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jueves, 15 de abril de 2021

Mis fracasos... el camino hacia ti


Este semestre doy clase a recién llegados a la Universidad.  Uno de ellos me pidió reorganizar el curso tomando en cuenta algunos hilos que querían explorar. Los temas de clase despertaron algunas inquietudes y querían volver sobre ellos. 

Así que entró a las sesiones una clase sobre el dolor, los amigos y comunidades de solidaridad. Hablaremos de Job hacia esta conclusión: lo importante del sufrimiento no son las lecciones que aprendemos (los porqués). Mucho menos la maduración del carácter (los paraqué). No. Lo más destilado que se saca de las penas son los acompañantes que encontramos. Los amigos que nos consuelan. Los abrazos que nos sostienen. Las miradas con las que nos oyen.

Pienso en mis fracasos académicos; también recuerdo todas mis decepciones personales, pero esas no se las cuento -secretum meum mihi!-. 

Todas esas rupturas y fracasos, me han traído hasta ti. 

No lloro. Se me metieron unas letras de Rascal Flatts en los ojos.




martes, 12 de enero de 2021

«Rejected!». El fracaso académico




La vida académica parece un bateador de beisbol. Fracasamos en la mayoría de las ocasiones. En las grandes ligas el mejor de 2020, conectó de hit solo en el 36% de las oportunidades. Quien más se embasó, lo logró apenas en la mitad sus turnos al bat (49%).

Mis números son peores. Me rechazaron nueve veces antes de que alguien se animara a recibirme en su doctorado. Mis libros no han logrado el estándar en al menos once editoriales. Tengo un artículo escrito y corregido de más de un año, con seis rechazos y revisiones negativas: que si no escribes en inglés como nativo (lo cual es verdad, a pesar de la ayuda de Grammarly), que si falta profundidad y fuentes, o que si la pregunta no es relevante. Se trata de algo tan común que @YourPaperSucks es catártico para sus 67k seguidores.

Así pues, la dieta cotidiana del académico incluye evaluaciones de su trabajo como anodino, incoherentesuperficialinsulso, desabrido, insuficiente. El monstruo del académico es de tres cabezas: el rechazo de artículos, libros y becas, calificar exámenes, y los formatos de autoevaluación de asesorías.

Los viejos recomiendan, para masticar el rechazo, alguno de estos desagües:

1. Revisar el cv de quien se admire. Mira cada una de esas publicaciones y recuerda que fue rechazado en el 66% de sus intentos. Pero no se rindió. 

2. Agradecer el correo de rechazo y deja de trabajar en cualquier asunto académico. Cabrearse un rato. Hacer deporte. Tomarse el día y una cerveza. Busca un amigo que trabaje en otra área. Al día siguiente, meterse en otro de los proyectos académicos. 

3. Controlar al pobredemí, no compartir la miseria en redes. El rechazo se anuda desde un trabajo no terminado, un argumento no bien explicado, y en gran medida por factores fuera de control.

4. Después de un tiempo -quizá semanas-, atender  las sugerencias y explicaciones de los reviewers. Ayuda enumerar sobre el borrador del texto los de puntos por mejorar de los revisores. Aplicar las correcciones y revisar los procesos que facilitaron el error, la imprecisión o la falta de claridad.

5. Aunque es difícil de ver, los logros académicos casi nunca reflejan el talento, esfuerzo y la propia valía o identidad.  Tragedias son los niños separados de sus padres al cruzar la frontera, el cáncer infantil, la guerra; no un rechazo académico.

Por cierto, me acaban de rechazar un texto. Me ha dolido mucho. Este post es desahogo.  Voy por mi cheve.




lunes, 20 de agosto de 2018

Para tomar notas como rockstar





El Centro de Estrategias de Aprendizaje de Cornell University (LSC) recomienda cinco actividades para tomar apuntes que facilite después el estudio. Bastante sentido común. Mejor aún, es el diseño de una hoja de libreta donde se facilita aplicar el modelo. Imagine una hoja de libreta rayada común. Con una línea vertical divida en dos partes casi toda la hoja. En el espacio final, como de notas al pie de página, dibuje una línea otra horizontal que lo separe de la parte superior. 

En la sección superior derecha, habrá creado un espacio como de 15 cm de ancho donde se toman los apuntes de clase. En la superior izquierda, como de 6cm, se escriben palabras, preguntas y pistas que anuncian las ideas centrales de las notas recogidas a su lado.  Así, de forma visual y sencilla, se identifica rápidamente el contenido y se prepara el mapa mental necesario para el estudio. En la tercera sección de la hoja, en un pie de la página como de 5cm, la LSC recomienda que el alumno escriba un resumen de tres o cuatro renglones en cuanto termine la clase. 

A esta hoja le llaman la Plantilla Cornell para tomar apuntes. En internet se encuentran muchos modelos. He tomado el diseño de Innes Alison que encontré en su blog. Lo traduje al español y se puede bajar en pdf aquí. (Abajo aparece como foto)

¿Y qué recomiendan para tomar apuntes? Cinco actividades:

1. Registrar: Durante la clase, registra el contenido de la lección. Te.le.gra.fi.ca.men.te.
2. Preguntas: En cuanto termine la clase, elabora preguntas a partir de las notas. Escribir esas preguntas ayuda a clarificar significados, descubrir relaciones, establecer continuidad, ejercitar la memoria. También ayuda a preparar los exámenes.
3. Recitar: Al estudiar, cubre con una hoja la sección de contenido, e intenta resolver las preguntas o explicar las palabras claves que lees en la sección izquierda.
4. Refleccionar: Pregúntate tu mismo por el significado de lo que anotaste. Especialmente cómo se vincula esas notas con lo que ya se sabe.
5. Revisar: Emplea al menos 10 minutos a la semana a revisar las notas. Si lo haces, podrás comprender mejor el contenido de las sesiones siguientes.



lunes, 20 de noviembre de 2017

Tres fotos para el homenaje a Don Efra


El pasado 18 de octubre, en la Casa Iteso-Clavigero, se organizó un homenaje al quinto aniversario de la muerte de Don Efra. Participamos Lupita Morfín Otero, Miguel Limón y yo.  Aquí hay una liga a la noticia que publicó el ITESO. Este es mi rollo: 

