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jueves, 9 de octubre de 2014

¿De dónde salen los héroes? Jane Austen y los educadores de grandeza.

Jane Austen en el billete de £10
En los personajes de Jane Austen se repite un patrón: el despertar. De pronto se dan cuenta de su comportamiento deficiente, de su juicio equivocado y de sus sentimientos desajustados (aquí algo ya publicado en el blog al respecto). Algunas de sus heroínas tienen amigos que se los hacen notar.  Emma Woodhouse cuenta George Knightley en «Emma». Catherine Morland recibe un consejo -más bien un regaño- de  Henry Tilney en «Northanger Abbey». Por último, Ann Elliot madura con los consejos de Lady Russell -aunque con matices- en «Persuasion». Tanto Knightley como Tilney son personajes de buen juicio, el prototipo de caballero. Lady Russell es una buena amiga, confidente y consejera. Parece lógico y hasta natural que Emma, Catherine y Anne hayan sido educadas por estos mentores. A diferencia de ellas tres, ni Elinor Dashwood, ni Elizabeth Bennet, ni Fanny Price tienen a su alcance a un educador así.

Austen crea ambientes donde las protagonistas viven rodeados de personas desajustadas en sus juicios, inestables en sus sentimientos, vanidosos y egoístas en sus relaciones con otros y superficiales en sus pretensiones de felicidad –a veces ellas lo son-. Si tomamos en cuenta, además, que ni Elinor, ni Elizabeth, ni Fanny, contaban con maestros de una vida que valga la pena, entonces, ¿cómo fue que las heroínas lograron ser distintas al resto? ¿De dónde sale una persona centrada si el ambiente en el que vive no se presta para ello? ¿Cuál fue ese proceso educativo que las formó para ser agudas y empáticas? ¿Dónde aprenden a no ser como los demás?

Hay tres cosas en común que parece ser la fuente de su auto-educación: (i) leen, (ii) contemplan y retienen, y (iii) se esfuerzan. Quizá son estos tres los educadores de personas ajustadas que propone Jane Austen.

1. Leen.

Leen cartas y libros. Pero también pinturas, la naturaleza... y personas. En «Pride and Prejudice» Elizabeth Bennet es obligada por Darcy a leer una carta en la que él explica tanto sus motivos para separar a su hermana Jane de su amigo Charles Bingley, como sus fricciones con George Wickham. En la carta se habla de sucesos pero el resultado es un encuentro de dos personas: quién realmente la persona que escribe –Darcy- y quién realmente quien lee -Elizabeth-. 

El encuentro también sucede cuando Elizabeth lee las pinturas familiares en visita a Pemberley. Lizzy se ve obligada a enfrentarse a las personas retratadas, y al igual que con la carta, vuelve una y otra vez sobre el cuadro. Ya escribí en blog algo sobre lo que significa leer [«Toma y lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S. Agustín)], ahí podrán encontrar más detalle.


«A Gentleman's Art Gallery», de Thomas Rowlandson (1756-1827). En una habitación así, Elizabeth habría encontrado el cuadro de Darcy
2. Contemplan y Guardan.

