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viernes, 29 de junio de 2018

Dostoyevsky para mi crisis de juventud

Aliosha e Iván
Facebook dice de mí que pertenezco a la categoría Established Adult Life. Suena a marcadamente ruco o asentado con panza chelera. Quizá. Este año leí Los hermanos Karamazov. Desde el asiento en el que parece que ya estoy colocado –feisbuc dixit- me fue más sencillo entrevistarme con mi yo-entre-los-deciocho-y-venticinco-años.  Por eso, al no vivir esa etapa, tal vez me es más fácil descubrir unos aspectos de aquella juventud que viví en la descripción con las que Dostoyevsky introduce a Aliosha. 

El menor de los Karamazov, es un jóven que se adentró en un camino espiritual en busca de un ideal noble y grande que llenara su vida. Buscaba un proyecto de vida que le exigiera «imperiosamente sacrificar todo lo que sea necesario, hasta la vida, en aras de esa proeza»: «Quiero vivir para la inmortalidad, no estoy dispuesto a aceptar un compromiso a medias», decía Aliosha. Sólo así podía gastar sus días: vivir para intensearse. Si no, no. «A un gentleman solo le importan las causas perdidas», escribió Borges en La forma de la espada. ¿Por qué solo vale la pena un ideal así? Porque una juventud empeñada en algo grande puede llenarla por completo. Así gasté mi juventud. No me considero alguien excepcional, simplemente viví lo excepcional que puede ser la juventud. 

Sin embargo, para Dostoyevsky esos ímpetus chocarán contra su propia fuerza vital:
“Por desgracia, estos jóvenes no comprenden que, en la mayor parte de estos casos, el sacrificio de la vida es, posiblemente, el más sencillo de todos los sacrificios, mientras que consagrar, por ejemplo, cinco o seis años de su vida, rebosante de juventud, a un estudio difícil y pesado, a la ciencia, aunque solo sea para multiplicar las propias fuerzas y ponerlas al servicio de dicha verdad y de la proeza con la que se han encariñado y que se han propuesto llevar a cabo, es casi siempre, para muchos de ellos, un sacrificio superior a sus fuerzas.”
Más adelante, en palabras de Zósima, Dostoyevsky volvió sobre esta característica del amor jóven e intenso:
“El amor soñado ansía la proeza inmediata, que se consuma rápidamente, a la vista de todos. Hay quien llega, de hecho, a dar su vida, a condición de que el sacrificio no se prolongue en exceso, sino que se consume a la mayor brevedad, como en un escenario, y de que todo el mundo pueda admirarlo y elogiarlo. En cambio, el amor activo es trabajo y firmeza; para algunas personas puede llegar a ser toda una ciencia.”
¿Cómo sugiere este escritor ruso guiarse por un ideal con el intenseo de Aliosha, y al mismo tiempo, que ese fuego que lo mueve, no destruya a ese jóven? ¿Qué experiencias tomar en cuenta para asentar esa juventud? ¿Cómo no quemarse por las ansias y al mismo tiempo seguir soñando por un ideal? Porque una crisis de la juventud -y Aliosha la padeció, y yo también- consiste en ver que por más que des la vida por un ideal, éste ni se logra por completo, ni de forma definitiva, ni parece que se vaya a mantener en la cumbre... a pesar de intentarlo con todas las fuerzas y con la mejor intensión e intenseo

En Los hermanos Karamazov hay algunas pistas para intensearse sin consumirse. No sé si el escritor ruso pretendía darle este enfoque, pero si me entrevistara con mi yo-de-morrito –y hago cuando tú me lees-, me pediría recordar estas ideas que encontré en esta clásica novela:

