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sábado, 18 de junio de 2016

«¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!»: El insulto en Don Quijote

Sancho Panza con el escudero del Caballero del Bosque

No me parece gracioso el "eh... puto" futbolero. Esto no es su apología.

Encontré un texto de Guillemo Sheridan sobre la incontinencia verbal del Quijote y su amplia gama de insultos. En especial contra Sancho a quien llama –copio el recuento de Sheridan-: traidor, bergante, descompuesto, villano, infacundo, deslenguado, atrevido, desdichado, murmurador, maldiciente, canalla, rústico, patán, malmirado, bellaco, tonto, socarrón, mentecato y hediondo

Y qué decir de los insultos compuestos: monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, publicador de sandeces, enemigo del decoro, ladrón hereje, desalmada y cobarde criatura, animal descorazonado, maldito de Dios y de todos los santos, don villano, harto de ajos, truhán moderno y majadero antiguo, de villana y grosera tela tejido, pecador, grosero villano, mentecato gracioso, echacuervos, caballero de mohatra, corazón de mantequillas, ánimo de ratón casero, alma endurecida, pan mal empleado y, por si faltara algo más que decir, prevaricador del buen lenguaje. Al pobre Sancho también lo insultan en la casa de los Duques: malaventurado escudero, alma de cántaro, corazón de alcornoque, de entrañas guijeñas y apedernaladas, desuellacaras, machuelo espantadizo, socarrón, malintencionado monstro, y bestión indómito

Según parece, los insultos contra Sancho son la respuesta del caballero a los intentos de su escuero por hacerle notar su locura y su irracionalidad. En el capítulo 37 de la primera parte el escudero había descubierto que la princesa Micomacoma no era más que Dorotea:
—Bien puede vuestra merced, señor Triste Figura, dormir todo lo que quisiere, sin cuidado de matar a ningún gigante ni de volver a la princesa su reino, que ya todo está hecho y concluido.
—Eso creo yo bien -respondió don Quijote-, porque he tenido con el gigante la más descomunal y desaforada batalla que pienso tener en todos los días de mi vida, y de un revés, ¡zas!, le derribé la cabeza en el suelo, y fue tanta la sangre que le salió, que los arroyos corrían por la tierra como si fueran de agua.
—Como si fueran de vino tinto, pudiera vuestra merced decir mejor —respondió Sancho-, porque quiero que sepa vuestra merced, si es que no lo sabe, que el gigante muerto es un cuero horadado, y la sangre, seis arrobas de vino tinto que encerraba en su vientre, y la cabeza cortada es la puta que me parió, y llévelo todo Satanás.
[...]
—Ahora te digo, Sanchuelo, que eres el mayor bellacuelo que hay en España. Dime, ladrón, vagamundo, ¿no me acabaste de decir ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se llamaba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté a un gigante era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron en la mayor confusión que jamás he estado en todos los días de mi vida? ¡Voto... —y miró al cielo y apretó los dientes-; que estoy por hacer un estrago en ti que ponga sal en la mollera a todos cuantos mentirosos escuderos hubiere de caballeros andantes de aquí adelante en el mundo!
[...]
—Esto digo, señor, porque si al cabo de haber andado caminos y carreras, y pasado malas noches y peores días, ha de venir a coger el fruto de nuestros trabajos el que se está holgando en esta venta, no hay para qué darme priesa a que ensille a Rocinante, albarde el jumento y aderece al palafrén, pues será mejor que nos estemos quedos, y cada puta hile, y comamos. 
¡Oh, válame Dios y cuán grande que fue el enojo que recibió don Quijote oyendo las descompuestas palabras de su escudero! Digo que fue tanto, que con voz atropellada y tartamuda lengua, lanzando vivo fuego por los ojos, dijo:
—¡Oh bellaco villano, malmirado, descompuesto, ignorante, infacundo, deslenguado, atrevido, murmurador y maldiciente! ¿Tales palabras has osado decir en mi presencia y en la destas ínclitas señoras, y tales deshonestidades y atrevimientos osaste poner en tu confusa imaginación? ¡Vete de mi presencia, monstruo de naturaleza, depositario de mentiras, almario de embustes, silo de bellaquerías, inventor de maldades, publicador de sandeces, enemigo del decoro que se debe a las reales personas! ¡Vete, no parezcas delante de mí, so pena de mi ira!
En otro momento, el escape de la realidad se maquilla con un cambio en el significado de las palabras. Lo encontramos en el pasaje del Caballero del bosque y su escudero (Parte 2, Capítulo XIII). Cuando Sancho describe la belleza de su hija quincieañera, su colega se asombra y exclama: 
–Partes son ésas -respondió el del Bosque- no sólo para ser condesa, sino para ser ninfa del verde bosque. ¡Oh hideputa, puta, y qué rejo debe de tener la bellaca!
A lo que respondió Sancho, algo mohíno:
–Ni ella es puta, ni lo fue su madre, ni lo será ninguna de las dos, Dios quiriendo, mientras yo viviere. Y háblese más comedidamente, que, para haberse criado vuesa merced entre caballeros andantes, que son la mesma cortesía, no me parecen muy concertadas esas palabras.
–¡Oh, qué mal se le entiende a vuesa merced -replicó el del Bosque- de achaque de alabanzas, señor escudero! ¿Cómo y no sabe que cuando algún caballero da una buena lanzada al toro en la plaza, o cuando alguna persona hace alguna cosa bien hecha, suele decir el vulgo: «¡Oh hideputa, puto, y qué bien que lo ha hecho!?» Y aquello que parece vituperio, en aquel término, es alabanza notable; y renegad vos, señor, de los hijos o hijas que no hacen obras que merezcan se les den a sus padres loores semejantes.
–Sí reniego -respondió Sancho-, y dese modo y por esa misma razón podía echar vuestra merced a mí y hijos y a mi mujer toda una putería encima, porque todo cuanto hacen y dicen son estremos dignos de semejantes alabanzas
La discusión continúa, hasta que Sancho se empina una bota de vino tan sabroso que lo alaba así:
¡Oh hideputa bellaco, y cómo es católico!
–¿Veis ahí -dijo el del Bosque, en oyendo el hideputa de Sancho-, cómo habéis alabado este vino llamándole hideputa?
–Digo -respondió Sancho-, que confieso que conozco que no es deshonra llamar hijo de puta a nadie, cuando cae debajo del entendimiento de alabarle.”
En el diálogo, se pretende que el contexto es el que logra cambiar el sentido del insulto; tanto, que contradice directamente a la palabra utilizada. ¡Vaya irrealidad! Así que en el Quijote, el insulto es la defensa lingüística del caballero contra los ataques al corazón de su misión: ¿lo que defiende es real o no? ¿Por qué valdría la pena tanto esfuerzo si aquello es sólo imaginación? Un ejemplo más. Después de un agudo discurso a favor de la humildad (Parte 2, Capítulo LVIII), Sancho, inocente y sin mala intención, dice:
«-¿Es posible que haya en el mundo personas que se atrevan a decir y a jurar que este mi señor es loco?"
Don Quijote explota en cólera:
«–¿Es posible, ¡oh Sancho!, que haya en todo el orbe alguna persona que diga que no eres tonto, aforrado de lo mismo, con no sé qué ribetes de malicioso y de bellaco
Insultos hay contra infinidad de personajes que se pueden leer en el ensayo de Sheridan, quien lo termina así:
Lo formidable de don Quijote es que sea, a la vez, el caballero de la triste figura y el lépero enfurecido; el amigo impecable y el amo tiránico; el ángel de la sabiduría y el demonio de la iracundia. En eso, en su ser tan completo, radica lo que lo hace extraordinario. Tan extraordinario como cualquiera de nosotros. 

