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miércoles, 28 de junio de 2017

El mar: gratuidad, intenseísmo y custodia.

Hokusai, 1830
Si el mar, tal y como lo conocemos, representa al último eslabón de un fenómeno físico, queda sin explicar lo sublime que nos hiere cuando nos colocamos ante él. En la playa percibimos que existe algo más que materia. Intuimos un regalo: no tendría por qué ser bello para funcionar, y sin embargo nos cautiva, exige nuestra atención, nos emociona: no pases de largo, ¡deténte! En otras palabras, su solo-estar-ahí deja sin resolver aquello que percibimos como innecesario para funcionar: su grandeza y gratuidad. El mar revela una lógica de magnanimidad y de regalo. 

Por eso, meterse en el mar es algo más que flotar en el agua. Abandonamos la seguridad de tierra firme para introducirnos en esa gratuidad. Nos rebelarnos al mundo de lo controlado.  –«¿Qué haces en el mar?» –«Nada. Nado. Porque sí». Hannah Arendt decía que el nacimiento de un niño detona la mayor cantidad de improbabilidaddes para el mundo: es su mayor milagro. El bebé introduce las miles de opciones que ahora serán viables a través de la libertad del niño. La criatura representa una rebelión contra la dictadura de la necesidad física. De modo que zambullirse en el mar forma parte de esa insurrección. Ahí germina una vocación.

Si aquello llama mi atención, es porque la propia vida sólo se entiende si se ilumina bajo esa luz: ser un don, ser sublime. Ante el mar, o en él, descubrimos el sentido de la propia vida. Hemos sido llamados a imitar la gratuidad y apropiarse de la grandeza, transformar nuestra vida en reflejo de esa lógica de regalo y grandeza. ¡Sólo así vale la pena vivir! ¡Ya no vivimos sólo porque sí; existimos para un «sí»!

Turner, 1840
Si ante el mar encontramos el regalo de su belleza, si en la playa se revela -¡se rebela!- una vocación, entonces la única actitud coherente con el mar es la vehemencia, el intenseísmo. Por el contrario, en un lago se experimenta calma, la paz delimitada por los contornos de su cuenca. O más bien, la tranquilidad de quien vive encadenado. En cambio el mar nos agita: ¡tu vida se llena por un para qué!  El intenseamiento es el fruto natural de comprenderse a sí mismo como alguien que vive para ser un don que respira y una entrega que late en un corazón.

Londres, Guillermo Alfaro (@guilm0), 2017 

De todo esto se sigue que quien va al mar, nada en él y se introduce en su lógica, sale de ahí para llevar al mundo aquello con lo que se supera la lógica de la utilidad y la evolución. Cuando no se atesora esa experiencia de grandeza, gratuidad e intenseísmo, el mundo pierde su fuerza. Es menos humano. Sin alguien que haga memoria de esa experiencia, sin alguien que custodie ese regalo, el mar se acota y reduce al ámbito físico. Se achica en átomos amalgamados por una evolución sin sentido alguno. Y la vida humana también se diluye en la necesidad y la utilidad.

El mundo se juega en el corazón de quienes visitan el mar, despiertan a su gratuidad, exaltan su vigor y custodian su sentido.

Te necesitamos.

sábado, 2 de abril de 2016

Los otros son un regalo... porque son una gran improbabilidad


Generalmente, el encuentro entre dos personas se da de forma natural. Dos amigos presentan a un tercero; el compañero de clase lleva a un amigo, etc. En otras ocasiones, es más sorprendente. Tanto que haya sucedido, como el momento en que ocurrió.

Un caso de la vida real. Persona1. Amiga de toda la vida de mi familia. Viene a vivir a GDL y después de estudiar en la Universidad, y de trabajar un tiempo por aquí, se muda a otra ciudad. Persona2. La conozco en la Universidad, nos hacemos amigos. Termina sus estudios y por trabajo se muda a aquella otra ciudad. Persona1 y Persona2 coinciden en la misma Universidad por más de cuatro años, sin noticia una de otra. Ahora, las dos se conocen por que son vecinas y compañeras de cotorreo.

