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jueves, 27 de noviembre de 2014

«Leer» no se enseña, se contagia.

«No puedes comprar la felicidad. Pero puedes comprar libros y eso es algo similar»


«Leer» no se enseña, se contagia. La frase no es mía. La vi en un  sticker de una escuela y como se aproxima inauguración de la FIL, puede ser que nos preguntemos, ¿cómo se enseña a leer? ¿Cómo se contagia? He preguntado a varios -incluído al autor de la frase «la lectura se contagia»- y aquí van algunas respuestas:

1. «Leer aunque no se antoje. Como en la vida se hacen cosas que no siempre nos gustan, es mejor irse probar el esfuerzo con cosas que valen la pena». El argumento es un poco violento, y quizá tal vez por ello, extraño. Tal vez por que hemos pensado que la lectura se hace porque produce placer. En parte sí, pero la lectura es importante no sólo por el fruto que produce, sino por la raíz en la que se nutre. Como toda raíz, ha de buscar su sitio por anclarse a la tierra. Algo así requiere esfuerzo. Leer también. Hay que leer aunque no haya ganas. Porque en la vida haremos cosas que no nos gustan, más nos vale entrenarnos en algo que vale la pena. 

2. «Para hablar como Don Juan, y escribir como Cervantes». De forma análoga al dicho de las abuelas –«somos lo que comemos»-, también escribimos y hablamos de lo que leemos. Una de las habilidades más valoradas en los profesionales de hoy es la capacidad de transmitir una idea con precisión. ¿Cómo entrenarnos para hacer algo así? No hay más que escribir. Pero el depósito de ideas, palabras, fórmulas y modos de decir se acrecienta con la lectura.

3. Los dos argumentos anteriores sirven pero hasta cierto punto, por que son utilitaristas: «leemos porque conseguimos algo a cambio». Pero si la lectura es la puerta para la sabiduría y ésta es un bien humano que vale la pena buscar por sí mismo, debe existir un motivo que justifique la actividad lectora. Dice C.S. Lewis que la lectura nos dice algo de la vida, nos introduce en el mundo de otros y en ellos aprendemos a darle sentido al nuestro. Quien no lee vive como en una cárcel, donde sólo reconoce lo que ha experimentado en su entorno y en su tiempo. Sólo tenemos una vida, un tiempo, y unas conexiones; por eso, quien quien no lee, sólo sabe de lo que alcanza a ver frente sí. Quien lee, amplía sus registros emocionales, intelectuales y morales gracias a los cuales puede comprender mejor lo que le sucede, prever lo que vivirá si toma unas decisiones equivocadas -o correctas-, aprenderá a darle cause a sus penas y potenciará sus alegrías . El momento eureka, el gozo de la lectura llega una vez que ya se ha leído, difícilmente antes. Por eso, enseñar a leer requiere un maestro que nos siembre la inquietud. Alguien que nos contagie.

Entonces, ¿qué consejo práctico daría a unos padres que quisiera inculcar en sus hijos el hábito de la lectura? En la práctica, asumo que el padre o la madre ya es un lector y conoce, en parte, el texto. Sugiero hacer tres cosas equivalentes a tres momentos distintos. Al entregar el libro, ofrecer una visión general de tema del que trata. Segundo, mientras lee el libro, hacer una pregunta al lector que conectaría el asunto del libro con su vida concreta, una especie de pellizco que diga «¡Hey! ¡En este libro hay un problema que tú también experimentas! ¿Qué harías si te pasara lo mismo?».  Tercero: escuchar, platicar y compartir el eco que el libro produjo en el hijo, en el alumno, en el amigo. Es el momento en que, como dice Lewis, «la experiencia literaria cura la herida de la individualidad sin socavar sus privilegios». Es el momento en que nos convertimos en mil personas sin dejar de ser nosotros mismos.  

Aquí dejo estos párrafos del ensayo de C.S. Lewis «La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental.»
«¿Qué valor tiene leer lo que alguien escribe?» equivale a la pregunta «¿Qué valor tiene escuchar lo que alguien dice?». Salvo que una persona sea capaz de encontrar en sí misma todas las informaciones, las diversiones, los consejos, las críticas y las alegrías que desee, la respuesta es obvia. Y si vale la pena escuchar o leer, entonces también puede valer muchas veces la pena incluso para poder descubrir que algo no la merece. [...]
Aquí reside, si no me equivoco, el valor específico de la buena literatura considerada en su aspecto de logos; nos permite acceder a experiencias distintas de las nuestras. Al igual que éstas no todas esas experiencias valen la pena. Algunas resultan, como suele decirse, más «interesantes» que otras. Desde luego, las causas de ese interés son muy variadas, y son diferentes para cada persona. Algo puede interesarnos porque nos parece típico (decimos: «¡Qué verdadero!»), anormal (decimos: «¡Qué extraño!»), hermoso, terrible, pavoroso, regocijante, patético, cómico o sólo excitante. La literatura nos da la entrée a todas esas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones. La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub—individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Introducción a «The Collapse. The Accidental Opening of the Berlin Wall».


La noche del 9 de noviembre de 1989, una multitud «empujó», casi literalmente, lo que era un símbolo de la fuerza y el poder de un sistema político. Esa «apertura» ni fue planeada para esa noche por las autoridades, ni fue el resultado de un proyecto oculto de los gringos o de Gorbachev.

