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jueves, 15 de abril de 2021

Mis fracasos... el camino hacia ti


Este semestre doy clase a recién llegados a la Universidad.  Uno de ellos me pidió reorganizar el curso tomando en cuenta algunos hilos que querían explorar. Los temas de clase despertaron algunas inquietudes y querían volver sobre ellos. 

Así que entró a las sesiones una clase sobre el dolor, los amigos y comunidades de solidaridad. Hablaremos de Job hacia esta conclusión: lo importante del sufrimiento no son las lecciones que aprendemos (los porqués). Mucho menos la maduración del carácter (los paraqué). No. Lo más destilado que se saca de las penas son los acompañantes que encontramos. Los amigos que nos consuelan. Los abrazos que nos sostienen. Las miradas con las que nos oyen.

Pienso en mis fracasos académicos; también recuerdo todas mis decepciones personales, pero esas no se las cuento -secretum meum mihi!-. 

Todas esas rupturas y fracasos, me han traído hasta ti. 

No lloro. Se me metieron unas letras de Rascal Flatts en los ojos.




miércoles, 23 de diciembre de 2020

"Con las manos vacías". Un cuento de Navidad

 


«Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos» (Papa Francisco, Homilía, 24-XII-2019)

martes, 22 de diciembre de 2020

Amistad: Calibre 50, Gerardo Ortíz y San Agustín

 


Primero Gerardo Ortíz y Calibre 50: “500 caballos de fuerza, manejo un Camaro, y soy de Culiacán. Me gusta el whisky y las viejas, las armas, carreras, la velocidad...”

Ahora, el de Hipona. De joven prefería pasar las horas con amigos, más que cualquier otra cosa:

Pero a lo que dedicaba más tiempo y donde más me recreaba era divertirme con mis amigos, con quienes amaba las cosas con que olvidaba a Dios. [...] Junto a mis amigos, deseaba cosas con muchísima fuerza, incluso que mis deseos de buscar a Dios mismo, como conversar, reír, ayudarnos con gusto entre nosotros, leer juntos libros entretenidos, bromear unos con otros y divertirnos en compañía; discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones esporádicas condimentar las muchas conformidades; enseñarnos mutuamente alguna cosa, suspirar por los ausentes con pena y acoger con alegría a los que llegaban. […] [Así nuestras] almas se fundían […] y de muchas intimidades se construía una sola alma.  

Al asunto le sobra tela. Porque ya de viejo reconoce que gracias a que las experiencias que se logran con los amigos, pudo probar la felicidad que capacita para comprender el amor y buscarlo. Sin amigos, nunca despertaría en nosotros el deseo de amar con profundidad, o de aprender a querer como lo mereces Más aún, dice el africano, como toda persona quiere ser feliz, ¿cómo supimos que era eso precísamente lo que más deseaba? ¿Quién nos enseñó a ahelar esa plenitud? ¿Cómo y dónde se metió en nosotros esa necesidad? 

La respuesta de Agustín se arma con cuidado, pero aquí va una pieza: en las ansias de “conversar, reír, ayudarnos, leer juntos, bromear y divertirnos” con los amigos. Sin ellos ni siquiera nos preguntaríamos por la felicidad y el amor, mucho menos la experimentaríamos:

¿Dónde ví [sin darme cuenta] la felicidad para desearla [con todas mis fuerzas]? [...] ¿Será por ventura como cuando recordamos el gozo? Tal vez sea así. Porque así como estando triste recuerdo mi gozo pasado, así siendo miserable recuerdo la vida bienaventurada; por otra parte, por ningún sentido del cuerpo he visto, ni oído, ni olfateado, ni gustado, ni tocado jamás el gozo, sino que lo he experimentado en mi alma cuando he estado alegre, y se adhirió su noticia a mi memoria para que pudiera recordarle, unas veces con desprecio, otras con deseo, según los diferentes objetos del mismo de que recuerdo haberme gozado. [...] Pues ¿dónde y cuándo he experimentado yo mi vida bienaventurada, para que la recuerde, la ame y la desee?

¿Dónde? Con los amigos. Entonces, ¿dónde se conectan, Calibre 50, Gerardo Ortíz, Culiacán vs Mazatlán con San Agustín? Bueno, mis amigos saben dónde. 

