El The New England Reviewha publicado un ensayo hasta ahora inédito de Hannah Arendt sobre el significado de Revolución y de Libertad. Lo encontré reproducido aquí. El manuscrito está clasificado por la autora como «A lecture» y fechado en 1966-67. No se sabe si fue leído, y si lo hizo, tampoco se conoce dónde o cuando.
Arendt explica que en principio, una revolución apunta a deponer un mal gobierno para liberarse de la tiranía. Se trata de «liberarse de» un sistema, un tirano, un partido político, etc. Pero una vez conseguido este objetivo, el revolucionario se enfrenta a la difícil tarea de cambiar el chip. Ahora se trata de «liberarse para» algo nuevo, construir algo con la libertad conquistada.
En este contexto, la profesora de la Universidad de Chicago recuerda que la mayor revolución que experimenta el espacio público, la novedad disruptiva más radical de toda comunidad es el nacimiento de un ser humano y su vinculación con la vida en común. En efecto, con cada niño, con cada uno de nosotros, se introduce en el mundo un nuevo agente capaz de introducir en él algo nuevo. Ahora sí que la vida política puede ser transformada porque ya cuenta con un nuevo agente; un sujeto que introducirá con su libertad y compromiso una realidad que antes no existía, ni mucho menos era posible o imaginable. Con cada uno de nosotros se abre la posibilidad de que la sociedad comience de nuevo, que cambia. Cada bebé es semilla de una nueva revolución; un nuevo milagro con el que pasamos de «liberarnos de» a «liberarnos para». Por eso la verdadera revolución, según Arendt, significa
«la actualización de la mayor y más elemental de las potencialidades humanas: la inigualable experiencia de ser libre para configurar un nuevo inicio, de donde nace el orgullo de haber abierto el mundo a un nuevo orden de las cosas».
De nada sirven las revoluciones que cambian los personajes y partidos que detentan el poder, si no logramos que las personas impriman en la sociedad su capacidad creativa y libre: no solo nos «liberamos de», sino que rompemos la sociedad tal y como la vemos con la creatividad de una libertad comprometida; de modo que el mundo incorpora un nuevo rostro, el rostro de quien participa en él.
Por eso, las verdaderas revoluciones políticas comienzan en la cuna. En cada niño hay una revolución -no en el sentido de guerra civil- sino en sentido de millones de posibilidades para la reconquista creativa y nueva de nuestra vida en común.
Si el mar, tal y como lo conocemos, representa al último eslabón de un fenómeno físico, queda sin explicar lo sublime que nos hiere cuando nos colocamos ante él. En la playa percibimos que existe algo más que materia. Intuimos un regalo: no tendría por qué ser bello para funcionar, y sin embargo nos cautiva, exige nuestra atención, nos emociona: no pases de largo, ¡deténte! En otras palabras, su solo-estar-ahí deja sin resolver aquello que percibimos como innecesario para funcionar: su grandeza y gratuidad. El mar revela una lógica de magnanimidad y de regalo.
Por eso, meterse en el mar es algo más que flotar en el agua. Abandonamos la seguridad de tierra firme para introducirnos en esa gratuidad. Nos rebelarnos al mundo de lo controlado. –«¿Qué haces en el mar?» –«Nada. Nado. Porque sí». Hannah Arendt decía que el nacimiento de un niño detona la mayor cantidad de improbabilidaddes para el mundo: es su mayor milagro. El bebé introduce las miles de opciones que ahora serán viables a través de la libertad del niño. La criatura representa una rebelión contra la dictadura de la necesidad física. De modo que zambullirse en el mar forma parte de esa insurrección. Ahí germina una vocación.
Si aquello llama mi atención, es porque la propia vida sólo se entiende si se ilumina bajo esa luz: ser un don, ser sublime. Ante el mar, o en él, descubrimos el sentido de la propia vida. Hemos sido llamados a imitar la gratuidad y apropiarse de la grandeza, transformar nuestra vida en reflejo de esa lógica de regalo y grandeza. ¡Sólo así vale la pena vivir! ¡Ya no vivimos sólo porque sí; existimos para un «sí»!
Turner, 1840
Si ante el mar encontramos el regalo de su belleza, si en la playa se revela -¡se rebela!- una vocación, entonces la única actitud coherente con el mar es la vehemencia, el intenseísmo. Por el contrario, en un lago se experimenta calma, la paz delimitada por los contornos de su cuenca. O más bien, la tranquilidad de quien vive encadenado. En cambio el mar nos agita: ¡tu vida se llena por un para qué! El intenseamiento es el fruto natural de comprenderse a sí mismo como alguien que vive para ser un don que respira y una entrega que late en un corazón.
De todo esto se sigue que quien va al mar, nada en él y se introduce en su lógica, sale de ahí para llevar al mundo aquello con lo que se supera la lógica de la utilidad y la evolución. Cuando no se atesora esa experiencia de grandeza, gratuidad e intenseísmo, el mundo pierde su fuerza. Es menos humano. Sin alguien que haga memoria de esa experiencia, sin alguien que custodie ese regalo, el mar se acota y reduce al ámbito físico. Se achica en átomos amalgamados por una evolución sin sentido alguno. Y la vida humana también se diluye en la necesidad y la utilidad.
El mundo se juega en el corazón de quienes visitan el mar, despiertan a su gratuidad, exaltan su vigor y custodian su sentido.
¿Qué es el amor? Estas respuestas las tomé del epistolario que Martin, envió a su alumna Hannah, diesisiete años más jóven. Aparencen en el libro El hechizo de la comprensión:
«Todo debe ser llano y claro y puro entre nosotros. El hecho de que usted llegara a ser alumna mía y yo su maestro es sólo el origen de aquello que nos ocurrió. Nunca podré poseerla, pero usted pertenecerá a partir de ahora a mi vida, y esta deberá crecer por usted»
«Si me hubieras encontrado a tus trece años, si esto hubiera sucedido al cabo de un decenio —son vanas conjeturas. No, ocurrió ahora que tu vida se dispone quedamente a ser la de una mujer, que debes trasladar de manera imperdible tu intuición, tu nostalgia, tu florecer, tu risa —tu época juvenil— a tu vida en cuanto fuente de bondad, de fe, de belleza, de femenino siempre regalar».
