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viernes, 23 de marzo de 2018

«Solo los pobres cuentan su dinero»: Julieta y la redención por la palabra.


Conceit, more rich in matter than in words,
Brags of his substance, not of ornament.
They are but beggars that can count their worth.

But my true love is grown to such excess
I cannot sum up sum of half my wealth.
(Romeo & Juliet, II.VI.30)

El pensamiento rico en contenido
presume de sustancia, no de ornato.
Solo los pobres cuentan dinero;
tan desmedido es mi amor que no puedo
contar ni la mitad de mi fortuna.
[Trad. Josep María Jaumà]

Solo los pobres cuentan su dinero. Después de que Fray Lorenzo los casará en su celda, Romeo le pide a Julieta una poesía para describir sus emociones.  Ella prefiere una respuesta destilada, lacónica, pocas palabras para no abaratar su cariño. Para Julieta es importante tanto el cuidado por el lenguaje -ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre-, como que éste realmente exprese la verdad de lo que ha descubierto. Sin lenguaje no podría reconocer ni llamar a Romeo; sin verdad, las palabras quedarían en el parloteo del manipulador. Si ponemos atención, recuperar el vínculo entre verdad y lenguaje le permite redimir a Romeo y salvarse ella misma del convencionalismo nominal al que la empuja su familia. Porque para una Capuleto el nombre Montesco se refiere a un enemigo despreciable. Para un Montesco decir Capuleto significa negarle cualquier grado de dignidad a los individuos de ese clan. Sin embargo, Julieta ha descubierto una verdad en Romeo para la que la palabra Montesco que conoce es insuficiente. 

Ella se rebela contra una especie de nominalismo –detrás de las palabras sólo existe un convencionalismo arbitrario, no una realidad nombrada- que la forzaría a detestar a Romeo, solo porque la tradición a la que pertenece le pide que lo odie. A ella le importa la existencia real –quidditas- de aquel al que ama, que sabe que existe, que la llama como fin y la llena como don:

Mi enemigo no es otro que tu nombre;
tú eres tú mismo, ¿qué importa Montesco?
¿Qué es ser Montesco? No es mano, ni pie,
ni brazo, ni facción, ni parte alguna
que perntenezca a un hombre. ¡Sé otro nombre!
¿Qué vale un nombre [What's in a name?]? Lo que llaman rosa
con otro nombre olería igual [By any other word would smell as sweet]
Y si Romeo no se llamase así,
¿no sería la misma su excelencia
sin ese nombre? Renuncia a tu nombre,
que no forma parte de ti, y, a cambio,
tómame a mí.
[Romeo y Julieta, II.2, 38-49]

Por su parte Romeo, por el amor que le revela la verdad sobre Julieta, sabe que ella no cabe en el significado de Capuleto asignado convencionalmente por su comunidad lingüística. Para él se vuelve importante rescatar el vínculo entre palabra y realidad. Para Romeo el cuidado del lenguaje se convierte en la única forma de ser fiel a la verdad que ha descubierto sobre ella y que lo define a sí mismo. «Endulza el aire con tu aliento», le pide a su ahora esposa: que la palabra de Julieta libere al lenguaje de su mentira, que el ambiente se civilice.

Dice Catherine Bates que en la Inglaterra de Shakespeare, la falta de respeto por la lengua significaba atrofia en el carácter, incapacidad para pensar o desorden de vida. Atropellar la lengua equivale a barbarie. Si el lenguaje es vehículo de la razón con la realidad, si la poesía el ornato en el discurso, si la retórica el honor del alegato, y si la gramática los principios que ajustan las palabras entre sí, entonces el esfuerzo por hablar con corrección se convierte en camino de civilización. Benedicto XVI en su famoso discurso en el Collège des Bernardins en Paris explicó cómo el cuidado por la palabra y el canto que nace de su custodia se convirtieron en el humus de la cultura occidental.

La tragedia de Romeo y Julieta consiste en que ese amor, a pesar de su capacidad redentora, no logra salvarlos. Al contrario, los jóvenes son víctimas del mal uso del lenguaje por parte de unos siervos y un deficiente servicio postal. 

El poco cuidado por la palabra, desencadena la tragedia de Romeo y Julieta. El respeto por ella, los redime.

Le agradezco a Víctor Isolino las sugerencias al texto.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Tres fotos para el homenaje a Don Efra


El pasado 18 de octubre, en la Casa Iteso-Clavigero, se organizó un homenaje al quinto aniversario de la muerte de Don Efra. Participamos Lupita Morfín Otero, Miguel Limón y yo.  Aquí hay una liga a la noticia que publicó el ITESO. Este es mi rollo: 