Fanny Price, la heroína de Mansfield Park (aquí un post dedicado a ella y en esta página, una colección de post sobre esta novela) fue adoptada por su tío rico para mejorar sus oportunidades en la vida. Su soledad forzada la llenaba con largas entrevistas consigo misma donde contemplaba y meditaba lo que veía. Tanto que en ocasiones sus parientes -insensibles y egoístas- pasan de largo su presencia. Austen vincula la indiferencia hacia Fanny con la apatía hacia la belleza de las estrellas:
«Durante unos minutos hermano y hermana estuvieron demasiado entregados al mutuo comentario sobre la magnificencia de la noche y el intenso brillo de las estrellas, para pensar más que en sí mismos; pero, al producirse el primer silencio, Edmund, mirando en derredor, dijo:
—¿Dónde está Fanny? ¿Se ha acostado ya?
—No; que yo sepa, no —contestó la señora Norris—; hace un momento estaba aquí.
Su dulce voz, al hacerse oír desde el otro extremo de la sala, que era muy espaciosa, les indicó que estaba en el sofá. Tía Norris empezó a gruñir:
—Es un truco muy tonto, Fanny, esto de arrinconarse para pasarse la noche holgazaneando en un sofá. ¿Por qué no te acercas y te sientas aquí, y te empleas en algo como hacemos nosotras? Si no tienes labor tuya, yo puedo proporcionártela de la cesta de los pobres. Allí está todo el percal nuevo, comprado la semana pasada, todavía intacto. Te aseguro que casi se me quebró el espinazo al cortarlo. Tienes que aprender a pensar en los demás; y, puedes creerme, es un hábito muy feo en una persona joven el estar siempre recostada en un sofá. (Capítulo 7)»
En todas las novelas de Jane Austen sólo existen dos pasajes que podemos calificar de metafísicos. Ambos en Mansfield Park. Son escenas en las que se habla sobre cómo son las cosas en sí, y cómo en ellas encontramos un orden, un brillo, una belleza que nos llama. Como si existieran para ser contemplados  y de esa contemplación nosotros pudiéramos conocernos quiénes somos. En otras palabras, las cosas son inteligibles, apetecibles y amables para nosotros, por que tenemos una razón capaz de conocer ese diseño, unos sentimientos diseñados gozar de esa armonía y un corazón para conmoverse ante ese llamado. En la primera de esas escenas, Fanny se conmueve al observar las estrellas, lo que le permite reflexionar sobre la belleza, el orden y la armonía:
«Fanny convino en eso, y tuvo la satisfacción de ver que él [su primo y protector Edmund] permanecía a su lado, junto a la ventana, a pesar de la anunciada canción, y que volvía como ella los ojos al exterior, cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cautivador en la luminosidad de una noche estrellada, contrastando sobre la profunda negrura de los bosques. Fanny habló por sus sentimientos:
—¡Esto es armonía! —dijo—. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste. (Capítulo 11)»
Si la naturaleza expresa una armonía que podemos conocer, apreciar y gozar, es por que dicen algo de nosotros mismos. Aristóteles se dio cuenta de ello: nuestra acción imita lo que vemos en la naturaleza (Física, II.4.194a.21-23). Es decir, aprendemos a operar viendo cómo lo hacen las cosas de la naturaleza: vemos que buscan unos fines, aprendemos a que lo hacen con un orden, etc. y a partir de ahí aprendemos algo de nosotros mismos. Tomás de Aquino siguió esa idea: la racionalidad que vemos en las cosas, nos dice algo, educa nuestro sentido de juicio y moldea nuestros juicios prácticos (Brock, The legal Character of Natural Law of St. Thomas Aquinas). El maestro de un oficio muestra a su pupilo una serie de objetos para acostumbrarlo a ver y producir uno similar -«este es un buen jarrón y así se hace»-. El aprendiz modela el barro y lleva su vista al modelo diseñado por el maestro para guiar su propia acción. Así produce un buen jarrón, como el de su maestro, y a prende a imitarlo. De la misma manera, en la naturaleza existe un modelo de «buen jarrón» de cuya contemplación aprendemos a guiar nuestra acción: «Por eso el intelecto humano, cuya luz inteligible se deriva del intelecto divino, debe ser formado por la observación de las obras de la naturaleza, para obrar de manera similar (Tomás de Aquino, Comentario a la Política de Aristóteles, Proemio)»

En Jane Austen, el carácter se moldea a través de la contemplación, de almacenar  y guardar en el corazón la armonía de la naturaleza. Con esa educación es posible también ajustar el carácter de una persona y conocer cuál su vocación y destino: por que se sabe ver lo que vale la pena. La armonía de la naturaleza es educadora: transforma a quien la contempla en un personaje éticamente atractivo, solidario con otros seres humanos, racionalmente crítico y afectivamente estimulante: una buena persona.