En el homenaje a Don Efra 

Pedro Pallares Yabur

18 de octubre de 2017
Casa Iteso-Clavigero 
Tucídides recoge un discurso fúnebre en el que Pericles honra a los muertos durante el primer año de la guerra entre Esparta y Atenas. Era el invierno del 431 a.C. En su argumento, el famoso stratego plantea a sus oyentes unas palabras que algo más que desconcertantes para un homenaje fúnebre:   
«Esta es la razón por la que ahora no me voy a dirigir a los padres de estos hombres con lamentaciones de compasión, sino con palabras de consuelo… Es preciso ser fuertes, siquiera por la esperanza de tener otros hijos [quienes] serán un motivo para olvidar a los que ya no están con nosotros, y la ciudad saldrá beneficiada por dos razones: no perderá población y ganará en seguridad»  
¿No es un poco raro honrar a los difuntos pidiendo a los padres que con la fama de los nuevos hijos sepulte la pena precisamente de aquellos a quienes se llora en ese funeral? En la mentalidad de Pericles, los homenajes y honores eran la moneda de cambio con la que una comunidad –en su caso Atenas- no sólo pagaba y reconocía a quienes la hacía grande, sino también la zanahoria colocada frente a los vivos para que aceptaran las penas por las que necesariamente se pasa cuando se hace vida un valor. 
Este año he discutido con mis alumnos este pasaje, y cuando recibí la invitación para participar en este homenaje, tuve que cazar al fantasma de Tucídides que me preguntaba: ¿qué moneda de cambio tienes para ofrecer a Don Efraín? ¿Qué valen tus palabras, tu testimonio y tu recuerdo? ¿Quién eres como para honrar a Don Efra con justicia? Atenas era grande y podía compartir su importancia entre sus ciudadanos. ¿Pero yo? ¿Para honrar a Don Efra? 
Conocí a Don Efra cuando estaba en tercero de secundaria. Sí. A mis 15 años. Lo llevó Manuel Clouthier a Culiacán a una conferencia sobre la vida política; y a mí me llevó mi Papá. A esa edad, con que puedas seguir al menos dos ideas conectadas, te parece que el conferencista es un genio. Y con Don Efra pude seguir al menos tres ideas sobre solidaridad, subsidiaridad y compromiso social. ¡Todavía me acuerdo! 
Después me encontré con él en la Licenciatura. Me gustaba la filosofía del Derecho y tuve la suerte de tomar cuatro cursos con él. En su momento le pedí que me asesorara la tesis en la que pretendía aplicar sus ideas sobre lo justo objetivo como analizado principal del derecho a la teoría de los derechos humanos. -quien fue su alumno recordará el ejemplo de los distintos significados de «gato»-. Recuerdo que casi todas las correcciones que me hizo fueron anotaciones al margen del borrador en el que decía: «quizá», «no siempre», «a veces no», «en ocasiones funciona su contrario», «se puede matizar», «no del todo», o expresiones semejantes. Desde entonces, esas pequeñas notas al margen, han marcado la forma en que trato las conclusiones a las que llego en mis trabajos: «no te creas lo primero que se te ocurre», parecería decirme. 
Cuando me titulé, en la UP me invitaron a ser adjunto de Don Efraín en filosofía del derecho. Y sí, tuve que pagar el peaje y cometer todas las impericias de un profesor joven: pensaba que era más valía pasarme por duro que ser recordado por barco. Los alumnos lo sabían, así que iban con Don Efraín para obtener misericordia y en general la conseguían.  
Una vez, el problema estaba más del lado de la justicia que de la misericordia, y Don Efra me sugirió ser compasivo con el alumno: «Recuerde que al final de la vida nos tratarán del mismo modo como nosotros tratamos a los demás», me dijo. [Más adelante volveré sobre esta máxima en su vida]. En esa ocasión me armé de valor y le contesté: «de acuerdo, también rendiremos cuentas del tipo de alumnos que lográbamos formar: exigentes consigo mismos, y justos aunque aquello nos trajera aparente perjuicios». Don Efraín me dio ahí otra lección: «Está bien, tienes razón». Desde entonces defendió mi sitio como profesor, y no solo como un procesador de faltas y calificaciones. Se lo agradezco mucho. Un profesor joven no se da cuenta de lo poco que sabe y de lo que importa su credibilidad a pesar de su novatez. Don Efra me validó como alguien creíble para los alumnos.  
Tanto que en una ocasión, estábamos por comenzar su clase, un par de alumnos discutían por una butaca. Les pedí que se colocaran para la clase y uno insultó al otro para ganar el sitio. Don Efra suspendió la clase y sin decir más se fue. Una alumna salió tras nosotros con un argumento más o menos así: «Don Efraín, no es justo. No se vale que por unos pocos que se portan mal, los muchos que sí queremos clase nos veamos afectados.» Don Efra le contestó -reconstruyo la idea, no las palabras textuales-: «Tiene usted razón. Pero si los muchos y buenos alumnos, no son tan buenos ni buenos como para marcar el tono de la clase; si no logran superar el mal ambiente de los pocos malos alumnos... entonces no son tan buenos alumnos... ni tampoco merecen mi clase».  Y siguió su camino. 
Cuando murió, yo vivía en el extranjero mientras avanzaba en mi doctorado en filosofía del Derecho. Ese día, escribí tres post en mi blog sobre Don Efra como jurista, como educador y como humanista. Y busqué fotografías que hubiera tenido junto a él para acompañarlos. Primero, encontré una que se tomó con el Dr. Rodrigo Soto, los dos viendo a la cámara y sonriendo. Me dio envidia. De la mala. Yo no tenía una así que me recordara todas las veces que nos reímos juntos. No. No logré sacar una foto así. 
Luego di con una que se había tomado junto a la Maestra Elvira Villalobos. Me dio coraje, porque no podía pelearme contra Elvira: ¿quién puede sentirse ofendido por Elvira junto a Don Efraín? En ella, los dos aparecían en un salón de clase y se dirigían a los alumnos con la seriedad del maestro que sabe qué preguntas sembrará en el corazón de sus estudiantes. Yo no tenía una foto con la que recordara, esa estrecha convivencia en mis primeros años de vida académica.
La única foto en la que salimos don Efraín y yo, me supo a poco. Además porque la encontré ya que volví a México, casi seis meses después de su muerte. Este evento me hizo pensar de nuevo las ideas y experiencias de las que había sido testigo en Don Efraín, pero cinco años después. Y este es el único honor que puedo ofrecer a Don Efraín: dar testimonio de lo que vi mientras convivía con él, y cómo esas semillas han ido madurando incluso después de su muerte.  
Etienne Gilson escribió un ensayo que tituló Historia de la Filosofía y de la Educación Filosófica. Ahí dice que «Cuando una persona nos pide que describamos un país, la mejor respuesta es enseñarle un mapa. No es la mejor respuesta definitiva, pero sí la mejor como primera respuesta». Ese mapa funciona como guía para quienes somos principiantes darnos un norte y comunicarnos cómo transitar lo mejor posible por ahí. Uno de los méritos de Don Efra fue ofrecernos no todo lo que sabía, sino las líneas generales más importantes, probadas por su experiencia de vida, de lo significa construir diariamente un orden social que respete la libertad y la igualdad de las personas, y además esté «fundado en la verdad, edificado por la justicia y vivificado por el amor» (Gaudium et Spes, n. 26).  
Fundado en la verdad. No era difícil percibir ese empeño en Don Efraín de conocer la verdad y justificar racionalmente cualquier contenido. Esta era una de las ideas centrales de ese mapa que nos dejó: el respeto a la realidad, la búsqueda de la verdad, descubrirla y configurar la vida conforme a ella. Al preparar este homenaje preferí omitir la estructura formal con la Don Efraín explicaba estos horizontes. La foto que encontré, la única foto que tenemos juntos, me pedía que reflexionara algo que él vivía, pero nunca se lo escuché formulado de esta manera. Espero ser honesto con él, e intuyo que estará de acuerdo con este recuento del tipo «lo que Don Efra nos quiso decir es…».  
Para Don Efraín, el problema de la verdad no era solamente conocer una serie de argumentos, dominar unos sistemas filosóficos y justificar coherentemente unas afirmaciones. Eso es mucho, pero poco. Su erudición no consistía solo en la cantidad de conocimiento, -que lo tenía-, era la honradez intelectual que reflejaba una decisión personal de aplicar las exigencias de su conciencia moral a su vida intelectual.  
Es decir, lo que se sostiene como verdad, su modo de conocerse y las consecuencias de ella para la conducta, nacen de una forma de pensar, de ver el mundo y de vivir la vida cotidiana. Ahí se integra el sistema filosófico, el método de pensamiento, con el estilo de vida. La filosofía de don Efra no era tanto, o más bien, no solo un modo de saber; ni únicamente una técnica para pensar con orden. Se trataba de una forma de vivir del que brotaba una necesidad fundamental: la búsqueda de la sabiduría encarnada como un asunto personal. 
De modo que, don Efra cuando pensaba, reflejaba su carácter vital: las verdades que encontraba y la justicia que percibía, se transformaban en una forma de existir. No lo digo con deseo de adular, simplemente testifico lo que vi. Sus alumnos aprendíamos no una serie de ideas, sino más bien la forma de comportarse de la que se sigue una forma de pensar; y una manera de pensar que dispone a conocer la verdad y a comprometerse por ella. 
El riesgo de un estilo de vida así -repito, el que conecta sistema filosófico con el modo de conocer esas ideas y con la forma vivir cotidianamente- es en el que muy pronto aparecen preguntas radicales: ¿Cómo sé que lo que sé es lo que vale la pena saber?¿El sistema moral que defiendo, realmente vale la pena? ¿Saldrá en mi defensa cuando deba quemar honor, dinero y tiempo por conformar mi vida a esas verdades? Como es sabido, en la vida de Don Efra se jugó prestigio, bienes, tranquilidad, por ser coherente con una serie de ideas. 
En este contexto, lo que se juega no es sólo la coherencia interna de un sistema filosófico o la tranquilidad de conciencia del que vive conforme a lo que opina. Aquí hay algo más. ¿Me la puedo jugar por eso que creo? ¿Estas verdades que sostengo, valen tanto la pena tanto como para meterme en problemas? ¿Cómo sé que esas verdades no me va fallarán cuando por fiarme de ellas me toque perder? ¿Y si arriesgo paz, dinero, tranquilidad por eso que creo, no me dejará abandonado? Aquí el problema de la verdad ya está en otro plano: no sólo debe ser una verdad real, coherente, racional, justa y bella. También debe protegerme cuando por ella pierda dinero, tiempo, amistades, me genere la cárcel o incluso si ella me pide la vida. 
Anécdota: En el PAN ya no creen en los valores fundacionales», le dijo RGL. Respuesta de EGLM: «Es lógico. Antes estábamos ahí porque la verdad de esos valores era lo único que teníamos. Ahora que ya es un camino eficaz para el poder, llegan personas a las que no les convencen esas ideas o no las conocen. Ahora bien, si tu sabes que tienes una habilidad, te das cuenta de una necesidad concreta; y si esa cualidad y esa carencia se relacionan; si por último te das cuenta de ese vínculo… entonces debes el deber moral de involucrarte». 
Anécdota: Último curso que dio en la UP -o el penúltimo-. Hacía tiempo que enseñaba desde el escritorio. Sentado. De pronto se pone de pie y sale del salón. «Tengo una llamada». Llegó a los 10 minutos. Movía las manos de modo que se  las secaba. Pienso que más bien se fue al baño. Le ganó la edad. Volvió a dar la clase pero ya no sentado. En un gesto de violencia contra su vejez, habló el resto de la sesión de pie, con una fuerza y vehemencia que no parecía tener. Me dio la impresión de que su carácter lo removía:  «No dejaré que me venza la vejez». 
Así pues, ¿cómo era la verdad en la que creía Don Efra? Una anécdota que no tiene que ver con él pero sí con la dinámica de la que fui testigo. Cuando un adolescente le dicen «actúa normal, ahí viene la que te gusta», quizá pierda la voz y se ponga nervioso. Despierta en él, la conciencia de esa mirada, la verdad principal es saberse visto realmente por quien puede quererlo. Y por ella cambia de conducta, modifica mi horario, sacrifica dinero y cualquier cosa. Solo por ser coherente y fiel a esa mirada. Como sabe que esa mirada es real, entonces puede fiarse de ese amor.  Es la lógica del amor vinculado a la verdad: «es real que me ve, que me ama gratuitamente». 
Con estas ideas en la mesa, ya puedo volver a la única foto que tengo con Don Efra. Él sabía que la verdad no es sólo poseer datos en la cabeza, sino principalmente haber visto una luz para interpretar su vida. Y esa luz se la otorga una mirada que lo contempla con un amor incondicional.  
La única foto que tengo con don Efra es el único testimonio con el que puedo honrarlo. Quizá el definitivo. Cuando murió Juan Pablo II, en la Universidad se celebró una Misa de funeral en su honor. Coincidimos en ella, y en un momento, los dos, sentados uno al lado del otro, viendo en la misma dirección, guardamos silencio: intentábamos -al menos yo- dirigirme a esa mirada, imitar el testimonio de fe de Don Efra, que se comportaba con la seguridad de haber sido visto.  
De esa foto, me llama la atención la intensidad del silencio de Don Efraín. Lo más relevante de esa verdad no es comprenderse como la posesión de una idea, ni como un sistema coherente de afirmaciones justificadas ante la razón. Se trata más bien de la verdad, de la realidad, de la consistencia de esa relación con quien sabemos nos ama, infinita e incondicionalmente: «mi vida sucede ante sus ojos, incluso más allá de la muerte». Y esa fotografía me ayuda a honrar y a recordar a Don Efra. 
Edith Stein, una filósofa experta en empatía, discípula de Husserl, nació judía, luego fue atea y hacia el final de su vida se convirtió al cristianismo. Ella recuerda cómo le llamó la atención que en los funerales que conocía hasta entonces, se exaltaba las cualidades del difunto. Su tiempo propio era el pasado: «vivió de tal manera, era buena gente, ¡qué buen recuerdo nos llevamos de él!». En cambio, en el primer funeral cristiano al que asistió le sorprendió que su tiempo propio era el futuro: «nos veremos de nuevo, guárdame sitio que pronto me encontraré de vuelta contigo, nos hallaremos en el corazón de quien no te dejará morir porque Él es la verdad misma, la consistencia del ser pleno». 
En la foto, ambos nos orientamos -sin querer- hacia la mayor verdad que se puede conocer, a la mayor justicia por la que podemos luchar: Una persona que nos ve y ante quien sucede nuestra vida. Un amante que nos dice: «he aquí que te seduciré, te llevaré al desierto y te hablaré al corazón» (Oseas 2,14).  
Así que, Don Efra, mi homenaje no es tanto dar honor, como pensaba Pericles. No tengo tanta fama como para que eso valga la pena.  Mi homenaje es recordar sus ideas, su vida, y redoblar la esperanza en que en un futuro, nos daremos el abrazo con el que no lo pude despedir. Nos veremos de nuevo, guárdeme un sitio que nos encontraremos de vuelta. 

