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viernes, 3 de abril de 2020

La pandemia de vulnerables, frágiles... pero nunca solos.

El dibujo es de Antonio Federico

Dejar huella en el mundo implica marcarlo con nuestro trabajo por ordenarlo y vivir dignamente en él. Nos preocupa organizar la vida para ofrecer una seguridad a quienes amamos. Un espacio agradable para vivir. Esa es una cara de la moneda de la vida humana. Pero también lo es la vulnerabilidad. El mundo no necesita a esta persona para girar, ni para permanecer o evolucionar. En algún momento no existía, luego nació y mañana desaparecerá. Cada uno es prescindible, frágil y enfermable. Contingente.

El coronavirus nos despertó del comprensible enamoramiento por lado de la moneda más agradable. Pero de la que surge la fuerza interior que renueva nuestro sentido de dignidad. El papa Francisco partió de esta experiencia para ofrecer esperanza en su discurso sobre esta crisis
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. [...] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
Hace unos meses, mi hermana Nora publicó un libro en el que cuenta su vida -marcada por la enfermedad y la vulnerabilidad-. Me pidió que escribiera una presentación. Se trata de sintetizar la mirada con la que ella repasa su vida para encontrar un sentido en medio de esa fragilidad. Aquí van unos párrafos de lo que terminó en el prólogo:
¿Qué encuentras en Más allá de lo evidente? Obscuridad. Pero entendida más bien como misterio que como sombra. Una experiencia mas cercana a invitación que a la ofuscación. En la vida que Nora cuenta, el dolor se hace presente. Pero también la alegría, la solidaridad, el esfuerzo y la paciencia. Pero, ¿cómo se anudan todos estos hilos? 
Como toda vida, la biografía de Nora no solo se despliega las escenas de todos los días, sino, sobre todo, la conciencia del tipo de historia que se cuenta con su vida. La enfermedad obliga a la autora a preguntarse radicalmente por el sentido de su vida. Desde su infancia, Nora se convenció de que Dios, un Padre bueno, sacaría algo bueno de su dolor y le daría fuerza para superarla. Con el paso de los años, su enfermedad no le dio tregua: una y otra vez debe replantearse si ese por qué a su sufrimiento realmente apunta a una solución real y eficaz. El dolor no permite atajos ni sensiblerías. O esa respuesta es real y eficaz, o el dolor que aparece una y otra vez en la vida de Nora se convertiría en la prueba irrefutable de que Iván Karamazov acertó: 
«imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto? […] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada.» 

[...] En [el libro de] Job, la respuesta al dolor no consiste en la develación de una fórmula filosófica para comprender los motivos por los que una persona sufre –articular los por qué-; o que Dios, al menos la divinidad cristiana, sea capaz de sacar de los males, bienes –reconocer los para qué-. No. Job encuentra algo mejor que un desarrollo discursivo, un argumento, sobre el dolor. Aprende a ver a un acompañante. En otras palabras, la respuesta de Dios al dolor es tanto dejarlo en el misterio, como solucionarlo a través de su cercanía. Benedicto XVI lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo» (Ratzinger, El Dios de Jesucristo, ed. Sígueme, 1979, p. 53). 
De este modo, aunque se puedan encontrar motivos para sobrellevar la enfermedad, aunque se reconozca que Dios pudiera sacar algún bien de la enfermedad, si la respuesta solo es un por qué o un para qué, si el dolor se comprendiera gracias a un genial argumento, entonces la objeción que planteó Dostoyevsky en boca de Ivan Karamazov seguiría sin resolverse. Un Dios así sería un arquitecto sumamente cruel: ¿por qué hizo sufrir a una niña inocente? Yo también devolvería mi boleto de entrada a un mundo que se construye con el dolor de quien no lo merece. 
Pero la fe que mueve a Nora, aquella que aparece en estas páginas, es más que motivos con cierta coherencia interna o bienes que se obtienen a cambio de un sacrificio. Se trata más bien de saberse vista, de fiarse de una mirada, de sentirse acompañada e introducida en un misterio. Consiste en agudizar la mirada, ajustar los ojos del corazón para ver más allá de lo evidente. Por eso, o ese Dios en el que Nora confía es real, personal, se ocupa de ella y la interpela, o Nora no pasa de ser una fanática que encontró argumentos para sobrellevar la vida. Su fe, no dejaría de ser una cruel esperanza fallida. [...]
La fe de Nora puede que deje en el misterio los por qué y los para qué de su enfermedad, pero queda patente la cercanía de alguien que goza con la gratuidad. Entonces, ¿cuál podría ser la respuesta al por qué me pasó esto a mí? No los sé bien del todo. La única respuesta coherente que intuyo sería por una gratuidad de un amor incondicional. Edith Stein resumía así este misterio: El amor se hace profundo por el dolor; y el dolor se hace fecundo por el amor. 