Aquí la cita de Chesterton:
“[Robinson] Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla solitaria. Y es mejor aún el ejercicio de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o arruinados; y era común decir de muchas de ellos que eran: «Grandes Pudieron Ser». Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle es un: «Grande Pudo No Haber Sido»”.
Lo más sorprendente de todo, es que nos encontramos, todos los días, con personas que son una improbabilidad. Son un regalo inseguro, remoto y absurdo. Tanto su existencia, como nuestro encuentro. Pero están aquí. 

Es buena experiencia rumiar ese asombro. Es fácil: pregunten a un amigo -si son esposos mejor aún-, cómo fue que llegaron al mismo sitio en el que el otro estaba... ¡Había más posibilidades de que no se encontraran, y sin embargo ahí se toparon! ¡Cómo regalo! Como las piezas de un naufragio que se nos arroja a la playa en la que hemos sobrevivido. Para acompañarnos y rescatarnos.

Si quisieran, podrían ver Already tomorrow in Hong Kong. No cambiará la historia del cine, pero cuenta algo de esta gran improbabilidad. Además, tiene el final más inteligente que he visto para las películas de Serendipitynismo.







domingo, 20 de marzo de 2016

«Morir cuerdo y vivir loco»: acabar como Don Quijote



Spoiler.  Así termina El Quijote:  Huyó el loco, sólo para que muriera el cuerdo. Antes de morir, el ciudadano apacible renegó de su vida de caballero andante. El bachiller Sansón Carrasco escribió este epitafio para la tumba del cuerdo Alonso Quijano que dejó su huella siendo Don Quijote:

“Yace aquí el Hidalgo fuerte
que a tanto estremo llegó
de valiente, que se advierte
que la muerte no triunfó
de su vida con su muerte.

Tuvo a todo el mundo en poco;
fue el espantajo y el coco
del mundo, en tal coyuntura,
que acreditó su ventura
morir cuerdo y vivir loco.”

Vivir loco. Decía Borges que a un gentleman sólo le interesan por las causas perdidas. Son las únicas que requieren de su sacrificio. Las otras se defienden solas. Siempre hace falta una pizca de locura para “la defensa de los reinos, el amparo de las doncellas, el socorro de los huérfanos y pupilos, el castigo de los soberbios y el premio de los humildes”. 

Morir cuerdo. Lo más razonable es fallecer donde debemos, junto a quien amamos. Ante la muerte, sólo vale buscar en el corazón a quién amamos y quién nos quiso. Don Quijote estaba loco: pero nunca renegó de su vocación de caballero, nunca olvidó o traicionó a quien le ofrecía sus batallas. Siempre caminó junto a un amigo. Todos los días junto a alguien, siempre entregado a otros.

Quizá de eso se trate El Quijote, e intuyo que de eso se trate la vida. Sólo se muere bien, si se ha vivido bien. Sólo se vive bien, si se deja una huella en el mundo con nuestra audacia. Sólo se puede vivir como locos en compañía de amigos y en nombre de quien amamos con esa locura.

Morir cuerdo y vivir loco.





sábado, 19 de septiembre de 2015

"Yo no me voy a casar"


Escuché al vuelo esta frase cuando veía salir a unos recién casados de una iglesia. Ya son siete días de aquello y la afirmación me sigue rondando la cabeza. Tal vez por que la he oído en varias personas a las que estimo de veras, y –¡qué le voy a hacer!- mis padres me enseñaron a tomarme en serio a quien aprecio. ¿Cuál es verdadero drama interno que revelan? ¿Cómo se devela y se vive ese misterio?

Dos ideas para centrar lo que voy a decir. (1) De ninguna manera pretendo sugerir que la persona que lo dijo, realmente piense que no nació para amar, que no esté enamorada o no haya generado el amor. Nada de eso. Ignoro todo el contexto de lo que está detrás de esa frase. (2) Lo que me interesa es sólo  explorar caminos para no impacientarse por el amor. Dije el amor no matrimoniarse. No voy a defender que deban terminar casados. No.

