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lunes, 18 de julio de 2016

¿Trabajar durante Universidad? La opinión de Platón


Hoy llegaron 132 novatos al propedéutico de su licenciatura en Derecho. Su primer día en la Universidad. Ahí viene la pregunta: «–¿Y cuándo me recomienda comenzar a trabajar?». Como posible respuesta, van unos párrafos en el Teeteto de Platón, un diálogo sobre el saber. Este filósofo había trabajado en el mundo real: se dedicó a la política y, entre otras cosas, fue contratado para redactar una constitución en Siracusa. No era un pensador de los que tejen cobijas con las nubes. Pues bien, hay un pequeño diálogo en el Teeteto donde se preguntan en qué consiste el saber de quien trabaja en un tribunal y se empeña en los asuntos jurídicos. Platón asume que si alguien sólo sabe de eso, entonces no conoce lo importante.

Recuerda que una vez, Tales de Mileto cayó en un pozo mientras veía las estrellas. Una esclava se burló de él más o menos así: «¡Hey! ¡Pringa'o! ¡Quieres saber las cosas del cielo, pero te olvidas de las que tienes delante de tus pies!». Platón toma la broma que se lanza a los filósofos y la revira contra el que sólo sabe de lo que sucede en el mundo laboral: será esclavo de un saber parcial y limitado. Su castigo será vivir consigo mismo, será traicionado por sus categorías una y otra vez, su mundo se reducirá a lo que sucede en su área jurídica. Terminará tropezando, pues pensará que conocer cómo opera el derecho es suficiente para saber vivir la vida.

¿Trabajar mientras se estudia en la universidad? Tal vez sí; siempre que no se abandone el esfuerzo por saber aquellas cosas que vale la pena saber. Sólo si se es conciente de que el mundo laboral es sólo una parcela de la vida real de una persona. Platón sugeriría que lo más importante es la madurez intelectual para saber quiénes somos y cómo edificamos una vida libre, llena de amigos, bella, justa y plena.

¿Trabajar para conocer el mundo real y garantizar un futuro laboral? Si es sólo por eso, entonces, concluiría Platón, habría que prepararse para el castigo inherente a ese carácter: «convivirás contigo mismo. Tropezarás una y otra vez, por culpa de tus propias categorías intelectuales».

En otras palabras, el problema no está en trabajar o no, sino en lo que busco madurar al empeñarme en esa actividad, y lo que dejo de saber por dedicarle tiempo a ello.

Aquí va el texto de Platón. Primero puse una versión breve con comentarios; abajo, unos párrafos menos recordados.