Fanny (Julia Joyce) y Edmund (Blake Ritson) en la versión de 2007 de Mansfield Park

Mary Crawford, la antagonista, es incapaz de apreciar la armonía. Para ella, el orden de la naturaleza no dice nada, ni afecta su juicio, ni modela sus sentimientos, ni influye en sus decisiones. Y mucho menos es capaz de guardar en la memoria -más bien en el corazón- ese tipo de experiencia. Ante la belleza, es «impasible y distraída». Por eso no tiene nada que decir. A lo largo de la novela Mary se jacta de ser una «egoísta incurable», de ir a lo suyo, de superficial. Y ese vacío se manifiesta también en su sordera para la belleza: su espíritu está atrofiado para captar la belleza tanto de la naturaleza como de las necesidades de una persona.
«—Es bonito, muy bonito —dijo Fanny, mirando en derredor, un día en que se hallaban así sentadas en un banco—; cada vez que vuelvo a encontrarme entre estos arbustos me sorprende más su desarrollo y belleza. Hace tres años, esto no era más que un seto vivo que crecía descuidadamente a lo largo de la margen superior del campo, y que nunca se creyó que fuese algo, o que pudiera convertirse en algo digno de tenerse en cuenta; y ahora es un paseo del cual seria difícil decir si es más apreciable lo útil o lo decorativo. Y, acaso, dentro de otros tres años habremos olvidado… casi olvidado lo que antes fue. ¡Qué cosa tan asombrosa, tan enormemente asombrosa, la acción del tiempo y los cambios del pensamiento humano! —y siguiendo el curso de sus últimas ideas, poco después añadió—: Si alguna de las facultades de nuestra naturaleza puede considerarse más maravillosa que las restantes, yo creo que es la memoria. Parece que hay algo más claramente incomprensible en el poder, en los fracasos, en las irregularidades de la memoria, que en cualquier otro aspecto de nuestra inteligencia. ¡La memoria es a veces tan fiel, tan servicial, tan obediente y, otras, tan veleidosa, tan flaca… y otras aún, tan tiránica e ingobernable! Somos, indudablemente, un milagro en todos los aspectos; pero nuestra facultad de recordar y de olvidar me parece algo particularmente insondable.
Miss Crawford, impasible y distraída, no tuvo nada que decir; y Fanny, comprendiéndolo así, volvió al tema que consideraba más interesante para su interlocutora:
—Puede que parezca impertinente mi elogio, pero debo admirar el gusto que la señora Grant ha puesto en todo esto. Hay una tan apacible simplicidad en el trazado y detalles de este paseo… ¡y lo ha conseguido sin demasiado esfuerzo!
—Sí —replicó Mary descuidadamente—, queda muy bien para un lugar como éste. Una no piensa ver grandes cosas aquí, y, entre nosotras, hasta que vine a Mansfield nunca había imaginado que un párroco rural pudiera aspirar jamás a tener un paseo de arbustos, ni nada por el estilo.
—¡Me gusta ver cómo crecen y prosperan las siemprevivas! —dijo Fanny como respuesta—. El jardinero de mi tío dice siempre que esta tierra es mejor que la suya, y así parece, a juzgar por el desarrollo de los laureles y arbustos en general. ¡Y la siempreviva! ¡Qué bonita, qué grata, qué maravillosa, la siempreviva! Cuando se piensa en esto… ¡qué asombrosa variedad, la de la naturaleza! Sabemos que en algunos parajes la variedad está en el árbol que muda sus hojas, pero esto no hace menos sorprendente que el mismo suelo y el mismo sol nutran plantas diversas, que difieren en las reglas y leyes básicas de su existencia. Pensará usted que le estoy recitando una rapsodia; pero cuando me encuentro entre la naturaleza, en especial descansando, me entrego con gran facilidad a esta especie de arrebatos admirativos. No puedo fijar la mirada en el más simple producto de la naturaleza sin hallar motivo para una desbordada fantasía.
—Si quiere que le diga la verdad —replicó miss Crawford—, creo que soy algo parecida al famoso dux de la corte de Luis XIV, y puedo afirmar que no veo en este paseo de arbustos maravilla alguna que iguale a la de hallarme yo en él. (Capítulo 22)»
Mary se sorprende que un clérigo, al menos en teoría un ejemplo de virtud, pudiera compaginar la virtud con la belleza en las cosas que lo rodean. A Mary el parece que la belleza es la de un rostro atractivo, la del rico, la de quien se divierte con la vida. Usa del caballo de Fanny para coquetear con Edmund, organiza una obra de teatro para seguir con el juego de la seducción. Para Miss Crawford, la belleza presenta objetos para poseer y gozarse con ellos. Para Fanny, la contemplación de la belleza la saca de sí misma, entrena a la razón y al corazón para buscar fines dignos: construir relaciones sociales valiosas. Fanny se ha convertido en la más valiosa y útil de quienes viven tanto en Mansfield y como en casa de sus padres.

