Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia. Mostrar todas las entradas

jueves, 6 de agosto de 2015

La bomba que no acabó a Bun Hashizume


La CBBC publicó un video con este testimonio de Bun Hashizume, quien sobrevivió a la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Hoy se cumplen 70 años. Este es su recuerdo que he traducido como narración "desde fuera" para decirlo en el radio. 

Bun Hashizume tenía 14 años y vivía en Hiroshima (Japón). Sobre un árbol contemplaba el mar y soñaba junto a sus amigos como cualquier joven: ¿Qué seremos de grandes? ¿Qué tiene preparado el destino para nosotros? -"¡Escritor!" dijo uno de sus amigos. -"Y yo poeta", respondió Bun

La mañana en que cayó la bomba, recuerda Hashizume, fue como cualquier otro día. Bun se despidió de su madre y fue a trabajar a la oficina de comunicaciones del ejército japonés. La mayoría de los jóvenes peleaban en los campos de batalla y las chicas como Hashizume dejaron la escuela para colaborar con responsabilidades administrativas.

En algún momento de la mañana, se levantó a ver la ciudad desde la ventana del tercer piso cuando vio un resplandor intenso. Pensó que el sol se había desplomado frente a sus ojos. En un instante vio que la luz parecía ahora un arcoiris misterioso y terrible. Fue el momento en que la bomba explotó.

Bun recuerda que quizá perdió el conocimiento. Cuando despertó ya no estaba junto a la ventana. Se había golpeado la cabeza, pero aún así pudo levantarse y salir del edificio. Una mujer le ayudó a ir al hospital. La ciudad estaba en ruinas. Completamente destruida: ya no había edificios de pie, ni niños corriendo en las calles, ni palomas adornando en el cielo. Sólo personas que deambulaban aturdidas, cubiertas de cenizas.

Al día siguiente despertó sin saber la hora. Extrañaba a su madre. Se puso de pie como pudo y caminó a su casa. El fuego todavía ardía en Hiroshima. Cuando se acercó al sitio donde estuvo su casa, vio a lo lejos a tres personas que se acercaban: "¡Eres tu!". Era de su madre. Con ella estaba su hermana y su tía. Su hermano, acababa de morir. Todo parecía un sueño. Era incapaz de entender lo que había sucedido.

Seis años después, Bun dejó Hiroshima. Por años fue incapaz de articular y explicar lo que había sucedido. Fue cuando puso por obra su ilusión de ser poeta y compartir lo que había vivido. La radiación producida por la bomba le produjo enfermedades toda su vida: dolores de cabeza, cansancio crónico. Bun se casó, pudo tener tres hijos y ya tiene cuatro nietos. 
"Hablo con ellos todo lo que puedo -concluye Hashizume-. A pesar de todo no guardo rencor a quienes lanzaron la bomba. Puedo decir que he sido capaz de ver lo increíble que pueden llegar a ser los seres humanos incluso después de haber perdido todo. Sin embargo, no puedo olvidar el hecho que fueron otros seres humanos quienes dejaron caer una bomba atómica sobre otros seres humanos"
-o-
Este es el video. Vale la pena verlo.




lunes, 20 de julio de 2015

Ken Burns sobre el arte de contar historias: 1+1=3


Ken Burns es un director de cine apasionado por contar la historia... relatando historias. Le he visto un documental sobre la Guerra Civil Norteamericana (aquí el capítulo 1) y otro sobre la historia del beisbol . Ha dirigido también una serie sobre el Jazz, los Roosevelts, sobre parques. En la revista The Atlantic presentó un cortometraje sobre el arte de descubrir, armar y contar historias sobre la historia. ¿Por qué despertar a los muertos? ¿Por qué recordar a los que han vivido?

Para Burns, una buena manera de contar historias sobre la historia es mostrar el contraste que descubre en todos los personajes de carne y hueso, héroes imitables con fallas reprensibles. Algo así nunca deja indiferente y pide de nosotros que repensemos nuestras convicciones y lealtades. Esa es la finalidad de conocer historias. 

¿Por qué? Sólo cuando sabemos que con nuestra vida contamos una historia somos capaces de  tomar decisiones coherentes y con sentido. La pregunta «¿qué historia estoy contando con mi vida?» nos permite resolver otra no menos simple ˜¿qué comportamiento digno debo hacer en este momento?»Generalmente los males provienen de las indefiniciones, del “no es asunto mío”, del esa historia no es mía. Saber historia -más aún, conocer nuestra propia historia, la de nuestra familia o nuestra patria- nos facilita ser conscientes de nuestra responsabilidad. Quizá no lo planteamos así. Tal vez sólo decimos: «A mi madre me enseñó, en nombre de la memoria de mi padre, hago esto por que deseo dejar a mis hijos un mejor futuro». Esas motivaciones son motivaciones históricas. Es imposible empeñarse en una vida que vale la pena y desconocer la historia de la que formamos parte. Sin esa historia, mis esfuerzos diarios carecen de sentido. Saber historia nos afina la mirada para descubrir el valor de nuestra propia historia.

Al final de la película Burns me sorprendió con un giro argumentativo inesperado. Para él es importante aprender a descubrir y contar historias, por que con ese ejercicio nos preparamos para terminar nuestra propia historia. Si nos habituamos a narrar buenas historias, nos acostumbramos a  la inevitable exigencia de salir del escenario. Podemos experimentar que dejar la historia no es una condena, sino responder a una llamada. Y eso es saludable.

Deseamos conocer historias para aprender a contar la nuestra. Descubrimos que los histografiados dejaron la escena, para caer en la cuenta que nosotros también bajaremos del estrado... Conocer la historia y aprender a contarla es parte de nuestra búsqueda por comprender que nosotros no viviremos para siempre. La historia, dice Burns, pone ante nuestros ojos el momento en que dejaremos el escenario. Y eso es bueno. 

Aquí está el video y abajo la transcripción. El último párrafo vale mucho la pena.


You know the common story is one plus one equals two, we get it. But all stories are really, the real genuine stories, are about one and one equaling three. That’s what I’m interested in.

We live in a rational world where absolutely we’re certain that one and one equals two, and it does. But the things that matter most to us, some people call it love, some people call it God, some people call it reason, is that other thing where the whole is greater than the some of its parts, and that’s the three. 
Oh great story, they are everywhere. There are millions of them! Abraham Lincoln wins the Civil War and then he decides he’s got enough time to go to the theater. That’s a good story. When Thomas Jefferson said we hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, he owned a hundred human beings and never saw the hypocrisy, never saw the contradiction, and more important, never saw fit in his lifetime to free any one of them. That’s a good story. You know the stories that I like to tell are always interesting because the good guys have really serious flaws and the villains are very compelling. My interest is always in complicating things.

Jean Luc Goddard said cinema is truth 24 times a second. Maybe. It’s lying 24 times a second too, all the time, all story is manipulation. Is there acceptable manipulation? You bet. People say oh boy, I was so moved to tears in your film. That’s a good thing? That was, I manipulated that. That’s part of storytelling. I didn’t do it dis-genuinely, I did it sincerely, I am moved by that too, that’s manipulation. Truth is we hope a byproduct of the best of our stories and yet there are many, many different kinds of truths and an emotional truth is something that you have to build.

