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lunes, 23 de julio de 2018

De burócratas, ciencia y libertad: «Memorias del subsuelo» de Dostoyevsky

Burócrata ruso de Jan Banning 

En estos días leí la primera parte de un librito de Dostoyevsky que se llama Memorias del subsueloLa historia recoge la reflexión de un burócrata, amargado, resentido y mezquino que ha dedicado su vida a fastidiar a los demás solo por que sí. Un antihéroe a toda ley. En su confesión pone sobre la mesa la idea sobre la que en parte tanto economistas, políticos como juristas construyen sus postulados. La organización científica de la sociedad depende de  los intereses del individuo y cómo es posible ofrecerle esos bienes a cambio de que se deje gobernar, administrar en nombre de esa sociedad organizada y eficaz.

Pues bien, nuestro burócrata se rebela contra esta utopía idealista.  ¿Realmente todos y siempre nos movemos a favor de nuestro interés? Cuando tomamos decisiones, ¿realmente buscamos de forma científica, clara y eficiente el bien máximo con el que orientamos  nuestra vida? 

Peor aún, cuando nos comprometemos por una meta o cuando buscamos lograr un bien, necesariamente nos sometemos a las reglas, prácticas y a la experiencia de los expertos en esos temas que permiten realizar nuestros propósitos. En ese sentido estamos condicionados –atrapados dirían más bien Dostoyevsky, Nietzsche y Kierkegaard- por esas reglas, por esas prácticas y por esas personas. El autor ruso nos recuerda que el hombre se rebela contra ese esquema, incluso a costa de no lograr lo que en el papel considera mejor. Solo por sentirse liberado de esas reglas, de esas prácticas y de esas personas. Solo por sentir que respira, por experimentar que vive, por saborear su libertad.

Dostoyevky dinamita ese mundo ideal de las utopías que presuponen un conocimiento exacto del mundo y el control del corazón humano, solo porque prometen la seguridad del orden, de la paz y del comer: 
«Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus jugarretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. […] Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano». 
En esto, Dostoyevsky desenmascara a algunos profesores de Derecho, de política y de economía que muchas veces nos pasa lo de los libros de jugadas en futbol americano. En el papel todo funciona a la perfección. En cada jugada dibujada todos quieren, pueden y ejecutan su parte, y cada línea consigue el tochdown. Siempre funcionan. Y así enseñamos derecho, explican economía y dirigen individuos: como si supiéramos con precisión lo que quieren los afectados, como si siempre desearan lograrlo, como si siempre se sometieran al orden de su ciencia. 

¿Pero esto es así? Si volteamos a nuestra realidad cotidiana, ¿todos siempre buscan y cumplen con lo que nos han dicho que consideran más valioso en la vida? ¿Sobre qué basamos la expectativa de que al aplicar las leyes de nuestras materias, del derecho, de la economía y de la política, vamos a comportarnos de forma ordenada y civilizada? 

Todavía no comienzo clases en mi universidad, pero al menos ya tengo unas preguntas que debo hacerme antes de volver a explicar el derecho. 

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Aquí van unos fragmentos de la primera parte –La ratonera- de Memoria del subsuelo en la versión del Centro Editor de América Latina.

MEMORIAS DEL SUBSUELO
Fedor Dostoyevsky
 
La ratonera

   Soy un enfermo...un hombre malo. No hay nada de atrayente en mí. Creo que mi hígado anda mal. Pero en verdad no sé absolutamente nada acerca de mi dolencia, ni siquiera estoy muy seguro de cuál es. No estoy bajo tratamiento, y nunca lo estuve, aunque siento gran respeto por la medicina y los médicos. Además lo bastante para respetar a la medicina. Dada mi educación, no debería ser supersticiosa, pero lo soy. No, yo diría que rechazó la ayuda médica nada más que por espíritu de contradicción. No espero que me entiendan esto, pero así es. Por supuesto, no puedo explicar a quién trata de engañar de esta manera. Tengo plena conciencia de que no me es posible perjudicar a los médicos impidiendo que me curen. Sé muy bien que el perjudicado soy yo, y nadie más. Pero de cualquier manera, sólo por malicia me niego a aceptar su ayuda. ¿Me duele el hígado? ¡Magnífico, que siga doliendo!
  Hace mucho tiempo que vivo así, veinte años o más. Ahora tengo cuarenta. Antes era empleado del gobierno, pero ya no. Era un mal funcionario, grosero, y me complacería serlo. Como no aceptaba sobornos, tenía que compensarlo de alguna manera. (Esta es una pésima muestra de ingenio, pero no la borraré ahora. La escribí pensando que parecería chistosa. Pero ahora me doy cuenta de que es una jactanciosidad vulgar, de modo que la dejaré sólo por este motivo).
  Cuando los peticionantes se acercaban a mío escritorio en procura de información, les mostraba los dientes, y me sentía indescriptiblemente dichoso cuando lograba que uno de ellos se sintiera desdichado. Por lo general eran personas tímidas pues iban a pedir algo. Pero uno de ellos constituía una excepción a la regla. Era un oficial, y yo experimentaba una particular repugnancia hacia él. No se dejaba amedrentar. Tenía una forma especial de hacer tintinear el sable. Desagradable. Durante dieciocho meses le hice la guerra cuando yo era todavía joven.
  ¿Quieren que les diga que pasaba verdad? Bueno, el centro del asunto, el aspecto más repulsivo de mi maldad, era que cuando estaba en mi peor humor hepático, tenía conciencia de que en verdad no era tan perverso ni tan colérico, y que no hacia más pasar el rato, por decirlo así, para distraerme. Puede que estuviera echando espumarajos de furia, pero si uno me traía una muñeca para jugar, o me ofrecía una buena taza de té con azúcar, lo más probable era que me calmara. E inclusive me sentía profundamente conmovido, aunque enojado conmigo mismo; y más tarde hacía rechinar los dientes y perdía el sueño durante varios meses. Así era yo.
   Hace un momento mentí, cuando dije que fui un mal funcionario. Y mentí por malicia. Me divertía a costa de los peticionantes y de ese oficial, pero en el fondo nunca puede ser malo. Conocía los numerosos elementos que había en mí, y que eran lo contrario de la maldad. Sentía que bullían en mí desde toda la vida, que trataban de salir a la superficie, pero yo les impedía hacerlo. Me atormentaban, me provocaban vergüenza y convulsiones, y me tenía harto. ¡Ah, qué cansado estaba de ellos! ¿Les parece que estoy tratando de justificarme, de pedirles que me perdonen? No me cabe duda de que piensan eso...Bueno, créanme, no me importa que piensen así.
  No conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame, ni honrado, ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo mi vida en un rincón, trato de consolarme con la estúpida, inútil excusa de que un hombre inteligente no puede convertirse en nada, de que solo un tonto puede hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre inteligente del siglo XIX tiene que ser una criatura invertebrada, en tanto que un hombre de carácter, el hombre de acción, es, en la mayoría de los casos, una persona de inteligencia ilimitada. Esta es mi convicción a los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta, y cuarenta años es toda una vida; cuarenta años es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e inmoral vivir más allá de los cuarenta! ¿Quién lo logra? Contésteme con sinceridad. O déjenme que contesto yo: los tontos e inútiles. Esto lo repetiré en la cara de cualquiera de esos venerables patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos, para que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo, porque yo viviré hasta los sesenta. ¡Hasta los setenta! ¡Llegaré a los ochenta...! Esperen, déjenme recobrar el aliento...
  ¿Piensan que estoy tratando de hacerles reír? Entonces han vuelto a entenderme mal. No soy en modo alguno el tipo alegre que creen, o que podrían creer que soy. Pero si les irrita mi parloteo (y siento que ya debe molestarles), y tienen ganas de preguntarme quién diablos son al fin de cuentas, tendré que contestar que soy un asesor colegiado, empleado de octava clase. Entre en el servicio para poder comer (y sólo por eso). Pero cuando murió un pariente lejano, dejándome seis mil rublos, renuncié en el acto y me instalé aquí, en mi rincón. He vivido aquí aún antes de eso, pero ahora estoy establecido de verdad. Mi habitación es miserable y fea, y se encuentra en las afueras de la ciudad. La criada es una campesina, mala por pura estupidez; además, siempre huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo es malo para mí y que, dado lo escaso de mis ingresos, resulta un lugar muy caro. Todo eso lo sé. Lo sé mejor que todos mis presuntos consejeros. ¡Pero me quedaré en Petersburgo! ¡No me iré! No me iré porque...
 