En el homenaje a Don Efra 

Pedro Pallares Yabur

18 de octubre de 2017
Casa Iteso-Clavigero 
Tucídides recoge un discurso fúnebre en el que Pericles honra a los muertos durante el primer año de la guerra entre Esparta y Atenas. Era el invierno del 431 a.C. En su argumento, el famoso stratego plantea a sus oyentes unas palabras que algo más que desconcertantes para un homenaje fúnebre:   
«Esta es la razón por la que ahora no me voy a dirigir a los padres de estos hombres con lamentaciones de compasión, sino con palabras de consuelo… Es preciso ser fuertes, siquiera por la esperanza de tener otros hijos [quienes] serán un motivo para olvidar a los que ya no están con nosotros, y la ciudad saldrá beneficiada por dos razones: no perderá población y ganará en seguridad»  
¿No es un poco raro honrar a los difuntos pidiendo a los padres que con la fama de los nuevos hijos sepulte la pena precisamente de aquellos a quienes se llora en ese funeral? En la mentalidad de Pericles, los homenajes y honores eran la moneda de cambio con la que una comunidad –en su caso Atenas- no sólo pagaba y reconocía a quienes la hacía grande, sino también la zanahoria colocada frente a los vivos para que aceptaran las penas por las que necesariamente se pasa cuando se hace vida un valor. 
Este año he discutido con mis alumnos este pasaje, y cuando recibí la invitación para participar en este homenaje, tuve que cazar al fantasma de Tucídides que me preguntaba: ¿qué moneda de cambio tienes para ofrecer a Don Efraín? ¿Qué valen tus palabras, tu testimonio y tu recuerdo? ¿Quién eres como para honrar a Don Efra con justicia? Atenas era grande y podía compartir su importancia entre sus ciudadanos. ¿Pero yo? ¿Para honrar a Don Efra? 
Conocí a Don Efra cuando estaba en tercero de secundaria. Sí. A mis 15 años. Lo llevó Manuel Clouthier a Culiacán a una conferencia sobre la vida política; y a mí me llevó mi Papá. A esa edad, con que puedas seguir al menos dos ideas conectadas, te parece que el conferencista es un genio. Y con Don Efra pude seguir al menos tres ideas sobre solidaridad, subsidiaridad y compromiso social. ¡Todavía me acuerdo! 
Después me encontré con él en la Licenciatura. Me gustaba la filosofía del Derecho y tuve la suerte de tomar cuatro cursos con él. En su momento le pedí que me asesorara la tesis en la que pretendía aplicar sus ideas sobre lo justo objetivo como analizado principal del derecho a la teoría de los derechos humanos. -quien fue su alumno recordará el ejemplo de los distintos significados de «gato»-. Recuerdo que casi todas las correcciones que me hizo fueron anotaciones al margen del borrador en el que decía: «quizá», «no siempre», «a veces no», «en ocasiones funciona su contrario», «se puede matizar», «no del todo», o expresiones semejantes. Desde entonces, esas pequeñas notas al margen, han marcado la forma en que trato las conclusiones a las que llego en mis trabajos: «no te creas lo primero que se te ocurre», parecería decirme. 
Cuando me titulé, en la UP me invitaron a ser adjunto de Don Efraín en filosofía del derecho. Y sí, tuve que pagar el peaje y cometer todas las impericias de un profesor joven: pensaba que era más valía pasarme por duro que ser recordado por barco. Los alumnos lo sabían, así que iban con Don Efraín para obtener misericordia y en general la conseguían.  
Una vez, el problema estaba más del lado de la justicia que de la misericordia, y Don Efra me sugirió ser compasivo con el alumno: «Recuerde que al final de la vida nos tratarán del mismo modo como nosotros tratamos a los demás», me dijo. [Más adelante volveré sobre esta máxima en su vida]. En esa ocasión me armé de valor y le contesté: «de acuerdo, también rendiremos cuentas del tipo de alumnos que lográbamos formar: exigentes consigo mismos, y justos aunque aquello nos trajera aparente perjuicios». Don Efraín me dio ahí otra lección: «Está bien, tienes razón». Desde entonces defendió mi sitio como profesor, y no solo como un procesador de faltas y calificaciones. Se lo agradezco mucho. Un profesor joven no se da cuenta de lo poco que sabe y de lo que importa su credibilidad a pesar de su novatez. Don Efra me validó como alguien creíble para los alumnos.  
Tanto que en una ocasión, estábamos por comenzar su clase, un par de alumnos discutían por una butaca. Les pedí que se colocaran para la clase y uno insultó al otro para ganar el sitio. Don Efra suspendió la clase y sin decir más se fue. Una alumna salió tras nosotros con un argumento más o menos así: «Don Efraín, no es justo. No se vale que por unos pocos que se portan mal, los muchos que sí queremos clase nos veamos afectados.» Don Efra le contestó -reconstruyo la idea, no las palabras textuales-: «Tiene usted razón. Pero si los muchos y buenos alumnos, no son tan buenos ni buenos como para marcar el tono de la clase; si no logran superar el mal ambiente de los pocos malos alumnos... entonces no son tan buenos alumnos... ni tampoco merecen mi clase».  Y siguió su camino. 
Cuando murió, yo vivía en el extranjero mientras avanzaba en mi doctorado en filosofía del Derecho. Ese día, escribí tres post en mi blog sobre Don Efra como jurista, como educador y como humanista. Y busqué fotografías que hubiera tenido junto a él para acompañarlos. Primero, encontré una que se tomó con el Dr. Rodrigo Soto, los dos viendo a la cámara y sonriendo. Me dio envidia. De la mala. Yo no tenía una así que me recordara todas las veces que nos reímos juntos. No. No logré sacar una foto así. 
Luego di con una que se había tomado junto a la Maestra Elvira Villalobos. Me dio coraje, porque no podía pelearme contra Elvira: ¿quién puede sentirse ofendido por Elvira junto a Don Efraín? En ella, los dos aparecían en un salón de clase y se dirigían a los alumnos con la seriedad del maestro que sabe qué preguntas sembrará en el corazón de sus estudiantes. Yo no tenía una foto con la que recordara, esa estrecha convivencia en mis primeros años de vida académica.
La única foto en la que salimos don Efraín y yo, me supo a poco. Además porque la encontré ya que volví a México, casi seis meses después de su muerte. Este evento me hizo pensar de nuevo las ideas y experiencias de las que había sido testigo en Don Efraín, pero cinco años después. Y este es el único honor que puedo ofrecer a Don Efraín: dar testimonio de lo que vi mientras convivía con él, y cómo esas semillas han ido madurando incluso después de su muerte.  
Etienne Gilson escribió un ensayo que tituló Historia de la Filosofía y de la Educación Filosófica. Ahí dice que «Cuando una persona nos pide que describamos un país, la mejor respuesta es enseñarle un mapa. No es la mejor respuesta definitiva, pero sí la mejor como primera respuesta». Ese mapa funciona como guía para quienes somos principiantes darnos un norte y comunicarnos cómo transitar lo mejor posible por ahí. Uno de los méritos de Don Efra fue ofrecernos no todo lo que sabía, sino las líneas generales más importantes, probadas por su experiencia de vida, de lo significa construir diariamente un orden social que respete la libertad y la igualdad de las personas, y además esté «fundado en la verdad, edificado por la justicia y vivificado por el amor» (Gaudium et Spes, n. 26).  
