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viernes, 3 de abril de 2020

La pandemia de vulnerables, frágiles... pero nunca solos.

El dibujo es de Antonio Federico

Dejar huella en el mundo implica marcarlo con nuestro trabajo por ordenarlo y vivir dignamente en él. Nos preocupa organizar la vida para ofrecer una seguridad a quienes amamos. Un espacio agradable para vivir. Esa es una cara de la moneda de la vida humana. Pero también lo es la vulnerabilidad. El mundo no necesita a esta persona para girar, ni para permanecer o evolucionar. En algún momento no existía, luego nació y mañana desaparecerá. Cada uno es prescindible, frágil y enfermable. Contingente.

El coronavirus nos despertó del comprensible enamoramiento por lado de la moneda más agradable. Pero de la que surge la fuerza interior que renueva nuestro sentido de dignidad. El papa Francisco partió de esta experiencia para ofrecer esperanza en su discurso sobre esta crisis
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. [...] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
Hace unos meses, mi hermana Nora publicó un libro en el que cuenta su vida -marcada por la enfermedad y la vulnerabilidad-. Me pidió que escribiera una presentación. Se trata de sintetizar la mirada con la que ella repasa su vida para encontrar un sentido en medio de esa fragilidad. Aquí van unos párrafos de lo que terminó en el prólogo:
¿Qué encuentras en Más allá de lo evidente? Obscuridad. Pero entendida más bien como misterio que como sombra. Una experiencia mas cercana a invitación que a la ofuscación. En la vida que Nora cuenta, el dolor se hace presente. Pero también la alegría, la solidaridad, el esfuerzo y la paciencia. Pero, ¿cómo se anudan todos estos hilos? 
Como toda vida, la biografía de Nora no solo se despliega las escenas de todos los días, sino, sobre todo, la conciencia del tipo de historia que se cuenta con su vida. La enfermedad obliga a la autora a preguntarse radicalmente por el sentido de su vida. Desde su infancia, Nora se convenció de que Dios, un Padre bueno, sacaría algo bueno de su dolor y le daría fuerza para superarla. Con el paso de los años, su enfermedad no le dio tregua: una y otra vez debe replantearse si ese por qué a su sufrimiento realmente apunta a una solución real y eficaz. El dolor no permite atajos ni sensiblerías. O esa respuesta es real y eficaz, o el dolor que aparece una y otra vez en la vida de Nora se convertiría en la prueba irrefutable de que Iván Karamazov acertó: 
«imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto? […] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada.» 

[...] En [el libro de] Job, la respuesta al dolor no consiste en la develación de una fórmula filosófica para comprender los motivos por los que una persona sufre –articular los por qué-; o que Dios, al menos la divinidad cristiana, sea capaz de sacar de los males, bienes –reconocer los para qué-. No. Job encuentra algo mejor que un desarrollo discursivo, un argumento, sobre el dolor. Aprende a ver a un acompañante. En otras palabras, la respuesta de Dios al dolor es tanto dejarlo en el misterio, como solucionarlo a través de su cercanía. Benedicto XVI lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo» (Ratzinger, El Dios de Jesucristo, ed. Sígueme, 1979, p. 53). 
De este modo, aunque se puedan encontrar motivos para sobrellevar la enfermedad, aunque se reconozca que Dios pudiera sacar algún bien de la enfermedad, si la respuesta solo es un por qué o un para qué, si el dolor se comprendiera gracias a un genial argumento, entonces la objeción que planteó Dostoyevsky en boca de Ivan Karamazov seguiría sin resolverse. Un Dios así sería un arquitecto sumamente cruel: ¿por qué hizo sufrir a una niña inocente? Yo también devolvería mi boleto de entrada a un mundo que se construye con el dolor de quien no lo merece. 
Pero la fe que mueve a Nora, aquella que aparece en estas páginas, es más que motivos con cierta coherencia interna o bienes que se obtienen a cambio de un sacrificio. Se trata más bien de saberse vista, de fiarse de una mirada, de sentirse acompañada e introducida en un misterio. Consiste en agudizar la mirada, ajustar los ojos del corazón para ver más allá de lo evidente. Por eso, o ese Dios en el que Nora confía es real, personal, se ocupa de ella y la interpela, o Nora no pasa de ser una fanática que encontró argumentos para sobrellevar la vida. Su fe, no dejaría de ser una cruel esperanza fallida. [...]
La fe de Nora puede que deje en el misterio los por qué y los para qué de su enfermedad, pero queda patente la cercanía de alguien que goza con la gratuidad. Entonces, ¿cuál podría ser la respuesta al por qué me pasó esto a mí? No los sé bien del todo. La única respuesta coherente que intuyo sería por una gratuidad de un amor incondicional. Edith Stein resumía así este misterio: El amor se hace profundo por el dolor; y el dolor se hace fecundo por el amor. 

