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jueves, 5 de febrero de 2015

En la Constitución (no) está todo

Dicho por un jurista de cepa y cepo: «Cuando me pregunta algún alumno: "¿Qué es una Constitución?"... Pienso en la de México y no dudo en contestar: "La suma de los factores reales de poder..."» #Aigoei

Dicen mis colegas que enseñan Derecho Constitucional que un documento como la Constitución ha de ser la «La suma de los factores reales de poder». -[Queda mejor si se dice en actitud de Moisés bajando con las tablas de la ley]-. La frase es del escritor francés Ferdinand Lassalle quien en 1863 dictó una serie de conferencias sobre lo que habría de considerarse la naturaleza de una Constitución opuesta a un gobierno absolutista. ¿A qué se refiere? ¿Que sólo un poder es legítimo si está en la Constitución? ¿Que el resultado del la lucha por el poder se expresa en la Constitución? ¿Que lo propio del derecho es su sometimiento al poder?

Unos diez años antes de las conferencias de Lasalle, en 1854, se cantó por primera vez el Himno Nacional: una marcha militar que invita al heroísmo y el sacrificio por la patria. En unas estrofas le prometemos a la patria que si un enemigo osara invadirnos, estaríamos dispuestos a exhalar nuestro último aliento defendiendo la patria querida. Nuestra muerte no será inútil: la patria se beneficiará del sacrificio, y el difunto merecerá nuestro recuerdo y si nos va bien un sepulcro de honor.

Si unimos estas dos ideas, no es de extrañar que en nuestra comprensión del derecho y de la vida política, la Constitución aparezca como la síntesis de lo que somos y lo que habremos de ser. La Constitución sería el centro y la fuente del fenómeno jurídico; y al mismo tiempo, la materialización de toda postura política y su núcleo de legitimidad.  

Bajo esta lógica, tampoco es de extrañar que cualquier pretensión de cierta importancia queramos que se refleje en la Constitución. Quizá por eso nos empeñamos tanto en reformarla. En este sentido, algunos juristas sostienen que  una Constitución «que todo el tiempo se está reformando y que contiene una regulación minuciosa y detallada de un sinfín de temas genera más problemas que soluciones». Tal vez no les falte razón: 
"De la Constitución mexicana originalmente escrita y promulgada en 1917 queda muy poco. El 80% de los artículos constitucionales originales han sido modificados un promedio de cinco veces cada uno (Cámara de Diputados, 2013). Es una Constitución que ha sido modificada dos veces más que cualquier otra constitución democrática del mundo (Lorenz, 2008). La Constitución ha sufrido un total de 561 reformas (Cámara de Diputados, 2013). Sólo 27 de los 136 artículos constitucionales han permanecido sin cambios, esto es: sólo el 19% del texto constitucional permanece así, tal como fue concebido. (Viridiana Ríos, «Rarezas Constitucionales», Nexos, 1-Feb-2014)"
Nuestra efervescencia reformadora no se da en el aire: comprendemos la constitución como la fuente de legitimación política y el origen del sistema legal que justificaría ante el mexicano asumir los esfuerzos que implican hacer realidad los valores reconoce en ella. Asumimos que la Constitución justifica la apología del sacrificio a la que invita el Himno Nacional y por eso pensamos que nuestros pretensiones deben incorporarse a la Constitución. Esto es así, además, por que como herederos del modelo ilustrado de comprender el derecho, pensamos que la ley diseña primero el mundo que haremos realidad después. Primero diseñamos la máquina, y después la construimos. De forma análoga, primero diseñamos el México que deseamos y después buscamos transformar la realidad.