¡Feliz cumpleaños!

La foto es de @montseontiveros.photo, con quien ha trabajado Mijares y Emmanuel.





domingo, 3 de marzo de 2019

San Agustín y la muerte de mi abuela


Agustín tenía 33 años cuando perdió a su madre, Mónica, de 56. El filósofo de Hipona relata la muerte tras describir lo que considera una vida plena, beatitud -algo que experimientó junto a ella-. Como si su vida auténtica dependiera de ver el mundo desde el corazón de su madre implantado en el suyo. Agustín se da cuenta que en su intimidad, más que un filósofo, habitaba su madre. Escribe el santo Obispo:
“Mientras yo le cerraba los ojos, una tristeza inmensa invadía mi corazón y se resolvía en lágrimas; pero al punto mis ojos, por violento imperio de mi alma, reabsorbían su propia fuente hasta secarla y en esta lucha yo padecía muchísimo” (Las Confesiones IX, 12, 29). 
En este pasaje Agustín se presenta más como filósofo que escribe sus memorias, que como un hijo que llora a su madre. Un pensador que intentaba secar las lágrimas a partir de una reflexión sobre el sentido de la muerte y del proyecto de vida del que ahora se convertía en heredero. Porque a partir de aquí, Agustín se sabe llamado a replicar -revivir- una existencia en busca de sentido, tal y como lo hizo su madre.
“¿Qué era, pues, lo que dentro me dolía gravemente, sino la herida recién abierta al romperse repentinamente aquella dulcísima y gratísima costumbre de vivir juntos? Es cierto que me llenaba de satisfacción el testimonio que había dado de mí, cuando en su última enfermedad, entremezclando sus caricias con mis cuidados, me llamaba hijo piadoso y recordaba con gran afecto de amor que nunca había oído salir de mi boca una palabra dura o injuriosa contra ella. Pero ¿qué tiene que ver, Dios mío, que nos has creado, qué comparación había entre los honores respetuosos que yo le rendía y los servicios que de ella había recibido? Por eso, porque yo quedaba desamparado de aquel consuelo suyo tan grande, sentía el alma herida y casi despedazada mi vida, que de la mía y la suya se había hecho una sola” (Las Confesiones IX, 12, 30). 
Me conmueve, -y eso que yo sí he llorado al recordar a mi abuela que murió hace un año-, cómo a pesar de intentar frenar sus lágrimas con firmeza filosófica, Agustín no pudo más y al escuchar a su maestro, San Ambrosio, se suelta a llorar como chiquillo. (Las Confesiones IX, 12, 32-33)

“Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.” (Las Confesiones IX, 12, 33). 
Al final de esta entrada copio un sermón que Agustín, ya Obispo, ofrece en un funeral. Ahí nos anima a llorar a moco tendido por la muerte de un ser querido, pues San Pablo recomienda llorar pero desde la Fe: Llorar sí, pero no al modo de quienes piensan que todo termina con la muerte, sino con la esperanza del reencuentro con ella en la intimidad del Dios cristiano. También, Agustín nos anima a cuidar los mausoleos y rituales funerales, a pesar de que al difunto, todo aquello ya no le sirve... ya ha muerto. No lo ve. No lo disfruta:
“Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no solo lo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas (de caridad), oraciones y limosnas (a los necesitados)” (Sermón 172)
¡Mi viejita chula! Has sido tú, entre otras quien me enseñó a que el secreto de la vida se esconde en un darse a los demás, en rezar y en arropar las necesidades de otros. Agustín me anima a recordarte, ver de nuevo tu fotografía, repetir tus dichos y caprichos -que eso es bueno para mí-; pero a rezar, ofrecer mi vida como lo hacías en servicio a los demás en tu nombre, y en comprometerme en las necesidades de los otros -que eso es fructífero para tí-.