«Esta vez me flaquea el habla —y sólo puedo llorar, llorar— y el porqué tampoco tiene respuesta —y se sumerge— esperando en vano —en el agradecimiento y la fe. ‘Ahora tengo todo cuanto el ángel quiere’. El día que me lo trajo todo —tú—. [...] Y tu gran hora —en que te conviertes en santa —en que te revelas del todo. [...] Niña —el hecho de que puedas hacerlo— y que en ello te hayas hecho grande y reverente. La vida se abre a la reverencia— y esta le da grandeza»
«¿Por qué el amor es tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga tan dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga ese deseo. Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio»
«Dios me conserve las manos puras para cuidar la joya [que eres tú]»
«¿Qué puedo yo en este momento? Tener cura de que nada en ti se rompa; que se purifique lo que de pesado y doloroso haya en tu pasado; que lo ajeno y aportado desde fuera se aleje. Las posibilidades de la esencia femenina en tu entorno son muy diferentes de lo que cree la ‘estudiante’ y mucho más positivas de lo que ella intuye»
«Todo cuanto narra tu diario está ahí —pero superado— no olvidado ni rechazado, sino acogido en lo propio de la vida más íntima. Y al final eres demasiado pudorosa —es decir, el verdadero pudor siempre es demasiado pudoroso— para convertir en posesión de tu alma el sí de Dios que te ha reconocido y aceptado; pero santa —el que conserves este pudor —te conserva Su sí— y un filósofo sólo ve con san Agustín a la niña que querría sacar agua de un hoyo pequeño en la arena junto al mar y en su búsqueda se torna desamparada ante la vida»
«Sólo entonces el amor también fuerte para el futuro y no el disfrute ligero de una oportunidad —entonces la posibilidad del otro está implícita y es fuerte contra las crisis y las luchas que siempre llegan. Pero tal fe está también a salvo de abusar de la confianza del otro en el amor»
«Tú y tu amor formáis parte de mi trabajo y de mi existencia»
«Te amo como el primer día —lo sabes y siempre lo he sabido, incluso antes de este reencuentro. El camino que me enseñaste es más largo y arduo de lo que pensaba. Exige toda una larga vida. [...] Siempre doy lo que se me exige, y el propio camino no es más que la tarea que me impone nuestro amor. Perdería mi derecho a la vida si perdiera mi amor por ti, pero perdería este amor y su realidad si me sustrajera a la tarea que me obliga. ‘Y si Dios lo da, te amaré mejor después de la muerte’»
«Te doy las gracias por haberme acogido en tu amor. Amo significa Volo ut sis, que dijo en una ocasión san Agustín. Te amo y quiero que seas lo que eres»
Pero al final... se terminó. A Heidegger le aburría su mujer y encontró en Arendt un amor jóven y nuevo. Aunque parece que sólo se enamoró del amor, que se deleitó en una nueva musa, y que fue incapaz de mantener ese amor en el tiempo. Ella huiría a Estados Unidos como judía perseguida por los nazis; él se encumbraría en la Universidad, protegido por el régimen que expulsó a la que decía amar.
En un pequeño libro, titulado «¿Qué es la política?» se editan los manuscritos que Hannah Arendt había preparado para su proyecto sobre introducción a la política. En sus notas, esta importante filósofa se detiene a explicar lo que significa el «milagro» en la comprensión de este ámbito de la vida humana. Arendt no se refiere sólo al operador profesional, sino a la convivencia común de personas que son diferentes. En este sentido, parece que la vida de una comunidad sigue unos procedimientos ya establecidos, debe mantener unas tradiciones que ha heredado o simplemente arranca del «¡Ya qué! Así están las cosas». Este factum dato originario se rompe, acelera o cambia de dirección por la introducción de nuevos elementos que no son consecuencia natural de ese ambiente:
«Se ve claramente que siempre que ocurre algo nuevo se da algo inesperado, imprevisible y, en último término, inexplicable causalmente, es decir, algo así como un milagro en el nexo de las secuencias calculables. Con otras palabras, cada nuevo comienzo [Anfang] es por naturaleza un milagro —contemplado y experimentado desde el punto de vista de los procesos que necesariamente interrumpe».
Este milagro o «nuevo comienzo» al que se refiere Arendt, pone en marcha y detona una nueva serie de eventos y sucesos que van a dar forma a nuestra vida en común. En este sentido, la libertad es uno de esos milagro que introducen nuevos elementos que no existirían, a no ser por que alguien se lanzó llenar de sentido y responsabilidad los datos políticos que tiene ante sí:
«Si el sentido de la política es la libertad, es en este espacio —y no en ningún otro— donde tenemos el derecho a esperar milagros. No porque creamos en ellos sino porque los hombres, en la medida en que pueden actuar, son capaces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible y de llevarlo a cabo continuamente, lo sepan o no».
Por eso Arendt concluye, que el mayor milagro que se puede esperar en la política, –la mayor fuente de milagros- es el nacimiento de una persona. Con ella se introducen en el mundo, un sin fin de posibilidades de construir la comunidad. Cada que nace un ser humano, se ha sembrado una nueva potencialidad de dignidad y de creatividad.
Por eso -entre otras cosas- hemos de celebrar cualquier nacimiento. Si no conocieran a un recién nacido, yo tengo en mente uno de hace dos días que podemos usar de excusa para alegrarnos de esta nueva serie de posibilidades infinitas para la vida política.
Un abrazo a Gabriela y Manuel. También voy a celebrar la llegada de Jaziel.
He visto con tristeza la noticia de los refugiados abandonados en la carretera con Austria. Entre 20 y 50 personas asfixiadas y dejadas a su suerte dentro de un camión diseñado para transportar animales. Personas que buscan un futuro mejor, que en la lotería de la vida les tocó -parece ser- nacer en Siria.