Teeteto 
172c-177c
Los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados [o lacayos] [...] Siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse [Ellos mismos se limitan a hablar de asuntos jurídicos]. [...] Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud [alguien que sólo habla de derecho] y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.  Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares [parciales], que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. [...]
Cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia [del auténtico mundo real, del que hace que valga la pena la vida de una persona], y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie [no se entera, porque no lo ve; sus esquemas mentales atrofiados se lo impiden], ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo [como restanto importancia al adulador], sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve. [En el fondo el que sólo sabe de la operación jurídica, o de su ámbito profesional,  desconoce lo más importante, no se da cuenta de ello y tropieza, como Tales de Mileto, ante lo que tiene a sus pies] [...]
Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [La sansión es vivir con ellos mismos o con alguien similar a ellos] 
-o-
Sócrates: — Por cierto, muchas veces, querido amigo, se me ha ocurrido pensar, como en esta ocasión, que los que se han dedicado mucho tiempo a la filosofía frecuentemente parecen oradores ridículos, cuando acuden a los tribunales.
Teodoro:— ¿Qué quieres decir?
Sócrates:— Que los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados, si los comparas con hombres libres, educados en la filosofía y en esta clase de ocupaciones.
Teodoro:— ¿En qué sentido?
Sócrates: — Estos últimos disfrutan del tiempo libre al que tú hacias referencia y sus discursos los componen en paz y en tiempo de ocio. Les pasa lo mismo que a nosotros, que, de discurso en discurso, ya vamos por el tercero. Si les satisface más el siguiente que el que tienen delante, como a nosotros, proceden de la misma manera. Y no les preocupa nada la extensión o la brevedad de sus razonamientos, sino solamente alcanzar la verdad. Los otros, en cambio, siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse. Esto es lo que llaman juramento recíproco. Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.
Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares, que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. Entregados así a la mentira y a las injurias mutuas, tantas veces se encorvan y se tuercen, que llegan a la madurez sin nada sano en el pensamiento. Ellos, sin embargo, creen que se han vuelto hábiles y sabios. Así es esta gente, Teodoro [...]
Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Éste, cuando estudiaba los astros, se cayó en un  pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombress o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?
Teodoro:—Sí, y tienes razón.
Sócrates: —Así pues, querido amigo, como te decía al principio, cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia, y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie, ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo, sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] Se ríe de los que son incapaces de hacer un cálculo de esta naturaleza y no alejan la vanidad de su alma insensata. En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve.
Teodoro: — Eso que estás diciendo, Sócrates, es exactamente lo que ocurre.
Sócrates: — Pero, querido amigo, cuando consigue elevar a alguien a un plano superior y la persona en cuestión se deja llevar por él, el resultado es muy distinto. Entonces quedando a un lado las cuestiones relativas a las injusticias que yo cometo contra ti o tú contra mí, y se pasa a examinar la justicia y la injusticia en sí mismas, lo que ambas son, y las diferencias que distinguen a la una de la otra, así como a ellas mismas de todo lo demás. De preguntas acerca de si es feliz el rey que posee riquezas se pasa a un examen de la realeza y de la felicidad o la desgracia que en general afecta a los hombres, para averi guar que son ambas y de qué manera le corresponde a la naturaleza del hombre poseer la una y huir de la otra. Cuando alguien de mente estrecha, sagaz y leguleyo, tiene d que dar una explicación de todas estas cuestiones, se in vienen las tornas. Suspendido en las alturas, sufre de vértigos y mira angustiado desde arriba por la falta de costumbre. Su balbuceo y la perplejidad en la que cae no dan que reír a las tracias, ni a ninguna oirá persona carente de educación, pues ellas no perciben la situación en la que se halla, pero sí a todos los que han sido instruidos en principios contrarios a la esclavitud.
Ésta es la manera de ser que tienen uno y otro, Teodoro, el primero ha sido educado en la libertad y el ocio, es precisamente el que tú llamas filósofo. A éste no hay que censurarlo por parecer simple e incapaz, cuando se ocupa de menesteres serviles, si no sabe preparar el lecho, condimentar las comidas o prodigar lisonjas. El otro, por el contrario, puede ejercer todas estas labores con diligencia y agudeza, pero no sabe ponerse el manto con la elegancia de un hombre libre, ni dar a sus palabras la armonía que es preciso para entonar un himno a la verdadera vida de los dioses y de los hombre bienaventurados. [...]
En relación con esto es como hay que valorar la verdadera habilidad de un hombre o su insignificancia y falta de virilidad. Pues la sabiduría y la verdadera virtud no son otra cosa que el conocimiento de la justicia, y su desconocimiento es ignorancia y maldad manifiesta. Cualquier otra cosa que pudiera parecer habilidad y sabiduría, en el ejercicio de la política es grosería y en las artes vulgaridad. En consecuencia, al hombre que es injusto o impío de palabra o de obra es al que menos puede reconocérsele que tiene habilidad por su falta de escrúpulos. Ellos, en efecto, se vanaglorian de lo que, en realidad, es un reproche y creen oír con ello que no son, como los necios, una mera carga de la tierra, sino hombres como hay que ser para estar a salvo en la ciudad.
Así pues, debemos decir la verdad: ellos son lo que no creen ser, tanto más cuanto menos lo creen, pues desconocen el castigo de la injusticia, que es lo que menos conviene desconocer. Este castigo no es el que piensan, no consiste en los golpes ni en la muerte que a veces no sufren los que practican la injusticia, sino en un castigo del que no es posible escapar. [...]  Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [...] Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos y menos al otro. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. 

jueves, 4 de febrero de 2016

«Palcco», belleza y democracia (una intuición de Simone Weil)