jueves, 7 de mayo de 2015

Narcobloqueos y un discurso de Pericles

«La Oración Fúnebre de Pericles» (Philipp Foltz, 1852)

¿Qué tiene que ver conmigo un discurso que se pronunció hace 2400 años?

En el invierno del año 430 a.C. al final del primer año de la guerra entre Atenas y Esparta, los atenientes celebraron los funerales de los fallecidos durante ese período. Tucídides, el famoso historiador griego, recogió en su Historia de la Guerra del Peloponeso, el discurso que Pericles, el político de moda y el más capaz de su ciudad, preparó para la ocasión. Este elogio fúnebre es uno de los
 «más famosos de toda la literatura. En él se une el recuerdo de los soldados muertos en el campo de batalla y el elogio de los ideales de un Estado por los que aquellos combatieron y dieron su vida, recuerdo y elogio magistralmente enlazados y expresados»
¿Qué hace valioso el sacrificio de los soldados? Su muerte por Atenas. O quizá mejor debamos preguntarnos al revés: ¿qué  hace grande a Atenas? La ciudad es importante porque la edificaron los difuntos.  Pericles va y viene entre estos dos polos. Algo parecido hacemos nosotros con nuestro himno nacional. Los mexicanos le juran a la patria exhalar su aliento a cambio de recibir guirnaldas de oliva, un recuerdo de gloria, un laurel de victoria y un sepulcro de honor. Si ponemos atención, hay aquí un intercambio utilitario: se da la vida por la ciudad y a cambio ésta ofrece a cambio honor y memoria.

Sobre esos valores se construye el discurso de Pericles. El político griego recuerda a los Atenienses por qué su ciudad es grande y por qué vale la pena hacer los sacrificios necesarios para mantener su primacía. El modelo político, el estilo de vida y la cultura de Atenas -dice Pericles- son el paradigma a imitar por todo el mundo. Y por que Atenas es grande, el hecho de morir por la ciudad hace grande a los caídos.

Sin embargo Pericles termina su discurso en un ámbito que podría resultarnos ofensivo para un discurso fúnebre. El político ateniense pide a los padres que olviden a sus muertos recién honrados, y centrar los esfuerzos en nuevos hijos para que arrebaten el honor a los caídos.  «El amor a la gloria es, en efecto, lo único que no envejece [...] Pues las ciudades donde están establecidos los mayores premios al valor son también aquellas donde viven los mejores ciudadanos» ¿Cómo es posible hacer un discurso de alabanza a los héroes de la patria pidiendo a los vivos arrancar ese honor con actos más heroicos todavía? Pericles llama a los Atenienses a la acción. Para Pericles, la historia es como el espejo retrovisor: sólo se ve para ubicarnos pero lo importante está frente a nuestros ojos. Para el político ateniense, una vida vale la pena sólo si logra el honor de la gente importante.

¿Y esto qué tiene que ver conmigo?

Hace unos días padecimos los narcobloqueos que nos complicaron la vida y nuestro deseo de seguridad. Quizá el discurso de Pericles no sea una respuesta del todo adecuada, pero es más importante por las preguntas que se plantea: ¿qué sacrificios estamos dispuestos a hacer para edificar una sociedad pacífica y justa? ¿Qué esfuerzos hemos de empeñar para no dejar que un cártel dicte nuestro horizonte vital? ¿Por qué yo habría de esforzarme hacer de mi ciudad un espacio vital? ¿Puedo vivir en paz sin sacrificar algo de comodidad? 