jueves, 19 de noviembre de 2015

Los Libros son Peligrosos (2): Dostoyevski el dolor de los inocentes.



La semana pasada platicábamos por qué es peligroso leer libros y mucho más si ese es el Quijote. Se cumplían 400 años de la publicación de la Segunda Parte de esa novela y como se acerca la FIL, era una buena oportunidad de hablar de ese tema.

Buscaba otro autor clásico para recomendar esta semana, en preparación para FIL. Y estos días vimos atentados en París, detonaciones en Líbano, sangre en Nigeria, bombas en Siria. Unos por que quieren purificar el mundo para su dios, otros que lo defienden en nombre de la libertad y la justicia. 

He tenido en la mente unos pasajes del escritor ruso Fidor Dostoyevski sobre el sufrimiento del inocente. Son textos dramáticos, no sólo por su crudeza sino por lo absurdo que puede llegar a ser infringir dolor a quien no tiene culpa para buscar cualquier otro fin. Este problema lo podemos leer en Los Hermanos Karamazov. 

¿Qué se gana con el sufrimiento del inocente? Dostoyevski en su vida personal había sido testigo y también causante de daño a quien no lo merece y había oído posibles respuestas. Una podría ser que gracias a ella, otros ajustamos nuestra brújula moral. ¿Pero para qué queremos conocer la diferencia entre el bien y el mal, si debe ser pagada a un precio tan alto? Otra explicación que ofrece Dostoyevsky es más radical y da en el corazón del problema. Se nos dice que toda injusticia debe ser reparada, ¿pero cómo justificar que la armonía se construya a través del sufrimiento de los inocentes? ¿Por qué el castigo no se puede limitar a los causantes de la pena? 

La pregunta, por difícil que parezca, es inevitable si se quiere encontrar sentido a la existencia humana. Por que todos experimentamos la injusticia, todos hemos visto que no siempre el culpable es el único que expía las consecuencias de sus actos o no siempre se castiga. ¿Qué sentido tiene algo así?. Ivan Karamazov concluye con estas palabras:
«Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto. [S]e ha enrarecido la armonía eterna. El boleto de entrada a ese equilibrio cuesta demasiado. Prefiero devolver mi boleto».
El problema no se resuelve con facilidad y mucho menos pretendo hacerlo en este momento. Los atentados en Paris causaron sufrimiento de inocentes y han provocado la solidaridad de muchos. Perfecto, eso nos viene bien como sociedad. A todos nos sirve, por ejemplo, ver las escenas de empatía de los ingleses cantando la Marsella en Wembley. ¿Pero no hemos pagado un precio demasiado caro para movernos a la solidaridad? «Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños», nos recuerda Dostoyevski. 

Recordaba al principio que leer es peligroso. Por que caemos en la cuenta de lo que está en juego cuando nos tomamos en serio nuestra propia vida y del tamaño de los nudos que hemos de desatar.

¿Quieren una sugerencia para la FIL? Lean a Dostoyevski.

jueves, 28 de mayo de 2015

Chesterton sobre mentiras de político: el caso Wickham


Encontré un texto de Chesterton sobre Jane Austen y unas elecciones políticas. Entre el polemista inglés y la autora de «Orgullo y Prejuicio» los separan al rededor de cien años. Algo similar a la distancia temporal que existe entre nosotros y Chesterton. El dato es importante, por que en el ensayo “Jane Austen sobre Elecciones Generales” da pie a Chésterton a tomarse con humor el doble riesgo que  de algunos periodistas de su época: colocar sin más a un autor y sus ideas en una época que no fue la suya; y segundo, utilizar un escritor de renombre para criticar a sus contrarios con lugares comunes de lo que el autor quizo decir.

En el caso de Jane Austen, novelas como “Orgullo y Prejuicio” facilitarían una asociación vaga y trivial que a esta escritora a historias de damas encopetadas a punto de desmayarse, adolescentes a la caza de novio, o mujeres sentimentales que son engañadas sólo con una bonita cara, un discurso justiciero y un tono de «yo sólo soy un humilde mártir a su servicio». Una de estas asociaciones fue utilizada por un periodista a propósito de unas elecciones generales inglesas -en 1930- fue la que provocó una réplica de Chesterton. El periodista había dicho que las mujeres de su época reaccionarían de forma similar a Elizabeth Bennet -la protagonista de «Orgullo y Prejuicio»- ante George Wickham, el soldado impostor y adulador. Las mujeres de  entonces le habrían creído al político por el mismo motivo por el que se supone que Elizabeth le creyó a Wickham: por volubles y sentimentales.