Lo que me interesa es pensar en voz alta, cómo navegar entre dos extremos de quien, en ocasiones, tienen difícil aquello del amor: desesperarse o encerrarse. No es una entrada contra la soltería a favor del matrimonio. Es sobre cómo embarcarse en la lógica del amor, cuando la experiencia personal nos empuja a desesperarse por la falta de correspondencia o a encerrarse en un caparazón. Cómo no desesperar, si a veces es difícil encontrar quién realmente me introduzca en esta experiencia que describe Heidegger:
«¿Por qué el amor es tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga tan dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga ese deseo. Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio [Carta de Heidegger a Arendt, 21.II.1925]».
He buscado armar una respuesta. Hasta ahora, sólo encuentro piezas sueltas. Por lo que aquí no encontrarán la solución definitiva del problema. Recomiendo primero ver los subtítulos y leer el que llame la atención. No existe un hilo conductor. Ahí van:

Casi siempre es gradual, no de golpe 

Por lo que he visto, al amor no siempre se entra de golpe. A veces sólo lo percibimos cuando ya estamos metidos en él. Difícilmente se llega de pronto (Jane Austen pensaba algo así), y es poco probable que nazca con una intensidad que lo haga fácilmente reconocible. No esperes –en un principio- algo así (aquí completo):

Es amor fuerza tan fuerte
que fuerza toda razón;
una fuerza de tal suerte,
que todo seso convierte
en su fuerza y afición;
una porfia forzosa
que no se puede vencer,
cuya fuerza porfiosa
hacemos más poderosa
queriéndonos defender
(Jorge Manrique, 1476)


¿Sino o Destino? (Paciencia 1)

Organicemos un concurso sobre cómo se conocieron nuestros padres, donde gane el matrimonio cuyos esposos partían de más improbabilidades para conocerse, los que de entrada eran los menos probables de encontrarse o los que más estuvieron a punto de no toparse. Mi abuelo sirio, conoció a mi abuela libanesa, en Villahermosa. Ahí nació mi madre, que conoció a mi papá –nació en Celaya- en la Ciudad de México. Yo nací en Culiacán, vivo en Guadalajara... Es mucho más probable no habernos conocido, que lo contrario. El encuentro con otros es una gran improbabilidad. Así lo describe Chesterton:
“Robinson Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla solitaria.
Y es mejor aún el ejercicio de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o arruinados; y era común decir de muchos de ellos que eran: «Grandes Pudieron Ser». Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle es un: «Grande Pudo No Haber Sido» (Ortodoxia, Cap. 4. La ética en el país de los Elfos)”.
Quizá sea un buen ejercicio, preguntar a los amigos cómo fue que llegaron al lugar en el que nos conocimos. Muy probablemente nos sorprenderemos que ellos son para nosotros un regalo que por nada pudimos haber perdido. ¿Qué pasaría si nos acostumbramos a atesorar esa improbabilidad que al final sí funcionó?



La tierra es de quien la trabaja 

Aunque coincidir con alguien es más improbable que su contrario, y a pesar que todo encuentro es regalo –conocernos es un don-... hay que quemarse, moverse, empeñarse, poner de nuestra parte. Al menos se puede entrenar el corazón para cuando coincidan. Siempre es posible dejarse afectar por el otro y sus necesidades. Difícilmente el empático echa a perder un encuentro. Coincidir, sí que es un regalo, por que es una gran improbabilidad. Es un regalo -no controlado- que preparamos, descubrimos y aprovechamos por entrenamiento -que sí controlamos-. Paperman nos lo cuenta así:


Roma no se hizo en un día.

Algún dato pueden ofrecer el modo en que cuidamos y fomentamos las relaciones familiares y personales... Quizá ayude tomar en cuenta que ni siquiera Pepé Le Pew es imbatible. «El verdadero amor nunca fluye con facilidad», escribió Shakespeare. Estos días me encontré con este texto de Stefan Zweig en su biografía sobre Erasmo de Rotterdam. Es una reflexión sobre el valor de las utopías: incluso si los hechos -y los expertos en la vida real- se empeñan en desestimar nuestro idealismo. La idea de Zweig es esta: Erasmo fracasó en su Utopía, pero su ideal ha fertilizado los anhelos de otros quienes se han tomado en serio su responsabilidad en el mundo real. Han respirado y sudado el ideal que Erasmo no vio hecho realidad Erasmo.