Fue un accidente.

En The Collapse, la historiadora Mary Elise Sarotte arma el rompecabezas de las pequeñas decisiones -accidentes y errores- que terminaron en la apertura accidental del muro. 

¿Esos protagonistas sabían que la pequeña pieza colocada con su decisión iba dibujando -como un rompecabezas- un diseño no deseado, ni pensado para ese momento? La sorprendente respuesta es «¡No!». Esta historia no deja de ser irónica: un sistema político, económico y cultural que se justifica como el producto más acabado, necesario y científico  y necesario de la historia, se derrumbó por una serie de eventos inesperados, absurdos e insignificantes. ¿La historia puede dirigirse científicamente? 

O más bien, lo que se cayó fue la máscara de un cadaver. El rey, hacía mucho tiempo que iba desnudo. Ese árbol ya no tenía vida. 

Sarotte no se pregunta -hasta donde he leído del libro- qué le da consistencia a un régimen político para que no se caiga de esa manera. Ni qué hace fuerte a una comunidad. Pero no puedo dejar de pensar en la experiencia de quienes sostienen que quien mueve a la historia es la cultura: la verdad que anida en el corazón, que genera comportamientos solidarios y acciones que elevan el espíritu humano.

Ahora sí. Estos son algunos párrafos de la Introducción del libro de Sarotte:
«Until that evening [Nov 9th], no one expected that the Wall would fall. Instead, well into 1989, escaping East Germany remained a fatal exercise. The last killing by gunshot had occurred in February of that year; the last shooting at the Wall, a near-fatality in broad daylight, had taken place in April; and the last death during an escape attempt on the larger East German border had happened just three weeks earlier. And the border between the two Germanys was, of course, only a part of the larger line of division between the two military blocs in Europe, both armed with thermonuclear weapons. Up to the night of November 9, 1989, as in the preceding years and decades, the East German ruling regime had maintained forceful control over the movement of its people. 
The regime had not, in fact, intended to part with its control on the night of the ninth. The opening of the Wall was not the result of a decision by political leaders in East Berlin, even though a number of them would later claim otherwise, or of an agreement with the government of West Germany in Bonn. The opening was not the result of a plan by the four powers that still held ultimate legal authority in divided Berlin: the United States, the United Kingdom, and France in the West, and the Soviet Union in the East. The opening was not the result of any specific agreement between the former US president, Ronald Reagan, and the Soviet leader, Mikhail Gorbachev. The opening that night was simply not planned. 
Why, then, was it happening? Enormous crowds were surging toward both the eastern and western sides of the Wall. The East German regime struggled to maintain order not only at the Brandenburg Gate but also at the Wall’s border crossings—for there was no crossing at the gate itself—with armed troops, physical barriers, and other means. At some locations, security forces succeeded in regaining control over the crowds, but the people kept coming. Again and again, East Germans told the border officials, in so many words, You should let us pass. Again and again, those same officials—who only weeks if not days before would have turned weapons on them—let them out. Why?” 
[...] 
“But when we reexamine the immediate causes of the collapse of the Wall on the basis of firsthand evidence and interviews, the significance of accident and contingency—rather than of planning by political leaders—rapidly becomes apparent. The opening represented a dramatic instance of surprise, a moment when structures both literal and figurative crumbled unexpectedly. A series of accidents, some of them mistakes so minor that they might otherwise have been trivialities, threw off sparks into the supercharged atmosphere of the autumn of 1989 and ignited a dramatic sequence of events that culminated in the unintended opening of the Berlin Wall.” 
[...] 
“This evidence not only makes the accidental and contingent nature of the opening of the Wall plain but also reveals that the people who brought about the fall of the Wall on November 9 were, by and large, not internationally known politicians. Rather, they were provincial figures, deputies rather than bosses, and even complete unknowns. Roughly a dozen of them will loom large in the pages to follow: they were individuals such as Katrin Hattenhauer, a teenage rebel thrown into solitary confinement for her political views; Uwe Schwabe, a former soldier turned public enemy number one; Christoph Wonneberger and Hans-Jürgen Sievers, two ministers at Protestant churches in the Saxon region of the GDR, convinced that change had to come and that they could help to usher it in; Roland Jahn, a very well-connected staffer at a West Berlin TV station; Aram Radomski, an East German drifter brutally forced apart from his girlfriend and seeking revenge; his friend Siggi Schefke, dreaming of forbidden travel to the West; Marianne Birthler, a youth counselor in East Berlin; and midlevel loyalists such as Helmut Hackenberg, one of the party’s many second secretaries; Gerhard Lauter, an ambitious young department head in the East German Interior Ministry; Igor Maximychev, the deputy Soviet ambassador in East Berlin; and, finally, Harald Jäger, a second-tier passport control running the night shift at an East Berlin border checkpoint. Most of these people were little known beyond their immediate communities, if even that, but they would all contribute significantly—and at times unintentionally—to the collapse of the Berlin Wall. They would become the catalysts of the collapse.” 
[...]  
“By examining how it happened in East Germany in 1989, we can learn how and why dictators’ subordinates choose to disobey orders, and so do not use violence against unarmed protestors even though they have instructions to do so, or how and why oppressed people choose to extend trust to total strangers in crises, and so begin to form large, durable communities of protest. The latter point is particularly important, and surprising. As we will see, dictatorial leaders who had worked together for decades had no trust whatsoever in each other, while dissident leaders in groups riddled with secret police spies exhibited a startling openness to, and confidence in, outsiders willing to help.” 
[...] 
“In summary, it is worth spending time looking at the details of how and why the Berlin Wall opened on November 9, 1989, because they add up to larger lessons that matter. That night represented the moment when a peaceful civil resistance movement overcame a dictatorial regime. It is all too seldom that such a peaceful success happens at all, let alone leaves a magnificent collection of evidence and witnesses scattered broadly behind itself for all to see. By looking at this evidence, listening to these witnesses, and learning this story—as it actually unfolded, not as we assume it did—we gain new respect and understanding for people who try to promote peaceful change in the face of dictatorial repression, for the odds that they face, and for the ways in which outsiders can actually help to promote their success instead of merely assuming that they have done so.”