Había pensado escribir sobre las preguntas que me dejó haber leído Ven y pon un Centinela, la novela de Harper Lee que sería como la continuación -aunque esto está debatido- de la famosa obra Matar a un Ruiseñor. Pero la crisis de los refugiados -¡y de los migrantes que cruzan por nuestro país!- pedía hablar también de eso.
Uno de los puntos donde estos dos eventos se conectan es la pregutna de la conciencia. ¿Qué tipo de persona es capaz de lucrar con el hambre de la gente? ¿Qué tan bajo se debe caer para abandonar a personas en extrema necesidad, a las que se ha encerrado en un camión para animales? La respuesta parece fácil: hace falta ser alguien malo, maloso, maldito. Un humano que parece más bien monstruo. Pero no es tan sencillo. Hannah Arendt evidenció que una tragedia como el holocausto nazi fue posible por que muchas personas terriblemente normales abandonaron el deber de preguntarse por qué hacen las cosas. Dejaron que un sistemas de clichés y de «ya-qué»s, convirtieran a personas normales en perpetradores de tragedias. La banalidad del mal es en parte eso: que personas normales se conviertan en terribles asesinos por que dejaron de pensar, siguieron instrucciones, y vivían una vida demasiado normal.
En la novela Ven y pon un centinela, Atticus, el que había sido un héroe sin grietas ni fisuras en Matar a un Ruiseñor, es ahora un padre elitista, un racista que esconde sus prejuicios en la bondad paternalista de cuidar a los negros por su incapacidad de salir adelante por sí mismos. La decepción es grande y el conflicto entre el padre y su hija, inevitable. ¿Cómo fue que Atticus traicionó su conciencia? ¿Sólo para no parecer excesivamente raro y conflictivo y poder cambiar la sociedad desde dentro?
El dilema de Ven y pon un centinela es este: ¿qué tanto es posible seguir a la propia conciencia a costa de sacrificar nuestra participación en la edificación de una comunidad? Es decir, ¿qué pasa cuando por seguir la propia conciencia somos excluidos de una comunidad por parecer raros o diferentes, por no comportarnos como lo hace el resto, o por atentar en contra de alguna tradición?
Una respuesta del tipo "pues así soy y no me importa lo que piensen los demás", no resuelve el conflicto. El dilema es todavía más complicado. Si lo pensamos bien, hacer realidad los bienes que nuestra conciencia nos pide materializar, muchas veces exige lograr la empatía, solidaridad y adhesión de otros que viven con nosotros. ¿Qué pasa si ellos no están acostumbrados a ver en las acciones que hacemos otro modo legítimo de sumar a la vida social? En esos casos, puedo hacer lo que me parece correcto en conciencia, pero no he de extrañarme que esa acción no genere las adhesiones solidarias que esperamos de la comunidad en la que vivimos. Eso siempre es doloroso, pero pide de nosotros que hagamos lo posible por sumar a otros.
No se trata de decir "pues peor para la sociedad, así soy yo", sino de pensar -no somos átomos aislados, ni tampoco nadie es Robinson Crusoe- ¿cómo lograr a partir de nuestras decisiones en conciencia, despertar al resto de mi comunidad para edificar sociedades más justas? Ve y pon un centinela tiene algunas momentos difíciles y no es tan sólido literariamente. Pero a mi parecer no le podemos negar un gran acierto: poner ante nuestros ojos esa tensión entre conciencia personal y la capacidad de convocar a otros a seguir esos bienes. Es decir la relación entre mi esfuerzo por realizar lo que creo que es digno y la forma en que ese esfuerzo personal genera la adhesión de otros que viven en mi comunidad.
No plantearse esa pregunta, no intentar resolver ese dilema, tarde o temprano nos hace insensibles para percibir las llamadas de la dignidad y hacernos participar de males terribles, siendo en apariencia personas muy normales.
Hannah Arendt tiene un pequeño librito titulado «¿Qué es la política?» Ahí describe los orígenes de ese desprestigio y las puertas de salida a la crisis de la política a partir de su sentido en la condición humana. La mala prensa de la Política se debe a los políticos profesionales, pero también a lo que esperamos de ella. Parte del desprestigio viene dado por que quizá olvidamos dos condiciones naturales de la Política.
Primera condición: Para que exista espacio político debe existir alguien distinto a mi. “La política trata del estar juntos y los unos con los otros diversos”, escribió Arendt. Vivir con alguien que es distinto -de forma de pensar, de orientaciones en la vida y del modo incluso en que se explica y me explica la realidad. Por eso siempre hay fricciones y problemas sin terminar.
Segunda condición: El mundo político nunca es un espacio terminado. No madura como lo hace la ciencia, por acumulación. Lo hace por tradición y por acción creativa. La tradición me introduce en unas prácticas y unos valores que se hacen realidad; después de vivirla puedo entender los motivos y transmitirla a la siguiente generación. Nunca puedo decir “Ya llegué al mundo político ideal, de una vez por todas”. El orden social hay que desarrollarlo a diario, todos los días, una y otra vez, fundado en la dignidad, edificado sobre la justicia y vivificado por la solidaridad.
Esto quiere decir que el mundo del político de profesión –el del gobernante- es sólo una parte del espacio político. Lo mismo el gesto de ir a votar. Aún así ir a la urna es un reflejo de mi propia implicación en la vida política en este sentido amplio: ser diversos y esforzarnos por vivir juntos. Quizá, en muchas ocasiones, abandonar esa obligación ciudadana forma parte de otros abandonos de responsabilidad cívica: participar en la escuela de los niños, preocuparse por el barrio en el que vivimos, vivir las reglas de convivencia vial, etc.
Aquí van cuatro motivos para votar este domingo:
1. Anular como protesta. Después sé que debo unificar un discurso, hacerlo llegar a los partidos políticos. Con las reglas que tenemos el voto nulo no afecta el reparto de prerrogativas y recursos. Pero puede servir como protesta si se acompaña de un discurso unificado. No todos anulan por los mismos motivos. Pero es un ejercicio cívico.