Simone Weil (se pronuncia Simáhn Vei) fue una filósofa y activista social que murió en 1943 y pertenecía al movimiento de resistencia francés contraria al régimen nazi. Poco antes de morir, escribió un libro del que hemos hablado en otras ocasiones. Lo tituló "Echar Raíces". Simone se preguntaba por las condiciones que facilitaron el avance del ejército alemán; quienes en sólo dos semanas tomaron Paris. ¿Porqué el pueblo francés había perdido su temple interior, su capacidad de resistencia ante la adversidad y su creatividad para pelear por su nación?  Su respuesta es demoledora: los soldados nazis se enfrentaron a uniformes sin soldados, soldados sin personas, personas sin un compromiso para defender un valor común. Se habían convertido en un pueblo sin raíces A partir de ahí describe cuáles son esos alimentos del alma que permiten su maduración interior. Una de esas necesidades que debemos alimentar, dice Weil, es la necesidad de orden o belleza: 
«Diariamente tenemos ante nuestros ojos el ejemplo del universo, donde una infinidad de acciones mecánicas independientes concurre para constituir un orden que permanece fijo a través de la variación. Por eso amamos la belleza del mundo, pues tras ella sentimos la presencia de algo análogo a la sabiduría que desearíamos poseer para saciar nuestro deseo de bien».
De esta manera, ¿por qué para una comunidad es importante que existan personas  capaces de dejarse convocar por la experiencia de la belleza y por qué para una democracia es vital que existan sitios donde esto se pueda experimentar? ¿Qué pasa si nos acostumbramos a la fealdad? Weil respondería que afinar nuestra sensibilidad para captar aquella belleza que se nos ofrece todos los días, "puede afirmarnos en el esfuerzo de pensar continuamente acerca del orden humano que debe ser nuestro primer objeto de atención". Platón sostenía que toda educación para la democracia y ciudadanía comienza con educación en la belleza de la música; pues la armonía en el ritmo y la melodía afinan el corazón hacia el equilibrio y la equidad. De tal forma que una persona con oído para la belleza musical, se predispone a gustar la armonía en la persona, en la comunidad y en la democracia y rechazar cualquier disonancia contra ellas.

Por todo ello, Weil ha conectado, el compromiso democrático, con la responsabilidad para cumplir nuestros deberes, con la necesidad de contemplar la belleza y de agudizar nuestro sentido para disfrutar de esa plenitud de orden que nos ofrece la belleza.

En pocos días se inaugurará un recinto más para la cultura en nuestra ciudad. Me refiero al Palacio de la Cultura y la Comunicación. Un lugar donde encontrarnos con la belleza y, si seguimos la intuición de Weil, donde podemos afinar nuestra llamada a la empatía, la solidaridad y la responsabilidad. Todos ellos son las raíces que dan solidez a nuestra democracia. Un recinto como Palcco se debe celebrar y aprovechar.

jueves, 8 de octubre de 2015

De las lunas, la de octubre es más hermosa



"De las lunas, la de octubre es más hermosa", dice una canción de Pedro Infante. Si ponemos atención el enamorado asigna a la luna un significado que es mucho mayor a una simple masa de piedra que flota al rededor de la tierra. ¿Por qué hacemos algo así? ¿Qué necesidad humana resolvemos cuando asignamos un sentido a las cosas más allá de su materialidad? A veces es una canción, otras tantas un lugar, un cuadro, una actividad, o un deporte, el que libera en nosotros un resorte que nos despierta para no permanecer indiferente.

Platón decía que la ventana que abrimos para asomarnos al mundo de la verdad y del bien, el dardo que nos despierta del letargo de lo cotidiano, es la experiencia de la belleza. Podemos explicarnos la luna sólo como cuerpo celeste, y la tecnología como los instrumentos con los que hacemos algo con ella y obtenemos alguna utilidad. Pero gracias a nuestra experiencia de la belleza, aquello no es sólo una piedra. La técnica produce cosas que nos hacen la vida más fácil; pero el arte nos interroga sobre quién somos nosotros a partir de una pregunta: ¿por qué esto me golpea el interior, si sólo es materia? ¿Qué es lo que me llama tanto la atención? En el caso de la canción de Pedro Infante, ¿por qué con la luna no puedo quedarme como si no hubiera pasado nada?

Quería detenerme sobre esta relación entre un suceso nimio y en apariencia sólo material, pero que me despierta para ponerme ante algo fundamental de mi existencia. Aquí va un ejemplo del que ya escribí en el blog. Hay partes del juego del beisbol donde podemos jugar más allá de los límites. Hace unos meses, por ejemplo, el jugador de los Cachorros de Chicago, Anthony Rizzo, persiguió un elevado de foul, salió del campo, subió a la grada, se metió entre los aficionados y capturó la pelota como dos metros detrás de los límites físicos del terreno de juego. Out legal. En el beisbol,
¿[d]entro de qué espacio territorial es posible hacer una gran jugada? ¿Cuál es la orilla del campo dentro de la cual es válido demostrar creatividad y capacidad atlética? [...] El beisbol es un deporte con una gran dosis de paciencia y tolerancia al fracaso. Es el precio que hemos de pagar para disfrutar y jugar de vez en cuando en el terreno que existe más allá de límites marcados el campo legal. [...] Quizá la vida se trate de eso: de jugar aquí, a pesar de nuestros reveses y caídas, y de vez en cuanto experimentar lo que existe más allá de las fronteras. Un filósofo existencial lo diría así: «¿No te has dado cuenta que la vida debe ser eso? ¿Jugar aquí para sorpresivamente divertirse válidamente más allá de los límites?
Si nuestros días suceden entre el juego, las reglas, el campo, los límites a los que nos somete nuestra historia y nuestra vida -como la enfermedad y la muerte-, entonces en el beisbol podemos ver -al igual que el enamorado en la luna- cómo estamos llamados a divertirnos más allá de esos límites. Y eso hay que aprender a verlo y a disfrutarlo desde ahora. 