No creo que a la Constitución le venga bien calificativos cursis y grandilocuentes; y mucho menos depositar en ella, sin matices ni justificación, el origen de la experiencia jurídica o el único sello de legitimidad para pedir a los ciudadanos un esfuerzo por construir el país que queremos. Al celebrar a la Constitución conmemoramos un símbolo de institucionalidad. Como todo símbolo, es aquello simbolizado -y más específicamente la sociedad y sus aspiraciones- lo que hace realidad esos valores recogidos en la Carta Magna. Sólo por eso vale la pena adecuar la Constitución las veces que haga falta y celebrar la que heredamos de 1917.

jueves, 6 de febrero de 2014

La Constitución: no da para más… ni para menos


Como texto fundamental, la Constitución se supone que es el lugar donde encontramos tres componentes:  (i) Las instituciones y reglas básicas de la vida política (ii) El origen y núcleo de la experiencia jurídica y (iii) Los valores  e identidades de la nación que justifica a los otros dos. ¿No es pedir demasiado para un texto escrito? Un documento que aspira a integrar estos tres aspectos, debe ser lo suficientemente general para alcanzar todo ello y por lo tanto, poco precisa, necesitada de interpretación y actualización, para llevarse a la práctica. 

Paco Calderón, Reforma, 5-Feb-2014
Como síntesis del proyecto político, la Constitución es la capirotada de los poderes efectivos que mediante acuerdos y compromisos, logran que sus planes y programas se conviertan en la legítima hoja de ruta  de sus intereses. Para el político, modificar la Carta Magna es como decir “ya ves cómo mi proyecto sí va en serio y sí representa lo que los mexicanos queremos”. ¿No es  demasiado pensar que la Carta Magna equivale a lo que México es y lo que queremos los Mexicanos?

La Constitución como fuente de la experiencia jurídica ofrece dos tipos de marcos generales. Aquellos que podemos llamar “leyes políticas”, con las que se diseñan instituciones y procesos, se distribuyen competencias y facultades de los organismos públicos, distintas de las “leyes jurídicas”, cuya misión es orientar a los jueces sobre cómo se coordinarán eficazmente las personas entre sí, y cómo medir lo que es justo para cada uno. Pues bien, en la práctica, entre la Constitución y la respuesta concreta que recibe cada parte en un proceso, o el trato que recibe un ciudadano, hay innumerables decisiones que escapan al control de la Carta Magna: principios del derecho internacional, prácticas de tribunales, selección de hechos a tomar en cuenta para ser valorados conforme a la ley, gustos y políticas del jefe en turno, etc. ¿No es demasiado pensar que la Carta Magna contiene en sí toda la experiencia jurídica y todas las respuestas justas?

Si esto es así, ¿es razonable abandonarla, desilusionarse por que se modifica mucho? Pienso que no. Desde el punto de vista político y  a pesar de todas sus fallas e inconsistencias, la Constitución sigue siendo el reflejo de toda legitimidad política en el país. Lo escribió Catherine Andrews en Nexos: La Constitución “Es el acuerdo mínimo en torno al que diferentes partidos y grupos de opinión han discutido hasta el momento el futuro de la democracia mexicana; de modo que abolirlo podría abrir una caja de Pandora cuyo contenido podría ser muy peligroso”. 

Paco Calderón, Reforma, 2-Feb-2014
Y desde el punto de vista jurídico, tras la reforma de 2011 en materia de Derechos Humanos, la Constitución hace más claro los principios que orientarán tanto a los jueces como al poder político: principios que se toman en cuenta y que han resultado ser una nueva fuente para la argumentación jurídica.

No creo que a la Constitución le venga bien esos calificativos cursis y grandilocuentes de ser “el ungüento nacionalista [y] homenaje de mexicanidad”, o asignarle el valor de contener  “el sentido preciso de la historia mexicana”, el claro “trazo imperativo” para los poderes públicos o la única fuente y síntesis de la experiencia jurídica. 

La Carta Magna no da para tanto… pero sí para algo: al menos se usa de referencia de legitimidad y es un espacio para que más o menos se logren hacer evidentes los proyectos políticos; sí contiene orientaciones sobre la experiencia jurídica y al mismo tiempo es un reflejo parcial de lo que aspiramos ser como nación.

Créditos Finales
Dos textos de los que saqué ideas:
-"Cursilería y Constitucionalismo" de Jesús Silva-Herzog (aquí)
-"Historia anticonstitucional de México" de Catherine Andrews (aquí)