Con el amor pasa algo similar. Aunque efectivamente una persona nunca se case, el ideal de dar la vida por otro, –el ejercicio por entrenarse con amigos y familiares, quizá- terminará fertilizando el corazón de otros. Basta que se intente, una y otra vez, entregar la existencia por el amor a quien ya está a nuestro lado. Como Gaudí. Nunca se casó, ni vio terminar su gran sueño de una basílica como La Sagrada Familia. Pero el amor que él puso a ese proyecto, ha movido a muchas personas a seguir con la edificación del templo, y removido a miles de visitantes a su obra. 


La cuarta pared (Ampliar la mirada)


En teatro, la cuarta pared es el muro imaginario que se levanta entre el escenario y el público. La obscuridad de la gradería y la luz del escenario, ocultan a los espectadores en la penumbra. Desde ahí, estos ven los esfuerzos de los personajes y participan de su vida; pero para los actores, su público permanece oculto. ¿Habrá alguien que contemple nuestra vida como en un escenario, a quien percibimos en la penumbra, pero no vemos con claridad? ¿Y si ve conmovido nuestros esfuerzos?

Una filósofa me recordaba el argumento de Ivan Karamazov. Si no me equivoco se aplicaría así a nuestro problema: pensar que Alguien es testigo de ese esfuerzo por amar, que lo redime y fructifica, puede ser edificante y sólo por eso, imaginarlo vale la pena. La creencia habría cumplido su misión, si en ella se encuentra estímulo y consuelo. Tal vez tenga razón, pero sólo hasta cierto punto. Por más consuelo que encontremos en imaginar al Espectador observándonos detrás de la cuarta pared, si no existe realmente, poco aliento  ofrecería. Más aún, cuando nos dejamos la vida en algo, más nos vale que aquello en lo que creemos sea real. Honestamente no vale la pena dar la vida por que Galadriel premie nuestros esfuerzos.  Sinceramente consuela poco pensar que Aragorn, hijo de Arathorn, suba al escenario para pelear a favor nuestro. O existe realmente un Espectador tras la cuarta pared, o el efecto medicinal de pensar en él sería un engaño.

Pues bien, Mark St. Germain escribió una obra de teatro titulada Freud's Last Session, donde recrea una conversación imaginaria entre C.S. Lewis –creyente- y Sigmund Freud –ateo- sobre Dios, su existencia, su presencia,  la cuarta pared que nos separa de Él. Hacia el final, los dos reconocen que no resolverán el misterio, y que al mismo tiempo, no intentar vislumbrar al Espectador, es disparatado. Freud se despide contando la historia de un ateo que al saberse cercano a la muerte, manda llamar a un Pastor para hablar de Dios. El ateo muere sin cambiar de idea, el Pastor sale de la casa con la seguridad de haber convertido a su interlocutor. Freud no duda que el ateo murió sin creer en Dios, pero admite que no puede garantizar lo ocurrido en la conciencia de un hombre que cruza la cuarta pared. No puede descartar la posibilidad de creer en Dios en el momento final. Despide a Lewis, se sienta junto al radio y escucha las últimas palabras del discurso del Rey Jorge (sí, el de la película):
«Pueden haber días oscuros en nuestro futuro y quizá la guerra no pueda limitarse al campo de batalla. Pero solo podemos hacer lo correcto, como veamos lo correcto, y con mucha reverencia encargar nuestra causa a Dios. Si todos y cada uno de nosotros nos mantenemos fieles, listos para cualquier servicio o sacrificio que se nos pida, entonces con la ayuda de Dios prevaleceremos. Que Dios nos bendiga a todos.» (Freud suspira)
Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo. [Como si tratara de percibir si existe o no el Espectador].
No existe un seguro contra todo. Nadie puede controlar que sus gestos de amor sean los acertados, ni asegurar que lo decidido obtendrá el fruto esperado. Nadie tiene asegurado que le saldrá bien el amor, o que sabrá experimentarlo como se debe. Pero tampoco de lo contrario. Nadie puede asomarse al corazón de quien recibe nuestro afecto. Sólo por que quizá fructifique, vale la pena lanzar al semilla.