A Chesterton le parece una comparación superficial. Wickham no era un impostor cualquiera: hay dos actitudes que lo habrían hecho un político exitoso y creíble. La primera, su capacidad de decir mentiras mientras dicen la verdad. Wickham -un cazafortunas- dice cosas que son ciertas y verificables, lo hace con estilo, seriedad e incluso se “conmueve” cuando cuenta algo de la historia en la que aparece como víctima o como un generoso contrincante. Pero el soldado miente: no cuenta la historia completa, no refiere los  datos que complementan el cuadro y lo dejarían mal colocado. Y por eso Wickham fue, o es, exactamente el tipo de político que puede ganar una elección. Es difícil que un político logre algo, aunque sea mínimo, como para que después no magnifique esa corcholata hasta que parezca medalla. También es casi imposible que el contrincante no tenga algo que reprochársele. Wickham presentaría ese error como lo único que define a su adversario. Wickham sería un buen político, en primer lugar por ese «talento» para decir una mentira al decir sólo una media verdad.

Segundo, Wickham ganaría una elección por que dominaba el arte de decir una mentira ni ofensivamente ni escandalosamente, sino con apariencia de caballerosidad y afable arrepentimiento. Como si sufriera por la injusticia que es capaz de ver. El dictador se puede dar el lujo de gritar e imponer, pero el político que critica Chesterton, miente al presentarse como un razonable caballero. Wickham es el maestro de las buenas maneras, del toque delicado, del mártir de las injusticias padecidas. Su demagogia se endulza con buenas maneras. 

Por eso Wickham no es un vulgar mentiroso. Y por eso, concluye Chesterton, es creíble que una persona tan aguda como Elizabeth Bennet habría sido engañada y el soldado habría sido un político exitoso en aquella elección de 1930. 

La entrada va dedicada a Montse, que hoy cumple años.

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On Jane Austen in the General Election
From "Come to Think of It” (1930)
by G.K.Chesterton 
THERE was a remark about--Jane Austen in connexion with the General Election. We have most of us seen a good many remarks about Jane Austen in connexion with the Flapper or the New Woman or the Modern View of Marriage, or some of those funny things. And those happy few of us who happen to have read Jane Austen have generally come to the conclusion that those who refer to her have not read her. Feminists are, as their name implies, opposed to anything feminine. But some times they disparaged the earlier forms of the feminine, even when they showed qualities commonly called masculine. They talk of Sense and Sensibility without knowing that the moral is on the side of Sense. They talk about fainting. I do not remember any woman fainting in any novel of Jane Austen. There may be an exception that I have forgotten; there is indeed a lady who falls with a great whack off the Cobb at Lyme Regis. But few ladies would do that as a mere affected pose of sentiment. But rarely does a lady dash herself from Shakespeare's Cliff or the Monument solely to assume a graceful attitude below. Jane Austen herself was certainly not of the fainting sort. Nor were her favourite heroines, like Emma Woodhouse or Elizabeth Bennett. The real case against Jane Austen (if anybody is so base and thankless as to want to make a case against her) is not that she is sentimental, but that she is rather cynical. Allowing for the different conventions of subject-matter in the two periods, she was rather like Miss Rose Macaulay. But Miss Rose Macaulay finds herself in a world where fainting-fits would be a very mild form of excitement. There is something very amusing about this appeal to a comparison between the novels of the two periods. The heroine of many a modern novel writhes and reels her way through the story, chews and flings away fifty half-smoked cigarettes, is perpetually stifling a scream or else not stifling it, howling for solitude or howling for society, goading every mood to the verge of madness, seeing red mists before her eyes, seeing green flames dance in her brain, dashing to the druggist and then collapsing on the doorstep of the psycho-analyst; and all the time congratulating herself on her rational superiority to the weak sensibility of Jane Austen. 
I do not say the new woman is like the new neurotic heroine; any more than I think the older woman was like the artificial fainting heroine. But if the critics have a right to argue from the old novels, we have a right to argue from the new. And what I say is true of the novels of some new novelists; and what they say is not true of the novels of Jane Austen. But, as I have said, we are already familiar with this sort of journalistic comment on Jane Austen's novels. It was always sufficiently shallow and trivial, being based on a vague association, connected with ladies who wore drooping ringlets and were therefore supposed to droop. But the particular example that I observed was more unique and interesting, because it has a special point of application to-day. A writer in a leading daily paper, in the course of a highly optimistic account of the new attitude of woman to men, as it would appear in the General Election, made the remark that a modern girl would see through the insincerity of Mr. Wickham, in Pride and Prejudice, in five minutes. 
Now this is a highly interesting instance of the sort of injustice done to Jane Austen. The crowd (I fear, the considerable crowd) of those who read that newspaper and do not read that author will certainly go away with the idea that Mr. Wickham was some sort of florid and vulgar impostor like Mr. Mantalini. But Jane Austen was a much more shrewd and solid psychologist than that. She did not make Elizabeth Bennett to be a person easily deceived, and she did not make her deceiver a vulgar impostor. Mr. Wickham was one of those very formidable people who tell lies by telling the truth. He did not merely swagger or sentimentalize or strike attitudes; he simply told the girl, as if reluctantly, that he had been promised a living in the Church by old Mr. Darcy, and that young Mr. Darcy had not carried out the scheme. This was true as far as it went; anybody might have believed it; most people would have believed it, if it were told with modesty and restraint. Mr. Wickham could be trusted to tell it with modesty and restraint. What Mr. Wickham could not be trusted to do was to tell the rest of the story; which made it a very different story. He did not think it necessary to mention that he had misbehaved himself in so flagrant a fashion that no responsible squire could possibly make him a parson; so that the squire had compensated him and he had become an officer in a fashionable regiment instead. Now that is a very quiet, commonplace, everyday sort of incident, and the sort of incident that does really occur. It is a perfectly sound and realistic example of the way in which quite sensible people can be deceived by quite unreliable people. And the novelist knew her business much too well to make the unreliable person obviously unreliable. That sort of quiet and plausible liar does exist; I certainly see no reason to think he has ceased to exist. I think Jane Austen was right in supposing that Elizabeth Bennett might have believed him. I think Jane Austen herself might have believed him. And I am quite certain that the Modern Girl might believe him any day. 
But the rather queer application of all this to the case of the General Election is not without a moral, after nil. The optimistic journalist, who gloried in the infallible intuition of the Flappers' Vote, those a very unlucky example for his own purpose when he chose the ingenious Mr. Wickham. For Mr. Wickham was, or is, exactly the sort of man who does make a success of political elections. Sometimes he is just a little too successful to succeed. Sometimes he is actually found out, by some accident, doing very dexterous things in the art of finance; and he disappears suddenly, but even then silently. But in the main he is made for Parliamentary life. And he owes his success to two qualities, both exhibited in the novel in which he figures. First, the talent for telling a lie by telling half of the truth. And second, the art of telling a lie not loudly and offensively, but with an appearance of gentlemanly and graceful regret. It was a very fortunate day for professional politicians when some reactionaries began to accuse them of being demagogues. The truth is that they seldom dare to be demagogues; and their greatest success is when they talk with delicacy and reserve like diplomatists. A dictator has to be a demagogue; a man like Mussolini cannot be ashamed to shout. He cannot afford to be a mere gentleman. His whole power depends on convincing the populace that he knows what he wants, and wants it badly. But a politician will be much wiser if he disguises himself as a gentleman. His power consists very largely in getting people to take things lightly. It is in getting them to be content with his sketchy and superficial version of the real state of things. Nothing tends more happily to this result than the shining qualities of Mr. Wickham; good manners and good nature and a light touch. All sorts of answers are given by Ministers to questions asked in Parliament, which could only be delivered in this way. If such palpable nonsense were thundered by an orator, or shouted by a demagogue, or in any way made striking and decisive, even the House of Commons would rise in riot or roar with laughter. Nonsense so nonsensical as that can only be uttered in the tones of a sensible man. 
So vividly do I see Mr. Wickham as a politician that I feel inclined to rewrite the whole of Pride and Prejudice to suit the politics of to-day. It would be amusing to send the Bennett girls rushing round to canvass: Elizabeth with amusement, and Jane with dignified reluctance. As for Lydia, she would be a great success hi modern politics. But her husband would be the greatest success of all; and he might become a Cabinet Minister while poor old Darcy was sulking in the provinces, a decent, truthful, honourable Diehard, cursing the taxes and swearing the country was going to the dogs and especially to the puppies.