Fundado en la verdad. No era difícil percibir ese empeño en Don Efraín de conocer la verdad y justificar racionalmente cualquier contenido. Esta era una de las ideas centrales de ese mapa que nos dejó: el respeto a la realidad, la búsqueda de la verdad, descubrirla y configurar la vida conforme a ella. Al preparar este homenaje preferí omitir la estructura formal con la Don Efraín explicaba estos horizontes. La foto que encontré, la única foto que tenemos juntos, me pedía que reflexionara algo que él vivía, pero nunca se lo escuché formulado de esta manera. Espero ser honesto con él, e intuyo que estará de acuerdo con este recuento del tipo «lo que Don Efra nos quiso decir es…».  
Para Don Efraín, el problema de la verdad no era solamente conocer una serie de argumentos, dominar unos sistemas filosóficos y justificar coherentemente unas afirmaciones. Eso es mucho, pero poco. Su erudición no consistía solo en la cantidad de conocimiento, -que lo tenía-, era la honradez intelectual que reflejaba una decisión personal de aplicar las exigencias de su conciencia moral a su vida intelectual.  
Es decir, lo que se sostiene como verdad, su modo de conocerse y las consecuencias de ella para la conducta, nacen de una forma de pensar, de ver el mundo y de vivir la vida cotidiana. Ahí se integra el sistema filosófico, el método de pensamiento, con el estilo de vida. La filosofía de don Efra no era tanto, o más bien, no solo un modo de saber; ni únicamente una técnica para pensar con orden. Se trataba de una forma de vivir del que brotaba una necesidad fundamental: la búsqueda de la sabiduría encarnada como un asunto personal. 
De modo que, don Efra cuando pensaba, reflejaba su carácter vital: las verdades que encontraba y la justicia que percibía, se transformaban en una forma de existir. No lo digo con deseo de adular, simplemente testifico lo que vi. Sus alumnos aprendíamos no una serie de ideas, sino más bien la forma de comportarse de la que se sigue una forma de pensar; y una manera de pensar que dispone a conocer la verdad y a comprometerse por ella. 
El riesgo de un estilo de vida así -repito, el que conecta sistema filosófico con el modo de conocer esas ideas y con la forma vivir cotidianamente- es en el que muy pronto aparecen preguntas radicales: ¿Cómo sé que lo que sé es lo que vale la pena saber?¿El sistema moral que defiendo, realmente vale la pena? ¿Saldrá en mi defensa cuando deba quemar honor, dinero y tiempo por conformar mi vida a esas verdades? Como es sabido, en la vida de Don Efra se jugó prestigio, bienes, tranquilidad, por ser coherente con una serie de ideas. 
En este contexto, lo que se juega no es sólo la coherencia interna de un sistema filosófico o la tranquilidad de conciencia del que vive conforme a lo que opina. Aquí hay algo más. ¿Me la puedo jugar por eso que creo? ¿Estas verdades que sostengo, valen tanto la pena tanto como para meterme en problemas? ¿Cómo sé que esas verdades no me va fallarán cuando por fiarme de ellas me toque perder? ¿Y si arriesgo paz, dinero, tranquilidad por eso que creo, no me dejará abandonado? Aquí el problema de la verdad ya está en otro plano: no sólo debe ser una verdad real, coherente, racional, justa y bella. También debe protegerme cuando por ella pierda dinero, tiempo, amistades, me genere la cárcel o incluso si ella me pide la vida. 
Anécdota: En el PAN ya no creen en los valores fundacionales», le dijo RGL. Respuesta de EGLM: «Es lógico. Antes estábamos ahí porque la verdad de esos valores era lo único que teníamos. Ahora que ya es un camino eficaz para el poder, llegan personas a las que no les convencen esas ideas o no las conocen. Ahora bien, si tu sabes que tienes una habilidad, te das cuenta de una necesidad concreta; y si esa cualidad y esa carencia se relacionan; si por último te das cuenta de ese vínculo… entonces debes el deber moral de involucrarte». 
Anécdota: Último curso que dio en la UP -o el penúltimo-. Hacía tiempo que enseñaba desde el escritorio. Sentado. De pronto se pone de pie y sale del salón. «Tengo una llamada». Llegó a los 10 minutos. Movía las manos de modo que se  las secaba. Pienso que más bien se fue al baño. Le ganó la edad. Volvió a dar la clase pero ya no sentado. En un gesto de violencia contra su vejez, habló el resto de la sesión de pie, con una fuerza y vehemencia que no parecía tener. Me dio la impresión de que su carácter lo removía:  «No dejaré que me venza la vejez». 
Así pues, ¿cómo era la verdad en la que creía Don Efra? Una anécdota que no tiene que ver con él pero sí con la dinámica de la que fui testigo. Cuando un adolescente le dicen «actúa normal, ahí viene la que te gusta», quizá pierda la voz y se ponga nervioso. Despierta en él, la conciencia de esa mirada, la verdad principal es saberse visto realmente por quien puede quererlo. Y por ella cambia de conducta, modifica mi horario, sacrifica dinero y cualquier cosa. Solo por ser coherente y fiel a esa mirada. Como sabe que esa mirada es real, entonces puede fiarse de ese amor.  Es la lógica del amor vinculado a la verdad: «es real que me ve, que me ama gratuitamente». 
Con estas ideas en la mesa, ya puedo volver a la única foto que tengo con Don Efra. Él sabía que la verdad no es sólo poseer datos en la cabeza, sino principalmente haber visto una luz para interpretar su vida. Y esa luz se la otorga una mirada que lo contempla con un amor incondicional.  
La única foto que tengo con don Efra es el único testimonio con el que puedo honrarlo. Quizá el definitivo. Cuando murió Juan Pablo II, en la Universidad se celebró una Misa de funeral en su honor. Coincidimos en ella, y en un momento, los dos, sentados uno al lado del otro, viendo en la misma dirección, guardamos silencio: intentábamos -al menos yo- dirigirme a esa mirada, imitar el testimonio de fe de Don Efra, que se comportaba con la seguridad de haber sido visto.  
De esa foto, me llama la atención la intensidad del silencio de Don Efraín. Lo más relevante de esa verdad no es comprenderse como la posesión de una idea, ni como un sistema coherente de afirmaciones justificadas ante la razón. Se trata más bien de la verdad, de la realidad, de la consistencia de esa relación con quien sabemos nos ama, infinita e incondicionalmente: «mi vida sucede ante sus ojos, incluso más allá de la muerte». Y esa fotografía me ayuda a honrar y a recordar a Don Efra. 
Edith Stein, una filósofa experta en empatía, discípula de Husserl, nació judía, luego fue atea y hacia el final de su vida se convirtió al cristianismo. Ella recuerda cómo le llamó la atención que en los funerales que conocía hasta entonces, se exaltaba las cualidades del difunto. Su tiempo propio era el pasado: «vivió de tal manera, era buena gente, ¡qué buen recuerdo nos llevamos de él!». En cambio, en el primer funeral cristiano al que asistió le sorprendió que su tiempo propio era el futuro: «nos veremos de nuevo, guárdame sitio que pronto me encontraré de vuelta contigo, nos hallaremos en el corazón de quien no te dejará morir porque Él es la verdad misma, la consistencia del ser pleno». 
En la foto, ambos nos orientamos -sin querer- hacia la mayor verdad que se puede conocer, a la mayor justicia por la que podemos luchar: Una persona que nos ve y ante quien sucede nuestra vida. Un amante que nos dice: «he aquí que te seduciré, te llevaré al desierto y te hablaré al corazón» (Oseas 2,14).  
Así que, Don Efra, mi homenaje no es tanto dar honor, como pensaba Pericles. No tengo tanta fama como para que eso valga la pena.  Mi homenaje es recordar sus ideas, su vida, y redoblar la esperanza en que en un futuro, nos daremos el abrazo con el que no lo pude despedir. Nos veremos de nuevo, guárdeme un sitio que nos encontraremos de vuelta. 

