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sábado, 16 de mayo de 2020

Somos como amamos, somos lo que amamos (Freud vs Chésterton)


Me pidieron la opinión sobre un libro de psicoanálisis y terapia para superar los traumas. Un refrito de las ideas de Freud; para quien el nudo de la existencia consistía en dejar que lo auténtico se mostrara. Ese núcleo sería, hasta donde entiendo, un deseo reprimido que pulula a modo de impulso sexual. Romper esa máscara revelaría la propia identidad. Por muchos motivos, dudo aquello sea una buena explicación de lo que sucede en la infancia, ni que sea una práctica eficaz para experimentar la libertad.  

Así que para preparar esa conversación con quien me pasó el libro -sabes quién eres- buscaba modos de decir y argumentos que desarrollar para clarificarme cómo desarrollar qué pienso sobre el libro. Recordé aquel poema de Chesterton: «Al profesor Freud»: 

Los ignorantes pronuncian Frud
para ponerle peros o aplaudirle. 
Los bien informados pronuncian Froid,
y yo sin embargo pronuncio Fraud [ˈfrȯd-fraude]

No encuentro, todavía, un argumento más elaborado del ensayista inglés, pero volví al capítulo de "Sabiduría e Inocencia" de Joseph Pearce, donde narra la relación de Chesterton con su esposa. Cuento lo anterior como pretexto para compartir fragmentos de ese capítulo.

