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jueves, 9 de octubre de 2014

¿De dónde salen los héroes? Jane Austen y los educadores de grandeza.

Jane Austen en el billete de £10
En los personajes de Jane Austen se repite un patrón: el despertar. De pronto se dan cuenta de su comportamiento deficiente, de su juicio equivocado y de sus sentimientos desajustados (aquí algo ya publicado en el blog al respecto). Algunas de sus heroínas tienen amigos que se los hacen notar.  Emma Woodhouse cuenta George Knightley en «Emma». Catherine Morland recibe un consejo -más bien un regaño- de  Henry Tilney en «Northanger Abbey». Por último, Ann Elliot madura con los consejos de Lady Russell -aunque con matices- en «Persuasion». Tanto Knightley como Tilney son personajes de buen juicio, el prototipo de caballero. Lady Russell es una buena amiga, confidente y consejera. Parece lógico y hasta natural que Emma, Catherine y Anne hayan sido educadas por estos mentores. A diferencia de ellas tres, ni Elinor Dashwood, ni Elizabeth Bennet, ni Fanny Price tienen a su alcance a un educador así.

Austen crea ambientes donde las protagonistas viven rodeados de personas desajustadas en sus juicios, inestables en sus sentimientos, vanidosos y egoístas en sus relaciones con otros y superficiales en sus pretensiones de felicidad –a veces ellas lo son-. Si tomamos en cuenta, además, que ni Elinor, ni Elizabeth, ni Fanny, contaban con maestros de una vida que valga la pena, entonces, ¿cómo fue que las heroínas lograron ser distintas al resto? ¿De dónde sale una persona centrada si el ambiente en el que vive no se presta para ello? ¿Cuál fue ese proceso educativo que las formó para ser agudas y empáticas? ¿Dónde aprenden a no ser como los demás?

Hay tres cosas en común que parece ser la fuente de su auto-educación: (i) leen, (ii) contemplan y retienen, y (iii) se esfuerzan. Quizá son estos tres los educadores de personas ajustadas que propone Jane Austen.

1. Leen.

Leen cartas y libros. Pero también pinturas, la naturaleza... y personas. En «Pride and Prejudice» Elizabeth Bennet es obligada por Darcy a leer una carta en la que él explica tanto sus motivos para separar a su hermana Jane de su amigo Charles Bingley, como sus fricciones con George Wickham. En la carta se habla de sucesos pero el resultado es un encuentro de dos personas: quién realmente la persona que escribe –Darcy- y quién realmente quien lee -Elizabeth-. 

El encuentro también sucede cuando Elizabeth lee las pinturas familiares en visita a Pemberley. Lizzy se ve obligada a enfrentarse a las personas retratadas, y al igual que con la carta, vuelve una y otra vez sobre el cuadro. Ya escribí en blog algo sobre lo que significa leer [«Toma y lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S. Agustín)], ahí podrán encontrar más detalle.


«A Gentleman's Art Gallery», de Thomas Rowlandson (1756-1827). En una habitación así, Elizabeth habría encontrado el cuadro de Darcy
2. Contemplan y Guardan.

