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miércoles, 23 de diciembre de 2020

"Con las manos vacías". Un cuento de Navidad

 


«Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos» (Papa Francisco, Homilía, 24-XII-2019)

lunes, 6 de marzo de 2017

A México Santa, le va a traer carbón


Hace unos meses platiqué con Mayte sobre la madurez intelectual. Tal y como aprendí de mi profesor, Jaime Nubiola, la animé a escribir. Esa experiencia le ayudaría a pensar. Ella lo tomó en serio y me mandó este texto para que lo subiera a mi blog como «entrada invitada». Como soy un desastre, retrasé la publicación -escrita al rededor de Navidad- hasta el día de hoy. Mea Culpa! Aquí va. 

Está por terminar el 2016, otro año lleno de “novedades” para México. Los pequeñines ya están haciendo sus cartitas de navidad; y nuestro país, un niño en desarrollo  pide un mayor crecimiento, pero… portándose mal.
Santa Claus se puso a verificar los antecedentes y lamentablemente no encontró nada bueno: 
Podemos decir que cuando revisó sus deberes, se dio cuenta que no cumplió ni los propósitos más esenciales. Parece que nuestro travieso se olvidó del artículo 3º que habla sobre la educación , ya que ni con todas las reformas que planeó, mejoró como se esperaba.
Llegaron los resultados del Human Capital Resort 2016 , en los que se demostró que la calificación de México,  está lejos de ser de los primero lugares; por otro lado se encontró con la prueba PISA … en la que ni si quiera pasa de la media “aceptable”.
Querido Santa, ¿Cómo podemos culpar a este niño si vive rodeado de tan malos ejemplos? ¿Cómo reprocharle que lee únicamente 3.5 libros al año,  si su papi Peña Nieto sólo le puede enseñar la Biblia y su maestro Aurelio Nuño pronuncia “ler” en vez de leer? Pues ni aunque acepten sus errores, o regalen libros, pueden borrar los sucesos tan vergonzosos que le hacen pasar… pero pues bueno, bien se dice por ahí que “a tal palo, tal astilla ”.
Intentando percibir un esfuerzo, el gordito de las barbas blancas interceptó uno de los buscadores más usados por el mundo (Google) con la esperanza de atinar en las redes de México con investigaciones, tareas o reportajes que expusieran un empeño en mejorar sus notas; desgraciadamente se percató de que habían aproximadamente 1’950,000 escritos sobre memes mexicanos en la sección de “Noticias” y una triste cifra de 424,000  hablando de la calidad educativa en el país.
Después de todo esto, ya es casi seguro, que nuestro niño recibirá únicamente carbón para Navidad. 
Lo que nos mantiene en duda es, si este es un berrinche que se convertirá en uno de los motivos por los que el presupuesto en la educación disminuirá un 12% ; que no parece tan alarmante si consideramos la baja del monto para la administración en general, olvidando que siguen existiendo estados como Chihuahua , Veracruz  o Sinaloa  donde los alumnos de secundarias técnicas pierden clases a consecuencia de las manifestaciones de maestros inconformes con falta de pago de su salario… 
México es un niño muy carismático y chistoso, pero tristemente eso no es suficiente para estar en la lista buena. Sigue reprobando en lectura, matemáticas y administración, pareciéndole mucho más trascendentes los memes que la educación… 
Porque claro que es más importante gastar en seguridad pública para los XVS de Ruby  que en comprar libros que está claro: Nadie va a leer. 
No pudo tener más razón cierto científico cuando dijo: No se puede poseer mayor gobierno, ni menor, que el de uno mismo 

Maite Cadena Uruñuela



                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              

jueves, 24 de diciembre de 2015

¿En qué se parece la Navidad a un cumpleaños?



Haber nacido es un regalo. Desde que llegamos al mundo, hasta que fuimos conscientes de vivir en él, recibimos innumerables regalos: unos nos acogieron, otros nos donaron de su tiempo, otros nos educaron, nos dieron de comer, nos vistieron, nos hicieron reír, soportaron nuestro llanto, nos curaron etc. ¿Qué ha hecho un bebé para justificar que le celebremos su primer año? Hasta ese momento sólo ha requerido sacrificio y entrega. ¿Por qué no mejor celebramos su cumpleaños hasta que sea consciente de lo que es una fiesta? Pero hay algo ajeno a la lógica de la utilidad, hay algo en el niño  que se en encuentra en el ámbito del ser regalo. Como la vida. Nos la dan sin merecerla. 