¿Y qué pasaría si nos sabemos actores ante un Espectador al que no le es indiferente lo que nos ocurre y a nuestros empeños? El cristianismo asegura que después de la muerte de Cristo en la cruz, la verdad de que Dios ama al hombre está demostrada y garantizada. «¿Pero cómo verlo yo, aquí, ahora, cuando parece que mis esfuerzos por el amor no rinden frutos?»... Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo.

Al final del día, lo que sucede detrás de un "Yo no me voy a casar", queda en el misterio de la persona que lo experimenta y en el Espectador que lo contempla. Ese drama siempre será indescifrable para mi que sólo oí la frase dicha al vuelo.


La idea de la cuarta pared, se la oí a Esteban López Escobar en una conferencia sobre la teatralidad de la vida. Él utilizó la obra de teatro de Mark St. Germain.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Gradual o Intempestivo? Dos formas de enamorarse en «Orgullo y Prejuicio»

Lizzy y Mr. Darcy en Pemberley. «Pride and Prejudice» (BBC ,1995).

En «Pride and Prejudice» compiten dos formas de enamorarse. La primera es el amor a primera vista personificado por Jane y Bingley. Se presenta de golpe, parece más un asunto de suerte que de esfuerzo: los astros se alinearon, llega por sorpresa, tira del caballo. La segunda, necesita conquistarse, sucede de forma paulatina y dolorosa. A los personajes se les llama a superar sus prejuicios originales a pesar de un justificado recelo. Lo representan Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy.

Ya en el Blog he publicado sobre la importancia que Jane Austen -la autora de «Pride and Prejudice»- le da a la lectura y a la contemplación en el proceso de maduración personal. También algo sobre  encuentro, el ser-visto. En el caso de Lizzy y Darcy, este proceso –encontrarse, esforzarse y caer en la cuenta- necesariamente es un proceso gradual que abre el espacio a la profundidad. Sin duda los personajes experimentan su momento de «caer en la cuenta». Pero para entonces ya es tarde... han caído.

