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viernes, 12 de agosto de 2022

Explotar desde lo que soy: Darcy y Antígona

Pride and Prejudice, BBC, 1995


En una de las escenas más conocidas de la literatura, Jane Austen describe así el diálogo silencioso entre dos enamorados:

Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him (Pride & Prejudice, 58)

Ahora un breve antecedente. Tras la primer declaración de Darcy, Elizabeth sorprendida guarda silencio: “Enrojeció, se quedó mirándole fijamente, indecisa y muda (Cap. 34)” Él piensa que se trata de una invitación a continuar y, engañado, sigue cavando su tumba con los resultados ya conocidos. Unas semanas después, cuando Darcy le ofrece una vez más su cariño, ella vuelve a quedarse callada y a mostrarse inquieta:  sintiendo toda la incomodidad y ansiedad más que comunes de su situación, se obligó ahora a hablar; e inmediatamente, aunque no con mucha fluidez, le dio a entender que ahora recibía su propuesta con gusto. No es difícil imaginar cómo Darcy viviría ese segundo silencio y el tartamudeo de Elizabeth. Tampoco, cómo aquello se convirtió en explosión de sobrecogedora  alegría

Volvamos al texto: Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him. Una versión en español traduce así esa línea: “Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón”. El DeepL ofrece una fórmula que quizá sea más acertada: Si Elizabeth hubiera podido encontrarse con su mirada, habría visto lo bien que le sentaba la expresión de sincera alegría que se difundía por su rostro.

En ambos casos algo se pierde al interpretar el sentido de heartfelt (con el corazón en la mano, sentido en el corazón). Una alegría sincera se difumina o se esparce como por un asalto incontrolable al rostro. Became him” dice al final de la oración. Lo sé. Por la forma en que se construye el inglés y su gramática, se ha de traducir como algo que le pasa a Darcy. Pero en la expresión se saborea este otro sentido: la alegría se difunde en su rostro porque él se ha convertido (became) en alguien distinto. No solo se emociona, sino que él se transforma  precisamente porque lo que es se altera por la presencia, palabras y amor de Elizabeth.

Me encontré con un problema similar en Antígona quien le dice, en la versión de Gredos -¿y quién soy yo para dudar de la traducción?- a Creonte Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor. En griego se dice algo más radical -aquí va una traducción más literal-: yo no odio, sino engendro amor común (οὔτοι συνέχθειν, ἀλλὰ συμφιλεῖν ἔφυν [523]). Las dos últimas palabras de la oración son συμφιλεῖν-sumphilein que significa «amor mutuo» o «gozo compartido», y ἔφυν-ephun, «engendrar» o «dar a luz» (¿φύω se acerca a ἔρως (eros)?). En otras palabras, Antígona dice que aunque sus hermanos se odien, aunque Creonte le pida que desprecie a uno de ellos, desde lo que ella es nace, se genera, se pone en marcha, un amor que engendra comunión. Ella ve que de lo que es no puede suceder otra cosa sino generar comunidad por el amor. El contraste no pasa desapercibido, pues en griego el nombre «Antígona» (Ἀντιγόνη, o Anti- contrario y -gone,  «dar a luz», «engendrar») significa algo así como abocada a la muerte, o quien no es madre. Ella engendra amor incluso en la esterilidad.

Sea como fuere, el punto es que con Darcy –al igual que con Antígona-, Austen describe el amor no como una emoción sino como transparentar una forma de ser gracias a que el amado se ancla en la propia identidad.

PS. Le dedico esta entrada a Rubí Bobadilla que hace tiempo se ganó un premio... Es una pistola.

jueves, 28 de mayo de 2015

Chesterton sobre mentiras de político: el caso Wickham


Encontré un texto de Chesterton sobre Jane Austen y unas elecciones políticas. Entre el polemista inglés y la autora de «Orgullo y Prejuicio» los separan al rededor de cien años. Algo similar a la distancia temporal que existe entre nosotros y Chesterton. El dato es importante, por que en el ensayo “Jane Austen sobre Elecciones Generales” da pie a Chésterton a tomarse con humor el doble riesgo que  de algunos periodistas de su época: colocar sin más a un autor y sus ideas en una época que no fue la suya; y segundo, utilizar un escritor de renombre para criticar a sus contrarios con lugares comunes de lo que el autor quizo decir.

En el caso de Jane Austen, novelas como “Orgullo y Prejuicio” facilitarían una asociación vaga y trivial que a esta escritora a historias de damas encopetadas a punto de desmayarse, adolescentes a la caza de novio, o mujeres sentimentales que son engañadas sólo con una bonita cara, un discurso justiciero y un tono de «yo sólo soy un humilde mártir a su servicio». Una de estas asociaciones fue utilizada por un periodista a propósito de unas elecciones generales inglesas -en 1930- fue la que provocó una réplica de Chesterton. El periodista había dicho que las mujeres de su época reaccionarían de forma similar a Elizabeth Bennet -la protagonista de «Orgullo y Prejuicio»- ante George Wickham, el soldado impostor y adulador. Las mujeres de  entonces le habrían creído al político por el mismo motivo por el que se supone que Elizabeth le creyó a Wickham: por volubles y sentimentales.

A Chesterton le parece una comparación superficial. Wickham no era un impostor cualquiera: hay dos actitudes que lo habrían hecho un político exitoso y creíble. La primera, su capacidad de decir mentiras mientras dicen la verdad. Wickham -un cazafortunas- dice cosas que son ciertas y verificables, lo hace con estilo, seriedad e incluso se “conmueve” cuando cuenta algo de la historia en la que aparece como víctima o como un generoso contrincante. Pero el soldado miente: no cuenta la historia completa, no refiere los  datos que complementan el cuadro y lo dejarían mal colocado. Y por eso Wickham fue, o es, exactamente el tipo de político que puede ganar una elección. Es difícil que un político logre algo, aunque sea mínimo, como para que después no magnifique esa corcholata hasta que parezca medalla. También es casi imposible que el contrincante no tenga algo que reprochársele. Wickham presentaría ese error como lo único que define a su adversario. Wickham sería un buen político, en primer lugar por ese «talento» para decir una mentira al decir sólo una media verdad.

Segundo, Wickham ganaría una elección por que dominaba el arte de decir una mentira ni ofensivamente ni escandalosamente, sino con apariencia de caballerosidad y afable arrepentimiento. Como si sufriera por la injusticia que es capaz de ver. El dictador se puede dar el lujo de gritar e imponer, pero el político que critica Chesterton, miente al presentarse como un razonable caballero. Wickham es el maestro de las buenas maneras, del toque delicado, del mártir de las injusticias padecidas. Su demagogia se endulza con buenas maneras. 

Por eso Wickham no es un vulgar mentiroso. Y por eso, concluye Chesterton, es creíble que una persona tan aguda como Elizabeth Bennet habría sido engañada y el soldado habría sido un político exitoso en aquella elección de 1930. 

La entrada va dedicada a Montse, que hoy cumple años.

-o-
On Jane Austen in the General Election
From "Come to Think of It” (1930)
by G.K.Chesterton 
THERE was a remark about--Jane Austen in connexion with the General Election. We have most of us seen a good many remarks about Jane Austen in connexion with the Flapper or the New Woman or the Modern View of Marriage, or some of those funny things. And those happy few of us who happen to have read Jane Austen have generally come to the conclusion that those who refer to her have not read her. Feminists are, as their name implies, opposed to anything feminine. But some times they disparaged the earlier forms of the feminine, even when they showed qualities commonly called masculine. They talk of Sense and Sensibility without knowing that the moral is on the side of Sense. They talk about fainting. I do not remember any woman fainting in any novel of Jane Austen. There may be an exception that I have forgotten; there is indeed a lady who falls with a great whack off the Cobb at Lyme Regis. But few ladies would do that as a mere affected pose of sentiment. But rarely does a lady dash herself from Shakespeare's Cliff or the Monument solely to assume a graceful attitude below. Jane Austen herself was certainly not of the fainting sort. Nor were her favourite heroines, like Emma Woodhouse or Elizabeth Bennett. The real case against Jane Austen (if anybody is so base and thankless as to want to make a case against her) is not that she is sentimental, but that she is rather cynical. Allowing for the different conventions of subject-matter in the two periods, she was rather like Miss Rose Macaulay. But Miss Rose Macaulay finds herself in a world where fainting-fits would be a very mild form of excitement. There is something very amusing about this appeal to a comparison between the novels of the two periods. The heroine of many a modern novel writhes and reels her way through the story, chews and flings away fifty half-smoked cigarettes, is perpetually stifling a scream or else not stifling it, howling for solitude or howling for society, goading every mood to the verge of madness, seeing red mists before her eyes, seeing green flames dance in her brain, dashing to the druggist and then collapsing on the doorstep of the psycho-analyst; and all the time congratulating herself on her rational superiority to the weak sensibility of Jane Austen. 
I do not say the new woman is like the new neurotic heroine; any more than I think the older woman was like the artificial fainting heroine. But if the critics have a right to argue from the old novels, we have a right to argue from the new. And what I say is true of the novels of some new novelists; and what they say is not true of the novels of Jane Austen. But, as I have said, we are already familiar with this sort of journalistic comment on Jane Austen's novels. It was always sufficiently shallow and trivial, being based on a vague association, connected with ladies who wore drooping ringlets and were therefore supposed to droop. But the particular example that I observed was more unique and interesting, because it has a special point of application to-day. A writer in a leading daily paper, in the course of a highly optimistic account of the new attitude of woman to men, as it would appear in the General Election, made the remark that a modern girl would see through the insincerity of Mr. Wickham, in Pride and Prejudice, in five minutes. 
Now this is a highly interesting instance of the sort of injustice done to Jane Austen. The crowd (I fear, the considerable crowd) of those who read that newspaper and do not read that author will certainly go away with the idea that Mr. Wickham was some sort of florid and vulgar impostor like Mr. Mantalini. But Jane Austen was a much more shrewd and solid psychologist than that. She did not make Elizabeth Bennett to be a person easily deceived, and she did not make her deceiver a vulgar impostor. Mr. Wickham was one of those very formidable people who tell lies by telling the truth. He did not merely swagger or sentimentalize or strike attitudes; he simply told the girl, as if reluctantly, that he had been promised a living in the Church by old Mr. Darcy, and that young Mr. Darcy had not carried out the scheme. This was true as far as it went; anybody might have believed it; most people would have believed it, if it were told with modesty and restraint. Mr. Wickham could be trusted to tell it with modesty and restraint. What Mr. Wickham could not be trusted to do was to tell the rest of the story; which made it a very different story. He did not think it necessary to mention that he had misbehaved himself in so flagrant a fashion that no responsible squire could possibly make him a parson; so that the squire had compensated him and he had become an officer in a fashionable regiment instead. Now that is a very quiet, commonplace, everyday sort of incident, and the sort of incident that does really occur. It is a perfectly sound and realistic example of the way in which quite sensible people can be deceived by quite unreliable people. And the novelist knew her business much too well to make the unreliable person obviously unreliable. That sort of quiet and plausible liar does exist; I certainly see no reason to think he has ceased to exist. I think Jane Austen was right in supposing that Elizabeth Bennett might have believed him. I think Jane Austen herself might have believed him. And I am quite certain that the Modern Girl might believe him any day. 
But the rather queer application of all this to the case of the General Election is not without a moral, after nil. The optimistic journalist, who gloried in the infallible intuition of the Flappers' Vote, those a very unlucky example for his own purpose when he chose the ingenious Mr. Wickham. For Mr. Wickham was, or is, exactly the sort of man who does make a success of political elections. Sometimes he is just a little too successful to succeed. Sometimes he is actually found out, by some accident, doing very dexterous things in the art of finance; and he disappears suddenly, but even then silently. But in the main he is made for Parliamentary life. And he owes his success to two qualities, both exhibited in the novel in which he figures. First, the talent for telling a lie by telling half of the truth. And second, the art of telling a lie not loudly and offensively, but with an appearance of gentlemanly and graceful regret. It was a very fortunate day for professional politicians when some reactionaries began to accuse them of being demagogues. The truth is that they seldom dare to be demagogues; and their greatest success is when they talk with delicacy and reserve like diplomatists. A dictator has to be a demagogue; a man like Mussolini cannot be ashamed to shout. He cannot afford to be a mere gentleman. His whole power depends on convincing the populace that he knows what he wants, and wants it badly. But a politician will be much wiser if he disguises himself as a gentleman. His power consists very largely in getting people to take things lightly. It is in getting them to be content with his sketchy and superficial version of the real state of things. Nothing tends more happily to this result than the shining qualities of Mr. Wickham; good manners and good nature and a light touch. All sorts of answers are given by Ministers to questions asked in Parliament, which could only be delivered in this way. If such palpable nonsense were thundered by an orator, or shouted by a demagogue, or in any way made striking and decisive, even the House of Commons would rise in riot or roar with laughter. Nonsense so nonsensical as that can only be uttered in the tones of a sensible man. 
So vividly do I see Mr. Wickham as a politician that I feel inclined to rewrite the whole of Pride and Prejudice to suit the politics of to-day. It would be amusing to send the Bennett girls rushing round to canvass: Elizabeth with amusement, and Jane with dignified reluctance. As for Lydia, she would be a great success hi modern politics. But her husband would be the greatest success of all; and he might become a Cabinet Minister while poor old Darcy was sulking in the provinces, a decent, truthful, honourable Diehard, cursing the taxes and swearing the country was going to the dogs and especially to the puppies.

sábado, 28 de marzo de 2015

Remedios para el «agüite» por un desamor


Salomé baila ante Herodes. El Rey y Juan perdieron la cabeza (Bayerische Staatsbibliothek, Clm 835, f. 137)

En «Sueños de una noche de verano», Shakespeare nos deja esta perla: «The course of true love never did run smooth (Act 1, Scene 1)» que podría traducirse como «El río del amor jamás fluyó tranquilo». En otras versiones en español la he encontrado como  «El verdadero amor nunca fluye con facilidad» o «Siempre serpentea el camino del amor». Si cuando el amor es correspondido, nos es difícil identificar y describir qué es «lo-que-amo-de-ti» cuando digo «te-amo»,  la desilusión amorosa nos golpea, sorprende y deja sin palabras en mayor medida: ¿por qué se murió lo que alguna vez me ilusionó tanto? ¿Ha sido un error haber quemado el corazón ahí?

En Orgullo y Prejuicio, Jane Austen parece convencida de que algún beneficio se obtiene del mal de amor. Mr. Bennet, papá de la protagonista, se apunta socarronamente una fina ironía. No hay como el bullying formativo de tus propios padres:
La señora Bennet seguía aún extrañada y murmurando al ver que Bingley no regresaba; y aunque no pasaba día sin que Elizabeth le hiciese ver claramente lo que sucedía, no parecía que la madre dejase de extrañarse. Su hija intentaba convencerla de lo que ella misma no creía, diciéndole que las atenciones de Bingley para con Jane habían sido efecto de un capricho corriente y pasajero que cesó al dejar de verla; pero aunque la señora Bennet no vacilaba en admitir esa posibilidad, no podía dejar de repetir todos los días la misma historia. Lo único que la consolaba era que Bingley tenía que volver en verano.
El señor Bennet veía la cosa de muy distinta manera.
–De modo, Lizzy ―le dijo un día―, que tu hermana ha tenido un fracaso amoroso. Le doy la enhorabuena. Antes de casarse, está bien que una chica tenga algún fracaso; así se tiene algo en qué pensar, y le da cierta distinción entre sus amistades. ¿Y a ti, cuándo te toca? No te gustaría ser menos que Jane. Aprovéchate ahora. Hay en Meryton bastantes oficiales como para engañar a todas las chicas de la comarca. Elige a Wickham. Es un tipo agradable, y es seguro que te dará calabazas.
―Gracias, papá, pero me conformaría con un hombre menos agradable. No todos podemos esperar tener tan buena suerte como Jane.
―Es verdad ―dijo el señor Bennet―, pero es un consuelo pensar que, suceda lo que suceda, tienes una madre cariñosa que siempre te ayudará.
El de Aquino le dedica una cuestión de la Summa Theologica a ofrecernos cinco remedios contra la tristeza (S.Th. I-II q.38):
(1) La delectación. Aunque en esta cuestión de la Summa Tomás sólo menciona  el término delectatio sin ofrecer ejemplos, algunos cuatro o cinco años después, al escribir la II-II, sugiere como ejemplos a la risa, el juego, el oír a un juglar o a un cómico, el contar chistes -«palabras y acciones jocosas»-. Podríamos sumar dos: vaciar una botella de vino o cantar. Quien no se ríe es tosco, rústico e irracional, concluye en la S.Th. II-II q.168 a.4co.
(2) También funciona el llanto o el sueño. El primero,  desparrama [disgregatur] la tensión interior del alma y la saca por los ojos-, y el segundo plancha las arrugas del alma.
(3) Otro remedio es la compasión y la compañía de los amigos, gracias a los cuales me doy cuenta que «no estoy solo».
(4) Una experiencia estética -Tomás la llama  contemplación de la verdad-. (5) Un largo y lento baño con agua caliente.
El paso del tiempo y mantener una sana separación, preparan un remedio para el desamor que se aplica a la distancia; a saber, recordar y guardar en memoria dos movimientos de todo amor. Por una parte, rememorar lo valioso que se veía en el antiguo amor. Esto es así, porque si algo nos llamó la atención de aquella persona es por que aquello realmente tenía -y todavía tiene- que ver conmigo, aquello es para mí, y por eso exigía mi cuidado e interés. La otra cara de la moneda, el segundo aspecto de este remedio para el desamor, es reconocer aquello del propio corazón que se puso de manifiesto gracias a aquel encuentro. Casi siempre es en el contexto de un amor cuando vemos tocamos nuestro propio corazón. Porque lo llevamos al abismo, porque nos lo jugamos del todo. Sólo así lo «vemos».

Espero que te sirva.

lunes, 24 de noviembre de 2014

¿Gradual o Intempestivo? Dos formas de enamorarse en «Orgullo y Prejuicio»

Lizzy y Mr. Darcy en Pemberley. «Pride and Prejudice» (BBC ,1995).

En «Pride and Prejudice» compiten dos formas de enamorarse. La primera es el amor a primera vista personificado por Jane y Bingley. Se presenta de golpe, parece más un asunto de suerte que de esfuerzo: los astros se alinearon, llega por sorpresa, tira del caballo. La segunda, necesita conquistarse, sucede de forma paulatina y dolorosa. A los personajes se les llama a superar sus prejuicios originales a pesar de un justificado recelo. Lo representan Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy.

Ya en el Blog he publicado sobre la importancia que Jane Austen -la autora de «Pride and Prejudice»- le da a la lectura y a la contemplación en el proceso de maduración personal. También algo sobre  encuentro, el ser-visto. En el caso de Lizzy y Darcy, este proceso –encontrarse, esforzarse y caer en la cuenta- necesariamente es un proceso gradual que abre el espacio a la profundidad. Sin duda los personajes experimentan su momento de «caer en la cuenta». Pero para entonces ya es tarde... han caído.

Elizabeth visita Pemberley –la casa de Darcy- de paseo con sus tíos los Gardiner. Para entonces, Lizzy ya ha discutido con Darcy, ha leído y madurado la carta con la que éste explica sus motivos para separar a su hermana Jane del amor de su vida. Ya se ha esforzado por conocer a Darcy y conocerse a ella misma. En esta escena, Elizabeth se encuentra por primera vez con Darcy después de haber leído la carta. Primero se tropieza con sus posesiones, una forma indirecta de encontrarse con el dueño [las citas en español están abajo]:
«Elizabeth's mind was too full for conversation, but she saw and admired every remarkable spot and point of view. They gradually ascended for half a mile, and then found themselves at the top of a considerable eminence, where the wood ceased, and the eye was instantly caught by Pemberley House, situated on the opposite side of a valley, into which the road, with some abruptness, wound. It was a large, handsome, stone building, standing well on rising ground, and backed by a ridge of high woody hills; -- and in front, a stream of some natural importance was swelled into greater, but without any artificial appearance. Its banks were neither formal, nor falsely adorned. Elizabeth was delighted. She had never seen a place for which nature had done more, or where natural beauty had been so little counteracted by an awkward taste. They were all of them warm in their admiration; and at that moment she felt that to be mistress of Pemberley might be something! [Chapter I of Volume III (Chap. 43)]»
El segundo encuentro de ese día se da a través de un retrato hablado, una descripción del carácter y del temperamento que de Darcy traza una de sus sirvientas. Después, se encontrará con un retrato pintado. Finalmente, durante una caminata por el lugar, con él mismo. Para entonces, los dos han sufrido un proceso de transformación. Una ascención paulatina que se construye con dos elementos: el esfuerzo propio y  la conciencia de la aparición del otro como un don. Para esto último los personajes son honestos y valientes como para preguntarse y reconocer quienes son en realidad: «¿quién es ella para mí? ¿quién soy yo para ella? ¿qué significo yo para ella?». Sólo después de ese esfuerzo de maduración a través del tiempo, se reconoce que uno ya está perdido en medio de aquello. Austen describe este proceso tanto en Lizzy como en Darcy como algo gradual. Esta conversación sucede después de  haberse dicho que sí:
-«We will not quarrel for the greater share of blame annexed to that evening,» said Elizabeth. «The conduct of neither, if strictly examined, will be irreproachable; but since then, we have both, I hope, improved in civility.»
-«I cannot be so easily reconciled to myself. The recollection of what I then said, of my conduct, my manners, my expressions during the whole of it, is now, and has been many months, inexpressibly painful to me. Your reproof, so well applied, I shall never forget: "had you behaved in a more gentleman-like manner." Those were your words. You know not, you can scarcely conceive, how they have tortured me; -- though it was some time, I confess, before I was reasonable enough to allow their justice.»
-«I was certainly very far from expecting them to make so strong an impression. I had not the smallest idea of their being ever felt in such a way.»
-«I can easily believe it. You thought me then devoid of every proper feeling, I am sure you did. The turn of your countenance I shall never forget, as you said that I could not have addressed you in any possible way that would induce you to accept me.»
-«Oh! do not repeat what I then said. These recollections will not do at all. I assure you that I have long been most heartily ashamed of it.»
Darcy mentioned his letter. «Did it, said he, did it soon make you think better of me? Did you, on reading it, give any credit to its contents?»
She explained what its effect on her had been, and how gradually all her former prejudices had been removed.
-«I knew, said he, that what I wrote must give you pain, but it was necessary. I hope you have destroyed the letter. There was one part especially, the opening of it, which I should dread your having the power of reading again. I can remember some expressions which might justly make you hate me.» [Chapter XVI of Volume III (Chap. 58)]
El argumento se repite, una vez más, cuando Lizzy explica a su hermana Jane y a su padre cómo se ha enamorado de Darcy:
-«My dearest sister, now be serious. I want to talk very seriously. Let me know every thing that I am to know, without delay. Will you tell me how long you have loved him?»
-«It has been coming on so gradually, that I hardly know when it began. But I believe I must date it from my first seeing his beautiful grounds at Pemberley.» [Vista a la que llegó físicamente por una ascensión gradual]
[...] 
Her father was walking about the room, looking grave and anxious. «Lizzy, said he, what are you doing? Are you out of your senses, to be accepting this man? Have not you always hated him?» 
How earnestly did she then wish that her former opinions had been more reasonable, her expressions more moderate! It would have spared her from explanations and professions which it was exceedingly awkward to give; but they were now necessary, and she assured him, with some confusion, of her attachment to Mr. Darcy.
-«Or, in other words, you are determined to have him. He is rich, to be sure, and you may have more fine clothes and fine carriages than Jane. But will they make you happy?»
-«Have you any other objection, said Elizabeth, than your belief of my indifference?»
-«None at all. We all know him to be a proud, unpleasant sort of man; but this would be nothing if you really liked him.»
-«I do, I do like him,» she replied, with tears in her eyes, «I love him. Indeed he has no improper pride. He is perfectly amiable. You do not know what he really is; then pray do not pain me by speaking of him in such terms.
-«Lizzy, said her father, I have given him my consent. He is the kind of man, indeed, to whom I should never dare refuse any thing, which he condescended to ask. I now give it to you, if you are resolved on having him. But let me advise you to think better of it. I know your disposition, Lizzy. I know that you could be neither happy nor respectable, unless you truly esteemed your husband; unless you looked up to him as a superior. Your lively talents would place you in the greatest danger in an unequal marriage. You could scarcely escape discredit and misery. My child, let me not have the grief of seeing you unable to respect your partner in life. You know not what you are about.»
Elizabeth, still more affected, was earnest and solemn in her reply; and at length, by repeated assurances that Mr. Darcy was really the object of her choice, by explaining the gradual change which her estimation of him had undergone, relating her absolute certainty that his affection was not the work of a day, but had stood the test of many months suspense, and enumerating with energy all his good qualities, she did conquer her father's incredulity, and reconcile him to the match. [Chapter XVII of Volume III (Chap. 59)]
Darcy también experimentó algo similar respecto a Elizabeth:
Elizabeth's spirits soon rising to playfulness again, she wanted Mr. Darcy to account for his having ever fallen in love with her. «How could you begin?» said she. «I can comprehend your going on charmingly, when you had once made a beginning; but what could set you off in the first place? I cannot fix on the hour, or the spot, or the look, or the words, which laid the foundation. It is too long ago. I was in the middle before I knew that I had begun.»
-«My beauty you had early withstood, and as for my manners -- my behaviour to you was at least always bordering on the uncivil, and I never spoke to you without rather wishing to give you pain than not. Now be sincere; did you admire me for my impertinence?»
-«For the liveliness of your mind, I did.»
-«You may as well call it impertinence at once. It was very little less. The fact is, that you were sick of civility, of deference, of officious attention. You were disgusted with the women who were always speaking, and looking, and thinking for your approbation alone. I roused, and interested you, because I was so unlike them. Had you not been really amiable, you would have hated me for it; but in spite of the pains you took to disguise yourself, your feelings were always noble and just; and in your heart, you thoroughly despised the persons who so assiduously courted you. There -- I have saved you the trouble of accounting for it; and really, all things considered, I begin to think it perfectly reasonable. To be sure, you knew no actual good of me -- but nobody thinks of that when they fall in love.» [Chapter XVIII of Volume III (Chap. 60)]
¿Cuál es la moraleja de todo esto? La lección de todo esto, quizá sea esta pregunta: ¿De qué forma experimentaré el amor que dará sentido a la propia vida? ¿De golpe y a la primera? Honestamente, algo así sucede en muy pocos casos. Por lo general, el esfuerzo y la maduración son requisitos para caer en la cuenta de que se está metido en ello.

Lo más probable es que debas pagar el precio.

-o-

Chapter I of Volume III (Chap. 43)
“La mente de Elizabeth estaba demasiado ocupada para poder conversar; pero observaba y admiraba todos los parajes notables y todas las vistas. Durante media milla subieron gradualmente una cuesta que les condujo a una loma considerable donde el bosque se interrumpía y desde donde vieron en seguida la casa de Pemberley, situada al otro lado del valle por el cual se deslizaba un camino algo abrupto. Era un edificio de piedra, amplio y hermoso, bien emplazado en un altozano que se destacaba delante de una cadena de elevadas colinas cubiertas de bosque, y tenía enfrente un arroyo bastante caudaloso que corría cada vez más potente, completamente natural y salvaje. Sus orillas no eran regulares ni estaban falsamente adornadas con obras de jardinería. Elizabeth se quedó maravillada. Jamás había visto un lugar más favorecido por la naturaleza o donde la belleza natural estuviese menos deteriorada por el mal gusto. Todos estaban llenos de admiración, y Elizabeth comprendió entonces lo que podría significar ser la señora de Pemberley.”


Chapter XVI of Volume III (Chap. 58)
“―No vamos a discutir quién estuvo peor aquella tarde ―dijo Elizabeth―. Bien mirado, los dos tuvimos nuestras culpas. Pero me parece que los dos hemos ganado en cortesía desde entonces.
―Yo no puedo reconciliarme conmigo mismo con tanta facilidad. El recuerdo de lo que dije e hice en aquella ocasión es y será por mucho tiempo muy doloroso para mí. No puedo olvidar su frase tan acertada: «Si se hubiese portado usted más caballerosamente.» Éstas fueron sus palabras. No sabe, no puede imaginarse cuánto me han torturado, aunque confieso que tardé en ser lo bastante razonable para reconocer la verdad que encerraban.
―Crea usted que yo estaba lejos de suponer que pudieran causarle tan mala impresión. No tenía la menor idea de que le afligirían de ese modo.
―No lo dudo. Entonces me suponía usted desprovisto de todo sentimiento elevado, estoy seguro. Nunca olvidaré tampoco su expresión al decirme que de cualquier modo que me hubiese dirigido a usted, no me habría aceptado.
―No repita todas mis palabras de aquel día. Hemos de borrar ese recuerdo. Le juro que hace tiempo que estoy sinceramente avergonzada de aquello.
Darcy le habló de su carta:
“―¿Le hizo a usted rectificar su opinión sobre mí? ¿Dio crédito a su contenido?
Ella le explicó el efecto que le había producido y cómo habían ido desapareciendo gradualmente sus anteriores prejuicios.
―Ya sabía ―prosiguió Darcy― que lo que le escribí tenía que apenarla, pero era necesario. Supongo que habrá destruido la carta. Había una parte, especialmente al empezar, que no querría que volviese usted a leer. Me acuerdo de ciertas expresiones que podrían hacer que me odiase.”



Chapter XVII of Volume III (Chap. 59)
―Hermana, querida, no estás hablando en serio. Dime una cosa que necesito saber al momento: ¿desde cuándo le quieres?
―Ese amor me ha ido viniendo tan gradualmente que apenas sé cuándo empezó; pero creo que data de la primera vez que vi sus hermosas posesiones de Pemberley.
Jane volvió a pedirle formalidad y Elizabeth habló entonces solemnemente afirmando que adoraba a Darcy. Jane quedó convencida y se dio enteramente por satisfecha.
[...]
―Elizabeth ―le dijo―, ¿qué vas a hacer? ¿Estás en tu sano juicio al aceptar a ese hombre? ¿No habíamos quedado en que le odiabas?
¡Cuánto sintió Elizabeth que su primer concepto de Darcy hubiera sido tan injusto y sus expresiones tan inmoderadas! Así se habría ahorrado ciertas explicaciones y confesiones que le daban muchísima vergüenza, pero que no había más remedio que hacer. Bastante confundida, Elizabeth aseguró a su padre que amaba a Darcy profundamente.
―En otras palabras, que estás decidida a casarte con él. Es rico, eso sí; podrás tener mejores trajes y mejores coches que Jane. Pero ¿te hará feliz todo eso?
―¿Tu única objeción es que crees que no le amo?
―Ni más ni menos. Todos sabemos que es un hombre orgulloso y desagradable; pero esto no tiene nada que ver si a ti te gusta.
―Pues sí, me gusta ―replicó Elizabeth con lágrimas en los ojos―; le amo. Además no tiene ningún orgullo. Es lo más amable del mundo. Tú no le conoces. Por eso te suplico que no me hagas daño hablándome de él de esa forma.
―Elizabeth ―añadió su padre―, le he dado mi consentimiento. Es uno de esos hombres, además, a quienes nunca te atreverías a negarles nada de lo que tuviesen la condescendencia de pedirte. Si estás decidida a casarte con él, te doy a ti también mi consentimiento. Pero déjame advertirte que lo pienses mejor. Conozco tu carácter, Lizzy. Sé que nunca podrás ser feliz ni prudente si no aprecias verdaderamente a tu marido, si no le consideras como a un superior. La viveza de tu talento te pondría en el más grave de los peligros si hicieras un matrimonio desigual. Difícilmente podrías salvarte del descrédito y la catástrofe. Hija mía, no me des el disgusto de verte incapaz de respetar al compañero de tu vida. No sabes lo que es eso.
Elizabeth, más conmovida aun que su padre, le respondió con vehemencia y solemnidad; y al fin logró vencer la incredulidad de su padre reiterándole la sinceridad de su amor por Darcy, exponiéndole el cambio gradual que se había producido en sus sentimientos por él, afirmándole que el afecto de él no era cosa de un día, sino que había resistido la prueba de muchos meses, y enumerando enérgicamente todas sus buenas cualidades. Hasta el punto que el señor Bennet aprobó ya sin reservas la boda.
―Bueno, querida ―le dijo cuando ella terminó de hablar―, no tengo más que decirte. Siendo así, es digno de ti. Lizzy mía, no te habría entregado a otro que valiese menos.


Chapter XVIII of Volume III (Chap. 60)
Elizabeth no tardó en recobrar su alegría, y quiso que Darcy le contara cómo se había enamorado de ella:
―¿Cómo empezó todo? ―le dijo―. Comprendo que una vez en el camino siguieras adelante, pero ¿cuál fue el primer momento en el que te gusté?
―No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.
―Pues mi belleza bien poco te conmovió. Y en lo que se refiere a mis modales contigo, lindaban con la grosería. Nunca te hablaba más que para molestarte. Sé franco: ¿me admiraste por mi impertinencia?
―Por tu vigor y por tu inteligencia.
―Puedes llamarlo impertinencia, pues era poco menos que eso. Lo cierto es que estabas harto de cortesías, de deferencias, de atenciones. Te fastidiaban las mujeres que hablaban sólo para atraerte. Yo te irrité y te interesé porque no me parecía a ellas. Por eso, si no hubieses sido en realidad tan afable, me habrías odiado; pero a pesar del trabajo que te tomabas en disimular, tus sentimientos eran nobles y justos, y desde el fondo de tu corazón despreciabas por completo a las personas que tan asiduamente te cortejaban. Mira cómo te he ahorrado la molestia de explicármelo. Y, la verdad, al fin y al cabo, empiezo a creer que es perfectamente razonable. Estoy segura de que ahora no me encuentras ningún mérito, pero nadie repara en eso cuando se enamora.





jueves, 9 de octubre de 2014

¿De dónde salen los héroes? Jane Austen y los educadores de grandeza.

Jane Austen en el billete de £10
En los personajes de Jane Austen se repite un patrón: el despertar. De pronto se dan cuenta de su comportamiento deficiente, de su juicio equivocado y de sus sentimientos desajustados (aquí algo ya publicado en el blog al respecto). Algunas de sus heroínas tienen amigos que se los hacen notar.  Emma Woodhouse cuenta George Knightley en «Emma». Catherine Morland recibe un consejo -más bien un regaño- de  Henry Tilney en «Northanger Abbey». Por último, Ann Elliot madura con los consejos de Lady Russell -aunque con matices- en «Persuasion». Tanto Knightley como Tilney son personajes de buen juicio, el prototipo de caballero. Lady Russell es una buena amiga, confidente y consejera. Parece lógico y hasta natural que Emma, Catherine y Anne hayan sido educadas por estos mentores. A diferencia de ellas tres, ni Elinor Dashwood, ni Elizabeth Bennet, ni Fanny Price tienen a su alcance a un educador así.

Austen crea ambientes donde las protagonistas viven rodeados de personas desajustadas en sus juicios, inestables en sus sentimientos, vanidosos y egoístas en sus relaciones con otros y superficiales en sus pretensiones de felicidad –a veces ellas lo son-. Si tomamos en cuenta, además, que ni Elinor, ni Elizabeth, ni Fanny, contaban con maestros de una vida que valga la pena, entonces, ¿cómo fue que las heroínas lograron ser distintas al resto? ¿De dónde sale una persona centrada si el ambiente en el que vive no se presta para ello? ¿Cuál fue ese proceso educativo que las formó para ser agudas y empáticas? ¿Dónde aprenden a no ser como los demás?

Hay tres cosas en común que parece ser la fuente de su auto-educación: (i) leen, (ii) contemplan y retienen, y (iii) se esfuerzan. Quizá son estos tres los educadores de personas ajustadas que propone Jane Austen.

1. Leen.

Leen cartas y libros. Pero también pinturas, la naturaleza... y personas. En «Pride and Prejudice» Elizabeth Bennet es obligada por Darcy a leer una carta en la que él explica tanto sus motivos para separar a su hermana Jane de su amigo Charles Bingley, como sus fricciones con George Wickham. En la carta se habla de sucesos pero el resultado es un encuentro de dos personas: quién realmente la persona que escribe –Darcy- y quién realmente quien lee -Elizabeth-. 

El encuentro también sucede cuando Elizabeth lee las pinturas familiares en visita a Pemberley. Lizzy se ve obligada a enfrentarse a las personas retratadas, y al igual que con la carta, vuelve una y otra vez sobre el cuadro. Ya escribí en blog algo sobre lo que significa leer [«Toma y lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S. Agustín)], ahí podrán encontrar más detalle.


«A Gentleman's Art Gallery», de Thomas Rowlandson (1756-1827). En una habitación así, Elizabeth habría encontrado el cuadro de Darcy
2. Contemplan y Guardan.

Fanny Price, la heroína de Mansfield Park (aquí un post dedicado a ella y en esta página, una colección de post sobre esta novela) fue adoptada por su tío rico para mejorar sus oportunidades en la vida. Su soledad forzada la llenaba con largas entrevistas consigo misma donde contemplaba y meditaba lo que veía. Tanto que en ocasiones sus parientes -insensibles y egoístas- pasan de largo su presencia. Austen vincula la indiferencia hacia Fanny con la apatía hacia la belleza de las estrellas:
«Durante unos minutos hermano y hermana estuvieron demasiado entregados al mutuo comentario sobre la magnificencia de la noche y el intenso brillo de las estrellas, para pensar más que en sí mismos; pero, al producirse el primer silencio, Edmund, mirando en derredor, dijo:
—¿Dónde está Fanny? ¿Se ha acostado ya?
—No; que yo sepa, no —contestó la señora Norris—; hace un momento estaba aquí.
Su dulce voz, al hacerse oír desde el otro extremo de la sala, que era muy espaciosa, les indicó que estaba en el sofá. Tía Norris empezó a gruñir:
—Es un truco muy tonto, Fanny, esto de arrinconarse para pasarse la noche holgazaneando en un sofá. ¿Por qué no te acercas y te sientas aquí, y te empleas en algo como hacemos nosotras? Si no tienes labor tuya, yo puedo proporcionártela de la cesta de los pobres. Allí está todo el percal nuevo, comprado la semana pasada, todavía intacto. Te aseguro que casi se me quebró el espinazo al cortarlo. Tienes que aprender a pensar en los demás; y, puedes creerme, es un hábito muy feo en una persona joven el estar siempre recostada en un sofá. (Capítulo 7)»
En todas las novelas de Jane Austen sólo existen dos pasajes que podemos calificar de metafísicos. Ambos en Mansfield Park. Son escenas en las que se habla sobre cómo son las cosas en sí, y cómo en ellas encontramos un orden, un brillo, una belleza que nos llama. Como si existieran para ser contemplados  y de esa contemplación nosotros pudiéramos conocernos quiénes somos. En otras palabras, las cosas son inteligibles, apetecibles y amables para nosotros, por que tenemos una razón capaz de conocer ese diseño, unos sentimientos diseñados gozar de esa armonía y un corazón para conmoverse ante ese llamado. En la primera de esas escenas, Fanny se conmueve al observar las estrellas, lo que le permite reflexionar sobre la belleza, el orden y la armonía:
«Fanny convino en eso, y tuvo la satisfacción de ver que él [su primo y protector Edmund] permanecía a su lado, junto a la ventana, a pesar de la anunciada canción, y que volvía como ella los ojos al exterior, cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cautivador en la luminosidad de una noche estrellada, contrastando sobre la profunda negrura de los bosques. Fanny habló por sus sentimientos:
—¡Esto es armonía! —dijo—. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste. (Capítulo 11)»
Si la naturaleza expresa una armonía que podemos conocer, apreciar y gozar, es por que dicen algo de nosotros mismos. Aristóteles se dio cuenta de ello: nuestra acción imita lo que vemos en la naturaleza (Física, II.4.194a.21-23). Es decir, aprendemos a operar viendo cómo lo hacen las cosas de la naturaleza: vemos que buscan unos fines, aprendemos a que lo hacen con un orden, etc. y a partir de ahí aprendemos algo de nosotros mismos. Tomás de Aquino siguió esa idea: la racionalidad que vemos en las cosas, nos dice algo, educa nuestro sentido de juicio y moldea nuestros juicios prácticos (Brock, The legal Character of Natural Law of St. Thomas Aquinas). El maestro de un oficio muestra a su pupilo una serie de objetos para acostumbrarlo a ver y producir uno similar -«este es un buen jarrón y así se hace»-. El aprendiz modela el barro y lleva su vista al modelo diseñado por el maestro para guiar su propia acción. Así produce un buen jarrón, como el de su maestro, y a prende a imitarlo. De la misma manera, en la naturaleza existe un modelo de «buen jarrón» de cuya contemplación aprendemos a guiar nuestra acción: «Por eso el intelecto humano, cuya luz inteligible se deriva del intelecto divino, debe ser formado por la observación de las obras de la naturaleza, para obrar de manera similar (Tomás de Aquino, Comentario a la Política de Aristóteles, Proemio)»

En Jane Austen, el carácter se moldea a través de la contemplación, de almacenar  y guardar en el corazón la armonía de la naturaleza. Con esa educación es posible también ajustar el carácter de una persona y conocer cuál su vocación y destino: por que se sabe ver lo que vale la pena. La armonía de la naturaleza es educadora: transforma a quien la contempla en un personaje éticamente atractivo, solidario con otros seres humanos, racionalmente crítico y afectivamente estimulante: una buena persona.

Fanny (Julia Joyce) y Edmund (Blake Ritson) en la versión de 2007 de Mansfield Park

Mary Crawford, la antagonista, es incapaz de apreciar la armonía. Para ella, el orden de la naturaleza no dice nada, ni afecta su juicio, ni modela sus sentimientos, ni influye en sus decisiones. Y mucho menos es capaz de guardar en la memoria -más bien en el corazón- ese tipo de experiencia. Ante la belleza, es «impasible y distraída». Por eso no tiene nada que decir. A lo largo de la novela Mary se jacta de ser una «egoísta incurable», de ir a lo suyo, de superficial. Y ese vacío se manifiesta también en su sordera para la belleza: su espíritu está atrofiado para captar la belleza tanto de la naturaleza como de las necesidades de una persona.
«—Es bonito, muy bonito —dijo Fanny, mirando en derredor, un día en que se hallaban así sentadas en un banco—; cada vez que vuelvo a encontrarme entre estos arbustos me sorprende más su desarrollo y belleza. Hace tres años, esto no era más que un seto vivo que crecía descuidadamente a lo largo de la margen superior del campo, y que nunca se creyó que fuese algo, o que pudiera convertirse en algo digno de tenerse en cuenta; y ahora es un paseo del cual seria difícil decir si es más apreciable lo útil o lo decorativo. Y, acaso, dentro de otros tres años habremos olvidado… casi olvidado lo que antes fue. ¡Qué cosa tan asombrosa, tan enormemente asombrosa, la acción del tiempo y los cambios del pensamiento humano! —y siguiendo el curso de sus últimas ideas, poco después añadió—: Si alguna de las facultades de nuestra naturaleza puede considerarse más maravillosa que las restantes, yo creo que es la memoria. Parece que hay algo más claramente incomprensible en el poder, en los fracasos, en las irregularidades de la memoria, que en cualquier otro aspecto de nuestra inteligencia. ¡La memoria es a veces tan fiel, tan servicial, tan obediente y, otras, tan veleidosa, tan flaca… y otras aún, tan tiránica e ingobernable! Somos, indudablemente, un milagro en todos los aspectos; pero nuestra facultad de recordar y de olvidar me parece algo particularmente insondable.
Miss Crawford, impasible y distraída, no tuvo nada que decir; y Fanny, comprendiéndolo así, volvió al tema que consideraba más interesante para su interlocutora:
—Puede que parezca impertinente mi elogio, pero debo admirar el gusto que la señora Grant ha puesto en todo esto. Hay una tan apacible simplicidad en el trazado y detalles de este paseo… ¡y lo ha conseguido sin demasiado esfuerzo!
—Sí —replicó Mary descuidadamente—, queda muy bien para un lugar como éste. Una no piensa ver grandes cosas aquí, y, entre nosotras, hasta que vine a Mansfield nunca había imaginado que un párroco rural pudiera aspirar jamás a tener un paseo de arbustos, ni nada por el estilo.
—¡Me gusta ver cómo crecen y prosperan las siemprevivas! —dijo Fanny como respuesta—. El jardinero de mi tío dice siempre que esta tierra es mejor que la suya, y así parece, a juzgar por el desarrollo de los laureles y arbustos en general. ¡Y la siempreviva! ¡Qué bonita, qué grata, qué maravillosa, la siempreviva! Cuando se piensa en esto… ¡qué asombrosa variedad, la de la naturaleza! Sabemos que en algunos parajes la variedad está en el árbol que muda sus hojas, pero esto no hace menos sorprendente que el mismo suelo y el mismo sol nutran plantas diversas, que difieren en las reglas y leyes básicas de su existencia. Pensará usted que le estoy recitando una rapsodia; pero cuando me encuentro entre la naturaleza, en especial descansando, me entrego con gran facilidad a esta especie de arrebatos admirativos. No puedo fijar la mirada en el más simple producto de la naturaleza sin hallar motivo para una desbordada fantasía.
—Si quiere que le diga la verdad —replicó miss Crawford—, creo que soy algo parecida al famoso dux de la corte de Luis XIV, y puedo afirmar que no veo en este paseo de arbustos maravilla alguna que iguale a la de hallarme yo en él. (Capítulo 22)»
Mary se sorprende que un clérigo, al menos en teoría un ejemplo de virtud, pudiera compaginar la virtud con la belleza en las cosas que lo rodean. A Mary el parece que la belleza es la de un rostro atractivo, la del rico, la de quien se divierte con la vida. Usa del caballo de Fanny para coquetear con Edmund, organiza una obra de teatro para seguir con el juego de la seducción. Para Miss Crawford, la belleza presenta objetos para poseer y gozarse con ellos. Para Fanny, la contemplación de la belleza la saca de sí misma, entrena a la razón y al corazón para buscar fines dignos: construir relaciones sociales valiosas. Fanny se ha convertido en la más valiosa y útil de quienes viven tanto en Mansfield y como en casa de sus padres.

Catherine Morland, de «Northanger Abbey», se mete en problemas por su incapacidad para distinguir entre sus novelas favoritas y la vida real. La contemplación y la capacidad para acumular esas experiencias serán las que refuercen la educación de Ms. Morland. Así lo resumió su madre: «—Catherine será un ama de casa algo inexperta y alocada —observó Mrs. Morland, consolándose luego al recordar que no hay mejor maestro que la práctica.»

3. Se esfuerzan y están dispuestas a sufrir. Nada es Gratis.


Por último, en «Sense and Sensibility» las Dashwood habían sufrido decepciones amorosas, habían sido reducidas a la pobreza y tratadas con desprecio por su familia. Todas se refugiaban en la fortaleza de Elinor sin saber que ella también sufría. La siguiente escena se desarrolla cuando Marianne -la hermana emocional- conoce las penas de Elinor. La hermana sensata reconoce que sólo cumplía su deber. Para Marianne esa reacción es incomprensible, ¿cómo puede una persona no dejarse llevar por sus sentimientos? ¿No es renunciar a sí mismo? Si los sentimientos expresan algo de lo que somos realmente, ¿no es hipocresía limitarlos con el hielo del deber y la frialdad de la razón? 

A la respuesta de Elinor no le sobra una palabra. Todo el pasaje es genial (lo puse al final). En algún momento, la mayor de las Dashwood reconoce que el doloroso cumplimiento del deber, le permitió educar a su razón, mesurar sus sentimientos, encontrar la solución adecuada a su problema y la capacitó para mantener una relación adecuada con los demás: «La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos (Capítulo 37)». En su caso, la educación ética no se ahorró el esfuerzo. Al final de la historia, el sufrimiento que padeció Marianne, le permitió orientar sus sentimientos y gracias a estos, aquellos fueron más profundos y fructíferos. El esfuerzo –en este caso el sufrimiento- fue para Marianne, el maestro sobre cómo vivir dignamente:
«Marianne Dashwood había nacido destinada a algo extraordinario. Nació para descubrir la falsedad de sus propias opiniones y para impugnar con su proceder sus máximas favoritas. Nació para vencer un afecto surgido a la edad de diecisiete años, y sin ningún sentimiento superior a un gran aprecio y una profunda amistad, ¡voluntariamente le entregó su mano a otro! [...] En vez de sacrificada a una pasión irresistible, como alguna vez se había enorgullecido en imaginarse a sí misma; incluso en vez de quedarse para siempre junto a su madre con la soledad y el estudio como únicos placeres, según después lo había decidido al hacerse más tranquilo y sobrio su juicio, se encontró a los diecinueve años sometiéndose a nuevos vínculos, aceptando nuevos deberes, instalada en un nuevo hogar, esposa, ama de una casa y señora de una aldea. (Capítulo 50)»
Aquí va la respuesta completa de Elinor a la incomprensión de Marianne:
«Ante estas palabras, Marianne expresó con sus ojos lo que sus labios no podían formular. Tras un momento de asombrado silencio, exclamó:
—¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.
—¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!
—No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.
—¡Cuatro meses! —volvió a exclamar Marianne—. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sostenido?
—En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.
Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Marianne.”
“—A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño —añadió Elinor—, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría convencido.
—¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!
Marianne (Charity Wakefield) y Elinor (Hattie Morahan) en la versión de 2008 de Sense and Sensibility.
—Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apoyarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi alrededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su deber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no carece de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y después de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y permanente y de todo cuanto pueda ponderarse una felicidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecuado... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en aspecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra superior a ella.”
—Si es así como piensas —dijo Marianne—, si puede compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.
—Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro meses, Marianne, todo esto me ha pesado en la mente sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta persona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos digno de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su madre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queridos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.
Marianne estaba completamente consternada.
—¡Ay, Elinor! —exclamó—. Me has hecho odiarme para siempre. ¡Qué desalmada he sido contigo! Contigo, que has sido mi único consuelo, que me has acompañado en toda mi miseria, ¡que parecías sufrir únicamente por mí! ¿Así es como te lo agradezco? ¿Es ésta la única recompensa que puedo ofrecerte? Porque tu valía me abrumaba, he estado intentando desconocerla.” (Capítulo 37)»

viernes, 18 de julio de 2014

G.K. Chésterton: Jane Austen no escribió novelas rosas.

Ya en varias ocasiones he escrito sobre Jane Austen (en las etiquetas de abajo aparece lo que he publicado de ella en el blog). Algo había que decir en el aniversario de su muerte (18-jul). Tomo ocasión de la Introducción que escribió Chésterton a la primera edición de "«Love and Friendship» y otros escritos Juveniles de Jane Austen" (aquí el libro completo).

En principio, parecería que sus novelas -y las películas y series que se hacen basadas en ellas- habría que colocarlas entre las películas románticas orientadas a adolescentes: el mundo de Jane Austen sería aquel en el que todo prepara la romántica declaración del protagonista y el desmayo de la dama cuando oye esa propuesta. Pero, para quien ha leído las novelas de Austen, esta preconcepción parecería cómica. Elizabeth Bennet, la heroína de «Orgullo y Prejuicio», recibe tres propuestas de matrimonio y en ninguna de esas ocasiones, se desmaya o grita de la emoción mientras aplaude, brinca y grita como chiquilla que ha visto a su artista favorito.

Jane Austen en escultura de cera (visto aquí)
Jane Austen comenzó a escribir historias para el entretenimiento familiar y la diversión casera, y si representó novelas rosas o personajes acaramelados fue para ironizar con su inconsistencia y poca seriedad. Si sus personajes ficticios se desmayan de la emoción es precisamente para mostrar lúdicamente a las personas reales, por qué motivos no vale la pena desmayarse; o qué pasa cuando los sentimientos no se armonizan con la razón, la empatía y el carácter. 

Sus personajes, en general, se mueven en un ambiente donde los antagonistas son una máscara: parecen agudos en el juicio, con emociones adecuadas, con empatía por el resto de personas y felices. Pero son sólo eso: una máscara. En Jane Austen, la virtud es una habilidad para razonar, que permite emociones intensas pero ajustadas, que capacita para entablar relaciones sociales valiosas y construir una vida familiar feliz. Esa madurez humana hace que sus personajes no se «desmayen». 

En las novelas de madurez, Jane Austen pasa de largo el gran momento de la declaración. Dice muy poco cuando cuando sus héroes y heroínas se comprometen. No existe un relato detallado de las declaraciones de amor que sí funcionan, –algo que sólo sucede en Persuasión pero escrito en una carta-, de modo que las adaptaciones al cine han tenido que inventar «el» momento. Por ejemplo, en «Orgullo y Prejuicio», cuando Mr. William Collins y Fitzwilliam Darcy declaran infructuosamente su amor a Elizabeth –de forma cómica el primero y presuntuosa el segundo- Austen es rica en detalles y palabras. Pero en la declaración que sí vale, el segundo intento de Darcy, la escritora inglesa hace decir al galán: «Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más» A lo que Elizabeth responde con... bueno, Austen sólo dice que ella, 
«le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado.» 
¡¿Tantos problemas para un simple «le dio a entender que...» y un «la dicha de Darcy fue la mayor de su existencia»?! Chésterton piensa que en esa parquedad se encuentra la originalidad de Austen: esa rara habilidad para captar el corazón de lo humano sin dejarse atrapar por la exuberancia o lo extravagante de una historia romántica. Si hubiera querido, hubiera sido capaz de acaramelar sus relatos. Escribe Chesterton:
«Si parece raro calificarla como elemental, parecería igual de extraño llamarla exuberante. Estas páginas [sus obras juveniles] revelan su secreto; y es que Austen era naturalmente exuberante. Su fuerza proviene, al igual que en el origen de cualquier otra fuerza, del control y dirección de esa exuberancia. Encontramos en sus obras una presencia y un empuje de vitalidad detrás de las miles trivialidades; podría en efecto haber sido exuberante si hubiera querido (...) Jane Austen es el reverso mismo de una solterona almidonada y famélica. Podría haber sido un bufón (...) si hubiera querido. Y esto es lo que le da una fuerza infalible a su ironía. Tras la fachada desapasionada de esta artista también está la pasión; pero su pasión, tan original, era una especie de alegre burla y de espíritu combativo contra todo lo que ella consideraba mórbido, laxo y venenosamente estúpido.»
La genialidad de Jane Austen la constituye su parquedad, un escueto realismo con el que describe -o mejor dicho, no describe- las emociones que valen de verdad: por que son razonables, por que son auténticas y por que definen a los personajes, ellas han de aparecer sin cebarse en su propio éxito. Esa precaria descripción de emociones las rescata de lo superficial e insulso y prepara las más agudas ironías contra las emociones de chiquilla inmadura. La expresión grotesca y fogosa de los sentimientos es para Jane Austen, un recurso irónico con el que describe precisamente cómo no han de ser esas emociones: anárquicas, irrazonables, insolidarias, efímeras, ruidosas. Por ejemplo, Marianne Dashwood, Lydia Bennet y el conjunto de sus obras juveniles. 

Las heroínas de Austen de alguna manera reflejaban su propia forma de ser. Así aparece descrita en una carta en la que Cassandra, su hermana, describió el temperamento de Jane a los pocos días de su muerte:
«He perdido un tesoro, una hermana como ella, una amiga que jamás podrá ser igualada. Era la luz de mi vida, volvía preciosa hasta la más insignificante alegría, aliviaba cualquier pena, jamás le he ocultado ni uno solo de mis pensamientos, y me siento como si hubiera perdido una parte de mí misma. (Cassandra Austen a Fanny Knight, 20-Jul-1817)»
En el blog:
1. ¿Qué es «virtud»? MacIntyre sobre Jane Austen (aquí)
2. La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility» (aquí)
3. Emma y George para celebrar a Yuyis (aquí)
4. La alegre corresponsabilidad por humanizarnos: Jane Austen (aquí)
5. «Toma y Lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S.Agustín) (aquí)
6. C.S. Lewis, una nota sobre Jane Austen (aquí)

Por último, la Introducción escrita por Chésterton (vista aquí).
In a recent newspaper controversy about the conventional silliness and sameness of all the human generations previous to our own, somebody said that in the world of Jane Austen a lady was expected to faint when she received a proposal. To those who happen to have read any of the works of Jane Austen, the connection of ideas will appear slightly comic.  Elizabeth Bennett, for instance, received two proposals from two very confident
and even masterful admirers; and she certainly did not faint. It would be nearer the truth to say that they did.