Tal vez por eso, celebrar el cumpleaños se trata en el fondo, de alegrarse por el regalo que otros nos han hecho. El cumpleañero, si ha de ser coherente con lo sucedido el día que nació, debe ser él quien celebre que otros le han regalado, una y otra vez, gran parte de lo que es él ahora. Probablemente convenga hacerse en el propio cumpleaños, las terribles preguntas sobre uno mismo: «¿qué aman de mí los que dicen que me quieren? Si soy lo que soy, en gran medida, por lo que otros me han regalado, ¿qué tanto soy yo un regalo agradable para otros? ¿Qué hay en mí –qué han visto en mí-  que otros organizan su vida, sólo para que yo esté en ella y sea feliz?». Por todo ello, la celebración de un cumpleaños, quizá, debe ser también un regalo que otros nos hacen. 

En el origen cristiano de la navidad se celebra la lógica que está detrás de un cumpleaños. Se trata del regalo de quién nos quiere, con la esperanza de ver nacer en nosotros, de replicar, esa lógica: convertirse en don para otros. Un villancico popular condensa esta intuición. Un niño con su tambor, cae en la cuenta  de que para reglar a un recién nacido, sólo tiene su música. El bebé, a cambio, sólo ofrece unos brazos que lo necesitan, una debilidad para ser protegida, y una sonrisa para iluminar esa entrega. La fiesta de la navidad se trata del encuentro entre estos regalos, de celebrar lo único que tenemos; es alegrarnos por el don recibido, haciendo propia la lógica del regalo y convertirnos en don para otros. ¡Y eso sí que merece una fiesta!

Termino con el mejor discurso de cumpleaños que he visto en la literatura. Es Bilbo Bolsón, en El Señor de los Anillos, quien dice en su fiesta:
–Hoy es mi cumpleaños centésimo decimoprimero: ¡tengo ciento once años! [...] ¡No les distraeré mucho tiempo! [...] Los he reunido a todos [...] para poder decirles lo mucho que los quiero y lo breves que son ciento once años entre hobbits tan maravillosos y admirables. [...] No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes merece.
¡Feliz Navidad! 

jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Por qué deberíamos creer en Santa Claus?




"La Ética en el País de los Elfos" es el título de uno de los capítulos de Ortodoxia de Chesterton. Ahí defiende la importancia de las historias de fantasía y cómo es que una persona madura no puede vivir sin fantasías, utopías, ideales. No por que se moviera entre nubes o en el mundo imaginario, sino por que la vida cotidiana está llena de la magia propia de los cuentos. Por ejemplo, si es fantástico que un príncipe se haya convertido en una bestia por hosco e insolidario, es igual de sorprendente que haya sido rescatado por alguien que le ofreció su confianza y cariño aún cuando no lo merecía. Por eso Chesterton nos recuerda que se puede creer en los cuentos de hadas y en las fantasías, no por que existan más dragones que princesas, sino por que nos introducen y acostumbran a vivir en un mundo que parece regido por esa magia de los cuentos. Por ejemplo, Santa Claus. Si la felicidad va unida a la gratitud, dice el escritor inglés:
«yo me sentía agradecido, aunque difícilmente sabía a quién estarlo. Los niños están agradecidos cuando Santa Claus pone en sus calcetines juguetes y dulces. ¿No podría yo estarle agradecido a Santa Claus cuando él ha puesto en mi calcetín el regalo de dos milagrosas piernas? Le agradecemos a la gente regalos de cumpleaños tales como cigarros y chanclas. ¿Y yo no puedo darle las gracias a nadie por el regalo de cumpleaños de mi nacimiento? (Ortodoxia)»
En otro lugar, desarrolla más esta idea. En su infancia, la costumbre era dejar un calcetín para que Santa Claus la llenara la noche de Navidad con regalos, juguetes, dulces o monedas. Pues bien,
«Lo que me ha pasado ha sido todo lo contrario a lo que parece ser la experiencia de la mayoría de mis amigos. En lugar de aminorarse, Santa Claus ha sido cada vez más importante hasta llenarla casi toda. Sucedió de esta manera. 
Cuando era niño me enfrentaba a un fenómeno que requería una explicación. Al final de mi cama, colgaba un calcetín vacío y en la mañana aparecía lleno. Yo personalmente no había hecho nada para producir esos juguetes. No había fabricado los regalos, ni los había armado, ni ayudado a construirlos. Ni siquiera había sido lo suficientemente bueno para merecerlos. 
Y me explicaron que existía cierto ser al que la gente llamaba Santa Claus, quien me tenía cariño... Creíamos en alguien que bueno y generoso que nos daba juguetes a cambio de nada. Y, como he dicho, sigo creyendo en una persona así. Sólo que he ampliado mi idea de él.  
De niño sólo me preguntaba quién dejaba los juguetes en mis calcetines; ahora me pregunto quién fue quien colocó los calcetines en la cama, la cama en la habitación, la habitación en la casa, la casa en la tierra y quién colocó este gran planeta en el vacío del cielo. 
Cuando era niño sólo daba gracias a Santa Claus por unos muñecos y algunas galletas. Ahora le agradezco las estrellas, los rostros que veo en la calle, el vino y el inmenso mar. De niño me parecía sorprendente y encantador poder encontrar con un regalo tan grande para llenar la mitad del  calcetín. Ahora me pasmo por la mañana, al caer en la cuenta de  un regalo tan grande que necesita dos calcetines para sostenerse, y me divierte que lo haya dejado desnudo de ahí hacia arriba. Hablo del inmenso y ridículo regalo que soy yo mismo. De quien no puedo dar una mejor explicación más que algún Santa Claus me ha dado como regalo, ha hecho de mi un regalo, en un gesto de una peculiar y fantástica buena voluntad».
Hoy es cumpleaños de mi hermana. Si hubiera alguien que no creyera en Santa Claus, tendríamos que inventarlo sólo para agradecerle dejó en casa a mi Teresita.