2. Tomando en cuenta que nadie puede resolverlo todo solo, ni nadie lo hace del todo, recordando que en política ninguna victoria es definitiva ni ninguna derrota es absoluta, ¿qué partido que parece que realmente lo hará mejor en los temas que considero importantes? ¿Quién realmente puede ganar o puede al menos evitar que gane un partido que me desagrada? Aquí hay una toma de postura cívica.
3. "Voto por que creo en el partido y su ideal. Soy voto duro, y qué". Aquí hay una toma de postura cívica.
4. Voy a votar como solidaridad con los funcionarios de casilla: ciudadanos que se implican en la vida política. Sólo por responder a esa solidaridad, vale la pena.
La política está en crisis, el sistema electoral se puede mejorar. Pero es lo que tenemos. Es el presente el único espacio para la acción política, la decisión que logra "producir" lo inesperadoolíticoes mucho mejor que el pasado. Hannah Arendt decía en su librito sobre la política:
"Si el sentido de la política es la libertad [para actuar junto con el que es diverso], es en este espacio -y no en ningún otro- donde tenemos derecho a esperar los milagros. No porque creamos en ellos [en lo sobrenatural], sino porque los hombres, en la medida en que pueden actuar, son capaces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible y de llevarlo a cabo continuamente, lo sepan o no"
Se ha publicó un nuevo trabajo sobre Hanna Arendt, una de las más importantes filósofas del siglo pasado, de la que ya hemos dicho algo en otras ocasiones. Ella estudió con detalle, entre otras cosas, la naturaleza de la política y de la construcción de la sociedad a partir de personas libres. Estaba convencida que la maduración de sus ideas no habría sucedido sin un nutrido grupo de amigos que logró tener cerca de sí. Se sabe, por ejemplo, que mientras resolvía su situación migratoria antes de huir de Alemania -era judía durante el régimen nazi-, enviaba a su profesor y amigo Karl Jasper paquetes de comida y medicinas, para que él y su esposa sobrellevaran la persecución nazi en Alemania. El estudio de esa red de amigos le permite al profesor Jon Nixon hilvanar una historia de no tanto de una filósofa, sino principalmente una amiga necesitada de compañía a cambio de compartir ideas. Nixon, no se escribe con la intención de explicar el concepto de amistad en Arendt; le interesa mostrar las amistades concretas y los gestos de lealtad en los que se implicó la filósofa que fueron delineando las ideas políticas que ahora estudiamos con interés.
El libro se llamaría en español algo así como «Hannah Arendt y el carácter político de la amistad». Arendt solía decir que ella no amaba a ningún pueblo, por que aquello es una abstracción. Sólo se quiere a personas concretas. Del mismo modo, querer a la patria, amar a México es una frase hueca si no se es amigo del mexicano que tengo al lado. Si nuestras relaciones familiares nos introducen en las preguntas sobre el origen de mi propia vida y la tradición a partir de la cual interpretamos su sentido, es a través de los amigos que experimentamos el mundo de lo público y nuestra responsabilidad ciudadana. Es decir, a partir del diálogo y nuestra interacción con los amigos, es como descubrimos las necesidades de nuestra comunidad, imaginamos junto a ellos el tipo de sociedad que queremos construir, gracias a ellos nos implicamos en su construcción.
«Arendt experimentaba la amistad como un espacio protegido gracias al cual las ideas podría ser descubiertas, cribadas, curtidas y pulidas. Ideas que iluminaban la vida pública. Sus amigos eran sus compatriotas intelectuales, y su lealtad sin límites hacia ellos, una expresión de su profundamente asentada apreciación por su amabilidad. La amistad fue un concepto recurrente para una mujer que pasó gran parte de su vida como una refugiada entre refugiados, una judía expulsada de su propio país de origen, a la deriva en países extranjeros. Fue su amuleto protector, al mismo tiempo un símbolo de los valores que habían sido aplastados bajo el peso del totalitarismo. El nazismo se propuso erradicar cualquier rastro de libertad humana. La alegría y compasión propia de la amistad era el símbolo de la rebelión contra la inhumanidad del fascismo»
[En definitiva], sin una larga y genuina amistad, que compuesta a partes iguales por lealtad, afecto, picardía y lucha compartida, estaríamos solos en el mundo. [...] "La amistad -dice Nixon-, fue para Arendt, y lo es también para nosotros, un ejercicio de aprendizaje permanente. La amistad fue para ella y es también para nosotros, la manera en la que aprendemos a vivir juntos"»
Para Arendt, la esperanza de la amistad es la verdad que constituye la condición necesaria con la que entiende la política: El elemento político de la amistad, ese diálogo sincero entre los amigos que pueden entender la verdad inherente en la opinión del otro.
Hoy voy a hablar de esto en el radio. Confieso que no es mi intención presentar lo que sigue como escrito por mi. Es de Juan Andrés Mercado publicado en ISTMO (puede leerse completo aquí o transcrito abajo). He cortado por aquí y por allá. He agregado algunas frases que sintetizan el argumento y le devuelven un hilo argumentativo a lo suelto por los cortes. Así que yo no lo escribí.
"La plaza que recibe a los visitantes de la Universidad de Munich está tiene colocados sobre el suelo la reproducción de unos panfletos antinazis que se distribuyeron durante la Segunda Guerra mundial por un grupo de amigos que se llamaban así mismos como el grupo de «La Rosa Blanca» : Willi Graf, Alexander Schmorell, Cristoph Probst y los hermanos Scholl, Hans y Sophie.
Hans Scholl había encontrado una copia de las homilías del obispo de Münster que denunciaba las atrocidades del régimen nazi. "Por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!". Poco a poco comenzaron a publicar panfletos con información de primera mano que obtenían de estudiantes de medicina enrolados en unidades de sanidad militar que vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia. Para 1943 ya repartían al rededor de cinco mil.
La plaza de los hermanos Scholl, frente a la Universidad de Münich
Los hermanos Scholl y sus amigos fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. El 22 de febrero de 1943 murieron decapitados Cristoph Probst, Hans Scholl y su hermana Sophie. Los acusaban por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas nazis que se batían en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Los panfletos son los que ahora están en las baldosas de la plaza, la prueba de su delito.