[...] ¿Quién fue el primero que dijo que el hombre hace cosas feas sólo porque no sabré cuáles son sus verdaderos intereses, que si alguien lo esclareciera en ese sentido dejaría inmediatamente de actuar como un cerdo y se volvería noble y bondadoso? Al verse esclarecido, continua el argumento, y al advertir en qué consiste en su verdadero interés, se daría cuenta de que este tiene su centro en la acción virtuosa. Y como ya se sabe que un hombre no actúa en forma deliberada contra sus intereses, se seguiría de ello que no tendría más elección que las de volverse bueno. ¡Oh, cuánta inocencia! ¿Desde cuándo, en estos últimos milenios, ha actuado el hombre exclusivamente por su propio interés? ¿Y qué hay de los millones de hechos que demuestran que los hombres, de modo deliberado y con pleno conocimiento de cuáles eran sus verdaderos intereses, los despreciaron y se precipitaron en una dirección distinta? Y lo hicieron por su propia cuenta, sin que nadie los aconsejara, negándose a seguir el camino seguro, trillado, y lo siguieron con empecinamiento, a oscuras. ¿No sugiere esto que la testarudez y la terquedad eran más fuertes en esos hombres que sus intereses?
 ¡Interés! ¿Qué interés? ¿Pueden ustedes definir cuál es el interés de un ser humano? Y supongamos que el interés de un hombre no sólo concuerda con algo dañino, antes que con algo ventajoso, sino que además lo exige. Por supuesto, si ese caso es posible, entonces la regla queda reducida a polvo. Y ahora díganme: ¿es posible un caso así? Pueden reír, si lo desean, pero quieren que me contesten lo siguiente: ¿no hay una medida exacta para las ventajas humanas? ¿No se omiten algunas que no pueden ser incluidas en esta clasificación? Por lo que puede entender, ustedes han basado su escala de ventaja en promedios estadísticos y en fórmulas científicas pensadas por los economistas. Y como la escala está compuesta de intereses tales como la felicidad, la prosperidad, la libertad, la seguridad y todo lo demás, un hombre  que de modo deliberado hiciera caso omiso de dicha escalera sería tachado por ustedes -y también por mí en realidad- de oscurantista, de loco de remate. Pero lo verdaderamente notable es que los estadísticos, los sabios  y los humanitarios de ustedes, cuando hacen la lista de los intereses humanos, insisten en omitir uno de ellos. Jamás se acuerdan de él, con lo cual invalidan todo sus cálculos. Cualquiera creería que es muy fácil agregarlo a la lista. Pero ese es el problema; no encaja en ninguna escala ni diagrama.
 Por ejemplo, damas y caballeros, yo tengo un amigo; es claro que también es amigo de ustedes y en realidad, de todo el mundo. Cuando a punto de hacer algo, este amigo explicar con palabras pomposas y en detalle de qué manera debe actuar para concordar con los preceptos de la justicia y razón. Más aún, se muestra apasionado cuando perora sobre los intereses humanos; desprecia a los tontos miopes que no saben qué es la virtud o qué les conviene. Luego, exactamente quince minutos después, sin un motivo externo evidente, pero impulsado por algo interior, más fuerte que toda consideración de intereses, describe una piriueta y dice todo lo contrario de lo que ha venido diciendo. A saber, desacredita las leyes de la lógica y sus propios intereses; en una palabra, lo ataca todo...
Ahora bien, como mi amigo es un tipo complejo, no es posible desecharlo por considerarlo un individuo raro. De manera que quizás exista algo que todos los hombres valoran por encima de las más altas ventajas individuales, o (para no ser ilógicos) es posible que haya una ventaja humana mas ventajosa (precisamente la que siempre se omite) que también es más importante que las otras y por lo cual un hombre, si es necesario, hará frente a la razón, el honor, la seguridad y la prosperidad -en una palabra, a todas las cosas bellas y útiles- nada más que para alcanzarla, para lograr la ventaja más ventajosa de todas, las más cara para él.
 -Y qué - me interrumpirán ustedes-; de cualquier manera es una ventaja.
  Un momento. Quiero expresarme con claridad. No es un problema de palabras. Lo notable de ventaja es que transforma todas las clasificaciones y tablas compuestas por los humanitaristas para felicidad del género humano,. Las ahuyenta, por decirlo así. Pero antes de dar nombre a esa ventaja, permítaseme comprometerme y declarar qué todos esos encantadores sistemas, todas esas teorías que explican al hombre cuál es su verdadero interés, de modo que al alcanzarlo se vuelva en el acto bueno, y noble, todas ellas no son, en mi opinión, otra cosa que estériles ejercicios de lógica. Sí, nada más que eso. Por ejemplo, proponer la teoría de la regeneración  humana por la búsqueda de sus verdaderos intereses es, creo yo, casi como...bueno, como, decir, cual dice H.T. Buckle, que el hombre madura bajo la influencia de la civilización y se vuelve menos sanguinario y propenso a hacer la guerra. Para llegar a esta conclusión parece haber seguido un razonamiento lógico. Pero los hombres lo adoran los razonamientos abstractos y las sistematizaciones bien elaboradas, a tal punto, que no les molesta deformar la verdad, cierran  los ojos y los oídos a todas las pruebas que los contradicen, con tal de conservar sus construcciones lógicas. Y yo diría que el ejemplo que he tomado aquí es en verdad flagrante. No hay más que mirar en torno y se verán derramamientos de sangre, y la sangre es derramada casi jugando, como si fuese champagne. ¡Ahí tienen a Estados Unidos, esa indisoluble unión, hundida hasta el cuello en la guerra civil! Ahí tiene la farsa de Schleswig-Golstein...
 ¿Y qué hay en nosotros que haya sido suavizado por la civilización? Afirmo que lo único que ésta hace es desarrollar en el hombre una mayor capacidad para experimentar una mayor variedad de sensaciones. Y nada, absolutamente nada más. Y gracias a ese desarrollo, es posible que el hombre puede todavía aprender a gozar con el derramamiento de sangre. ¡Pero su eso ya ha sucedido! ¿Se han dado cuenta, por ejemplo, de que los tiranos, mas refinados y sanguinarios, comparados con quienes los Atila y los Stenka Tazin equivalen a simples niños de coro, son a menudo exquisitamente civilizados? En realidad, si no resultan tan notables es porque hay demasiados de ellos, y porque se nos han vuelto demasiado familiares. La civilización ha hecho al hombre, si no siempre mas sediente de sangre, por lo menos mas furiosas, mas horriblemente sanguinario. En el pasado se veía justicia en el derramamiento de sangre, y se mataba, sin mayores remordimientos de conciencia, a aquellos a quienes se consideraban necesario matar. Hoy, aunque consideramos espantoso derramar sangre, seguimos haciéndolo, y en escala mucho mayor que hasta ahora. Se ha dicho que Cleopatra -y, por favor, perdónenme por este ejemplo de la historia antigua- sentía placer cuando clavaba agujas de oro en los pechos de sus esclavas, que se deleitaba con sus gritos y contorsiones. Podrán ustedes objetarme que esto sucedía en tiempo relativamente bárbaros; o quizá digan que todavía hoy vivimos en una época bárbara (también en términos relativos), que todavía se clava agujas a la gente y que aún hoy, aunque el hombre ha aprendido a tener más discernimiento que en tiempos antiguos, todavía debe aprender a seguir los dictados de su razón.
 Ello no obstante, en los pensamientos de ustedes no cabe duda alguna de que lo aprenderá en cuanto se haya liberado de ciertas malas costumbres antiguas, y cuando el buen sentido y la ciencia hayan reeducado por completo la naturaleza humana, dirigiéndola por los caminos adecuados. Parecen estar seguros de que el hombre mismo abandonara sus extravíos por su propia y libre voluntad, y dejará de oponer su arbitrio a sus intereses. Más aún: dicen que la ciencia enseñará al hombre (aunque se me ocurre que esto es un lujo) que no tiene voluntad ni caprichos- que en verdad nunca los tuvo-, que es algo así como un teclado de piano o un pedal de órgano; que por otra parte, hay en el universo leyes naturales, y que todo lo que le ocurre sucede fuera de su voluntad, por sí mismo, como si dijéramos, en consonancia con las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, lo único que queda por hacer es descubrir esas leyes y el hombre ya no será responsable de sus actos. Entonces la vida resultará en verdad fácil para él. Todos los actos humanos serán incorporados, por medio de una lista, a algo así como tablas de logaritmos, digamos hasta el número 108.000, y trasladaos a un almanaque. O mejor aún, aparecerán catalogados destinados a ayudarnos tal como hacen los diccionarios y las enciclopedias. Contendrán detallados cálculos y pronósticos exacto de todo lo que vendrá, de modo que ya no sean posible en este mundo las aventuras ni la acción.
  Y entonces -ustedes son quienes hablan- surgirán nuevas relaciones económicas, relaciones hechas de medida y calculadas de antemano con precisión matemática, de forma que en el acto desaparecen todos los problemas posibles, porque todos reciben las soluciones posibles. Y entonces se levantará el utópico palacio de cristal; y entonces...bueno, la vida será eterna bienaventuranza.
  Por supuesto, ni pueden garantizar (ahora hablo yo) que eso no resulte espantosamente aburrido (¿pues qué se podrá hacer cuando todo esté predeterminado por almanaques?). Pero, por otra parte, todo estará planeado en forma muy razonable.
  Pero es posible que uno haga cualquier cosa de puro tedio. Por aburrimiento se clava agujas de oro a la gente. Pero eso no es nada. Lo verdaderamente mal (soy yo quien vuelve a hablar) es que entonces las agujas de oro serán consideradas una bendición. El problema del hombre consiste en que es estúpido. Fenomenalmente estúpido. O sea, que aunque no sea estúpido de veras, es tan desagradecido, que no es posible encontrar otra criatura tan ingrata. A mí, por ejemplo, no me sorprendería en modo alguno, sí, en esa futura era de la raza apareciera de pronto un caballero con una sonrisita desagradecida, o digamos retrógrada, y, con los brazos en jarra, nos dijera:
-¿Qué les parece, amigos?, mandemos esta razón al demonio, saquémonos de debajo de los pies todas estas tablas de logaritmos y volvamos a nuestras propias y estúpidas costumbres.
  Eso no es tan enojoso por sí mismo: lo malo es que ese caballero encontraría partidarios, con toda seguridad. Porque así está hecho el hombre.
  Y la explicación es tan sencilla, que casi no parece haber necesidad de presentarla; a saber, prefiere actuar como se le antoja, y no como le dicen la razón y sus intereses, pues es muy posible que sienta deseos de actuar contra sus intereses, y en algunos casos digo que desea positivamente actuar de esa manera. Pero es es mi opinión personal.