miércoles, 25 de octubre de 2017

¡Pongan un bar antes del centenario!

«Unde ubicumque est intellectus, est liberum arbitrium» (Summa Theologiae. I, q.59. a.3)

Hoy mi Alma Mater, la Universidad donde trabajo, cumple 50 años. ¡Felicidades! 

No estoy convocado al comité de planeación de los próximos 50 años, pero si me preguntaran cuál sería un proyecto para lograr antes del centenario propondría este: construir un bar universitario. ¿Investigar más? No ¿Publicar más Scopus? Nah! ¿Ofrecer más clases? Neh!  ¿Adecuar las instalaciones? Mmmm!. ¿Una biblioteca en Guadalajara con mejores espacios para el estudio? Eehh! Pero no. Me late más un bar.

El @ProfesorDoval dice que mientras la universidad no tenga un bar, seguirá siendo un kinder. Lo secundo -por cierto, de su TL saqué la foto de este post y la referencia de donde sale el lema de la universidad-. Hace tiempo escribí esto en el blog. Lo transcribo y quizá cambio algo para mejorar la redacción:
¿Qué diferencia hay entre ese modelo de institución que profesionaliza o credencializa y un jardín de niños? El Kinder, prepara para el mundo real al alcance del chiquillo: la primaria. Y de ahí, la secundaria, luego la prepa. Parece que la etapa terminal -la universidad- es el último nivel que da acceso al mundo productivo. De ser así, el kínder y la universidad se dedicarían al mismo tipo de proyecto: la maduración para el mundo productivo del siguiente escalón, la certificación de que se es hábil para el mundo real
¿Para eso sirve la universidad? ¿Es una institución que vende credenciales para ejercer una profesión? Sí, aunque para hacerlo con eficacia, basta un Instituto Tecnológico y un taller que imite la vida profesional. ¿A la universidad le interesa la maduración ética y personal? Sí, aunque para eso, es mejor fundar un convento o un centro de superación personal. ¿Y la investigación? Sin duda, aunque podríamos lograr esos objetivos con un centro de laboratorios y bibliotecas. ¿Transmitir el conocimiento? También, aunque lo más barato sería transformar en aulas, un galerón industrial. ¿Le interesa ampliar horizontes, detonar la imaginación y llenar el corazón para lograr personas íntegras? Definitivamente, aunque para eso, mejor financiamos un museo con guías que expliquen los tesoros ahí guardados y nos permitan contemplar la belleza. 
La Universidad en la que creo, en la que quiero trabajar y por la que me esfuerzo, es la única institución donde se unen, a partir de y para la comprensión racional y global, todos estos proyectos parciales. Es la que los hace universales por el alcance de sus horizontes, universales por la profundidad con la que se conocen, universales por las conexiones entre saberes que descubre, y universales porque requiere e implica a la persona en su totalidad, en especial, su ser-amigo. 
Por eso es Universidad, no Multiversidad, señalaba Newman. Es ahí donde se madura intelectualmente, sólo si se edifica una comunidad muy peculiar de amigos: unos, –los alumnos-, descubren nuevos saberes, sus motivos racionales y las conexiones vitales de lo que conocen; y otros, –los maestros-, no avanzarían en su comprensión si no introducen a sus aprendices en esa forma de vida. [1] La Universidad no es una etapa en el proceso formativo para la vida profesional, aunque lo incluye. Se trata de aprender un modo de vivir: la del que se preocupa por pensar los por qué de todo lo que ve, a relacionarlo entre sí, y a compartir con amigos la búsqueda de esas respuestas. 
Entonces, ¿en qué sitio pretendemos platicar con el profesor que ha logrado integrar intelectualmente todos esos ámbitos? ¿En qué lugar conversaremos anárquicamente con el maestro sobre las razones y acerca de las fuentes de inspiración que ese agudo explorador descubre en el mundo? ¿Dónde se comparte el saber con un amigo? No se me ocurre otro mejor lugar que en un bar universitario. 
Un pub así, sería como la cereza. Es muy tonto preparar un pastel sólo para comerse la fruta que lo remata y adorna. Al contrario, cuando la tarta es mucho más que su mera utilidad alimenticia, entonces se vuelven relevantes sus señales de grandeza: como la cereza. 
Por eso, mientras una universidad no tenga un bar universitario, sigue siendo un kínder. 