domingo, 3 de marzo de 2019

San Agustín y la muerte de mi abuela


Agustín tenía 33 años cuando perdió a su madre, Mónica, de 56. El filósofo de Hipona relata la muerte tras describir lo que considera una vida plena, beatitud -algo que experimientó junto a ella-. Como si su vida auténtica dependiera de ver el mundo desde el corazón de su madre implantado en el suyo. Agustín se da cuenta que en su intimidad, más que un filósofo, habitaba su madre. Escribe el santo Obispo:
“Mientras yo le cerraba los ojos, una tristeza inmensa invadía mi corazón y se resolvía en lágrimas; pero al punto mis ojos, por violento imperio de mi alma, reabsorbían su propia fuente hasta secarla y en esta lucha yo padecía muchísimo” (Las Confesiones IX, 12, 29). 
En este pasaje Agustín se presenta más como filósofo que escribe sus memorias, que como un hijo que llora a su madre. Un pensador que intentaba secar las lágrimas a partir de una reflexión sobre el sentido de la muerte y del proyecto de vida del que ahora se convertía en heredero. Porque a partir de aquí, Agustín se sabe llamado a replicar -revivir- una existencia en busca de sentido, tal y como lo hizo su madre.
“¿Qué era, pues, lo que dentro me dolía gravemente, sino la herida recién abierta al romperse repentinamente aquella dulcísima y gratísima costumbre de vivir juntos? Es cierto que me llenaba de satisfacción el testimonio que había dado de mí, cuando en su última enfermedad, entremezclando sus caricias con mis cuidados, me llamaba hijo piadoso y recordaba con gran afecto de amor que nunca había oído salir de mi boca una palabra dura o injuriosa contra ella. Pero ¿qué tiene que ver, Dios mío, que nos has creado, qué comparación había entre los honores respetuosos que yo le rendía y los servicios que de ella había recibido? Por eso, porque yo quedaba desamparado de aquel consuelo suyo tan grande, sentía el alma herida y casi despedazada mi vida, que de la mía y la suya se había hecho una sola” (Las Confesiones IX, 12, 30). 
Me conmueve, -y eso que yo sí he llorado al recordar a mi abuela que murió hace un año-, cómo a pesar de intentar frenar sus lágrimas con firmeza filosófica, Agustín no pudo más y al escuchar a su maestro, San Ambrosio, se suelta a llorar como chiquillo. (Las Confesiones IX, 12, 32-33)

“Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.” (Las Confesiones IX, 12, 33). 
Al final de esta entrada copio un sermón que Agustín, ya Obispo, ofrece en un funeral. Ahí nos anima a llorar a moco tendido por la muerte de un ser querido, pues San Pablo recomienda llorar pero desde la Fe: Llorar sí, pero no al modo de quienes piensan que todo termina con la muerte, sino con la esperanza del reencuentro con ella en la intimidad del Dios cristiano. También, Agustín nos anima a cuidar los mausoleos y rituales funerales, a pesar de que al difunto, todo aquello ya no le sirve... ya ha muerto. No lo ve. No lo disfruta:
“Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no solo lo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas (de caridad), oraciones y limosnas (a los necesitados)” (Sermón 172)
¡Mi viejita chula! Has sido tú, entre otras quien me enseñó a que el secreto de la vida se esconde en un darse a los demás, en rezar y en arropar las necesidades de otros. Agustín me anima a recordarte, ver de nuevo tu fotografía, repetir tus dichos y caprichos -que eso es bueno para mí-; pero a rezar, ofrecer mi vida como lo hacías en servicio a los demás en tu nombre, y en comprometerme en las necesidades de los otros -que eso es fructífero para tí-.

Termino con estas palabras de San Agustín que en mi abuela se cumplen de pies a cabeza:
“Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas” (Las Confesiones III, 12, 21).
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Sermón 172
Cómo ayudar a los difuntos (1Ts, 4, 13)
San Agustín

1. El Apóstol nos exhorta a no entristecernos por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza, es decir, esperanza de la resurrección e incorrupción eterna. En efecto, también la costumbre de la Escritura los denomina con toda verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos en absoluto la esperanza de que han de volver al estado de vigilia. Por ello se canta también en el salmo: ¿Acaso el que duerme no volverá a levantarse? Los muertos, pues, producen tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Ni la muerte habría sobrevenido al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena. En consecuencia, si hasta los animales, que han sido creados para morir cada uno a su debido tiempo, huyen de la muerte y aman la vida, ¡cuánto más el hombre, que había sido creado de forma que si hubiera querido vivir sin pecado hubiera vivido sin término! Dé aquí surge la necesidad de estar tristes cuando, al morir, nos abandonan aquellos a los que amamos, pues aunque sabemos que no nos abandonan para siempre a los que quedamos aquí, sino que nos preceden por algún tiempo a quienes hemos de seguirles, sin embargo, la misma muerte de la que huye la naturaleza, cuando se adueña del ser amado, contrista en nosotros el afecto que origina la amistad misma. Por eso no nos exhortó el Apóstol a no entristecernos, sino a no hacerlo como los demás que no tienen esperanza. En la muerte de los nuestros, pues, nos entristecemos ante la necesidad de perderlos, pero con la esperanza de recuperarlos. Nos angustia lo primero, nos consuela lo segundo; allí nos abate la debilidad, aquí nos levanta la fe; de aquello se duele la condición humana, de esto nos sana la promesa divina.

2. Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los muertos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados. Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles? No ha de quedar la menor duda de que todas esas cosas son de provecho para los difuntos, pero sólo para quienes vivieron antes de su muerte de forma tal que puedan serles útiles después de ella. Pues quienes emigraron de sus cuerpos sin la fe que actúa por la caridad y sin los sacramentos de esa fe, en vano cumplen los suyos con los deberes de la piedad, de cuya prenda carecieron mientras vivían aquí, o porque no recibieron o recibieron en vano la gracia de Dios y atesoraron para sí su ira y no su misericordia. Cuando los suyos realizan alguna acción buena por ellos, no por eso adquieren nuevos méritos los difuntos, pero se les otorgan estos, como consecuencia de los propios de antes. En efecto, solamente en esta vida existe la posibilidad de obrar de manera que estas cosas les sean de alguna ayuda una vez que hayan dejado de existir. Y, por tanto, al llegar al término de esta vida, nadie podrá tener después más que lo merecido durante ella.