viernes, 28 de noviembre de 2014

«Cambiar el final». Mi recomendación de libros para la FIL


«The Syria Campaign» ha publicado este video para no olvidar Siria. Sé que estamos muy ocupados indignándonos por #Ayotzinapa, la #CasaBlanca, #YaMeCansé, etc. Y motivos no faltan. Pero verlo me ayudará a justificar los libros que incluí este año en la sugerencia para la FIL. Así que antes de seguir con este post, ve este video:


Nuestra comprensión de los derechos humanos nos inclina a señalar como responsable de lo que nos parece injusto hacia el Estado. Los procesos de derechos humanos se diseñaron así. Según esto, hemos creado al Estado para organizar los esfuerzos sociales para lograr paz y la seguridad. Pensamos que gracias a ese ambiente producido por alguien, lograremos llevar a cabo nuestros deseos de felicidad. Si el ambiente falla, fácilmente deducimos que el Estado no ha cumplido con su responsabilidad y exigimos un cambio. Como cuando un equipo de fútbol no funciona, rueda la cabeza del entrenador. Como si pudiéramos señalar a alguien de habernos sacado a patadas del parque de diversiones. En ambos casos es fácil señalar al culpable de sentirnos mal por la injusticia (Aarón Castillo explica mejor esa dinámica en este video).

Ayotzinapa nos ha puesto ante los ojos que un diagnóstico así es infantil o al menos ilusorio. De acuerdo, las instituciones del Estado deben funcionar lo mejor posible: los asesinos deben pagar por sus crímenes, los políticos corruptos también. Pero en Guerrero «el gobierno» no sólo es el Federal (encabezado por el PRI), es también el municipal y estatal (gobernado por el PRD). Es un problema que también se fue gestando durante los dos sexenios anteriores (dirigidos por el PAN). ¿Es que hemos de desaparecerlo todo? La sociedad civil ha despertado. Se indigna, marcha, increpa... ¿y?

Para elaborar una hoja de ruta, ¿cuál es el resultado que pretendemos conseguir? ¿Es posible lograr una sociedad que de una vez y por todas sea pacífica y próspera. Si esto no es posible, ¿qué es posible esperar? 

Estos días de pena han mostrado dos cimientos necesarios en la construcción la vida común: la necesidad de ser solidarios y la exigencia de construir a diario un orden social. Esto sólo se comprende si se asume que las construcciones humanas, todas,  si son auténticamente humanas, van impregnadas también de la precariedad de la existencia, deben reconstruirse una y otra vez. Este esfuerzo continuo, además, implica también la experiencia del dolor y la necesidad de padecerlo junto a otros. 

Por eso, este año la sugerencia de libros, además de los ya tradicionales, recoge aquellos que ayudan a comprender la centralidad de la persona como eje de toda construcción social -no el Estado-. Textos que profundizan sobre su vocación a la grandeza sujeta a la precariedad. Libros que ponen ante los ojos el gesto humano de mayor dignidad que podamos encontrar: el amor que es capaz de padecer el dolor junto al amado. 

Los libros nuevos que sugiero buscar en la FIL son estos:

ESTÉTICA
1. Creativity Inc., Ed Catmull
2. Una pena observada, C.S. Lewis
3. El problema del dolor, C.S. Lewis

FILOSOFÍA
4. Dios, Filosofía y Universidades, Alasdair MacIntyre
5. Sin fines de lucro. La democracia necesita de las humanidades, Martha Nussbaum

HISTORIA
6. Vanished Kingdoms, Norman Davies
7. The Collapse: The Accidental Opening of the Berlin Wall, Mary Elise Sarotte
8. El Hechizo de la Comprensión. Vida y Obra de Hannah Arendt, Teresa Gutiérrez

DERECHO
9. What is Marriage? Men and Woman: A Defense, Sherif Girgis y Ryan T Anderson


jueves, 23 de octubre de 2014

Ayotzinapa y «Echar Raíces» de Simone Weil

Simone Weil (Según oí, se pronuncia «Simahn Vei»)

En 1943, una joven filósofa perteneciente al movimiento de resistencia francés que vivía en Londres, comenzó a poner por escrito sus ideas acerca de lo que los franceses podían hacer para ganar la guerra contra los nazis y sobre todo, a reconstruir su país. Se llamaba Simone Weil (se pronuncia Simán Vei) y este manuscrito se publicó con el nombre «Echar Raíces»