-o-

Sabiduría e Inocencia
Joseph Pearce
Capítulo 3: El Chesterblogg
[...] En el otoño de 1896, Chesterton acompañó a Oldershaw a casa de la familia Blogg, en Bedford Park, y vio a Frances por primera vez. Se enamoró a primera vista: 
"Llevaba un traje de terciopelo verde adornado de piel gris, que yo hubiera llamado artístico, si ella no hubiera detestado toda conversación de arte; y tenía un rostro atrayente que yo hubiera llamado de diablillo, si ella no hubiera detestado toda alusión a los duendes". 
A solas en su cuarto ya entrada la noche, garabateó en un papel su devoción hacia Frances Blogg:  
A la mujer que amo
Con qué esmero te hizo Dios:
apartó para ti una estrella,
la tiñó de verde con campos de oro
y le puso el sol como aureola;
la llenó de reyes, pueblos y naciones,
y te hizo a ti, con mucho esmero.
Toda la naturaleza es el cuaderno de Dios,
sus toscos bosquejos para ti.
En ese mismo cuaderno empezó a escribir An Encyclopaedia of Bloggs. Blanche (la señora Blogg), Gertrude y su hermano Knollys no fueron más que epígrafes de sendas páginas en blanco. A Ethel la describe como «una chica desmoralizadoramente amable. Cuando Cristo se hizo hermano de la humanidad, convirtió a la señorita Ethel Blogg en la hermana universal». Frances  
"es una armonía de verdes y marrones. Tiene también algo dorado en alguna parte, pero no se puede localizar mediante examen. Probablemente sea la corona, pues el arpa no ha llegado todavía. Su físico no parece ser suficiente como para albergar todo ese temperamento, tiene un aspecto frágil, demacrado y vehemente. Si no fuera por el valor que refleja, su rostro sería un Burne-Jones: tiene la sobriedad de la alegría, no la austeridad fácil de la melancolía. Un apetito devorador de sensaciones; muy aficionada a la Biblia, muy aficionada a bailar. Cuando está disfrutando al máximo uno tiene la sensación de que le sentaría bien irse a dormir cien años. También sería la delicia de un príncipe". 
Chesterton [...] [e]n el verano de 1898, se incorporó al grupo de los prometidos, tras proponer matrimonio a Frances en un puentecillo en mitad de St James’s Park. Aquella noche, escribió una larga carta a su flamante prometida:  
"Perdonarás, estoy seguro, al tan recientemente nombrado Emperador de la Creación, por haber tenido tanto que hacer esta noche antes de tener tiempo para hacer lo único que merece la pena... Aunque un solo vistazo permite imaginar más bien poco, he descubierto que en realidad hasta hoy mi vida ha transcurrido en la penumbra más intensa... Intrínsecamente hablando, ha sido una vida muy alegre, pero lo cierto es que nunca he sabido lo que significa ser feliz hasta esta noche. Ser feliz no es estar pagado de uno mismo, en absoluto, ni estar tranquilo o satisfecho como lo estaba yo hasta hoy. La felicidad trae consigo no ya la paz, sino una espada; te sacude como el jugador agita los dados al lanzarlos; te deja sin habla, te nubla la vista. La felicidad es más fuerte que uno mismo y notas palpablemente cómo te pone el pie encima del cuello... No creo exagerar al decir que jamás en mi vida te he contemplado sin pensar que te había subestimado anteriormente. Con todo, hoy ha ocurrido algo fuera de lo normal: has ascendido siete cielos de una carrera. (…) Me invade una gran sensación de inutilidad, es un sentimiento maravilloso que me hace cantar y bailar, aunque técnicamente con bastante poca gracia. Hasta mañana, ¡por supuesto! Deberías sentirte inclinada a rechazarme y te ruego que lo hagas; no logro imaginar por qué no lo haces, pero supongo que tú sabes lo que haces mejor que yo... Que Dios te bendiga, mi querida niña". 
Cualquier comentario acerca de esta carta resultaría superfluo. Baste decir que afortunadamente Frances ascendió «siete cielos de una carrera» porque él se encontraba en el séptimo cielo, y desde allí escribió de nuevo:  
"Querido amor mío: En un momento piadoso el señor Swinburne llama a su Hacedor «un misterio polifacético». Me figuro que cada uno de nosotros vemos una cara solamente. En lo que a mí respecta, cuando se abran las nubes y dejen al descubierto el frente del trono y se despeje lo último y lo mejor, divisaré por encima de todos los ángeles esa cara tuya iluminada por la puesta de sol... Al menos soy incapaz de imaginar nada mejor... Estoy convencido de que hay una clase especial de belleza física externa que se tiene cuando se es bueno... Sé que existió Cleopatra de Egipto que, estando tú temporal pero inevitablemente ausente, atraía en gran medida al sexo masculino. Sin embargo, tengo la seguridad de que no poseía una belleza como la tuya, lo que tenía era armonía animal. Hay una clase de belleza que comienza en el interior y se va desarrollando: en primer lugar brota en el corazón y hace que luego florezca todo el conjunto, como se renueva el árbol con cada ramita y cada cogollo. El alma es como una llama que hace que todo el cuerpo sea transparente. Cualquier actriz conseguiría parecerse a Helena de Troya utilizando una barra de labios y un poco de maquillaje, pero ninguna podría parecerse a ti, sin ser una bendición de Dios" 
[...] En 1898 era un esforzado escritor que trabajaba como lector en una editorial para poder llegar a fin de mes. Desde el punto de vista económico no era un buen partido. No obstante, no se tomaba en serio su situación económica y bromeaba con su penuria. Escribió a Frances explicándole que había estado «intentando calcular el total de los bienes que puedo ofrecerte». La carta ofrecía una lista de sus posesiones, que comprendía un sombrero hongo, un bastón, un libro de poesías de Walt Whitman, una navaja, una caja de cerillas, una raqueta de tenis y «unas tres libras de oro y plata». El duodécimo y último objeto de la lista era 
"un Corazón extraviado en cualquier parte. Y éstas son prácticamente todas las propiedades de las que puedo hacer un inventario de momento. Al fin y al cabo, tengo gustos estoicos y sencillos. ¿Qué más necesita un hombre?..."
[…] Gilbert y Frances se casaron en la iglesia parroquial de Kensigton el 28 de junio de 1901; el reverendo Conrad Noel celebró la ceremonia. Pasaron la luna de miel en Norforlk Broads. Durante el viaje de novios o inmediatamente después Chesterton escribió una poesía titulada «El día de la creación» que está fechada en julio de 1901: 
Entre el día perfecto de la boda
y ese futuro fiero, soberbio y aferrado,
no robé nada más que seis días —seis días
bastan para que Dios haga el mundo. 
Para nosotros se hace la creación
luna nueva de noche, nuevo sol de día;
ese viejo olmo que soporta el cielo entero
ayer mismo brincó hasta esa altura. 
De todas las cosas libres la primera y más querida,
sola como novia y reina y amiga,
tal vez lleguen cosas brutas y otras amarguras,
pero aquí se acabarán todas las dudas. 
Nunca jamás con charla nebulosa,
será engañada la vida o la fidelidad deshecha;
El mundo es de muchos y es de locos,
pero nosotros somos uno y estamos sanos.
[…] Años más tarde, durante una de las giras de conferencias de Chesterton, [Frances] comentó a un reportero americano: 
"La verdad es que para mí son mucho más importantes mi perro, el burro y el jardín que tengo allá en el pueblecito donde vivimos, que toda la publicidad del mundo". 
Y continuó diciendo: 
"Gracias a Dios, mi marido es una persona sencilla y completamente normal, la popularidad le importa tan poco como a mí; los dos sentimos mucha nostalgia de nuestra casa en Inglaterra". 
Luego, añadió con una agudeza más propia de él: 
"Mientras mi marido hace una gira de conferencias, yo estoy organizando una campaña para la emancipación de las esposas de los hombres famosos". 
[…] [Él] Tampoco negaba que era totalmente dependiente de su mujer; de hecho lo admite en su Autobiografía:  
"al referirse a la conocida imagen que lucía en la cumbre de su carrera decía que el lector no debe dejarse engañar, en este punto, por la figura falstaffesca que envuelta en la capa y el sombrero de un bandido, ha aparecido en muchas caricaturas. Esta figura es una obra de arte posterior; aunque el artista no fue sólo caricaturista, sino una señora de sentimientos artísticos y a la que aludimos de paso en esta narración especialmente victoriana. Esa caricatura conmemora lo que el genio femenino puede hacer con los materiales menos prometedores." 
Estas líneas fueron escritas sólo unos meses antes de su muerte; pero la afirmación de que su mujer le había modelado, al menos en su aspecto externo, se remonta muy atrás. Casi treinta años antes, en 1907, había hecho la misma observación en una entrevista concedida a un periodista del Daily News. El entrevistador habló con Frances, antes de que llegara Chesterton:  
—Lo mejor que su marido escribió nunca —así empecé— fue que «si hay algo que realmente merece la pena hacer... » 
—«Vale la pena hacerlo mal» —replicó la señora Chesterton—. Me lo sé muy bien porque he suscitado debates sobre el tema y he logrado que todos estén de acuerdo conmigo. Observe cómo juegan los niños con las pinturas —continuó— y se dará cuenta de que la paradoja es verdad. Hemos excluido de nuestras vidas la música, el cante, el baile porque a todos nos da miedo hacer las cosas mal. 
.... [Chésterton aparece de repente a la luz de la lampara tras recorrer una cortina con gesto de importancia, y dijo:]
—No pido disculpas. No pido disculpas por mi apariencia personal porque, en mi opinión, que naturalmente puede ser bastante ridícula, la apariencia personal de un hombre casado es sencillamente una creación artística de la fantasía de su mujer. Él tiene exactamente el aspecto que ella quiere. 
Llegados a ese punto Frances, un tanto inquieta por la generalización que implicaba el comentario de su marido, afirmó rápidamente que eso era verdad pero sólo «dentro de ciertos límites». 
—Frances, querida —prosiguió el señor Chesterton sin inmutarse—, por desgracia tú has tenido que moldear una masa de barro; otras esposas tienen la ventaja de tallar mármol. Pero el barro sigue siendo barro y el mármol sigue siendo mármol; ahora bien, barro o mármol, la mujer es el artista. Tú eres la divinidad que dice a estos ridículos mechones de pelo: «Vosotros, hasta aquí y ni una pizca más»
[...] Chesterton, hablando de su mujer, decía sinceramente que se había enamorado a primera vista. En el transcurso de una conversación en la que ella le miraba continuamente, él se había dicho a sí mismo:  
"Si estuviera en relaciones con esta chica, la seguiría de rodillas; si habláramos, nunca me engañaría; si yo dependiera de ella, jamás me rechazaría; si la amara, nunca jugaría conmigo; si confiara en ella, jamás se volvería contra mí; si yo la recordara, ella nunca me olvidaría".  
Ya fuera por inteligencia, ya por intuición o por cualquier otra cosa, el hecho es que sus primeras impresiones resultaron ser completamente acertadas. No obstante, a él no le bastaba el amor a primera vista a menos que estuviera emparejado con el amor a última vista: amor a primera vista hasta que la muerte nos separe. Ya en los días en que empezaba a cortejar a la joven de la que estaba enamorado, tuvo una visión de una anciana a la que amaba. Si hubiera sucedido con cuarenta años de adelanto, antes de que ella existiese siquiera, él ya la amaría:  
Tu nuevo atavío se tiñó de verde pálido
cuando volviste tus suaves cabellos marrones
y surgió en mí la plegaria más extraña
que jamás hiciera un corazón enamorado.
Que yo, que vi la página brillante de tu juventud,
arco iris cambiante de vestido en vestido,
pudiera verte en este globo terrestre,
tocada con la corona de plata de la edad.
Tu amado cabello empolvado de esa guisa,
tu amado rostro matizado de pálidos colores,
y fija, a través de la máscara y del velo
la alegría de tus ojos inmortales

viernes, 3 de abril de 2020

La pandemia de vulnerables, frágiles... pero nunca solos.