Fanny Price, la heroína de Mansfield Park (aquí un post dedicado a ella y en esta página, una colección de post sobre esta novela) fue adoptada por su tío rico para mejorar sus oportunidades en la vida. Su soledad forzada la llenaba con largas entrevistas consigo misma donde contemplaba y meditaba lo que veía. Tanto que en ocasiones sus parientes -insensibles y egoístas- pasan de largo su presencia. Austen vincula la indiferencia hacia Fanny con la apatía hacia la belleza de las estrellas:
«Durante unos minutos hermano y hermana estuvieron demasiado entregados al mutuo comentario sobre la magnificencia de la noche y el intenso brillo de las estrellas, para pensar más que en sí mismos; pero, al producirse el primer silencio, Edmund, mirando en derredor, dijo:
—¿Dónde está Fanny? ¿Se ha acostado ya?
—No; que yo sepa, no —contestó la señora Norris—; hace un momento estaba aquí.
Su dulce voz, al hacerse oír desde el otro extremo de la sala, que era muy espaciosa, les indicó que estaba en el sofá. Tía Norris empezó a gruñir:
—Es un truco muy tonto, Fanny, esto de arrinconarse para pasarse la noche holgazaneando en un sofá. ¿Por qué no te acercas y te sientas aquí, y te empleas en algo como hacemos nosotras? Si no tienes labor tuya, yo puedo proporcionártela de la cesta de los pobres. Allí está todo el percal nuevo, comprado la semana pasada, todavía intacto. Te aseguro que casi se me quebró el espinazo al cortarlo. Tienes que aprender a pensar en los demás; y, puedes creerme, es un hábito muy feo en una persona joven el estar siempre recostada en un sofá. (Capítulo 7)»
En todas las novelas de Jane Austen sólo existen dos pasajes que podemos calificar de metafísicos. Ambos en Mansfield Park. Son escenas en las que se habla sobre cómo son las cosas en sí, y cómo en ellas encontramos un orden, un brillo, una belleza que nos llama. Como si existieran para ser contemplados  y de esa contemplación nosotros pudiéramos conocernos quiénes somos. En otras palabras, las cosas son inteligibles, apetecibles y amables para nosotros, por que tenemos una razón capaz de conocer ese diseño, unos sentimientos diseñados gozar de esa armonía y un corazón para conmoverse ante ese llamado. En la primera de esas escenas, Fanny se conmueve al observar las estrellas, lo que le permite reflexionar sobre la belleza, el orden y la armonía:
«Fanny convino en eso, y tuvo la satisfacción de ver que él [su primo y protector Edmund] permanecía a su lado, junto a la ventana, a pesar de la anunciada canción, y que volvía como ella los ojos al exterior, cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cautivador en la luminosidad de una noche estrellada, contrastando sobre la profunda negrura de los bosques. Fanny habló por sus sentimientos:
—¡Esto es armonía! —dijo—. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste. (Capítulo 11)»
Si la naturaleza expresa una armonía que podemos conocer, apreciar y gozar, es por que dicen algo de nosotros mismos. Aristóteles se dio cuenta de ello: nuestra acción imita lo que vemos en la naturaleza (Física, II.4.194a.21-23). Es decir, aprendemos a operar viendo cómo lo hacen las cosas de la naturaleza: vemos que buscan unos fines, aprendemos a que lo hacen con un orden, etc. y a partir de ahí aprendemos algo de nosotros mismos. Tomás de Aquino siguió esa idea: la racionalidad que vemos en las cosas, nos dice algo, educa nuestro sentido de juicio y moldea nuestros juicios prácticos (Brock, The legal Character of Natural Law of St. Thomas Aquinas). El maestro de un oficio muestra a su pupilo una serie de objetos para acostumbrarlo a ver y producir uno similar -«este es un buen jarrón y así se hace»-. El aprendiz modela el barro y lleva su vista al modelo diseñado por el maestro para guiar su propia acción. Así produce un buen jarrón, como el de su maestro, y a prende a imitarlo. De la misma manera, en la naturaleza existe un modelo de «buen jarrón» de cuya contemplación aprendemos a guiar nuestra acción: «Por eso el intelecto humano, cuya luz inteligible se deriva del intelecto divino, debe ser formado por la observación de las obras de la naturaleza, para obrar de manera similar (Tomás de Aquino, Comentario a la Política de Aristóteles, Proemio)»

En Jane Austen, el carácter se moldea a través de la contemplación, de almacenar  y guardar en el corazón la armonía de la naturaleza. Con esa educación es posible también ajustar el carácter de una persona y conocer cuál su vocación y destino: por que se sabe ver lo que vale la pena. La armonía de la naturaleza es educadora: transforma a quien la contempla en un personaje éticamente atractivo, solidario con otros seres humanos, racionalmente crítico y afectivamente estimulante: una buena persona.

Fanny (Julia Joyce) y Edmund (Blake Ritson) en la versión de 2007 de Mansfield Park

