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jueves, 4 de febrero de 2016

«Palcco», belleza y democracia (una intuición de Simone Weil)


Simone Weil (se pronuncia Simáhn Vei) fue una filósofa y activista social que murió en 1943 y pertenecía al movimiento de resistencia francés contraria al régimen nazi. Poco antes de morir, escribió un libro del que hemos hablado en otras ocasiones. Lo tituló "Echar Raíces". Simone se preguntaba por las condiciones que facilitaron el avance del ejército alemán; quienes en sólo dos semanas tomaron Paris. ¿Porqué el pueblo francés había perdido su temple interior, su capacidad de resistencia ante la adversidad y su creatividad para pelear por su nación?  Su respuesta es demoledora: los soldados nazis se enfrentaron a uniformes sin soldados, soldados sin personas, personas sin un compromiso para defender un valor común. Se habían convertido en un pueblo sin raíces A partir de ahí describe cuáles son esos alimentos del alma que permiten su maduración interior. Una de esas necesidades que debemos alimentar, dice Weil, es la necesidad de orden o belleza: 
«Diariamente tenemos ante nuestros ojos el ejemplo del universo, donde una infinidad de acciones mecánicas independientes concurre para constituir un orden que permanece fijo a través de la variación. Por eso amamos la belleza del mundo, pues tras ella sentimos la presencia de algo análogo a la sabiduría que desearíamos poseer para saciar nuestro deseo de bien».
De esta manera, ¿por qué para una comunidad es importante que existan personas  capaces de dejarse convocar por la experiencia de la belleza y por qué para una democracia es vital que existan sitios donde esto se pueda experimentar? ¿Qué pasa si nos acostumbramos a la fealdad? Weil respondería que afinar nuestra sensibilidad para captar aquella belleza que se nos ofrece todos los días, "puede afirmarnos en el esfuerzo de pensar continuamente acerca del orden humano que debe ser nuestro primer objeto de atención". Platón sostenía que toda educación para la democracia y ciudadanía comienza con educación en la belleza de la música; pues la armonía en el ritmo y la melodía afinan el corazón hacia el equilibrio y la equidad. De tal forma que una persona con oído para la belleza musical, se predispone a gustar la armonía en la persona, en la comunidad y en la democracia y rechazar cualquier disonancia contra ellas.

Por todo ello, Weil ha conectado, el compromiso democrático, con la responsabilidad para cumplir nuestros deberes, con la necesidad de contemplar la belleza y de agudizar nuestro sentido para disfrutar de esa plenitud de orden que nos ofrece la belleza.

En pocos días se inaugurará un recinto más para la cultura en nuestra ciudad. Me refiero al Palacio de la Cultura y la Comunicación. Un lugar donde encontrarnos con la belleza y, si seguimos la intuición de Weil, donde podemos afinar nuestra llamada a la empatía, la solidaridad y la responsabilidad. Todos ellos son las raíces que dan solidez a nuestra democracia. Un recinto como Palcco se debe celebrar y aprovechar.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Simone Weil: nos define una mirada de misericordia.

Dibujo de Cristi Pérez Venegas

El que ama define su existencia por la mirada de quien lo ama. Es decir, si se tratara de describir en diccionario "¿quién soy yo de verdad?", habría que buscar la respuesta en la mirada de quien lo quiere: "¿qué ha visto en mí el que me quiere? ¿Quién soy yo realmente para ella [o para él/Él]?" (En el blog ya he publicado algo sobre lo que significa ser observado).

Aquí va otro matiz de esta idea: somos definidos por una mirada que con misericordia nos ofrece quien nos ama. Si lo pensamos bien, nunca merecemos propiamente el amor del otro, y nunca correspondemos como exigiría ese amor. El que nos ama, ve en nosotros que somos más que nuestras tonterías o que los límites de lo que somos capaz. Hay en nosotros algo más que nuestra miseria o nuestro límite temporal. Gracias a esa mirada, nos ponemos de pie y lo intentamos de nuevo.

Lo encontré en un poema que recitaba Simone Weil cuando se le cerraba el horizonte y se sufría terriblemente por su salud ("Me acogió el amor"). Es del inglés George Herbert, S. XVII, que la filósofa recitaba de memoria. Cuando padecía fuertes dolores de cabeza, lo repetía de memoria y gracias a él percibía "en medio de mi sufrimiento, la presencia de un amor, similar al que puede verse en el rostro sonriente de quien me ama." (Más sobre esa carta, aquí).

El Amor me acogió; y mi alma retrocedió,
      Culpable de polvo y de pecado. 
Pero el Amor clarividente, viéndome dudar
      Desde el momento en el que entré,
Se acercó a mí, preguntando dulcemente         5
      Si necesitaba algo.
“Un invitado, contesté, digno de estar aquí”:
        El Amor respondió: “Tú lo serás”.
“¿Yo, el malo, el ingrato? ¡Ah! Mi amado,
      No puedo mirarte.”  10
El Amor me tomó de la mano y me contestó sonriendo,
      “¿Quién ha hecho esos ojos sino yo?”
“Es verdad, Señor, pero yo los he manchado. Deja que mi vergüenza 
      me conduzca donde merezco.”
“Y no sabes, preguntó el Amor, ¿quién ha cargado con las culpas?”  15
      “Mi amado, entonces yo te serviré.”
“Haz de sentarte aquí, dice el Amor, y disfruta de mi manjares.
      Entonces me senté y comí.