El dibujo es de Antonio Federico

Dejar huella en el mundo implica marcarlo con nuestro trabajo por ordenarlo y vivir dignamente en él. Nos preocupa organizar la vida para ofrecer una seguridad a quienes amamos. Un espacio agradable para vivir. Esa es una cara de la moneda de la vida humana. Pero también lo es la vulnerabilidad. El mundo no necesita a esta persona para girar, ni para permanecer o evolucionar. En algún momento no existía, luego nació y mañana desaparecerá. Cada uno es prescindible, frágil y enfermable. Contingente.

El coronavirus nos despertó del comprensible enamoramiento por lado de la moneda más agradable. Pero de la que surge la fuerza interior que renueva nuestro sentido de dignidad. El papa Francisco partió de esta experiencia para ofrecer esperanza en su discurso sobre esta crisis
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. [...] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
Hace unos meses, mi hermana Nora publicó un libro en el que cuenta su vida -marcada por la enfermedad y la vulnerabilidad-. Me pidió que escribiera una presentación. Se trata de sintetizar la mirada con la que ella repasa su vida para encontrar un sentido en medio de esa fragilidad. Aquí van unos párrafos de lo que terminó en el prólogo:
¿Qué encuentras en Más allá de lo evidente? Obscuridad. Pero entendida más bien como misterio que como sombra. Una experiencia mas cercana a invitación que a la ofuscación. En la vida que Nora cuenta, el dolor se hace presente. Pero también la alegría, la solidaridad, el esfuerzo y la paciencia. Pero, ¿cómo se anudan todos estos hilos? 
Como toda vida, la biografía de Nora no solo se despliega las escenas de todos los días, sino, sobre todo, la conciencia del tipo de historia que se cuenta con su vida. La enfermedad obliga a la autora a preguntarse radicalmente por el sentido de su vida. Desde su infancia, Nora se convenció de que Dios, un Padre bueno, sacaría algo bueno de su dolor y le daría fuerza para superarla. Con el paso de los años, su enfermedad no le dio tregua: una y otra vez debe replantearse si ese por qué a su sufrimiento realmente apunta a una solución real y eficaz. El dolor no permite atajos ni sensiblerías. O esa respuesta es real y eficaz, o el dolor que aparece una y otra vez en la vida de Nora se convertiría en la prueba irrefutable de que Iván Karamazov acertó: 
«imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto? […] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada.» 

[...] En [el libro de] Job, la respuesta al dolor no consiste en la develación de una fórmula filosófica para comprender los motivos por los que una persona sufre –articular los por qué-; o que Dios, al menos la divinidad cristiana, sea capaz de sacar de los males, bienes –reconocer los para qué-. No. Job encuentra algo mejor que un desarrollo discursivo, un argumento, sobre el dolor. Aprende a ver a un acompañante. En otras palabras, la respuesta de Dios al dolor es tanto dejarlo en el misterio, como solucionarlo a través de su cercanía. Benedicto XVI lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo» (Ratzinger, El Dios de Jesucristo, ed. Sígueme, 1979, p. 53). 
De este modo, aunque se puedan encontrar motivos para sobrellevar la enfermedad, aunque se reconozca que Dios pudiera sacar algún bien de la enfermedad, si la respuesta solo es un por qué o un para qué, si el dolor se comprendiera gracias a un genial argumento, entonces la objeción que planteó Dostoyevsky en boca de Ivan Karamazov seguiría sin resolverse. Un Dios así sería un arquitecto sumamente cruel: ¿por qué hizo sufrir a una niña inocente? Yo también devolvería mi boleto de entrada a un mundo que se construye con el dolor de quien no lo merece. 
Pero la fe que mueve a Nora, aquella que aparece en estas páginas, es más que motivos con cierta coherencia interna o bienes que se obtienen a cambio de un sacrificio. Se trata más bien de saberse vista, de fiarse de una mirada, de sentirse acompañada e introducida en un misterio. Consiste en agudizar la mirada, ajustar los ojos del corazón para ver más allá de lo evidente. Por eso, o ese Dios en el que Nora confía es real, personal, se ocupa de ella y la interpela, o Nora no pasa de ser una fanática que encontró argumentos para sobrellevar la vida. Su fe, no dejaría de ser una cruel esperanza fallida. [...]
La fe de Nora puede que deje en el misterio los por qué y los para qué de su enfermedad, pero queda patente la cercanía de alguien que goza con la gratuidad. Entonces, ¿cuál podría ser la respuesta al por qué me pasó esto a mí? No los sé bien del todo. La única respuesta coherente que intuyo sería por una gratuidad de un amor incondicional. Edith Stein resumía así este misterio: El amor se hace profundo por el dolor; y el dolor se hace fecundo por el amor. 