Eran jóvenes, personas normales que amaban la vida. Para ellos su vida giraba en torno a descubrir lo que es importante. En sus reuniones de amigos experimentaban el tipo de valores merecen nuestra atención y nuestro esfuerzo por hacerse realidad en nuestra historia personal. Para eso no hace falta ser filósofo, universitario de prestigio o famoso. Simplemente hace falta ser normal: si es estudiante lo normal es que sea buen estudiante. Si es empleado, lo normal, que sea eficaz y honesto; si es padre de familia, lo normal es que sea entregado a los suyos. Este tipo de vida tarde o temprano pide que nos justifiquemos por qué vale la pena no dejarse llevar por la corriente que nos pide lo contrario.
Para los Sophie, Hans y sus amigos la normalidad se vivía sin reparar que aquello fuera algo «exagerado» o heroico. Dice Romano Guardini que para el cobarde y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es [para el descarado] el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible [para el caradura] la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente [y comprensible] sólo a quien ya vive dentro de él», lo ha experimentado y hecho suyo.
Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Si con lo que he dicho hasta ahora, alguno de quien me escucha se asoma un poco más a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido."
Aquí pueden ver una película doblada al castellano de España:
Va dedicado a Guillermo Gatt Ontiveros que ayer fue su cumpleaños.
-o-
El secreto de La rosa blanca. Jóvenes por la libertad Autor: Juan Andrés Mercado Edición:287 Sección: Miscelánea
El 22 de febrero de 1943 fueron decapitados, en la prisión muniquesa de Stadelheim, Cristoph Probst y los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes universitarios. La sentencia los condenaba por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas alemanas que se batían en el frente.
El régimen nazi, como ocurre normalmente en los gobiernos tiránicos cuando pierden popularidad, estaba apretando las tuercas: la reciente derrota de Stalingrado (enero de 1943) manchaba el impecable currículum de la Wehrmacht: en pocas semanas, los incendiarios discursos del Führer tronaban a favor de la guerra total, pidiendo al pueblo alemán el sometimiento para afrontarlo decididamente, y los mecanismos policiales alzaban sus antenas para acentuar las medidas ante posibles movimientos disidentes.
El grupo capitaneado por Hans Scholl y sus amigos Alexander Schmorell y Willi Graf -su hermana Sophie no había sido incluida, pero cuando descubrió las actividades del grupo insistió en participar- se dedicaba desde meses antes (junio de 1942) a producir y distribuir hojas sueltas (volantes y pasquines) en los que se denunciaban los abusos del régimen y, sobre todo, se argumentaba contra la continuación de una guerra sangrienta e inútil que socavaba los fundamentos morales y materiales de toda Europa. La persecución contra el grupo de La rosa blanca, como la habían llamado ellos mismos por el título de un poema de Clemens Brentano, tuvo un saldo de siete condenas a muerte y una docena de penas «menores». Entre los ajusticiados se encontraba Kurt Huber, profesor de filosofía de la Universidad de Munich.
¿A QUIÉN SE LE OCURRE?
Hans Scholl había encontrado en el buzón de su casa, en el invierno de 1941-42, una copia de las homilías en las que el obispo Graf von Galen, «el león de Münster» denunciaba las atrocidades del régimen nazi en materia de eutanasia y de ataques a las instituciones religiosas: por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!
Poco tiempo después, una serena discusión con el Profesor Huber inspiró la idea de producir material original y pasar a la acción, distribuyéndolo anónimamente.
La familia Scholl, en Ulm, había desarrollado anticuerpos contra el régimen como reacción natural. La censura de las obras de algunos de sus autores favoritos, como Stefan Zweig, había suscitado un rechazo decidido; en familia y con amigos organizaban encuentros literarios para repasar las obras condenadas y discutir sus contenidos.
Ya antes de la guerra, varios de los hermanos Scholl -tres de los cinco, incluido el menor, Werner- habían conocido los interrogatorios y las prisiones del sistema por añadir a sus actividades subversivas la publicación de un folletín cultural con veladas críticas al gobierno.
Tocó la misma suerte a Otto Aicher, amigo de la familia que hizo incluir en los menús literarios a Platón, Aristóteles, San Agustín… Los contertulios establecieron, sin planes precisos, un férreo núcleo de resistencia intelectual contra la presión externa. No los animaba el gusto por lo prohibido, sino la necesidad de respirar en medio de ese ambiente enrarecido.
MENTORES INTELECTUALES
Aicher provenía de una familia católica, a diferencia de los Scholl, que eran protestantes. Su párroco en Söflingen, en las cercanías de Ulm, le había hecho descubrir las obras de Jacques Maritain y la renovación del mensaje cristiano que se llevaba a cabo en Francia: parecía que en Europa el cristianismo estaba en retirada desde hacía décadas, y en concreto en Alemania la Kulturkampf había sido una campaña programática para evitar su difusión.
En esa línea destaca la participación de dos intelectuales de la época, Theodor Haecker y Carl Muth, que compartían la inquietud por la reactivación de los valores cristianos en la sociedad alemana.
Muth conoció a los jóvenes de La rosa blanca en 1941 y los apoyó moralmente, aconsejándolos sobre cómo cultivarse intelectual y humanamente. Son tan interesantes como conmovedoras las cartas en las que los Scholl y Aicher intercambian sus experiencias sobre cómo llevar a la práctica los consejos de Muth, o el esfuerzo por asimilar los textos de San Agustín en los poco serenos dormitorios de una fábrica de material bélico.
Probst provenía de una familia de ideas liberales, que en los años 30 se había acercado al catolicismo. Su participación en las actividades del grupo lo llevaron a asimilar las verdades del cristianismo, y fue bautizado en el brevísimo tiempo que pasó -unas cuantas horas- desde la condena a muerte hasta la ejecución. Su tercer hijo había nacido pocas semanas antes.