Aquí está el texto completo de Chesterton:

My experience of Santa Claus

G. K. Chesterton

At the close of G.K.C.'s centenary year we publish this essay by courtesy of his literary executor, Dorothy Collins.

The near approach of Christmas (which the eternal idealism of mankind has expressed in the proverbial phrase which describes it as "Coming") makes it particularly appropriate that I should deal with the existence and peculiarities of Santa Claus. But this is even more necessary because he is the one example of a matter of unimpeachable commonsense. Sceptics may throw doubt upon the existence of pixies or brownies; ingenious doubts may be raised even against dragons. By dint of a little paradox and superficial sparkle people may make what looks like a plausible case against the existence of hippogriffs. Of mermaids, I confess that I have had doubts myself in early youth, and though I am sure about giants with three heads, yet this assurance is of the nature of a dim and delicate spiritual intuition. But about Santa Claus, at any rate, I am on perfectly solid ground. My conviction of his existence and beneficence began faintly in early childhood, and has continuously increased ever since.

It is the fashion with an enormous number of modern people to maintain, or rather to take for granted, that as the world has progressed it has come to believe less and less in spirits and more and more in materials. And in the same way it is their custom to maintain, or rather to take for granted, that as we go on in life from infancy to old age we believe less and less in Santa Claus. Both views are false, or at least insufficiently true. The truth is that progress, whether it be the progress of mankind from the cavern to the hotel, or the progress of an individual, as the florid clergyman expressed it, from the "bassinet to the sepulchre," is so motley and complicated a thing that by choosing instances and arguments with reasonable controversial care, one can represent it to have been anything at all. No doubt, one can make a plausible statement that our race has become more and more rationalistic, and less and less mystical; one can quote on its side the disappearance of medicine men, of tests at Oxford and Cambridge, of witch-finding and the Irish Church Establishment and the introduction of books on psychology. But I would by the same method undertake plausibly to maintain that the world has been growing more and more red and less and less green. I could quote the introduction of pillar-boxes, terracotta statuettes, and socialist neckties, and I could quote the disappearance of Fenian societies, country districts, green poplin, and the costume of Robin Hood. In the same way I could make out that young people liked everything that was round, and that old people liked everything that was square, instancing on the one side boys eating buns and babies crying for the moon, and citing on the other the fondness of old gentlemen for cards, books, newspapers, and chess boards. In all these cases clearly our error would have been an insufficient breadth of experience and example. The modern popularity of green absinthe would have upset the first theory; the second would have sadly taken wing after the experiment of bringing a child into the neighbourhood of a square biscuit. In the same way there are scores of examples to upset the theory that a high civilisation has outgrown mysticism, examples which range from the philosophers of India to the palmists of Bond Street; and if an example be required to upset the theory that advancing years destroy our belief in Santa Claus, I beg most modestly to present myself as an exception.