-----------[1] John Henry Newman explicaba que la universidad era una comunidad de pensadores, comprometidos en comprender y vincular entre sí, de forma racional, toda la vida real de las personas reales, -no sólo el homo faber, ni el homo oeconomicus-, por el valor que esta actividad tiene en sí misma, y no tanto por la utilidad que de ella se obtiene. (Por cierto: The Guardian: para Newman el alma de la universidad descansa en la huella que deja en sus alumnos)

lunes, 31 de julio de 2017

¿Cómo iniciar una clase que cautive? R: Guarda silencio

En 2011 fui alumno de Robert Spaeman


Me topé con un pequeño ensayo de María Zambrano titulado La mediación del maestro. Hoy, en el primer día de clase. ¿Qué hacer? ¿Cómo comenzar una clase? ¿Cómo debemos situarnos ante los alumnos? 

Ella sugiere que lo más razonable por hacer, es ponerse de pie en silencio ante los alumnos. Dice Zambrano: 
«podría medirse quizás la autenticidad de un maestro por ese instante de silencio que precede a su palabra, por ese tenerse presente, por esa presentación de su persona antes de comenzar a darla en activo y aún por el imperceptible temblor que le sacude. Sin ellos, el maestro no llega a serlo por grande que sea su ciencia. Pues que ello anuncia el sacrificio, la entrega. Y todo depende de lo que suceda en ese instante que abre la clase cada día.»
Para Zambrano, el silencio del profesor anuncia que él también sacrifica algo junto al alumno. Éste sacrifica su tiempo y atención; más aún, pone en riesgo su futuro al dejarse moldear por el docente. Por su parte, el profesor, puesto de pie ante su grupo, en un breve silencio, apunta un sacrificio para el que su erudición es irrelevante: un tiempo de esfuerzo y la humildad con la que esconde su saber, y así se lanzará a buscar las preguntas que el colegial muy probablemente ni siquiera se ha formulado. 
«Gracias a un maestro, la pregunta del discípulo, esa que lleva grabada en su frente, se ha de manifestar y hacerse clara a él mismo. Pues una el alumno comienza a serlo, cuando [descubre y formula] la pregunta que lleva dentro, agazapada. Esa pregunta, una vez formulada, es el inicio del despertar de la madurez, la expresión misma de la libertad. No tener maestro es no tener a quién preguntar y más hondamente todavía, no tener ante quien hacerse preguntas. Es quedar encerrado dentro del laberinto primario que es la mente… quedar encerrado como el Minotauro, desbordante de ímpetu, pero sin salida»
Así pues, ¿cuál es el momento más importante de una clase? Según Zambrano, es el primer silencio con el que el profesor se coloca ante sus alumnos: una pausa en la que ellos perciben el esfuerzo que hará por buscar, no solo  las preguntas propias sobre la materia que imparte, sino ese minotauro lleno de ímpetu que busca una salida. Esto me recuerda al otro silencio que señala el profesor Ratzinger, el que aparece 
«cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón».
Pensemos en los grandes maestros que hemos tenido, y quizá reconoceremos esa capacidad de llenar con su personalidad y su sabiduría, los pequeños silencios con los que inyectaban pasión y entusiasmo a sus lecciones.

lunes, 19 de junio de 2017

La universidad, el andén y el tren. En homenaje a Don Sergio Villanueva



En un manuscrito de 1267 encontramos unas estrofas que se han convertido en el himno universitario. Es el «Gaudeamus igitur». Ahí se canta a las glorias de la vida universitaria y nos invita a alegrarnos porque pasamos por sus aulas. Pero lo hace de una forma curiosa. Primero nos recuerda  el gozo por la comunidad académica; unos años que pasan de prisa y están contados, como la vida. Por eso, hemos de alegrarnos -sí por ser universitarios- pero hemos de saber hacerlo ya, ahora mismo.   

Alegrémonos pues, 
mientras seamos jóvenes. 
Tras la divertida juventud, 
tras la incómoda vejez, 
nos recibirá la tierra.

¿Dónde están los que antes que nosotros
pasaron por el mundo?
Subid al mundo de los cielos,
descended a los infiernos,
donde ellos ya estuvieron.

Ante este panorama de provisionalidad y de prisa, ¿por qué es importante la universidad? ¿Qué nos dice hoy una canción de más de 800 años de antigüedad? Si un joven a los 18 años ya tiene edad para trabajar, ¿por qué retrasar su vida laboral unos cuatro años sólo para que estudie? ¿Por qué si la universidad es preparación para la vida profesional,una vez en ella los maestros nos dicen que de lo que se trata es de entrenarnos para el mundo real? ¿No es más eficaz entrar a trabajar directamente? ¿Qué hay de valioso en esas horas de estudio no necesariamente útil para la vida productiva?

La universidad es un sitio para dejar pasar el tren que acaba de llegar y detenerse en el andén para conversar con otros. Algunos con más experiencia nos transmiten de su saber. Curiosamente, en ese mundo lleno de prisa, en la universidad nos detenemos a pensar cómo gastamos la vida y el modo en que podemos vivirla con intensidad y con sentido: ¿cuál es la forma recta de ser humano y de sociedad? ¿Cómo se vive dignamente y cómo encontrarle sentido a a una existencia que se enfrenta a la muerte? ¿Si he de morir, de qué sirve mi prestigio o mi dinero? ¿Cómo conecto estas preguntas con mi vida laboral? ¿Qué tipo de trabajo vale la pena para mi y cómo lo ejecuto eficazmente? Tras platicar con otros en ese andén, llegará el siguiente tren, el del trabajo, el de la vida profesional y habremos de abordarlo. El tren, inevitablemente nos llevará a la última estación. ¿Valió la pena la vida que vivimos? ¿Realmente aprendí a vivir aquello que valía la pena?

¿Por qué elegí este tema para hablar hoy? Murió Sergio Villanueva, el rector fundador de la Universidad Panamericana en Guadalajara, donde trabajo. Para nuestra comunidad académica ha sido una pena, sin duda; no estaríamos en este andén, sin los esfuerzos de Don Sergio Villanueva. Durante su vida edificó un lugar, una sala de espera ya en el andén, en el que muchos nos hemos detenido a esperar el tren. Así que, le tomo prestadas estas palabras a esa canción medieval: «¡Viva la Universidad, // vivan los profesores. // Vivan todos y cada uno de sus miembros // resplandezcan siempre.» ¡Gracias por su esfuerzo, Don Sergio! Ahora nos toca hacer que siga valiendo la pena.  Espero verlo en la última estación.

sábado, 3 de diciembre de 2016

El «mundo real» y su atrofia musical


Escribía el @ProfesorDoval que la crisis de nuestro tiempo es hija de la superficialidad y la zafiedad con la que planteamos, reflexionamos y resolvemos las preguntas sobre «la propia vida, la propia muerte y la humanidad de la que soy parte». Sobre esa superficie, las coordenadas existenciales que se vislumbran desde ella, se limitan a lo que se produce, intercambia o se controla. Para seguir con el diálogo, -me están oyendo Cristi, Diego, Manuel, Juan Pablo, Fer, Ligia e Isolino [y Flor, que hace tiempo traía esta inquietud]- me encontré con el ensayo «Pajarillos que no cantan» de Chésterton. Aquí unos párrafos:
«Y de pronto me pregunté por qué no hay ningún oficio moderno del que se sepa que tiene una poesía ritual. ¿Cómo es que la gente canta rudos poemas cuando tira de una soga o recoge frutos y por qué nadie hace nada parecido mientras se dedica a cualquier actividad moderna? ¿Por qué ningún periódico moderno se imprime cantando a coro? ¿Por qué los comerciantes cantan tan pooco, por no decir nunca?
Si los segadores cantan durante la siega, ¿por qué no cantan los auditores mientras auditan y los banqueros mientran realizan operaciones bancarias? Si hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un barco, ¿por qué no hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un banco? [...]
Al entrar en la nube de Londres, me encontré con un amigo mío que trabajaba en un banco y le entregué esas sugerencias en verso para que las distribuyera entre sus colegas. Pero no se mostró demasiado esperanzado sobre el asunto. No era (me aseguró) que subestimara los versos ni que, de ningún modo, le parecieran faltos de refinamiento. No; era más bien que le parecía notar algo indefinible en la propia atmósfera de la sociedad en la que vivimos que hace que sea espiritualmente muy difícil cantar en un banco. Y creo que debe tener razón [...] Los empleados de banco no tienen canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres que ellos. De camino a casa pasé junto a un pequeño edificio de teja, de alguna orden religiosa, que estaba estremecido por unas voces igual que resuena con voz propia una trompeta. Sea como fuere, estaban cantando; y por un instante se me ocurrió una idea fantasiosa que ya se me había pasado antes por la cabeza:  que, entre nosotros, lo humano ya sólo puede encontrarse en lo sobrehumano. La naturaleza humana, al verse perseguida, ha corrido a acogerse a lo sagrado.»
Profesiones sin poesía. Actividades sin un canto que las identifique como sublimes. Tal vez, la crisis no es de esa profesión en sí misma, sino del espíritu que la anima: «¡Tú sólo sives para el trabajo! ¡Éste es tu único mundo real! ¡No das para más!». ¿Quién canta sólo para eso? No, para eso no merece la pena cantar. No, de un mundo real así, no nacen coplas. Termino con esta joya de Ratzinger:
«Quisiera proponer para estas reflexiones unas bellas palabras de Mahatma Gandhi que encontré no hace mucho tiempo en un calendario. Gandhi alude a los tres espacios vitales del cosmos, señalando, a la vez, que cada uno de ellos provee de un género propio de seres. Los peces, que guardan silencio, viven en el mar. Los animales que pueblan la tierra dan alaridos. En cambio, los pájaros, cuyo espacio vital es el cielo, cantan. Lo característico del mar es el silencio, el grito lo es de la tierra, y el canto del cielo. Ahora bien, el hombre participa de los tres, pues lleva en sí la profundidad del mar, el peso de la tierra y la altura del cielo. Por eso, le pertenecen también las tres cualidades: el silencio, el grito y el canto. Quisiera añadir a todo ello que en nuestros días vemos cómo, alejado de la trascendencia, al hombre sólo le queda el grito, pues quiere ser exclusivamente tierra e intenta convertir el cielo y la profundidad del mar en tierra suya.» 