  De manera que la libre e ilimitada elección de uno, el capricho individual, aunque sea el más loco, producto de una fantasía llevada a veces hasta el frenesí, esa es la ventaja más ventajosa que no puede ser incorporada a ninguna tabla ni escala, y que convierte en polvo, con su solo contacto, todos los sistemas y todas las teorías. ¿Y de dónde sacaron todos esos sabios la idea de que el hombre debe tener algo que en opinión de ellos es una serie de deseos normales y virtuosos? ¿Qué les hace creer que la voluntad humana tiene que ser razonable y concorde con sus intereses? Lo único que el hombre necesita de veras es la voluntad independiente, a toda costa y sean cuales fueren las consecuencias.
  Hablando de la voluntad, maldito sea si...
  -¡Ha, ja, ja! Hablando en términos estrictos, ¡eso que se llama voluntad no existe!- me interrumpirán ustedes con una risotada-. Hoy la ciencia ha logrado disecar al hombre lo suficiente como poder afirmar que lo que conocemos con el nombre de deseo y libre albedrío no es más que...
  ¡Esperen, esperen un momento! Ya iba a llegar a eso. Admito que inclusive me asusto un poco. Estaba a punto de decir que la voluntad dependía del diablo sabe que, y que quizá deberíamos estarle agradecidos a Dios por eso, pero entonces me acorde de la ciencia y eso me freno. Y en ese momento ustedes me interrumpieron. Ahora bien, supongamos que un día descubrieran de verdad una fórmula que constituyera la raíz de todos nuestros deseos y caprichos, y que nos dijera de que dependen estos, a que leyes están sometidos, como se desarrollan, hacia que apuntan en tal y cual caso, etcétera; es decir, supongamos que encontrasen una verdadera ecuación matemática. Bueno, lo más probable es que entonces el hombre deje de tener deseos, casi con seguridad. ¿Qué alegría podría encontrar en el hecho de funcionar de acuerdo a una tabla de tiempos? Más aún, se convertiría en un pedal de órgano, o algo por el estilo, ¿pues que es un hombre sin voluntad, deseos, ni aspiraciones, sino un pedal de órgano?
  Examinemos, por consiguiente, las posibilidades de que eso ocurra o no. ¿Qué les parece a ustedes?
   -Hummm -me dirán-, la mayor parte de nuestros deseos son errados a consecuencia de una evaluación equivocada de cuáles son nuestros intereses. Si a veces deseamos algo que no tiene sentido, ello se debe a que, en nuestra estupidez, creemos que es la forma más fácil de lograr una supuesta ventaja. Pero cuando todo eso nos ha sido explicado y elaborado en una hoja de papel (lo cual es posible, porque es despreciable y carente de razón afirmar que pueden existir leyes de la naturaleza que el hombre no logre penetrar), tales deseos dejarán sencillamente de existir. Pues cuando el deseo se combina con la razón, en lugar de desear razonamos. En ese caso resulta imposible conservar la razón y desear algo insensato, es decir, nocivo. Y en cuanto sea posible computar todos nuestros deseos y razonamientos (pues llegara el día en que entendamos qué es lo que gobierna a lo que ahora describimos como nuestro libre albedrío), es probable que contemos con algún tipo de tablas que orienten nuestros deseos, lo mismo que cualquier otra cosa. De manera que si un hombre le saca la lengua a alguien será porque no puede dejar de sacarla, y porque tiene que hacerlo colocando la cabeza exactamente en el ángulo en que lo hace. ¿Y qué libertad quedará entonces en él, en particular si es un hombre culto, un hombre de ciencia diplomado? ¡Pues podrá planificar su vida con treinta años de anticipación! De todos modos, si se llega a eso no tendremos más remedio que aceptarlo.  Debemos repetirnos a cada rato que en ningún momento ni lugar nos pedirá la naturaleza permiso para nada; que debemos aceptarla tal como es, y no tal como nos la pintamos en la imaginación; que si avanzamos hacia los gráficos, las tablas de tiempos y aun los tubo de ensayo, bueno, tendremos que aceptar todo eso, ¡incluido, por su puesto, el tubo de ensayo! Y si no queremos aceptarlo, la naturaleza misma hará que...
   Sí, sí, ya sé, ya sé... Pero ahí hay un inconciente, por lo que a mí respecta. Tendrán que perdonarme, damas y caballeros, si me hago un embrollo con mis propios pensamientos. Hay que tener en cuenta el hecho de que me he pasado los cuarenta años de mi vida en una cuevas de ratones, debajo de piso. Permítanme, entonces, que de rienda suelta a mi fantasía.
  Admiro que la razón es algo bueno. Eso no se puede discutir. Pero la razón es sólo razón, y no hace más que satisfacer las exigencias racionales del hombre. Por otra parte, el deseo es la manifestación de la vida misma -de todo la vida-, y lo abarca todo, desde la razón hasta el impulso de rascarse. Y aunque la vida puede convertirse a menudo en un asunto sucio cuando somos orientados por nuestros deseos, sigue siendo vida, y no una serie de extracciones de raíces cuadradas. 
  Yo, por ejemplo, por instinto quiero vivir, ejercer todos los aspectos de la vida que hay en mí, y no sólo la razón, que equivale quizás a no más de un vigésimo del todo.
 ¿Y qué sabe la razón? Sólo sabe lo que ha tenido tiempo de aprender. Muchas cosas seguirán siendo desconocidas para ella. Esto hay que decirlo aunque no tenga nada de alentador.
  Pero la naturaleza humana es todo lo contrario. Actúa como una entidad, usa todo lo que tiene, lo consciente y lo inconciente, y aunque nos engañe, vive. Sospecho, damas y caballeros, que me están mirando con compasión, preguntándose cómo no logro entender que un hombre esclarecido y culto, como el hombre del futuro, no puede tener deseos deliberados de perjudicarse. Para ustedes es una cuestión de matemáticas puras. De acuerdo, es matemáticas. Pero déjenme repetirles por centésima vez que existe un caso en que el hombre puede desear, con plena conciencia, hacerse algo dañino, estúpido y aun totalmente idiota. Y lo hará para dejar sentado su derecho a desear las cosas más idiotas, y para verse obligado a tener sólo deseos sensatos. ¿Pero que resulta ser la cosa más ventajosa de la tierra para nosotros, como a veces sucede? En términos específicos, puede resultar más ventajoso para nosotros que cualquier otra ventaja, aun cuando resulte evidente que nos hace daño y que contraría todas las conclusiones sensatas de nuestra razón respecto de nuestros intereses. Porque, suceda lo que sucediere, nos deja nuestra posesión más importante, más preciada: nuestra individualidad.
  Algunas personas reconocen, por ejemplo, que el deseo podría ser lo que el hombre más atesora. Es claro que el deseo, si así lo quiere, puede concordar con la razón, en especial si se lo usa con frugalidad, sin ir nunca demasiado lejos. Entonces el deseo resulta útil, y hasta digno de elogio.
  Supongamos, damas y caballeros, que el hombre no es estúpido. (Porque, en verdad, si decimos que es estúpido, ¿a quién podremos llamar inteligente?) Pero aunque no sea estúpido, es monstruosamente desagradecido. ¡Fenomenalmente desagradecido! Inclusive diría que la mejor definición de hombre es: un bípedo desagradecido. Pero ese es todavía su defecto principal si principal defecto es su perversidad crónica, y ya ha sufrido de ella a todo lo largo de la historia, desde el Diluvio hasta las crisis de Schleswig- Golstein. Perversión y, por lo tanto, falta de buen sentido, pues bien, se sabe que la perversidad se debe a la carencia de buen sentido. Echen una ojeada a la historia de la humanidad y díganme qué ven en ella. ¿Les parece majestuosa? Es posible. El Coloso de Rodas es lo bastante impresionante como para haber impulsado al señor Anaievski a decir que algunos la consideran una obra del hombre y otros una creación de la naturaleza. ¿La encuentran llena de colorido? Sí, supongo que en la historia de la humanidad hay mucho color. Piénsese en todos los uniformes militares y en todas las vestimentas civiles. Esto por si mismo parece bastante impresionante. Y si pensamos en todos los uniformes que se usan en todas las ocasiones semioficiales, hay tanto colorido, que cualquier historiador quedaría deslumbrado. ¿Les parece monótona? Sí, hay mucho de razón en eso. Combaten y combaten y combaten; están combatiendo ahora, lucharon antes y volverán a hacerlo en el futuro. Sí, convengo en que es un poco monótona.
  De modo que ya ven; sobre la historia mundial se puede decir cualquier cosas; todas y cualquiera de las cosas que se le pueda ocurrir a la imaginación más mórbida. Menos una. No se puede decir que la historia sea razonable. La palabra se le queda a uno en la garganta. Y he aquí lo que sucede a cada rato: hombres buenos y razonables, sabios y humanitarios, tratan de vivir una vida constantemente buena y sensata, de servir, por decirlo así, de antorchas humanas para iluminar el camino de sus prójimos, para demostrarles qué puede hacerse. ¿Y qué resulta de ello? Por supuesto, tarde o temprano, estos amantes del género humano se dan por vencidos, algunos en medio de un escándalo, y a menudo de un escándolo bastante indecente.
  Y ahora quiero preguntarles algo: ¿qué se puede esperar del hombre, si se tiene en cuenta que es una criatura tan extraña? Se pueden derramar sobre él todas las bendiciones de la tierra, ahogarlo en dicha, de modo que sólo se vea las burbujas que suben a la superficie de su ventura; se le puede otorgar tal seguridad económica, que no tenga que hacer otra cosa que dormir, mordisquear tortas y preocuparse de impedir que la historia mundial se interrumpa. Y aun entonces, por pura malicia se interrumpe. Y aun entonces, por pura malicia e ingratitud, el hombre les hará una sucia jugarreta. Inclusive pondrá en peligro su vida en beneficio de las más flagrante estupidez, de la tontería económicamente más insegura, nada más que para inyectar sus propias fantasías, desastrosas y letales, en toda la solidez y sensatez que lo rodean. Precisamente quiere preservar sus perniciosas fantasías y sus vulgares trivialidades, aunque sólo sea para asegurarse de que los hombres siguen siendo hombres (como si eso fuera tan importante), y no teclados de piano, que responde a las leyes de la naturaleza. Quien sabe por qué, al hombre le molesta la idea de no poder desear ese deseo no figura en su tabla de tiempos en ese momento.
  Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus tretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. Y si no los tuviera a mano, inventaría los medios de destrucción, de caos, y todos los tipos de sufrimiento necesarios para lograr su objetivo. Por ejemplo, maldeciría en voz lo bastante alta para que todo el mundo lo escuchara -maldecir es prerrogativa del hombre, y lo distingue de todos los demás animales-, y quizás el solo hecho de maldecir le daría lo que quiere, es decir, le demostraría que es un hombre, y no una tecla de piano.
 Pero se puede decir que también esto es posible calcularlo de antemano e incluirlo en la lista -el caos, las maldiciones y todo-, y que la posibilidad misma del cálculo lo impediría, de forma que predominaría la cordura. ¡Oh, no! En ese caso el hombre enloquecería adrede, nada más que para incomunicarse a la razón.
  Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano. Y el hombre seguirá demostrándolo, pagándolo con su piel; si hace falta, se convertirá en un troglodita. Y como esto es así, no puedo dejar de alegrarme de que las cosas sigan siendo como son y que por el momento nadie sepa qué es lo que determina nuestros deseos.