lunes, 17 de julio de 2017

La consulta y unas lágrimas


Ayer se celebró una consulta ciudadana en Venezuela. Los organizadores pretendían conocer cuántos venezolanos se oponen a la convocatoria que ha lanzado el Nicolás Maduro sobre una nueva Constitución. Como se sabe, acudieron a votar poco más de 7 millones de personas; de las cuales, 6.3 millones rechazaron la convocatoria de Maduro. Para darnos una idea de lo que esto significa, la votación de ayer supera casi en un 2.2 millones votantes la convocatoria a constituyente que lanzó Chávez en 1999, y acumula más 1.5 millones más de personas respecto a las que aprobaron la Constitución vigente en ese país.

Tuve la oportunidad de acudir como observador a los dos centros de votación que se instalaron en Guadalajara. ¿Y qué vi? A personas de toda edad y profesión. Unos llegaron solos, la mayoría  con sus familias.  Casi todos con playeras de la vinotinto, de equipos de beisbol de la liga local,  gorras o banderas. Algunos venían de la zona metropolitana, otros de Chapala, Aguascualientes, Colima y Michoacán. Venezolanos deseosos de que su voz fuera escuchada, personas ilusionadas por un mejor país. Por la noche busqué información oficial del gobierno venezolano para contrastar los datos de lo que había visto. Encontré que la autoridad electoral había convocado para este mismo día, un llamado «simulacro electoral», con la intención de probar el mecanismo de elección de los constituyentes que pretende obtener en una elección a fin de mes. Sinceramente no esperaba que Maduro reconociera lo que sucedía en la calle, pero el contraste entre lo que vi en las casillas y lo que encontré de «simulacro electoral» convocado por el régimen me pareció de risa. 

Recordé aquella experiencia que relata Vaclav Havel en su ensayo «El poder de los sin poder». El dramaturgo checo cuenta la historia de un vendedor de verduras en el mercado. El régimen le había ordenado a todos como él, colocar una pancarta que decía: «¡Proletarios del mundo, únanse!». ¿Por qué alguien colocaría un letrero así? Sólo caben dos opciones: porque está convencido de lo que ahí se dice; o porque, aunque no lo está, prefiere mentir. Quizá prefiera evitarse problemas con el sindicato, con el régimen, o con los vecinos que no están dispuestos convivir con alguien cuya presencia les molesta. El letrero está ahí para ahorrarse incomodidades: es la paz del cementerio y la tranquilidad de la mentira. La principal herramienta de una dictadura, concluye Havel, no es la cárcel o la horca: es la expropiación de la conciencia y la normalización de una vida falsa. Algo así como reducir el ejercicio de ayer a un «simulacro». Pero si el vendedor no pensara como el letrero afirma, y por eso dice no lo pone, sin duda se metería en problemas, pero en cambio, vivirá auténticamente desde la verdad de sí mismo. Sus días podrán reflejar la sincera búsqueda de lo que vale la pena, la auténtica capacidad de cumplir con las obligaciones de justicia, y la genuina solidaridad con la que se vivifican las relaciones con los demás. Vivir así, se nota. 

Ayer vi a una abuela depositar su voto y romper en llanto. Dicen que en una viñeta de Mafalda, la niña concluye: «No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos». No soy profeta ni pretendo adivinar las penas que aquella abuela cargaba en su interior; pero me dio la impresión que aquellas lágrimas representaban un honesto deseo de una patria más justa y reflejaban el empuje del que nacerá una nueva Venezuela. 

Yo estuve ahí. Yo lo vi.

lunes, 20 de marzo de 2017

Ubuntu, el derecho y «La Bella y la Bestia»


Ubuntu es un principio ético sudafricano que significa respeto por la humanidad compartida, empatía: el otro que aparece ante mí como un espejo de quién soy en realidad. La mera presencia de otra persona es suficiente obligarme a tratarlo con dignidad. 

Si bien es cierto que Ubuntu es un concepto moral, el derecho no es ajeno a su presencia. En efecto, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación logró su cometido al término del apartheid en Sudáfrica porque basó su mandato en la reparación el Ubuntu, no en una justicia que enmascarara venganza. Algo así habría acentuado el espiral de violencia de la que pretendían liberarse. Buscaban una reparación que sanara tanto a la víctima como al victimario: «haz hecho mal, pero yo no me vengaré de tí; procuraré devolverte la humanidad que has perdido con tu injusticia, regalándote un trato digno que no mereces por tus actos, pero que te entrego porque eres persona».

Ahora bien, lo que sucedió con Ubuntu no es una experiencia aislada. La encontramos de alguna manera, como la base moral de innumerables experiencias jurídicas: en el ius gentium del derecho romano antiguo; en la humanitas con la que Francisco de Vitoria defendió a los indígenas en el s. XVI; en la fraternidad de los documentos ilustrados del s. XVIII; en el concepto empatía incorporado a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y si aparece en el derecho como experiencia humana fundamental, en los cuentos para niños se presenta con nitidez. En un capítulo de su libro Ortodoxia, Chésterton explica la filosofía moral de los cuentos infantiles le parecía más coherente que algunos sofisticados sistemas filosóficos. Escribe: 
«aquí me ocupo en demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose uno con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar muchos nobles y saludables principios que se recogen en ellos: [por ejemplo] encontramos una gran lección en La Bella y la Bestia, según la cual alguien debe ser amado, incluso antes de ser amable (Ortodoxia, Capítulo 4. La ética en el país de los elfos)». 
En otras palabras si quisiéramos encontrar los motivos por el cual vale la pena amar a alguien, primero hemos de quererlo. Sólo después de tratarlo como alguien que merece ser amado, la bestia puede dejar de comportarse como animal. Las madres son especialistas en esta experiencia: primero nos aman, antes de conocernos, incluso sin haber visto nuestro rostro. Y una vez que nos regalan esa mirada de incondicionalidad, entonces nosotros somos capaces de darnos cuenta que valemos la pena, y que nuestros actos deben ser fiel a esa mirada, hemos de honrar esa dignidad que nuestras madres  veían en nosotros. La bestia sólo se convierte en príncipe, si primero se le trata como alguien amable, como alguien a quien vale la pena querer.