jueves, 23 de octubre de 2014

Ayotzinapa y «Echar Raíces» de Simone Weil

Simone Weil (Según oí, se pronuncia «Simahn Vei»)

En 1943, una joven filósofa perteneciente al movimiento de resistencia francés que vivía en Londres, comenzó a poner por escrito sus ideas acerca de lo que los franceses podían hacer para ganar la guerra contra los nazis y sobre todo, a reconstruir su país. Se llamaba Simone Weil (se pronuncia Simán Vei) y este manuscrito se publicó con el nombre «Echar Raíces»

Como sabemos, Hitler invadió Francia un 10 de mayo y sólo 35 días después, el 14 de junio ya habían llegado a Paris. ¿Cómo fue  posible que una potencia militar, política y cultural se derrumbara en un mes y unos cuantos días?  ¿Cómo fue posible que el país que más porcentaje de su PIB gastó en la industria militar de la entreguerra en toda Europa se derrumbara tan fácilmente? ¿Sería que a los franceses les faltaron recursos técnicos o militares para enfrentarse a los nazis? ¿O será tal vez por que Francia había caído no tanto por el fuerte viento, sino por que era ya un árbol muerto por dentro?

Simone Weil es de la idea de que los franceses, durante muchos años fueron minando las raíces daban inspiración al pueblo, que ofrecía motivos para luchar y daban un sentido de que la propia vida valía la pena. Para ella, el «el problema de dar inspiración a un pueblo» consistía replantear la finalidad colectiva, fortalecer los vínculos de pertenencia a una comunidad y liberar las fuentes de la solidaridad. Francia iba a necesitar una administración pública eficaz, sin duda, pero sobre todo, echar raíces para revitalizarse por dentro.

Ese problema lo llamó "desarraigo", no tener raíces. Cuando una sociedad subordina todo vínculo entre seres humanos al cálculo utilitario –una especie de «sólo vivo junto con otros, por que voy a obtener seguridad y mayores bienes que viviendo en soledad»-, se han sembrado las semillas de la desintegración y de personas «sin raíces». En las sociedades de este tipo, los seres humanos, se autopresentan, se conciben a sí mismos, como individuos autónomos o átomos encapsulados, cuyo instrumento principal para relacionarse con otros son un conjunto de derechos. Con esta idea de fondo, los demás se convierten en proveedores de beneficios y la actitud básica hacia los otros se define como «tolerancia». Una especie de «para mi, es mejor que no molestaras, pero qué se le va a hacer, he de tolerar tu presencia para que me des mis derechos».

Para Weil, esta actitud es la que ha secado por dentro el arbol de la sociedad, al que después ha tirado un viento un poco más fuerte de lo común. Podemos echar la culpa al aire por la caída del árbol, pero lo que realmente lo tiró fue su vacío interior. Así con los seres humanos. Cuando el centro de gravedad de la vida social son los propios derechos, se corre el riesgo de olvidar que la gran mayoría de nuestras interacciones sociales parten de otra lógica y de otras necesidades de las que surgen en primer lugar deberes. Cumplir nuestros deberes, antes que exigir nuestros derechos, es el primer paso para «arraigarnos». 

Esta escritora francesa enumera un catálogo de 14 necesidades del alma cuya satisfacción permitirán que la persona «eche raíces» y logre ser el tipo de ciudadano que reconstruye una sociedad destruida por la violencia. Sólo mencionaré algunas de estas necesidades cuya satisfacción, sostiene a una persona para construir -o reconstruir- la comunidad en la que vive: el orden, la libertad, la responsabilidad, el honor, el castigo que me hace responsable de mis actos, el riesgo que evita el tedio, la pereza o la cobardía. (El resto se encuentra aquí)

Es verdad, lo que ha pasado en Ayotzinapa no se debe sólo a personas «desarraigadas», ni tampoco sólo a que han habido algunos «malos, malosos y malditos», ni tampoco a quienes se vieron atrapados en un sistema que los orilló a cometer injusticias –«los delincuentes por burocracia», o el «mal banal» como lo calificó Arendt de lo que hablamos en otra ocasión-.  También es verdad que lo que sucede en México necesita mucho más que este tipo de reflexiones. Las reflexiones se Simon Weil fueron vistas con escepticismo o mejor dicho, como la utopía del filósofo que no comprende de las necesidades concretas del político. 