martes, 22 de noviembre de 2016

¿Qué aprendí en el doctorado?


Sin duda me instruí sobre la Declaración Universal de Derechos Humanos. Nombres, discusiones, propuestas, fórmulas, artículos, ideas. Sé tantos datos que hasta escribí y leí una tesis sobre eso. La pregunta es más bien esta: ¿qué es lo que «sé» realmente gracias al doctorado? O mejor aún, ¿qué sabiduría adquirí gracias a este grado universitario?

Tres actitudes y comportamientos que ahora considero irrenunciables:

1. Sé honesto y fiel –«be true», sé de verdad- con el estudio, y el estudio será fiel y honesto contigo. Las horas de lectura, trabajo, preparación y reflexión, aunque parezcan inútiles, nunca lo son. Los datos que se encuentran en textos y artículos son importantes; con esa información, dedicación y empeño, se adquieren los grados académicos. Pero el esfuerzo por comprenderlos intelectualmente y las horas de soledad mientras se arma la tesis, iluminan un mundo interior muy peculiar que va más allá de la información técnica. Es en soledad interior donde aparece el tesoro: el momento «eureka!». Se trata de un aparecer en forma de asombro; se experimenta como un darse cuenta de que esa nueva idea no sólo está ahí... sino que ¡es un regalo! Sí, evidentemente se fertiliza la tierra, se plantan semillas y se lanzan nutrientes. Se obra algo al modo del horticultor. Pero la planta surge como un don y su fruto, un regalo.

Lo mismo pasa con una nueva idea, pues el saber fructifica como un campo de «eureka!s». Son instantes que se acogen, disfrutan, celebran... y se vuelven a sembrar. Son momentos para embriagarse en el asombro por el regalo inmerecido, nunca como la satisfacción de cobrar lo que se merece. Quien estudia sólo para acceder a un grado, producir un artículo o dictar una lecture, se perderá lo más importante: porque le hace fraude al saber libre, al conocimiento como regalo y a su experiencia como asombro.

2. Guardar silencio. El «ocio» no es una actividad, sino un estado del alma; es una forma de callar para contemplar lo que se vive. Lo maravilloso se muestra al que guarda silencio, pues lo sublime huye de quien pisa escandalosamente. Hace falta callar para preguntarse: ¿qué tiene esto que me conmueve? ¿Cómo soy yo, que esto me hiere y reclama mi atención? ¿Por qué es bello, si no necesita ser bello para funcionar? ¿Y esta idea nueva que aparece en mí, por qué me emociona?

Al callar, no me refiero sólo al no decir nada sino al saber dar un paso atrás. Con algo de distancia se ve lo que se sabe, se contempla su condición de don y su maduración como un compromiso. Sólo si se calla, el amor con el que se trata al saber, se descubre como respuesta a nuestros anhelos y ansias; pero también como gozo, embeleso y fruición. Al callar se aprende a contemplar: un ver con amor el regalo que se admira.

3. Las conversaciones importan... y mucho. Para los griegos las conversaciones eran el único camino para develar la solución justa a los problemas de la polis. Ellos no se referían sólo a un intercambio de opiniones, como el que canjea tarjetitas de colección para un álbum de jugadores; ni tampoco veían el diálogo como el que adquiere una opinión nueva para colocar en su alacena intelectual. No. Los griegos –al menos Sócrates y claramente Platón- estaban convencidos de que el diálogo implicaba examinarse a uno mismo, para justificarse primero –«quién soy de verdad»-, y mostrarse después a los otros. Por ejemplo, la conversación sobre una de mis aficiones deportivas, exigiría no sólo que la señalara, sino que la justificara: «soy aficionado a este equipo porque nací en esta ciudad»; «soy aficionado a un deporte, porque ví jugar a Manning». Conversar nunca es sólo emitir sonidos. Más aún cuando compartimos los momentos «eureka», pues de alguna manera nos develamos ante los demás. Hablar de ellos es exponernos, ya sea porque nos vemos obligados a comportarnos conforme a lo que afirmamos o arriesgarnos a descubrir que aquello no vale la pena.

Así pues, el diálogo exige ponerse en evidencia, ofrecer los motivos de las propias opiniones, y ponerse en camino, junto a un amigo, en la búsqueda del saber compartido. El lugar donde sucede esta peculiar conversación, y al mismo tiempo, el resultado de esa conversación se llama  universidad (quizá con más precisión, el bar universitario).

Las conversaciones no son un arrojar opiniones, sino, principalmente, moverse interiormete para saber: es una forma de dejarse transformar por la verdad conocida y por el encuentro con otro. Es impregnar el saber del amigo en la propia intimidad. Es en una conversación, dónde se celebran y se ponen en común los momentos eureka!; y, sin duda, donde se fertilizan y reciben nuevas semillas del saber.

Ser honesto con el estudio, callar y guardar silencio, un continuo conversar. This is it!

miércoles, 16 de noviembre de 2016

«El poder de una conversación». El caso del Dr. Amézquita


Hoy leyó su tesis mi amigo Juan Alberto. 

Con él sostuve mi primera conversación sobre la vida universitaria. Me dijo, hasta donde me es posible reconstruir, que el grado académico era lo de menos. El corazón de un alumno, los ideales de una sociedad, no se encienden con erudición sino con sabiduría y cercanía. Algo que se alcanza con muchas horas de estudio, otras tantas de silencio y varias más en conversaciones.

También, el Dr. Amézquita fue el primero que me animó a preparar un paper para un congreso académico, y con él fui a la Universidad de Notre Dame. 

Así que en mi biografía académica, mucho del plano general y la colocación de los primeros ladrillos, se los debo a Juan Alberto.

Le dedico esta entrada para felicitarlo por su Doctorado. Le estoy agradecido.

¡Ah! Y un video de Álvaro, sobre el poder de una conversación


jueves, 13 de octubre de 2016

Tomar vino previene el cáncer... excepto cuando no



La lista es más larga: el chocolate, el café, la leche, el té, etc. El artículo lo vi aquí. Si esto sucede con ciencias duras –no sé si la palabra sea la adecuada-, ¿qué pasará con los estudios cualitativos de las ciencias sociales? Aquí, por ejemplo, una revisión crítica sobre la metodología en estudios sobre la familia. (Reconozco que no he visto –no porque no existan, sino porque no me he cruzado con ellos-, los de la posición política contraria).


martes, 4 de octubre de 2016

La defensa


Sé que en el blog, una entrada vale más si es breve. Pero en esta ocasión, transcribo lo que leí en la defensa de mi tesis

CON LA VENIA DEL TRIBUNAL 

Dividiré esta defensa en cuatro secciones: el porqué de la elección  del tema; la metodología empleada y la estructura de la misma; las conclusiones; y por último, los agradecimientos.