I made a film on baseball once and it seemed to me that there was a dilemma for the racist of what to do about Jackie Robinson. If you were a Brooklyn Dodger fan and you were a racist, what do you do when he arrives? You can quit baseball all together, you can change teams, or you can change. And I think that the kind of narrative that I subscribe trusts in the possibility that people could change. I hope it’s a positive version of manipulation, but I do think that we do coalesce around stories that seem transcendent.

I don’t know why I tell stories about history I mean there’s kind of classic dime-store Ken Burns wolf-at-the door things, my mother had cancer all of my life, she died when I was 11, there wasn’t a moment from when I was aware, two-and-a-half, three, that there was something dreadfully wrong in my life. It might be that what I’m engaged in, in a historical pursuit is a thin layer perhaps thickly disguised waking of the dead, that I try to make Abraham Lincoln and Jackie Robinson and Louis Armstrong come alive and it maybe very obvious and very close to home who I’m actually trying to wake up. We have to keep the wolf from the door, you know, we tell stories to continue ourselves. We all think an exception is going to be made in our case and we’re going to live forever, and being a human is actually arriving at the understanding that that’s not going to be, story is there to just remind us that it’s just okay.

viernes, 6 de febrero de 2015

La historia coloca a todos en su sitio: John Adams y los Jesuitas


Aunque a veces se tarde o lo haga de forma inesperada, la historia «coloca» a todos en su sitio. 

John Adams -el segundo presidente de Estados Unidos- en una carta a Jefferson (4-XII-1816)  escribió sobre los jesuitas:
«This society [Jesuits] has been a greater calamity to mankind than the French Revolution, or Napoleon's despotism or ideology. It has obstructed the progress of reformation and the improvement of the human mind in society much longer and more fatally»
Unos meses antes, en mayo del mismo año, también a Jefferson, con motivo de la restauración de la Compañía de Jesús se expresaba con el mismo «cariño»:
«My history of the Jesuits is not eloquently written, but it is supported by unquestionable authorities, [and] is very particular and very horrible. Their restoration [en 1814 por el Papa Pío VII] is indeed a step toward darkness, cruelty, despotism, [and] death. [...] I do not like the reappearance of the Jesuits.... Shall we not have regular swarms of them here, in as many disguises as only a king of the gipsies can assume, dressed as printers, publishers, writers and schoolmasters? If ever there was a body of men who merited damnation on earth and in Hell, it is this society of Loyola’s. Nevertheless, we are compelled by our system of religious toleration to offer them an asylum.» 
Pues bien, ayer se hizo pública la visita del Papa Francisco al Capitolio. Un Jesuita hablará, en sesión conjunta, a las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos. Por primera vez en la historia. 

¿Y John Adams? ¡Salud!


Dedicado a mi amigo Gerardo Castillo

domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Por qué quizá la Navidad ha sucedido realmente?

«Kissing The Face of God», de Morgan Weistling
¿Si pudiéramos inventar la historia de un hombre-dios, cómo sería el personaje? ¿Qué tipo de historia contaríamos? Hércules es un invento de la mitología. Quizá exprese valores humanos, pero su existencia no es real. Hércules, hijo de Zeus y de una reina mortal, en su infancia ya mató dos serpientes enviados por Hera para acabar con él. Y de adulto, le fueron encomendadas doce tareas para redimirse. Todas ellas una muestra fuerza, destreza y valor. ¿Qué más se puede esperar de un hijo de un dios, de un superhéroe? Matar al León de Nemea, despojarle de su piel; matar a la Hidra de Lerna; capturar al toro de Creta, robar las manzanas del jardín de Hespérides, etc.

¿Y qué tipo de historia ha de ser propia para contar una redención? En «Los juegos del hambre», por ejemplo, se diseña un reality show donde para sobrevivir hay que ser valiente y audaz. Sólo hace falta un amigo o una tragedia que nos empuje a continuar. Puestos a inventar, suena bien. Pero Hércules, Thor, o los Juegos del Hambre son creados por imaginación. Quizá una buena alegoría con mensaje ético, pero no historia real. 

El cristianismo anuncia que su héroe nace despojado de cualquier grandeza. Más aún, todo inicia con un niño que debe ser cuidado, al que se le ha de dar calor. Un Dios que está totalmente en nuestras manos, tan es así que ha de huir. La historia que narra la Navidad tampoco se parece a una competencia por sobrevivir. El Dios anunciado por el cristianismo diseñó y desarrolló la historia de una familia. Una esposa que tendrá un hijo. Un esposo preocupado por los suyos. Una prima que visita a su prima mayor que está por parir. Una familia que ha de pagar impuestos, buscarse la vida con el trabajo. Un carpintero que trabaja en un pueblucho para sacar adelante a los suyos.

¡Hey cristianos, ya puestos a inventar hubiera sido mejor elegir a un personaje tipo «Hércules» y una historia de redención más entretenida más parecida a los «Juegos del Hambre»

Sólo si la historia de navidad anuncia un acontecimiento que realmente ha sucedido, no queda de otra sino contar lo que realmente pasó. Sólo si la Navidad ha sido un acontecimiento histórico y real, tiene sentido interpretar la propia vida a la luz de lo que ahí se cuenta.

Si ese acontecimiento fue real, entonces este villancico puede sintetizar ese suceso. Si aquello así pasó, se justifica la sorpresa y ternura con la que se canta lo que ahí se narra. Sólo si es real, entonces el villancico entona la única respuesta que nos afina. La que nos pone a tono con lo anunciado.  

¡Feliz Navidad!

[Abajo está la letra]



Allá en el pesebre, 
su cama no es una cuna,
el niñito Jesús
recostó su dulce cabeza

Las estrellas en el cielo
bajaron su mirada para ver
al niñito Jesús
dormir en la paja. 

El buey ha mugido,
el bebé se despierta,
pero el niñito Jesús,
no llora en absoluto.

Te amo, Señor Jesús, 
mírame desde el cielo, 
quédate en mi cuna, 
hasta mañana, ya es noche. 

Vive cerca de mí, Señor Jesús, 
te pido que te quedes,
unido a mi por siempre, 
ámame, te lo pido.

Bendice a todos, tus amados hijos,
con tus tiernos cuidados,
y llévanos al cielo, 
para vivir ahí junto a ti.
Away in a manger,
no crib for a bed,
The little Lord Jesus
laid down his sweet head.

The stars in the sky
looked down where he lay,
The little Lord Jesus a
sleep in the hay.

The cattle are lowing,
the baby awakes,
But little Lord Jesus
no crying he makes.

I love Thee, Lord Jesus,
look down from the sky
And stay by my cradle
‘til morning is nigh.

Be near me, Lord Jesus,
I ask Thee to stay
Close by me forever,
and love me, I pray.