martes, 21 de febrero de 2017

Chésterton y las paradojas de Job

Job soporta los improperios de sus amigos (página miniada de Las muy ricas horas del Duque de Berry, f82r, Musée Condé, Chantilly).

Hace tiempo leí El libro de job, un ensayo de G.K Chésterton. No lo había encontrado subido a la güeb. Aquí les va. De lo más audaz que he encontrado en mucho tiempo.

¿Por qué sufre el inocente? ¿Por qué Dios permite que le sucedan cosas malas a los buenos? Job, a punto de quebrarse por las tragedias padecidas, quema su último cartucho: enfrentarse con Dios y exigir un por qué. Parece decirle: «¿Qué explicación me das tú, –¡sí! ¡A ti te llamo, Dios!- de mi paso por la tierra, si tratas así al que es justo?». En el relato, Dios mismo da un paso al frente, toma las preguntas del doliente y las reformula de modo más radical: «¡Sí! ¡Tienes razón! ¿Por qué sufre el inocente? ¡Justifícate!». En su respuesta, Dios sólo habla de la grandeza de la creación -«¿Dónde estabas tu cuando yo fundaba la tierra?»- y de lo poco que Job sabe de ella. Es un «¡¿Pero tú qué sabes?!» en toda regla. En esta solución –que no devela nada–, Job encuentra consuelo. ¿Cómo es posible algo así? ¿Cómo puede ser que una no-respuesta, signifique la contestación definitiva que alivia a Job? 

La explicación del sufrimiento del inocente queda en el misterio de Dios. Es decir, sí hay respuesta, pero no es la develación de una fórmula para comprender los motivos del mal o cómo Dios saca de ahí algún bien. No. Job encuentra algo mejor que una fórmula filosófica: un acompañante. En otras palabras, la respuesta es tanto dejar sin clarificar el problema del dolor, como solucionarlo ofreciendo su cercanía. Ratzinger lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo». 

De esta paradoja, Chésterton ofrece una conclusión más. El libro de Job enseña que «si la prosperidad se considera la recompensa de la virtud, se la considerará un síntoma de la virtud. Los hombres abandonarán la pesada tarea de hacer triunfar a los buenos y se dedicarán a la labor más sencilla de hacer buenos a los triunfadores». 