Termino con estas palabras de San Agustín que en mi abuela se cumplen de pies a cabeza:
“Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas” (Las Confesiones III, 12, 21).
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Sermón 172
Cómo ayudar a los difuntos (1Ts, 4, 13)
San Agustín

1. El Apóstol nos exhorta a no entristecernos por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza, es decir, esperanza de la resurrección e incorrupción eterna. En efecto, también la costumbre de la Escritura los denomina con toda verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos en absoluto la esperanza de que han de volver al estado de vigilia. Por ello se canta también en el salmo: ¿Acaso el que duerme no volverá a levantarse? Los muertos, pues, producen tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Ni la muerte habría sobrevenido al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena. En consecuencia, si hasta los animales, que han sido creados para morir cada uno a su debido tiempo, huyen de la muerte y aman la vida, ¡cuánto más el hombre, que había sido creado de forma que si hubiera querido vivir sin pecado hubiera vivido sin término! Dé aquí surge la necesidad de estar tristes cuando, al morir, nos abandonan aquellos a los que amamos, pues aunque sabemos que no nos abandonan para siempre a los que quedamos aquí, sino que nos preceden por algún tiempo a quienes hemos de seguirles, sin embargo, la misma muerte de la que huye la naturaleza, cuando se adueña del ser amado, contrista en nosotros el afecto que origina la amistad misma. Por eso no nos exhortó el Apóstol a no entristecernos, sino a no hacerlo como los demás que no tienen esperanza. En la muerte de los nuestros, pues, nos entristecemos ante la necesidad de perderlos, pero con la esperanza de recuperarlos. Nos angustia lo primero, nos consuela lo segundo; allí nos abate la debilidad, aquí nos levanta la fe; de aquello se duele la condición humana, de esto nos sana la promesa divina.

2. Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los muertos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados. Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles? No ha de quedar la menor duda de que todas esas cosas son de provecho para los difuntos, pero sólo para quienes vivieron antes de su muerte de forma tal que puedan serles útiles después de ella. Pues quienes emigraron de sus cuerpos sin la fe que actúa por la caridad y sin los sacramentos de esa fe, en vano cumplen los suyos con los deberes de la piedad, de cuya prenda carecieron mientras vivían aquí, o porque no recibieron o recibieron en vano la gracia de Dios y atesoraron para sí su ira y no su misericordia. Cuando los suyos realizan alguna acción buena por ellos, no por eso adquieren nuevos méritos los difuntos, pero se les otorgan estos, como consecuencia de los propios de antes. En efecto, solamente en esta vida existe la posibilidad de obrar de manera que estas cosas les sean de alguna ayuda una vez que hayan dejado de existir. Y, por tanto, al llegar al término de esta vida, nadie podrá tener después más que lo merecido durante ella.

3. Permítase, pues, a los corazones llenos de afecto familiar contristarse, con dolor curable, por la muerte de sus seres queridos; derramen por su condición mortal lágrimas para las que hay consuelo, pronto reprimidas por el gozo de la fe por la que creemos que, cuando mueren, los fieles se separan de nosotros por poco tiempo y que pasan a vida mejor. Consuélenles también las atenciones de los hermanos, tanto las dispensadas a los cadáveres, como las concedidas a los que manifiestan su dolor, para que no aparezca justificada la queja de quienes dicen: Esperé que alguien se apenara conmigo y no lo hubo; esperé a quien me consolase y no lo hallé. En la medida de nuestras fuerzas, que no nos falle la preocupación por dar sepultura a los muertos y construirles sepulcros, pues la Sagrada Escritura cuenta estas cosas entre las buenas obras; y no sólo en relación con los cuerpos de los patriarcas y demás santos, sino igualmente con los cadáveres de cualquier hombre muerto; en efecto, también fueron celebrados y alabados quienes lo hicieron con el cuerpo del mismo Señor. Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no sólo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas, oraciones y limosnas.

viernes, 29 de junio de 2018

Dostoyevsky para mi crisis de juventud

Aliosha e Iván
Facebook dice de mí que pertenezco a la categoría Established Adult Life. Suena a marcadamente ruco o asentado con panza chelera. Quizá. Este año leí Los hermanos Karamazov. Desde el asiento en el que parece que ya estoy colocado –feisbuc dixit- me fue más sencillo entrevistarme con mi yo-entre-los-deciocho-y-venticinco-años.  Por eso, al no vivir esa etapa, tal vez me es más fácil descubrir unos aspectos de aquella juventud que viví en la descripción con las que Dostoyevsky introduce a Aliosha. 