Bless all the dear children
in thy tender care,
And take us to heaven,
to live with Thee there.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Independencia y Reinos Desaparecidos (v.2)


Estos días de fiestas de Independencia han coincidido con dos noticias cuyo contraste nos ofrece una idea de lo que significa celebrar la vida de un Estado. Hoy se llevó a cabo el referéndum escocés donde se decidía si se convertían en Estado independiente o se mantienen como una nación más del Reino Unido (abajo un video). La crisis en Siria e Irak, pone de manifiesto que las fronteras artificiales dibujadas por Francia e Inglaterra en 1916, han dejado de funcionar. Líbano sostiene su frontera con Siria de forma precaria (aquí un artículo sobre el tema) y los movimientos independentista en Europa parecen renacer. No olvidemos que en Europa, por ejemplo, en los últimos 30 años han desaparecido Alemania Oriental, la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia.

Nosotros quizá celebramos la Independencia como la fiesta en la que ganaron los buenos sólo por que debían ganar los buenos. Tal vez vemos nuestra historia como la narración de quienes triunfan gracias a  un proyecto claro, definido y único: la mejor opción. Estos días he tenido presente el argumento que el historiador británico, Norman Davies recoge en su libro «Reinos Desaparecidos» (aquí en español). Su hipótesis es la siguiente: algunos historiadores -y en ocasiones nosotros- suelen centrar sus estudios a partir de sí ha funcionado, dando por supuesto que algo por «estar ahí», lo hace por que «debía ser así», e inconscientemente suponen deberá «seguir ahí». En otras palabras, si algo llegó hasta nosotros es posible seguir el hilo de aquello que sí ha funcionado como si fuera el único dato histórico disponible o relevante. Davies recuerda que el hilo hacia el pasado de lo que sí ha funcionado –o mejor dicho de lo que ha llegado hasta nosotros- se ha tensado junto con otros proyectos que se han intentado y no han funcionado (como la Ucrania de los Cárpatos que apenas existió un día); o con otros que funcionaron algún momento  pero ha dejado de existir (Como Bizancio, que duró 1120 años). 

El libro nos  recuerda que los Estados modernos (México es uno de ellos) no han estado prefigurados en la Historia, ni son el fruto de la necesidad histórica de que ganen los buenos ni el fruto necesario de la opción política más racional. Y la historia de México -como cualquier Estado- no es diferente: también ha sido trazada desde proyectos alternativos que también forman parte de lo que originó un país como el nuestro.  Estas fiestas nos invitan a echar un ojo por un lado a aquellos proyectos que fueron eficaces, a  las ideas que «por poco y no salen» pero aquí están, a los esfuerzos recompensados y a los golpes de suerte. Y sin duda también son una buena oportunidad de revisar la mediocridad de algunas personas, a las oportunidades no aprovechadas de otros, a las salidas en falso, etc. Por que todas ellas forman parte de nuestra historia.

El libro también nos ofrece otra lección: “Tarde o temprano, todos los Estados acaban desplomándose”, pues son construcciones humanas, es decir, provisionales y limitadas. Esta conclusión es un buen antídoto contra visiones sacralizadas del pasado nacional. También es un recordatorio de la responsabilidad de cada generación por la tradición y la cultura heredada. Nadie nos va a ahorrar el esfuerzo por reflexionar  los principios, proyectos y valores que recibimos como valiosos. Después nos toca buscar , una y otra vez, cómo organizar justamente la vida de «mí» comunidad presente.

Dice Davies en uno de los párrafos finales del libro: 
«el éxito en la constitución de un Estado es, de hecho, una rara bendición. Requiere prosperidad y vigor, buena suerte, vecinos benévolos y cierto rumbo que le ayude a medrar y a alcanzar la madurez. Todas las entidades políticas famosas de la historia han pasado por este examen de infancia, y muchas han vivido hasta edades avanzadas. Las que fallaron la prueba han expirado sin dejar huella. En la narración histórica de los órganos políticos, como en la condición humana en general, esta ha sido la forma en que ha funcionado el mundo desde tiempos inmemoriales» (p. 848).
-o-

"Syria's Geographic Challenge" (video)

"Scottish referendum explained for non-Brits" (video)




jueves, 11 de septiembre de 2014

El nuevo reloj, ¿quién es el dueño? (Pregunta a Julio Cortázar)

En 1962, Julio Cortázar publicó «Historias de Cronopios y Famas». En este compilado de relatos cortos, encontramos una serie de instrucciones sobre muchas cosas: desde cómo llorar, cómo subir una escalera o cómo dar cuerda a un reloj. Ahora que Apple presentó su nuevo reloj, un amigo (@ProfesorDoval) me recordó el «Preámbulo a las Instrucciones para dar Cuerda al Reloj». Es un texto que invita a pensar en el paso del tiempo: quién es el «sujeto del tiempo» y quién es el «sujetado por el tiempo». ¿Quién es el que manda? ¿Yo que soy el dueño del reloj (y de mi tiempo) o el reloj que me exige que lo vea y me someta al tiempo?

En el primer caso, somos nosotros quienes parece que dominamos nuestro tiempo y necesitamos de un reloj para hacer rendir las horas. Tal vez sí. Pero Cortázar recalca cómo un objeto -el reloj-, puede representar una marca, un estilo de vida, una serie de aspiraciones o la pertenencia a una comunidad de personas. En este caso el reloj no sólo da la hora, da estatus, muestra una posición social con la qué compararme con otros: «ya tengo el nuevo reloj». Cuando esto sucede, el sujeto es suplantado por el objeto: ahora es el reloj quien expresa la identidad, quien marca el ritmo y las aspiraciones de la persona. Ahora la persona es el objeto y el reloj el sujeto.

Este riesgo no se vincula sólo a las cosas que poseemos como marcas de identidad. Tiene que ver con algo más radical. Si ponemos atención, en muchas ocasiones nuestra libertad se ve exigida a decidir en un contexto no controlado o decidido por nosotros mismos. Así por ejemplo, la presencia de una persona que nos enamora no fue programada, pero exige de nosotros una respuesta. O en un ejemplo no tan agradable, la presencia de una enfermedad, nos exige que tomemos unas decisiones no planeadas.  Pero si vemos el problema hacia el futuro, nos damos cuenta que no podemos controlar las consecuencias de nuestras decisiones libres. Yo no puedo prever o controlar, por ejemplo, qué consecuencias puede tener en la vida de las personas si doy una buena clase o una clase mediocre.

De tal manera Cortázar pone ante nosotros esta pregunta ¿quién controla a quién? ¿Controlo yo mi tiempo o soy controlado por él? El escritor argentino condensa este problema en sus «Instrucciones para dar cuerda a un reloj» y en su «Preámbulo» de esta manera: cuando o regales un reloj, piensa que en esa persona se vive una tensión entre ser actor o espectador de su propia vida.