Como sabemos, Hitler invadió Francia un 10 de mayo y sólo 35 días después, el 14 de junio ya habían llegado a Paris. ¿Cómo fue  posible que una potencia militar, política y cultural se derrumbara en un mes y unos cuantos días?  ¿Cómo fue posible que el país que más porcentaje de su PIB gastó en la industria militar de la entreguerra en toda Europa se derrumbara tan fácilmente? ¿Sería que a los franceses les faltaron recursos técnicos o militares para enfrentarse a los nazis? ¿O será tal vez por que Francia había caído no tanto por el fuerte viento, sino por que era ya un árbol muerto por dentro?

Simone Weil es de la idea de que los franceses, durante muchos años fueron minando las raíces daban inspiración al pueblo, que ofrecía motivos para luchar y daban un sentido de que la propia vida valía la pena. Para ella, el «el problema de dar inspiración a un pueblo» consistía replantear la finalidad colectiva, fortalecer los vínculos de pertenencia a una comunidad y liberar las fuentes de la solidaridad. Francia iba a necesitar una administración pública eficaz, sin duda, pero sobre todo, echar raíces para revitalizarse por dentro.

Ese problema lo llamó "desarraigo", no tener raíces. Cuando una sociedad subordina todo vínculo entre seres humanos al cálculo utilitario –una especie de «sólo vivo junto con otros, por que voy a obtener seguridad y mayores bienes que viviendo en soledad»-, se han sembrado las semillas de la desintegración y de personas «sin raíces». En las sociedades de este tipo, los seres humanos, se autopresentan, se conciben a sí mismos, como individuos autónomos o átomos encapsulados, cuyo instrumento principal para relacionarse con otros son un conjunto de derechos. Con esta idea de fondo, los demás se convierten en proveedores de beneficios y la actitud básica hacia los otros se define como «tolerancia». Una especie de «para mi, es mejor que no molestaras, pero qué se le va a hacer, he de tolerar tu presencia para que me des mis derechos».

Para Weil, esta actitud es la que ha secado por dentro el arbol de la sociedad, al que después ha tirado un viento un poco más fuerte de lo común. Podemos echar la culpa al aire por la caída del árbol, pero lo que realmente lo tiró fue su vacío interior. Así con los seres humanos. Cuando el centro de gravedad de la vida social son los propios derechos, se corre el riesgo de olvidar que la gran mayoría de nuestras interacciones sociales parten de otra lógica y de otras necesidades de las que surgen en primer lugar deberes. Cumplir nuestros deberes, antes que exigir nuestros derechos, es el primer paso para «arraigarnos». 

Esta escritora francesa enumera un catálogo de 14 necesidades del alma cuya satisfacción permitirán que la persona «eche raíces» y logre ser el tipo de ciudadano que reconstruye una sociedad destruida por la violencia. Sólo mencionaré algunas de estas necesidades cuya satisfacción, sostiene a una persona para construir -o reconstruir- la comunidad en la que vive: el orden, la libertad, la responsabilidad, el honor, el castigo que me hace responsable de mis actos, el riesgo que evita el tedio, la pereza o la cobardía. (El resto se encuentra aquí)

Es verdad, lo que ha pasado en Ayotzinapa no se debe sólo a personas «desarraigadas», ni tampoco sólo a que han habido algunos «malos, malosos y malditos», ni tampoco a quienes se vieron atrapados en un sistema que los orilló a cometer injusticias –«los delincuentes por burocracia», o el «mal banal» como lo calificó Arendt de lo que hablamos en otra ocasión-.  También es verdad que lo que sucede en México necesita mucho más que este tipo de reflexiones. Las reflexiones se Simon Weil fueron vistas con escepticismo o mejor dicho, como la utopía del filósofo que no comprende de las necesidades concretas del político. 

Pero sin duda,  la solución a la crisis de gobernabilidad y seguridad que atraviesa el país, no se resolverá si no desempolvamos nuestros vínculos con los otros, si no destapamos los canales por los que echamos raíces y si no nos lanzamos a redescubrir a las personas que inspiren, si no recuperamos las ideas que dan sentido a la propia vida. 

jueves, 25 de septiembre de 2014

¿Me bajo del auto por un día? Movilidad y Democracia.


