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domingo, 19 de abril de 2015

¿El vino, la mujer, el rey o la verdad? La banalidad del profesor Tomás.

Papa Francisco es «acosado» por unas monjas en Nápoles
¿Qué mueve más al hombre: el vino, el rey, la mujer o la verdad? 

La pregunta se la hicieron unos a un prestigioso profesor medieval de la Universidad de París. La práctica universitaria de la época obligaba a los profesores a dedicar un día al semestre a resolver cualquier pregunta que le plantearan sus alumnos o colegas. De lo que fuera. Normalmente, el maestro elegía qué pregunta responder, pero se jugaba su prestigio con ese ejercicio si le sacaba la vuelta a todas las controversias. Era una especie de reto de caballería medieval en la que el campeón, si lo era de verdad, enfrentaría a cualquier retador. Un profesor universitario medieval era del montón si no se sometía a este ejercicio.

Pues bien, algunos alumnos -o un rival- plantearon al famoso profesor Tomás de Aquino esta pregunta: ¿qué es más fuerte para mover la acción del hombre: el vino, el rey, la mujer o la verdad? Una bagatela para famoso profesor, una forma de burlarse de él. El sabio, el de prestigio se profana y vulgariza con un poco de picante que abarata el plato fino.

Tomás se lo toma a broma y juega con ella. Primero reconoce que la cuestión ya la resuelven unos jóvenes en III Esdras. En efecto, tres chiquillos le preguntan lo mismo al Rey Darío y son ellos mismos los que le ofrecen motivos a favor de cada opción. Al final, se decantan a favor de la verdad y animan al Rey Darío que fuera de verdad y cumpliera su promesa de liberar a Israel. Si son unos jóvenes quienes hacen la pregunta y la responden, el duelo argumentativo lanzado contra el profesor, es también minimizado y tomado a broma por el maestro: «esta pregunta se la hacen unos jóvenes en Esdras y ellos mismos la resuelven». Dicho de otra manera: «Eso lo sabe hasta un chiquillo de primer año de universidad. Sólo a un principiante en lógica y gramática se le ocurren estas preguntas y hasta alguien así sabría la respuesta. ». Tomás 1-0. 

El argumento de autoridad también le ayuda al maestro para «hacerle el ceviche» [Khaleesi dixit aunque se discute si aquí está bien usada] a la pregunta. Tomás invoca un libro del Antiguo Testamento ya considerado en esa época como apócrifo para el Catolicismo occidental; formalmente sería declarado así unos doscientos años después en el Concilio de Florencia. Utilizar esa autoridad como fuente vinculante sería como tomarse como válidas las frases canónicas en los diálogos de La Cenicienta o invocar como un dato científico para argumentar los 20,000 midi-chlorians de Anakin Skywalker.  Tomás 2-0.

Ya en su respuesta, el profesor compara las cuatro cosas a partir de sus efectos en el hombre: el vino domina al ser-humano-cuerpo hasta el punto de hacerlo arrastrar la lengua y locuaz en el hablar. El hombre-sensible es dominado principalmente por el deseo sexual que se despierta, a veces de forma irresistible, ante la presencia de la mujer -otro guiño a los jóvenes estudiantes-. Por ese motivo ganaría la mujer. Ahora bien, como el Rey ordena y coordina la acción de la persona para que construya o no impida el bien común, es él el que domina al hombre-razón-práctica. Por último, como el vino, la mujer y el rey son un bien respecto a la potencia a la que se dirigen, como el bien para ser apetecible para el hombre ha de ser real, es el hombre-inteligencia-especulativa quien conoce y contempla la consistencia real de esos bienes y su integración en una vida coherente y feliz. En ese sentido, la verdad -el bien real del vino, de la mujer y del rey- es lo más fuerte para mover al ser humano.