What has happened to me has been the very reverse of what appears to be the experience of most of my friends. Instead of dwindling to a point, Santa Claus has grown larger and larger in my life until he fills almost the whole of it. It happened in this way. As a child I was faced with a phenomenon requiring explanation; I hung up at the end of my bed an empty stocking, which in the morning became a full stocking. I had done nothing to produce the things that filled it. I had not worked for them, or made them or helped to make them. I had not even been good— far from it. And the explanation was that a certain being whom people called Santa Claus was benevolently disposed towards me. Of course, most people who talk about these things get into a state of some mental confusion by attaching tremendous importance to the name of the entity. We called him Santa Claus, because everyone called him

Santa Claus; but the name of a god is a mere human label. His real name may have been Williams. It may have been the Archangel Uriel. What we believed was that a certain benevolent agency did give us those toys for nothing. And, as I say, I believe it still. I have merely extended the idea. Then I only wondered who put the toys in the stocking; now I wonder who put the stock ing by the bed, and the bed in the room, and the room in the house, and the house on the planet, and the great planet in the void. Once I only thanked Santa Claus for a few dolls and crackers, now I thank him for stars and street faces and wine and the great sea. Once I thought it delightful and astonishing to find a present so big that it only went halfway into the stocking. Now I am delighted and astonished every morning to find a present so big that it takes two stockings to hold it, and then leaves a great deal outside; it is the large and preposterous present of myself, as to the origin of which I can afford no suggestion except that Santa Claus gave it to me in a fit of peculiarly fantastic goodwill.

From "Black and White" (1904)

domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Por qué quizá la Navidad ha sucedido realmente?

«Kissing The Face of God», de Morgan Weistling
¿Si pudiéramos inventar la historia de un hombre-dios, cómo sería el personaje? ¿Qué tipo de historia contaríamos? Hércules es un invento de la mitología. Quizá exprese valores humanos, pero su existencia no es real. Hércules, hijo de Zeus y de una reina mortal, en su infancia ya mató dos serpientes enviados por Hera para acabar con él. Y de adulto, le fueron encomendadas doce tareas para redimirse. Todas ellas una muestra fuerza, destreza y valor. ¿Qué más se puede esperar de un hijo de un dios, de un superhéroe? Matar al León de Nemea, despojarle de su piel; matar a la Hidra de Lerna; capturar al toro de Creta, robar las manzanas del jardín de Hespérides, etc.

¿Y qué tipo de historia ha de ser propia para contar una redención? En «Los juegos del hambre», por ejemplo, se diseña un reality show donde para sobrevivir hay que ser valiente y audaz. Sólo hace falta un amigo o una tragedia que nos empuje a continuar. Puestos a inventar, suena bien. Pero Hércules, Thor, o los Juegos del Hambre son creados por imaginación. Quizá una buena alegoría con mensaje ético, pero no historia real. 

El cristianismo anuncia que su héroe nace despojado de cualquier grandeza. Más aún, todo inicia con un niño que debe ser cuidado, al que se le ha de dar calor. Un Dios que está totalmente en nuestras manos, tan es así que ha de huir. La historia que narra la Navidad tampoco se parece a una competencia por sobrevivir. El Dios anunciado por el cristianismo diseñó y desarrolló la historia de una familia. Una esposa que tendrá un hijo. Un esposo preocupado por los suyos. Una prima que visita a su prima mayor que está por parir. Una familia que ha de pagar impuestos, buscarse la vida con el trabajo. Un carpintero que trabaja en un pueblucho para sacar adelante a los suyos.

¡Hey cristianos, ya puestos a inventar hubiera sido mejor elegir a un personaje tipo «Hércules» y una historia de redención más entretenida más parecida a los «Juegos del Hambre»

Sólo si la historia de navidad anuncia un acontecimiento que realmente ha sucedido, no queda de otra sino contar lo que realmente pasó. Sólo si la Navidad ha sido un acontecimiento histórico y real, tiene sentido interpretar la propia vida a la luz de lo que ahí se cuenta.

Si ese acontecimiento fue real, entonces este villancico puede sintetizar ese suceso. Si aquello así pasó, se justifica la sorpresa y ternura con la que se canta lo que ahí se narra. Sólo si es real, entonces el villancico entona la única respuesta que nos afina. La que nos pone a tono con lo anunciado.  

¡Feliz Navidad!

[Abajo está la letra]



Allá en el pesebre, 
su cama no es una cuna,
el niñito Jesús
recostó su dulce cabeza

Las estrellas en el cielo
bajaron su mirada para ver
al niñito Jesús
dormir en la paja. 