martes, 26 de mayo de 2015

Más de «Basil Howe». Se suben Jane Austen y Maria Cristina


Hace unos días compartí unas citas que encontré en la primer novela de Chésterton, «Basil Howe».  La benefactora -María Cristina- hizo más que regalarme el libro: hablamos de él.  

Para introducir las citas de la opera prima de Chesterton escribí:
«Uno echa de menos al Chesterton agudo de «Ortodoxia», «El hombre Eterno» o del «Padre Brown». Aún así, se pueden ver en «Basil Howe», en etapa germinal, la sabiduría de la paradoja y la humildad como claves para vivir bien la vida.»
María Cristina respondió:
«Ciertamente es proverbial que se trata de una novela primeriza, más cuando uno se encuentra esto luego de leer «El hombre que fue jueves», «El que sabía demasiado» o «La esfera y la cruz»... Pero me parece que ello mismo hace de su lectura una experiencia interesante: uno lee con más agudeza de la que demandaba el libro en su momento, y permite entrever el valor revelador de lo paradójico cuando quizá no era aún tan claro para el propio escritor... Había un mensaje que nuestro ancho personaje estaba predestinado a develar. Esa mirada peculiar del escritor que convierte su oficio en un deber crucial frente a lo humano... Es una novelita que trata sobre la funcionalidad de las formas sociales, y la valiosa complicidad de quienes las cuestionan caprichosamente... Su única novela romántica. De ingeniosa simplicidad.»
Cuando Chesterton introduce las novelas juveniles de Jane Austen hace notar una idea similar a la que ofrece María Cristina. Sí, no estamos ante un escritora madura, sino en las etapas experimentales de su obra. Pero ese encuentro con la niña que escribe para la tertulia familiar, incoa a la mujer que publicó después unas novelas clásicas. Para el polemista inglés, los Juvenilia de Austen muestran la fuerza interior y agudeza de esta autora: no buscaba imitar, sino describir, lo mejor que podía, cómo ha de ser el verdadero carácter que hace amable a cualquier persona. Dicho por Chesterton:
«There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without. This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  [...] [En el blog ya escribí sobre "novelas rosas" y este prólogo a los «Juvenilia» de Austen-]»
María Cristina opina de la primera obra de Chésterton  -quizá sin saberlo- algo muy cercano a lo que éste a su vez pensaba de las primeros textos de Jane Austen. Para seguir con el diálogo, aquí van unas citas de Chesterton sobre el amor. La primera de ellas es de «Basil Howe», publicada mas o menos dos años de que conociera a su futura esposa Frances Blog y siete antes de que se casara con ella. El resto de citas las vi en la biografía de Pearce, y me quedé con la referencia de la página de esta edición, pero no del libro original. Mea Culpa!. Pero el experimento sirve: ¿qué experimentó Gilberth de joven? ¿Qué cambió en él cuando conoció a Frances?
«Pero existe una especie de amor; un amor que les llega a dos personas de vez en cuando, que es diferente; el amor que brota del conocimiento. El amor que en cierto momento, probablemente en las oscuras horas de la infancia, brota de la compañía, del intercambio constante de sentimientos, de una influencia mutua constante. Los años pueden pasar, interponiendo separaciones de casi una década, incluso peleas y celos, pero esas dos personas se conocerán mutuamente hasta el final de los tiempos; sólo tendrán que mirarse el uno al otro para ver los secretos que esconden en la mirada, con tanta claridad como si fueran palabras; el lazo que los une no será, no puede ser, desatado por ninguno de los dos. Lo que significan el uno para el otro, el poder que tienen el uno sobre el otro, por que en algún momento han visto literalmente el corazón del otro, en el momento de una gran confesión. Eso es el amor: pero sólo les llega a unos pocos… a unos pocos.» 
-o- 
A la mujer que amo.
Con qué esmero te hizo Dios:
Apartó para ti una estrella,
la tiñó de verde con campos de oro
y le puso el sol como aureola;
la llenó de reyes, pueblos y naciones,
y te hizo a ti, con mucho esmero.
Toda la naturaleza es el cuaderno de Dios
sus toscos bosquejos son para ti (60) 
-o-  
"Cualquier actriz conseguiría parecerse a Helena de Troya utilizando una barra de labios y un poco de maquillaje, pero ninguna podría parecerse a ti, sin ser una bendición de Dios" (63) 
-o-  
"Nuestra cordura pertenece al mundo, tanto si la expresamos en privado como en público, pero nuestra locura pertenece a los que amamos" (114) 
-o-  
"Uno de los misterios del matrimonio (que debe ser un sacramento y uno extraordinario además) es que un hombre claramente inútil como yo pueda llegar a ser indispensable en ciertos momentos. Pero lo más raro de todo (y le invito a que me lo explique desde el punto de vista espiritual) es que ese hombre nunca se sienta tan insignificante como cuando sabe que le necesitan (151)  
-o-  
"Aquí termina mi existencia anterior. Tómala: me ha llevado a ti" (348) 
-o- 
"En realidad los alemanes no pueden ser profundos porque jamás se permiten ser superficiales. Están hechizados por el arte y lo contemplan fijamente incapaces de ver nada alrededor. No creen que el arte puede ser luminoso y leve, como una pluma, aunque fuera la pluma del ala de un ángel. En el fondo del estanque sólo hay lodo, el cielo está en la superficie" (289)  
-o- 
"Toda la ciencia, incluso la ciencia divina, es una novela policíaca sublime, solo que no se trata aquí de averiguar por qué ha muerto un hombre, sino el misterio aún más oculto de porqué está vivo" (461) 