Aquí va el «Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al reloj»:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Aquí está leídas por el mismo Cortázar.


viernes, 9 de mayo de 2014

¿Qué es«virtud»? MacIntyre sobre Jane Austen

El 9 de mayo de 1814, hace 200 años, se anunció la publicación de «Mansfield Park». Fanny Price, la segunda de nueve hermanos, fue enviada a vivir a la casa de su tía, Mansfield Park, a los 10 años. Intuitiva e inteligente. A diferencia de Elizabeth Bennet (la heroína de «Pride and Prejudice»), Fanny es tímida. También se distingue de Elinor Dashwood (la heroína «Sense and Sensibility»), Fanny no es tan guapa. A diferencia de Emma Woodhouse (la heroína de «Emma»), no tiene dinero. Fanny es insignificante en el lugar donde vive, Mansfield Park. No tiene nada, sólo la rectitud de su juicio para responder a la pregunta «¿cómo he de comportarme dignamente a pesar de las consecuencias?». Y porque sólo tiene su «buen juicio» o «buen carácter» algunos críticos la califican como la más desabrida de los personajes de Jane Austen. Como si Jane Austen la hubiera escondido en el mundo de personajes moralmente atrofiados, para ser la única que se da cuenta de lo que ahí sucede. «Pero a pesar de que Fanny es insípida, que no es lo mismo que mojigata o pedante, siempre está en lo correcto en el sentido de que para ella, y sólo ella se da cuenta, que el mundo de Mansfield Park siempre aparece tal y como, en la visión de Jane Austen, es en realidad», dice de ella C.S. Lewis (aquí)

Fanny Price representa con mayor nitidez lo que para Jane Austen es la persona virtuosa y Mansfield Park el contexto donde éstas son comprensibles y practicables por que forman parte de la tradición gracias a la cual se aprenden y se viven. Es una síntesis del argumento de Alasdair MacIntyre sobre lo que significa la virtud.

1. El argumento de «After Virtue»


En su famoso libro, «After Virtue», MacIntyre explica que en una cultura como la nuestra, los desacuerdos en materia ética son irresolubles, porque los protagonistas de posiciones rivales invocan posiciones morales inconmensurables. ¿Por qué es así? Hemos heredado de la Ilustración un vocabulario moral en cuyo origen formaba parte de un argumento coherente, pero al menos desde el XVII ha perdido su significado y su relación con otros conceptos. De forma tal, que utilizamos palabras elegantes y sonoras como «dignidad», «libertad», «derechos humanos» con la intención de que su objetividad resuelve la justificación de nuestras conclusiones. En el fondo, para la Ilustración, esas palabras no tienen un contenido justificable fuera del sujeto que las sostiene. ¿Por qué «yo» habría de estar vinculado a «tu» concepto de dignidad? El argumento moral ilustrado está atrapado en esos conceptos vacíos, sostenidos en la formalidad lógica, en el deseo de que cualquier agente racional deba aceptar esas conclusiones necesarias.

Una de las palabras que se heredó del mundo antiguo y medieval, pero perdió su significado originario fue el de «virtud». El filósofo escocés propone que para recuperar su carácter esencial a la ética y su conexión con el razonamiento moral, se ha de recuperar tanto lo que él llama «práctica», como los «bienes internos a esas práctica».
«Por «práctica» entenderemos cualquier forma coherente y compleja de actividad humana cooperativa, establecida socialmente, mediante la cual se realizan los bienes inherentes a la misma mientras se intenta lograr los modelos de excelencia que le son apropiados a esa forma de actividad y la definen parcialmente, con el resultado de que la capacidad humana de lograr la excelencia y los conceptos humanos de los fines y bienes que conlleva se extienden sistemáticamente.» 
Un futbolista puede jugar ese deporte por que busca fama, dinero, reconocimiento o premios. Entre estos bienes y la práctica del fútbol, no existe una conexión interna necesaria: se puede conseguir fama, dinero o premios con otras prácticas distintas al fútbol. Sólo quien practica el fútbol y es hábil hasta cierto nivel, es capaz de identificar los bienes de ese deporte, justificarlos racionalmente, quererlos eficazmente y gozarlos establemente. 

La excelencia en el fútbol sólo se logra si se siguen las prácticas que se protegen y promueven con las reglas y leyes de ese deporte. Éstas últimas sólo tienen sentido, y pueden justificarse, en función de las prácticas que se han de realizar. A su vez, las prácticas, tienen sentido y se justifican en función de los bienes internos. Tenemos pues, que las leyes, reglas y principios que sigue un aprendiz, lo introducen en unas prácticas tal y como las vive una tradición: el novato del deporte requiere de una comunidad de personas que ya es hábil y experimentado en las practicas y en los bienes internos, gracias a la cual puede ser introducido en ellos. Esa comunidad y esas prácticas comparten una historia, una herencia, una tradición gracias a la cual las hacen inteligibles, enseñables y aprendibles.

Es como en Karate Kid. Sólo hasta que Daniel San repitió la práctica del karate, –enseñado por un maestro, obligado por unas leyes, vinculado por unas reglas, orientado por unos principios- logro la experiencia que le permitió reflexionar y comprender los bienes internos de esa práctica; y por lo tanto comportarse con excelencia respecto a los bienes internos de esa práctica. De esta manera, los «bienes internos» son tales de una «práctica» por dos motivos: primero porque se concretan, expresan y realizan gracias a esa práctica; y segundo, porque «sólo pueden identificarse y reconocerse participando en la práctica en cuestión». Quien haya experimentado esa práctica, quien no la ha aprendido de otros, es incapaz de razonar y comprender ese bien. 

Así las cosas, para MacIntyre, la 
«virtud es una cualidad humana adquirida, cuya posesión y ejercicio tiende a hacernos capaces de lograr aquellos bienes que son internos a las prácticas y cuya carencia nos impide efectivamente el lograr cualquiera de tales bienes. (...) Por tanto, no es accidental que cada práctica tenga su propia historia, constituida por algo más que el mero progreso de las habilidades técnicas pertinentes. En relación con las virtudes, esta dimensión histórica es fundamental.»
Desde Homero hasta la Edad Media europea, puede seguirse un argumento sobre la virtud tanto como práctica como tradición gracias a las cuales podía comprenderse y florecer la vida humana y una comunidad. 

2. Jane Austen al rescate.

Para esta forma de razonar es necesario partir de cuatro presupuestos: (i) la «persona-tal-cual-es» (men-as-he-happens-to-be),  (ii) la «persona-como-sería-si-realiza-su-telos» y (iii) la razón práctica y sus leyes que miden la acción por las que se pasa de (i) a (ii), y (iv) una tradición que contenga la cultura y leyes que fomenten esas prácticas. Es un razonamiento que depende del telos, se argumenta a partir de una tradición que me educa en esas prácticas y se vive en el contexto de una comunidad dirigida al florecimiento de un bien compartido.

A partir de los siglos XVII y XVIII, ese esquema de razonar éticamente perdió sus componentes (ii) y (iv), modificó profundamente el compete (i) y (iii) y se olvidó por completo del (iv). La Ilustración, sólo ofrece como justificación de la ética un conjunto reglas lógicas para maquillar de racionalidad pretensiones subjetivas lógicas (Kant) o sentimentales (Hume). ¿Cómo superar el emotivismo en nuestro razonamiento ético? ¿Cómo ver que el argumento moral Ilustrado es el choque de trenes de pretensiones subjetivas cubiertos con la máscara de objetividad? ¿Cómo explicar la virtud de forma racionalmente coherente sin reducirla a mandatos lógicos -imperativos categóricos- o sólo sentimientos morales? ¿Cómo navegar entre demasiadas concepciones rivales y alternativas de virtudes y de la vida buena?