Como ven, esta lección de los cuentos infantiles no es ajena a la misión civilizadora de la experiencia jurídica. Ubuntu, Mandela y Desmond Tutu, son un ejemplo más de esta conexión.

PD. Un saludo a Gaby y a Andrea, de las que he aprendido lo elemental del Ubuntu y de la TRC



miércoles, 4 de mayo de 2016

¿Por qué la belleza importa? Respuesta desde el dolor de una inocente

Una versión del beso de Klimt por Tammam Azzam en una pared Siria.
"Me sacarán el ojo izquierdo. Ya no me sirve, lo usaba sólo como muñón para que ahí se sostuviera una prótesis. Sin embargo este ojo ya tiene más de tres meses doliéndome mucho. Últimamente la punción ya se volvió insoportable. El ojo se está comprimiendo junto con los nervios. Este proceso se acelera a gran velocidad. El doctor me dijo el viernes «quiero que me expliques cómo le haces, porque este dolor es para suicidarse». Yo le contesté que tampoco me lo explicaba, pero que me lo quitara porque me estoy volviendo loca. El caso es que por fin mañana es la operación. [...] Además, apenas llevo cinco meses que me sacaron la matriz y no logro recuperarme de esa operación. Estoy muy desgastada físicamente y todavía me duele. Cada día hago acuerdos con mi cuerpo para que aguante, algo parecido al método de alcohólicos anónimos: viviré sólo 24 horas y ya no más. Estoy agotadísima. Mejor soporto por una hora y luego ya veremos la siguiente. No puedo más".
Llegó el día de la operación. A las 6:30am, se presentó en el salón de belleza a ponerse guapa, secarse el cabello, y arreglarse lo mejor que podía. A las 8 pasó al quirófano.

¿Por qué haría algo así si de todos modos no ve cómo quedó? ¿Por qué es importante para ella saberse guapa, si a un enferma se le tolera que no esté bien presentada? ¿Por qué la belleza importa tanto, como para sacarla de toda pretención de utilidad? ¿Acaso es una manera de arrancarle al dolor la última palabra?

Al final, ¿quién es el verdaderamente ciego? ¿Quién es el que ve el mundo real? 

El texto fue tomado de una descripción que hizo la enferma. Lo he modificado un poco -realmente casi nada- para incorporar algo de contexto y algo de historia, que hemos hablado y ha sucedido, pero que no la escribió textualmente. 

domingo, 19 de abril de 2015

¿El vino, la mujer, el rey o la verdad? La banalidad del profesor Tomás.

Papa Francisco es «acosado» por unas monjas en Nápoles
¿Qué mueve más al hombre: el vino, el rey, la mujer o la verdad? 

La pregunta se la hicieron unos a un prestigioso profesor medieval de la Universidad de París. La práctica universitaria de la época obligaba a los profesores a dedicar un día al semestre a resolver cualquier pregunta que le plantearan sus alumnos o colegas. De lo que fuera. Normalmente, el maestro elegía qué pregunta responder, pero se jugaba su prestigio con ese ejercicio si le sacaba la vuelta a todas las controversias. Era una especie de reto de caballería medieval en la que el campeón, si lo era de verdad, enfrentaría a cualquier retador. Un profesor universitario medieval era del montón si no se sometía a este ejercicio.

Pues bien, algunos alumnos -o un rival- plantearon al famoso profesor Tomás de Aquino esta pregunta: ¿qué es más fuerte para mover la acción del hombre: el vino, el rey, la mujer o la verdad? Una bagatela para famoso profesor, una forma de burlarse de él. El sabio, el de prestigio se profana y vulgariza con un poco de picante que abarata el plato fino.

Tomás se lo toma a broma y juega con ella. Primero reconoce que la cuestión ya la resuelven unos jóvenes en III Esdras. En efecto, tres chiquillos le preguntan lo mismo al Rey Darío y son ellos mismos los que le ofrecen motivos a favor de cada opción. Al final, se decantan a favor de la verdad y animan al Rey Darío que fuera de verdad y cumpliera su promesa de liberar a Israel. Si son unos jóvenes quienes hacen la pregunta y la responden, el duelo argumentativo lanzado contra el profesor, es también minimizado y tomado a broma por el maestro: «esta pregunta se la hacen unos jóvenes en Esdras y ellos mismos la resuelven». Dicho de otra manera: «Eso lo sabe hasta un chiquillo de primer año de universidad. Sólo a un principiante en lógica y gramática se le ocurren estas preguntas y hasta alguien así sabría la respuesta. ». Tomás 1-0. 

El argumento de autoridad también le ayuda al maestro para «hacerle el ceviche» [Khaleesi dixit aunque se discute si aquí está bien usada] a la pregunta. Tomás invoca un libro del Antiguo Testamento ya considerado en esa época como apócrifo para el Catolicismo occidental; formalmente sería declarado así unos doscientos años después en el Concilio de Florencia. Utilizar esa autoridad como fuente vinculante sería como tomarse como válidas las frases canónicas en los diálogos de La Cenicienta o invocar como un dato científico para argumentar los 20,000 midi-chlorians de Anakin Skywalker.  Tomás 2-0.

Ya en su respuesta, el profesor compara las cuatro cosas a partir de sus efectos en el hombre: el vino domina al ser-humano-cuerpo hasta el punto de hacerlo arrastrar la lengua y locuaz en el hablar. El hombre-sensible es dominado principalmente por el deseo sexual que se despierta, a veces de forma irresistible, ante la presencia de la mujer -otro guiño a los jóvenes estudiantes-. Por ese motivo ganaría la mujer. Ahora bien, como el Rey ordena y coordina la acción de la persona para que construya o no impida el bien común, es él el que domina al hombre-razón-práctica. Por último, como el vino, la mujer y el rey son un bien respecto a la potencia a la que se dirigen, como el bien para ser apetecible para el hombre ha de ser real, es el hombre-inteligencia-especulativa quien conoce y contempla la consistencia real de esos bienes y su integración en una vida coherente y feliz. En ese sentido, la verdad -el bien real del vino, de la mujer y del rey- es lo más fuerte para mover al ser humano.