Mary Crawford, la antagonista, es incapaz de apreciar la armonía. Para ella, el orden de la naturaleza no dice nada, ni afecta su juicio, ni modela sus sentimientos, ni influye en sus decisiones. Y mucho menos es capaz de guardar en la memoria -más bien en el corazón- ese tipo de experiencia. Ante la belleza, es «impasible y distraída». Por eso no tiene nada que decir. A lo largo de la novela Mary se jacta de ser una «egoísta incurable», de ir a lo suyo, de superficial. Y ese vacío se manifiesta también en su sordera para la belleza: su espíritu está atrofiado para captar la belleza tanto de la naturaleza como de las necesidades de una persona.
«—Es bonito, muy bonito —dijo Fanny, mirando en derredor, un día en que se hallaban así sentadas en un banco—; cada vez que vuelvo a encontrarme entre estos arbustos me sorprende más su desarrollo y belleza. Hace tres años, esto no era más que un seto vivo que crecía descuidadamente a lo largo de la margen superior del campo, y que nunca se creyó que fuese algo, o que pudiera convertirse en algo digno de tenerse en cuenta; y ahora es un paseo del cual seria difícil decir si es más apreciable lo útil o lo decorativo. Y, acaso, dentro de otros tres años habremos olvidado… casi olvidado lo que antes fue. ¡Qué cosa tan asombrosa, tan enormemente asombrosa, la acción del tiempo y los cambios del pensamiento humano! —y siguiendo el curso de sus últimas ideas, poco después añadió—: Si alguna de las facultades de nuestra naturaleza puede considerarse más maravillosa que las restantes, yo creo que es la memoria. Parece que hay algo más claramente incomprensible en el poder, en los fracasos, en las irregularidades de la memoria, que en cualquier otro aspecto de nuestra inteligencia. ¡La memoria es a veces tan fiel, tan servicial, tan obediente y, otras, tan veleidosa, tan flaca… y otras aún, tan tiránica e ingobernable! Somos, indudablemente, un milagro en todos los aspectos; pero nuestra facultad de recordar y de olvidar me parece algo particularmente insondable.
Miss Crawford, impasible y distraída, no tuvo nada que decir; y Fanny, comprendiéndolo así, volvió al tema que consideraba más interesante para su interlocutora:
—Puede que parezca impertinente mi elogio, pero debo admirar el gusto que la señora Grant ha puesto en todo esto. Hay una tan apacible simplicidad en el trazado y detalles de este paseo… ¡y lo ha conseguido sin demasiado esfuerzo!
—Sí —replicó Mary descuidadamente—, queda muy bien para un lugar como éste. Una no piensa ver grandes cosas aquí, y, entre nosotras, hasta que vine a Mansfield nunca había imaginado que un párroco rural pudiera aspirar jamás a tener un paseo de arbustos, ni nada por el estilo.
—¡Me gusta ver cómo crecen y prosperan las siemprevivas! —dijo Fanny como respuesta—. El jardinero de mi tío dice siempre que esta tierra es mejor que la suya, y así parece, a juzgar por el desarrollo de los laureles y arbustos en general. ¡Y la siempreviva! ¡Qué bonita, qué grata, qué maravillosa, la siempreviva! Cuando se piensa en esto… ¡qué asombrosa variedad, la de la naturaleza! Sabemos que en algunos parajes la variedad está en el árbol que muda sus hojas, pero esto no hace menos sorprendente que el mismo suelo y el mismo sol nutran plantas diversas, que difieren en las reglas y leyes básicas de su existencia. Pensará usted que le estoy recitando una rapsodia; pero cuando me encuentro entre la naturaleza, en especial descansando, me entrego con gran facilidad a esta especie de arrebatos admirativos. No puedo fijar la mirada en el más simple producto de la naturaleza sin hallar motivo para una desbordada fantasía.
—Si quiere que le diga la verdad —replicó miss Crawford—, creo que soy algo parecida al famoso dux de la corte de Luis XIV, y puedo afirmar que no veo en este paseo de arbustos maravilla alguna que iguale a la de hallarme yo en él. (Capítulo 22)»
Mary se sorprende que un clérigo, al menos en teoría un ejemplo de virtud, pudiera compaginar la virtud con la belleza en las cosas que lo rodean. A Mary el parece que la belleza es la de un rostro atractivo, la del rico, la de quien se divierte con la vida. Usa del caballo de Fanny para coquetear con Edmund, organiza una obra de teatro para seguir con el juego de la seducción. Para Miss Crawford, la belleza presenta objetos para poseer y gozarse con ellos. Para Fanny, la contemplación de la belleza la saca de sí misma, entrena a la razón y al corazón para buscar fines dignos: construir relaciones sociales valiosas. Fanny se ha convertido en la más valiosa y útil de quienes viven tanto en Mansfield y como en casa de sus padres.

Catherine Morland, de «Northanger Abbey», se mete en problemas por su incapacidad para distinguir entre sus novelas favoritas y la vida real. La contemplación y la capacidad para acumular esas experiencias serán las que refuercen la educación de Ms. Morland. Así lo resumió su madre: «—Catherine será un ama de casa algo inexperta y alocada —observó Mrs. Morland, consolándose luego al recordar que no hay mejor maestro que la práctica.»