sábado, 4 de agosto de 2018

Cuando la escuela llega demasiado tarde

El auténtico doctor [Pallares] y mi mamita 
Nuestra sociedad, para bien, discute y busca formas razonables para valorar el papel de la mujer en la sociedad. Tanto para lograr su integración plena y justa en la vida laboral, como para apreciar su labor en el hogar. Personalmente he vivido estos esfuerzos a través de lo que vi hacer a mi madre. Ella suspendió su formación profesional para atender a sus hijos y una vez que crecimos todos, – después de varias peripecias-, logró terminar su licenciatura después de los sesenta años. Logró que experimentara aquella conclusión de Chesterton:
[E]l niño va a aprender a la escuela cuando ya es tarde para enseñarle nada. Ya se hizo lo verdadero, y gracias a Dios aproximadamente siempre, lo hicieron las mujeres. [...] Porque recuerdo con certeza este hecho psicológico establecido; justamente cuando más estuve bajo la autoridad de una mujer, más lleno me sentí de ardor y de aventura. Precisamente porque mi madre dijo que las hormigas mordían, y mordieron y porque la nieve cayó en invierno (como dijo ella); desde entonces el mundo fue para mí un país encantado de maravillosos cumplimientos; era como vivir en alguna época Hebraica cuando se cumplían profecías tras profecías. Salí afuera, como un niño sale a un jardín y hallé un lugar para mí terrible, precisamente porque poseía su clave; de no haberla tenido, no me habría parecido terrible sino manso. Un simple salvajismo insignificativo no es ni siquiera impresionante. Pero el jardín de la infancia era fascinador justamente porque cada cosa tenía un significado determinado que podía descubrirse cuando llegara su turno” (Chesterton, Ortodoxia).
En efecto, generalmente es una mujer quien atrapada en su casa, ante un niño esclavizado por su vulnerabilidad, cuando el ser humano se pregunta por las cosas que son y el por qué están ahí. Y las respuestas que ofreció mi madre se cumplen como profecía religiosas: «sí, las hormigas muerden», «el coco asusta, pero lo importante es que yo esoy aquí», «y no olvides que has nacido porque tú vales el universo entero». De esta forma, mezclando la imaginación con la realidad, mi mundo fue adquieriendo sentido y profundidad. En Lo que está mal en el mundo, el autor inglés elabora un argumento similar:
“[L]la mujer defiende la idea de la cordura, ese hogar intelectual al que la mente debe volver después de cada excursión por la extravagancia. La mente que se abre camino hasta lugares salvajes es la del poeta; pero la mente que nunca encuentra el camino de vuelta es la del lunático. [...] Corregir cada aventura y extravagancia con su antídoto de sentido común no es colocarse en la posición (como parecen creer los modernos) de un espía o de un esclavo. Es colocarse en la postura de Aristóteles [...] En realidad, [la madre] es una persona muy caballerosa que siempre se pasa al lado del más débil, como el que equilibra un barco sentándose donde hay poca gente sentada. Una mujer es una compensadora, lo cual es un modo de ser generoso, peligroso y romántico” (Chesterton, Lo que está mal en el mundo).
Si bien es cierto que el trabajo del hogar debe revitalizarse y protegerse mejor, –y la aportación femenina al mundo laboral debe promoverse y aplaudirse, por supuesto-, también es verdad que la clave de aprecio del trabajo de las madres en el hogar es distinta con la que valoramos y celebramos los logros conseguidos por una fábrica, una oficina, un puesto público o actividad de producción. 

En este sentido Chesterton se pregunta ¿cómo puede considerarse como importante la profesión por la que se enseña matemáticas a los niños y una actividad esclavizadora la de «enseñar a los hijos el universo»? ¡De ninguna manera! Si la función de una madre se describe como pesada, titánica y difícil precisamente porque es enorme, global y trascendente, no porque carezca de importancia:
Los bebés no necesitan que se les enseñe un oficio, sino que se los introduzca en el mundo. Para resumir, la mujer suele estar encerrada en una casa con un ser humano en el momento en que éste hace todas las preguntas que existen, y algunas que no existen. [...] Si trabajo forzado sólo significa «trabajo forzadamente duro», admito que la mujer se esfuerza en el hogar, como un hombre puede esforzarse en la catedral de Amiens o detrás de un arma en Trafalgar. Pero si eso significa que el trabajo duro es más pesado porque es insignificante, descolorido y de poca importancia para el alma, entonces, como digo, abandono [el argumento]; [...] ¿Cómo puede ser una carrera importante enseñar a los niños la regla de tres y una carrera mezquina enseñar a los hijos el universo? No; la función de una mujer es laboriosa porque es gigantesca, no porque sea minuciosa” (Chesterton, Lo que está mal en el mundo).
Comencé esta entrada el día de cumpleaños de mi mamá. Le debía, en agradecimiento, al menos una breve reflexión que sirviera como reconocimiento, de sus años gastados por introducirnos al mundo como ella lo ha hecho.

lunes, 20 de marzo de 2017

Ubuntu, el derecho y «La Bella y la Bestia»


Ubuntu es un principio ético sudafricano que significa respeto por la humanidad compartida, empatía: el otro que aparece ante mí como un espejo de quién soy en realidad. La mera presencia de otra persona es suficiente obligarme a tratarlo con dignidad. 

Si bien es cierto que Ubuntu es un concepto moral, el derecho no es ajeno a su presencia. En efecto, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación logró su cometido al término del apartheid en Sudáfrica porque basó su mandato en la reparación el Ubuntu, no en una justicia que enmascarara venganza. Algo así habría acentuado el espiral de violencia de la que pretendían liberarse. Buscaban una reparación que sanara tanto a la víctima como al victimario: «haz hecho mal, pero yo no me vengaré de tí; procuraré devolverte la humanidad que has perdido con tu injusticia, regalándote un trato digno que no mereces por tus actos, pero que te entrego porque eres persona».

Ahora bien, lo que sucedió con Ubuntu no es una experiencia aislada. La encontramos de alguna manera, como la base moral de innumerables experiencias jurídicas: en el ius gentium del derecho romano antiguo; en la humanitas con la que Francisco de Vitoria defendió a los indígenas en el s. XVI; en la fraternidad de los documentos ilustrados del s. XVIII; en el concepto empatía incorporado a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y si aparece en el derecho como experiencia humana fundamental, en los cuentos para niños se presenta con nitidez. En un capítulo de su libro Ortodoxia, Chésterton explica la filosofía moral de los cuentos infantiles le parecía más coherente que algunos sofisticados sistemas filosóficos. Escribe: 
«aquí me ocupo en demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose uno con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar muchos nobles y saludables principios que se recogen en ellos: [por ejemplo] encontramos una gran lección en La Bella y la Bestia, según la cual alguien debe ser amado, incluso antes de ser amable (Ortodoxia, Capítulo 4. La ética en el país de los elfos)». 
En otras palabras si quisiéramos encontrar los motivos por el cual vale la pena amar a alguien, primero hemos de quererlo. Sólo después de tratarlo como alguien que merece ser amado, la bestia puede dejar de comportarse como animal. Las madres son especialistas en esta experiencia: primero nos aman, antes de conocernos, incluso sin haber visto nuestro rostro. Y una vez que nos regalan esa mirada de incondicionalidad, entonces nosotros somos capaces de darnos cuenta que valemos la pena, y que nuestros actos deben ser fiel a esa mirada, hemos de honrar esa dignidad que nuestras madres  veían en nosotros. La bestia sólo se convierte en príncipe, si primero se le trata como alguien amable, como alguien a quien vale la pena querer.