jueves, 9 de abril de 2015

Beisbol: El juego perfecto para nuestra democracia imperfecta.

Adrián González y el selfie del homerun

No es un secreto que soy aficionado al beisbol. Con sus altas y sus bajas y algunos años de cierto alejamiento -vine a vivir a Guadalajara cuando el internet todavía no acercaba el juego y las estadísticas a tiempo real- sigo guardando buenos recuerdos. Hay en el beisbol algunos elementos que no he visto en otro deporte que requieren el desarrollo de unas cualidades en las emociones y unas habilidades en la razón, que no he visto promovidas en otros deportes. 

(i) Requiere paciencia y rapidez de reacción ante lo inesperado. Si en promedio cada juego de beis requiere un promedio de 146 lanzamientos, cada uno de ellos se presenta ante una situación diferente del juego. Esto lo que abre la posibilidad de un sinnumero de estrategias disponibles. Y aunque un buen jugador busca dirigir su batazo hacia una zona del campo, no hay garantía de que el swing perfecto logre el resultado buscado. De esta forma, se genera una tensión entre los distintos participantes del juego que se anuda en una mezcla de habilidad con el azar. 

(ii) Sentido de infinitud en el espacio y el tiempo. Aunque unas partes del campo estén limitados, el terreno de juego se abre hacia el infinito. Incluso cuando la bola cruza la barda, el límite es la distancia que puede recorrer la bola: siempre puede se puede ir  más lejos, siempre hay un espacio que puede ser conquistado. Algo similar sucede con el tiempo. La duración de un juego no se determina por un reloj, el arco temporal del juego lo determina la dinámica misma de las entradas. En el futbol por ejemplo, uno puede manejar el partido, tocar la bola, ordenar un cambio, o prolongar una lesión para consumir el tiempo. En el beisbol, no existe ese límite temporal, por lo que todas las virtudes del juego han de mantenerse en tensión de forma ilimitada hasta terminar el partido.

(iii) El beisbol es un deporte de riesgo y el drama. El hecho de no depender de un reloj, obliga a quien va ganando a poner en riesgo su ventaja, debe salir a darle oportunidad a su oponente hasta que logra sacar el último out. En ese sentido, la victoria nunca puede ser algo a lo que se llega como en un deporte cronometrado. Para ganar en el beisbol siempre hay que arriesgar la ventaja, siempre se conquista. En el beisbol, el tiempo nunca forma parte de la estrategia.

(iv) Por último, el beisbol ofrece un sentido de la derrota muy peculiar. En ningún otro deporte es tan despiadadamente imposible jugar con perfección, ni tiene tan amplios márgenes para permitir el fracaso.  El futbolista que sólo acierta tres de cada diez pases no tiene mucho futuro, pero  sabemos que un buen bateador es el que tiene éxito sólo en 3 oportunidades de cada 10. El jugador de beisbol es paciente ante el fracaso como en ningún otro deporte. Es un deporte que se alegra con las pequeñas victorias y es paciente con las múltiples derrotas. El mismo deporte -con una temporada tan larga- premia más a la consistencia que los chispazos de eficacia; incluso tolera un bajón de juego. 