Es este contexto, en el rescate del concepto clásico occidental de virtud,   donde MacIntyre manda llamar a Jane Austen. Se sirve tanto de su lista de virtudes (las  «practicas» y los «bienes a los que estas apuntan»), como de la «tradición» o «contexto» donde estas tienen sentido. MacIntyre reconoce en Austen a una heredera del concepto clásico occidental de virtud y por lo tanto un puente entre nosotros y el concepto originario de virtud.

3. La lista de virtudes austenianas y su contexto. 

MacIntyre reconoce cuatro virtudes como el catálogo austeniano de practicas que se dirigen a bienes humanos: la constancia, la autenticidad, el autonocimiento y la afabilidad. La primera virtud es la constancia, gracias a la cual el personaje logra consistencia propia y unidad narrativa: el personaje es auténtico personaje, reconocible por otros y por él mismo. Todas sus heroínas son constantes en lo que ellas consideran como comportamiento adecuado y gracias a ello, logran un final feliz. La segunda virtud es la autenticidad, práctica que permite indirectamente distinguir la apariencia de virtud con la virtud real, Pensemos en la falta de esta virtud en  John Willoughby o Fanny Ferras («Sense and Sensibility»), en George Wickham o Catherine De Bourg («Pride and Prejudice»), John Elton («Emma») o Henry Crawford («Mansfield Park»).

La insípida Fanny Price.
La tercera virtud austeniana, es el autoconocimiento, la capacidad eficaz de reconocer a partir de una honesta reflexión, quiénes somos en realidad. Siempre hay un personaje que despierta de su falta de virtud gracias a la reflexión eficaz sobre su propia vida. Pensemos en Elizabeth Bennet o en Emma: su falta de virtud se reconoce en un error en el juicio sobre los hechos y sobre ellas mismas.  Su autoconocimiento va precedido de un un sincero arrepentimiento que les permite perseguir la virtud por sí misma, y no por alguna utilidad que se lograría con ella. Es el autoexamen –la sincera entrevista consigo misma, la contemplación y reflexión de la vida digna que se pone en juego con la acción- lo que permite el reconocimiento y confesión de la propia culpa o de su carácter atrofiado. De ahí se sigue el arrepentimiento y por último el conocimiento de sí misma.
La cuarta virtud es la afabilidad o mejor dicho, la amabilidad por la que el poseedor tiene cierto afecto real -no simulado- por las personas. A diferencia de Hobbes –«el hombre es el lobo del hombre»- o el utilitarismo de Hume, en Jane Austen  la vida social, y las virtudes que la permiten, no busca administrar egoísmos a base de cálculos utilitarios y amenazas, sino construir auténticas relaciones personales, reconocibles en la felicidad hogareña. Las virtudes austenianas permiten conocer auténticamente a las personas y entablar relaciones significativas con ellas. Para lograrlo es importante conocer quién es realmente cada personaje, y mostrar hacia él una preocupación auténtica de que logre una vida digna.

Es así como para Jane Austen, las virtudes proporcionan la estructura en la que el «telos» del ser humano puede alcanzarse. Algo que sólo sucede y puede pensarse en un contexto (la tradición en la que se descubren esas virtudes) claramente reconocible: un matrimonio logrado y la vida familiar. Las cuatro virtudes capacitan y permiten construir un matrimonio feliz y gozar la vida ordinaria de una familia.

Es mérito de Jane Austen, dice MacIntyre, descubrir que las virtudes escondidas en la tradición de la que ella forma parte. O dicho al revés, Austen se sirve de cuatro prácticas en las que se espera excelencia en sus personajes, gracias a las cuales pueden razonar y participar eficazmente en una tradición. Austen no explica una teoría de la «virtud-en-sí-misma», sino que «identifica la esfera social dentro de la cual puede continuar la práctica de las virtudes». En su caso, el contexto donde sucede y se realiza la virtud. Lo que en Aristóteles sería la polis, en Tomás de Aquino la comunidad de coordinación completa (el reino/ciudad-medieval), en Jane Austen es la vida en Mansfield Park, o la expectativa familiar en Pemberley («Pride and Prejudice»), o la tradición aprendida en Norland («Sense and Sensibility»), etc.

Con todo ello, la sabiduría de Fanny Price implica no sólo la agudeza mental y la capacidad de acertar en el juicio, sino que los modos en que ella razona en el contexto de una tradición y una autoridad. Fanny Price es la heroína que sabe pensar y contemplar de Jane Austen. Es virtuosa y prudente, y sabe ser fuerte y atemperada. Sabe que que la virtud se refiere más a un estilo de vida y a un modo correcto de razonar y Jane Austen construye para ella incluso un espacio físico donde puede introducirse para pensar  y comprometerse en consecuencia con lo que le parece correcto.

-o-

Aquí está los textos de MacIntyre en «Tras la Virtud». Si quisieras, aquí puedes bajar The Claims of After Virtue, donde MacIntyre explica por sí mismo lo que quiso decir con su libro. Aquí abajo los fragmentos de «Tras la Virtud»

Capítulo 14. La Naturaleza de las Virtudes.

[...]
Volvamos a comparar las tres listas de virtudes hasta ahora consideradas, la homérica, la aristotélica y la del Nuevo Testamento, con dos listas más tardías, la una entresacada de las novelas de Jane Austen y la otra construida por Benjamín Franklin. Dos rasgos resaltan en la lista de Jane Austen. El primero, la importancia que concede a la virtud que llama «constancia», sobre la que hablaré más en un capítulo posterior. En algunos aspectos, la constancia juega en Jane Austen el papel que juega la phrónesis en Aristóteles; es la virtud cuya posesión es requisito previo para la posesión de las demás. El segundo rasgo es el que Aristóteles trata como virtud de la afabilidad (virtud para la que dice no haber nombre), pero que ella considera tan sólo como simulacro de una virtud auténtica, que sería la amabilidad. Según Aristóteles, el hombre que practica la afabilidad lo hace por consideraciones de honor y conveniencia; por el contrario, Jane Austen creía posible y necesario que el poseedor de esa virtud tuviera cierto afecto real por las personas. (Importa observar que Jane Austen es cristiana.) Recordemos que el mismo Aristóteles había tratado el valor militar como simulacro del verdadero valor. Así, encontramos aquí otro tipo de desacuerdo acerca de las virtudes; a saber, acerca de qué cualidades humanas son virtudes auténticas y cuáles son meros simulacros.
 