Elizabeth visita Pemberley –la casa de Darcy- de paseo con sus tíos los Gardiner. Para entonces, Lizzy ya ha discutido con Darcy, ha leído y madurado la carta con la que éste explica sus motivos para separar a su hermana Jane del amor de su vida. Ya se ha esforzado por conocer a Darcy y conocerse a ella misma. En esta escena, Elizabeth se encuentra por primera vez con Darcy después de haber leído la carta. Primero se tropieza con sus posesiones, una forma indirecta de encontrarse con el dueño [las citas en español están abajo]:
«Elizabeth's mind was too full for conversation, but she saw and admired every remarkable spot and point of view. They gradually ascended for half a mile, and then found themselves at the top of a considerable eminence, where the wood ceased, and the eye was instantly caught by Pemberley House, situated on the opposite side of a valley, into which the road, with some abruptness, wound. It was a large, handsome, stone building, standing well on rising ground, and backed by a ridge of high woody hills; -- and in front, a stream of some natural importance was swelled into greater, but without any artificial appearance. Its banks were neither formal, nor falsely adorned. Elizabeth was delighted. She had never seen a place for which nature had done more, or where natural beauty had been so little counteracted by an awkward taste. They were all of them warm in their admiration; and at that moment she felt that to be mistress of Pemberley might be something! [Chapter I of Volume III (Chap. 43)]»
El segundo encuentro de ese día se da a través de un retrato hablado, una descripción del carácter y del temperamento que de Darcy traza una de sus sirvientas. Después, se encontrará con un retrato pintado. Finalmente, durante una caminata por el lugar, con él mismo. Para entonces, los dos han sufrido un proceso de transformación. Una ascención paulatina que se construye con dos elementos: el esfuerzo propio y  la conciencia de la aparición del otro como un don. Para esto último los personajes son honestos y valientes como para preguntarse y reconocer quienes son en realidad: «¿quién es ella para mí? ¿quién soy yo para ella? ¿qué significo yo para ella?». Sólo después de ese esfuerzo de maduración a través del tiempo, se reconoce que uno ya está perdido en medio de aquello. Austen describe este proceso tanto en Lizzy como en Darcy como algo gradual. Esta conversación sucede después de  haberse dicho que sí:
-«We will not quarrel for the greater share of blame annexed to that evening,» said Elizabeth. «The conduct of neither, if strictly examined, will be irreproachable; but since then, we have both, I hope, improved in civility.»
-«I cannot be so easily reconciled to myself. The recollection of what I then said, of my conduct, my manners, my expressions during the whole of it, is now, and has been many months, inexpressibly painful to me. Your reproof, so well applied, I shall never forget: "had you behaved in a more gentleman-like manner." Those were your words. You know not, you can scarcely conceive, how they have tortured me; -- though it was some time, I confess, before I was reasonable enough to allow their justice.»
-«I was certainly very far from expecting them to make so strong an impression. I had not the smallest idea of their being ever felt in such a way.»
-«I can easily believe it. You thought me then devoid of every proper feeling, I am sure you did. The turn of your countenance I shall never forget, as you said that I could not have addressed you in any possible way that would induce you to accept me.»
-«Oh! do not repeat what I then said. These recollections will not do at all. I assure you that I have long been most heartily ashamed of it.»
Darcy mentioned his letter. «Did it, said he, did it soon make you think better of me? Did you, on reading it, give any credit to its contents?»
She explained what its effect on her had been, and how gradually all her former prejudices had been removed.
-«I knew, said he, that what I wrote must give you pain, but it was necessary. I hope you have destroyed the letter. There was one part especially, the opening of it, which I should dread your having the power of reading again. I can remember some expressions which might justly make you hate me.» [Chapter XVI of Volume III (Chap. 58)]
El argumento se repite, una vez más, cuando Lizzy explica a su hermana Jane y a su padre cómo se ha enamorado de Darcy:
-«My dearest sister, now be serious. I want to talk very seriously. Let me know every thing that I am to know, without delay. Will you tell me how long you have loved him?»