Como sabemos, el 22 de septiembre se celebró el Día Mundial sin Auto. Reconozco que en lo personal sólo de pensar en moverme un día sin automóvil, ver mi agenda y el tiempo disponible, tiré la toalla. Tengo un amigo, el Profesor Carlos López que es promotor de Movilidad Sustentable. A él acudí para resolver mis dudas.  

Me explicaba que la materialidad de utilizar o no el automóvil es sólo una manifestación de lo que se busca. El reto es lograr ciudades para personas que se comprometen como ciudadanos. Pero el diseño de nuestras ciudades -por su tamaño e interconexión pensada para automóviles- dificultan las pequeñas interacciones de las personas que son el punto de partida de cualquier vida democrática. 

Es decir, no se trata de bajarse del automóvil sin más, sino de facilitar los encuentros entre “cercanos”: vecinos, transeúntes, etc. Está probado, me decía, una y otra vez, que las ciudades se humanizan cuando las banquetas son anchas, limpias y transitables por un peatón; cuando el servicio público se opera pensando en transportar personas, no en mover animales o mercancía; cuando se incentiva la movilidad en la que la persona sea la visible -no un automóvil-. ¿Cómo es eso? Me contaba un ejemplo: Uno de los promotores de esta iniciativa grabó lo que sucede cuando uno se mueve en una calle a pie (aquí el video): 

“Van apareciendo macetas hechas con llantas, monedas olvidadas en el piso, gente sonriente, perros guardianes que no asustan a nadie, un borracho atravesado en la banqueta, coches "tuertos", etcétera. […] Creo que el video […] da en la clave. El auto nos ha hecho más individualistas, menos cercanos a nuestra realidad inmediata, más ariscos con nuestros iguales. El coche nos ha quitado la Ciudad y nos ha dejado únicamente nuestra casa y nuestro punto de destino. Sólo fuera del habitáculo del coche podemos encontrarnos con quienes nos cruzamos y con la infinita variedad de formas de concretarse de lo urbano.”

Carlos también me hablaba de:  
«Jane Jacobs, la gran urbanista canadiense que comenzó la rebelión contra las ciudades centradas en el automóvil, decía que los átomos que conforman lo social son los pequeños encuentros con el vecino que pasea a su perro, con el vendedor de flores o el voceador, con la mujer que saca a ventilar la comida recién horneada. La cita no es textual. Por un día nos dimos el privilegio de reconectar con el sentido primero de la Ciudad, el encontrarnos con los demás y explorar los recovecos que nos ofrecen las calles.»
Hace tiempo comenté una sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos sobre la prohibición francesa de usar el burka en público (aquí la sentencia S.A.S v France, y aquí lo que recogió «El País»). La demandante se defendía diciendo que esa forma de vestir –cubriendo su rostro- expresaba sus ideales, su forma de ser, su religión… que esa restricción violaba sus derechos humanos. La Corte encontró que el país no violaba los derechos humanos, sino que imponía una restricción legítima. La prohibición de la burka se justificaba, no por motivos de seguridad, ni por motivos de igualdad de género, sino por que la burka, al cubrir completamente el rostro, impedía lo más básico de una democracia: el encuentro con personas. Algo que comienza con “ver el rostro”.

Algo similar sucede en este caso. Toda democracia requiere un mínimo de confianza y de compromiso de cada uno por sus vecinos y por el entorno que lo rodea. Esa corresponsabilidad se construye a partir de pequeños gestos, algo así como la hojarasca con la que comienza a prenderse una fogata. Caminar mi barrio, andar por mis rumbos, como “persona”, hace que me encuentre con mi vecino y lo salude, con la señora de la tienditas, con el bolero, etc; con mi compañero de oficina, etc. Gracias a esos pequeños encuentros con personas es que podemos comprometernos por lo que sucede en nuestro entorno, ofrecernos a ser solidarios con el resto, etc.