El Quodlibet en sí mismo no da para mucho. La construcción del argumento no es muy original y el contenido ya había sido expuesto en previas ocasiones por Tomás. A esto se suma que la autoridad invocada como tal es una broma. El Quodlibet sólo llama la atención por su comicidad. Tomás se toma a broma esa bagatela. Con sentido del humor pone las cosas en su sitio, se distancia un poco de sí mismo -o más bien de su fama- para conocer mejor el problema planteado. El sentido del humor es una característica de un profesor ajustado en su persona y en su oficio.

Aunque los estudiosos no se ponen de acuerdo en la fecha de la discusión del quodlibet, la sitúan entre 1270-72. El arco de tiempo coincide con la composición de la Segunda Parte de la Suma Teológica. Ahí, en la quaestio 168 de la II-II, sostiene que quien no se ríe es tosco, rústico y un humano desajustado. El amargado atenta contra la razón:  
«Todo cuanto, en el orden humano, va contra la razón, es vicioso. Ahora bien: va contra la razón el mostrarse oneroso para con los otros, es decir, el no proporcionarles nada agradable e impedir los deleites de los otros. [...] [P]ecar por defecto en el juego [-"estos dichos o hechos, en los que no se busca sino el deleite del alma (a.2 co)"-], es no proferir ni un chiste ni conseguir que los demás bromeen por el hecho de no aceptar ni siquiera los juegos moderados de los demás. Los que así se comportan son duros y rústicos, según dice Aristóteles en IV Ethic. (S.Th. II-II q.168 a.4 co.)»
Aquí va el Quodlibet XII q.14, en una traducción algo libre. Abajo, el original en latín:

Quodlibet XII, q. 14  
La primera pregunta es la siguiente: ¿La verdad es más fuerte que el vino, el rey y que la mujer? 
Videtur: Parece que el más fuerte para mover al hombre es el vino, pues es el que mayor cambio le produce. A su vez, parecería que el más fuerte es el rey, dado que dirige al hombre hacia lo que considera más radical, es decir, a exponerse a sí mismo al peligro de muerte. A su vez, parecería que es la mujer, pues ella domina al mismísimo rey. 
Contra: Por otro lado la escritura dice: «La verdad es la más fuerte (III Esdras, 4,35)» 
Responsio. Debe decirse que esta pregunta se la hacen unos jóvenes en Esdras y ellos mismos la resuelven.   
Sciendum. Hemos de reconocer, por tanto, que si consideramos estas cuatro -a saber, el vino, el rey, una mujer y la verdad- como cosas en sí mismas, no son comparables entre sí, pues no se asemejan en lo que son o se encuentran en alguna posición similar. No son del mismo tipo. Sin embargo, si se les considera a partir de sus efectos, desde ellos es posible compararlos. Así, pueden asimilarse y compararse en el cambio que producen al corazón humano. De forma tal que si no se comparan por sus efectos en el corazón del hombre, es imposible saber cuál de ellas mueve más. 
Sciendum. Hemos de reonocer, por lo tanto, que lo que es capaz de afectar el corazón del hombre es, en unos casos, algo corporal, en otro, algo animal. Esto animal es de dos tipos, puede ser algo dirigido a los sentidos [como lo común al resto de los animales, en el sentido utilizado por Ulpiano] o algo dirigido a la inteligencia [en el sentido de animal racional]. Lo que propiamente mueve a la inteligencia  es de dos tipos, a saber, lo práctico y lo especulativo. 
Respecto al cuerpo, entre las cosas que ocasionan esos cambios (immutantia), afectándolo de forma natural, de acuerdo a la forma propia de ser del cuerpo, el vino es lo que mueve más, pues intoxica y aloca el hablar [quod facit per temulentiam loqui].
Entre las cosas que afectan el apetito sensible, el que mueve más es el deleite, especialmente aquellos cercanos a la fruición venérea: y aquí la mujer es más fuerte. 
Ahora bien, en las cosas relativas a la inteligencia práctica y en la acción propiamente humana, el rey es el que tiene más dominio para mover al hombre. 
Por último, en los asuntos propios de la razón especulativa, lo sumo y potentísimo es la verdad.  
En conclusión, como las potencias corporales se someten a las sensibles, las sensibles a las intelectuales, y dentro de las intelectuales la prácticas a la especulativa, entonces, absolutamente hablando, la verdad es lo más digno, lo más excelente y lo más fuerte.»
Quodlibet XII, q. 14 
ARTICULUS 1
Ad primum quaesitum est utrum veritas sit fortior inter vinum et regem et mulierem 
Arg. Et videtur quod vinum, quia immutat maxime hominem. Item quod rex, quia pellit hominem ad id quod est difficillimum; scilicet ad hoc quod se exponat periculo mortis. Item quod mulier, quia dominatur etiam regibus.