El buey ha mugido,
el bebé se despierta,
pero el niñito Jesús,
no llora en absoluto.

Te amo, Señor Jesús, 
mírame desde el cielo, 
quédate en mi cuna, 
hasta mañana, ya es noche. 

Vive cerca de mí, Señor Jesús, 
te pido que te quedes,
unido a mi por siempre, 
ámame, te lo pido.

Bendice a todos, tus amados hijos,
con tus tiernos cuidados,
y llévanos al cielo, 
para vivir ahí junto a ti.
Away in a manger,
no crib for a bed,
The little Lord Jesus
laid down his sweet head.

The stars in the sky
looked down where he lay,
The little Lord Jesus a
sleep in the hay.

The cattle are lowing,
the baby awakes,
But little Lord Jesus
no crying he makes.

I love Thee, Lord Jesus,
look down from the sky
And stay by my cradle
‘til morning is nigh.

Be near me, Lord Jesus,
I ask Thee to stay
Close by me forever,
and love me, I pray.

Bless all the dear children
in thy tender care,
And take us to heaven,
to live with Thee there.

jueves, 18 de diciembre de 2014

La Tregua de Navidad. Se cumplen 100 años.

La primera guerra mundial inició en agosto de 1914. 10 millones de personas morirían en ella. La línea de batalla entre Francia y Alemania se peleó en gran medida desde trincheras. Salir de ellas y exponerse era casi una muerte segura. Cada uno de los generales en conflicto pensaban que la guerra terminaría para navidad. Pero llegó diciembre y no se veía un final cercano. En la navidad de ese año, soldados alemanes e ingleses se encontraron en tierra de nadie, entre trincheras de enemigos,  para felicitarlos por las fiestas y pasar un rato de camaradería.

Podemos imaginar la escena. Soldados cansados con la ilusión e que en algún momento llegara la noticia que la guerra había terminado. Pero el equilibrio de fuerzas hizo claro que no pasarían en su casa. Llegó el invierno. La cercanía de las trincheras hacía posible que los soldados se gritaran entre sí.

En la noche de navidad, los soldados ingleses comenzaron a oír la melodía de villancicos cantados en alemán, cuya letra ellos conocían en inglés. Al principio pensaban que era una broma. Pero después, los británicos vieron velas y árboles de navidad sobre las fronteras alemanas. Esto les animó a unirse a cantar el mismo villancico pero en su idioma. Y ahí comenzó la famosa «Tregua de Navidad». Dos ejércitos en una lucha cantaban Noche de paz, cada uno en su idioma pero simultáneamente. Esa noche se desearon feliz navidad.

A la mañana siguiente, los soldados ingleses vieron acercarse a sus trincheras a un militar alemán, cruzando por tierra de nadie. Llevaba un pequeño árbol de navidad. Combatientes que habían sido prevenidos por la propaganda, que el de enfrente era un enemigo que sólo merecía la muerte. Se pronto vieron salieron de sus trincheras -no sin cierto temor de ser asesinados-, se acercaron y se dieron la mano para desearse feliz navidad. El caqui británico y el gris alemán, pronto quedaron mezclados. Así lo dice un soldado inglés. «Pueden creerlo. Por consentimiento mutuo dejamos de pelear. Fue curioso ver a los odiados enemigos riéndose, hablando y estrechando las manos»

Así lo describió Fran Sumter, un soldado inglés:
«Anoche los alemanes dejaron sus trincheras y comenzaron a gritarnos "Feliz navidad". Nosotros respondimos igual y comenzamos a cantar villancicos para otros. Cesó todo disparo... Entonces algunos de nuestros compañeros, se encontraron caminando con algunos alemanes a mitad del camino para desearse feliz navidad, saludarse y asegurarse que ese día [de navidad] no lucharían».
Cuando amaneció descubrieron cuerpos de soldados de una batalla que había tenido lugar dos semanas antes. Esto describe otro soldado inglés:
«El entierro en fosas comunes fue brutal y horroroso. Yo no ayudé, pero sí me uní a la cermonia de oración. El capellán Adams eligió las oraciones y un intérprete las tradujo al alemán. La primera lectura la hizo un cura inglés, y después le siguió un soldado alemán que estudiaba para ser pastor. Fue extraordinario y algo maravilloso de testificar. Los alemanes se formaron en una línea y los ingleses en otra frente a ellos. Y rezamos juntos. Pienso que nunca veré algo igual»
En tierra de nadie, unos enemigos se dieron la mano, cantaron villancicos y se felicitaron por la navidad. Algunos compartieron regalos y comida. Hubo intercambio no oficial de prisioneros, incluso partidos de fútbol. Se conserva una carta de un doctor, que describió el partido jugado entre algunos elementos del Régimen de Sajonia contra las tropas escocesas, arbitrados por un oficial alemán. Parece que los alemanes ganaron 3-2.