[...] 
Toda práctica conlleva, además de bienes, modelos de excelencia y obediencia a reglas. Entrar en una práctica es aceptar la autoridad de esos modelos y la cortedad de mi propia actuación, juzgada bajo esos criterios. La sujeción de mis propias actitudes, elecciones, preferencias y gustos a los modelos es lo que define la práctica parcial y ordinariamente. Por supuesto, las prácticas, como ya he señalado, tienen historia: los juegos, las ciencias y las artes, todos tienen historia. Por tanto los propios modelos no son inmunes a la crítica, pero, no obstante, no podemos iniciarnos en una práctica sin aceptar la autoridad de los mejores modelos realizados hasta ese momento. Sí, al comenzar a escuchar música, no admito mi propia incapacidad para juzgar correctamente, nunca aprenderé a escuchar, para no hablar de llegar a apreciar los últimos cuartetos de Bartok. Si al empezar a jugar al béisbol no admito que los demás sepan mejor que yo cuándo lanzar/una pelota rápida y cuando no, nunca aprenderé a apreciar un buen lanzamiento y menos a lanzar. En el dominio de la práctica, la autoridad tanto de los bienes como de los modelos opera de tal modo que impide cualquier análisis subjetivista y emotivista. De gustibus est disputando
[...] 
Para situar las virtudes algo mejor dentro de las prácticas, es necesario clarificar un poco más la naturaleza de la práctica planteando dos oposiciones importantes. Espero que con lo expuesto hasta el momento haya quedado claro que una práctica, en el sentido propuesto, no es un mero conjunto de habilidades técnicas, aunque estén encaminadas a un propósito unificado e incluso aunque el ejercicio de estas habilidades pueda en ocasiones valorarse o disfrutarse por sí mismo. Lo que distingue a una práctica, en parte, es la manera en que los conceptos de los bienes y fines relevantes a los que sirve la habilidad técnica (y toda práctica exige el ejercicio de habilidades técnicas) se transforman y enriquecen por esa ampliación de las facultades humanas y en consideración a esos bienes internos que parcialmente definen cada práctica concreta o tipo de práctica. Las prácticas nunca tienen meta o metas fijadas para siempre, la pintura no tiene tal meta, como no la tiene la física, pero las propias metas se trasmutan a través de la historia de la actividad. Por tanto, no es accidental que cada práctica tenga su propia historia, constituida por algo más que el mero progreso de las habilidades técnicas pertinentes. En relación con las virtudes, esta dimensión histórica es fundamental. 
Entrar en una práctica es entrar en una relación, no sólo con sus practicantes contemporáneos, sino también con los que nos han precedido en ella, en particular con aquellos cuyos méritos elevaron el nivel de la práctica hasta su estado presente. Así, los logros, y a fortiori la autoridad, de la tradición son algo a lo que debo enfrentarme y de lo que debo aprender. Y para este aprendizaje y la relación con el pasado que implica, son prerrequisitos las virtudes de la justicia, el valor y la veracidad, del mismo modo y por las mismas razones que lo son para mantener las relaciones que se dan dentro de las prácticas. 
Por supuesto, no sólo las prácticas deben contrastarse con los conjuntos de habilidades técnicas. Las prácticas no deben confundirse con las instituciones. El ajedrez, la física y la medicina son prácticas; los clubes de ajedrez, los laboratorios, las universidades y los hospitales son instituciones. Las instituciones están típica y necesariamente comprometidas con lo que he llamado bienes externos. Necesitan conseguir dinero y otros bienes materiales; se estructuran en términos de jerarquía y poder y distribuyen dinero, poder y jerarquía como recompensas. No podrían actuar de otro modo, puesto que deben sostenerse a sí mismas y sostener también las prácticas de las que son soportes. Ninguna práctica puede sobrevivir largo tiempo si no es sostenida por instituciones. En realidad, tan íntima es la relación entre prácticas e instituciones, y en consecuencia la de los bienes externos con los bienes internos a la práctica en cuestión, que instituciones y prácticas forman típicamente un orden causal único, en donde los ideales y la creatividad de la práctica son siempre vulnerables a la codicia de la institución, donde la atención cooperativa al bien común de la práctica es siempre vulnerable a la competitividad de la institución. En este contexto, la función esencial de las virtudes está clara. Sin ellas, sin la justicia, el valor y la veracidad, las prácticas no podrían resistir al poder corruptor de las instituciones.
[...]
Capítulo 16. De las Virtudes a la Virtud y Tras la virtud.
«Para sobrevivir, sus heroínas se ven obligadas a buscar la seguridad económica, aunque no a causa de la amenaza del mundo económico externo; el telos de sus heroínas es la vida dentro de un tipo especial de matrimonio y un tipo especial de familia, de la que el matrimonio será el foco. Sus novelas son una crítica moral sobre los padres y guardianes, así como también sobre los jóvenes románticos; porque los peores padres y guardianes, la estúpida señora Bennet y el irresponsable señor Bennet, son lo que pueden llegar a ser los jóvenes románticos si no aprenden lo que es debido acerca del matrimonio. Pero, ¿por qué es el matrimonio tan importante [como para ser la esfera en la que es posible comprender y vivir la virtud]? 
A finales del siglo XVIII, la producción ha salido del ámbito familiar y las mujeres en su mayoría han dejado de trabajar dentro de relaciones laborales no muy diferentes de las de los hombres, puesto que están divididas en dos clases: el pequeño grupo de mujeres ociosas, que no tienen trabajo con que llenar el día, y para las que hay que inventar ocupaciones, como el ganchillo, la lectura de noveluchas y el chismorreo, consideradas «esencialmente femeninas» tanto por los hombres como por las mujeres; y el gigantesco grupo de mujeres condenadas al fatigoso servicio doméstico, a la explotación de la fábrica o a la prostitución. Cuando la producción era doméstica, la hermana o la tía soltera era un miembro útil y valioso de la familia; la «solterona» hilaba, por supuesto. A partir del siglo XVIII la expresión adquirió el matiz denigratorio; y sólo entonces la mujer que no se casaba tuvo que padecer el confinamiento en el exilio doméstico como su suerte típica. De ahí que rechazar un mal casamiento sea un acto de gran valor, que es central en la trama de Mansfield Park. La emoción más importante que subyace a las novelas de Jane Austen es lo que D. W. Harding llamó su «odio metódico» hacia la actitud de la sociedad para con la mujer soltera:
“Su hija gozaba de una popularidad muy poco común en una mujer que no era ni joven, ni hermosa, ni rica, ni casada. La posición social de la señorita Bates era de las peores para que gozara de tantas simpatías; no tenía ninguna superioridad intelectual para compensar lo demás o para intimidar a los que hubieran podido detestarla y hacer que le demostraran un aparente respeto. Nunca había presumido ni de belleza ni de inteligencia. Su juventud había pasado sin llamar la atención, y ya de edad madura se había dedicado a cuidar a su decrépita madre, y a la empresa de hacer con sus exiguos ingresos el mayor número posible de cosas. Sin embargo era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie nombraba sin benevolencia. Era su gran buena voluntad y lo contentadizo de su carácter lo que obraba estas maravillas. (Emma, Vol. 1 cap. 3)”
Démonos cuenta de que la señorita Bates está excepcionalmente favorecida porque es excepcionalmente buena. Por lo común, si no se es rico, hermoso, joven o casado, sólo se conseguirá el respeto ajeno empleando la propia superioridad intelectual para asombrar a los que, de otra manera, nos despreciarían. Así podemos imaginar que actuaba la propia Jane Austen. 