Contra, III Esdrae, IV, 35: fortior est veritas.
Respondeo. Dicendum, quod haec est quaestio proposita iuvenibus dissolvenda in Esdra. Sciendum ergo, quod si consideremus ista quatuor secundum se, scilicet vinum, regem, et mulierem, et veritatem, non sunt comparabilia, quia non sunt unius generis. Tamen si considerentur per comparationem ad aliquem effectum, concurrunt in unum, et sic possunt comparari. Hic autem effectus in quem conveniunt et possunt, est immutatio cordis humani. Quod ergo inter ista magis immutet cor hominis, videndum est. Sciendum est ergo, quod immutativum hominis quoddam est corporale, et aliud est animale; et hoc est duplex, sensibile et intelligibile. Intelligibile etiam est duplex, scilicet practicum et speculativum. Inter ea autem quae pertinent ad immutantia naturaliter secundum dispositionem corporis, habet excellentiam vinum, quod facit per temulentiam loqui. Inter ea quae pertinent ad immutandum appetitum sensitivum, excellentior est delectatio, et praecipue circa venerea: et sic mulier est fortior. Item in practicis, et rebus humanis, quae possunt hoc facere, maximam potestatem habet rex. In speculativis summum et potentissimum est veritas. Nunc autem vires corporales subiiciuntur viribus animalibus, vires animales intellectualibus, et intellectuales practicae speculativis; et ideo simpliciter veritas dignior est et excellentior et fortior.

Notas: Algunas ideas las saqué de «Aquinas's Quodlibet XII, qu.14», Lawrence Moonan, New Blackfriars, Volume 69, Issue 818, pages 325–329, July 1988.

miércoles, 28 de enero de 2015

Tomás polemista: ¡Tú y cuantos más!

«Santo Tomás de Aquino y San Luis IX» de Niklaus Manuel.