El poema original, que encontré aquí, es este:

LOVE bade me welcome; yet my soul drew back,
      Guilty of dust and sin.
But quick-eyed Love, observing me grow slack
      From my first entrance in,
Drew nearer to me, sweetly questioning         5
      If I lack'd anything.
'A guest,' I answer'd, 'worthy to be here:'
     Love said, 'You shall be he.'
'I, the unkind, ungrateful? Ah, my dear,
      I cannot look on Thee.'  10
Love took my hand and smiling did reply,
      'Who made the eyes but I?'
'Truth, Lord; but I have marr'd them: let my shame
      Go where it doth deserve.'
'And know you not,' says Love, 'Who bore the blame?'  15
      'My dear, then I will serve.'
'You must sit down,' says Love, 'and taste my meat.'
      So I did sit and eat.

jueves, 23 de octubre de 2014

Ayotzinapa y «Echar Raíces» de Simone Weil

Simone Weil (Según oí, se pronuncia «Simahn Vei»)

En 1943, una joven filósofa perteneciente al movimiento de resistencia francés que vivía en Londres, comenzó a poner por escrito sus ideas acerca de lo que los franceses podían hacer para ganar la guerra contra los nazis y sobre todo, a reconstruir su país. Se llamaba Simone Weil (se pronuncia Simán Vei) y este manuscrito se publicó con el nombre «Echar Raíces»

Como sabemos, Hitler invadió Francia un 10 de mayo y sólo 35 días después, el 14 de junio ya habían llegado a Paris. ¿Cómo fue  posible que una potencia militar, política y cultural se derrumbara en un mes y unos cuantos días?  ¿Cómo fue posible que el país que más porcentaje de su PIB gastó en la industria militar de la entreguerra en toda Europa se derrumbara tan fácilmente? ¿Sería que a los franceses les faltaron recursos técnicos o militares para enfrentarse a los nazis? ¿O será tal vez por que Francia había caído no tanto por el fuerte viento, sino por que era ya un árbol muerto por dentro?

Simone Weil es de la idea de que los franceses, durante muchos años fueron minando las raíces daban inspiración al pueblo, que ofrecía motivos para luchar y daban un sentido de que la propia vida valía la pena. Para ella, el «el problema de dar inspiración a un pueblo» consistía replantear la finalidad colectiva, fortalecer los vínculos de pertenencia a una comunidad y liberar las fuentes de la solidaridad. Francia iba a necesitar una administración pública eficaz, sin duda, pero sobre todo, echar raíces para revitalizarse por dentro.

Ese problema lo llamó "desarraigo", no tener raíces. Cuando una sociedad subordina todo vínculo entre seres humanos al cálculo utilitario –una especie de «sólo vivo junto con otros, por que voy a obtener seguridad y mayores bienes que viviendo en soledad»-, se han sembrado las semillas de la desintegración y de personas «sin raíces». En las sociedades de este tipo, los seres humanos, se autopresentan, se conciben a sí mismos, como individuos autónomos o átomos encapsulados, cuyo instrumento principal para relacionarse con otros son un conjunto de derechos. Con esta idea de fondo, los demás se convierten en proveedores de beneficios y la actitud básica hacia los otros se define como «tolerancia». Una especie de «para mi, es mejor que no molestaras, pero qué se le va a hacer, he de tolerar tu presencia para que me des mis derechos».

Para Weil, esta actitud es la que ha secado por dentro el arbol de la sociedad, al que después ha tirado un viento un poco más fuerte de lo común. Podemos echar la culpa al aire por la caída del árbol, pero lo que realmente lo tiró fue su vacío interior. Así con los seres humanos. Cuando el centro de gravedad de la vida social son los propios derechos, se corre el riesgo de olvidar que la gran mayoría de nuestras interacciones sociales parten de otra lógica y de otras necesidades de las que surgen en primer lugar deberes. Cumplir nuestros deberes, antes que exigir nuestros derechos, es el primer paso para «arraigarnos». 

Esta escritora francesa enumera un catálogo de 14 necesidades del alma cuya satisfacción permitirán que la persona «eche raíces» y logre ser el tipo de ciudadano que reconstruye una sociedad destruida por la violencia. Sólo mencionaré algunas de estas necesidades cuya satisfacción, sostiene a una persona para construir -o reconstruir- la comunidad en la que vive: el orden, la libertad, la responsabilidad, el honor, el castigo que me hace responsable de mis actos, el riesgo que evita el tedio, la pereza o la cobardía. (El resto se encuentra aquí)

Es verdad, lo que ha pasado en Ayotzinapa no se debe sólo a personas «desarraigadas», ni tampoco sólo a que han habido algunos «malos, malosos y malditos», ni tampoco a quienes se vieron atrapados en un sistema que los orilló a cometer injusticias –«los delincuentes por burocracia», o el «mal banal» como lo calificó Arendt de lo que hablamos en otra ocasión-.  También es verdad que lo que sucede en México necesita mucho más que este tipo de reflexiones. Las reflexiones se Simon Weil fueron vistas con escepticismo o mejor dicho, como la utopía del filósofo que no comprende de las necesidades concretas del político. 

Pero sin duda,  la solución a la crisis de gobernabilidad y seguridad que atraviesa el país, no se resolverá si no desempolvamos nuestros vínculos con los otros, si no destapamos los canales por los que echamos raíces y si no nos lanzamos a redescubrir a las personas que inspiren, si no recuperamos las ideas que dan sentido a la propia vida.