Aquí va el texto. Abajo, el libro del que lo saqué. Le hice unas pequeñísimas correcciones a la traducción que me parece lo acercan más al sentido del texto original. Ya lo saben, traduttore, traditore:
[212]
El libro de Job
G.K. Chésterton 
La idea central de gran parte del Antiguo Testamento podría ser la idea de la soledad de Dios. Dios no es sólo el personaje principal del Antiguo Testamento; Dios es propiamente el único personaje del Antiguo Testamento. Comparadas con Su claridad de propósito todas las demás voluntades parecen pesadas y automáticas, como las de los animales; comparados con Él todos los hijos de la carne son sombras. Una y otra vez, se insiste en la misma cosa: «¿A quién demandó consejo?» (Is 40:14) «Yo he pisado el lagar solo y nadie había conmigo.» (Is 63:3). Los patriarcas y profetas no son más que meras armas o herramientas, pues el Señor es un guerrero. Utiliza a Josué como un hacha o a Moisés como una vara de medir. Para Él, Sansón es sólo una espada e Isaías una trompeta. De los santos del cristianismo se supone que son como Dios, como si fueran estatuillas de Él. Del héroe del Antiguo testamento no se supone que sea de la misma naturaleza que Dios más de lo que se supone que una sierra o de un martillo sean de la misma naturaleza que el carpintero. Ésa es la clave y la característica principal de las Escrituras hebreas en su conjunto. Hay, sin duda, en dichas Escrituras innumerables ejemplos del humor burdo, las emociones exacerbadas y las poderosas personalidades que nunca faltan en la prosa y en la poesía primitiva. Sin embargo, la característica principal sigue siendo la misma: la intuición de que Dios no sólo es más fuerte que el hombre, no sólo no es más secreto que el [213] hombre, sino que Él significa más, que Él sabe mejor lo que está haciendo, que, comparados con Él, tenemos algo de la vaguedad, la sin razón y el vagar de las bestias que perecen. Es «Él quien se sienta sobre el círculo de la tierra desde donde sus habitantes parecen saltamontes» (Is 40:22). Casi podríamos decirlo así: el libro está tan interesado en afirmar la personalidad de Dios que casi afirma la impersonalidad del hombre. A menos que algo haya sido concebido por ese gigantesco cerebro cósmico, dicha cosa será vacía e incierta; el hombre carece de la tenacidad suficiente para asegurar su continuidad. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Salmo 127:1). 
De modo que el Antiguo Testamento se regodea constantemente en la idea de la aniquilación del hombre comparado con el propósito divino. El libro de Job parece categóricamente solo, porque pregunta categóricamente: «¿Cuál es el propósito de Dios?». ¿Vale incluso el sacrificio de nuestra miserable humanidad? Por supuesto, es muy fácil destruir nuestras insignificantes voluntades en nombre de una voluntad que es mayor y mejor. Que Dios emplee Sus herramientas; que Dios rompa Sus herramientas. ¿Pero qué hace y para qué las rompe? Ésa es la pregunta que nos obliga a abordar el enigma del libro de Job como un enigma filosófico. 
La vigencia del libro de Job no puede expresarse de manera adecuada ni siquiera diciendo que es el más interesante de los libros antiguos. Casi podríamos decir de él que es el más interesante de los libros modernos. La verdad, por supuesto, es que ninguna de las dos frases abarca toda la cuestión, porque la religión fundamentalmente humana y la irreligión fundamentalmente humana son a la [214] vez antiguas y nuevas; la filosofía o es eterna o no es filosofía. La costumbre moderna de decir: «Ésta es mi opinión, aunque puedo estar equivocado», es completamente irracional. Si admito que puedo estar equivocado, es que no es mi opinión. La costumbre moderna de decir: «Todo el mundo tiene su propia filosofía; ésta es la mía y la que me conviene», es una costumbre que sólo revela debilidad mental. Una filosofía cósmica no se construye para que se adapte al cosmos. Nadie puede poseer una filosofía privada más de lo que puede poseer un sol privado o una luna privada. 
La principal belleza intelectual del libro de Job consiste en que todo él gira en torno a ese deseo de conocer la realidad; el deseo de saber lo que es, y no sólo lo que parece. Si este libro lo escribiesen los modernos, nos encontraríamos con que probablemente Job y los que trataban de consolarlo llegarían a ponerse de acuerdo mediante la sencilla operación de atribuir sus diferencias a eso que llamamos temperamentos y de asegurar que los que le consolaban eran «optimistas» por naturaleza mientras que Job era «pesimista» por naturaleza. Y se quedarían tan contentos, como hace mucha gente, al menos durante un tiempo, al aceptar algo que obviamente no es cierto. Pues, aun suponiendo que la palabra «pesimista» signifique alguna cosa, es incuestionable que Job no es un pesimista. Su caso basta para refutar ese moderno absurdo de relacionarlo todo con el temperamento físico. Job de ningún modo contempla la vida de forma sombría. Si desear ser feliz y estar dispuesto a ser feliz es ser optimista, entonces Job es un optimista; es un optimista ultrajado y calumniado. Él quiere que el universo se justifique, no porque desee descubrir su error, sino porque realmente quiere que esté justificado. Le exige a Dios una explicación, pero ni mucho menos en el tono en el que Hampden podría exigirle una [215] explicación a Carlos I, sino como le pediría explicaciones una esposa a un marido a quien respetara realmente. Protesta ante su Creador porque está orgulloso de Su Creador. Incluso se refiere al Todopoderoso como su enemigo, pero en el fondo de su corazón nunca duda de que su enemigo tiene razones que él no entiende. En una hermosa y famosa blasfemia dice: «¡Oh, que un adversario escriba un libro!» (Job 31:35) Y nunca se le ocurre que pudiera tratarse de un mal libro. Está ansioso de que lo convenzan. En pocas palabras, podemos decir que, suponiendo que la palabra «optimista» tenga algún significado (cosa que dudo), Job es un optimista. Sacude los pilares de la tierra y golpea insesatamente contra el cielo; fustiga las estrellas, pero no para acallarlas, sino para hacerlas hablar. 
Del mismo modo, podemos hablar de los optimistas oficiales, los que tratan de consolar a Job. De nuevo, si la palabra «pesimista» tiene algún significado (cosa que dudo), los que tratan de consolar a Job podrían considerarse más pesimistas que optimistas. Lo único que verdaderamente creen no es que Dios sea bueno, sino que Dios es tan poderoso que resulta más juicioso llamarle bueno. Sería una censura exagerada llamarlos evolucionistas, pero tienen algo del error vital del optimista evolucionista. Insisten en decir que en el universo todo encaja, como si tuviera algo de reconfortante que un montón de cosas desagradables encajen unas con otras. Más tarde veremos como Dios, en el gran climax del poema, vuelve este argumento del revés. 
Cuando, al final del poema, Dios aparece (de forma algo abrupta) en escena, se tañe la súbita y espléndida nota que le da toda su grandeza. Todos los seres humanos de la historia, y en especial Job, han estado haciéndose pregun[216]tas sobre Dios. Un poeta más trivial habría hecho intervenir, de un modo u otro, a Dios para contestar a sus preguntas. Pero, por un toque de auténtica inspiración, cuando Dios hace su aparición, es para plantear a su vez una serie de preguntas. En este drama del escepticismo el propio Dios adopta el papel del escéptico. Hace lo que todas las grandes voces que han defendido la religión. Hace, por ejemplo, lo que hizo Sócrates. Vuelve el racionalismo contra sí mismo. Parece querernos decir que, si de plantear preguntas se trata, Él puede plantear algunas que derribarán y aniquilarán a todos sus interrogadores. El poeta, merced a una exquisita intuición, hace que, irónicamente, Dios acepte la igualdad en la controversia con sus acusadores. Está dispuesto a considerarlo un duelo intelectual legítimo: «Si eres hombre, cíñete los lomos: voy a interrogarte y tú responderás-» (Job 38:3). El Eterno adopta una humildad enormemente sardónica. Está dispuesto a ser juzgado. Tan sólo reclama el derecho de cualquier persona que va a ser juzgada; pide que le permitan interrogar a su vez a los testigos de la acusación. Y lleva aún más lejos la corrección del paralelismo legal. Pues, en esencia, lo primero que le pregunta a Job es lo mismo que se le permitiría preguntar a cualquier criminal que hubiese sido acusado por Job: le pregunta a Job quién es él. Y Job, que es un cándido, se toma poco tiempo para pensar la respuesta y llega a la conclusión de que no sabe. 