El automóvil no es el problema en sí mismo. El problema es que hemos despersonalizado nuestras ciudades en nombre de una utilidad productiva a cualquier costo. No me lo dijo así, pero creo que este sería su consejo: es mejor que no uses automóvil. Pero si tienes que usarlo, no se te olvide dar el paso a otro auto, respeta al peatón, estaciónate correctamente… y saluda a quien te encuentres después de dejar el automóvil. Anímate a valorar esos micro-encuentros. Ahí se construye la democracia.

NOTA: Sí sucedió la conversación por teléfono. Las citas son del artículo que Carlos (@CarlosLZ) publicó en Mural (aquí el link)



domingo, 19 de enero de 2014

¡Cony, es como en «Gravity» y «Aningaaq»!

Cony ha dejado un comentario a mi entrada anterior (aquí). Es de Guadalajara y vive en Portland: "Ahora que vivo lejos de mi país, mi ciudad y mi familia, jugando a ser grande [...]". 

¡Cony, lo que vives es como «Gravity»!

Mayday y Aningaaq 
Dice Alfonso Cuarón y Sandra Bullock que su película es una historia sobre la adversidad y aquello que nos empuja a intentar sobreponernos cuando no queda nada por qué hacerlo. El espacio es el lugar donde sucede esa adversidad; y la tierra, de dónde venimos y lo que nos salva, el origen y la tierra prometida. La inmensidad es evidente y la desproporción abrumadora: tanto el espacio como la tierra son excesivamente grandes y nosotros angustiosamente pequeños.

"«Gravity» Behind-the-Scenes", The Wrap

Jonás Cuarón ha dirigido este cortometraje que entrelaza la historia de Aningaaq y Ryan Stone (de «Gravity»). Aningaaq, en la tierra, también padece una pequeña tragedia. Parece que es en el cielo donde resolverá sus inevitables tragedias. Al final, lo que salva a la Dra. Stone es una oración en forma de llanto, y a Aningaaq, la compañía que le ofrece su nueva amiga Mayday. 

¡Cony, lo que vives es como «Aningaaq»!

El tamaño de la tierra y del cielo se supera con la empatía entre dos personas.  Parece que el secreto de la resiliencia -de la terquedad para intentarlo una y otra vez- se esconde, no en la cápsula que me tiene atrapado o en el problema del que no me puedo escapar, sino en la compañía y empatía que logramos con otros. En el conocernos, en el ser vistos por otros. 

En saber que nunca estamos solos. 


«Aningaaq», por Jonás Cuarón
En el blog hay una entrada sobre Edith Stein y la empatía (aquí)

PS. Cony, no te canses de hacer amigos


domingo, 25 de agosto de 2013

Descarriló «La Bestia». Ahora sí el tren de la muerte.

Descarriló «la Bestia». Esta es la versión breve de la nota de Reforma:

"Viven migrantes tragedia en tren" 
Carlos Marí / Corresponsal
Villahermosa, México (25 agosto 2013).- Al menos cuatro muertos y más de 30 
Tomada de Twitter
lesionados, en su mayoría migrantes centroamericanos, dejó esta madrugada el descarrilamiento de un tren de carga conocido como "La Bestia", en el Municipio tabasqueño de Huimanguillo.

El accidente se registró al filo de las 3:00 horas, en un tramo al que solo se puede llegar en lancha, ubicado a unos ocho kilómetros río abajo del poblado Francisco Rueda, limítrofe con el de Las Choapas, Veracruz.

(Aquí Wikipedia sobre el tren, la nota de Milenio puede verse aquí y la de Grupo Reforma aquí.)

«La Bestia» me recuerda este video. Las Patronas son mujeres que se han dejado "transformar" por la necesidad de los migrantes que viajan en ese tren. Hacen poco, pero para quienes van en el tren, es mucho.


Las Patronas son ejemplo de lo que quiere decir el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Este tipo de derechos sólo tienen sentido cuando percibimos en nuestra «razón y conciencia» que el otro tiene una dignidad que me interpela. Sólo cuando se sale al encuentro de esa dignidad, se percibe en segundo lugar la propia dignidad y sus derechos. 

O esa experiencia de empatía-solidaridad se hace realidad –en el idioma de Confusio se dice «Ren»- o los derechos humanos se convierten en una barrera que protege sólo a un átomo de soledad que exige beneficios. 

Vaya una oración por las víctimas de ese accidente y sus familias.