Soldados ingleses y alemanes se tomaron fotos en grupo, se presentaron a sus familias, se cruzaron direcciones postales. Un soldado alemán le pidió a un soldado inglés que pusiera en el correo una carta para su novia en Manchester, algo que después haría. 

Pasó la navidad y volvió la guerra. Terminaría cuatro años después, con 10 millones de muertos.

¿Qué había en estos soldados que no podamos tener nosotros? ¿Qué haría yo si estuviera en una posición similar de tener que decidir entre la guerra y la navidad? Sin duda, la tregua de navidad es una victoria del corazón humano. "Estos actos espontáneos de buena voluntad que directamente contradecían las órdenes del alto mando, y ofrecieron un sugerente y esperanzador -aunque breve- reconocimiento de humanidad compartida."

A todos les deseo una feliz navidad.



martes, 24 de diciembre de 2013

J.P. Sartre sobre la Navidad

He visto en el blog de Montse Doval esta entrada (aquí). Y sin rubor y vergüenza... «copipeist». Es lo que escribió Sartre sobre la Navidad en 1940 en el campo de concentración Stalag 12D. La pintura es de  Morgan Weistling, "Besando el rostro de Dios". Va la cita de Sartre:
Kissing the face of God (aquí)
«No tenéis más que cerrar los ojos para oírme y os diré cómo los veo dentro de mí: la Virgen está pálida, mira al Niño. Y lo que sería necesario pintar en su cara es un ansioso estupor que solamente una vez ha aparecido en un rostro humano; porque el Cristo es su bebé, carne de su carne y fruto de su vientre.
Lo ha llevado en su seno nueve meses, y le dará el pecho, y su leche se convertirá en sangre de Dios. Lo estrecha entre sus brazos y le dice: ¡Pequeñín mío! Pero en otros momentos, se queda como pensativa, y reflexiona: Es Dios, y se siente invadida por una especie de temor religioso ante este Dios mudo, ante este terrible Niño. Todas las madres se sienten en algún momento atraídas así por ese fragmento rebelde de su carne que es su niño, y se sienten como en el exilio ante esta nueva vida, que ha sido hecha con la suya, y que llenan de extraños pensamientos. Pero ningún niño ha sido jamás más cruel y más rápidamente arrancado a su madre, porque él es Dios, y está por encima de todo lo que Ella puede imaginar. Y es una prueba muy dura para una madre sentir vergüenza de sí misma y de su condición humana delante de su hijo.
Hay también otros momentos, rápidos y difíciles, en los que siente, simultáneamente, que el Cristo es su hijo, su pequeño, lo mira y piensa: Este Dios es hijo mío, esta carne divina es mi carne, está hecha de mí, tiene mis ojos, y esa forma de su boca es la forma de la mía, se me parece. Es Dios y se me parece. Y ninguna mujer ha tenido la suerte de tener a su Dios para ella sola: un Dios crío al que se puede coger en brazos y cubrirlo de besos; y que vive, y que da vida. Y es en esos momentos cuando yo pintaría a María, si yo fuera pintor, y trataría de lograr la expresión de audaz ternura y timidez con la que alarga sus dedos para tocar la dulce pequeña piel de este crío-Dios, cuyo pequeño peso cálido siente sobre sus rodillas mientras le sonríe. Esto es todo sobre Jesús y sobre la Virgen María.
¿Y José? A José, yo no lo pintaría. Sólo pondría una sombra en el portal y dos ojos brillantes, porque no sé qué decir de José, y porque José no sabe qué decir de sí mismo. Adora, y es feliz adorando, y se siente un poco como en el exilio. Me parece que sufre sin confesarlo, porque ve cuánto se parece a Dios la mujer a la que ama, y qué cerca está ya de Dios. Porque Dios ha estallado como una bomba en la intimidad de esta familia. José y María están separados para siempre por este incendio de luz. Y me imagino que toda la vida de José no será suficiente para aprender y aceptar. (J.P.Sartre“Barioná, el hijo del trueno”)»