Parece que al leer a Tomás de Aquino -en especial la Summa- nos encontramos a un académico dentro de una habitación de cristal. Camina lento, no deja problema sin tratar, manda llamar a todos los argumentos de forma serena y los sienta a dialogar pacíficamente. Joseph Pieper inicia así su libro The Silence of Saint Thomas:
«A chance perusal of any of Augustine's writings, even a page from his most abstract work, On the Trinity, will convey the unmistakable impression: this was thought and written by a man of flesh and blood. But let someone take a similar glimpse into the tight structure of the Summa Theologica of St. Thomas Aquinas, and he will be tempted to ask: Were these sentences really set down by a living, man or did not rather the objective content forme­ late itself undisturbed-neither blurred nor warmed -by the breath of a living thinker? The vital prod­ ucts of Augustine's thinking never allow us to for­ get their source in his personal life, from which they spring forth like the blcs!'lom from its root and stem. But the language of St. Thomas suggests its origin in a living mind as little as crystal suggests the essential liquid from which it is formed.»
Tomás, sin duda, era un académico que respetaba profundamente las auctoritates y si escribe algo árido, no es por un temperamento insípido. En sus escritos polémicos en favor de la vida religiosa,  mete las manos al fuego en un tema que padeció personalmente: la defensa de la propia vocación. El Aquinate, acostumbrado a tratar con deferencia los argumentos contrarios, mesurado para acomodarlos en su mejor versión y habituado a matizarlos para verlos con la luz que muestre su valía, no le tiembla la mano cuando escribe: 
«Si alguien desea escribir contra esta obra, me resultará muy agradable, pues la verdad no se manifiesta de mejor forma que resistiendo a los que contradicen y refutando su error; como dice el libro de los Proverbios: "El hierro se agudiza con el hierro; el hombre se afirma al contacto con el prójimo"» (De Perfectione, c.30)
En el «Contra Retrahentes» también va un caballazo:
«Si alguien quiere contradecir esta obra, que no vaya a parlotear ante los niños, sino que escriba un libro y lo publique para que personas competentes puedan juzgar lo que es verdadero y refutar lo que es falso por la autoridad de la verdad» (Contra retrahentes, c.17)
Jean-Piere Torrell comenta que la expresión «Non corran puerros garriat» alude a los jóvenes bachilleres que eran desanimados por teólogos más experimentados para que no se unieran a los Dominicos. En otra ocasión que defiende a un hermano suyo dominico, al mismo tiempo que señala los errores alguna de sus observaciones, lo defiende con fuerza: «El objetante levanta una calumnia o no entiende la cuestión... lo que el objetante dice es una calumnia y del todo frívola (Resp. De 108art., 16 y 17)». 

El atributo «polemista» tampoco es descabellado en un pasaje del «De unitate intellectus». Si bien califica a Averroes como depravador y perversor de Aristóteles (De unitate intellectus, 2) no duda de su inteligencia. Pero de algunos colegas suyos en la Universidad de Paris les recrimina: «Los que defienden esta posición deben confesar que no entienden absolutamente nada, y que incluso ni siquiera son dignos de discutir con aquellos a quienes atacan» (De unitate intellectus, 3). Y termina así:
«Si alguien, vanagloriándose de una falsa ciencia, pretende argumentar contra lo que acabo de escribir, que no vaya parloteando por las esquinas, o ante los jóvenes incapaces de juzgar en una materia tan difícil, sino que escriba contra este libro si se atreve. Tendrá entonces que vérselas no sólo conmigo, que soy el más pequeño, sino con otros muchos amantes de la verdad, que sabrán resistir a su error y venir en socorro de su ignorancia (De unitate intellectus, 5 in fine
Tomás no fue ni el gordito bonachón-místico, ni el panzer de la razón que escribe desde su torre de cristal.

Por cierto, la idea, su estructura, las citas y la traducción la encontré en el libro de Jean-Pierre Torrell, Iniciación a Tomás de Aquino: su persona y su obra, EUNSA, pp. 108-113. 

martes, 28 de enero de 2014

Tomás de Aquino y sus amigos.

Cuando se lee a Tomás de Aquino, da la impresión de estar ante un hombre que vive en una esfera de cristal. Nada sucede a su alrededor, sólo fluye un argumento. Parecería como si el teólogo cerrara la puerta de su celda y el mundo dejara de existir. [Josef Pieper ha publicado un comentario sobre el sentido y la elocuencia de estos silencios en The Silence of St. Thomas (aquí)] 
Tomás de Aquino y su maestro Alberto