Si todas estas exigencias inherentes al beisbol arraigan en la razón, la persona logrará equilibrar los motivos para la razón, las emociones del carácter y las habilidades musculares que lo ajustan como persona, y siguiendo a Platón, lo capacitarán para construir una mejor comunidad. Para este filósofo griego, el alma humana es como una pequeña ciudad: el estado ideal y el alma humana se desarrollan de la misma manera. Por tanto, si un deporte permite la maduración de la persona, una comunidad se beneficiará de ese desarrollo. La personalidad madura, pensaba Platón, es aquella que armoniza un cuerpo sano, con unos afectos intensos y ordenados a una razón certera y adecuada. Personas ajustadas y ciudad justa son el reflejo una del otro. 

Ahora que empiezan las campañas electorales y quizá cierta desilusión por las opciones a nuestro alcance, tal vez la afición al beisbol, su sentido por lo dramático, su paciencia con los fracasos, su visión de largo alcance, la infinitud en el espacio y el tiempo a la que te enfrenta pueda ser un buen educador de nuestras virtudes políticas que se verán puestas a prueba -como siempre sucede- con este proceso electoral.

Probablemente necesitemos parafrasear una y otra vez aquello del comercial: nos hace falta ver más «beis».

jueves, 11 de septiembre de 2014

El nuevo reloj, ¿quién es el dueño? (Pregunta a Julio Cortázar)

En 1962, Julio Cortázar publicó «Historias de Cronopios y Famas». En este compilado de relatos cortos, encontramos una serie de instrucciones sobre muchas cosas: desde cómo llorar, cómo subir una escalera o cómo dar cuerda a un reloj. Ahora que Apple presentó su nuevo reloj, un amigo (@ProfesorDoval) me recordó el «Preámbulo a las Instrucciones para dar Cuerda al Reloj». Es un texto que invita a pensar en el paso del tiempo: quién es el «sujeto del tiempo» y quién es el «sujetado por el tiempo». ¿Quién es el que manda? ¿Yo que soy el dueño del reloj (y de mi tiempo) o el reloj que me exige que lo vea y me someta al tiempo?

En el primer caso, somos nosotros quienes parece que dominamos nuestro tiempo y necesitamos de un reloj para hacer rendir las horas. Tal vez sí. Pero Cortázar recalca cómo un objeto -el reloj-, puede representar una marca, un estilo de vida, una serie de aspiraciones o la pertenencia a una comunidad de personas. En este caso el reloj no sólo da la hora, da estatus, muestra una posición social con la qué compararme con otros: «ya tengo el nuevo reloj». Cuando esto sucede, el sujeto es suplantado por el objeto: ahora es el reloj quien expresa la identidad, quien marca el ritmo y las aspiraciones de la persona. Ahora la persona es el objeto y el reloj el sujeto.

Este riesgo no se vincula sólo a las cosas que poseemos como marcas de identidad. Tiene que ver con algo más radical. Si ponemos atención, en muchas ocasiones nuestra libertad se ve exigida a decidir en un contexto no controlado o decidido por nosotros mismos. Así por ejemplo, la presencia de una persona que nos enamora no fue programada, pero exige de nosotros una respuesta. O en un ejemplo no tan agradable, la presencia de una enfermedad, nos exige que tomemos unas decisiones no planeadas.  Pero si vemos el problema hacia el futuro, nos damos cuenta que no podemos controlar las consecuencias de nuestras decisiones libres. Yo no puedo prever o controlar, por ejemplo, qué consecuencias puede tener en la vida de las personas si doy una buena clase o una clase mediocre.

De tal manera Cortázar pone ante nosotros esta pregunta ¿quién controla a quién? ¿Controlo yo mi tiempo o soy controlado por él? El escritor argentino condensa este problema en sus «Instrucciones para dar cuerda a un reloj» y en su «Preámbulo» de esta manera: cuando o regales un reloj, piensa que en esa persona se vive una tensión entre ser actor o espectador de su propia vida.

Aquí va el «Preámbulo a las Instrucciones para dar cuerda al reloj»:

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.
Aquí está leídas por el mismo Cortázar.


jueves, 15 de mayo de 2014

¿Para qué sirve un maestro si todo ya está en Google?

Esta entrada huele a pólvora... puro fusil. Las ideas las saqué de este video de @agalorda 



Si toda la información ya está en internet, si es más rápido y seguro preguntarle a Google para conocer una información, ¿para qué sirve un profesor? ¿Por qué es indispensable la formación presencial ante un maestro, si puedo ver, a un click de distancia, las clases de los grandes profesores de las grandes universidades del mundo? 

Pensemos en los alumnos. Generalmente, cada alumno es tal, por que ha de escribir el libro de su vida –quizá comienza o va un poco más avanzado, da igual-. La libreta de un alumno siempre muestra un letrero que dice “en construcción". «¿Cómo harás que tu vida valga la pena vivirse y ponerse por escrito? ¿Cuál es esa gran aventura que escribirás con tu vida?» Para hacer eso, todos necesitamos profesores inspiradores que ayuden a soñar alto y al mismo tiempo nos den las herramientas y la energía interior para ponernos a escribir cada párrafo de nuestra vida. 

En este contexto, ¿qué se espera de un profesor? ¿En qué aspecto un necesitamos un maestro real, no virtual? Una respuesta desafiante dada por un alumno es esta: «Enséñame algo que no pueda encontrar en Google, algo que no pueda bajar de internet o algo que no me va a llegar por redes sociales». 

La respuesta de un amigo es esta: el profesor es relevante si es inspirador. Inspirar no es deslumbrar ocasionalmente con un curriculum o con la erudición del que dispara datos a gran velocidad, o se encumbra a costa de sus alumnos. Tampoco inspira el que comparte vídeos motivaciones, dice frases bonitas o vive de su prestigio adquirido -incluso lo ganó justamente-. Inspira quien libera los resortes interiores del alumno, lo mueve a cambiar sus hábito… quien transforma.

¿Cuáles son los rasgos de un profesor inspirador? Álvaro González-Alorda sugiere tres:

(1) Experimenta: es una persona innovadora en el aprendizaje. Entiende que los alumnos están a un click para salirse, aunque sea con la cabeza, de su clase. El profesor inspirador es quien diseña experiencias retadoras de aprendizaje. 