Éste es el primer gran hecho en el que es preciso reparar acerca del discurso de Dios, que culmina el interrogatorio. Representa a todos los escépticos que se ven superados por un escepticismo mayor. Este método, empleado a veces por cerebros supremos y otras veces por inteligencias mediocres, ha sido desde entonces el arma lógica del [217] verdadero místico. Sócrates, como he dicho, lo empleó cuando demostró que si se le dejaba utilizar un poco la sofística podía destruir a todos los sofistas. Jesucristo lo utilizó cuando recordó a los saduceos, que decían ser incapaces de concebir la naturaleza del matrimonio en el cielo, que, puestos a eso, tampoco habían concebido la naturaleza del matrimonio en absoluto. En plena disgregación de la teología cristiana en el siglo XVIII, Butler hizo uso de él cuando señaló que los argumentos racionalistas podían emplearse tanto contra la religión en general como contra la religión doctrinal, tanto contra la ética racionalista como contra la ética cristiana. Es la raíz y la razón del hecho de que hombres que tienen fe religiosa tengan también dudas filosóficas, como el cardenal Newman, el señor Balfour, o el señor Mallock. Todos son pequeños arroyos del Delta; el libro de Job es la primera catarata que da origen al río. Al tratar con el interrogante que plantea dudas, el método correcto es animarle a seguir dudando, que dude un poco más, que dude cada día de las cosas nuevas y más sorprendentes en el universo, hasta que por fin, mediante alguna extraña iluminación, pueda llegar a dudar de sí mismo. 
Éste, digo, es el primer hecho relativo al discurso. La fina inspiración mediante la cual Dios llega a no contestar a los acertijos sino a plantearlos. El otro gran hecho que, junto con éste, hace que se trate de una obra religiosa y no meramente filosófica es esa otra gran sorpresa de que Job se contente de pronto con la mera presentación de algo impenetrable. Verbalmente, los enigmas de Jehová parecen más oscuros y más desolados que los enigmas de Job; sin embargo, Job carecía de consuelo antes del discurso de Jehová y encuentra consuelo tras él. No se le dice nada, pero percibe la atmósfera terrible y hormigueante de algo que es demasiado bueno para contarlo. El rechazo de Dios [218] a explicar Su plan es en sí mismo una ardiente insinuación de Su plan. Los enigmas de Dios resultan más satisfactorios que las explicaciones del hombre. 
En tercer lugar, por supuesto, está uno de los espléndidos golpes con los que Dios censura por igual al hombre que le acusaba y al que le defendía; pues Él golpea a pesimistas y a optimistas con el mismo martillo. 
Y es con respecto a los que rutinaria y altaneramente acuden a consolar a Job cuando ocurre la aún más profunda y refinada inversión a la que ya me he referido. El optimista rutinario admite que se empeña en justificar el universo sobre la base de que se trata de un modelo racional y consecuente. Señala que lo bueno del mundo es que todo puede explicase. Un punto sobre el que, si se me permite decirlo así, Dios es explícito hasta rozar la violencia. Dios dice, en efecto, que si el mundo tiene algo bueno es que, en lo que se refiere a los hombres, no puede explicarse. Insiste en la inexplicabilidad de las cosas: «¿Tiene padre la lluvia? [...]  ¿De qué seno nacen los hielos?» (Job 38:28; 38:29) Va más allá e insiste en la categórica y palpable sinrazón de las cosas: «¿Has hecho que llueva en las tierras despobladas, en la estepa donde no habita el hombre?» (Job 38:26). Dios hará que el hombre vea cosas, aunque sea ante el negro telón de la nada. Dios hará que Job vea un universo sorprendente, aunque sea haciéndole ver un universo estúpido. Para sorprender al hombre, Dios se convierte en blasfemo por un instante; uno casi podría decir que Dios se convierte en ateo por un instante. Despliega ante Job una larga lista de cosas creadas: el caballo, el águila, el cuervo, el asno salvaje, el pavo, el avestruz, el cocodrilo. Y los describe a todos de manera que parecen monstruos paseándose al sol. El conjunto es una especie de salmo o rapsodia de la capa[219]cidad de sorpresa. El hacedor de las cosas se sorprende ante las cosas que Él mismo ha creado. 
Eso es lo que podríamos llamar la tercera cuestión. Job plantea una pregunta; Dios le responde con una exclamación. En lugar de demostrarle a Job que se trata de un mundo explicable, insiste en que es mucho más extraño de lo que nunca pensó Job. Por último, el poeta ha conseguido en su discurso, con esa exactitud artística inconsciente típica de los poetas épicos más sencillos, algo mucho más delicado. Sin suavizar por un instante la rígida impenetrabilidad de Jehová en Su deliberad declaración, consigue caer aquí y allá, en las metáforas, en la imaginería parentética, espléndidas y repentinas sugerencias de que el secreto de Dios es alegre y no triste –sugerencia semiaccidentales, como la luz entrevista por un instante a través de las grietas de la puerta cerrada-. Sería difícil alabar en exceso, en un sentido puramente poético, esa exactitud instintiva y la facilidad con la que tan optimistas insinuaciones conectan con otras, como si el propio Todopoderoso apenas se diese cuenta de que las está dejando entrever. Por ejemplo, tenemos el famoso pasaje en el que Jehová le pregunta a Job con un sarcasmo devastador dónde estaba cuando cimentó la tierra y luego (como si estuviera fijando meramente una fecha) menciona la ocasión en la que los hijos de Dios gritaron de alegría. Uno no puede dejar de sentir, incluso a partir de tan escasa información, que algún motivo debían de tener para gritar. O,  de nuevo, cuando Dios habla de la nieve y el granizo como en un sencillo catálogo del cosmos físico, parece referirse a un tesoro que ha acumulado para la hora de la batalla, como si anunciara algún tremendo Juicio Final en el que el mal será por fin vencido. 
Nada podría mejorar, artísticamente hablando, ese optimismo que asoma del agnosticismo como oro brillante [220] del contorno de una nube negra. A quienes consideran superficialmente el origen bárbaro de la épica puede que les parezca fantasioso encontrar tanta significación artística en símiles casuales o sus frases accidentales. Pero nadie que esté familiarizado con los grandes ejemplos de poesía semibárbara, como la Chanson de Roland o las viejas baladas, cometerá ese error. Nadie que sepa lo que es la poesía primitiva puede dejar de notar que, aunque su forma sencilla, algunos de sus efectos más conseguidos son sutiles. La Ilíada logra transmitir la idea de que en Héctor y Sarpedón hay un tono o matiz de resignación triste y caballeresca que no es lo suficientemente amarga como para poder llamarla pesimismo ni lo suficientemente alegre como para poder llamarla optimismo; Homero nunca habría podido decir eso con palabras elaboradas, pero de algún modo consigue decirlo con palabras sencillas. La Chanson de Roland logra expresar la idea de que el cristianismo impone a sus héroes una paradoja: la paradoja de una gran humildad en lo referido a los pecados y una gran ferocidad en lo que se refiere a las ideas. Por su puesto, la Chanson de Roland no podía decir eso; pero se las arregla para dar esa impresión. Del mismo modo, al libro de Job hay que reconocerle muchos efectos sutiles que estaban en el alma de su autor, sin estar, tal vez, en la imaginación de su autor. Y de ellos el más importante de todos sigue sin determinarse. 
Ignoro, y dudo que lo sepan siquiera los eruditos, si el libro de Job tuvo un gran efecto o llegó a afectar de algún modo al desarrollo posterior del pensamiento judío. Pero si efectivamente lo tuvo, puede que les salvara de un enorme colapso y decadencia. Aquí, en este libro, se plantea verdaderamente la pregunta de si Dios castiga invariablemente el vicio con un castigo terrenal y recompensa la virtud con la prosperidad terrenal. Si los judíos hubieran respondido mal a esa pregunta, po[221]drían haber perdido toda influencia en la historia de la humanidad. Podrían haberse hundido incluso hasta el nivel de la sociedad moderna y bien educada. Pues en cuanto la gente comienza a creer que la prosperidad es una recompensa a la virtud, es evidente que la calamidad está próxima. Si la prosperidad se considera la recompensa de la virtud, se la considerara un síntoma de la virtud. Los hombres abandonarán la pesada tarea de hacer triunfar a los buenos y se dedicarán a la labor más sencilla de hacer buenos a los triunfadores. Eso, que ha ocurrido a causa del comercio moderno y del periodismo, es la Némesis definitiva del perverso optimismo de los que consolaban a Job. Si los judíos lograron salvarse, fue porque el libro de Job les salvó. 
Si el libro de Job es un libro notable es, como ya he dicho, por el hecho de que no concluye de un modo convencionalmente satisfactorio. A Job no se le dice que sus desgracias se debieran a sus pecados o a parte de un plan para mejorarlo. Porque en el prólogo vemos a Job atormentado no porque fuera el peor de los hombres, sino porque era el mejor. Le lección de toda la obra es que las paradojas consuelan al hombre. Aquí encontramos la más obscura y extraña de las paradojas; y lo es, de acuerdo con todos los testimonios, la que resulta de lo más tranquilizadora. No necesito sugerir qué extraña y elevada historia le espera a esta paradoja de que el mejor de los hombres sufra la peor de las suertes. No necesito decir que, en el sentido más libre y más filosófico, hay una figura del Antiguo Testamento que constituye verdaderamente un paradigma; ni lo que está prefigurado en las heridas de Job.
CHESTERTON, G.K, «El libro de Job» en "Correr tras el propio sombrero y otros ensayos", traducido por TEMPRANO GARCÍA, MIGUEL, editado por MANGUEL, ALBERTO, ed. Acantilado, Barcelona, 2005, pp. 212-221. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Abrasado por el amor: Fantine y Quevedo