Moraleja: hay que ir al  beisbol. Mañana, en una noche de octubre, comienza la temporada con un Tomateros-Charros. Por eso Pedro Infante tenía razón: «De las lunas, la de octubre es la más hermosa» 

Aquí la jugada de Rizzo:


jueves, 26 de marzo de 2015

Platón y la Música en la Construcción de la Democracia


Hace casi 2400, Atenas había sido derrotada por Esparta. La gran Atenas, la potencia militar, económica y política había sido derrotada por los no tan sofisticados espartanos. Esta circunstancia histórica obligó a filósofos, historiadores e intelectuales a buscar comprender y aclarar el origen y raíces de ese colapso. Una de esas explicaciones la ofrece Platón, el famoso filósofo ateniense. Su libro «La República» inicia con un debate sobre el origen de lo justo. Se preguntó por qué la falta esta virtud entendida como armonía causó que la gran polis se redujera a cenizas. ¿Cuál sería el primer paso que habría que dar para reconstruir una comunidad? ¿Cómo Atenas habría de educar a sus jóvenes para superar la crisis?

Platón sugiere que el primer ladrillo para la construcción de una democracia es la educación musical. ¿Por qué? Si la justicia de una ciudad es reflejo de las personas justas, y si la justicia es la armonía de una persona ajustada, entonces es la música la que nos introduce y acostumbra a que nos guste la armonía y nos arraiga en lo afinado. Dicho de otro modo: la música afinada, coherente y liberadora, fomenta que nos guste una familia ordenada, un trabajo ajustado, unas emociones afinadas... y una sociedad armónica, con cadencia y equilibrio, etc. La música, según Platón, afina el corazón para que a su vez busquemos replicar ese orden en las acciones. Esas serán las que construyen la sociedad. En resumen: dime qué música escuchas y te diré qué tipo de armonía estarás dispuesto a construir.

Pues bien, quizá podemos aprovechar el consejo de Platón y someter nuestros gustos musicales a un pequeño ejercicio de toma de conciencia: si ya me gusta esa armonía, ¿cómo puedo conectarla con el resto de equilibrios, cadencias y acordes que construyo en la sociedad en la que vivo? Le pregunté a un amigo experto en música  me recomendó tres cosas:

a) Conocer el contexto, los motivos y el esfuerzo que le llevó al autor a componer esa canción que nos emociona. Con ello nos capacitamos para identificar mejor el mensaje incorporado en la canción. Así, la música ya no sólo será arrebato de emoción; será también compartir con el autor un valor, una idea o una experiencia.

b) Salir de la zona de confort musical. Es lógico que escuchemos nuestra música preferida. Pero así como cuando comenzamos a hacer deporte los primeros ejercicios nos dejan adoloridos por el esfuerzo, también habrá que esforzarse por conocer y escuchar música que nos puede parecer difícil. Me refiero a la música clásica. Ninguna película que hemos visto, la hemos gozado sin una orquesta que agregue intensidad a lo ahí relatado. De igual modo no le tengamos miedo a una pieza de Vivaldi, Tchaikovsky, Beethoven, Handel o Bach. No le tengamos miedo a gastar nuestro tiempo a buscar nuestras emociones y experiencias en aquellos que llamamos clásicos. 

c) Hacer memoria, volver a ser consciente de las conexiones que existen entre la música que me gusta y las personas y valores que descubro en ella. Ya sea por que la asocio a una experiencia de la infancia o a algún encuentro especialmente entrañable. La experiencia de la belleza, algo que sin duda sucede con la música, sólo fructifica si nos pone en camino hacia el bien que captamos en lo bello y si nos pone en relación con otros. Si somos conscientes de qué valores, sentimientos y personas aparecen ante nosotros con una pieza musical que nos gusta, entonces puedo ir a buscar esa armonía tanto en esos sentimientos como en las personas que me rodean.

Platón pensaba que para que la música pudiera ser el primer paso de una democracia esta debía despertar la inteligencia, fomentar la disciplina personal y promover el ímpetu, el ánimo, el coraje. Una música que pensamos, con la que dialogamos y que la compartimos, nos acostumbra a la armonía. Un buen gusto musical afina nuestra brújula moral con la orientamos nuestras elecciones. 