Cuando Jane Austen habla de «felicidad» lo hace como aristotélica. Gilbert Ryle creyó que su aristotelismo, en el que vio la clave del temple de sus novelas, quizá derivaba de la lectura de Shaftesbury. Con igual justicia, C. S. Lewis ve en ella a una escritora esencialmente cristiana. La unión de temas cristianos y aristotélicos en un contexto social determinado es lo que hace de Jane Austen la última gran voz eficaz e imaginativa de la tradición de pensamiento y práctica de las virtudes que he intentado identificar. Abandona los catálogos de virtudes que estaban en boga durante el siglo XVIII y restaura una perspectiva teleológica. Sus heroínas buscan el bien por medio de la búsqueda de su propio bien mediante el matrimonio. Los cotos familiares de Highbury y Mansfield Park tienen que servir como sustitutos de la ciudad-estado griega y del reino medieval.
Jane Austen, 1775-1817
Por tanto, gran parte de lo que dice acerca de las virtudes y los vicios es totalmente tradicional. Alaba la virtud de ser socialmente agradable, como Aristóteles, aunque aún más, tanto en sus cartas como en sus novelas, la virtud de la amabilidad, que requiere un aprecio cariñoso hacia el prójimo y no sólo la apariencia de ese aprecio encarnada en las formas del trato. Al fin y al cabo es cristiana y, por lo tanto, profundamente suspicaz ante el trato sociable que oculta la carencia de verdadera amabilidad. Alaba al modo aristotélico la inteligencia práctica y al modo cristiano la humildad. Pero no sólo reproduce la tradición; continuamente la acrece y al acrecentarla se guía por tres preocupaciones fundamentales.
La primera [la constancia, como requisito previo para la obtención de las demás virtudes] ya la he puesto de relieve. Dado el clima moral de su tiempo, forzosamente la preocupan de una manera completamente nueva las virtudes fingidas. La moralidad no es nunca en Jane Austen la mera inhibición y regularización de las pasiones; aunque así pudiera parecérselo a quienes, como Marianne Dashwood, se han identificado a sí mismos románticamente con una pasión dominante y hacen de forma muy poco humana a la razón servidora de las pasiones. Moralidad significa más bien educar las pasiones; pero la apariencia exterior de la moralidad siempre puede encubrir pasiones sin educar. Y la perversidad de Marianne Dashwood es la perversidad de una víctima, mientras que el decoro superficial de Henry y Mary Crawford, junto con su elegancia y encanto, son un disfraz para sus pasiones sin educación moral, que les permite hacer víctimas de ello tanto a los demás como a sí mismos. Henry Crawford es el disimulador «par excellence». Alardea de su habilidad para representar papeles y deja claro en una conversación que considera que «ser un clérigo» es «dar la impresión de ser un clérigo». El yo está casi, si no completamente, disuelto en la presentación del yo, pero lo que en el mundo social de Goffman ha llegado a ser «la» forma del yo, en el mundo de Jane Austen todavía es síntoma de los vicios.
La contrapartida de la preocupación de Jane Austen por el fingimiento es el lugar central que asigna a un autoconocimiento más cristiano que socrático, que sólo puede lograrse por medio de cierto tipo de arrepentimiento. En cuatro de sus seis grandes novelas hay una escena de reconocimiento en donde la persona a la que el héroe o la heroína reconoce es ella misma. «Hasta este momento nunca me había conocido», dice Elizabeth Bennet. «Cómo comprender los engaños que consigo misma había tenido y seguir viviendo», medita Emma. El autoconocimiento es para Jane Austen una virtud tanto intelectual como moral, muy cercana a otra virtud que considera fundamental y que es relativamente nueva en el catálogo de las virtudes. 
Cuando Kierkegaard opuso los modos de vida ético y estético en Enten-Eller, argumentaba que la vida estética es aquella en que la vida humana se disuelve en una serie de momentos presentes separados, en la que la unidad de la vida humana se pierde de vista. Por el contrario, en la vida ética los compromisos y responsabilidades con el futuro surgen de episodios pasados en que se concibieron obligaciones, y los deberes asumidos unen el presente con el pasado y el futuro de modo que conforman así la unidad de la vida humana. La unidad a que Kierkegaard se refiere es la unidad narrativa, cuyo lugar central en la vida de las virtudes he descrito en el capítulo precedente. En la época de Jane Austen esa unidad ya no podía tratarse como una mera presuposición o contexto de la vida virtuosa. Ha de ser continuamente reafirmada, y su reafirmación más en los hechos que en las palabras es la virtud que Jane Austen llama constancia. La constancia es fundamental en dos novelas por lo menos, Mansfield Park y Persuasión, en cada una de las cuales es la virtud central de la heroína. La constancia, según palabras que Jane Austen pone en boca de Anne Elliot en su última novela, es una virtud que las mujeres practican mejor que los hombres. Y sin constancia, todas las demás virtudes pierden su objetivo hasta cierto punto. La constancia refuerza, y se refuerza con, la virtud cristiana de la paciencia, pero no es lo mismo que la paciencia, así como la paciencia refuerza, y se refuerza, con la virtud aristotélica del valor, pero no es lo mismo que el valor. Así como la paciencia conlleva necesariamente un reconocimiento de lo que es el mundo que el valor no exige, también la constancia exige el reconocimiento de una especial amenaza a la integridad de la personalidad en el mundo típicamente moderno, reconocimiento que la paciencia no exige necesariamente. 
No es casual que las dos heroínas que muestran la constancia más notable tengan menos encanto que el resto de las heroínas de Jane Austen, y que una de ellas, Fanny Price, haya sido considerada positivamente poco atractiva por muchos críticos. Pero la carencia de encanto de Fanny es fundamental para las intenciones de Jane Austen. Porque el encanto es la cualidad típicamente moderna de quienes carecen de virtudes, o las fingen, y les sirve para conducirse en las situaciones de la vida social típicamente moderna. Camus definió una vez el encanto como aquella cualidad que procura la respuesta «sí» antes de que nadie haya formulado pregunta alguna. Y el encanto de Elizabeth Bennet o incluso el de Emma puede confundirnos, aun siendo auténticamente atractivo, en nuestro juicio sobre su carácter. Fanny carece de encanto, sólo tiene virtudes, virtudes auténticas, para protegerse, y cuando desobedece a su guardián, sir Thomas Bertram, y rehusa casarse con Henry Crawford, sólo puede ser porque su constancia lo exige. Con este rechazo demuestra que el peligro de perder su alma le importa más que la recompensa de ganar lo que para ella sería un mundo entero. Persigue la virtud por la ganancia de cierto tipo de felicidad, y no por su utilidad. Por medio de Fanny Price, Jane Austen rechaza los catálogos alternativos de virtudes que encontramos en David Hume o Benjamín Franklin.
El punto de vista moral de Jane Austen y la forma narrativa de sus novelas coinciden. La forma de sus novelas es la de comedia irónica. Jane Austen escribe comedia y no tragedia por la misma razón que lo hizo Dante; es cristiana y busca el «telos» de la vida humana implícito en la vida cotidiana. Su ironía reside en hacer que sus personajes y sus lectores vean y digan algo más y distinto de lo que se proponían, para que ellos y nosotros nos corrijamos. Las virtudes, junto con los riesgos y peligros que sólo mediante ellas se pueden vencer, proporcionan la estructura tanto de la vida en la que el «telos» puede ser alcanzado, como de la narración en que la historia de tal vida puede desarrollarse. Una vez más, resulta que cualquier visión específica de las virtudes presupone una visión igualmente específica de la estructura narrativa y la unidad de la vida humana y viceversa. 
Jane Austen es en un sentido crucial —y junto con Cobbett y los jacobinos— el último gran representante de la tradición clásica de las virtudes. A las generaciones recientes les ha sido fácil prescindir de su importancia como moralista, porque al fin y al cabo es una novelista. Y les ha parecido a menudo, no sólo una mera autora de ficción, sino una autora de ficción comprometida con un mundo social muy limitado. Lo que no han observado y lo que debe enseñarnos a observar la yuxtaposición de sus intuiciones con las de Cobbett y las de los jacobinos, es que tanto en su tiempo como despues la vida de las virtudes apenas dispone de un espacio cultural y social muy restringido. En gran parte del mundo público y privado, las virtudes clásicas y medievales fueron reemplazadas por los endebles sustitutos que admite la moralidad moderna.» 




