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martes, 2 de agosto de 2016

Los (todavía no) pudores de Lucas


El @ProfesorDoval, uno de mis mentores, me (me, me) puso en la pista de este cuento de Cortázar. Debía un post dedicado al vástago del Barbas y de la Chancla. ¡Grandes los tres! Como se verá, afortunadamente, Lucas empuja y opera sin preocuparse por las visitas.
Lucas, sus pudores 
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metros del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oir se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde. 
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horor no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezar lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación mas bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha. 
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso. 
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonar el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: 
Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que despues de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia. 
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisón mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el docotor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.
Julio Cortázar, 1979. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

Preguntas en la última clase


Los alumnos del último semestre están preparando un video final de licenciatura. Eligieron un salón de clase y nos invitaron a dos profesores a estar ahí. Sólo necesitaban video y el profesor ambientaba la escena. El audio no era importante. Podríamos hablar de cualquier cosa, desde la eficacia de Aquamán en el desierto hasta el uso de la raíz cuadrada por un abogadoPues bien, como había que decir algo, como era una última clase, dije esto:
¿Quieres ser feliz una hora? Disfruta de un bife o de un asado. ¿Un día? Juega golf, ve a un partido de futbol o a una fiesta. ¿Qué tal por una semana? Compra un carro. ¿Y un mes? Termina tu licenciatura ¿Por un año? Gana la lotería. 
¿Quieres ser feliz toda la vida? ¿Qué debes hacer? ¿Qué precio es el que has de pagar? ¿Qué sacrificios estarías dispuesto a intentar? ¿Qué talento tendrías que mejorar? ¿Qué habilidad incorporar a tu carácter? ¿Qué problemas tendrías que superar? ¿Cuáles habría que despreciar? ¿Con qué tipo de personas debes juntarte? ¿Qué hacen los son realmente felices? ¿Cómo haces para llamar su atención y que estén a gusto de convivir contigo? ¿Qué les has de aportar? ¿A qué lugares van? ¿Qué dejan de hacer? ¿Qué no dejan de hacer?
La fiesta se puede planear, la alegría no. Quizá el secreto está no en ser capaz de organizar fiestas sino de atraer a personas que la llenen con su alegría (Nietzsche dixit). Tal vez el tesoro de la felicidad se esconde nuestra capacidad de atraer a personas que son felices.
Para ser honestos, las ideas se las volé a Lou Holtz, el legendario coach de Notre Dame. Aquí un video donde dice estas ideas de las que habla con frecuencia


jueves, 27 de noviembre de 2014

«Leer» no se enseña, se contagia.

«No puedes comprar la felicidad. Pero puedes comprar libros y eso es algo similar»


«Leer» no se enseña, se contagia. La frase no es mía. La vi en un  sticker de una escuela y como se aproxima inauguración de la FIL, puede ser que nos preguntemos, ¿cómo se enseña a leer? ¿Cómo se contagia? He preguntado a varios -incluído al autor de la frase «la lectura se contagia»- y aquí van algunas respuestas:

1. «Leer aunque no se antoje. Como en la vida se hacen cosas que no siempre nos gustan, es mejor irse probar el esfuerzo con cosas que valen la pena». El argumento es un poco violento, y quizá tal vez por ello, extraño. Tal vez por que hemos pensado que la lectura se hace porque produce placer. En parte sí, pero la lectura es importante no sólo por el fruto que produce, sino por la raíz en la que se nutre. Como toda raíz, ha de buscar su sitio por anclarse a la tierra. Algo así requiere esfuerzo. Leer también. Hay que leer aunque no haya ganas. Porque en la vida haremos cosas que no nos gustan, más nos vale entrenarnos en algo que vale la pena. 

2. «Para hablar como Don Juan, y escribir como Cervantes». De forma análoga al dicho de las abuelas –«somos lo que comemos»-, también escribimos y hablamos de lo que leemos. Una de las habilidades más valoradas en los profesionales de hoy es la capacidad de transmitir una idea con precisión. ¿Cómo entrenarnos para hacer algo así? No hay más que escribir. Pero el depósito de ideas, palabras, fórmulas y modos de decir se acrecienta con la lectura.

3. Los dos argumentos anteriores sirven pero hasta cierto punto, por que son utilitaristas: «leemos porque conseguimos algo a cambio». Pero si la lectura es la puerta para la sabiduría y ésta es un bien humano que vale la pena buscar por sí mismo, debe existir un motivo que justifique la actividad lectora. Dice C.S. Lewis que la lectura nos dice algo de la vida, nos introduce en el mundo de otros y en ellos aprendemos a darle sentido al nuestro. Quien no lee vive como en una cárcel, donde sólo reconoce lo que ha experimentado en su entorno y en su tiempo. Sólo tenemos una vida, un tiempo, y unas conexiones; por eso, quien quien no lee, sólo sabe de lo que alcanza a ver frente sí. Quien lee, amplía sus registros emocionales, intelectuales y morales gracias a los cuales puede comprender mejor lo que le sucede, prever lo que vivirá si toma unas decisiones equivocadas -o correctas-, aprenderá a darle cause a sus penas y potenciará sus alegrías . El momento eureka, el gozo de la lectura llega una vez que ya se ha leído, difícilmente antes. Por eso, enseñar a leer requiere un maestro que nos siembre la inquietud. Alguien que nos contagie.

Entonces, ¿qué consejo práctico daría a unos padres que quisiera inculcar en sus hijos el hábito de la lectura? En la práctica, asumo que el padre o la madre ya es un lector y conoce, en parte, el texto. Sugiero hacer tres cosas equivalentes a tres momentos distintos. Al entregar el libro, ofrecer una visión general de tema del que trata. Segundo, mientras lee el libro, hacer una pregunta al lector que conectaría el asunto del libro con su vida concreta, una especie de pellizco que diga «¡Hey! ¡En este libro hay un problema que tú también experimentas! ¿Qué harías si te pasara lo mismo?».  Tercero: escuchar, platicar y compartir el eco que el libro produjo en el hijo, en el alumno, en el amigo. Es el momento en que, como dice Lewis, «la experiencia literaria cura la herida de la individualidad sin socavar sus privilegios». Es el momento en que nos convertimos en mil personas sin dejar de ser nosotros mismos.  

Aquí dejo estos párrafos del ensayo de C.S. Lewis «La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental.»
«¿Qué valor tiene leer lo que alguien escribe?» equivale a la pregunta «¿Qué valor tiene escuchar lo que alguien dice?». Salvo que una persona sea capaz de encontrar en sí misma todas las informaciones, las diversiones, los consejos, las críticas y las alegrías que desee, la respuesta es obvia. Y si vale la pena escuchar o leer, entonces también puede valer muchas veces la pena incluso para poder descubrir que algo no la merece. [...]
Aquí reside, si no me equivoco, el valor específico de la buena literatura considerada en su aspecto de logos; nos permite acceder a experiencias distintas de las nuestras. Al igual que éstas no todas esas experiencias valen la pena. Algunas resultan, como suele decirse, más «interesantes» que otras. Desde luego, las causas de ese interés son muy variadas, y son diferentes para cada persona. Algo puede interesarnos porque nos parece típico (decimos: «¡Qué verdadero!»), anormal (decimos: «¡Qué extraño!»), hermoso, terrible, pavoroso, regocijante, patético, cómico o sólo excitante. La literatura nos da la entrée a todas esas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones. La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub—individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.