Pero sin duda,  la solución a la crisis de gobernabilidad y seguridad que atraviesa el país, no se resolverá si no desempolvamos nuestros vínculos con los otros, si no destapamos los canales por los que echamos raíces y si no nos lanzamos a redescubrir a las personas que inspiren, si no recuperamos las ideas que dan sentido a la propia vida. 

jueves, 4 de septiembre de 2014

(Voy tarde por del día del abuelo): Shakespeare y los ancianos.

La Abuela
Ya había publicado algo así en el Blog. Lo presento otra vez, pero en esta ocasión para decirlo en el radio.

En una obra de teatro de Shakespeare, «As you like it» («Como te guste»), se recoge un monólogo muy conocido que compara las etapas de vida de las personas con las escenas de una obra de teatro:

"El mundo es un gran teatro,
y los hombres y mujeres son actores.
Todos hacen sus entradas y sus mutis
y diversos papeles en su vida.»

Para el dramaturgo inglés, son siete las escenas o etapas de nuestra vida: el infante, el escolar, el amante, el soldado, el sabio, el viejo y el senil. Todo ser humana pasa de una etapa a otra sin que podamos evitarlo. Como la semana pasada fue el día del anciano recupero aquí las últimas dos etapas de la vida que nos presenta Shakespeare:

«La sexta edad nos trae
al viejo enflaquecido en zapatillas,
lentes en las napias y bolsa al costado;
con calzas juveniles bien guardadas, anchísimas
para tan huesudas zancas; y su gran voz
varonil, convertida de nuevo en agudo tono de niño,
le pita y silba al hablar» 

Pero en los ancianos no encontramos sólo decadencia física. Ellos ancianos son depositarios de la memoria de una familia y un pueblo. ¿Cómo eras de chico? ¿Cómo se cocina el plato que te gusta? ¿Cómo va el cuento de la Caperucita? ¿Por qué serie de valores vale la pena regir la propia vida? ¿Por qué no hay mal que dure cien años ni idiota que lo soporte? ¿O en qué caso concreto sucedió aquello de que «Dios aprieta pero no ahorca», o «para atrás ni para agarrar vuelo»? ¿Cuál es la historia de tu familia y de la que tu formas parte? ¿Cómo se hace para ser buen padre, qué hice yo que salió bien y qué no salió tan bien que digamos? Los abuelos tienen mirada de largo alcance y memoria que ha repasado una y otra vez los sucesos de la vida. Lo han vivido y experimentado y podemos ver en sus dichos una comprobación histórica de sus dichos y frases.. 

Esta es la séptima y última etapa de la vida: la senilidad:

«La escena final
de tan singular y variada historia
es la segunda niñez y el olvido total,
sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada.»  

Es la escena de la “segunda niñez y el olvido total”. Ya nos entregaron la vida y sus experiencias, y al final nos entregan su memoria por que se quedan sin ella… viven como niños que repiten lo mismo una y otra vez, sin lógica y sentido. Son como niños que ven sin cansarse la misma película y no se hartan de repetir el mismo cuento. Se aferran y rabietan por sus caprichos como si la vida se les fuera en ello. Antes de dejar el escenario de forma definitiva, el abuelo nos interpela y obliga a salir de nosotros mismos para responder a este reto que nos lanzan con su presencia: «¿Pondrás en práctica conmigo lo que yo hice contigo, que vale la pena hacerse cargo de un ser humano que no se basta a sí mismo?»

jueves, 14 de agosto de 2014

Primo Louie: el rey de la tontera que divierte.

Hay en la versión de Disney de "El libro de la selva" un personaje cuya loquera lo hace divertido: El rey Louie. Un maestro de la manipulación, del pan y circo.

Como es sabido, sus monos secuestran a Mowgli por que piensan que pueden robarle tecnología: producción del fuego. Con el dominio de esa técnica, podrán ser el clan más poderoso. Shere Khan, la amenaza más peligrosa de la jungla, teme al fuego. Si el tigre feroz huye del fuego controlado por los los simios, serán ellos quienes dominan al resto de animales. Pero Mowgli no sabe hacer fuego.




En la novela original, Kipling insiste que los monos no tienen rey o una sociedad estructurada y reconocible en una autoridad. Son un clan sin racionalidad ni ley. Aunque en la versión de Disney, el primo Loui es presentado como un Rey -que vive a todo dar y procura que sus súbditos la pasen también bien-, es significativo que en ambas versiones el punto de partida es claramente la no humanidad de quien vive no guiado por la razón. Es precisamente el punto de partida del argumento de la escena: quiero ser hombre. ¿Y qué características ve el simio en la comunidad humana?

De entrada, Loui lo dice cantando: quiere andar erguido, caminar derecho; vivir junto con otros a través del diálogo, abandonar la irracionalidad y locura del mundo de los simios. Estas características no valdrían la pena, si no logra a través de la técnica, el control del poder representado por el fuego.  En el fondo, tampoco tan en el fondo, al Rey Loui le interesa sólo para dominar y afianzarse en el poder. La razón, el derecho y el diálogo, son para él un medio técnico -como lo es también el dominio sobre el fuego- para ser más fuerte y lograr el dominio sobre el resto. 