(2) Conversador. Dedica tiempo gratuito, no remunerado. Josef Piper escribió: “La mirada del quien ama no es una mirada realista”. Quien ama no hace una hoja de contabilidad con aciertos y errores y a base de sumas y restas concluye que es rentable querer. En ese sentido, cuando alguien ama, cuando es el profesor inspirador quien quiere a sus alumnos, lo que dice sin necesidad de palabras es «veo el talento que hay en ti. Veo a esa persona desplegada en el futuro, y como ya lo vi, te entrego esa posibilidad. Éste podrás ser tú. Vi que el mundo sería peor si tu no despliegas tus alas. El mundo te necesita, naciste para ello”. Esa mirada no la puedo bajar de google ni verla en una aplicación del teléfono. 

(3) Integridad. El profesor ha de ser creíble no sólo por que sabe de su materia, sino por que al menos lucha por ser honesto. Sin esa cualidad, tendríamos que dudar de la afirmación “veo el potencial que tienes”. Le faltaría sinceridad. ¿Cómo evaluar si como profesor soy íntegro? Algunas preguntas que ayudan: ¿tengo valores superiores a mi mismo? ¿Estoy dispuesto a empeñarme por “causas perdidas” como decía Borges? ¿Vivo como pienso? ¿Hago lo que digo? ¿En todos mis ámbitos de la vida o tengo mis huecos donde soy mala persona? Si ponemos atención, nos daremos cuenta que nadie está a la altura.  ¿Y cómo pedirle a un alumno que sueñe por algo que vale la pena en su vida, si también tengo defectos? El profesor que pide perdón y cumple compromisos concretos, tendrá la fuerza interior para sugerir a otro que cambie. 

Por todo eso, educar es distinto a instruir, aunque la segunda es indispensable para que se dé la primera. La instrucción nos enseña a contar; la educación, a que puedan contar con nosotros. La instrucción nos permite leer un libro; la educación, leer nuestro propio destino. Si el profesor sólo instruye, y el maestro es el que inspira y educa realmente, entonces el profesor enseña “qué son las cosas”; el maestro, “quién soy yo”. El profesor te cambia las ideas; el maestro te cambia la vida.» 

En Google no es posible enseñar cómo borrar de nuestro mapa interior la palabra Desconocido para remplazarla por una personalidad llena de sentido y significado que se despliega hacia el futuro.

A los maestros, muchas felicidades en su día. Así que como colega, los animo a repensar nuestro trabajo diario. Están en juego los sueños de muchas personas. Si no lo hacemos bien, entonces sí, Google será más importante que nosotros.


domingo, 25 de agosto de 2013

Descarriló «La Bestia». Ahora sí el tren de la muerte.

Descarriló «la Bestia». Esta es la versión breve de la nota de Reforma:

"Viven migrantes tragedia en tren" 
Carlos Marí / Corresponsal
Villahermosa, México (25 agosto 2013).- Al menos cuatro muertos y más de 30 
Tomada de Twitter
lesionados, en su mayoría migrantes centroamericanos, dejó esta madrugada el descarrilamiento de un tren de carga conocido como "La Bestia", en el Municipio tabasqueño de Huimanguillo.

El accidente se registró al filo de las 3:00 horas, en un tramo al que solo se puede llegar en lancha, ubicado a unos ocho kilómetros río abajo del poblado Francisco Rueda, limítrofe con el de Las Choapas, Veracruz.

(Aquí Wikipedia sobre el tren, la nota de Milenio puede verse aquí y la de Grupo Reforma aquí.)

«La Bestia» me recuerda este video. Las Patronas son mujeres que se han dejado "transformar" por la necesidad de los migrantes que viajan en ese tren. Hacen poco, pero para quienes van en el tren, es mucho.


Las Patronas son ejemplo de lo que quiere decir el artículo 1 de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Este tipo de derechos sólo tienen sentido cuando percibimos en nuestra «razón y conciencia» que el otro tiene una dignidad que me interpela. Sólo cuando se sale al encuentro de esa dignidad, se percibe en segundo lugar la propia dignidad y sus derechos. 

O esa experiencia de empatía-solidaridad se hace realidad –en el idioma de Confusio se dice «Ren»- o los derechos humanos se convierten en una barrera que protege sólo a un átomo de soledad que exige beneficios. 

Vaya una oración por las víctimas de ese accidente y sus familias.

lunes, 12 de agosto de 2013

«The Phoenix and the Turtle»: el amor tiene la razón.


«The Phoenix and the Turtle» es un poema de Shakespeare (aquí lo que dice Wikipedia) donde describe con asombro lo que sucede cuando muere uno de los «amantes perfectos». Los que se aman, dos seres «separados» en su individualidad, sólo se compre[he]nden a sí mismos como «concordes».

Si Pascal se conforma con aquello de «el corazón tiene razones que la razón no entiende», Shakespeare  va más allá: sólo cuando se ama, la razón se orienta, prepara y capacita para conocer adecuadamente a la persona en su existencia más auténtica. El corazón que ama tiene la razón y contiene las razones y motivos que iluminan el objeto de lo que la razón «ve». La razón va un paso detrás... (pero «va»). 

Aquí tres versiones de las últimas dos estrofas del poema: la original, una traducción «profesional» de Edison Simons y una más libre. 