El Quodlibet en sí mismo no da para mucho. La construcción del argumento no es muy original y el contenido ya había sido expuesto en previas ocasiones por Tomás. A esto se suma que la autoridad invocada como tal es una broma. El Quodlibet sólo llama la atención por su comicidad. Tomás se toma a broma esa bagatela. Con sentido del humor pone las cosas en su sitio, se distancia un poco de sí mismo -o más bien de su fama- para conocer mejor el problema planteado. El sentido del humor es una característica de un profesor ajustado en su persona y en su oficio.

Aunque los estudiosos no se ponen de acuerdo en la fecha de la discusión del quodlibet, la sitúan entre 1270-72. El arco de tiempo coincide con la composición de la Segunda Parte de la Suma Teológica. Ahí, en la quaestio 168 de la II-II, sostiene que quien no se ríe es tosco, rústico y un humano desajustado. El amargado atenta contra la razón:  
«Todo cuanto, en el orden humano, va contra la razón, es vicioso. Ahora bien: va contra la razón el mostrarse oneroso para con los otros, es decir, el no proporcionarles nada agradable e impedir los deleites de los otros. [...] [P]ecar por defecto en el juego [-"estos dichos o hechos, en los que no se busca sino el deleite del alma (a.2 co)"-], es no proferir ni un chiste ni conseguir que los demás bromeen por el hecho de no aceptar ni siquiera los juegos moderados de los demás. Los que así se comportan son duros y rústicos, según dice Aristóteles en IV Ethic. (S.Th. II-II q.168 a.4 co.)»
Aquí va el Quodlibet XII q.14, en una traducción algo libre. Abajo, el original en latín:

Quodlibet XII, q. 14  
La primera pregunta es la siguiente: ¿La verdad es más fuerte que el vino, el rey y que la mujer? 
Videtur: Parece que el más fuerte para mover al hombre es el vino, pues es el que mayor cambio le produce. A su vez, parecería que el más fuerte es el rey, dado que dirige al hombre hacia lo que considera más radical, es decir, a exponerse a sí mismo al peligro de muerte. A su vez, parecería que es la mujer, pues ella domina al mismísimo rey. 
Contra: Por otro lado la escritura dice: «La verdad es la más fuerte (III Esdras, 4,35)» 
Responsio. Debe decirse que esta pregunta se la hacen unos jóvenes en Esdras y ellos mismos la resuelven.   
Sciendum. Hemos de reconocer, por tanto, que si consideramos estas cuatro -a saber, el vino, el rey, una mujer y la verdad- como cosas en sí mismas, no son comparables entre sí, pues no se asemejan en lo que son o se encuentran en alguna posición similar. No son del mismo tipo. Sin embargo, si se les considera a partir de sus efectos, desde ellos es posible compararlos. Así, pueden asimilarse y compararse en el cambio que producen al corazón humano. De forma tal que si no se comparan por sus efectos en el corazón del hombre, es imposible saber cuál de ellas mueve más. 
Sciendum. Hemos de reonocer, por lo tanto, que lo que es capaz de afectar el corazón del hombre es, en unos casos, algo corporal, en otro, algo animal. Esto animal es de dos tipos, puede ser algo dirigido a los sentidos [como lo común al resto de los animales, en el sentido utilizado por Ulpiano] o algo dirigido a la inteligencia [en el sentido de animal racional]. Lo que propiamente mueve a la inteligencia  es de dos tipos, a saber, lo práctico y lo especulativo. 
Respecto al cuerpo, entre las cosas que ocasionan esos cambios (immutantia), afectándolo de forma natural, de acuerdo a la forma propia de ser del cuerpo, el vino es lo que mueve más, pues intoxica y aloca el hablar [quod facit per temulentiam loqui].
Entre las cosas que afectan el apetito sensible, el que mueve más es el deleite, especialmente aquellos cercanos a la fruición venérea: y aquí la mujer es más fuerte. 
Ahora bien, en las cosas relativas a la inteligencia práctica y en la acción propiamente humana, el rey es el que tiene más dominio para mover al hombre. 
Por último, en los asuntos propios de la razón especulativa, lo sumo y potentísimo es la verdad.  
En conclusión, como las potencias corporales se someten a las sensibles, las sensibles a las intelectuales, y dentro de las intelectuales la prácticas a la especulativa, entonces, absolutamente hablando, la verdad es lo más digno, lo más excelente y lo más fuerte.»
Quodlibet XII, q. 14 
ARTICULUS 1
Ad primum quaesitum est utrum veritas sit fortior inter vinum et regem et mulierem 
Arg. Et videtur quod vinum, quia immutat maxime hominem. Item quod rex, quia pellit hominem ad id quod est difficillimum; scilicet ad hoc quod se exponat periculo mortis. Item quod mulier, quia dominatur etiam regibus.

Contra, III Esdrae, IV, 35: fortior est veritas.
Respondeo. Dicendum, quod haec est quaestio proposita iuvenibus dissolvenda in Esdra. Sciendum ergo, quod si consideremus ista quatuor secundum se, scilicet vinum, regem, et mulierem, et veritatem, non sunt comparabilia, quia non sunt unius generis. Tamen si considerentur per comparationem ad aliquem effectum, concurrunt in unum, et sic possunt comparari. Hic autem effectus in quem conveniunt et possunt, est immutatio cordis humani. Quod ergo inter ista magis immutet cor hominis, videndum est. Sciendum est ergo, quod immutativum hominis quoddam est corporale, et aliud est animale; et hoc est duplex, sensibile et intelligibile. Intelligibile etiam est duplex, scilicet practicum et speculativum. Inter ea autem quae pertinent ad immutantia naturaliter secundum dispositionem corporis, habet excellentiam vinum, quod facit per temulentiam loqui. Inter ea quae pertinent ad immutandum appetitum sensitivum, excellentior est delectatio, et praecipue circa venerea: et sic mulier est fortior. Item in practicis, et rebus humanis, quae possunt hoc facere, maximam potestatem habet rex. In speculativis summum et potentissimum est veritas. Nunc autem vires corporales subiiciuntur viribus animalibus, vires animales intellectualibus, et intellectuales practicae speculativis; et ideo simpliciter veritas dignior est et excellentior et fortior.