Catherine Morland, de «Northanger Abbey», se mete en problemas por su incapacidad para distinguir entre sus novelas favoritas y la vida real. La contemplación y la capacidad para acumular esas experiencias serán las que refuercen la educación de Ms. Morland. Así lo resumió su madre: «—Catherine será un ama de casa algo inexperta y alocada —observó Mrs. Morland, consolándose luego al recordar que no hay mejor maestro que la práctica.»

3. Se esfuerzan y están dispuestas a sufrir. Nada es Gratis.


Por último, en «Sense and Sensibility» las Dashwood habían sufrido decepciones amorosas, habían sido reducidas a la pobreza y tratadas con desprecio por su familia. Todas se refugiaban en la fortaleza de Elinor sin saber que ella también sufría. La siguiente escena se desarrolla cuando Marianne -la hermana emocional- conoce las penas de Elinor. La hermana sensata reconoce que sólo cumplía su deber. Para Marianne esa reacción es incomprensible, ¿cómo puede una persona no dejarse llevar por sus sentimientos? ¿No es renunciar a sí mismo? Si los sentimientos expresan algo de lo que somos realmente, ¿no es hipocresía limitarlos con el hielo del deber y la frialdad de la razón? 

A la respuesta de Elinor no le sobra una palabra. Todo el pasaje es genial (lo puse al final). En algún momento, la mayor de las Dashwood reconoce que el doloroso cumplimiento del deber, le permitió educar a su razón, mesurar sus sentimientos, encontrar la solución adecuada a su problema y la capacitó para mantener una relación adecuada con los demás: «La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos (Capítulo 37)». En su caso, la educación ética no se ahorró el esfuerzo. Al final de la historia, el sufrimiento que padeció Marianne, le permitió orientar sus sentimientos y gracias a estos, aquellos fueron más profundos y fructíferos. El esfuerzo –en este caso el sufrimiento- fue para Marianne, el maestro sobre cómo vivir dignamente:
«Marianne Dashwood había nacido destinada a algo extraordinario. Nació para descubrir la falsedad de sus propias opiniones y para impugnar con su proceder sus máximas favoritas. Nació para vencer un afecto surgido a la edad de diecisiete años, y sin ningún sentimiento superior a un gran aprecio y una profunda amistad, ¡voluntariamente le entregó su mano a otro! [...] En vez de sacrificada a una pasión irresistible, como alguna vez se había enorgullecido en imaginarse a sí misma; incluso en vez de quedarse para siempre junto a su madre con la soledad y el estudio como únicos placeres, según después lo había decidido al hacerse más tranquilo y sobrio su juicio, se encontró a los diecinueve años sometiéndose a nuevos vínculos, aceptando nuevos deberes, instalada en un nuevo hogar, esposa, ama de una casa y señora de una aldea. (Capítulo 50)»
Aquí va la respuesta completa de Elinor a la incomprensión de Marianne:
«Ante estas palabras, Marianne expresó con sus ojos lo que sus labios no podían formular. Tras un momento de asombrado silencio, exclamó:
—¡Cuatro meses! ¿Lo has sabido durante cuatro meses?
Elinor lo confirmó.
—¡Cómo! ¿Mientras cuidabas de mí cuando yo estaba sumida en el dolor, tu corazón cargaba con todo esto? ¡Y yo que te he reprochado ser feliz!
—No era conveniente que en esos momentos tú supieras cuán opuesto a eso era mi sentir.
—¡Cuatro meses! —volvió a exclamar Marianne—. ¡Y tú tan tranquila, tan alegre! ¿En qué te has sostenido?
—En sentir que estaba cumpliendo mi deber. Mi promesa a Lucy me imponía el secreto. Le debía a ella, entonces, evitar cualquier indicio de la verdad; y le debía a mi familia y a mis amigos evitarles una preocupación por causa mía que no estaría en mis manos solucionar.
Lo anterior pareció sacudir fuertemente a Marianne.”
“—A menudo he querido sacarte a ti y a mamá del engaño —añadió Elinor—, y una o dos veces he intentado hacerlo; pero sin traicionar la confianza que habían depositado en mí, jamás las habría convencido.
—¡Cuatro meses! ¡Y todavía lo amabas!