Louie utiliza una común herramienta del tirano: la tontera que divierte, la superficialidad que entretiene, la fiesta que celebra los clichés de lo «normal» del «así lo hacen todos»-, con que se protege el demagogo. Hannah Arendt reconocía que la tragedia nazi fue posible por que hubo muchos que sin ser pervertidos, ni sádicos, eran ciudadanos comunes y corrientes «Terrible y aterradoramente "normales"»: personas camufladas en la normalidad de los lugares comunes que el tirano logra concretar en un discurso simple y aparentemente coherente.  

La escena del Rey Louie retrata en su sencillez -en su divertida sencillez- la máscara del demagogo: es el rey de la tontera que divierte, se perpetúa en el poder como bufón de la superficialidad: es el político que manipula a través de la fiesta y se interesa por la razón y el derecho como modo de controlar el poder que lo encumbra.



Hoy -14 de agosto- mis padres cumplen años de casados. Recuerdo haber visto esta película de niño junto a ellos y cómo se divertía mi jefe con el Rey Louie y Baloo. A ellos les dedico este comentario

domingo, 3 de agosto de 2014

La inutilidad del conflicto (la 1GM y mis pugnas con otros)

Burt Solomon publicó en The Atlantic (aquí) un muy buen artículo sobre la inutilidad de la primera guerra mundial y sus consecuencias. El pasado 28 de julio se cumplieron 100 años su comienzo. Solomon hace un recuento de los motivos que se han ofrecido para explicar los motivos de la guerra. «Haiga sido, como haga sido», la guerra causó la muerte de más de 16 millones de personas, no sólo de formas nuevas y creativas, sino por unos motivos infantiles e inútiles. 
Soldados británicos cegados por gas lacrimógeno en 1918

Todas las guerras nos dicen algo sobre nosotros mismos, «esta guerra -escribe Solomon- nos dice mucho sobre la naturaleza de la codicia, los peligros de la inseguridad, la facilidad con la que perdemos el control sobre la historia de los hombres». También nos muestra lo poco que podemos prever y controlar los efectos ocasionados por una tecnología, inventada con esperanza de progreso, pero dominada por el poder irracional. Trágicamente lo que ha sucedido en Gaza pone ante nosotros este último punto: quizá podamos controlar cómo disparar un misil y dar en el blanco, pero nunca podremos dominar todas sus consecuencias. (Aquí, un artículo de Michael Walzer en New Republic, sobre el tema)

Pienso que de la primera guerra mundial podemos aprender tres cosas sobre cómo enfrentar los conflictos: 

1. Elegir bien el conflicto. Pocos y que valgan la pena. Ya sea por el tema, por lo que sacaremos de ahí, por cómo quedará dañada una relación, por lo que realmente podemos cambiar del problema, etc. Como en el beisbol, no hay que tirarle a todo lanzamiento aunque venga strike. No todo pleito vale la pena.

2. Antes de entrar a resolver una diferencia con otro  hemos de fijar qué vamos a considerar como éxito. Una vez que conseguimos esa meta, ¡a salir corriendo del conflicto! Si la otra persona quiere aprovechar la pugna para dejar claro que quien manda, que esos no son modos, que ahora las cosas se harán como quiere... allá ella, que se quede con su triunfo. Con un objetivo claro, es más fácil centrarse en lo que pensamos en frío y consideramos valioso. En un conflicto es común calentarse y perder el norte sobre lo que buscamos. Ayuda a considerar que ni toda victoria es definitiva, ni toda derrota es absoluta. Nunca se gana todo de una vez por todas y nunca se pierde todo de forma indiscutible.



3. Tomar en cuenta que al final del día, tras la pugna, corremos un gran riesgo de quedarnos sin nada. Cuando entramos un conflicto, con mucha frecuencia cambiamos nuestro sitio y nuestros objetivos fundamentales por ganar la disputa, por ganarle al otro. Después, tarde o temprano –y esta regla no falla– nosotros nos iremos o la otra parte del conflicto se irá. Si prevaleció el conflicto, o en gran parte sólo hubo conflicto, habremos perdido tiempo para realizar nuestro proyecto de vida. En algún momento se irá o nos iremos... ¿y qué me quedó por haberme enzarzado en una pugna?



jueves, 15 de mayo de 2014

¿Para qué sirve un maestro si todo ya está en Google?

Esta entrada huele a pólvora... puro fusil. Las ideas las saqué de este video de @agalorda 



Si toda la información ya está en internet, si es más rápido y seguro preguntarle a Google para conocer una información, ¿para qué sirve un profesor? ¿Por qué es indispensable la formación presencial ante un maestro, si puedo ver, a un click de distancia, las clases de los grandes profesores de las grandes universidades del mundo? 

Pensemos en los alumnos. Generalmente, cada alumno es tal, por que ha de escribir el libro de su vida –quizá comienza o va un poco más avanzado, da igual-. La libreta de un alumno siempre muestra un letrero que dice “en construcción". «¿Cómo harás que tu vida valga la pena vivirse y ponerse por escrito? ¿Cuál es esa gran aventura que escribirás con tu vida?» Para hacer eso, todos necesitamos profesores inspiradores que ayuden a soñar alto y al mismo tiempo nos den las herramientas y la energía interior para ponernos a escribir cada párrafo de nuestra vida. 