Notas: Algunas ideas las saqué de «Aquinas's Quodlibet XII, qu.14», Lawrence Moonan, New Blackfriars, Volume 69, Issue 818, pages 325–329, July 1988.

miércoles, 28 de enero de 2015

Tomás polemista: ¡Tú y cuantos más!

«Santo Tomás de Aquino y San Luis IX» de Niklaus Manuel.

Parece que al leer a Tomás de Aquino -en especial la Summa- nos encontramos a un académico dentro de una habitación de cristal. Camina lento, no deja problema sin tratar, manda llamar a todos los argumentos de forma serena y los sienta a dialogar pacíficamente. Joseph Pieper inicia así su libro The Silence of Saint Thomas:
«A chance perusal of any of Augustine's writings, even a page from his most abstract work, On the Trinity, will convey the unmistakable impression: this was thought and written by a man of flesh and blood. But let someone take a similar glimpse into the tight structure of the Summa Theologica of St. Thomas Aquinas, and he will be tempted to ask: Were these sentences really set down by a living, man or did not rather the objective content forme­ late itself undisturbed-neither blurred nor warmed -by the breath of a living thinker? The vital prod­ ucts of Augustine's thinking never allow us to for­ get their source in his personal life, from which they spring forth like the blcs!'lom from its root and stem. But the language of St. Thomas suggests its origin in a living mind as little as crystal suggests the essential liquid from which it is formed.»
Tomás, sin duda, era un académico que respetaba profundamente las auctoritates y si escribe algo árido, no es por un temperamento insípido. En sus escritos polémicos en favor de la vida religiosa,  mete las manos al fuego en un tema que padeció personalmente: la defensa de la propia vocación. El Aquinate, acostumbrado a tratar con deferencia los argumentos contrarios, mesurado para acomodarlos en su mejor versión y habituado a matizarlos para verlos con la luz que muestre su valía, no le tiembla la mano cuando escribe: 
«Si alguien desea escribir contra esta obra, me resultará muy agradable, pues la verdad no se manifiesta de mejor forma que resistiendo a los que contradicen y refutando su error; como dice el libro de los Proverbios: "El hierro se agudiza con el hierro; el hombre se afirma al contacto con el prójimo"» (De Perfectione, c.30)
En el «Contra Retrahentes» también va un caballazo:
«Si alguien quiere contradecir esta obra, que no vaya a parlotear ante los niños, sino que escriba un libro y lo publique para que personas competentes puedan juzgar lo que es verdadero y refutar lo que es falso por la autoridad de la verdad» (Contra retrahentes, c.17)
Jean-Piere Torrell comenta que la expresión «Non corran puerros garriat» alude a los jóvenes bachilleres que eran desanimados por teólogos más experimentados para que no se unieran a los Dominicos. En otra ocasión que defiende a un hermano suyo dominico, al mismo tiempo que señala los errores alguna de sus observaciones, lo defiende con fuerza: «El objetante levanta una calumnia o no entiende la cuestión... lo que el objetante dice es una calumnia y del todo frívola (Resp. De 108art., 16 y 17)». 

El atributo «polemista» tampoco es descabellado en un pasaje del «De unitate intellectus». Si bien califica a Averroes como depravador y perversor de Aristóteles (De unitate intellectus, 2) no duda de su inteligencia. Pero de algunos colegas suyos en la Universidad de Paris les recrimina: «Los que defienden esta posición deben confesar que no entienden absolutamente nada, y que incluso ni siquiera son dignos de discutir con aquellos a quienes atacan» (De unitate intellectus, 3). Y termina así:
«Si alguien, vanagloriándose de una falsa ciencia, pretende argumentar contra lo que acabo de escribir, que no vaya parloteando por las esquinas, o ante los jóvenes incapaces de juzgar en una materia tan difícil, sino que escriba contra este libro si se atreve. Tendrá entonces que vérselas no sólo conmigo, que soy el más pequeño, sino con otros muchos amantes de la verdad, que sabrán resistir a su error y venir en socorro de su ignorancia (De unitate intellectus, 5 in fine
Tomás no fue ni el gordito bonachón-místico, ni el panzer de la razón que escribe desde su torre de cristal.

Por cierto, la idea, su estructura, las citas y la traducción la encontré en el libro de Jean-Pierre Torrell, Iniciación a Tomás de Aquino: su persona y su obra, EUNSA, pp. 108-113. 

domingo, 27 de abril de 2014

"¡No lo hagan santo!"... 1-0 a favor de Wojtyla

«¡No lo hagan santo!», «No lo merece», «Ya ven, esa iglesia no es de fiar». 

Afirmaciones así sólo son posibles si se reconoce como algo real que, primero, las acciones humanas son más que una apreciación subjetiva de lo que «creo yo» que algo es «bueno» o «malo». Que no hablo como si dijera «para mí Dulcinea la del Quijote es de Culiacán y los molinos de viento están en el Ángel Flores». Si más allá de lo que «a mi me parece», realmente hay actos que dañan al ser humano y por lo tanto deben evitarse. Y como son acciones objetivamente buenas o malas, pueden ser vinculantes para todos.

Sólo es posible decir algo así, si, segundo, esos actos son cognoscibles. En el ser humano ha de existir una capacidad humana común para conocer que este tipo de actos humanos son reprobables. Por eso cuando dicen «¡No lo hagan santo!», lo dicen presuponiendo que quienes los oímos podemos conocer y comprender lo que nos han dicho. 

Tercero, sólo si se reconoce que las personas cuando viven conforme a esa verdad sobre el ser humano, y conocemos lo que ellos han hecho, somos interpelados por su vida y podemos reconocerlos como un ejemplo para otros. 

Por último, cuarto, si ante cualquier maldad padecida -o cometida- se reconoce un anhelo de redimir, de liberar a la víctima de ese mal. Y si somos honestos, también reconocemos el deseo de que el mal cometido voluntariamente no termine ahogando nuestro corazón. En el fondo, si alguien dice «¡No merece ser santo!», reconoce el deseo que el mal no tenga la última palabra.