I. La razón de la elección del tema

En el verano de 2002 comencé a traducir al castellano el libro de Mary Ann Glendon, A World Made New, un proyecto que se extendió hasta el 2011. Ese mismo año publiqué un libro de texto universitario sobre derechos humanos, que escribí en coautoría con el Profesor Hugo Ramírez. Estos proyectos académicos me exigieron estudiar los fundamentos filosóficos de los derechos humanos, el proceso de redacción de la Declaración, y conectar ambos, tanto con los mecanismos técnicos de defensa de estos derechos, como con los problemas de adjudicación y las tensiones respecto a su universalidad. Tales problemas debían, además, ser expuestos de forma sintética y lo más clara posible, como para servir como texto pedagógico. Ese mismo año, además, comencé mis estudios doctorales. 

Esta casualidad temporal, la convergencia intelectual en la que me encontraba y el asesoramiento de la profesora Aparisi, me inclinaron a enfrentar el problema de la fundamentación de la Declaracion Universal de Derechos Humanos en la investigación doctoral. Sin embargo, parecía que había muy poco qué aportar sobre esa cuestión. Por una parte, es un lugar común, apuntar a las ideas de Jacques Maritain como una de las influencias más importantes en relación al fundamento de los derechos humanos en la Declaración Universal. De ese modo podría parecer ocioso dedicar una tesis doctoral a un problema ya resuelto. Pero, me había dado cuenta que en los últimos años, se habían publicado estudios histórico-filosóficos sobre la redacción de la Declaración.  También, que habían visto la luz biografías, memorias y artículos científicos sobre los miembros del núcleo redactor del texto. Con este nuevo material, era posible revisar e investigar nuevas perspectivas, quizás más precisas sobre problema de la fundamentación de los derechos humanos en este importante documento. Además, podría validarse o no la conclusión a la que llegan importantes académicos, en la que sostienen que los redactores lograron su cometido porque evitaron incorporar en la Declaración cualquier afirmación sobre su fundamento.

Para entonces, había conocido que la Declaración había sido redactada por cientos de personas. Se aconsejaba por tanto dos modos de acercarse al problema: por una parte seguir la guía de uno de los redactores, o de algún filósofo que hubiera ofrecido ya un argumento de fundamentación que estuviera disponible para los redactores. Y, por el otro, reconocer el significado básico de los conceptos implícitos en los acuerdos prácticos logrados.

En la tesis, se utilizarían ambos caminos para resolver tres preguntas íntimamente relacionadas entre sí. Primera, ¿por qué tenemos derechos y podemos exigir su respeto? Es decir, ¿por qué habría motivos racionales para suponer que un miembro de la especie humana se vincularía éticamente a respetar lo que llamamos derechos humanos de otro ser como él? 

Segunda, ¿cómo se explicaban los redactores que, aún careciendo de una base iusfilosófica compartida, fuera posible esperar y lograr, acuerdos con vistas a la acción común? En otras palabras, si de nuestro modo de conocer, se sigue el actuar, ¿cómo justificar el acuerdo en unos comportamientos calificados como esencialmente humanos y universales, si cada uno de los participantes partía de presupuestos teóricos distintos? 

Y tercera pregunta, a pesar de haber logrado un convenio práctico, ¿cuál es el dinamismo ético que se desata cuando los que perciben las exigencias para la acción, intentan fundamentarlas filosóficamente? Y por el contrario, ¿qué sucede con esos derechos y los acuerdos prácticos que los manifiestan, cuando se abandona el esfuerzo de su justificación teórica definitiva por quien se ha comprometido a respetarlos?

II. Metodología y estructura.

Decidimos, en el primer capítulo, hacer un recuento del proceso de redacción de la Declaración Universal; no sólo para ofrecer un contexto en el que fuera posible colocar los argumentos de los redactores; sino, principalmente, para reconocer en qué medida el tipo de documento que pretendían componer, condicionó, o mejor dicho, delineó, las categorías conceptuales de la Declaración.

Después, comenzamos nuestra reflexión sobre las personas que nos ayudarían a aproximarnos la fundamentación de los derechos humanos en la Declaración Universal. Nos pareció importante acudir a Jacques Maritain, quien había publicado en 1942, un tratado sobre los derechos humanos en el que podrían haber encontrado inspiración varios de los redactores nucleares del texto: como podrían haber sido Hernán Santa Cruz –un demócrata cristiano chileno-, o el filipino Cárlos Rómulo, o el francés René Cassin. 

Por eso, el segundo capítulo lo dedicamos a recuperar el argumento de fundamentación de los derechos humanos según Jacques Maritain. Nos interesaba tanto su descripción de los fundamentos de los derechos humanos, como encontrar en las nuevas biografías y memorias de los redactores –Cassin, Humphrey, Malik, Roosevelt, etc-, los posibles caminos intelectuales en los que pudo haber llegado a la composición del texto esas ideas. Para lograrlo, entre otras cosas, acudimos al Jacques Maritain Center de la Universidad de Notre Dame.

El tercer capítulo fue dedicado a Charles Malik. Este diplomático reunía cinco características que lo distinguían del resto de los redactores: fue el único delegado que era miembro eminente de los distintos organismos de Naciones Unidas que intervinieron tanto en la composición como en la aprobación de la Declaración. Segundo, era filósofo de profesión, preparado por su oficio y predispuesto intelectualmente, para reconocer las ideas implícitas en los argumentos que se iban presentando. Tercero, era docente. Por ello, encontramos en sus exposiciones un hilo argumentativo conductor propio del maestro que intenta conseguir la adhesión de quien lo escucha. Cuarto, era capaz de armonizar muchas posturas, en apariencia contradictorias entre sí. Por último, el quinto, la eventual conexión intelectual entre Malik y Maritain, que haría reconocible un argumento más estructurado al momento de la redacción de la Declaraión. En la elaboración de este capítulo recibí la ayuda de la Biblioteca de la American University of Beirut. En este capítulo hilamos la posición intelectual del docente, con las habilidades del diplomático que incorporó a la Declaración Universal referencias a la dignidad del ser humano como dato ontológico, la confianza en la razón, la conciencia como manifestación de la dignidad, el valor de las comunidades intermedias, etc.

En el cuarto capítulo, reconstruimos el argumento de fundamentación de los redactores a partir de la composición de los artículos y fórmulas que contienen esas afirmaciones filosóficas. Ahora se trataba de ofrecer la perspectiva de los redactores en general, no tanto de un único personaje. Para eso, acudimos a los borradores y a los debates que generaron, para descubrir el significado de las fórmulas acordadas.

Por último, en el quinto capítulo, enfrentamos estos hallazgos con las conclusiones académicas con las que se suele interpretar la Declaración.

Me gustaría señalar que este trabajo se compuso principalmente en la biblioteca de la Universidad de Navarra y en la del campus Guadalajara de la Universidad Panamericana. 

III. Hallazgos y conclusiones.

A continuación presento algunas de las conclusiones de este trabajo, sintetizadas en ocho puntos:

1. A pesar de que los redactores evitaron partir de comprensiones filosóficas comunes definitivas, y dado que los acuerdos prácticos sólo son inteligibles desde el significado común de lo que implican los términos del convenio; sí es posible afirmar que existe una visión de la persona y su vida en sociedad que constituye la fundamentación implícita sobre la que se construye toda la DUDH. Esto es evidente en el contenido del primer párrafo del Preámbulo, y en los artículos 1, 29(1), 16(3), 18, y 26(3). Ahí, los delegados sí hicieron referencia a la existencia de una naturaleza humana común, que goza de una dignidad intrínseca, gracias a la cual se descubren unas exigencias, cuyo cumplimiento hace posible que florezca la vida auténtica de la persona y de sus comunidades. Sin este componente ontológico, los derechos humanos no podrían ser requerimientos indisponibles para Estados, culturas, modas o la ley del más fuerte.

2. La Declaración sostiene que en toda persona inhiere una potencialidad cognitiva innata, que se activa cuando se ponen en juego las exigencias de su dignidad intrínseca. Es entonces cuando se hace inteligible para cada persona que comparte la humanidad común, su deber de implicarse en la plenitud de la vida de los otros. Y es a través de este camino, en el que puede descubrir su propia dignidad. 

3. Además, el conocimiento de los derechos humanos, para la DUDH, no se logra a través de un discurso de tipo racionalista o lógico-deductivo. Se trata, más bien, de un conocimiento ético por empatía, en cierto sentido una intuición estética del valor absoluto de “quien está presente ante mí y es como yo”, cuyos fines están en juego con la propia acción. Por esta vía, al percibir los derechos del otro y los deberes ante él, el sujeto, descubre su propio camino de realización plena, de acuerdo con los requerimientos de su humanidad. Por todo ello, para los redactores de la Declaración, el sujeto de los derechos humanos, no es un individuo que toma conciencia de su propia libertad y la opone a otros; sino una persona, un ser en relación, que hace eficaz la dignidad de su ser, cuando cumple sus deberes y realiza sus derechos. 