En este contexto, ¿qué se espera de un profesor? ¿En qué aspecto un necesitamos un maestro real, no virtual? Una respuesta desafiante dada por un alumno es esta: «Enséñame algo que no pueda encontrar en Google, algo que no pueda bajar de internet o algo que no me va a llegar por redes sociales». 

La respuesta de un amigo es esta: el profesor es relevante si es inspirador. Inspirar no es deslumbrar ocasionalmente con un curriculum o con la erudición del que dispara datos a gran velocidad, o se encumbra a costa de sus alumnos. Tampoco inspira el que comparte vídeos motivaciones, dice frases bonitas o vive de su prestigio adquirido -incluso lo ganó justamente-. Inspira quien libera los resortes interiores del alumno, lo mueve a cambiar sus hábito… quien transforma.

¿Cuáles son los rasgos de un profesor inspirador? Álvaro González-Alorda sugiere tres:

(1) Experimenta: es una persona innovadora en el aprendizaje. Entiende que los alumnos están a un click para salirse, aunque sea con la cabeza, de su clase. El profesor inspirador es quien diseña experiencias retadoras de aprendizaje. 

(2) Conversador. Dedica tiempo gratuito, no remunerado. Josef Piper escribió: “La mirada del quien ama no es una mirada realista”. Quien ama no hace una hoja de contabilidad con aciertos y errores y a base de sumas y restas concluye que es rentable querer. En ese sentido, cuando alguien ama, cuando es el profesor inspirador quien quiere a sus alumnos, lo que dice sin necesidad de palabras es «veo el talento que hay en ti. Veo a esa persona desplegada en el futuro, y como ya lo vi, te entrego esa posibilidad. Éste podrás ser tú. Vi que el mundo sería peor si tu no despliegas tus alas. El mundo te necesita, naciste para ello”. Esa mirada no la puedo bajar de google ni verla en una aplicación del teléfono. 

(3) Integridad. El profesor ha de ser creíble no sólo por que sabe de su materia, sino por que al menos lucha por ser honesto. Sin esa cualidad, tendríamos que dudar de la afirmación “veo el potencial que tienes”. Le faltaría sinceridad. ¿Cómo evaluar si como profesor soy íntegro? Algunas preguntas que ayudan: ¿tengo valores superiores a mi mismo? ¿Estoy dispuesto a empeñarme por “causas perdidas” como decía Borges? ¿Vivo como pienso? ¿Hago lo que digo? ¿En todos mis ámbitos de la vida o tengo mis huecos donde soy mala persona? Si ponemos atención, nos daremos cuenta que nadie está a la altura.  ¿Y cómo pedirle a un alumno que sueñe por algo que vale la pena en su vida, si también tengo defectos? El profesor que pide perdón y cumple compromisos concretos, tendrá la fuerza interior para sugerir a otro que cambie. 

Por todo eso, educar es distinto a instruir, aunque la segunda es indispensable para que se dé la primera. La instrucción nos enseña a contar; la educación, a que puedan contar con nosotros. La instrucción nos permite leer un libro; la educación, leer nuestro propio destino. Si el profesor sólo instruye, y el maestro es el que inspira y educa realmente, entonces el profesor enseña “qué son las cosas”; el maestro, “quién soy yo”. El profesor te cambia las ideas; el maestro te cambia la vida.» 

En Google no es posible enseñar cómo borrar de nuestro mapa interior la palabra Desconocido para remplazarla por una personalidad llena de sentido y significado que se despliega hacia el futuro.

A los maestros, muchas felicidades en su día. Así que como colega, los animo a repensar nuestro trabajo diario. Están en juego los sueños de muchas personas. Si no lo hacemos bien, entonces sí, Google será más importante que nosotros.


jueves, 10 de abril de 2014

Emma y George para celebrar a Yuyis

Emma Woodhouse, BBC, 2009 (Romola Garai)
La Srita. Woodhouse es la protagonista de «Emma», una novela de Jane Austen publicada en 1816. A diferencia del resto de las heroínas, era rica e independiente, «bella, inteligente y rica, con una familia acomodada y un buen carácter, parecía reunir en su persona los mejores dones de la existencia; y había vivido cerca de veintiún años sin que casi nada la afligiera o la enojase.». Cuidaba de su padre, hipocondríaco, y su hobby, ser casamentera.

Su intuición y capacidad para la ironía, su inteligencia viva y certera, se mezclaban con algo de superficialidad poco dada a la empatía. Cuando se es lista e intuitiva, no se necesita mucho esfuerzo para acertar. La velocidad corre el riesgo de perder los detalles que llevan a comprender realmente a los demás y conocerse a sí misma: «los verdaderos peligros de la situación de Emma eran, –escribe Austen- de una parte, que en todo podía hacer su voluntad, y de otra, que era propensa a tener una idea demasiado buena de sí misma; éstas eran las desventajas que amenazaban mezclarse con sus muchas cualidades»

Así, Emma manipula a su amiga Harriet Smith, lastima a Jane Fairfax, insulta a Miss Bates. Sus dos mejores amigos, George Knightley y la Sra. Weston, hacen lo que se espera de un amigo: le dicen lo que ven en ella: tanto sus errores como su potencial. Como en todas las novelas de Jane Austen, Emma despierta de su mala conducta. Se da cuenta que su error en el juicio manifiesta su carácter atrofiado, descubre que lastima a otros y más grave aún, que era incapaz de conocerse a sí misma (aquí otro post del blog sobre el tema).