1. Aprender a ver los gestos de gratuidad que recibimos. De eso escribí aquí. Sugiero leerlo de nuevo.

2. Huir de la abstracción. Los ideales pueden ser coherentes racionalmente, pero las personas concretas nunca encarnan a la perfección esos valores. Lo curioso es qeu los ideales no existen en sí mismos como esferas de perfección; las personas, sí. Y estas en parte revelan, pero también en parte ocultan el ideal. Nadie es pura luz. Los abismos y defectos de quienes viven el propio ideal, tarde o temprano, nos lastiman. Porque todos somos limitados e incluso un misterio para nosotros mismos. Querer y orientar la vida por ideales es muy fácil. Amar a una persona –la que incluso nos ha herido- es quererla tal cual es... en concreto: 
“Yo –decía– amo a la humanidad, pero no dejo de sorprenderme a mí mismo: cuanto más amo al género humano en general, menos aprecio a los hombres en particular, o sea, tomados de uno en uno, como individuos. En mis sueños –decía–, he llegado con cierta frecuencia a formular apasionados proyectos relativos al servicio a la humanidad, y hasta podría haberme encaminado a la cruz por los demás en caso de haber sido, de un modo u otro, necesario. Y, sin embargo, soy incapaz de pasar con nadie dos días seguidos en la misma habitación: lo sé por experiencia. En cuanto tengo a alguien cerca, siento que su personalidad limita mi amor propio y coarta mi libertad. En veinticuatro horas puedo llegar a odiar al mejor hombre del mundo: que si éste pierde mucho tiempo comiendo, que si aquel otro está resfriado y no para de sonarse... En cuanto alguien –decía– empieza a tener trato conmigo, me convierto en su enemigo. En cambio, siempre me ha ocurrido que, cuanto más he odiado a las personas en particular, tanto mayor se ha vuelto mi amor a la humanidad en general”.
3. Seremos salvados por la belleza. El cerrojo que une el ideal abstracto, –con su grandeza y su ser inabarcable-, con la existencia concreta de una persona, –con su limitación y la sed de vida propia de los Karamazov-, es la belleza. Estas palabras son de Dmitri. Un intenso como pocos:
“¡La belleza es una cosa terrible y pavorosa! Terrible porque es indefinible, nadie la puede definir, porque Dios solo nos ha dado enigmas. Aquí las orillas convergen, aquí todas las contradicciones conviven. [...] Lo terrible es que la belleza no solo es espantosa, sino también un enigma. Es la lucha entre el diablo y Dios, con el corazón del hombre como campo de batalla.”
4. Encuentra a aguien con quien y por quien llorar. Para Dostoyevsky, el sufrimiento del inocente y la eventual justicia euclidiana –o el karma que tarde o temprano castiga al injusto o premia al honesto- es irracional. Es el reclamo de Iván Karamazov, contra un dios que solo se mueve para recompensar a la bondad y sancionar la maldad:
“Y, si los sufrimientos de los niños han servido para completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que esa verdad no vale un precio semejante. [...] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada. Y, a poco que sea yo un hombre honrado, mi obligación es devolverlo cuanto antes. Eso es lo que pienso hacer. No es que no acepte a Dios, Aliosha, me limito a devolverle el billete con todo respeto.”
No. Para Dostoyevsky la salvación por las injusticias que cometemos –y quién no es un poco miserable- es redimida por la gratuidad, por el don de algo que no merecemos, que se nos entrega por alguien a quien no le debemos nada. Nos lo da solo porque sí. En otras palabras, solo nos salvaremos si lloramos junto a quien nos ama. El escritor ruso insiste en que solo se ve a Dios o solo percibe el valor de la persona en concreto, cuando el personaje se convierte alguien capaz de sacrificarse para acompañar, sea como sea, a quien padece injusticias o a quien nos lastima sin causa. Cuando introducimos en el mundo, gratuitamene, ese amor inmerecido. Incluso si nos han lastimado: “Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas...” 

5. Alégrate. –“Quien ama a los hombres ama su alegría... no se puede vivir sin alegría”-; pasa por alto las ofensas –“Mientras Rakitin no deje de pensar en las ofensas sufridas, siempre se marchará por un callejón”. De ahí que:
“Han de saber que no hay nada más alto, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, especialmente el que se atesora ya en la infancia, en la casa paterna. Os han hablado mucho de la educación, pero cualquier recuerdo bonito, sagrado, conservado desde la infancia, puede ser la mejor educación que exista. E, incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, éste puede salvarnos en algún momento. Quizá nos volvamos malos, incluso puede que no tengamos fuerzas para resistir con firmeza ante una mala acción, que nos riamos de las lágrimas de los hombres  [...] Aun así, da igual lo malos que seamos, Dios no lo quiera, pues, en el momento en que recordemos [...] lo mucho que lo hemos querido en sus últimos días y cómo estamos hablando aquí junto a la roca, tan amistosamente y todos juntos, el más cruel de nosotros y el más burlón, si es que nos convertimos en eso, ya no se atreverá a reírse en su interior de cómo una vez fue bueno y bello. Es más, puede que precisamente este único recuerdo lo aparte de un mal grande y que reflexione y se diga: «Sí, entonces era bueno, valiente y honrado». Si se ríe de eso, no pasa nada, el hombre se burla con frecuencia de lo bueno y lo bello, solo es falta de reflexión; pero, señores, les aseguro que, en cuanto se ría, su corazón le dirá: «He hecho mal en reírme, porque ¡no hay que burlarse de estas cosas!».”
Established Adult Life... Ahora sí: ¡Intenséese!. Por cierto, feliz cumpleaños.