Marianne (Charity Wakefield) y Elinor (Hattie Morahan) en la versión de 2008 de Sense and Sensibility.
—Sí, pero no lo amaba sólo a él; y mientras me importara tanto el bienestar de otras personas, me alegraba ahorrarles el conocimiento de lo mucho que sufría. Ahora puedo pensar y hablar de todo ello sin gran emoción. No querría que sufrieras por causa mía; porque te aseguro que yo ya no sufro excesivamente. Tengo muchas cosas en qué apoyarme. No creo haber causado esta desilusión con ninguna imprudencia mía y la he sobrellevado, en lo que me ha sido posible, sin esparcirla a mi alrededor. Absuelvo a Edward de toda conducta en esencia impropia. Le deseo mucha felicidad; y estoy tan segura de que siempre cumplirá con su deber que, aunque ahora pueda abrigar algún arrepentimiento, a la larga será feliz. Lucy no carece de juicio, y ése es el fundamento sobre el que se puede construir todo lo que es bueno. Y después de todo, Marianne, después de lo fascinante que puede ser la idea de un amor único y permanente y de todo cuanto pueda ponderarse una felicidad que depende por completo de una persona en especial, las cosas no son así... no es adecuado... no es posible que lo sean. Edward se casará con Lucy; se casará con una mujer superior en aspecto e inteligencia a la mitad de las personas de su sexo; y el tiempo y la costumbre le enseñarán a olvidar que alguna vez creyó a alguna otra superior a ella.”
—Si es así como piensas —dijo Marianne—, si puede compensarse tan fácilmente la pérdida de lo que es más valioso, tu aplomo y tu dominio sobre ti misma son quizá un poco menos asombrosos. Se acercan más a lo que yo puedo comprender.
—Te entiendo. Supones que mis sentimientos nunca han sido muy fuertes. Durante cuatro meses, Marianne, todo esto me ha pesado en la mente sin haber podido hablar de ello a nadie en el mundo; sabiendo que, cuando lo supieran, tú y mi madre serían enormemente desgraciadas, y aun así impedida de prepararlas para ello ni en lo más mínimo. Me lo contó... de alguna manera me fue impuesto por la misma persona cuyo más antiguo compromiso destrozó todas mis expectativas; y me lo contó, así lo pensé, con aire de triunfo. Tuve, por tanto, que vencer las sospechas de esta persona intentando parecer indiferente allí donde mi interés era más profundo. Y no ha sido sólo una vez; una y otra vez he tenido que escuchar sus esperanzas y alegrías. Me he sabido separada de Edward para siempre, sin saber de ni siquiera una circunstancia que me hiciera desear menos la unión. Nada hay que lo haya hecho menos digno de aprecio, ni nada que asegure que le soy indiferente. He tenido que luchar contra la mala voluntad de su hermana y la insolencia de su madre, y he sufrido los castigos de querer a alguien sin gozar de sus ventajas. Y todo esto ha estado ocurriendo en momentos en que, como tan bien lo sabes, no era el único dolor que me afligía. Si puedes creerme capaz de sentir alguna vez... con toda seguridad podrías suponer que he sufrido ahora. La tranquila mesura con que actualmente he llegado a tomar lo ocurrido, el consuelo que he estado dispuesta a aceptar, han sido producto de un doloroso esfuerzo; no llegaron por sí mismos; en un comienzo no contaba con ellos para aliviar mi espíritu... no, Marianne. Entonces, si no hubiera estado atada al silencio, quizá nada... ni siquiera lo que le debía a mis amigos más queridos... me habría impedido mostrar abiertamente que era muy desdichada.
Marianne estaba completamente consternada.
—¡Ay, Elinor! —exclamó—. Me has hecho odiarme para siempre. ¡Qué desalmada he sido contigo! Contigo, que has sido mi único consuelo, que me has acompañado en toda mi miseria, ¡que parecías sufrir únicamente por mí! ¿Así es como te lo agradezco? ¿Es ésta la única recompensa que puedo ofrecerte? Porque tu valía me abrumaba, he estado intentando desconocerla.” (Capítulo 37)»

domingo, 4 de mayo de 2014

¿Hay un modelo antropológico en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos?