Como ven, esta lección de los cuentos infantiles no es ajena a la misión civilizadora de la experiencia jurídica. Ubuntu, Mandela y Desmond Tutu, son un ejemplo más de esta conexión.

PD. Un saludo a Gaby y a Andrea, de las que he aprendido lo elemental del Ubuntu y de la TRC



martes, 24 de mayo de 2016

Mi opinión de "Orgullo y Prejuicio y Zombies"



Jajajajajajajajajaja

No pasé de:




Lo mejor de la película es Lily James. No por su rol como Elizabeth Bennet, sino por lo que logró en Cinderella, dirigida por Kenneth Branagh. Ahí se anudan tres hilos que definen al personje: la muerte, la sencillez y la magia. 

Sí, la muerte nos define tanto como el nacimiento y Branagh no le saca la vuelta: se habla de ella, se anuncia su presencia, se cargan con sus consecuencias. La muerte sin edulcurantes. También se reconoce el valor de la sencillez, la honradez y la humildad como la única respuesta para escapar a la lógica instaurada por la muerte o por la injusticia de la pérdida de unos padres. Have courage and be kind se dice y se vive una y otra vez. Y por último, la consecuencia más sorprendente: existe una fuerza inevitable -en el cuento se le llama magia-, por la que el coraje de la sencillez siempre da fruto. Hay una fuerza en el mundo por la que nunca el humilde es pisoteado del todo, gracias a la cual puede renacer algo nuevo.


¿De dónde saca la humildad su potencia para renacer, para vencer al poderoso? Esta es la respuesta de Chésterton:
“Debemos contestar que es magia. No es una ley, porque no entendemos su fórmula general. No es una necesidad, porque a pesar de dar prácticamente por descontado que esas cosas sucedan, no tenemos derecho a decir que siempre han de suceder. El hecho de que contemos con el curso ordinario de los acontecimientos, no es (según imaginó Huxley) argumento suficiente para fundar la inmutabilidad de una ley. Y no contamos con el curso ordinario de las cosas, sino que apostamos sobre él. Nos arriesgamos a la remota posibilidad de un milagro, como lo haríamos con un pastel envenenado o con un cometa destructor del mundo. Lo damos por descontado, no porque es un milagro y por consecuencia una excepción. Todos los términos empleados en los libros de ciencia, "ley", "necesidad", "orden", "tendencia" y otros en ese estilo, son en realidad inintelectuales porque implican una síntesis intrínseca que no poseemos. Las únicas palabras que siempre me satisficieron para describir la Naturaleza, son las empleadas en los libros de cuentos de hadas, tales como "encanto", "hechizo", "encantamiento". Expresan la arbitrariedad del hecho y de su misterio. Un árbol da frutas porque es un árbol mágico. El agua cae de la montaña porque está embrujada. (Ortodoxia, Capítulo IV, La ética en el país de los Elfos)” 
Aquí nos encontramos ante tres experiencias que nos definen: la muerte, la sencillez y la mágia que es incapaz de abandonar al valientemente sencillo. ¿Por qué habría de funcionar la sencillez? ¿Por qué el humilde está condenado al éxito?

¿Y Orgullo, Prejuicio y Zombies? ¡Ah! Es cierto... jajajaajajajajaja

Feliz cumpleaños, Susan

sábado, 2 de abril de 2016

Los otros son un regalo... porque son una gran improbabilidad


Generalmente, el encuentro entre dos personas se da de forma natural. Dos amigos presentan a un tercero; el compañero de clase lleva a un amigo, etc. En otras ocasiones, es más sorprendente. Tanto que haya sucedido, como el momento en que ocurrió.

Un caso de la vida real. Persona1. Amiga de toda la vida de mi familia. Viene a vivir a GDL y después de estudiar en la Universidad, y de trabajar un tiempo por aquí, se muda a otra ciudad. Persona2. La conozco en la Universidad, nos hacemos amigos. Termina sus estudios y por trabajo se muda a aquella otra ciudad. Persona1 y Persona2 coinciden en la misma Universidad por más de cuatro años, sin noticia una de otra. Ahora, las dos se conocen por que son vecinas y compañeras de cotorreo.

Aquí la cita de Chesterton:
“[Robinson] Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla solitaria. Y es mejor aún el ejercicio de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o arruinados; y era común decir de muchas de ellos que eran: «Grandes Pudieron Ser». Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle es un: «Grande Pudo No Haber Sido»”.
Lo más sorprendente de todo, es que nos encontramos, todos los días, con personas que son una improbabilidad. Son un regalo inseguro, remoto y absurdo. Tanto su existencia, como nuestro encuentro. Pero están aquí. 

Es buena experiencia rumiar ese asombro. Es fácil: pregunten a un amigo -si son esposos mejor aún-, cómo fue que llegaron al mismo sitio en el que el otro estaba... ¡Había más posibilidades de que no se encontraran, y sin embargo ahí se toparon! ¡Cómo regalo! Como las piezas de un naufragio que se nos arroja a la playa en la que hemos sobrevivido. Para acompañarnos y rescatarnos.

Si quisieran, podrían ver Already tomorrow in Hong Kong. No cambiará la historia del cine, pero cuenta algo de esta gran improbabilidad. Además, tiene el final más inteligente que he visto para las películas de Serendipitynismo.







sábado, 19 de septiembre de 2015

"Yo no me voy a casar"


Escuché al vuelo esta frase cuando veía salir a unos recién casados de una iglesia. Ya son siete días de aquello y la afirmación me sigue rondando la cabeza. Tal vez por que la he oído en varias personas a las que estimo de veras, y –¡qué le voy a hacer!- mis padres me enseñaron a tomarme en serio a quien aprecio. ¿Cuál es verdadero drama interno que revelan? ¿Cómo se devela y se vive ese misterio?

Dos ideas para centrar lo que voy a decir. (1) De ninguna manera pretendo sugerir que la persona que lo dijo, realmente piense que no nació para amar, que no esté enamorada o no haya generado el amor. Nada de eso. Ignoro todo el contexto de lo que está detrás de esa frase. (2) Lo que me interesa es sólo  explorar caminos para no impacientarse por el amor. Dije el amor no matrimoniarse. No voy a defender que deban terminar casados. No.