4. La Declaración se apoya en el conocimiento básico de experiencia elemental de los seres humanos; por ello, podría afirmarse que se trató de un proyecto iusfilosófico basado en el sentido común. Por eso se alejan de la concepción de la DUDH aquellas doctrinas filosóficas que parten de un individuo aislado, de una especie de átomo de aotonomía, de categorías lógicas comprendidas a priori, de situaciones hipotéticas de total individualidad o de velos de ignorancia.

5. Jacques Maritain, aunque no participó en el proceso directo de la redacción de fórmulas, ni en la votación a favor de los artículos, fue el promotor de un lenguaje, de unas categorías y de un ambiente cultural favorable a los derechos humanos, principalmente entre los círculos católicos su época. Por entonces, ninguna otra tradición había utilizado el lenguaje de los derechos humanos basada en la dignidad como respuesta a la crisis ocasionada por las guerras mundiales. 

6. De entre todos los redactores, el libanés Charles Malik jugó un papel fundamental para que el texto incorporara, del modo en que lo hizo, las referencias y el sentido de las palabras “conciencia”, “razón”, “dignidad”, “comunidad”; o a la composición de las fórmulas que señalan a la familia como “elemento natural”, a los padres con unos derechos “preferentes”, es decir, no disponibles para el Estado, o la intimidad de la conciencia como el lugar donde se juega la autenticidad del ser persona con dignidad. No sabemos qué hubiera pasado con la DUDH sin los esfuerzos del libanés, ni tampoco pretendemos sostener que él fue el único motor de esas incorporaciones. Únicamente concluimos que Malik supo explicar, proponer y defender esas características como intrínsecas al ser humano personal, que permiten afirmar el carácter no puesto, otorgado o regalado por la autoridad, de unas exigencias de la existencia auténticamente humana.

7. Ahora bien, para Malik y Maritain, no sólo era importante el que los derechos humanos estuvieran fundamentados, sino que también era necesario explicar por qué unos acuerdos prácticos sobre exigencias fundamentales de la dignidad de todo ser humano, pueden lograrse a pesar de partir de concepciones filosóficas contrapuestas. Para el libanés, las afirmaciones prácticas formaban parte del esfuerzo moral de cada persona, por situarse –desde su conciencia formada en una tradición- ante la verdad. Es decir, para él, toda concepción filosófica no es sólo una elucubración intelectual aséptica, sino un esfuerzo moral por comprometerse ante la verdad. En este sentido, el acuerdo sobre la vida concreta y auténticamente humana, era posible porque, a pesar de partir de posiciones teóricas dispares, la diferencia se originaba en el punto desde el que se observaba la verdad y la dignidad. De ahí que, para Malik, fuera fundamental el ejercicio de colocarse a los pies de los de los grandes maestros, o el esfuerzo por el dialogo intercultural, para aprender a descubrir desde esa posición, la realidad que ellos habían captado.

8. Malik y Maritain se alimentaron de la tradición tomista de la ley natural. De modo que, si estos dos autores delinearon la fundamentación de la Declaración, –el francés de forma indirecta, el libanés, de manera inmediata- puede decirse que las ideas del de Aquino están presentes de forma importante en la concepción iusfilosófica de la DUDH. Pero no tanto como una escuela de pensamiento elegida entre otras, sino, más bien, como una forma de edificar su argumento desde la experiencia moral elemental de los bienes humanos básicos que se ponen en juego con la acción común y que realizan la dignidad. Por ello, precisamente, los redactores se acercaron tanto al realismo jurídico clásico: no para partir de los argumentos elaborados en el seno de una tradición filosófica; sino que desde la experiencia cotidiana, explicar el dinamismo moral implícito que terminó incorporándose en la Declaración.

IV. Agradecimientos

Para terminar, me gustaría agradecer a los miembros del tribunal, la lectura y observaciones a este trabajo. A la Universidad de Navarra y a sus profesores -saludo especialmente al profesor Valpuesta-. A la Universidad Panamericana, la oportunidad de llegar a este momento. A mi familia, cuyo apoyo incondicional ha sido fundamental. A todos los presentes, muchos de los cuales me han honrado con su amistad y me han compartido su sonrisa. Una mención especial merece la profesora Ángela Aparisi. Ha sabido abrirme horizontes intelectuales, me ha compartido su experiencia y ha tenido la gentileza de tomarme como aprendiz.

Muchas gracias.

sábado, 24 de septiembre de 2016

El quemón de la universidad y Father Sorin


No sé realmente cómo fue que comenzó el fuego. Tampoco, si la tragedia se agudizó a pesar de los esfuerzos por controlar el daño. Lo relevante es que la universidad se quemó. O al menos, lo que hasta entonces habían construido, se destruyó. Fue el 23 de abril de 1879. El Padre Edward Sorin, reunió a los sobrevivientes, quienes habían dedicado su vida a un proyecto del que sólo quedaban cenizas. Esta es una traducción dramatizada de su discurso:
-«¿Saben por qué se quemó la Universidad? Por que la construimos demasiado pequeña. Soñamos corto. Cualquier aplauso nos complacía. Se ha quemado para que la imaginemos más grande, para reconstruirla para otro nivel, para llenarnos el corazón con unos ideales más ambiciosos y universales».
«I came here as a young man and dreamed of building a great university in honor of Our Lady. But I built it too small, and she had to burn it to the ground to make the point. So tomorrow as soon as the bricks cool, we will rebuild it, bigger and better than ever»
La universidad que construyeron es la Universidad de Notre Dame.

sábado, 3 de septiembre de 2016

El mejor momento de una clase


Ayer celebramos los 30 años de la Facultad de Derecho en la que trabajo (UPGdl). Va un pequeño aderezo. Dos citas que describen los momentos más gratificantes que uno puede encontrarse en esas aulas.
«Durante las clases, el mejor momento es cuando los alumnos dejan a un lado el bolígrafo y se ponen a escuchar. Mientras van tomando apuntes sobre lo que dices, es señal de que lo estás haciendo bien, pero no les has sorprendido. Cuando dejan de escribir y fijan en ti su mirada mientras hablas, entonces quiere decir que a lo mejor has logrado llegar a su corazón» (Profesor Joseph Ratzinger. Vi la cita aquí).
-o-

«People are much stronger than they think they are when in pursuit of their telos, their purpose for living. [...] We are all fragile when we don’t know what our purpose is. If you really want people to be tough, make them idealistic for some cause, make them tender for some other person, make them committed to some worldview that puts today’s temporary pain in the context of a larger hope» (David Brooks, Making moder toughness).
Gaudeamus igitur!

lunes, 18 de julio de 2016

¿Trabajar durante Universidad? La opinión de Platón


Hoy llegaron 132 novatos al propedéutico de su licenciatura en Derecho. Su primer día en la Universidad. Ahí viene la pregunta: «–¿Y cuándo me recomienda comenzar a trabajar?». Como posible respuesta, van unos párrafos en el Teeteto de Platón, un diálogo sobre el saber. Este filósofo había trabajado en el mundo real: se dedicó a la política y, entre otras cosas, fue contratado para redactar una constitución en Siracusa. No era un pensador de los que tejen cobijas con las nubes. Pues bien, hay un pequeño diálogo en el Teeteto donde se preguntan en qué consiste el saber de quien trabaja en un tribunal y se empeña en los asuntos jurídicos. Platón asume que si alguien sólo sabe de eso, entonces no conoce lo importante.

Recuerda que una vez, Tales de Mileto cayó en un pozo mientras veía las estrellas. Una esclava se burló de él más o menos así: «¡Hey! ¡Pringa'o! ¡Quieres saber las cosas del cielo, pero te olvidas de las que tienes delante de tus pies!». Platón toma la broma que se lanza a los filósofos y la revira contra el que sólo sabe de lo que sucede en el mundo laboral: será esclavo de un saber parcial y limitado. Su castigo será vivir consigo mismo, será traicionado por sus categorías una y otra vez, su mundo se reducirá a lo que sucede en su área jurídica. Terminará tropezando, pues pensará que conocer cómo opera el derecho es suficiente para saber vivir la vida.

¿Trabajar mientras se estudia en la universidad? Tal vez sí; siempre que no se abandone el esfuerzo por saber aquellas cosas que vale la pena saber. Sólo si se es conciente de que el mundo laboral es sólo una parcela de la vida real de una persona. Platón sugeriría que lo más importante es la madurez intelectual para saber quiénes somos y cómo edificamos una vida libre, llena de amigos, bella, justa y plena.