-«It has been coming on so gradually, that I hardly know when it began. But I believe I must date it from my first seeing his beautiful grounds at Pemberley.» [Vista a la que llegó físicamente por una ascensión gradual]
[...] 
Her father was walking about the room, looking grave and anxious. «Lizzy, said he, what are you doing? Are you out of your senses, to be accepting this man? Have not you always hated him?» 
How earnestly did she then wish that her former opinions had been more reasonable, her expressions more moderate! It would have spared her from explanations and professions which it was exceedingly awkward to give; but they were now necessary, and she assured him, with some confusion, of her attachment to Mr. Darcy.
-«Or, in other words, you are determined to have him. He is rich, to be sure, and you may have more fine clothes and fine carriages than Jane. But will they make you happy?»
-«Have you any other objection, said Elizabeth, than your belief of my indifference?»
-«None at all. We all know him to be a proud, unpleasant sort of man; but this would be nothing if you really liked him.»
-«I do, I do like him,» she replied, with tears in her eyes, «I love him. Indeed he has no improper pride. He is perfectly amiable. You do not know what he really is; then pray do not pain me by speaking of him in such terms.
-«Lizzy, said her father, I have given him my consent. He is the kind of man, indeed, to whom I should never dare refuse any thing, which he condescended to ask. I now give it to you, if you are resolved on having him. But let me advise you to think better of it. I know your disposition, Lizzy. I know that you could be neither happy nor respectable, unless you truly esteemed your husband; unless you looked up to him as a superior. Your lively talents would place you in the greatest danger in an unequal marriage. You could scarcely escape discredit and misery. My child, let me not have the grief of seeing you unable to respect your partner in life. You know not what you are about.»
Elizabeth, still more affected, was earnest and solemn in her reply; and at length, by repeated assurances that Mr. Darcy was really the object of her choice, by explaining the gradual change which her estimation of him had undergone, relating her absolute certainty that his affection was not the work of a day, but had stood the test of many months suspense, and enumerating with energy all his good qualities, she did conquer her father's incredulity, and reconcile him to the match. [Chapter XVII of Volume III (Chap. 59)]
Darcy también experimentó algo similar respecto a Elizabeth:
Elizabeth's spirits soon rising to playfulness again, she wanted Mr. Darcy to account for his having ever fallen in love with her. «How could you begin?» said she. «I can comprehend your going on charmingly, when you had once made a beginning; but what could set you off in the first place? I cannot fix on the hour, or the spot, or the look, or the words, which laid the foundation. It is too long ago. I was in the middle before I knew that I had begun.»
-«My beauty you had early withstood, and as for my manners -- my behaviour to you was at least always bordering on the uncivil, and I never spoke to you without rather wishing to give you pain than not. Now be sincere; did you admire me for my impertinence?»
-«For the liveliness of your mind, I did.»
-«You may as well call it impertinence at once. It was very little less. The fact is, that you were sick of civility, of deference, of officious attention. You were disgusted with the women who were always speaking, and looking, and thinking for your approbation alone. I roused, and interested you, because I was so unlike them. Had you not been really amiable, you would have hated me for it; but in spite of the pains you took to disguise yourself, your feelings were always noble and just; and in your heart, you thoroughly despised the persons who so assiduously courted you. There -- I have saved you the trouble of accounting for it; and really, all things considered, I begin to think it perfectly reasonable. To be sure, you knew no actual good of me -- but nobody thinks of that when they fall in love.» [Chapter XVIII of Volume III (Chap. 60)]
¿Cuál es la moraleja de todo esto? La lección de todo esto, quizá sea esta pregunta: ¿De qué forma experimentaré el amor que dará sentido a la propia vida? ¿De golpe y a la primera? Honestamente, algo así sucede en muy pocos casos. Por lo general, el esfuerzo y la maduración son requisitos para caer en la cuenta de que se está metido en ello.