But in any case it may be amusing to those who are thus amused, and perhaps even instructive to those who thus need to be instructed, to know that the earliest work of Jane Austen, here published for the first time, might be called a satire on the fable of the fainting lady. "Beware of fainting fits ... though at times they may be refreshing and agreeable yet believe me they will in the end, if too often repeated and at improper seasons, prove destructive to your Constitution." Such were the words of the expiring Sophia to the afflicted Laura; and there are modern critics capable of adducing THEM as a proof that all society was in a swoon in the first decade of the nineteenth century. But in truth it is the whole point of this little skit that the swoon of sensibility is not satirized because it was a fact, even in the sense of a fashion, but satirized solely because it was fiction.  Laura and Sophia are made ludicrously unlike life by being made to faint as real ladies do not faint. Those ingenious moderns, who say that the real ladies did faint, are actually being taken in by Laura and Sophia, and believing them against Jane Austen.  They are believing, not the people of the period but the most nonsensical novels of the period, which even the people of the period who read them did not believe. They have swallowed all the solemnities of the Mysteries of Udolpho, and never even seen the joke of Northanger Abbey.

For if these JUVENILIA of Jane Austen anticipate especially any of her after works, they certainly anticipate the satiric side of Northanger Abbey.  Of their considerable significance on that side something may be said presently; but it will be well to preface it by a word about the works themselves as items of literary history. Everyone knows that the novelist left an unfinished fragment, since published under the name of "The Watsons," and a finished story called "Lady Susan," in letters, which she had herself apparently decided not to publish.  These preferences are all prejudices, in the sense of matters of unmanageable taste; but I confess I think it a strange historical accident that things so comparatively dull as "Lady Susan" should have been printed already, while things so comparatively lively as "Love and Freindship" should never have been printed until now. It is at least a curiosity of literature that such curiosities of literature should have been almost accidentally concealed. Doubtless it was very rightly felt that we may go much too far in the way of emptying the wastepaper basket of a genius on the head of the public; and that there is a sense in which the wastepaper basket is as sacred as the grave.  But without arrogating to myself any more right in the matter than anybody has to his own taste, I hope I may be allowed to say that I for one would have willingly left "Lady Susan" in the wastepaper basket, if I could have pieced together "Love and Freindship" for a private scrap-book; a thing to laugh over again and again as one laughs over the great burlesques of Peacock or Max Beerbohm.

Jane Austen left everything she possessed to her sister Cassandra, including these and other manuscripts; and the second volume of them, containing these, was left by Cassandra to her brother, Admiral Sir Francis Austen.  He gave it to his daughter Fanny, who left it in turn to her brother Edward, who was the Rector of Barfrestone in Kent, and the father of Mrs. Sanders, to whose wise decision we owe the publication of these first fancies of her great-aunt; whom it might be misleading here to call her great great-aunt. Everyone will judge for himself; but I myself think she added something intrinsically important to literature and to literary history; and that there are cartloads of printed matter, regularly recognized and printed with the works of all great authors, which are far less characteristic and far less significant than these few nursery jests.

For "Love and Freindship," with some similar passages in the accompanying fragments, is really a rattling burlesque; something much better than what the ladies of the time called an agreeable rattle. It is one of those things that can be the more readily read with enjoyment through being written with enjoyment; in other words, it is all the better for being juvenile in the sense of being joyful. She is said; to have written these things at the age of seventeen, evidently in much the same spirit in which people conduct a family magazine; for the medallions included in the manuscript were the work of her sister Cassandra.  The whole thing is full of the sort of high spirits that are always higher in private than in public; as people laugh louder in the house than in the street. Many of her admirers would not expect, perhaps many of her admirers would not admire, the sort of fun to be found in the letter of the young lady "whose feelings were too strong for her judgment," and who remarks incidentally "I murdered my father at a very early period of my life, I have since murdered my mother, and I am now going to murder my sister." Personally I think it admirable; not the conduct, but the confession. But there is much more than hilarity in the humor, even at this stage of its growth.  There is almost everywhere a certain neatness in the nonsense.  There is not a little of the true Austen irony. "The noble Youth informed us that his name was Lindsay... for particular reasons, however, I shall conceal it under that of Talbot." Did anyone really desire that to disappear into the waste-paper basket? "She was nothing more than a mere good-tempered, civil and obliging young woman; as such we could scarcely dislike her...she was only an object of contempt."  Is not that something like the first faint line in the figure of Fanny Price?  When a loud knocking is heard on the door of the Rustic Cot by the Uske, the heroine's father enquires the nature of the noise, and by cautious steps of inference they are enabled to define it as somebody outside striking the door.

"'Yes (exclaimed I) I cannot help thinking it must be somebody who knocks for admittance.'"

"That is another point, (replied he) we must not pretend to determine on what motive the person may knock...tho'that some one DOES rap at the door I am partly convinced." In the aggravating leisure and lucidity of that reply, is there not the foreshadowing of another and more famous father; and do we not hear for a moment, in the rustic cottage by the Uske, the unmistakable voice of Mr. Bennett?

But there is a larger and critical reason for taking pleasure in the gaiety of these various travesties and trifles. Mr. Austen Leigh seems to have thought them not sufficiently serious for the reputation of his great relative; but greatness is not made up of serious things, in the sense of solemn things. The reason here, however, is as serious as even he or anyone else could desire; for it concerns the fundamental quality of one of the finest talents in letters.

A very real psychological interest, almost amounting to a psychological mystery, attaches to any early work of Jane Austen. And for that one reason, among others, which has hardly been sufficiently emphasized.  Great as she was, nobody was likely to maintain that she was a poet.  But she was a marked example of what is said of the poet; she was born, not made. As compared with her, indeed, some of the poets really were made. Many men who had the air of setting the world on fire have left at least a reasonable discussion about what set them on fire. Men like Coleridge or Carlyle had certainly kindled their first torches from the flambeaux of equally fantastic German mystics or Platonic speculators; they had gone through furnaces of culture where even less creative people might have been inflamed to creation.  Jane Austen was not inflamed or inspired or even moved to be a genius; she simply was a genius.  Her fire, what there was of it, began with herself; like the fire of the first man who rubbed two dry sticks together. Some would say that they were very dry sticks which she rubbed together. It is certain that she by her own artistic talent made interesting what thousands of superficially similar people would have made dull. There was nothing in her circumstances, or even in her materials, that seems obviously meant for the making of such an artist. It might seem a very wild use of the wrong word to say that Jane Austen was elemental.  It might even seem even a little wanton to insist that she was original.  Yet this objection would come from the critic not really considering what is meant by an element or an origin. Perhaps it might be as well expressed in what is really meant by an individual.  Her ability is an absolute; it cannot be analyzed into influences.  She had been compared to Shakespeare; and in this sense she really does recall the joke about the man who said he could write like Shakespeare if he had the mind. In this case we seem to see a thousand spinsters sitting at a thousand tea-tables; and they could all have written "Emma" if they had had the mind.

There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without.  This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  And that inspiration was the inspiration of Gargantua and of Pickwick; it was the gigantic inspiration of laughter.

If it seemed odd to call her elemental, it may seem equally odd to call her exuberant.  These pages betray her secret; which is that she was naturally exuberant.  And her power came, as all power comes, from the control and direction of exuberance. But there is the presence and pressure of that vitality behind her thousand trivialities; she could have been extravagant if she liked. She was the very reverse of a starched or a starved spinster; she could have been a buffoon like the Wife of Bath if she chose. This is what gives an infallible force to her irony. This is what gives a stunning weight to her understatements. At the back of this artist also, counted as passionless, there was passion; but her original passion was a sort of joyous scorn and a fighting spirit against all that she regarded as morbid and lax and poisonously silly.  The weapons she forged were so finely finished that we might never have known this, but for these glimpses of the crude furnace from which they came. Finally there are two additional facts involved which I will leave the modern critics and correspondents in newspapers to ponder and explain at their leisure.  One is that this realist, in rebuking the romantics, is very much concerned with rebuking them for the very thing for which revolutionary sentiment has so much admired them; as for their glorification of ingratitude to parents and their easy assumption that the old are always wrong.  "No!" says the noble Youth in "Love and Freindship," "never shall it be said that I obliged my father!"  And the other is that there is not a shadow of indication anywhere that this independent intellect and laughing spirit was other than contented with a narrow domestic routine, in which she wrote a story as domestic as a diary in the intervals of pies and puddings, without so much as looking out of the window to notice the French Revolution.