas y se van cuando han cumplido su parte. También la nuestra terminará, tarde... o quizá temprano.
-Y entonces podremos descansar y dormir un poco -dijo Sam. Soltó una risa áspera-. [...] Los planes grandes e importantes no son para los de mi especie. Me pregunto sin embargo si algún día apareceremos en las canciones y en las leyendas. Estamos envueltos en una, por supuesto; pero quiero decir: si la pondrán en palabras para contarla junto al fuego, o para leerla en un libraco con letras rojas y negras, muchos, muchos años después. Y la gente dirá: «-¡Oigamos la historia de Frodo y el Anillo!» Y dirán: «Sí, es una de mis historias favoritas. Frodo era muy valiente ¿no es cierto, papá?» -«Sí, hijo mío, el más famoso de los hobbits, y no es poco decir.»
-Es decir demasiado -respondió Frodo, y se echó a reír, una risa larga y clara que le nacía del corazón. Nunca desde que Sauron ocupara la Tierra Media se había escuchado en aquellos parajes un sonido tan puro. Sam tuvo de pronto la impresión de que todas las piedras escuchaban y que las rocas altas se inclinaban hacia ellos. Pero Frodo no hizo caso; volvió a reírse.
–Ah, Sam si supieras... -dijo-, de algún modo oírte me hace sentir tan contento como si la historia ya estuviese escrita. Pero te has olvidado de uno de los personajes principales: Samsagaz el intrépido. «¡Quiero oír más cosas de Sam, papá! ¿Por qué no ponen más de las cosas que decía en el cuento? Eso es lo que me gusta, me hace reír. Y sin Sam, Frodo no habría llegado ni a la mitad del camino ¿verdad, papá?»
-Vamos, señor Frodo -dijo Sam- no se burle usted. Yo hablaba en serio.
-Yo también -dijo Frodo-, y sigo hablando en serio. Estamos yendo demasiado de prisa. Tú y yo, Sam, nos encontramos todavía atascados en los peores pasajes de la historia, y es demasiado probable que algunos digan, al llegar a este punto: «Cierra el libro, papá, no tenernos ganas de seguir leyendo.»
-Quizá -dijo Sam-, pero no es eso lo que yo diría. Las cosas hechas y terminadas y transformadas en grandes historias son diferentes.[...]» 
En mis "entrevistas conmigo mismo", suelo platicar de lo que puedo aprender cuando se vincula este pasaje de "El Señor de los Anillos", con el problema del sentido de la historia que preocupaba a Edith. Y siempre encuentro «ideas-que-ilusionan» o «entusiasmógenos». 

La salida es... caminar.

Una tratamiento de cuatro pastillas para seguir en movimiento cuando el propio camino se pone difícil:

(i) Una gran historia se escribe con una libertad ávida de lectura: leer qué es lo que ya no controlo de mi pasado pero me trajo aquí; conocer lo que condiciona mi presente y esperar la respuesta con la que el futuro responde a mi reto. Si no «leo» esas páginas, mi libertad caminará con piernas muy cortas. 

(ii) Sam no sabía si viviría o no, un final feliz. Pero está convencido de que forma parte de un gran relato: la historia del Sinmarilion y de Bilbo. Al igual que en nuestra historia personal, nunca estamos solos. El hilo de nuestra historia ya está anudándose junto con otros en una gran historia común. 

(iii) La risa de Frodo, que sorprende hasta las piedras de Mordor, vence la lógica-ilógica del mal que impera en esos parajes. El poder de Sauron no puede impedir la carcajada franca de Frodo, ni su amistad con Sam. ¡El silencio y la esclavitud de Mordor no tienen la última palabra! Hay un principio de redención en los hobbits que llena de sentido a una escena que todavía no tiene garantizado el final. En definitiva, la amistad y la alegría dan sentido temporal a la historia. 