3. Se esfuerzan y están dispuestas a sufrir. Nada es Gratis.


Por último, en «Sense and Sensibility» las Dashwood habían sufrido decepciones amorosas, habían sido reducidas a la pobreza y tratadas con desprecio por su familia. Todas se refugiaban en la fortaleza de Elinor sin saber que ella también sufría. La siguiente escena se desarrolla cuando Marianne -la hermana emocional- conoce las penas de Elinor. La hermana sensata reconoce que sólo cumplía su deber. Para Marianne esa reacción es incomprensible, ¿cómo puede una persona no dejarse llevar por sus sentimientos? ¿No es renunciar a sí mismo? Si los sentimientos expresan algo de lo que somos realmente, ¿no es hipocresía limitarlos con el hielo del deber y la frialdad de la razón? 

A la respuesta de Elinor no le sobra una palabra. Todo el pasaje es genial (lo puse al final). En algún momento, la mayor de las Dashwood reconoce que el doloroso cumplimiento del deber, le permitió educar a su razón, mesurar sus sentimientos, encontrar la solución adecuada a su problema y la capacitó para mantener una relación adecuada con los demás: «La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos (Capítulo 37)». En su caso, la educación ética no se ahorró el esfuerzo. Al final de la historia, el sufrimiento que padeció Marianne, le permitió orientar sus sentimientos y gracias a estos, aquellos fueron más profundos y fructíferos. El esfuerzo –en este caso el sufrimiento- fue para Marianne, el maestro sobre cómo vivir dignamente:
«Marianne Dashwood había nacido destinada a algo extraordinario. Nació para descubrir la falsedad de sus propias opiniones y para impugnar con su proceder sus máximas favoritas. Nació para vencer un afecto surgido a la edad de diecisiete años, y sin ningún sentimiento superior a un gran aprecio y una profunda amistad, ¡voluntariamente le entregó su mano a otro! [...] En vez de sacrificada a una pasión irresistible, como alguna vez se había enorgullecido en imaginarse a sí misma; incluso en vez de quedarse para siempre junto a su madre con la soledad y el estudio como únicos placeres, según después lo había decidido al hacerse más tranquilo y sobrio su juicio, se encontró a los diecinueve años sometiéndose a nuevos vínculos, aceptando nuevos deberes, instalada en un nuevo hogar, esposa, ama de una casa y señora de una aldea. (Capítulo 50)»
Aquí va la respuesta completa de Elinor a la incomprensión de Marianne:
«Ante estas palabras, Marianne expresó con sus ojos lo que sus labios no podían formular. Tras un momento de asombrado silencio, exclamó:
—¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.
—¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!
—No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.
—¡Cuatro meses! —volvió a exclamar Marianne—. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sostenido?
—En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.
Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Marianne.”
“—A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño —añadió Elinor—, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría convencido.
—¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!
Marianne (Charity Wakefield) y Elinor (Hattie Morahan) en la versión de 2008 de Sense and Sensibility.
—Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apoyarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi alrededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su deber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no carece de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y después de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y permanente y de todo cuanto pueda ponderarse una felicidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecuado... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en aspecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra superior a ella.”
—Si es así como piensas —dijo Marianne—, si puede compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.
—Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro meses, Marianne, todo esto me ha pesado en la mente sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta persona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos digno de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su madre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queridos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.
Marianne estaba completamente consternada.
—¡Ay, Elinor! —exclamó—. Me has hecho odiarme para siempre. ¡Qué desalmada he sido contigo! Contigo, que has sido mi único consuelo, que me has acompañado en toda mi miseria, ¡que parecías sufrir únicamente por mí! ¿Así es como te lo agradezco? ¿Es ésta la única recompensa que puedo ofrecerte? Porque tu valía me abrumaba, he estado intentando desconocerla.” (Capítulo 37)»

viernes, 18 de julio de 2014

G.K. Chésterton: Jane Austen no escribió novelas rosas.

Ya en varias ocasiones he escrito sobre Jane Austen (en las etiquetas de abajo aparece lo que he publicado de ella en el blog). Algo había que decir en el aniversario de su muerte (18-jul). Tomo ocasión de la Introducción que escribió Chésterton a la primera edición de "«Love and Friendship» y otros escritos Juveniles de Jane Austen" (aquí el libro completo).