sábado, 13 de mayo de 2017

«No te enamores de un cobarde»

«Ofelia», de John Everett Millais (1852)

«No te enamores de un cobarde», así tituló Marta Fernández su artículo en la revista Jot Down del mes de enero de este año. El texto se centra en un personaje de cine. Aquí van algunos párrafos, en concreto, aquellos en los que el actor no es relevante. Marco en negro las frases que más me gustaron:
Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual [...] Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo [...] no era más que un cobarde. [...] Tan valiente que no es capaz ni de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar. [...] 
Parece que es el valiente el que sale tocado de esta farsa del amar sin amar. Se lleva, por supuesto, el golpe del que se lanza con toda la caballería y acaba en un precipicio emocional. Pero la peor herida es la del otro. La del que no se atreve. El que se guarda sin darse cuenta de que guardándose está perdiéndolo todo. Y se quedan los cobardes viviendo en una colección de condicionales que nunca son. Abrazaría. Diría. Haríamos. Y nadie abraza. Ni nadie dice. Ni nadie hace. Porque el cobarde prefiere su presente continuo en continua repetición. Como en la rueda de un hámster, dejando que la inercia decida por él. 
En ese palacio  de las inercias del que no es posible salir vive Hamlet, incapaz de hacer lo que tiene que hacer. Hamlet, cobarde máximo, portador de la súplica del fantasma de su padre, carga con la profecía de un asesinato que no puede comerter. «La conciencia así hace a todos cobardes». Y aunque ha prometido matar a su tío, rechaza la oportunidad cuando la tiene. Y enfunda el puñal cuando está apunto de hundirlo en su carne. Y no se da cuenta de que es su propia sentencia de muerte la que acaba de firmar. Esa es la sentencia del cobarde: la del que se decide a ejecutar cuando el momento ha pasado. Cuando ya no puede ser. 
Hamlet se enreda en sus palabras para no actuar, construye retóricas para no pasar a la acción. Un hombre paralizado con el pensamiento dividido en cuatro partes: tres de cobardía y solo una de prudencia. Y cuando se dice ser o no ser realmente se está interrogando sobre si actuar o no actuar. Interrumpe Ofelia su soliloquio y Hamlet parece ponerla sobre aviso diciendo lo que no se atreverá a decirle jamás: «la hermosa Ofelia, ninfa en tus plegarias, nunca olvides mis pecados». Porque sabe que su verdadero pecado es el de la omisión. Que del mismo modo que omite la venganza, omitirá el amor. Hamlet no tiene el valor para cumplir con su destino como no lo tiene para querer. Dulce, hermosa, suicida Ofelia, escucha esa plegaria que dice que no te enamores de él. 
Como todos los cobardes, Hamlet espera el momento de actuar, de empezar la nueva vida del príncipe vengador. Pero el momento no existe sin el fogonazo de la resolución. Ahí está la diferencia: el cobarde cree que el momento llegará y el valiente se atreve a construirlo. Cabalga sobre el carpe diem y hace lo que tiene que hacer. Matar. Morir. Vivir. Amar. Ser por encima de no ser. Actuar. Porque esperar el momento es vivir anestesiado. Esperar el momento es malvivir. [...] 
Quizá ese es el problema. La obsesión por proteger el corazón. Quizá el cobarde solo tiene miedo del dolor. Quizá todo parte de la absurda idea de que para no arriesgarse al maremoto de la pena, es mejor no sentir. «Tengo tanto miedo a perder aquello que amo que me niego a amar nada». 
[A un cobarde] le habría ido bien leer a Borges, que sabía que el peor de los pecados es no ser feliz. Si su prosa está hecha de laberintos, su poesía deambula por los caminos que no se atrevió a recorrer. El camino del amor que le amenaza, de esa mujer que le duele en todo el cuerpo, de esa esquina por la que no se atreve a pasar. «Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue», se pregunta en un soneto que tituló «Lo perdido». Quizá no haría falta decir más. Pero lo explica Borges, ya anciano, con falsa prosa, en «Posesión del ayer» 
«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (...) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». 
El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. [...] El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. [...] Nunca te enamores de cobardes [...] Nunca te permitas temblar si no es por pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.