3. Permítase, pues, a los corazones llenos de afecto familiar contristarse, con dolor curable, por la muerte de sus seres queridos; derramen por su condición mortal lágrimas para las que hay consuelo, pronto reprimidas por el gozo de la fe por la que creemos que, cuando mueren, los fieles se separan de nosotros por poco tiempo y que pasan a vida mejor. Consuélenles también las atenciones de los hermanos, tanto las dispensadas a los cadáveres, como las concedidas a los que manifiestan su dolor, para que no aparezca justificada la queja de quienes dicen: Esperé que alguien se apenara conmigo y no lo hubo; esperé a quien me consolase y no lo hallé. En la medida de nuestras fuerzas, que no nos falle la preocupación por dar sepultura a los muertos y construirles sepulcros, pues la Sagrada Escritura cuenta estas cosas entre las buenas obras; y no sólo en relación con los cuerpos de los patriarcas y demás santos, sino igualmente con los cadáveres de cualquier hombre muerto; en efecto, también fueron celebrados y alabados quienes lo hicieron con el cuerpo del mismo Señor. Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no sólo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas, oraciones y limosnas.

miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Por qué la belleza importa? Respuesta desde el dolor de una inocente

Una versión del beso de Klimt por Tammam Azzam en una pared Siria.
"Me sacarán el ojo izquierdo. Ya no me sirve, lo usaba sólo como muñón para que ahí se sostuviera una prótesis. Sin embargo este ojo ya tiene más de tres meses doliéndome mucho. Últimamente la punción ya se volvió insoportable. El ojo se está comprimiendo junto con los nervios. Este proceso se acelera a gran velocidad. El doctor me dijo el viernes «quiero que me expliques cómo le haces, porque este dolor es para suicidarse». Yo le contesté que tampoco me lo explicaba, pero que me lo quitara porque me estoy volviendo loca. El caso es que por fin mañana es la operación. [...] Además, apenas llevo cinco meses que me sacaron la matriz y no logro recuperarme de esa operación. Estoy muy desgastada físicamente y todavía me duele. Cada día hago acuerdos con mi cuerpo para que aguante, algo parecido al método de alcohólicos anónimos: viviré sólo 24 horas y ya no más. Estoy agotadísima. Mejor soporto por una hora y luego ya veremos la siguiente. No puedo más".
Llegó el día de la operación. A las 6:30am, se presentó en el salón de belleza a ponerse guapa, secarse el cabello, y arreglarse lo mejor que podía. A las 8 pasó al quirófano.

¿Por qué haría algo así si de todos modos no ve cómo quedó? ¿Por qué es importante para ella saberse guapa, si a un enferma se le tolera que no esté bien presentada? ¿Por qué la belleza importa tanto, como para sacarla de toda pretención de utilidad? ¿Acaso es una manera de arrancarle al dolor la última palabra?

Al final, ¿quién es el verdaderamente ciego? ¿Quién es el que ve el mundo real? 

El texto fue tomado de una descripción que hizo la enferma. Lo he modificado un poco -realmente casi nada- para incorporar algo de contexto y algo de historia, que hemos hablado y ha sucedido, pero que no la escribió textualmente. 

martes, 15 de marzo de 2016

«Why Does It Always Rain On Me?»


-"¡Todo me sale mal! Ya no es lo duro, sino lo tupido"

Aquí va esta entrada para levantarle el ánimo a alguien a quien estimo montones:

1. No olvides la respuesta del Quijote:
Levántose en esto Don Quijote, y puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Rocinante, que nunca se había movido de junto a su amo (tal era de leal y bien acondicionado), y fuese a donde su escudero estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla en guisa de hombre pensativo, además, y viéndole Don Quijote de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo: 
«Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro: todas esta borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo, y han de sucedernos bien las cosas, porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca, así que no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte de ellas.» (Parte 1, Capítulo 18)
2. ¿Y si nos reímos junto al que está igual de fregado? Así se llama esta canción: Why does it always rain on me?