Pero no quiero hablar del final de la historia. Necesitaba el contexto para presentar lo que me parece es uno de los momentos más logrados de una de las adaptaciones más logradas de Emma (aquí en Youtube, subtitulada): el baile de Emma con George Knightley. Lo hacen sin todavía descubrir que su afecto mutuo va más allá de una sincera amistad. La música, los movimientos y sus rostros expresan la tensión llena de esa misteriosa alegría que los anuda. (Hasta tiene su gracia que la actriz de esta adaptación se llame Romola)

Por lo pronto, sé que le gustará a Yuyis este pequeño homenaje a la amistad.




PD. No resisto la tentación de transcribir los párrafos del despertar de Emma:

“En aquel corto espacio de tiempo comprendió cuál había sido su conducta y vio claro en su propio corazón. Lo vio todo con una lucidez como hasta entonces nunca había tenido. ¡Qué mal se había estado portando con Harriet! ¡Con qué falta de atención y de delicadeza! ¡Qué insensato y qué cruel había sido su proceder! ¿Cómo había podido dejarse llevar por aquella ceguera, aquella locura? Se daba perfectamente cuenta de lo que había hecho y estaba tentada de aplicarse a sí misma los términos más duros. [...]  
Cada momento había aportado una nueva sorpresa; y cada sorpresa era un motivo más de humillación para ella... ¿Cómo podía comprenderlo todo? ¿Cómo podía comprender que hubiera estado engañándose a sí misma de aquel modo hasta entonces, viviendo en aquel engaño? ¡Aquellos errores, aquella ceguera de su mente y de su corazón! Se quedó sentada, se paseó, anduvo de una a otra habitación, probó a pasear por el plantío... En todos los lugares, en todas las posiciones no podía dejar de pensar que había obrado de un modo insensato; que se había dejado engañar por los demás de un modo mortificante; que se había estado engañando a sí misma de un modo más mortificante aún; que se sentía desgraciada y que probablemente aquel día no era más que el principio de sus desgracias. [...]  
Ésta fue la conclusión de sus primeras reflexiones. Ésta fue la primera convicción sobre sí misma a la que llegó respondiendo a las primeras preguntas que se había formulado; y sin que necesitara mucho tiempo para ello... Se sentía a un tiempo enojada y apenada... Y se avergonzaba de todos sus sentimientos, menos del que acababa de descubrir... su afecto por el señor Knightley... Todo lo demás que encontraba en su interior le repugnaba. 
Con una imperdonable vanidad, se había creído poseedora del secreto de los sentimientos de todo el mundo; con una inexcusable arrogancia, se había propuesto arreglar las vidas de todo el mundo. Y se había demostrado que se había equivocado en todo; y ni siquiera no había hecho nada... porque había provocado desgracias... ”

jueves, 3 de abril de 2014

Rawls: "El beisbol es el rey de los deportes"

Con motivo del inicio de la temporada de las Grandes Ligas, me encontré (aquí) con una carta que John Rawls escribió sobre el beisbol. Rawls (1921-2002) ha sido uno de los filósofos de la política más importante de la última mitad del siglo pasado, en concreto por su incorporación del concepto justicia y equidad a la descripción del razonamiento político. Sabemos que era un gran aficionado del béisbol. Se conserva una carta suya de 1981, donde ofrece seis razones por las que el béisbol es el rey de los deportes.


Primera: Las reglas del juego equilibran y lo hacen ajustado para la emoción. Desde el diseño del campo, el diamante hace que todas las partes estén ajustadas; el pitcher a una distancia igual al resto de las bases. Esto permite jugadas tan emocionantes como el doble play o el toque de pelota, o el robo de base. La distancia anima a que el corredor avance una almohadilla más, y al mismo tiempo siempre lo hace en el límite que le permite al defensivo poder sacar el out.


Segunda: el juego no le da una preferencia o ventaja inusual a quien tenga especiales habilidades físicas, como en el basket, el soccer o el fútbol americano. No es difícil ver unas buenas barrigas en algunos jugadores de béisbol por que también puede utilizarse muchas más habilidades como los  reflejos, la astucia, la fuerza en los pies para el swing, o dejar caer el peso para lanzar, etc. 

Tercero: el juego aprovecha todo el cuerpo: el brazo para lanzar, las piernas para correr, ambos para hacer el swing, la estrategia para ver y al mismo tiempo adivinar el tipo de lanzamiento; control de nervios, astucia, etc. En el soccer no puedes tocar la pelota con las manos.

Cuarto: todas las jugadas son fáciles de seguir con la vista. A diferencia de fútbol americano, es difícil ver todo lo que sucede en cada jugada. Mucho sucede en la línea de golpeo sin que lo vean los árbitros. En el basketbol la diferencia entre el contacto y un foul no es tan nítida. En el beisbol, aunque puede haber errores, los umpires pueden ver y oír con relativa facilidad lo que sucede.