En principio, parecería que sus novelas -y las películas y series que se hacen basadas en ellas- habría que colocarlas entre las películas románticas orientadas a adolescentes: el mundo de Jane Austen sería aquel en el que todo prepara la romántica declaración del protagonista y el desmayo de la dama cuando oye esa propuesta. Pero, para quien ha leído las novelas de Austen, esta preconcepción parecería cómica. Elizabeth Bennet, la heroína de «Orgullo y Prejuicio», recibe tres propuestas de matrimonio y en ninguna de esas ocasiones, se desmaya o grita de la emoción mientras aplaude, brinca y grita como chiquilla que ha visto a su artista favorito.

Jane Austen en escultura de cera (visto aquí)
Jane Austen comenzó a escribir historias para el entretenimiento familiar y la diversión casera, y si representó novelas rosas o personajes acaramelados fue para ironizar con su inconsistencia y poca seriedad. Si sus personajes ficticios se desmayan de la emoción es precisamente para mostrar lúdicamente a las personas reales, por qué motivos no vale la pena desmayarse; o qué pasa cuando los sentimientos no se armonizan con la razón, la empatía y el carácter. 

Sus personajes, en general, se mueven en un ambiente donde los antagonistas son una máscara: parecen agudos en el juicio, con emociones adecuadas, con empatía por el resto de personas y felices. Pero son sólo eso: una máscara. En Jane Austen, la virtud es una habilidad para razonar, que permite emociones intensas pero ajustadas, que capacita para entablar relaciones sociales valiosas y construir una vida familiar feliz. Esa madurez humana hace que sus personajes no se «desmayen». 

En las novelas de madurez, Jane Austen pasa de largo el gran momento de la declaración. Dice muy poco cuando cuando sus héroes y heroínas se comprometen. No existe un relato detallado de las declaraciones de amor que sí funcionan, –algo que sólo sucede en Persuasión pero escrito en una carta-, de modo que las adaptaciones al cine han tenido que inventar «el» momento. Por ejemplo, en «Orgullo y Prejuicio», cuando Mr. William Collins y Fitzwilliam Darcy declaran infructuosamente su amor a Elizabeth –de forma cómica el primero y presuntuosa el segundo- Austen es rica en detalles y palabras. Pero en la declaración que sí vale, el segundo intento de Darcy, la escritora inglesa hace decir al galán: «Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más» A lo que Elizabeth responde con... bueno, Austen sólo dice que ella, 
«le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado.» 
¡¿Tantos problemas para un simple «le dio a entender que...» y un «la dicha de Darcy fue la mayor de su existencia»?! Chésterton piensa que en esa parquedad se encuentra la originalidad de Austen: esa rara habilidad para captar el corazón de lo humano sin dejarse atrapar por la exuberancia o lo extravagante de una historia romántica. Si hubiera querido, hubiera sido capaz de acaramelar sus relatos. Escribe Chesterton:
«Si parece raro calificarla como elemental, parecería igual de extraño llamarla exuberante. Estas páginas [sus obras juveniles] revelan su secreto; y es que Austen era naturalmente exuberante. Su fuerza proviene, al igual que en el origen de cualquier otra fuerza, del control y dirección de esa exuberancia. Encontramos en sus obras una presencia y un empuje de vitalidad detrás de las miles trivialidades; podría en efecto haber sido exuberante si hubiera querido (...) Jane Austen es el reverso mismo de una solterona almidonada y famélica. Podría haber sido un bufón (...) si hubiera querido. Y esto es lo que le da una fuerza infalible a su ironía. Tras la fachada desapasionada de esta artista también está la pasión; pero su pasión, tan original, era una especie de alegre burla y de espíritu combativo contra todo lo que ella consideraba mórbido, laxo y venenosamente estúpido.»
La genialidad de Jane Austen la constituye su parquedad, un escueto realismo con el que describe -o mejor dicho, no describe- las emociones que valen de verdad: por que son razonables, por que son auténticas y por que definen a los personajes, ellas han de aparecer sin cebarse en su propio éxito. Esa precaria descripción de emociones las rescata de lo superficial e insulso y prepara las más agudas ironías contra las emociones de chiquilla inmadura. La expresión grotesca y fogosa de los sentimientos es para Jane Austen, un recurso irónico con el que describe precisamente cómo no han de ser esas emociones: anárquicas, irrazonables, insolidarias, efímeras, ruidosas. Por ejemplo, Marianne Dashwood, Lydia Bennet y el conjunto de sus obras juveniles. 