El menor de los Karamazov, es un jóven que se adentró en un camino espiritual en busca de un ideal noble y grande que llenara su vida. Buscaba un proyecto de vida que le exigiera «imperiosamente sacrificar todo lo que sea necesario, hasta la vida, en aras de esa proeza»: «Quiero vivir para la inmortalidad, no estoy dispuesto a aceptar un compromiso a medias», decía Aliosha. Sólo así podía gastar sus días: vivir para intensearse. Si no, no. «A un gentleman solo le importan las causas perdidas», escribió Borges en La forma de la espada. ¿Por qué solo vale la pena un ideal así? Porque una juventud empeñada en algo grande puede llenarla por completo. Así gasté mi juventud. No me considero alguien excepcional, simplemente viví lo excepcional que puede ser la juventud. 

Sin embargo, para Dostoyevsky esos ímpetus chocarán contra su propia fuerza vital:
“Por desgracia, estos jóvenes no comprenden que, en la mayor parte de estos casos, el sacrificio de la vida es, posiblemente, el más sencillo de todos los sacrificios, mientras que consagrar, por ejemplo, cinco o seis años de su vida, rebosante de juventud, a un estudio difícil y pesado, a la ciencia, aunque solo sea para multiplicar las propias fuerzas y ponerlas al servicio de dicha verdad y de la proeza con la que se han encariñado y que se han propuesto llevar a cabo, es casi siempre, para muchos de ellos, un sacrificio superior a sus fuerzas.”
Más adelante, en palabras de Zósima, Dostoyevsky volvió sobre esta característica del amor jóven e intenso:
“El amor soñado ansía la proeza inmediata, que se consuma rápidamente, a la vista de todos. Hay quien llega, de hecho, a dar su vida, a condición de que el sacrificio no se prolongue en exceso, sino que se consume a la mayor brevedad, como en un escenario, y de que todo el mundo pueda admirarlo y elogiarlo. En cambio, el amor activo es trabajo y firmeza; para algunas personas puede llegar a ser toda una ciencia.”
¿Cómo sugiere este escritor ruso guiarse por un ideal con el intenseo de Aliosha, y al mismo tiempo, que ese fuego que lo mueve, no destruya a ese jóven? ¿Qué experiencias tomar en cuenta para asentar esa juventud? ¿Cómo no quemarse por las ansias y al mismo tiempo seguir soñando por un ideal? Porque una crisis de la juventud -y Aliosha la padeció, y yo también- consiste en ver que por más que des la vida por un ideal, éste ni se logra por completo, ni de forma definitiva, ni parece que se vaya a mantener en la cumbre... a pesar de intentarlo con todas las fuerzas y con la mejor intensión e intenseo

En Los hermanos Karamazov hay algunas pistas para intensearse sin consumirse. No sé si el escritor ruso pretendía darle este enfoque, pero si me entrevistara con mi yo-de-morrito –y hago cuando tú me lees-, me pediría recordar estas ideas que encontré en esta clásica novela:

1. Aprender a ver los gestos de gratuidad que recibimos. De eso escribí aquí. Sugiero leerlo de nuevo.

2. Huir de la abstracción. Los ideales pueden ser coherentes racionalmente, pero las personas concretas nunca encarnan a la perfección esos valores. Lo curioso es qeu los ideales no existen en sí mismos como esferas de perfección; las personas, sí. Y estas en parte revelan, pero también en parte ocultan el ideal. Nadie es pura luz. Los abismos y defectos de quienes viven el propio ideal, tarde o temprano, nos lastiman. Porque todos somos limitados e incluso un misterio para nosotros mismos. Querer y orientar la vida por ideales es muy fácil. Amar a una persona –la que incluso nos ha herido- es quererla tal cual es... en concreto: 
“Yo –decía– amo a la humanidad, pero no dejo de sorprenderme a mí mismo: cuanto más amo al género humano en general, menos aprecio a los hombres en particular, o sea, tomados de uno en uno, como individuos. En mis sueños –decía–, he llegado con cierta frecuencia a formular apasionados proyectos relativos al servicio a la humanidad, y hasta podría haberme encaminado a la cruz por los demás en caso de haber sido, de un modo u otro, necesario. Y, sin embargo, soy incapaz de pasar con nadie dos días seguidos en la misma habitación: lo sé por experiencia. En cuanto tengo a alguien cerca, siento que su personalidad limita mi amor propio y coarta mi libertad. En veinticuatro horas puedo llegar a odiar al mejor hombre del mundo: que si éste pierde mucho tiempo comiendo, que si aquel otro está resfriado y no para de sonarse... En cuanto alguien –decía– empieza a tener trato conmigo, me convierto en su enemigo. En cambio, siempre me ha ocurrido que, cuanto más he odiado a las personas en particular, tanto mayor se ha vuelto mi amor a la humanidad en general”.
3. Seremos salvados por la belleza. El cerrojo que une el ideal abstracto, –con su grandeza y su ser inabarcable-, con la existencia concreta de una persona, –con su limitación y la sed de vida propia de los Karamazov-, es la belleza. Estas palabras son de Dmitri. Un intenso como pocos:
“¡La belleza es una cosa terrible y pavorosa! Terrible porque es indefinible, nadie la puede definir, porque Dios solo nos ha dado enigmas. Aquí las orillas convergen, aquí todas las contradicciones conviven. [...] Lo terrible es que la belleza no solo es espantosa, sino también un enigma. Es la lucha entre el diablo y Dios, con el corazón del hombre como campo de batalla.”
4. Encuentra a aguien con quien y por quien llorar. Para Dostoyevsky, el sufrimiento del inocente y la eventual justicia euclidiana –o el karma que tarde o temprano castiga al injusto o premia al honesto- es irracional. Es el reclamo de Iván Karamazov, contra un dios que solo se mueve para recompensar a la bondad y sancionar la maldad:
“Y, si los sufrimientos de los niños han servido para completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que esa verdad no vale un precio semejante. [...] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada. Y, a poco que sea yo un hombre honrado, mi obligación es devolverlo cuanto antes. Eso es lo que pienso hacer. No es que no acepte a Dios, Aliosha, me limito a devolverle el billete con todo respeto.”
No. Para Dostoyevsky la salvación por las injusticias que cometemos –y quién no es un poco miserable- es redimida por la gratuidad, por el don de algo que no merecemos, que se nos entrega por alguien a quien no le debemos nada. Nos lo da solo porque sí. En otras palabras, solo nos salvaremos si lloramos junto a quien nos ama. El escritor ruso insiste en que solo se ve a Dios o solo percibe el valor de la persona en concreto, cuando el personaje se convierte alguien capaz de sacrificarse para acompañar, sea como sea, a quien padece injusticias o a quien nos lastima sin causa. Cuando introducimos en el mundo, gratuitamene, ese amor inmerecido. Incluso si nos han lastimado: “Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas...” 

5. Alégrate. –“Quien ama a los hombres ama su alegría... no se puede vivir sin alegría”-; pasa por alto las ofensas –“Mientras Rakitin no deje de pensar en las ofensas sufridas, siempre se marchará por un callejón”. De ahí que:
“Han de saber que no hay nada más alto, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, especialmente el que se atesora ya en la infancia, en la casa paterna. Os han hablado mucho de la educación, pero cualquier recuerdo bonito, sagrado, conservado desde la infancia, puede ser la mejor educación que exista. E, incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, éste puede salvarnos en algún momento. Quizá nos volvamos malos, incluso puede que no tengamos fuerzas para resistir con firmeza ante una mala acción, que nos riamos de las lágrimas de los hombres  [...] Aun así, da igual lo malos que seamos, Dios no lo quiera, pues, en el momento en que recordemos [...] lo mucho que lo hemos querido en sus últimos días y cómo estamos hablando aquí junto a la roca, tan amistosamente y todos juntos, el más cruel de nosotros y el más burlón, si es que nos convertimos en eso, ya no se atreverá a reírse en su interior de cómo una vez fue bueno y bello. Es más, puede que precisamente este único recuerdo lo aparte de un mal grande y que reflexione y se diga: «Sí, entonces era bueno, valiente y honrado». Si se ríe de eso, no pasa nada, el hombre se burla con frecuencia de lo bueno y lo bello, solo es falta de reflexión; pero, señores, les aseguro que, en cuanto se ría, su corazón le dirá: «He hecho mal en reírme, porque ¡no hay que burlarse de estas cosas!».”
Established Adult Life... Ahora sí: ¡Intenséese!. Por cierto, feliz cumpleaños.