Lo que me interesa es pensar en voz alta, cómo navegar entre dos extremos de quien, en ocasiones, tienen difícil aquello del amor: desesperarse o encerrarse. No es una entrada contra la soltería a favor del matrimonio. Es sobre cómo embarcarse en la lógica del amor, cuando la experiencia personal nos empuja a desesperarse por la falta de correspondencia o a encerrarse en un caparazón. Cómo no desesperar, si a veces es difícil encontrar quién realmente me introduzca en esta experiencia que describe Heidegger:
«¿Por qué el amor es tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga tan dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga ese deseo. Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio [Carta de Heidegger a Arendt, 21.II.1925]».
He buscado armar una respuesta. Hasta ahora, sólo encuentro piezas sueltas. Por lo que aquí no encontrarán la solución definitiva del problema. Recomiendo primero ver los subtítulos y leer el que llame la atención. No existe un hilo conductor. Ahí van:

Casi siempre es gradual, no de golpe 

Por lo que he visto, al amor no siempre se entra de golpe. A veces sólo lo percibimos cuando ya estamos metidos en él. Difícilmente se llega de pronto (Jane Austen pensaba algo así), y es poco probable que nazca con una intensidad que lo haga fácilmente reconocible. No esperes –en un principio- algo así (aquí completo):

Es amor fuerza tan fuerte
que fuerza toda razón;
una fuerza de tal suerte,
que todo seso convierte
en su fuerza y afición;
una porfia forzosa
que no se puede vencer,
cuya fuerza porfiosa
hacemos más poderosa
queriéndonos defender
(Jorge Manrique, 1476)


¿Sino o Destino? (Paciencia 1)

Organicemos un concurso sobre cómo se conocieron nuestros padres, donde gane el matrimonio cuyos esposos partían de más improbabilidades para conocerse, los que de entrada eran los menos probables de encontrarse o los que más estuvieron a punto de no toparse. Mi abuelo sirio, conoció a mi abuela libanesa, en Villahermosa. Ahí nació mi madre, que conoció a mi papá –nació en Celaya- en la Ciudad de México. Yo nací en Culiacán, vivo en Guadalajara... Es mucho más probable no habernos conocido, que lo contrario. El encuentro con otros es una gran improbabilidad. Así lo describe Chesterton:
“Robinson Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla solitaria.
Y es mejor aún el ejercicio de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o arruinados; y era común decir de muchos de ellos que eran: «Grandes Pudieron Ser». Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle es un: «Grande Pudo No Haber Sido» (Ortodoxia, Cap. 4. La ética en el país de los Elfos)”.
Quizá sea un buen ejercicio, preguntar a los amigos cómo fue que llegaron al lugar en el que nos conocimos. Muy probablemente nos sorprenderemos que ellos son para nosotros un regalo que por nada pudimos haber perdido. ¿Qué pasaría si nos acostumbramos a atesorar esa improbabilidad que al final sí funcionó?



La tierra es de quien la trabaja 

Aunque coincidir con alguien es más improbable que su contrario, y a pesar que todo encuentro es regalo –conocernos es un don-... hay que quemarse, moverse, empeñarse, poner de nuestra parte. Al menos se puede entrenar el corazón para cuando coincidan. Siempre es posible dejarse afectar por el otro y sus necesidades. Difícilmente el empático echa a perder un encuentro. Coincidir, sí que es un regalo, por que es una gran improbabilidad. Es un regalo -no controlado- que preparamos, descubrimos y aprovechamos por entrenamiento -que sí controlamos-. Paperman nos lo cuenta así:


Roma no se hizo en un día.

Algún dato pueden ofrecer el modo en que cuidamos y fomentamos las relaciones familiares y personales... Quizá ayude tomar en cuenta que ni siquiera Pepé Le Pew es imbatible. «El verdadero amor nunca fluye con facilidad», escribió Shakespeare. Estos días me encontré con este texto de Stefan Zweig en su biografía sobre Erasmo de Rotterdam. Es una reflexión sobre el valor de las utopías: incluso si los hechos -y los expertos en la vida real- se empeñan en desestimar nuestro idealismo. La idea de Zweig es esta: Erasmo fracasó en su Utopía, pero su ideal ha fertilizado los anhelos de otros quienes se han tomado en serio su responsabilidad en el mundo real. Han respirado y sudado el ideal que Erasmo no vio hecho realidad Erasmo.

Con el amor pasa algo similar. Aunque efectivamente una persona nunca se case, el ideal de dar la vida por otro, –el ejercicio por entrenarse con amigos y familiares, quizá- terminará fertilizando el corazón de otros. Basta que se intente, una y otra vez, entregar la existencia por el amor a quien ya está a nuestro lado. Como Gaudí. Nunca se casó, ni vio terminar su gran sueño de una basílica como La Sagrada Familia. Pero el amor que él puso a ese proyecto, ha movido a muchas personas a seguir con la edificación del templo, y removido a miles de visitantes a su obra. 


La cuarta pared (Ampliar la mirada)


En teatro, la cuarta pared es el muro imaginario que se levanta entre el escenario y el público. La obscuridad de la gradería y la luz del escenario, ocultan a los espectadores en la penumbra. Desde ahí, estos ven los esfuerzos de los personajes y participan de su vida; pero para los actores, su público permanece oculto. ¿Habrá alguien que contemple nuestra vida como en un escenario, a quien percibimos en la penumbra, pero no vemos con claridad? ¿Y si ve conmovido nuestros esfuerzos?

Una filósofa me recordaba el argumento de Ivan Karamazov. Si no me equivoco se aplicaría así a nuestro problema: pensar que Alguien es testigo de ese esfuerzo por amar, que lo redime y fructifica, puede ser edificante y sólo por eso, imaginarlo vale la pena. La creencia habría cumplido su misión, si en ella se encuentra estímulo y consuelo. Tal vez tenga razón, pero sólo hasta cierto punto. Por más consuelo que encontremos en imaginar al Espectador observándonos detrás de la cuarta pared, si no existe realmente, poco aliento  ofrecería. Más aún, cuando nos dejamos la vida en algo, más nos vale que aquello en lo que creemos sea real. Honestamente no vale la pena dar la vida por que Galadriel premie nuestros esfuerzos.  Sinceramente consuela poco pensar que Aragorn, hijo de Arathorn, suba al escenario para pelear a favor nuestro. O existe realmente un Espectador tras la cuarta pared, o el efecto medicinal de pensar en él sería un engaño.