Las heroínas de Austen de alguna manera reflejaban su propia forma de ser. Así aparece descrita en una carta en la que Cassandra, su hermana, describió el temperamento de Jane a los pocos días de su muerte:
«He perdido un tesoro, una hermana como ella, una amiga que jamás podrá ser igualada. Era la luz de mi vida, volvía preciosa hasta la más insignificante alegría, aliviaba cualquier pena, jamás le he ocultado ni uno solo de mis pensamientos, y me siento como si hubiera perdido una parte de mí misma. (Cassandra Austen a Fanny Knight, 20-Jul-1817)»
En el blog:
1. ¿Qué es «virtud»? MacIntyre sobre Jane Austen (aquí)
2. La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility» (aquí)
3. Emma y George para celebrar a Yuyis (aquí)
4. La alegre corresponsabilidad por humanizarnos: Jane Austen (aquí)
5. «Toma y Lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S.Agustín) (aquí)
6. C.S. Lewis, una nota sobre Jane Austen (aquí)

Por último, la Introducción escrita por Chésterton (vista aquí).
In a recent newspaper controversy about the conventional silliness and sameness of all the human generations previous to our own, somebody said that in the world of Jane Austen a lady was expected to faint when she received a proposal. To those who happen to have read any of the works of Jane Austen, the connection of ideas will appear slightly comic.  Elizabeth Bennett, for instance, received two proposals from two very confident
and even masterful admirers; and she certainly did not faint. It would be nearer the truth to say that they did.

But in any case it may be amusing to those who are thus amused, and perhaps even instructive to those who thus need to be instructed, to know that the earliest work of Jane Austen, here published for the first time, might be called a satire on the fable of the fainting lady. "Beware of fainting fits ... though at times they may be refreshing and agreeable yet believe me they will in the end, if too often repeated and at improper seasons, prove destructive to your Constitution." Such were the words of the expiring Sophia to the afflicted Laura; and there are modern critics capable of adducing THEM as a proof that all society was in a swoon in the first decade of the nineteenth century. But in truth it is the whole point of this little skit that the swoon of sensibility is not satirized because it was a fact, even in the sense of a fashion, but satirized solely because it was fiction.  Laura and Sophia are made ludicrously unlike life by being made to faint as real ladies do not faint. Those ingenious moderns, who say that the real ladies did faint, are actually being taken in by Laura and Sophia, and believing them against Jane Austen.  They are believing, not the people of the period but the most nonsensical novels of the period, which even the people of the period who read them did not believe. They have swallowed all the solemnities of the Mysteries of Udolpho, and never even seen the joke of Northanger Abbey.

For if these JUVENILIA of Jane Austen anticipate especially any of her after works, they certainly anticipate the satiric side of Northanger Abbey.  Of their considerable significance on that side something may be said presently; but it will be well to preface it by a word about the works themselves as items of literary history. Everyone knows that the novelist left an unfinished fragment, since published under the name of "The Watsons," and a finished story called "Lady Susan," in letters, which she had herself apparently decided not to publish.  These preferences are all prejudices, in the sense of matters of unmanageable taste; but I confess I think it a strange historical accident that things so comparatively dull as "Lady Susan" should have been printed already, while things so comparatively lively as "Love and Freindship" should never have been printed until now. It is at least a curiosity of literature that such curiosities of literature should have been almost accidentally concealed. Doubtless it was very rightly felt that we may go much too far in the way of emptying the wastepaper basket of a genius on the head of the public; and that there is a sense in which the wastepaper basket is as sacred as the grave.  But without arrogating to myself any more right in the matter than anybody has to his own taste, I hope I may be allowed to say that I for one would have willingly left "Lady Susan" in the wastepaper basket, if I could have pieced together "Love and Freindship" for a private scrap-book; a thing to laugh over again and again as one laughs over the great burlesques of Peacock or Max Beerbohm.

Jane Austen left everything she possessed to her sister Cassandra, including these and other manuscripts; and the second volume of them, containing these, was left by Cassandra to her brother, Admiral Sir Francis Austen.  He gave it to his daughter Fanny, who left it in turn to her brother Edward, who was the Rector of Barfrestone in Kent, and the father of Mrs. Sanders, to whose wise decision we owe the publication of these first fancies of her great-aunt; whom it might be misleading here to call her great great-aunt. Everyone will judge for himself; but I myself think she added something intrinsically important to literature and to literary history; and that there are cartloads of printed matter, regularly recognized and printed with the works of all great authors, which are far less characteristic and far less significant than these few nursery jests.