Me han hecho esta pregunta: ¿Hay un modelo antropológico en el Derecho Internacional Público y en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos?. Además, en otro contexto, me preguntaron cómo justifican Nussbaum -y los neokantianos- la existencia de los derechos humanos. Aprovecho el pretexto para hacer una entrada del blog:

Al menos en el diseño, el Derecho Internacional Público, y el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, está pensado para que en él se reconozcan –para que le diga algo de sí mismo- personas de toda cultura y escuela filosófica. Para poder hacer algo así, nos encontramos con una limitación: sólo es posible intentar algo así, si la persona a la que se dirige, puede descubrir que la describen a «ella», y no a un concepto. Algo que sólo puede hacerse desde cada cultura (Así lo pensaba, por ejemplo, Juan Pablo II, véase discurso, 9-I-1989, n.7). Todos los intentos de explicarle a la persona «desde fuera» lo que son sus derechos humanos, terminarán en imposición o manipulación. 

Occidente, como heredera de la Ilustración, suele pensar que en materia jurídica es posible describir el derecho como se hace con una figura geométrica. En pocos trazos se señalan los elementos esenciales y a partir de ahí, se obtienen las conclusiones necesarias, lógicas y lineales «contenidas» en el concepto originario. La Ilustración pensó que al describir así la realidad, toda persona racional habría de aceptar esa explicación como la científicamente correcta y la aplicable a todo caso... como en las figuras geométricas. Así pensó que los derechos naturales o derechos humanos eran ese núcleo de dignidad que se podía describir a partir de la autonomía de la libertad y podría aplicarse a todos los casos. Algo de eso queda en el deseo de fundamentar los derechos humanos encontrando un sólo concepto y unas conclusiones necesarias que se siguen de ahí. Parecería que para describir el modelo antropológico del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, habría que hacer algo así.

Pues no. 
Dulcinea del Toboso

¿Cómo podremos describir la persona y su dignidad si ni siquiera nosotros mismos podemos comprehendernos del todo a nosotros mismos, si ni si quiera abarcamos todo «lo que soy yo»? ¿Cómo justificar, a pesar de esa experiencia, el tipo de ser humano que se puede reconocer en los derechos humanos?

Martha Nussbaum en varios trabajos, en especial en The Frontiers of justice, intenta justificar «cómo es el ser humano» de forma que sea aceptable en una sociedad plural y global. Su argumento se podría sintetizar -con el riesgo de perder precisión- así: todos intuimos que hay algunas aspiraciones humanas preferibles a sus contrarias. Es mejor la salud, que estar enfermos; intuimos que es mejor estar educado a no hacerlo; tomar decisiones en libertad que su contraria. A partir de estas experiencias, Nussbaum propone una lista de cuáles serían esas capacidades humanas –la palabra tiene un sentido técnico-, comunes a todos los hombres sobre los que se basaría el Derecho Internacional de los Derechos Humanos. ¿Y por qué es posible concluir algo así? Nussbaum niega cualquier intento ontológico de justificación. En su concepción, los conceptos metafísicos son como la comprensión del átomo: un núcleo unitario que siempre se comportará igual. Para ella, afirmar conceptos metafísicos implicaría imponer una forma de comprender a la persona humana que chocaría con otras culturas, o al menos negaría un dato evidente: la pluralidad de doctrinas morales comprehesivas (el concepto es de Rawls). Del ser humano de Nussbaum sólo pueden señalarse sus categorías gnoseológicas;  lo único que podemos decir de forma inteligible para toda cultura son los procesos lógico-cognitivos por lo que intuimos lo que es comúnmente valioso. (Aquí se puede descargar un capítulo del libro de Nussbaum donde explica esto y otro texto complementario)

Pero si esto es así, ¿cómo saber que esas categorías lógicas se repiten en todos los miembros de la especie humana? ¿Por qué serían aplicables a todos la lista de bienes que propone Nussbaum? Ella reconoce que su lista no es cerrada y que sus fronteras no se definen claramente. Pero aún así sostiene con vigor la existencia de un núcleo. Su argumento sufre del síndrome de Dulcinea. Del hecho que intuyamos que algo existe, o que prefiramos una cualidad que otra, no quiere decir que exista. Yo puedo preferir una esposa rica, guapa, inteligente, amante de los deportes, buena cocinera, etc. a sus contrarios, y no por eso ella va a existir.