martes, 25 de marzo de 2014

«¿Quién te ha golpeado?»: Dolor, Muerte y Belleza

En mi curso de Filosofía del Derecho, un grupo de alumnos está organizando un debate titulado «Belleza y Derecho» o «Experiencia Estética y Experiencia Jurídica». Los textos preparatorios sugeridos son «La Contemplación de la Belleza» (aquí) de Ratzinger y unos fragmentos del libro «Beauty» de Roger Scruton (aquí). Me han preguntado cómo se puede transformar el argumento inicial de Ratzinger en una explicación no teológica del problema. A Benedicto XVI le llama la atención el contraste entre la descripción que se hace de Cristo como «el más bello de los hombres» (Salmo 44) y al mismo tiempo como alguien desfigurado, «sin aspecto atrayente»  (Is 53, 2).
¿Qué es la verdad? ¿Puedo confiar en la belleza?

Pues bien, si gracias a la experiencia estética captamos la realidad a través de su brillo que nos atrae hacia sí, por el conocimiento intelectual captamos lo real gracias a su cognoscibilidad. La realidad es cognoscible y atrayente para la persona sólo si ella existe orientada hacia lo que es real y viceversa. ¿Cómo explicar esa conveniencia entre la orientación del ser humano hacia  lo real-bello si todos experimentamos el dolor (ausencia de belleza) y el vacío de la muerte (no-existencia)?

El problema del dolor y de la muerte es la «ultimate question», la objeción definitiva contra la belleza y toda pretensión de sentido en la realidad. Si tras el dolor sólo hay punción inútil y después de la muerte sólo desaparición de lo humano, si nadie escapa a estas experiencias, entonces la atracción de la belleza es sólo una aspirina existencial contra un cáncer terminal. Ratzinger explica en otro lugar que mientras la belleza y su celebración -la fiesta- no resuelvan este último interrogante «se mantiene en la superficialidad, como un vago esparcimiento y anestesia [...] La muerte es la pregunta de todas las preguntas, ahí donde no se toma en consideración, no se ofrece en el fondo ninguna respuesta definitiva. El hombre sólo puede llegar a ser libre y hacer fiesta verdaderamente, sólo donde se responde a esa pregunta.»

A esa explicación no teológica del problema, Ratzinger responde como teólogo: ¡Sí! ¡Es posible! Jesucristo, dice el Papa emérito, nos hace iguales ante Dios, por que él se viste, por así decirlo, con el traje de nuestra miseria. No conoce el corazón del hombre como el cardiólogo que es experto en una enfermedad pero no la ha vivido. Es más bien el sabio del corazón que también ha padecido y experimentado esa dolencia. Es el amor por el hombre, el compartir su enfermedad y muerte, el acogernos sin condiciones previas –incluso cuando no somos dignos de él- lo que consigue que el dolor y la muerte no tengan la última palabra. (Aquí puede leerse un argumento similar -que también prometí a mis alumnos-: «Beauty will save the world: From the mouth of an idiot to the pen of a Pope)

Si esto es real, entonces sí podemos confiar en que nuestra experiencia estética -la esperanza que buscamos en el amor- no es un engaño.

Bach le ha puesto música a este argumento. Hay un fragmento en «La Pasión según san Mateo» (aquí lo que dice Wikipedia) que puede servir para captar estéticamente esta seguridad de que el dolor no tiene la última palabra. Los soldados golpean y escupen Jesús mientras lo retan:  «¡Tú! ¡Profetiza! ¿Quién the ha golpeado?». Bach representa primero a la turba lanzando esta pregunta con violencia y con un toque de burla. Pero de pronto, la escena cambia de sitio. La masa anónima deja de serlo. El sujeto ya no es la multitud sino el hombre que se ve a sí mismo en diálogo íntimo con el condenado: «Y dime, ¿quién te ha pegado?». Ya no hay amenaza, sólo participación de un mismo dolor: «He sido yo». Se redime porque se comparte, porque se ama.


Sólo si esto es real, podemos confiar en que nuestra experiencia estética no es un engaño, podemos conocer la belleza del que se desfigura por amor a nosotros.