For "Love and Freindship," with some similar passages in the accompanying fragments, is really a rattling burlesque; something much better than what the ladies of the time called an agreeable rattle. It is one of those things that can be the more readily read with enjoyment through being written with enjoyment; in other words, it is all the better for being juvenile in the sense of being joyful. She is said; to have written these things at the age of seventeen, evidently in much the same spirit in which people conduct a family magazine; for the medallions included in the manuscript were the work of her sister Cassandra.  The whole thing is full of the sort of high spirits that are always higher in private than in public; as people laugh louder in the house than in the street. Many of her admirers would not expect, perhaps many of her admirers would not admire, the sort of fun to be found in the letter of the young lady "whose feelings were too strong for her judgment," and who remarks incidentally "I murdered my father at a very early period of my life, I have since murdered my mother, and I am now going to murder my sister." Personally I think it admirable; not the conduct, but the confession. But there is much more than hilarity in the humor, even at this stage of its growth.  There is almost everywhere a certain neatness in the nonsense.  There is not a little of the true Austen irony. "The noble Youth informed us that his name was Lindsay... for particular reasons, however, I shall conceal it under that of Talbot." Did anyone really desire that to disappear into the waste-paper basket? "She was nothing more than a mere good-tempered, civil and obliging young woman; as such we could scarcely dislike her...she was only an object of contempt."  Is not that something like the first faint line in the figure of Fanny Price?  When a loud knocking is heard on the door of the Rustic Cot by the Uske, the heroine's father enquires the nature of the noise, and by cautious steps of inference they are enabled to define it as somebody outside striking the door.

"'Yes (exclaimed I) I cannot help thinking it must be somebody who knocks for admittance.'"

"That is another point, (replied he) we must not pretend to determine on what motive the person may knock...tho'that some one DOES rap at the door I am partly convinced." In the aggravating leisure and lucidity of that reply, is there not the foreshadowing of another and more famous father; and do we not hear for a moment, in the rustic cottage by the Uske, the unmistakable voice of Mr. Bennett?

But there is a larger and critical reason for taking pleasure in the gaiety of these various travesties and trifles. Mr. Austen Leigh seems to have thought them not sufficiently serious for the reputation of his great relative; but greatness is not made up of serious things, in the sense of solemn things. The reason here, however, is as serious as even he or anyone else could desire; for it concerns the fundamental quality of one of the finest talents in letters.

A very real psychological interest, almost amounting to a psychological mystery, attaches to any early work of Jane Austen. And for that one reason, among others, which has hardly been sufficiently emphasized.  Great as she was, nobody was likely to maintain that she was a poet.  But she was a marked example of what is said of the poet; she was born, not made. As compared with her, indeed, some of the poets really were made. Many men who had the air of setting the world on fire have left at least a reasonable discussion about what set them on fire. Men like Coleridge or Carlyle had certainly kindled their first torches from the flambeaux of equally fantastic German mystics or Platonic speculators; they had gone through furnaces of culture where even less creative people might have been inflamed to creation.  Jane Austen was not inflamed or inspired or even moved to be a genius; she simply was a genius.  Her fire, what there was of it, began with herself; like the fire of the first man who rubbed two dry sticks together. Some would say that they were very dry sticks which she rubbed together. It is certain that she by her own artistic talent made interesting what thousands of superficially similar people would have made dull. There was nothing in her circumstances, or even in her materials, that seems obviously meant for the making of such an artist. It might seem a very wild use of the wrong word to say that Jane Austen was elemental.  It might even seem even a little wanton to insist that she was original.  Yet this objection would come from the critic not really considering what is meant by an element or an origin. Perhaps it might be as well expressed in what is really meant by an individual.  Her ability is an absolute; it cannot be analyzed into influences.  She had been compared to Shakespeare; and in this sense she really does recall the joke about the man who said he could write like Shakespeare if he had the mind. In this case we seem to see a thousand spinsters sitting at a thousand tea-tables; and they could all have written "Emma" if they had had the mind.

There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without.  This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  And that inspiration was the inspiration of Gargantua and of Pickwick; it was the gigantic inspiration of laughter.

If it seemed odd to call her elemental, it may seem equally odd to call her exuberant.  These pages betray her secret; which is that she was naturally exuberant.  And her power came, as all power comes, from the control and direction of exuberance. But there is the presence and pressure of that vitality behind her thousand trivialities; she could have been extravagant if she liked. She was the very reverse of a starched or a starved spinster; she could have been a buffoon like the Wife of Bath if she chose. This is what gives an infallible force to her irony. This is what gives a stunning weight to her understatements. At the back of this artist also, counted as passionless, there was passion; but her original passion was a sort of joyous scorn and a fighting spirit against all that she regarded as morbid and lax and poisonously silly.  The weapons she forged were so finely finished that we might never have known this, but for these glimpses of the crude furnace from which they came. Finally there are two additional facts involved which I will leave the modern critics and correspondents in newspapers to ponder and explain at their leisure.  One is that this realist, in rebuking the romantics, is very much concerned with rebuking them for the very thing for which revolutionary sentiment has so much admired them; as for their glorification of ingratitude to parents and their easy assumption that the old are always wrong.  "No!" says the noble Youth in "Love and Freindship," "never shall it be said that I obliged my father!"  And the other is that there is not a shadow of indication anywhere that this independent intellect and laughing spirit was other than contented with a narrow domestic routine, in which she wrote a story as domestic as a diary in the intervals of pies and puddings, without so much as looking out of the window to notice the French Revolution.

miércoles, 30 de abril de 2014

La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility»

"Art. 35. Todo niño tiene derecho a ser usado como medalla de los padres y medición de su propia valía."
“La cena fue suntuosa, los criados eran numerosos y todo hablaba de la inclinación de la dueña de casa a la ostentación y de la capacidad de respaldarla por parte del anfitrión. A pesar de las mejoras y agregados que le estaban haciendo a su propiedad en Norland, y a pesar de que su dueño había estado a unos pocos miles de libras de tener que venderla con pérdidas, nada parecía dar señales de esa indigencia que él había intentado deducir de todo ello; no parecía haber pobreza de ninguna clase, excepto en la conversación... pero allí la deficiencia era considerable. John Dashwood no tenía mucho que decir que mereciera escucharse, y su esposa aún menos. Pero esto no era ninguna desgracia en especial porque lo mismo ocurría con la mayor parte de sus invitados, casi todos víctimas de una u otra de las siguientes inhabilidades para ser considerado agradable: falta de juicio, ya sea natural o cultivado; falta de elegancia, falta de espíritu o falta de carácter.
Henry Daswhood (Sense and Sensibility, BBC, 2009) 
Cuando las señoras se retiraron al salón tras la cena esa indigencia se hizo particularmente evidente, dado que los caballeros habían enriquecido la conversación con una cierta variedad —la variedad de  la política, del cerco de las tierras y de la doma de caballos—, pero todo eso acabó y un solo tema ocupó a las señoras hasta la llegada del café, y éste fue comparar las respectivas estaturas de Harry Dashwood y el segundo hijo de lady Middleton, William, que tenían aproximadamente la misma edad. 
Si los dos niños hubieran estado allí, se podría haber zanjado fácilmente el asunto midiéndolos de una vez; pero como sólo estaba presente Harry, todo fue conjeturas por ambas partes, y cada cual tenía derecho a ser igualmente terminante en su opinión y a repetirla una y otra vez todas las veces que quisiera.
Se tomaron los siguientes partidos: 
Las dos madres, aunque cada una convencida de que su hijo era el más alto, educadamente votaron a favor del otro. 
Las dos abuelas, con no menos parcialidad pero con mayor sinceridad, apoyaban con igual afán a sus propios vástagos. 
Lucy, que por ningún motivo quería complacer a una madre menos que a la otra, pensaba que los dos muchachitos eran notablemente altos para su edad, y no podía concebir que hubiera ni siquiera la menor diferencia entre ellos; y la señorita Steele con mayor afán aún, se manifestó tan rápido como pudo a favor de cada uno de ellos.
Elinor, tras haberse decidido una vez por William, con lo que ofendió a la señora Ferrars, y a Fanny más todavía, no vio— la necesidad de seguir insistiendo en el punto; y Marianne, cuando se le pidió su parecer, ofendió a todo el mundo al declarar que no tenía ninguna opinión que dar, ya que nunca había pensado en el asunto.”
«Sensatez y Sentimientos», Capítulo 34.  Jane Austen es maestra de la ironía.