Pues bien, Mark St. Germain escribió una obra de teatro titulada Freud's Last Session, donde recrea una conversación imaginaria entre C.S. Lewis –creyente- y Sigmund Freud –ateo- sobre Dios, su existencia, su presencia,  la cuarta pared que nos separa de Él. Hacia el final, los dos reconocen que no resolverán el misterio, y que al mismo tiempo, no intentar vislumbrar al Espectador, es disparatado. Freud se despide contando la historia de un ateo que al saberse cercano a la muerte, manda llamar a un Pastor para hablar de Dios. El ateo muere sin cambiar de idea, el Pastor sale de la casa con la seguridad de haber convertido a su interlocutor. Freud no duda que el ateo murió sin creer en Dios, pero admite que no puede garantizar lo ocurrido en la conciencia de un hombre que cruza la cuarta pared. No puede descartar la posibilidad de creer en Dios en el momento final. Despide a Lewis, se sienta junto al radio y escucha las últimas palabras del discurso del Rey Jorge (sí, el de la película):
«Pueden haber días oscuros en nuestro futuro y quizá la guerra no pueda limitarse al campo de batalla. Pero solo podemos hacer lo correcto, como veamos lo correcto, y con mucha reverencia encargar nuestra causa a Dios. Si todos y cada uno de nosotros nos mantenemos fieles, listos para cualquier servicio o sacrificio que se nos pida, entonces con la ayuda de Dios prevaleceremos. Que Dios nos bendiga a todos.» (Freud suspira)
Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo. [Como si tratara de percibir si existe o no el Espectador].
No existe un seguro contra todo. Nadie puede controlar que sus gestos de amor sean los acertados, ni asegurar que lo decidido obtendrá el fruto esperado. Nadie tiene asegurado que le saldrá bien el amor, o que sabrá experimentarlo como se debe. Pero tampoco de lo contrario. Nadie puede asomarse al corazón de quien recibe nuestro afecto. Sólo por que quizá fructifique, vale la pena lanzar al semilla.

¿Y qué pasaría si nos sabemos actores ante un Espectador al que no le es indiferente lo que nos ocurre y a nuestros empeños? El cristianismo asegura que después de la muerte de Cristo en la cruz, la verdad de que Dios ama al hombre está demostrada y garantizada. «¿Pero cómo verlo yo, aquí, ahora, cuando parece que mis esfuerzos por el amor no rinden frutos?»... Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo.

Al final del día, lo que sucede detrás de un "Yo no me voy a casar", queda en el misterio de la persona que lo experimenta y en el Espectador que lo contempla. Ese drama siempre será indescifrable para mi que sólo oí la frase dicha al vuelo.


La idea de la cuarta pared, se la oí a Esteban López Escobar en una conferencia sobre la teatralidad de la vida. Él utilizó la obra de teatro de Mark St. Germain.

martes, 19 de mayo de 2015

«Basil Howe»: Chesterton sobre las semillas del amor.

G.K. Chesterton y su esposa Frances Blog

G.K. Chésterton publicó su primera novela, «Basil Howe. A story of young love», a los veinte años. Me la prestó Miricristini y no la había leído. Hasta ayer. Uno echa de menos al Chesterton agudo de «Ortodoxia», «El hombre Eterno» o del «Padre Brown». Aún así, se pueden ver en «Basil Howe», en etapa germinal, la sabiduría de la paradoja y la humildad como claves para vivir bien la vida.

Mientras leía señalaba párrafos que me llamaban la atención. Aquí van. La última cita vale el libro:
"Gertrude sintió que algo cambiaba en su interior. Nunca se había considerado el lado bueno de nadie, pero aquel severo extraño no hacía nunca cumplidos. Sintió que realmente debía respetarla, y no le disgustó la idea. El continuó remando, y empezó a envolverlos el crepúsculo, mientras la ropa avanzaba por las aguas calmas y oscuras […] Gertrude volvió a sentir de nuevo el inusual y conmovedor honor de ser objeto de respeto inmerecido […] Sintió como se avivaba aquella nueva chispa de curiosidad por resolver aquel enigma que era Basil Howe" 
"Este tipo de fe personal parece estar en posesión de los huérfanos, de los nómadas, de los hombres de mundo, pero a cientos de niñas como ellas se las educa en el seno de las familias sanas y estables, sin pensar nunca en la religión excepto como en algo vago, hermoso y correcto, que ha de aceptarse automáticamente" 
“Se dio cuenta de que, mientras nueve de cada diez personas la hubieran aplastado con una escena melodramática de noble ofensa, él había formulado rápidamente su respuesta para convertir en suya la falta, lamerle las heridas y borrar la humillación de sus pensamientos." 
“«–(Basil)…Oh…  no es nada… Sólo me preguntaba cómo sería conocer a un ser humano al que le importara si estoy vivo o muerto». Gertrude se echó a temblar de la cabeza a los pies por el impacto de la revelación. Apenas podía explicarse qué era lo que había visto, pero había comprendido algo, no era una idea sino una sensación, pero una sensación que no era vaga sino intensa, la sensación de haberse tocado con algo inmensurablemente espléndido y triste: la puerta prohibida se había abierto de par en par para dejarla vislumbrar un vasto silencio" 
“El caso es que los sabios atenienses iban con las mujeres malas cuando querían ingenio y con las buenas cuando querían la cena" 
“Pues bien, todos estos parientes combatían entre sí, y era inevitable que muriera alguno. La ventaja es evidente. De esta manera hacían una liquidación de parientes una vez al mes; previniendo de ese modo el indebido incremento de allegados que es en mi opinión la raíz del pesimismo de nuestro vilipendiado s. XIX" 
“Gertrude era perfectamente natural, pero todos los que la conocían bien acababan sintiendo lo mismo. Nunca lograban acercarse más a ella. Algunos terminaban por pensar que no había nada en ella qeu no fuera espíritu animal, otros que había algo que se les escapaba." 
“Los poetas están casados con sus ideas; si se quieren casar del modo convencional, que se casen con tontas que los cuiden bien y no intenten entender sus pensamientos”  
“Y la elección del primer par de ojos tiene una importante ventaja sobre la del segundo par, y es que es posible que esos ojos sigan viendo a su elegido de la misma manera hasta el final" 
“Escuchen pues la conclusión de este asunto. Confíen en el corazón humano: es cierto y torpe, pero es lo mejor que tenemos. Vuela más recto que la lógica: esto es así siempre. No podemos guiarlo: confíen en él." 
“-Pues entonces el bufón volvió arrastrándose a su escalón y, hablándole a la sonriente cabeza que tenía en la mano, le dijo: «Muy señor mío, me has sonreído de oreja a oreja durante veinte años, pero ahora se me ha concedido otra sonrisa, y no la volveré a ver: pero puesto que se ha dignado a hablarme, dedicaré mi vida a su recuerdo; y tú, rufián, márchate»" 
-“El amor tal y como lo entiende la mayoría de la gente -continuó Gertrude cuidadosamente-, es una cosa muy hermosa y necesaria, pero es la apuesta más arriesgada que inventó el genio humano. La gente que se enamora al conocerse… la gente que se enamora a primera vista, y son la mayoría, se ven el uno al otro, no diré falsamente, pero sí poética y vagamente… Supongo que es bueno que Dios instituyera esa sana ilusión para hacer que los jóvenes se interesaran por la humanidad, que les tapara con esa encantadora venda unos ojos que de otro modo pueden hacerse demasiado inquisitivos y cínicos; pero es la mayor charlatanería del mundo pretender que no es así; o que los enamorados se conocen en el sentido práctico de la palabra. No se conocen: ven «un dios visible», y eso termina...
Pero existe una especie de amor; un amor que les llega a dos personas de vez en cuando, que es diferente; el amor que brota del conocimiento. El amor que en cierto momento, probablemente en las oscuras horas de la infancia, brota de la compañía, del intercambio constante de sentimientos, de una influencia mutua constante. Lo años pueden pasar, interponiendo separaciones de casi una década, incluso peleas y celos, pero esas dos personas se conocerán mutuamente hasta el final de los tiempos; sólo tendrán que mirarse el uno al otro para ver los secretos que esconden en la mirada, con tanta claridad como si fueran palabras; el lazo que los une no será, no puede ser, desatado por ninguno de los dos. Lo que significan el uno para el otro, el poder que tienen el uno sobre el otro, por que en algún momento han visto literalmente el corazón del otro, en el momento de una gran confesión. Eso es el amor: pero sólo les llega a unos pocos… a unos pocos."