Pero sabemos que Tomás era un hombre para el que la verdad no era la frialdad. Sabía querer y tener amigos.  James A. Weisheipl cuenta esta anécdota de cómo Alberto Magno quería a su pupilo Tomás:
"Una de las leyendas favoritas entre los dominicos es aquella en la que Alberto va a París en 1277 a defender la doctrina de Tomas contra la propuesta de condena del obispo de París, Tempier. La fuente de esta leyenda parece ser cierto Fray Hugo de Lucca, que fue algún tiempo Provincial, que le contó lo sucedido a Fray Bartolomeo de Capua, quien a su vez testificó la veracidad de la misma en el proceso de canonización de Santo Tomás en Nápoles durante Julio y Agosto de 1319, cuarenta y cuatro años después del evento. Dado que el testimonio de Bartolomeo es la única fuente de esta tan apreciada anécdota de la vejez de Alberto, la transcribo completa: 
«[Hugo] contaba que cuando Fray Alberto [tenía 84 años] se enteró de la muerte de Fray Tomás, de quien fue su profesor, lloró profundamente, y desde entonces, en cuanto lo recordaba, sollozaba, diciendo que su alumno había sido la flor y el esplendor del mundo. En efecto, sus hermanos estaban preocupados de la profunda pena de Alberto que pensaron que las lágrimas se debían a su debilidad mental (ex levitate capitis provinieren). Después, cuando se comenzó a decir que los escritos de Fray Tomás estaban siendo atacados en París, el antedicho Fray Alberto dijo que quería ir a defender estos escritos. Pero la Orden de los Predicadores, temían por la decrepitud de su edad y lo largo del viaje [490kms], por  lo que algún tiempo lograron disuadirlo, particularmente porque el antedicho Fray Alberto era un hombre de gran autoridad y fama en París, y temían que su memoria y atención se atontaran con lo que había alrededor suyo debido a su edad. Pero finalmente Alberto, que era Arzobispo u Obispo, insistió tenazmente en ir a París, en cuya comitiva lo acompañó el antedicho Fray Hugo, quien sostuvo esto ante el testigo [Bartolomé]. Pero cuando el antedicho Fray Alberto llegó a París y se convocaron los miembros del studium genérale de París, subió a la cátedra de los Dominicos en París, exponiendo el texto Que laus vivo si laudatur a mortuis? (¿Qué es una alabanza para un hombre vivo si lo elogian los muertos?), diciendo esto se refería a que el antedicho Fray Tomas era el hombre vivo y el resto, los muertos; y procedió a alabar y a glorificar a Tomás en los más altos términos, declarando que él personalmente estaba preparado para defender los escritos del antedicho Fray Tomás como el esplendor de la verdad y la santidad ante los críticos más competentes.
Después de un extenso panegírico de alabanza a Dios y con la aprobación de sus escritos, el mismo Fray Alberto regresó a Colonia, acompañado por el antedicho Fray Hugo, tal y como lo dijo el miso testigo [Bartolomeo]. Al volver, el antedicho Fray Alberto pidió que todos los escritos de el antedicho Fray Tomás, le fueran leídos [estaba parcialmente ciego] en un orden preciso. Entonces, llamando solemnemente a quienes lo acompañaban, elogió enormemente sus obras, concluyendo con la afirmación de que los escritos del difundo habrían de poner fin a muchos esfuerzos de otras personas hasta el final de los tiempos, y que de a partir de aquí, no trabajarían en vano.  Y el mismo Fray Hugo contó al testigo [Bartolomeo] que el nombre de Fray Tomás no podía ser dicho en la presencia de Fray Alberto sin que rompiera en lágrimas (prorumperet ad lacrimal)» 
("Thomas d'Aquino and Albert His Teacher" (1980), en su "Gilson Lectures on Thomas Aquinas")
Otra anécdota sobre la capacidad de Tomás para tener amigos la encontré en la "biografía" de Jean-Pierre Torrell (Saint Thomas Aquinas. The Person and his works). Tomás, cuenta Torrell, era muy devoto de Santa Inés. Siempre llevaba consigo una reliquia de la santa. En un viaje de París a Nápoles, al dejar Roma, su compañero y amigo Reginaldo estuvo muy enfermo de fiebre. Tomás rezó a la Inés y su amigo se curó. El de Aquino, para celebrar el evento, prometió "invitar a sus estudiantes a un buen almuerzo cada año por la fiesta de la santa." Lo hizo el primer año. Para el segundo ya había muerto. 

Pues eso.

PS. Hoy cumpleaños el tocayo. Felicidades