Otro modelo de explicación es el que ofrece Jacques Maritain. Él sabe que a nivel internacional sólo es posible lograr acuerdos en los «qué» y quizá en los «cómo» pero no en los «por qué». A él no le parece que esto sea en sí mismo un problema. ¿Por qué es posible ponerse de acuerdo en esos «qué»? Maritain sabe que puede haber muchos caminos de justificación racional, varios modelos antropológicos, pero no por ello van a explicar adecuadamente por qué sucede algo así. El filósofo francés señala que es posible lograr el acuerdo en el «qué» sólo si reconocemos un común modo de ser humano diseñado para cumplir unos fines. 

Jacques Maritain
En el piano –el ejemplo es de Maritain- descubrimos un diseño creativo (impreso por su inventor-creador) en su forma de ser que lo configura para lograr unos fines. El hombre libremente descubre los caminos y distintas partituras que pueden lograr los fines propios del piano. Existe una frontera que más allá de de la cual, el piano se desafinaría, no cumpliría sus fines. Pues bien, sólo es posible ponernos de acuerdo en el «qué» de los derechos humanos, si gracias a ellos se afina la humanidad, y si gracias a que compartimos una humanidad común, podemos reconocer en varias culturas como fines básicos. 

En concreto, Maritain señala sólo tres: mantener-realizar la existencia del individuo y evitar la destrucción; mantener-realizar la especie humana en la realización del individuo y evitar su destrucción; mantener-realizar las características propias de lo humano como lo es su racionalidad,  su carácter social y su llamado a la comunión. Sólo si existe una humanidad común es posible que todos reconozcamos en esos «qué» algo que nos vincula a todos. Yo sé lo que significa la tortura evitando el sueño del preso norcoreano, por que sé lo que significa no poder dormir; yo sé lo que significa la falta de educación en china, por que me he experimentado el aprendizaje. (Hay un argumento similar de Spaeman, que se puede leer aquí). Esta parte del argumento, Maritain la llama el componente ontológico.

Junto con el diseño creativo del hombre orientado a unos fines, Maritain reconoce otro componente: el gnoseológico. En el hombre se encuentra una capacidad cognitiva connatural de esos fines básicos, que son el primer contenido de un razonamiento sobre cómo hemos de comportarnos. Sería como la luz de la razón que se "enciende" cuando está en juego un bien humano básico en la dirección que haría afinar la humanidad. Pero Maritain no es ingenuo. Para él, sólo es común esa connaturalidad en la razón para captar el fin básico en juego en cada acción. Hasta ahí. La razón humana tendrá que discurrir sobre los medios para realizar en el acto concreto, para el hombre concreto, en el contexto de la sociedad en la que vive. El reconocimiento de aquello que afina la existencia humana en sus exigencias básicas y del diseño cognoscitivo básico de esos bienes, no es suficiente para saber lo que se ha de hacer en cada momento. Por lo que justificar racionalmente los derechos humanos, describir su modelo antropológico no busca decir qué es lo que ha de hacer cada persona. Tampoco quiere decir, que el argumento fluya de forma geométrica hacia las conclusiones. Aristóteles decía que en materia práctica, no se puede esperar el mismo grado de certeza en todos los problemas.

La Declaración Universal de 1948 ofrece un modelo antropológico similar al explicado por Maritain. Se puede encontrar un artículo al respecto aquí. El texto de Maritain puede bajarse aquí. Hay una explicación del argumento y una crítica interesante por parte de Ralph McInerny, aquí.



martes, 28 de enero de 2014

Tomás de Aquino y sus amigos.

Cuando se lee a Tomás de Aquino, da la impresión de estar ante un hombre que vive en una esfera de cristal. Nada sucede a su alrededor, sólo fluye un argumento. Parecería como si el teólogo cerrara la puerta de su celda y el mundo dejara de existir. [Josef Pieper ha publicado un comentario sobre el sentido y la elocuencia de estos silencios en The Silence of St. Thomas (aquí)] 
Tomás de Aquino y su maestro Alberto