ATERRIZAR IDEAS CON UN SESGO OPERATIVO
Las proclamas teóricas de los primeros panfletos, escritos al principio por Hans y Alexander, se enriquecieron con informaciones de primera mano en el frente: los estudiantes de medicina fueron enrolados en unidades de sanidad militar y de julio a octubre de 1942 vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia.
Por otra parte, las informaciones que mandaba desde Cracovia Manfred Eickemeyer, propietario del taller de Munich donde se imprimían los folletos, abrían los ojos sobre la transformación de los campos de concentración en campos de exterminio (la «solución definitiva», es decir, el exterminio de los judíos, se había acelerado desde el invierno de 1942, tras la conferencia de Wannsee).
Willi Graf había arriesgado mucho en el establecimiento de contactos con otros focos de resistencia. Su labor fue menor desde el punto de vista redaccional, pero su iniciativa y sus contactos supusieron un notable aumento en la difusión del material que producía el grupo. Fue detenido el mismo día que Sophie, Hans y Probst, y ejecutado meses más tarde.
En el intercambio con otros jóvenes que organizaban grupos de resistencia, Scholl y Schmorell entendieron que la presentación de los ideales que propugnaban debía tener un carácter menos teórico, y trataron de darle un sesgo más «operativo».
En este último periodo participaron en la redacción de los folletos Huber, el profesor de filosofía, y Probst, que fue incriminado por el borrador de su puño y letra de un volantín que tenía Hans en su poder cuando lo arrestaron.
LA CAMPAÑA FINAL
De los pocos centenares de copias de los panfletos que se distribuían antes del verano de 1942 -es decir, de los tres primeros volantes-, se pasó a unos cinco mil, entre enero y febrero de 1943.
Los estudiantes, además de ampliar sus contactos y radio de acción, empezaron a ilustrar los muros de Munich con sus ideas, proclamando la caída de Hitler y tachando cruces gamadas.
Los adolescentes que discutían de literatura antes de la guerra sin suscitar problemas, empezaban a dar en qué pensar a las autoridades. De hecho, Munich, cuna del nazismo, asistió con estupor a la pequeña revuelta estudiantil durante el discurso del gobernador de Baviera, el Gauleiter Paul Giesler, el 13 de enero. Su entusiasmo por el Führer no era compartido por el público, y la situación se tornó crítica cuando propuso a las chicas que dejaran de perder el tiempo en la universidad y que se dedicasen a procrear guerreros para defender a la patria. Este hecho, ocurrido pocos días después del anuncio de la derrota en el frente oriental, fue interpretado como la punta del iceberg de un malestar que ya no podía ser ignorado.
¿QUÉ FUE LO QUE FALLÓ?
Los hermanos Scholl fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. La distribución se había hecho hasta entonces por correo, usando listas de teléfonos para obtener direcciones, y aunque otras veces habían distribuido personalmente algunos sobres, nunca habían salido «a campo abierto» a repartirlas. Además, en esa última ocasión lo hicieron con el edificio central de la Universidad lleno, a sabiendas de que la vigilancia era cada vez más estrecha. Aprovecharon los últimos minutos antes de un descanso para dejar copias fuera de los distintos salones, y al final lanzaron desde el piso superior las últimas copias. Un conserje los vio y consiguió detenerlos cuando intentaban escapar confundiéndose entre los demás estudiantes.
Los historiadores no encuentran una explicación a esta nueva y arriesgada «táctica», y en la película Sophie Scholl. Die letzten Tage (Sophie Scholl: los últimos días) se plantea como el último recurso para acabar de distribuir el resto de las hojas del último panfleto.
La persecución que se desencadenó en esos días erradicó la resistencia. No hay continuidad con la operación Walkiria, con la que los altos oficiales del ejército intentaron matar a Hitler en 1944. El mensaje de La rosa blanca, sin embargo, tiene acentos perennes.
¿POR QUÉ EMPEÑARSE?
Vale la pena, como contrapunto, detenerse a evaluar un comentario de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.1 El libro es una brillante narración de la historia y del proceso de condena a muerte de Adolf Eichmann, funcionario del régimen nazi de quien dependieron actividades importantes en la deportación y eliminación de los judíos en toda Europa.
El relato está hilvanado con profundas reflexiones sobre las deformaciones de la tiranía nazi en la psicología individual, sobre todo en la de un funcionario medio que lo único que buscaba era mantener el puesto, como lo habría hecho en cualquier dependencia en tiempos de paz.
El criminal de guerra, en cuyas carnes se juzgaba al entero sistema de terror, además de ser un burócrata bastante normal, presentaba una notable incapacidad de pensar, no conseguía ponerse en el lugar de los otros, y durante buena parte de los interrogatorios se dedicaba a repetir frases hechas de la propaganda nazi: su mente vivía de eslóganes y clichés tras los cuales se escondía una adquirida incapacidad de razonar autónomamente.
Nuestro «problema» es que no estamos insertados en un sistema tiránico global, o en un despotismo «a la antigüita». La historia de los estudiantes muniqueses y la de Eichmann pueden engrosar los anaqueles de nuestra memoria sin hacernos la más mínima mella.
Cuando uno «se acomoda» cae, como preveía De Tocqueville, en el papel de custodio de sus vulgares placeres burgueses, y es capaz de renunciar al ejercicio de sus libertades con tal de que no toquen su esfera de molicie.
En puntos importantes, el funcionario del totalitarismo y el defensor de los propios placercillos, se parecen. La sistemática renuncia a emprender incide sobre las posibilidades de pensar, y viceversa. No se trata de convertirse en idiotas del todo, pero sí de la pérdida del «tono muscular» de la vida afectiva y cognoscitiva, cuya interacción es tantas veces ignorada.
En el lado opuesto tenemos una observación de Romano Guardini: los integrantes de La rosa blanca eran personas normales, que amaban la vida, y que podían oponerse continuamente a un clima adverso y confuso porque para ellos «el discernimiento de las cosas esenciales era un propósito importante. Estaban comprometidos en la superación de una infinita confusión de conceptos, la terrible tergiversación y ofuscamiento de los valores espirituales».