¿Y si le hacemos caso a Platón?

Va un fragmento de la República (401c-402a) y al final una video:

«Así los jóvenes, como si fueran habitantes de una región sana, extraerán provecho de todo, allí donde el flujo de las obras bellas excita sus ojos o sus oídos como una brisa fresca que trae salud desde lugares salubres, y desde la tierna infancia los conduce insensiblemente hacia la afinidad, la amistad y la armonía con la belleza racional. [...] 
—Ahora bien, Glaucón, la educación musical es de suma importancia a causa de que el ritmo y la armonía son lo que más penetra en el interior del alma y la afec ta más vigorosamente, trayendo consigo la gracia, y crea gracia si la persona está debidamente educada, no si no lo está. Además, aquel que ha sido educado musicalmente como se debe es el que percibirá más agudamente las deficiencias y la falta de belleza, tanto en las obras de arte como en las naturales, ante las que su repugnancia estará justificada; alabará las cosas hermosas, regocijándose con ellas y, acogiéndolas en su alma, se nutrirá de ellas hasta convertirse en un hombre de bien.
Por el contrario, reprobará las cosas feas —también justificadamente— y las odiará ya desde joven, antes de ser capaz de alcanzar la razón de las cosas; pero, al llegar a la razón, aquel que se haya educado del modo descrito le dará la bienvenida, reconociéndola como algo familiar.»


jueves, 16 de enero de 2014

Clark Kent lee «La República» de Platón

La historia de Superman enfrenta dos temas éticos fundamentales. Imagina una persona que es invulnerable a cualquier componente que existe en la tierra, y al mismo tiempo, goce de unos poderes que lo hacen prácticamente invencible. Primero, ¿por qué habría de preocuparse en salvar a los débiles? Y segundo, si puede hacer prácticamente lo que quisiera, ¿por qué no habría de utilizar sus poderes para satisfacer sus caprichos y deseos? Los tiranos y déspotas necesitan de un ejército para implantar su tiranía. Superman puede hacerlo sólo. ¿Por qué habría de ser justo y salvar a la humanidad si puede hacer lo que él quiera sin que nadie pueda detenerlo?

Pero Superman no es el primero en poner sobre la mesa este dilema. Platón lo delineó en el segundo libro de su «República». Ahí, Glaucón cuenta a Sócrates la historia de un pastor que encuentra un anillo que hace invisible a quien lo utiliza. Si pudiera hacer lo que quisiera sin riesgo a ser castigado, ¿qué sentido tiene hacer sólo lo justo? ¿Por qué no robar algo a mi alcance si, como  Gigés, soy invisible? ¿Qué sentido tiene detenerme en un semáforo en rojo, si no encuentro un policía que me pueda castigar? ¿Por qué Superman en lugar de salvar la humanidad y soportar el peso del trabajo, no pasa todo el día en la playa, tomando el sol, disfrutando de la vida? 

Platón explica que hacer lo justo transforma a quien lo realiza, en un persona equilibrada: quien hace lo justo, se hace a sí mismo justo. En cambio, la injusticia no sólo queda fuera de la persona sino que lo va transformando en alguien injusto. Por eso, siguiendo a su maestro, Platón concluye que es mucho mejor padecer una injusticia que cometerla. 

Si esto es así, entonces, ¿por qué no se pueden cometer injusticias, incluso si se sabe que nadie se va a enterar o nadie me va a castigar? Por que eso transforma a la persona en alguien injusto, desequilibrado. Eso dificultará cumplir el resto de responsabilidades en la sociedad, haría complicado tener amigos. 

Al final del día, concluye Platón, no se puede construir una comunidad con personas des-equilibradas o que sólo hacen lo justo sólo por la fuerza o sin una verdadera convicción. Platón escribe su República teniendo ante sí las ruinas de Atenas, tras haber perdido la Guerra del Peloponeso, pensando en la reconstrucción de su Estado. Es como si ante lo que sucede en Michoacán, nos sentamos a pensar, ¿cómo fue que llegamos a esto? ¿Cómo construir una comunidad? Platón levanta la mano y dice: "haciendo lo justo aunque nadie te vea; evitando lo injusto, aunque nade te pueda detener"

Hay en la película de Zack Snyder una escena en que Clark adolescente sufre el bullying de unos compañeros de la escuela. Clark tiene un libro en la mano mientras lo acosan. "¿Por qué si podía golpearlos sin que me lastimaran, no he de hacerlo?". Clark Kent lee la República de Platón.