Algunos amores abrazan. Despiertan, llenan, fructifican, acogen un pasado y abren a un futuro. Su ley ordena que se «deberá besar al amado, estar junto a él y acariciarlo como a un hijo (Platón, La República, 403b)». Quien sea incapaz de ese cuidado es tosco, remata el discípulo de Sócrates.

Algunos amores abrasan. Su ley ordena embriagarse con ese amor, pero consume al amado y tritura al amante. Promete gozo, libertad y autenticidad, a costa del sacrificio del pasado y de secar las semillas que desatan el futuro. Curiosamente, también olvidan que «no body left behind»: tratan al cuerpo como un instrumento de su sueño, pero lo abandonan como un objeto sin lenguaje, ni significado.  Uno de esos amores hizo miserable a Fantine.

Quevedo contrasta estos dos tipos de amores en su poema «A una fuente». El agua, alguna vez encadenada en hielo por el invierno, serpentea rebosante de vida, liberada por el sol del verano. Pero su redentor se convierte en su verdugo: el calor la evapora. Pareciera que al limitarla, el invierno la protege y preserva. Sí, sí... pero no tanto frío que hiele el corazón.

¿Cómo lograr liberarse del frío que paraliza, sin dejarse consumir por el mismo calor que lo ha redimido?

A una fuente

¡Qué alegre que recibes
con toda tu corriente
al Sol, en cuya luz bulles y vives,
hija de antiguo bosque, sacra fuente!
¡Ay, cómo de sus rubio rayos fías
tu secreto caudal, tus aguas frías!
Blasonas confiada en el verano,
y haces bravata al invierno cano;
no le maltrates, porque en tal camino
ha de volver, aunque se va enojado;
y mira que tu nuevo Sol dorado
también se ha devolver como se vino.
De paso va por ti la Primavera
y el invierno; ley es de la alta esfera:
huésped son, no son habitadores
en ti los meses que revuelve el cielo.
Seca con el calor amas el hielo,
y presa con el hielo, los calores;
confieso que su lumbre te desata
de cárcel transparente,
que es cristal suelto, y pareció de plata;
pero temo que, ardiente,
viene más a beberte que a librarte;
y más debes quejarte
del que empobrece tu corriente clara,
que no del hielo que, piadoso, viendo
que te fatigas de ir siempre corriendo,
porque descanses, te congela y para.



lunes, 2 de marzo de 2015

Maestro, Colegial y depositado: Abelardo y Eloísa.


He terminado de leer Eloísa y Abelardo, de la medievalista francesa Régine Pernoud. La verdad al principio sólo me llamaba el chisme. También era atractivo para mí que el libro fuera escrito por Pernoud a la que le tengo confianza por las buenas biografías que le he leído como la de Juana de Arco. Además, le conozco unas muy interesantes descripciones de la Edad Media, o de la mujer en aquella época

Buscaba chisme, pero lo que encontré reflejada, para mi sorpresa, fue la crisis del amor que he visto en varios amigos jóvenes -algo que incluso puse aquí en el blog «Nació para ser mucho, y no fue nada»-. Por si fuera poco, también me tropecé con algo que no esperaba, una fórmula sumamente audaz de lo que es el matrimonio para un cristiano. Una joya. Es una explicación y una fórmula cuyo realismo encarnado, bastante atrevido, es la única manera de describir aquello que se quiere anunciar. Sólo si de dice así, el cristianismo puede ser coherente con lo que anuncia. 

Advierto que la entrada es un poco larga y al final una teología de un no-teólogo. Paciencia.

El chisme

Se conocieron en la Schola en 1115. Ella tendría alrededor de veinticinco años cuando su tío Fulberto contrató al maestro más famoso de la Universidad más prestigiosa de Occidente. Pedro Abelardo rondaba los 36 cuando convenció, -manipuló es más preciso- a Fulberto para ser profesor de su sobrina Eloísa. Y pues... sucedió. Es Abelardo quien lo describe en su Historia Calamitatum:
«Cuanto menos habíamos gustado estas delicias, con más ardor nos enfrascamos en ellas, sin llegar nunca al hastío [...] Con pretexto de la ciencia nos entregábamos totalmente al amor. Y el estudio de la lección nos ofrecía los encuentros secretos que el amor deseaba. Abríamos los libros, pero pasaban ante nosotros más palabras de amor que de la lección. Había más besos que palabras. Sepius ad sinus quam ad libros reducebantur manus. Con mucha más frecuencia el amor dirigía nuestras miradas hacia nosotros mismos que la lectura las fijaba en las páginas. [...] ¿Puedo decirte algo más? Ninguna gama o grado del amor se nos pasó por alto (p. 66. Las citas son de esta edición
Eloísa tampoco ahorra palabras. El maestro Pedro Abelardo era rockstar y ahora sólo suyo: «¿Qué reina o gran mujer no envidiaría mis placeres y mi cama?» Cuando el tío los descubre, el filósofo y su alumna huyen a casa de la hermana de aquel mientras nacía su hijo. Después, para reconciliarse con Fulberto, Abelardo le ofrece casarse en secreto con Eloísa. Ella viviría como residente en el convento de Argenteuil y él seguiría como profesor en la Abadía de St.Denis. Abelardo sería esposo de Elosía sin perder ni su fama ni arriesgar sus privilegios como docente.

El talentoso maestro no es más que un cobarde colegial.

Eloísa rehusa el matrimonio. No quiere ver a Abelardo reducido a hombre corriente que cambia pañales en lugar de preparar lecciones magistrales. Aunque le duele perder su libertad, la alumna le presenta al profesor otros argumentos para disuadirlo de la boda.  Renine Pernaud escribe, que no son los inconvenientes para ella los que deberían mover a Abelardo:
«Es la calidad misma de su amor su causa: amor absoluto y perfecto en la medida en que puede concebirse alguna perfección humana. [...] La calidad de su amor exige que sea gratuito [...] Un amor tan absoluto, tan exigente que no puede aceptar el verse recompensado, que se alimenta, en cierto modo, de su propio don, que es todo ofrenda y rechaza todo lo que pudiera tener algún viso de retribución (86-87)»
Con el paso de los años Eloísa reprochará con dureza la insensibilidad o mejor dicho, la ignorancia del maestro Pedro:
«Dios sabe que nunca busqué en ti nada más que a ti mismo. Te quería simplemente a ti, no a tus cosas. No esperaba los beneficios del matrimonio, ni dote alguna. Por último nunca busqué satisfacer mis caprichos y deseos, sino -como tu lo sabes- los tuyos. El nombre de esposa parece ser más santo y más vinculante, pero para mí la palabra más dulce es la de amiga y, si no te molesta, la de concubina, o meretriz. Tan convencida estaba de que, cuanto más me humillara por ti, más grata sería a tus ojos y también causaría menos daño al brillo de tu gloria (p. 88)»
Una «esposa» tendría derechos, pero no así «concubina», «meretriz» o «amiga». Él se llevaría todos los beneficios, ella sólo las cargas. Para Eloísa, el amor es entrega de sí misma hasta lo sublime. La única recompensa de un amor así, es permanecer junto a quien se ama. No se trata sólo de tener con quién conversar, o acceso fácil a alguien que «me comprenda y me tenga paciencia». Tampoco es sólo un bien importante que ha de equilibrarse con los beneficios de la vida profesional y el prestigio. Mucho menos un trofeo que presumir: «Así como la ves de inteligente y linda, ella es mía». Eloísa sólo concibe el amor como un donarse que se encuentra en esa entrega. Ha comprendido que el auténtico amor es el que hiere para salir de sí mismo, el que corre el riesgo de quedarse sin nada por que ella es lo único que se ofrece a cambio. Abelardo no lo vio. El profesor agudo, el orador experto en lógica, no pasaba de ser colegial del corazón. Un amor nació en él pero no lo puso en movimiento. No arriesgaba nada. El maestro Pedro ofreció matrimonio para no perder los privilegios y su fama como profesor. Quería a Eloísa, pero estaba más enamorado de su posición que de ella. Dice Pernaud:
«Eloísa va más lejos en el amor por que es mujer y, en tanto que mujer, muestra su genio en la entrega de sí. Y será también por ser mujer y emplear la intuición femenina por lo que penetrará de golpe en el corazón de lo real (89)» 
«Eis videlicet corporis mei partibus amputatis»