Con todo ello, afirmar «¡No lo hagan santo, no lo merece!» con la intención de que otro comprenda y reconozca como real lo que digo sólo es posible si se dice con la expectativa de que otro se dé cuenta que existe algo más que capricho subjetivo; si se sostiene con la esperanza de que al señalar damos el primer paso para ser liberarnos de él. Si esto es así, entonces esa persona está en camino de comprender el pensamiento de San Juan Pablo II:
«La verdad existe, ilumina mi camino, me llama y cambia mi vida (Veritatis Splendor, Fides et Ratio); el mal me daña a mi y a mi relación con los otros y es posible ser liberado de él («Dives in Misericordia»). Y sí, es real que hay alguien que conoce mi corazón pero no lo acusa, lo invita; no lo condena, lo redime... Al final del día, no estoy solo,  hay alguien que me ama con locura («Redemptor Hominis»): sólo por eso la vida vale la pena vivirse («Evangelium Vitae»)» en comunión con otros edificando comunidades de solidariad («Centessimus Annus»).» 
Sólo es posible decir «¡No lo hagan santo, no lo merece!» si se reconoce que lo que se está haciendo con una canonización es algo real, que nos presenta el ejemplo de un hombre sobre el que podemos reconocernos y juzgar nuestra vida como digna de ser vivida o no. Y si ese hombre no lo merece... pues entonces, ¡a gritarlo a todo pulmón! No se puede decir «¡No lo hagan santo, no lo merece!» y ser relativista o nihilista.

Por eso creo que quien dice «¡No lo hagan santo, no lo merece!», aunque –como dice un amigo- no crea en la Iglesia, ni en su autoridad, ni en sus decretos, ni en los milagros, ni en la moral cristiana, ni en los santos, merece mucho más que un «¡Y ti qué más te da! Para ti tendría que ser como canonizar a Dulcinea». 

Yo prefiero decirles. ¡Bien! Crees que la verdad existe, que la podemos conocer, que es vinculatoria para todos, y que en el corazón humano hay un profundo anhelo de redención. 

1-0 a favor de Wojtyla. 

PD. Esta entrada no pretende abordar el tema de la pederastia. Creo que las víctimas tienen derecho –ellas- a saber qué pasó en realidad en esa red de complicidad y silencio que protegía a los victimarios. Todavía hay muchos cables sueltos. Algo ya ha dicho Benedicto XVI a los católicos de Irlanda o ha comunicado el Vaticano respecto a Maciel, y espero que la Comisión creada por Francisco dé los pasos necesarios





martes, 25 de marzo de 2014

«¿Quién te ha golpeado?»: Dolor, Muerte y Belleza

En mi curso de Filosofía del Derecho, un grupo de alumnos está organizando un debate titulado «Belleza y Derecho» o «Experiencia Estética y Experiencia Jurídica». Los textos preparatorios sugeridos son «La Contemplación de la Belleza» (aquí) de Ratzinger y unos fragmentos del libro «Beauty» de Roger Scruton (aquí). Me han preguntado cómo se puede transformar el argumento inicial de Ratzinger en una explicación no teológica del problema. A Benedicto XVI le llama la atención el contraste entre la descripción que se hace de Cristo como «el más bello de los hombres» (Salmo 44) y al mismo tiempo como alguien desfigurado, «sin aspecto atrayente»  (Is 53, 2).
¿Qué es la verdad? ¿Puedo confiar en la belleza?

Pues bien, si gracias a la experiencia estética captamos la realidad a través de su brillo que nos atrae hacia sí, por el conocimiento intelectual captamos lo real gracias a su cognoscibilidad. La realidad es cognoscible y atrayente para la persona sólo si ella existe orientada hacia lo que es real y viceversa. ¿Cómo explicar esa conveniencia entre la orientación del ser humano hacia  lo real-bello si todos experimentamos el dolor (ausencia de belleza) y el vacío de la muerte (no-existencia)?

El problema del dolor y de la muerte es la «ultimate question», la objeción definitiva contra la belleza y toda pretensión de sentido en la realidad. Si tras el dolor sólo hay punción inútil y después de la muerte sólo desaparición de lo humano, si nadie escapa a estas experiencias, entonces la atracción de la belleza es sólo una aspirina existencial contra un cáncer terminal. Ratzinger explica en otro lugar que mientras la belleza y su celebración -la fiesta- no resuelvan este último interrogante «se mantiene en la superficialidad, como un vago esparcimiento y anestesia [...] La muerte es la pregunta de todas las preguntas, ahí donde no se toma en consideración, no se ofrece en el fondo ninguna respuesta definitiva. El hombre sólo puede llegar a ser libre y hacer fiesta verdaderamente, sólo donde se responde a esa pregunta.»

A esa explicación no teológica del problema, Ratzinger responde como teólogo: ¡Sí! ¡Es posible! Jesucristo, dice el Papa emérito, nos hace iguales ante Dios, por que él se viste, por así decirlo, con el traje de nuestra miseria. No conoce el corazón del hombre como el cardiólogo que es experto en una enfermedad pero no la ha vivido. Es más bien el sabio del corazón que también ha padecido y experimentado esa dolencia. Es el amor por el hombre, el compartir su enfermedad y muerte, el acogernos sin condiciones previas –incluso cuando no somos dignos de él- lo que consigue que el dolor y la muerte no tengan la última palabra. (Aquí puede leerse un argumento similar -que también prometí a mis alumnos-: «Beauty will save the world: From the mouth of an idiot to the pen of a Pope)

Si esto es real, entonces sí podemos confiar en que nuestra experiencia estética -la esperanza que buscamos en el amor- no es un engaño.

Bach le ha puesto música a este argumento. Hay un fragmento en «La Pasión según san Mateo» (aquí lo que dice Wikipedia) que puede servir para captar estéticamente esta seguridad de que el dolor no tiene la última palabra. Los soldados golpean y escupen Jesús mientras lo retan:  «¡Tú! ¡Profetiza! ¿Quién the ha golpeado?». Bach representa primero a la turba lanzando esta pregunta con violencia y con un toque de burla. Pero de pronto, la escena cambia de sitio. La masa anónima deja de serlo. El sujeto ya no es la multitud sino el hombre que se ve a sí mismo en diálogo íntimo con el condenado: «Y dime, ¿quién te ha pegado?». Ya no hay amenaza, sólo participación de un mismo dolor: «He sido yo». Se redime porque se comparte, porque se ama.


Sólo si esto es real, podemos confiar en que nuestra experiencia estética no es un engaño, podemos conocer la belleza del que se desfigura por amor a nosotros.