The Phoenix and the Turtle

Reason, in itself confounded
Saw división grow together
To themselves yet either-niether 
Simple were so well compounded
That it cried how true a twain
Seemeth this concordant one!
Love hath reason, reason none
If what parts can so remain


El Fenix y la Paloma (trad. Edison Simons)
La razón, en sí misma confundida
Vio junta crecer la división
Ante sí mismos, ni uno ni otro empero 
Tan bien compuestos estaban los simples
Que ella gritó: ¡cuán verdadero par
Parece este uno concordante!
El Amor tiene razón, la razón ninguna
Si así pueden quedar las partes

Traducción «libre»
La razón se confunde a ella misma
Pues vio simultáneamente a dos separados
Pero ante ellos mismos, sin embargo,
ni el uno ni el otro lo estaban 
Así, tan unidos vivían esos individuos
Que ella gritó: «¡qué verdadero par
parecen existir en un con-corazón (concordante)»!
El amor tenía la razón, la razón no
Si es que así de unidas pueden permanecer dos partes.
La razón se pasma ante la unidad de corazón, «con-cordancia», que sobrepasa al primer dato racional: la muerte los ha separado. No se trata, como Pascal, que la razón no tenga motivos y el amor sí, o que los motivos de ambos sean contrarios. Se trata más bien que el amor tiene las razones verdaderas y ofrece las verdaderas razones para «ser de verdad». En inglés se utiliza la expresión «ser de verdad» para decir «ser fiel». 

Dicho de otra forma: el amor muestra el valor y dignidad de la otra persona, la hace «más» inteligible o mas bien, «auténticamente» inteligible.

Como mis papás cumplen 42 años de casados el 14 de agosto, les regalo esta entrada.


1971-2013
Creditos Finales: La idea la tomé de un artículo de John Finnis, «Foundations of practical reason revisited». American Journal of Jurisprudence, vol. 50, 2005. En Español se publicó en «Persona y Derecho» como «Revisando los fundamentos de la razón práctica», vol 64, 2011; la traducción es de Carlos Massini. 


sábado, 15 de diciembre de 2012

La navidad: ¡haz material el regalo!



¡No estoy de acuerdo!
Ya había publicado esta entrada. Hubo poco lectores. Supongo que el título antiguo no fue el mejor. Quizá también la hora de publicación. Así que le cambio el título y lo publico de nuevo a otra hora.

He visto este tuit y no estoy de acuerdo. ¿Cómo se puede regalar en Navidad sólo Emociones? Si esto es así, la fiesta de la Navidad no tiene sentido. Precisamente de lo que se trata es de regalar algo material. De suscitar el afecto a través de un regalo que se pueda desenvolver y se pueda tocar. Por que esta fiesta recuerda al menos tres cosas:  intercambio, encarnarse regalo. Como se sabe, la fiesta de Navidad tal y como se conoce en occidente es de origen cristiano. Los teólogos explican su sentido desde esas categorías:

1. Intercambio. Dios toma la iniciativa e invita: "Dame lo tuyo y yo te doy lo mío. Te doy algo y tu me das algo". ¿Qué es lo de Dios? Gracia, inmortalidad, alegría, plenitud, redención. Pues eso es lo que da. ¿Y qué da el hombre? Lo que tengamos al alcance: limitación, errores, maldades y también gestos de grandeza, planes, amigos, familia, etc. Cosas buenas y cosas malas. La navidad recuerda el intercambio entre Dios y el hombre que se da en Jesuscristo. Si no fuera Dios, sería un engaño, pues no podría dar  ni garantizar lo que prometió: ser hijos de Dios. Si no fuera en verdad hombre, sería sólo un engaño de intercambio, daría sólo una  apariencia de humanidad. Una máscara.

"El Niño del Tambor"
2. Encarnarse. Así como las palabras son la materialización de una idea, y las acciones son la materialización de una decisión, el regalo es la encarnación de un afecto. Un enamorado no se satisface con pensar, recordar e imaginar cuánto quiere a su amor. Debe «decirlo» y a veces hasta «cantarlo».

3. Regalo. Este intercambio-encarnado no es un acto comercial. Es gratuidad, don, regalo. No se da a la fuerza, ni se corresponde a la fuerza. El amor no se impone. Se suscita. Dicen los Padres de la Iglesia, teólogos antiguos, que Dios se hace niño para arrancarnos un abrazo con más facilidad. ¿Quién le dice que no al cariño de un niño?

¿Qué es un regalo de navidad? Un intercambio, un regalo. Por eso quien diga que esta navidad va a regalar cariño, quien piense regalar sólo amor... no ha entendido nada. Esta fiesta no es la fiesta del cariño. Es la celebración del regalo material. Y si es «envuelto» mejor. Pues el regalo esconde, pero al mismo tiempo anuncia, su contenido. Esta navidad... ¡Compra sin remordimiento! 

La sabiduría popular ha sintetizado esta idea en villancico «El niño del tambor». ¿De qué trata este intercambio? El pastor da lo poco que tiene: la música de su tambor y la conciencia de su pequeñez. Y el niño Jesús, en el pesebre, responde con su sonrisa... y con sus brasos.



Les dejo el origen de este post. Un texto de Chésterton sobre la teología de los regalos de Navidad: 
"Recientemente vi una afirmación de Mrs. Eddy sobre este asunto, en la que ella decía que no hacía regalos en un sentido vulgar, sensual, terreno, sino que pensaba en silencio en la Verdad y la Pureza hasta que todos sus amigos estuvieran mucho mejor por ello. Ahora bien, no digo que este plan sea supersticioso o imposible y no dudo de que tenga su encanto económico. Digo que es no-cristiano en el mismo sólido y prosaico sentido en que tocar una melodía al revés es no-musical o que cierta expresión es agramatical. No sé que haya un texto de la Escritura o Concilio de la Iglesia que condene la teoría del regalo navideño de Mrs.Eddy; pero el cristianisno la condena, como la ética del soldado condena la huída. Las dos actitudes son antagónicas no sólo en su pensamiento, sino en el estado del alma antes incluso de comenzar a pensar. La idea de corporizar el afecto, esto es, de ponerlo en un cuerpo, es la enorme y primigenia idea de la Encarnación. Un don de Dios que puede ser visto y tocado es tema del credo. Cristo mismo fue un regalo de Navidad. La nota de los regalos materiales de Navidad resuena incluso antes de que Él naciera en los primeros movimientos de los magos y la estrella. Los Tres Reyes llegaron a Belén trayendo oro, franco incienso y mirra. Si hubieran traído sólo Verdad y Pureza y Amor, no habría habido arte cristiano ni civilización cristiana"