Abelardo no ve bien y sigue con su plan. Pide a su esposa que entre en el convento no como pupila o residente sino bajo el velo de novicia. Ahí la visita, y en carta a Eloisa recuerda: «Y sabes lo que ahí mi incontrolada incontinencia hizo contigo en el lugar mismo del refectorio, no teniendo otro lugar donde retirarnos (p. 92)». Fulberto intentaba lavar su honor anunciando el matrimonio secreto, pero Abelardo lo traiciona repitiendo que Eloísa era novicia. Abelardo describe la venganza del tío:
«Cierta noche, cuando yo me encontraba descansado y durmiendo en una habitación secreta en mi posada, me castigaron con una cruelísima e incalificable venganza, no sin antes haber comprado con dinero a una criada que me servía. Así me amputaron -con gran horror del mundo- aquellas partes de mi cuerpo con las que había cometido el mal que lamentaba. Se dieron después a la fuga (92)»
Humillado, el profesor Abelardo se incorpora como monje a la Abadía de St.Denis. Con el paso del tiempo, Eloísa se convertirá en Priora de su convento. Pero en cuando la Abadía de St. Denis recupera jurisdicción sobre el edificio conventual de Argenteuil en 1129, Eloísa se queda sin techo junto a todas sus monjas. Pedro Abelardo le ofrece refugio en un convento fundado y construido por él siete años antes. Tiempo después, Abelardo publica su Historia Calamitatum y las dificultades de su esposo llegan a oídos de Eloísa. Esto dio pie a la Abadesa para reanudar su correspondencia con su marido. 


La crisis de Eloísa

La estructura de las cartas se puede seguir aquí y en el libro de Pernoud. En estas cartas, entre  recriminaciones, dudas teológicas, preguntas pastorales y de dirección del convento, se escucha el grito de Eloísa. Su relación con Abelardo, así como sucedió sin edulcorantes y misticismos, fue para ella algo real. Así es como amó a su profesor. ¿Cómo reconciliar su penitencia por haber ofendido al Dios que ahora sirve, si ella realmente amó a su maestro con su cuerpo? ¿Cómo Eloísa es capaz de integrar a «Eloísa amante» con «Eloísa Abadesa»? Si había amado a Abelardo con su cuerpo, ¿cómo negar que aquello fue real, que la hizo sentir viva, que fue el modo en que expresó su amor sin negarse a ella misma? 
«Es muy fácil acusarse a sí mismo confesando los propios pecados, así como afligir el cuerpo con una manifestación externa de penitencia. Pero es mucho más difícil apartar el alma del deseo de las pasiones que más nos agradan. [...] Aquellos placeres de los amantes -que yo compartí con ellos- me fueron tan dulces que ni me desagradan ni pueden borrarse de mi memoria. Adondequiera que miro, siempre se presentan ante mis ojos con sus vanos deseos. Ni siquiera en sueños dejan de ofrecerme sus fantasías... Debería gemir por los pecados cometidos y, sin embargo, suspiro por lo que he perdido... los hombres dicen que soy casta, porque no saben lo hipócrita que soy. [...] Dios sabe que, en todas las ocasiones de mi vida, temí ofenderte a ti más que a Él y que quise agradarte a ti más que a Él (p. 204-205)»
Abelardo responde e intenta consolarla: 
«En un momento en que yo quería reternerte sólo para mí y para siempre, pues te amaba desmesuradamente, Él ya planeaba servirse de esa oportunidad para que los dos nos convirtiéramos a Él. Si con anterioridad no hubieses estado unida a mí en matrimonio, seguirías fácilmente en el siglo [haciendo quien sabe qué cosas añadirían las abuelas] [...] Por una especie de santo presagio de tu nombre, te marcó para que fueras especialmente suya, llamándote Eloísa, nombre que procede del mismo nombre de Dios, esto es, Elohim (p. 207)»
Eloísa se veía hipócrita. Era incapaz de rezar sin negar al mismo tiempo lo que había experimentado por Abelardo. Éste le compone una oración tal y como ella se lo ha pedido. El esposo deletrea las palabras con las que su mujer habría de adorar a Dios. La palabra latina ad-oratio significa también contacto boca a boca, beso, abrazo, es decir, amor. Eloísa y Abelardo lo sabían, y sabían que Abelardo enseñaba así  a besar a Dios:
«Nos uniste y no separaste, Señor, cuando y como te plugo. Ahora, pues, termina felizmente lo que, misericordioso, comenzaste. Y, a los que separaste en el mundo, únelos perennemente contigo en el cielo... (p. 207)»
¿Una respuesta así, lo es de verdad? ¿Realmente el nudo de Eloísa ha sido desatado? ¿O es simplemente una cobardía más de Abelardo que abandona a su mujer en la duda? La respuesta del maestro Pedro sólo es válida si ese Cristo al que hace referencia realmente es capaz de impregnar de fuerza y sentido el cuerpo-orientado-a-ti de Abelardo y Eloísa. Sólo es solución si Cristo repara la instrumentalizacióncosificación del otro por el otro. En definitiva, Pedro tendrá razón si es real que Cristo es capaz de recomponer una relación basada sólo en la biología, únicamente en la interacción de líquidos o en sentimientos intensos para ampliarla e integrarla en la vida digna de una persona

«Aquel que fue tuyo, Cristo lo custodia para ti». 

El maestro Pedro murió en 1142 en el Priorato de St.Marcel-de-Chalon a los 63 años. Pedro el Venerable, el famoso santo abad de Cluny, lo había recibido camino de Roma a defenderse contra una condena de herejía por un concilio regional. Ahí hablaron de Eloísa y las dudas con las que su esposa se debatía. Al morir Abelardo, la Abadesa del Oratorio del Paráclito escribe al Venerable y le solicita los restos de su marido. El santo Abad aprovecha la oportunidad para animar a Eloísa a no quedarse en el pasado, ni consumirse con nostalgias estériles. 
«Todavía seguimos siendo favorecidos [por la presencia] de aquel que fue tuyo. Me refiero a aquel que, a menudo y siempre, se ha de llamar y ser honrado como el servidor y verdadero filósofo de Cristo, el maestro Pedro [...] Aquél, sí, aquel -venerable y carísima hermana en Cristo- con quien, después de tu unión en la carne, estás ahora unida por un mejor y más fuerte lazo del amor divino, con el que y bajo el que has servido tanto tiempo al Señor, a aquel, digno, que en tu lugar, o como otro tú, Dios abraza en su seno y te lo guarda para devolvértelo a ti por medio de su gracia...»
¡Qué fuerte! Para Pedro el Venerable, Dios es garante del amor que se tuvieron. Presenta a Cristo como protector y depositario de Albelardo. Él custodia, redime y eleva la carne que fue de Eloísa, para que en su momento, aquella vuelva a ser suya. En otras palabras: «Mi'jita, aiga sido como aiga sido, esa carne que deseaste y gozaste, esa que te hizo sentir viva, esa misma te espera ahora redimida y purificada en Cristo para que vuelvas a unirte a ella. Para que vuelvas a sentirla ahora integrada en toda la persona, en todo Dios. No te arrepientas de lo que has sentido. Llévalo a Cristo y acrisolados sus cuerpos serán uno en la Carne de Cristo.»

Aiga sido como aiga sido. Entregado para ser redimido. Ahí te espera. El Señor lo custodia.