(iv) Ni Frodo ni Sam saben en qué tipo de historia se encuentran por que desconocen su final. Aún así, deciden ser fieles a sus compromisos vitales. Eligieron cumplir la misión y destruir el anillo. Permanecen en esa historia hasta el límite de sus fuerzas, a costa de su vida si hiciera falta. 

Con el paso de las escenas, esa fidelidad «crea» el final y por lo tanto logran construir la última escena que dará sentido al resto de escenas hasta entonces inconexas. Primero son fieles, son "de verdad", "fidedignos" –en inglés se usan expresiones así para referirse a la fidelidad: to be true, faithful- y gracias a ello... ¡hay final feliz! 

Lo vuelvo a escribir: la fidelidad es la que «crea» el final feliz.

Edith, todavía agnóstica, percibió que el cristianismo colocaba todas las historias personales entre una primera escena (la creación por amor) y un final feliz absoluto (la venida definitiva del Redentor). Lo que sucede entre esos dos puntos, son microhistorias de libertad amor, encuentro y redención. El Dios personal de los cristianos acompaña al viajero y lo invita a que confíe tanto en un final lleno de sentido, como en una capacidad de redimir las escenas y decisiones que en apariencia no "encajan".

Esta visión -de final feliz garantizado- es sobre la que Peter Jackson construye este pasaje de su versión de "El Señor de los Anillos". Frodo y Sam sacan fuerza para ser fieles, por que se garantiza el final feliz. Si en Tolkien, la fidelidad es la que genera el final feliz, en Jackson la garantía de un final feliz es la que «crea» fidelidad.



sábado, 6 de octubre de 2012

Por qué escribo un blog: «La #44,074»

He recibido un email de K-Tuin. Me anuncian que por €0.79 puedo comprar una app para medir mis pulsaciones cardiacas... Órale... Información que puedes almacenar en la memoria y ya está. No pasa de ahí. Un paquete más de información que se archiva (o no) dependiendo del interés y de la edad.

Cuento esto porque he estado leyendo con mucho interés una biografía de Edith Stein. Me preguntaba cómo es que una mujer que conscientemente decide abandonar sus creencias judías, podía hacerse cristiana. Mi curiosidad era más de tipo cultural que religioso (¿Se puede separar nítidamente?). ¿Cómo es que alguien puede llegar a afirmar «ésta es la verdad»? ¿Del mismo modo del que decimos «esta app de iphone cuesta €0.79»?

Edith escribió su tesis sobre la fenomenología de la empatía. Se preguntaba cómo explicar el hecho de «ponerse en los pies de otro», por ejemplo, a través de la compasión. Por más que yo lo intente, nunca podré experimentar auténticamente «tu dolor» desde «dentro de ti». A lo mucho sólo puedo sacar de mi experiencia, el dolor que yo he sentido. «Tu dolor» sólo lo comprendo desde «mi dolor». Entonces, ¿puedo conocer, auténticamente hablando, «tu dolor»?

Yo no sabría explicar su respuesta. Lo que sí intuyo a través de Edith Stein, es que conocer la verdad no es como almacenar un paquete de información. Es más parecido a la experiencia estética o al encuentro con una persona: cuando percibo algo, o alguien, eso me llama, o su presencia no me deja indiferente. He sido como envuelto. Tocado. Y en cierto sentido, eso me lastima, me espolea. Entonces salgo de mi porque no puedo quedar indiferente. He de tomar postura y actuar... «Dejarme invitar», ser llamado, tocado, envuelto, «ser-sacado-de-mi». La verdad se experimenta como «ser invitado» y «ser poseído por ella». Como cuando eres consciente de ser visto a los ojos.

Edith Stein murió el día que llegó deportada a Auschwitz, el 9 de agosto de 1942. Le asignaron el número 44,074.

Según he podido saber, un blog se escribe para compartir sucesos e ideas. Ya lo hacía a través de links en «feisbuc». Lo característico del blog es escribir qué es lo que pienso al respecto. No sólo poner información sino valorarla desde mi punto de vista.

Pues ya está. Voy a escribir un blog y lo voy a titular «La #44,074»