Lo más probable es que debas pagar el precio.

-o-

Chapter I of Volume III (Chap. 43)
“La mente de Elizabeth estaba demasiado ocupada para poder conversar; pero observaba y admiraba todos los parajes notables y todas las vistas. Durante media milla subieron gradualmente una cuesta que les condujo a una loma considerable donde el bosque se interrumpía y desde donde vieron en seguida la casa de Pemberley, situada al otro lado del valle por el cual se deslizaba un camino algo abrupto. Era un edificio de piedra, amplio y hermoso, bien emplazado en un altozano que se destacaba delante de una cadena de elevadas colinas cubiertas de bosque, y tenía enfrente un arroyo bastante caudaloso que corría cada vez más potente, completamente natural y salvaje. Sus orillas no eran regulares ni estaban falsamente adornadas con obras de jardinería. Elizabeth se quedó maravillada. Jamás había visto un lugar más favorecido por la naturaleza o donde la belleza natural estuviese menos deteriorada por el mal gusto. Todos estaban llenos de admiración, y Elizabeth comprendió entonces lo que podría significar ser la señora de Pemberley.”


Chapter XVI of Volume III (Chap. 58)
“―No vamos a discutir quién estuvo peor aquella tarde ―dijo Elizabeth―. Bien mirado, los dos tuvimos nuestras culpas. Pero me parece que los dos hemos ganado en cortesía desde entonces.
―Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo con tanta facilidad. El recuerdo de lo que dije e hice en aquella ocasión es y será por mucho tiempo muy doloroso para mí. No puedo olvidar su frase tan acertada: «Si se hubiese portado usted más caballerosamente.» Éstas fueron sus palabras. No sabe, no puede imaginarse cuánto me han torturado, aunque confieso que tardé en ser lo bastante razonable para reconocer la verdad que encerraban.
―Crea usted que yo estaba lejos de suponer que pudieran causarle tan mala impresión. No tenía la menor idea de que le afligirían de ese modo.
―No lo dudo. Entonces me suponía usted desprovisto de todo sentimiento elevado, estoy seguro. Nunca olvidaré tampoco su expresión al decirme que de cualquier modo que me hubiese dirigido a usted, no me habría aceptado.
―No repita todas mis palabras de aquel día. Hemos de borrar ese recuerdo. Le juro que hace tiempo que estoy sinceramente avergonzada de aquello.
Darcy le habló de su carta:
“―¿Le hizo a usted rectificar su opinión sobre mí? ¿Dio crédito a su contenido?
Ella le explicó el efecto que le había producido y cómo habían ido desapareciendo gradualmente sus anteriores prejuicios.
―Ya sabía ―prosiguió Darcy― que lo que le escribí tenía que apenarla, pero era necesario. Supongo que habrá destruido la carta. Había una parte, especialmente al empezar, que no querría que volviese usted a leer. Me acuerdo de ciertas expresiones que podrían hacer que me odiase.”



Chapter XVII of Volume III (Chap. 59)
―Hermana, querida, no estás hablando en serio. Dime una cosa que necesito saber al momento: ¿desde cuándo le quieres?
―Ese amor me ha ido viniendo tan gradualmente que apenas sé cuándo empezó; pero creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley.
Jane volvió a pedirle formalidad y Elizabeth habló entonces solemnemente afirmando que adoraba a Darcy. Jane quedó convencida y se dio enteramente por satisfecha.
[...]
―Elizabeth ―le dijo―, ¿qué vas a hacer? ¿Estás en tu sano juicio al aceptar a ese hombre? ¿No habíamos quedado en que le odiabas?
¡Cuánto sintió Elizabeth que su primer concepto de Darcy hubiera sido tan injusto y sus expresiones tan inmoderadas! Así se habría ahorrado ciertas explicaciones y confesiones que le daban muchísima vergüenza, pero que no había más remedio que hacer. Bastante confundida, Elizabeth aseguró a su padre que amaba a Darcy profundamente.
―En otras palabras, que estás decidida a casarte con él. Es rico, eso sí; podrás tener mejores trajes y mejores coches que Jane. Pero ¿te hará feliz todo eso?
―¿Tu única objeción es que crees que no le amo?
―Ni más ni menos. Todos sabemos que es un hombre orgulloso y desagradable; pero esto no tiene nada que ver si a ti te gusta.
―Pues sí, me gusta ―replicó Elizabeth con lágrimas en los ojos―; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
―Elizabeth ―añadió su padre―, le he dado mi consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverías a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mi consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Lizzy. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondría en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. Difícilmente podrías salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.
Elizabeth, más conmovida aun que su padre, le respondió con vehemencia y solemnidad; y al fin logró vencer la incredulidad de su padre reiterándole la sinceridad de su amor por Darcy, exponiéndole el cambio gradual que se había producido en sus sentimientos por él, afirmándole que el afecto de él no era cosa de un día, sino que había resistido la prueba de muchos meses, y enumerando enérgicamente todas sus buenas cualidades. Hasta el punto que el señor Bennet aprobó ya sin reservas la boda.
―Bueno, querida ―le dijo cuando ella terminó de hablar―, no tengo más que decirte. Siendo así, es digno de ti. Lizzy mía, no te habría entregado a otro que valiese menos.


Chapter XVIII of Volume III (Chap. 60)
Elizabeth no tardó en recobrar su alegría, y quiso que Darcy le contara cómo se había enamorado de ella:
―¿Cómo empezó todo? ―le dijo―. Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?
―No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.
―Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?
―Por tu vigor y por tu inteligencia.
―Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto de cortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero a pesar del trabajo que te tomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles y justos, y desde el fondo de tu corazón despreciabas por completo a las personas que tan asiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, al fin y al cabo, empiezo a creer que es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora.