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lunes, 17 de julio de 2017

La consulta y unas lágrimas


Ayer se celebró una consulta ciudadana en Venezuela. Los organizadores pretendían conocer cuántos venezolanos se oponen a la convocatoria que ha lanzado el Nicolás Maduro sobre una nueva Constitución. Como se sabe, acudieron a votar poco más de 7 millones de personas; de las cuales, 6.3 millones rechazaron la convocatoria de Maduro. Para darnos una idea de lo que esto significa, la votación de ayer supera casi en un 2.2 millones votantes la convocatoria a constituyente que lanzó Chávez en 1999, y acumula más 1.5 millones más de personas respecto a las que aprobaron la Constitución vigente en ese país.

Tuve la oportunidad de acudir como observador a los dos centros de votación que se instalaron en Guadalajara. ¿Y qué vi? A personas de toda edad y profesión. Unos llegaron solos, la mayoría  con sus familias.  Casi todos con playeras de la vinotinto, de equipos de beisbol de la liga local,  gorras o banderas. Algunos venían de la zona metropolitana, otros de Chapala, Aguascualientes, Colima y Michoacán. Venezolanos deseosos de que su voz fuera escuchada, personas ilusionadas por un mejor país. Por la noche busqué información oficial del gobierno venezolano para contrastar los datos de lo que había visto. Encontré que la autoridad electoral había convocado para este mismo día, un llamado «simulacro electoral», con la intención de probar el mecanismo de elección de los constituyentes que pretende obtener en una elección a fin de mes. Sinceramente no esperaba que Maduro reconociera lo que sucedía en la calle, pero el contraste entre lo que vi en las casillas y lo que encontré de «simulacro electoral» convocado por el régimen me pareció de risa. 

Recordé aquella experiencia que relata Vaclav Havel en su ensayo «El poder de los sin poder». El dramaturgo checo cuenta la historia de un vendedor de verduras en el mercado. El régimen le había ordenado a todos como él, colocar una pancarta que decía: «¡Proletarios del mundo, únanse!». ¿Por qué alguien colocaría un letrero así? Sólo caben dos opciones: porque está convencido de lo que ahí se dice; o porque, aunque no lo está, prefiere mentir. Quizá prefiera evitarse problemas con el sindicato, con el régimen, o con los vecinos que no están dispuestos convivir con alguien cuya presencia les molesta. El letrero está ahí para ahorrarse incomodidades: es la paz del cementerio y la tranquilidad de la mentira. La principal herramienta de una dictadura, concluye Havel, no es la cárcel o la horca: es la expropiación de la conciencia y la normalización de una vida falsa. Algo así como reducir el ejercicio de ayer a un «simulacro». Pero si el vendedor no pensara como el letrero afirma, y por eso dice no lo pone, sin duda se metería en problemas, pero en cambio, vivirá auténticamente desde la verdad de sí mismo. Sus días podrán reflejar la sincera búsqueda de lo que vale la pena, la auténtica capacidad de cumplir con las obligaciones de justicia, y la genuina solidaridad con la que se vivifican las relaciones con los demás. Vivir así, se nota. 

Ayer vi a una abuela depositar su voto y romper en llanto. Dicen que en una viñeta de Mafalda, la niña concluye: «No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos». No soy profeta ni pretendo adivinar las penas que aquella abuela cargaba en su interior; pero me dio la impresión que aquellas lágrimas representaban un honesto deseo de una patria más justa y reflejaban el empuje del que nacerá una nueva Venezuela. 

Yo estuve ahí. Yo lo vi.

jueves, 27 de febrero de 2014

En Venezuela (y aquí), ¿qué poder tienen los «sin-poder»?

Vaclav Havel, un poeta y político Checo, publicó en 1978 un ensayo que con el tiempo se convertiría en un clásico de la filosofía política: «El poder de los sin poder». Ahí describe el núcleo de un régimen totalitario y el corazón de una dictadura. La Revolución le ofrece al hombre la seguridad del pan, de la pertenencia, la respuesta clara a sus necesidades. A cambio le pide su conciencia y su responsabilidad. A un régimen así no le es suficiente la obediencia callada y eficaz de los súbditos, deben mostrar públicamente su adhesión y entusiasmo; el dictador, dice Havel, no se conforma con mi conciencia, quiere también el regalo de la fiesta y el folclore.

El dramaturgo checo cuenta la historia de un vendedor de verduras en el mercado. El régimen le ha obligado a colgar una pancarta que dice: «¡Proletarios del mundo, únanse!». ¿Por qué lo hace? ¿Realmente cree en ese letrero? No, el vendedor no muestra su opinión, sino su miedo. Si no coloca el letrero, tendrá problemas con el sindicato, con el régimen, o con los vecinos que no están dispuestos a esforzarse por convivir con alguien diferente. El letrero está ahí para ahorrarse incomodidades; es la paz y el silencio del cementerio. La principal herramienta de una dictadura, concluye Havel, no es la cárcel o la horca: es la expropiación de la conciencia.

Si un régimen totalitario nace de avasallar de la conciencia y maquillarlo con el miedo, la salida está ahí mismo: vivir en la verdad, asumir el riesgo de la libertad, en ser tenaces frente a las consecuencias. La revolución totalitaria se diluye ante la revolución existencial: vivir a partir de la verdad de uno mismo, desde la sincera búsqueda y convicción de lo que vale la pena, de la capacidad de cumplir con las obligaciones de justicia, de la genuina solidaridad con la que se vivifican las relaciones con los demás. Vivir así, se nota. Vivir así, requiere heroísmo y sacrificio. No se trata de cambiar la revolución imponiendo otra que repita el patrón de chantaje a la libertad con la promesa de desarrollo.

Lo que sucede en Venezuela me recuerda este código de hipocresía propio de las dictaduras: «si colaboras con el régimen recibirás privilegios, calla y deja que la revolución resuelva tus problemas». Estos días he seguido con interés y preocupación las actividades de amigos míos venezolanos, en México y en aquel país. No veo en ellos sólo la legítima defensa de sus preferencias políticas, ni sólo la intención de ofrecer otra opinión política al mercado de la esfera pública. Sus protestas no son un método para ganar una elección. No se trata sólo de ser opositores a un régimen de izquierda como puede haber en otros países.

Encuentro en ellos una auténtica revolución de la conciencia de la que podemos aprender.

Créditos Finales

El post se lo debo a Juan Miguel que publicó un «Decálogo de la Resistencia». De ahí fue natural evocar a Havel.

A. «Decálogo de la Resistencia» de un amigo venezolano (@JuanMMatheus):
1. Vencer el miedo.
2. Decir la verdad y actuar de acuerdo a la propia conciencia.
3. Aferrarse firmemente a los propios derechos y a la justicia.
4. No obedecer los mandatos injustos de la autoridad ilegitima.
5. No actuar con violencia.
6. Aprender a sufrir y a dignificar el sufrimiento.
7. No negociar los propios derechos, ni la justicia.
8. No odiar ni albergar resentimientos.
9. Paciencia para luchar mientras persistan las injusticias.
10. Cultivar la esperanza.

B. Artículos de los que saqué ideas
-«El poder de los sin poder», Vaclav Havel (aquí)
-«El Teatro y la Política», Vaclav Havel (aquí)
-«El Contagio de la Verdad», Silva-Herzog (aquí)
-«Política y Misterio», Jesús Silva-Herzog Marquez (aquí)
-«Václav Havel: sin falsas envolturas»,Yoani Sanchez (aquí)