jueves, 13 de marzo de 2014

La alegre corresponsabilidad por humanizarnos: Jane Austen.

La humanización del mundo es tarea de mujeres y hombres. No hay auténtica «actividad humana» si no interactúan en ella lo masculino y lo femenino. Las celebraciones sobre la mujer, nos ayudan a recordar el papel de ellas, pero también la responsabilidad de ellos. Como suele decir Alicia Ocampo (@AliceOJ) se trata de una «alegre corresponsabilidad». Es en este contexto donde quiero enmarcar lo que he encontrado en un pasaje de la vida de Jane Austen, la autora de «Pride and Prejudice» y de «Sense and Sensibility» entre otros.

Prima Eliza, Comtesse de Feuillide
Sus novelas, publicadas entre 1811 y 1815, se convirtieron muy pronto en clásicos de la literatura inglesa. Ya eran muy conocidas en la Inglaterra de la Segunda Guerra Mundial; de forma que, Winston Churchill, durante un período de recuperación de una enfermedad en 1943, escribe lo siguiente:
«Los médicos intentaron alejarme el trabajo de la cama, pero no los dejo. Me han repetido «No trabajes, No te preocupes» hasta el punto de que decidí a leer una novela. Hace mucho tiempo había leído «Sensatez y Sentimientos» de Jane Austen, así que pensé en leer «Orgullo y Prejuicio». [...] ¡Qué vida tan apacible vivían estos personajes! No les preocupaba la Revolución Francesa, o la lucha de las guerras napoleónicas. Sólo les importa los modales con los que controlan las pasiones naturales del mejor modo posible, al mismo tiempo, las finas explicaciones sobre pequeños incidentes»
En efecto, durante el arco de vida de Jane Austen se sucede la Revolución Francesa, la guillotina de  Robespierre y las guerras Nepoleónicas con más 300 mil bajas en el ejército inglés. A pesar de ello, las novelas de Austen, publicadas y ambientadas en esa época, parece que suceden ajenas a su tiempo. Su entorno es casi doméstico. Se desarrolla en bailes, en la vida del campo, en las parroquias, en noviazgos y en búsqueda de matrimonios felices.

Pero la vida de Austen fue todo menos encerrarse en una caja de cristal. Su padre contaba con una amplia biblioteca bastante completa de la que sabemos que leía mucho . Su tía Philadelphia emigró a la India, pero no dejó de enviar cartas y productos a su familia en Inglaterra. Una de sus hijas tía Philia, Eliza (aquí), prima de Jane, se casó con un francés de cierta aristocracia que la hizo Condesa. Cuando Francia abolió la Monarquía a favor de la República, las preocupaciones de su prima eran conocidas y vividas de cerca por la familia Austen que ofreció  refugio a su prima Eliza. Cuando Jane cumplió 20 años, a Eliza y a su esposo les fueron confiscados sus bienes -la familia Austen había invertido en esas tierras-. Pocos días después, el Conde murió guillotinado. Para una mujer de su época, Jane Austen conocía excepcionalmente de cerca lo que sucedía en el mundo en que le tocó vivir.

¿Entonces por qué  sus novelas se reducen a escenas de la vida privada y pasa de largo de grandes sucesos de su época? ¿Por qué parece que vive en el mundo que envidiaba tanto Churchill, casi 100 años después? Quizá por que le importaba demasiado poco, o quizá –es lo más probable dado su relación con Eliza- se deba a que conocía de primera mano lo que sucedía.

Las novelas de Jane Austen sólo son en apariencia superficiales: a los personajes se les exige seriedad, buen sentido, valor, juicio certero, fortaleza (aquí otro post del blog al respecto). Quien no cumple con esos estándares es víctima de la aguda sátira de nuestra autora. En las novelas sentimentales de su época, herederas de la ética de Rousseau y Hume, los héroes y heroínas eran personalidades frágiles y volátiles, propensos al desborde emocional, a la lágrima, a desmayarse y a temblar de angustia. A morir por un amor o a volverse locos por una traición. Para Jane Austen esa sentimental sensibilidad era una maquillaje de hipocresía, de poca calidad humana; una máscara fundamentalmente egoísta que impedía el verdadero carácter, juicio y temperamento necesarios para enfrentar los rigores de la guerra y la lucha por lo que vale la pena.

Los personajes que cambian la historia –los que enfrentan eficazmente a Napoleón, por ejemplo- han de tener un carácter sólido y equilibrado, deben juzgar correctamente, sentir adecuada e intensamente y disfrutar de la presencia de los otros. ¿Y cómo se forman personas así que serán capaces de humanizar la sociedad en la que viven? Jane Austen no lo duda: tomándose en serio las exigencias del pequeño mundo de las relaciones familiares y de amistad. Sin ese punto de partida, estaríamos como a la espera de la función digestiva después de habernos cosido la boca; sería como extirpar el órgano y exigir su actividad. 

Hasta hace poco el espacio privado se consideraba como el ámbito propio de la mujer. Hoy sabemos que no es así. Pero no se trata sólo de que ella salga a la vida pública o que el varón también se comprometa con lo privado, aunque en parte sí lo sea. Se trata de tomarnos en serio todos los recursos humanos en todos los ámbitos humanos comenzando por los fundamentos: tomarnos en serio las exigencias de nuestra pequeña vida privada.

Dedicatoria de «Love and Friendship»: para prima Eliza.