jueves, 11 de diciembre de 2014

Derechos Humanos: «Entre el mitin y la homilía».

AP Photo/Vadim Ghirda
«Si —salvo honrosas excepciones— los especialistas de filosofía del derecho se acercan con cohibido pudor al problema de los derechos humanos, se debe en buena parte a la incómoda sensación de estar pisando un resbaladizo terreno a caballo entre la homilía y el mitin.» [Andrés Ollero, "Cómo tomarse los derechos humanos con filosofía"]
Ayer fue día de los derechos humanos. Se cumplió un aniversario más de la aprobación en las Naciones Unidas de la Declaración Universal. Como todos los años entusiastas y detractores describieron una radiografía de estos derechos y si contamos con motivos para celebrarlos o no. Esos comentarios dependían de lo que significaba para ellos los derechos humanos y en consecuencia qué alcance se podría esperar. De esta forma, contaban con un parámetro para calificar este proyecto como algo eficaz o como pura retórica. Así, por ejemplo, en The Guardian, Eric Posner, profesor de derecho de la Universidad de Chicago, publicó hace días un análisis mas bien escéptico sobre estos derechos
«Muchos creerán que el derecho internacional de los derechos humanos es uno de nuestros grandes logros morales. Pero hay poca evidencia de su efectividad. Desde hace mucho tiempo necesitamos una aproximación radicalmente distinta». 
Parte del problema se origina con la inflación de un concepto que se ha puesto de moda.  Para darnos una idea, en 1948, el año en que se aprobó la Declaración Universal, el The New York Times utilizó esas palabras en apenas .31% de sus notas periodísticas de ese año (512 artículos). Durante 30 años no varió mucho ese porcentaje, que a partir de los 70s incrementa consistentemente hasta llegar al 2014 donde se ha utilizado en 2.49% de las publicaciones de ese diario. Un incremento del 800% respecto al año de la aprobación de la Declaración.


Como suena bien y es evocador, le hemos ido asignando distintos significados a la fórmula «Derechos Humanos». Precisamente por que lo utilizamos para referirnos a los que nos parece correcto, equilibrado y justo hacemos referencia a los derechos humanos cuando hablamos de ética, de política o de asuntos jurídicos. [La Suprema Corte de Justicia ya también ha dicho que la dignidad no es sólo un concepto moral, sino que también se proyecta al en el orden jurídico]. Quizá no caemos en la cuenta de que cada uno de estos ámbitos opera con categorías argumentativas distintas, promesas desiguales y modos de realizar diferentes. Como es imposible que todo aquello a lo que nos referimos cuando hablamos de derechos humanos se haga realidad de una vez, de forma plena y definitiva, siempre habrá algún ámbito en los que los estos no sean una realidad, siempre encontraremos un espacio para la utopía. 

Queremos decir mucho con «Derechos Humanos». Esperamos mucho de ellos. Los usamos para todo. Y un algo que sirve para todo, no sirve para nada. Por todo ello quizá debamos ser menos ambiciosos con las esperanzas que depositamos en ellos. Los derechos humanos no son como las leyes de la física que sólo existen, se descubren y se aplican de la misma forma en todo tiempo. Ni tampoco son como un parque de diversiones en el que se llega a él y se permanece. Ni son una varita mágica. Las utopías cuando se toman demasiado en serio son peligrosas por que gastan la esperanza. Pero una vida demasiado realista, tampoco es humana, porque sólo ve a los pies. Tomarse demasiado en serio la utopía o la realidad, puede ser tan devastador como pasar de largo ante ellas. 

Chesterton describió esta tensión en «El Napoleón de Notting Hill», una novela cómica donde una broma de quien no se toma nada en serio, es tomada en serio por uno que no se toma nada a broma. En esa novela sucede algo similar a lo que pasa con el discurso de los derechos humanos: nada es peor que el tedio y la monotonía de una vida que no lucha por alguna utopía o del que sólo construye castillos en el aire. Nada es más peligroso que la seriedad extrema, ni nada más amenazador que el humor superficial. El precio a pagar por desvincular la utopía con la seriedad siempre es excesivo. 

Por que en derechos humanos, tan es importante el realismo del que trabaja con lo que tiene ante sí, como la grandeza de la utopía que pretende edificar. Por todo eso, para el movimiento contemporáneo de los derechos humanos, no hay nada más importante que esa tensión entre la risa y el respeto, entre la utopía y el esfuerzo.