En esa comunidad de experiencias y valores se entrenaban para una empresa más grande que ellos, sin pensar que fuera algo «exagerado» o heroico. Sin embargo, estaban convencidos, como vuelve a enfatizar Guardini, de que «ninguna acción grande, ninguna obra auténtica, ninguna relación humana sincera es posible sin que el hombre arriesgue en ella su propio ser».
Para el pusilánime y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente sólo a quien ya vive dentro de él».
Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Reflexionar sobre hechos y personalidades notables no significa desmenuzarlos analíticamente, entre otras cosas porque nos topamos con la verdad recitada por los filósofos: la persona siempre tiene algo de indefinible, de misterioso. A veces resulta mejor contemplar y dejarse permear por las personas, que acudir a una lógica estricta. Si con esto consigo que alguien se acerque a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido.
En 1943, una joven filósofa perteneciente al movimiento de resistencia francés que vivía en Londres, comenzó a poner por escrito sus ideas acerca de lo que los franceses podían hacer para ganar la guerra contra los nazis y sobre todo, a reconstruir su país. Se llamaba Simone Weil (se pronuncia Simán Vei) y este manuscrito se publicó con el nombre «Echar Raíces»
Como sabemos, Hitler invadió Francia un 10 de mayo y sólo 35 días después, el 14 de junio ya habían llegado a Paris. ¿Cómo fue posible que una potencia militar, política y cultural se derrumbara en un mes y unos cuantos días? ¿Cómo fue posible que el país que más porcentaje de su PIB gastó en la industria militar de la entreguerra en toda Europa se derrumbara tan fácilmente? ¿Sería que a los franceses les faltaron recursos técnicos o militares para enfrentarse a los nazis? ¿O será tal vez por que Francia había caído no tanto por el fuerte viento, sino por que era ya un árbol muerto por dentro?
Simone Weil es de la idea de que los franceses, durante muchos años fueron minando las raíces daban inspiración al pueblo, que ofrecía motivos para luchar y daban un sentido de que la propia vida valía la pena. Para ella, el «el problema de dar inspiración a un pueblo» consistía replantear la finalidad colectiva, fortalecer los vínculos de pertenencia a una comunidad y liberar las fuentes de la solidaridad. Francia iba a necesitar una administración pública eficaz, sin duda, pero sobre todo, echar raíces para revitalizarse por dentro.
Ese problema lo llamó "desarraigo", no tener raíces. Cuando una sociedad subordina todo vínculo entre seres humanos al cálculo utilitario –una especie de «sólo vivo junto con otros, por que voy a obtener seguridad y mayores bienes que viviendo en soledad»-, se han sembrado las semillas de la desintegración y de personas «sin raíces». En las sociedades de este tipo, los seres humanos, se autopresentan, se conciben a sí mismos, como individuos autónomos o átomos encapsulados, cuyo instrumento principal para relacionarse con otros son un conjunto de derechos. Con esta idea de fondo, los demás se convierten en proveedores de beneficios y la actitud básica hacia los otros se define como «tolerancia». Una especie de «para mi, es mejor que no molestaras, pero qué se le va a hacer, he de tolerar tu presencia para que me des mis derechos».
Para Weil, esta actitud es la que ha secado por dentro el arbol de la sociedad, al que después ha tirado un viento un poco más fuerte de lo común. Podemos echar la culpa al aire por la caída del árbol, pero lo que realmente lo tiró fue su vacío interior. Así con los seres humanos. Cuando el centro de gravedad de la vida social son los propios derechos, se corre el riesgo de olvidar que la gran mayoría de nuestras interacciones sociales parten de otra lógica y de otras necesidades de las que surgen en primer lugar deberes. Cumplir nuestros deberes, antes que exigir nuestros derechos, es el primer paso para «arraigarnos».
Esta escritora francesa enumera un catálogo de 14 necesidades del alma cuya satisfacción permitirán que la persona «eche raíces» y logre ser el tipo de ciudadano que reconstruye una sociedad destruida por la violencia. Sólo mencionaré algunas de estas necesidades cuya satisfacción, sostiene a una persona para construir -o reconstruir- la comunidad en la que vive: el orden, la libertad, la responsabilidad, el honor, el castigo que me hace responsable de mis actos, el riesgo que evita el tedio, la pereza o la cobardía. (El resto se encuentra aquí)
Es verdad, lo que ha pasado en Ayotzinapa no se debe sólo a personas «desarraigadas», ni tampoco sólo a que han habido algunos «malos, malosos y malditos», ni tampoco a quienes se vieron atrapados en un sistema que los orilló a cometer injusticias –«los delincuentes por burocracia», o el «mal banal» como lo calificó Arendt de lo que hablamos en otra ocasión-. También es verdad que lo que sucede en México necesita mucho más que este tipo de reflexiones. Las reflexiones se Simon Weil fueron vistas con escepticismo o mejor dicho, como la utopía del filósofo que no comprende de las necesidades concretas del político.
Pero sin duda, la solución a la crisis de gobernabilidad y seguridad que atraviesa el país, no se resolverá si no desempolvamos nuestros vínculos con los otros, si no destapamos los canales por los que echamos raíces y si no nos lanzamos a redescubrir a las personas que inspiren, si no recuperamos las ideas que dan sentido a la propia vida.
El martes pasado (14-octubre) habría sido el cumpleaños 98 de Hannah Arendt, una de las filósofas más importantes del siglo pasado que murió en 1975. Como hemos comentado en otras ocasiones, Arendt cubrió para el New Yorker el juicio a Eichmann en Jerusalén en 1961 y su análisis fue publicado en el libro «Eichmann en Jerusalén. Un reporte sobre la banalidad del mal». El reto intelectual del libro, se dice en esta entrevista, consiste en entender y explicar qué pudo pasar para que en uno de los países más civilizados de la historia, en un momento de desarrollo cultural, económico, político y militar, cometiera atrocidades como las de la Alemania nazi.
Comenta una de sus biógrafas que Arendt se dio cuenta que mucha gente durante el nazismo no actuó por una maldad radical que intenta justificarse racionalmente, sino que lo hicieron por superficialidad, que es lo que ella llamaba «mal banal». No se refería a que el mal fuera trivial, como si estuviera en el nivel de quien se equivoca en el color de sus calcetines; sino que es posible cometer atrocidades a causa de una pasmosa superficialidad. «Y esto es grave, porque si metes presión en un ambiente superficial, es fácil que la gente se vuelva irreflexiva y actúe más por miedo o por impulso que por un verdadero sentido de las cosas».
Esta filósofa alemana publicó un libro que tituló «Sobre la Violencia», en el que analizó la naturaleza, causas y significado de la violencia. Me gustaría hacer referencia a un tipo de violencia que a primera vista no se conecta con lo sucedido en Guerrero: la burocratización de la vida pública.
«En una burocracia completamente desarrollada no quedará nadie con quien uno pueda argüir, a quien se le pueda presentar las quejas, sobre quien puedan ejercerse las presiones del poder. La burocracia es la forma de gobierno en la que todos son privados de la libertad política, del poder de actuar, pues el gobierno de Nadie es el no-gobierno, y allí donde todos carecen igualmente de poder es donde tenemos una tiranía sin tirano.»
La sociedad burocratizada se estructura sobre las personas y las acostumbra a no pensar, sólo para seguir reglas. Un noble afán de administrar lo público con eficacia, puede funcionar como virus de la acción pública que por definición implica de personas libres que comprenden motivos, dialogan y se comprometen. En una sociedad burocratizada no actúan personas, sólo se mueven engranes programados. [Dice Homero que sus frases preferidas son «Yo no fui», «Cuando llegué ya estaba así» y «¡Qué idea tan brillante tuvo, jefe!»]
La burocracia mecánica y la violencia del sicario producen un efecto similar: disuelven la vida común, frenan la acción común, y gota a gota vacían nuestras instituciones sociales de personas con convicciones y las sustituyen por individuos sin raíces, fácilmente manipulables e inconscientemente superficiales. El miedo que produce la violencia, comprensiblemente, inhibe el compromiso de un ciudadano por lo que sucede en su entorno. Al crimen organizado le interesa «una sociedad desarticulada y aterrorizada, incapaz de cuestionar y desobedecer los dictados de las autoridades de facto». Así puede manipularlo. Y al burócrata también: que el ciudadano siga el proceso administrativo. Arendt denuncia esa desarticulación y la califica como violencia.
«Lo que hace al hombre un ser político, escribe Arendt, es su capacidad de acción. Esta le permite unirse a sus semejantes, actuar en concierto con ellos y alcanzar metas y objetivos que nunca podría concebir, menos aún ansiar, si no tuviera esa capacidad: embarcarse en algo nuevo.»
Si ese tipo de acción desaparece o se inhibe, si la responsabilidad por lo público se enfría, entonces el poder se desvinculará de la razón y será sólo violencia Y la violencia no construye historia o cultura. En un ambiente así, será más fácil que la ciudadanía se enferme de la superficialidad con la que Arendt describió a Eichmann.
Quizá esta conclusión sea un poco injusta con las personas que son víctimas de la violencia, directa o indirecta, en Michoacán y Guerrero y padecen esa violencia; o con los servidores públicos que no se esconden en el organigrama. Mi intención es únicamente señalar que parte de las solución a la violencia consistirá en no cansarse y en no renunciar a la acción común que sea creativa y logre el encuentro entre personas.
Hay en la versión de Disney de "El libro de la selva" un personaje cuya loquera lo hace divertido: El rey Louie. Un maestro de la manipulación, del pan y circo.
Como es sabido, sus monos secuestran a Mowgli por que piensan que pueden robarle tecnología: producción del fuego. Con el dominio de esa técnica, podrán ser el clan más poderoso. Shere Khan, la amenaza más peligrosa de la jungla, teme al fuego. Si el tigre feroz huye del fuego controlado por los los simios, serán ellos quienes dominan al resto de animales. Pero Mowgli no sabe hacer fuego.
En la novela original, Kipling insiste que los monos no tienen rey o una sociedad estructurada y reconocible en una autoridad. Son un clan sin racionalidad ni ley. Aunque en la versión de Disney, el primo Loui es presentado como un Rey -que vive a todo dar y procura que sus súbditos la pasen también bien-, es significativo que en ambas versiones el punto de partida es claramente la no humanidad de quien vive no guiado por la razón. Es precisamente el punto de partida del argumento de la escena: quiero ser hombre. ¿Y qué características ve el simio en la comunidad humana?
De entrada, Loui lo dice cantando: quiere andar erguido, caminar derecho; vivir junto con otros a través del diálogo, abandonar la irracionalidad y locura del mundo de los simios. Estas características no valdrían la pena, si no logra a través de la técnica, el control del poder representado por el fuego. En el fondo, tampoco tan en el fondo, al Rey Loui le interesa sólo para dominar y afianzarse en el poder. La razón, el derecho y el diálogo, son para él un medio técnico -como lo es también el dominio sobre el fuego- para ser más fuerte y lograr el dominio sobre el resto.
Louie utiliza una común herramienta del tirano: la tontera que divierte, la superficialidad que entretiene, la fiesta que celebra los clichés de lo «normal» –del «así lo hacen todos»-, con que se protege el demagogo. Hannah Arendt reconocía que la tragedia nazi fue posible por que hubo muchos que sin ser pervertidos, ni sádicos, eran ciudadanos comunes y corrientes «Terrible y aterradoramente "normales"»: personas camufladas en la normalidad de los lugares comunes que el tirano logra concretar en un discurso simple y aparentemente coherente.
La escena del Rey Louie retrata en su sencillez -en su divertida sencillez- la máscara del demagogo: es el rey de la tontera que divierte, se perpetúa en el poder como bufón de la superficialidad: es el político que manipula a través de la fiesta y se interesa por la razón y el derecho como modo de controlar el poder que lo encumbra.
Hoy -14 de agosto- mis padres cumplen años de casados. Recuerdo haber visto esta película de niño junto a ellos y cómo se divertía mi jefe con el Rey Louie y Baloo. A ellos les dedico este comentario