Pero sabemos que Tomás era un hombre para el que la verdad no era la frialdad. Sabía querer y tener amigos.  James A. Weisheipl cuenta esta anécdota de cómo Alberto Magno quería a su pupilo Tomás:
"Una de las leyendas favoritas entre los dominicos es aquella en la que Alberto va a París en 1277 a defender la doctrina de Tomas contra la propuesta de condena del obispo de París, Tempier. La fuente de esta leyenda parece ser cierto Fray Hugo de Lucca, que fue algún tiempo Provincial, que le contó lo sucedido a Fray Bartolomeo de Capua, quien a su vez testificó la veracidad de la misma en el proceso de canonización de Santo Tomás en Nápoles durante Julio y Agosto de 1319, cuarenta y cuatro años después del evento. Dado que el testimonio de Bartolomeo es la única fuente de esta tan apreciada anécdota de la vejez de Alberto, la transcribo completa: 
«[Hugo] contaba que cuando Fray Alberto [tenía 84 años] se enteró de la muerte de Fray Tomás, de quien fue su profesor, lloró profundamente, y desde entonces, en cuanto lo recordaba, sollozaba, diciendo que su alumno había sido la flor y el esplendor del mundo. En efecto, sus hermanos estaban preocupados de la profunda pena de Alberto que pensaron que las lágrimas se debían a su debilidad mental (ex levitate capitis provinieren). Después, cuando se comenzó a decir que los escritos de Fray Tomás estaban siendo atacados en París, el antedicho Fray Alberto dijo que quería ir a defender estos escritos. Pero la Orden de los Predicadores, temían por la decrepitud de su edad y lo largo del viaje [490kms], por  lo que algún tiempo lograron disuadirlo, particularmente porque el antedicho Fray Alberto era un hombre de gran autoridad y fama en París, y temían que su memoria y atención se atontaran con lo que había alrededor suyo debido a su edad. Pero finalmente Alberto, que era Arzobispo u Obispo, insistió tenazmente en ir a París, en cuya comitiva lo acompañó el antedicho Fray Hugo, quien sostuvo esto ante el testigo [Bartolomé]. Pero cuando el antedicho Fray Alberto llegó a París y se convocaron los miembros del studium genérale de París, subió a la cátedra de los Dominicos en París, exponiendo el texto Que laus vivo si laudatur a mortuis? (¿Qué es una alabanza para un hombre vivo si lo elogian los muertos?), diciendo esto se refería a que el antedicho Fray Tomas era el hombre vivo y el resto, los muertos; y procedió a alabar y a glorificar a Tomás en los más altos términos, declarando que él personalmente estaba preparado para defender los escritos del antedicho Fray Tomás como el esplendor de la verdad y la santidad ante los críticos más competentes.
Después de un extenso panegírico de alabanza a Dios y con la aprobación de sus escritos, el mismo Fray Alberto regresó a Colonia, acompañado por el antedicho Fray Hugo, tal y como lo dijo el miso testigo [Bartolomeo]. Al volver, el antedicho Fray Alberto pidió que todos los escritos de el antedicho Fray Tomás, le fueran leídos [estaba parcialmente ciego] en un orden preciso. Entonces, llamando solemnemente a quienes lo acompañaban, elogió enormemente sus obras, concluyendo con la afirmación de que los escritos del difundo habrían de poner fin a muchos esfuerzos de otras personas hasta el final de los tiempos, y que de a partir de aquí, no trabajarían en vano.  Y el mismo Fray Hugo contó al testigo [Bartolomeo] que el nombre de Fray Tomás no podía ser dicho en la presencia de Fray Alberto sin que rompiera en lágrimas (prorumperet ad lacrimal)» 
("Thomas d'Aquino and Albert His Teacher" (1980), en su "Gilson Lectures on Thomas Aquinas")
Otra anécdota sobre la capacidad de Tomás para tener amigos la encontré en la "biografía" de Jean-Pierre Torrell (Saint Thomas Aquinas. The Person and his works). Tomás, cuenta Torrell, era muy devoto de Santa Inés. Siempre llevaba consigo una reliquia de la santa. En un viaje de París a Nápoles, al dejar Roma, su compañero y amigo Reginaldo estuvo muy enfermo de fiebre. Tomás rezó a la Inés y su amigo se curó. El de Aquino, para celebrar el evento, prometió "invitar a sus estudiantes a un buen almuerzo cada año por la fiesta de la santa." Lo hizo el primer año. Para el segundo ya había muerto. 

Pues eso.

PS. Hoy cumpleaños el tocayo. Felicidades