¿Trabajar para conocer el mundo real y garantizar un futuro laboral? Si es sólo por eso, entonces, concluiría Platón, habría que prepararse para el castigo inherente a ese carácter: «convivirás contigo mismo. Tropezarás una y otra vez, por culpa de tus propias categorías intelectuales».

En otras palabras, el problema no está en trabajar o no, sino en lo que busco madurar al empeñarme en esa actividad, y lo que dejo de saber por dedicarle tiempo a ello.

Aquí va el texto de Platón. Primero puse una versión breve con comentarios; abajo, unos párrafos menos recordados.

Teeteto 
172c-177c
Los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados [o lacayos] [...] Siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse [Ellos mismos se limitan a hablar de asuntos jurídicos]. [...] Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud [alguien que sólo habla de derecho] y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.  Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares [parciales], que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. [...]
Cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia [del auténtico mundo real, del que hace que valga la pena la vida de una persona], y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie [no se entera, porque no lo ve; sus esquemas mentales atrofiados se lo impiden], ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo [como restanto importancia al adulador], sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve. [En el fondo el que sólo sabe de la operación jurídica, o de su ámbito profesional,  desconoce lo más importante, no se da cuenta de ello y tropieza, como Tales de Mileto, ante lo que tiene a sus pies] [...]
Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [La sansión es vivir con ellos mismos o con alguien similar a ellos] 
-o-
Sócrates: — Por cierto, muchas veces, querido amigo, se me ha ocurrido pensar, como en esta ocasión, que los que se han dedicado mucho tiempo a la filosofía frecuentemente parecen oradores ridículos, cuando acuden a los tribunales.
Teodoro:— ¿Qué quieres decir?
Sócrates:— Que los que han rodado desde jóvenes por tribunales y lugares semejantes parecen haber sido educados como criados, si los comparas con hombres libres, educados en la filosofía y en esta clase de ocupaciones.
Teodoro:— ¿En qué sentido?
Sócrates: — Estos últimos disfrutan del tiempo libre al que tú hacias referencia y sus discursos los componen en paz y en tiempo de ocio. Les pasa lo mismo que a nosotros, que, de discurso en discurso, ya vamos por el tercero. Si les satisface más el siguiente que el que tienen delante, como a nosotros, proceden de la misma manera. Y no les preocupa nada la extensión o la brevedad de sus razonamientos, sino solamente alcanzar la verdad. Los otros, en cambio, siempre hablan con la urgencia del tiempo, pues les apremia el flujo constante del agua. Además, no pueden componer sus discursos sobre lo que desean, ya que la parte contraria está sobre ellos y los obliga a atener se a la acusación escrita, que, una vez proclamada, señala los límites fuera de los cuales no puede hablarse. Esto es lo que llaman juramento recíproco. Sus discursos versan siempre sobre algún compañero de esclavitud y están dirigidos a un señor que se sienta con la demanda en las manos.
Hasta tal punto tratan sus disputas de asuntos puramente particulares, que muchas veces se parecen a una carrera por la propia vida. De manera que, a raíz de todo esto, se vuelven violentos y sagaces, y saben cómo adular a su señor con palabras y seducirlo con obras. Pero, a cambio, hacen mezquinas sus almas y pierden toda rectitud. La esclavitud que han sufrido desde jóvenes les ha arrebatado la grandeza de alma, así como la honestidad y la libertad, al obligarlos a hacer cosas tortuosas y al de parar a sus almas, todavía tiernas, grandes peligros y temores, que no podían sobrellevar aún con amor a la justicia y a la verdad. Entregados así a la mentira y a las injurias mutuas, tantas veces se encorvan y se tuercen, que llegan a la madurez sin nada sano en el pensamiento. Ellos, sin embargo, creen que se han vuelto hábiles y sabios. Así es esta gente, Teodoro [...]
Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Éste, cuando estudiaba los astros, se cayó en un  pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía delante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombress o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?
Teodoro:—Sí, y tienes razón.
Sócrates: —Así pues, querido amigo, como te decía al principio, cuando una persona así en sus relaciones particulares o públicas con los demás se ve obligada a hablar, en el tribunal o en cualquier otra parte, de las cosas que tiene a sus pies y delante de los ojos, da que reír no sólo a las tracias, sino al resto del pueblo. Caerá en pozos y en toda clase de dificultades debido a su inexperiencia, y su terrible torpeza da una imagen de necedad. Pues, en cuestión de injurias, no tiene nada en particular que censurar a nadie, ya que no sabe nada malo de nadie, al no haberse ocupado nunca de ello. Por tanto, se queda perplejo y hace el ridículo. Y ante los elogios y la vanagloria de los demás, no se ríe con disimulo, sino tan real y manifiestamente que parece estar loco. [...] Se ríe de los que son incapaces de hacer un cálculo de esta naturaleza y no alejan la vanidad de su alma insensata. En todos estos casos una persona así sirve de mofa al pueblo, unas veces por su apariencia de soberbia, y otras veces por el desconocimiento de lo que tiene a sus pies y la perplejidad que en cada ocasión le envuelve.
Teodoro: — Eso que estás diciendo, Sócrates, es exactamente lo que ocurre.
Sócrates: — Pero, querido amigo, cuando consigue elevar a alguien a un plano superior y la persona en cuestión se deja llevar por él, el resultado es muy distinto. Entonces quedando a un lado las cuestiones relativas a las injusticias que yo cometo contra ti o tú contra mí, y se pasa a examinar la justicia y la injusticia en sí mismas, lo que ambas son, y las diferencias que distinguen a la una de la otra, así como a ellas mismas de todo lo demás. De preguntas acerca de si es feliz el rey que posee riquezas se pasa a un examen de la realeza y de la felicidad o la desgracia que en general afecta a los hombres, para averi guar que son ambas y de qué manera le corresponde a la naturaleza del hombre poseer la una y huir de la otra. Cuando alguien de mente estrecha, sagaz y leguleyo, tiene d que dar una explicación de todas estas cuestiones, se in vienen las tornas. Suspendido en las alturas, sufre de vértigos y mira angustiado desde arriba por la falta de costumbre. Su balbuceo y la perplejidad en la que cae no dan que reír a las tracias, ni a ninguna oirá persona carente de educación, pues ellas no perciben la situación en la que se halla, pero sí a todos los que han sido instruidos en principios contrarios a la esclavitud.
Ésta es la manera de ser que tienen uno y otro, Teodoro, el primero ha sido educado en la libertad y el ocio, es precisamente el que tú llamas filósofo. A éste no hay que censurarlo por parecer simple e incapaz, cuando se ocupa de menesteres serviles, si no sabe preparar el lecho, condimentar las comidas o prodigar lisonjas. El otro, por el contrario, puede ejercer todas estas labores con diligencia y agudeza, pero no sabe ponerse el manto con la elegancia de un hombre libre, ni dar a sus palabras la armonía que es preciso para entonar un himno a la verdadera vida de los dioses y de los hombre bienaventurados. [...]
En relación con esto es como hay que valorar la verdadera habilidad de un hombre o su insignificancia y falta de virilidad. Pues la sabiduría y la verdadera virtud no son otra cosa que el conocimiento de la justicia, y su desconocimiento es ignorancia y maldad manifiesta. Cualquier otra cosa que pudiera parecer habilidad y sabiduría, en el ejercicio de la política es grosería y en las artes vulgaridad. En consecuencia, al hombre que es injusto o impío de palabra o de obra es al que menos puede reconocérsele que tiene habilidad por su falta de escrúpulos. Ellos, en efecto, se vanaglorian de lo que, en realidad, es un reproche y creen oír con ello que no son, como los necios, una mera carga de la tierra, sino hombres como hay que ser para estar a salvo en la ciudad.
Así pues, debemos decir la verdad: ellos son lo que no creen ser, tanto más cuanto menos lo creen, pues desconocen el castigo de la injusticia, que es lo que menos conviene desconocer. Este castigo no es el que piensan, no consiste en los golpes ni en la muerte que a veces no sufren los que practican la injusticia, sino en un castigo del que no es posible escapar. [...]  Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos [al injusto] y menos al otro [al virtuoso]. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo. [...] Pues bien, como no se dan cuenta de esto, debido a su insensatez y a su extrema inconsciencia se les pasa por alto que con sus acciones injustas se hacen más semejantes a uno de ellos y menos al otro. Viviendo esa clase de vida a la que ellos se asemejan es, pues, como reciben el castigo.