Quinto: el beisbol es el único juego donde anotar no se hace con el balón, lo que hace que la acción a seguir se multiplique por el campo: el corredor doblando a la goma, mientras el jardinero ataca la pelota ¿podrá el corredor llegar safe en home o llegará primero la bola?, y emociones así.

Y por último, sexto, el factor tiempo. En el béisbol no hay tiempo para terminar con el juego. El basket, el soccer y el americano tienen su reloj. En el béisbol, como en el tenis, el tiempo no es factor. Esto implica que siempre hay tiempo para un regreso. El noveno inning es potencialmente la parte más emocionante de todo el juego. (La final de la serie del caribe 2013, duró 7:30)

En resumen, dice el dicho beisbolero que este deporte se trata de "seis minutos de acción insertados en un drama de dos horas y media"


jueves, 6 de marzo de 2014

La recurrente enfermedad de la Democracia

«La democracia fue la idea política más exitosa del siglo XX. ¿Por qué se ha metido en problemas y qué se puede hacer para curarla?» Con estas palabras da inicio un largo ensayo publicado por la revista «The Economist» (aquí). «La democracia pasa por momentos difíciles. Donde autócratas han sido expulsados de sus gobiernos, sus oponentes han sido incapaces en su mayoría de crear regímenes democráticos viables. Incluso en democracias establecidas, la visibilidad de los defectos de sus sistemas políticos se han vuelto preocupante y la desilusión por la política es moneda corriente». Vemos a regímenes que utilizan el lenguaje democrático y sus formas, para vivir dictatorialmente; también casos donde se destituyen autoridades elegidas democráticamente por su incapacidad técnica para gestionar una crisis real, como sucedió en Portugal e Italia. Otro ejemplo lo encontramos con la crisis de representatividad de algunas democracias europeas por la centralización de decisiones en los organismos europeos centrales. 
«What's gone wrong with democracy?»

 «¿Qué ha ido mal con la democracia?», ¿por qué este modelo político se enferma con frecuencia? Alexis de Tocqueville describió una de las causas en su famoso libro «Democracia en América». Si la Democracia se basa en la promoción del individuo y la igualdad de todos, para que éste logre lo que considera valioso, ¿cómo hacer para comprometerlo con el bien común compartido mínimo necesario para que logre sus metas personales? ¿Cómo interesarlo en los esfuerzos comunes que requieren la realización de la libertad individual? ¿Cómo enseñarle disfrutar de la felicidad por  bienes logrados sin que ese deleite debilite la capacidad de sacrificio que exige todo trabajo? Cuando una democracia funciona sólo para individuos, dice Tocqueville ésta «lo conduce sin cesar hacia sí mismo y amenaza con encerrarlo en la soledad de su propio corazón».

Otra causa la encontramos en que la Democracia, como todo proyecto político, exige re-aprenderse y re-inventarse una y otra vez. La democracia nunca es una conquista definitiva. No es como la luz eléctrica que una vez descubierta se convierte en el suelo desde el que se avanza científicamente. A nuestra generación –como a todas- le corresponde ese esfuerzo por diseñar y trabajar por las formas en que este tipo de organización política puede hacerse eficaz.

De forma tal que  lo normal de la democracia es que se enferme y que haya que curarla. ¿Y cuál es su medicina? La revista propone, primero, recuperar la tenacidad de los fundadores de las democracias contemporáneas; segundo, una nueva creatividad para adaptarse a la globalización y la cercanía y velocidad del internet; y junto con ello actualizar el diseño institucional de las instituciones públicas para que sea más flexible y sea capaz de mezclar la legitimidad institucional con capacidad técnica. 





viernes, 31 de enero de 2014

¿Qué he aprendido como aficionado al «Football»?

Aquí van seis cosas que he aprendido a reconocer en el fútbol americano:


1. El juego se trata de conquistar el terreno una vez que haz “arrancado” el espacio. Y eso sólo se logra a base de detalles. Nadie regala nada. Sólo se avanza cuidando los detalles que abren el espacio, que coordinan eficazmente con otros, etc. Gana quien se come terreno, porque abrió ganó el espacio, porque cuidó en los detalles; en su preparación y en su ejecución.


2. Preocúpate sólo de lo que puedes controlar. El partido no se juega ni contra el estadio, ni contra el pasado, ni contra los récords. Y lo único que puedes controlar es la jugada que vas a intentar. Una jugada a la vez, un partido a la vez. Por que se gana un partido en una sola jugada, ni un campeonato de un sólo golpe. 

3. “Run to win”. Lombardy utilizaba esta imagen de San Pablo para repetir, que el atleta ha de hacer todos los sacrificios necesarios para ganar bien y por la buena. “Ganar no es un algo que se presenta algunas veces, es un algo que sucede en todo tiempo, no se gana de vez en cuando, ni las cosas se hacen bien de vez en cuando, sino que se hacen bien en todo momento, ganar es un habito, desafortunadamente para algunos también lo es perder”. Lo único que no se vale es rendirse: otros dependen de ti, no sabes qué va a pasar. Y aunque pierdas, esa actitud por hacer lo necesario por ganar, creará el hábito que después hará que no pierdas.  Hay que perderle el miedo a competir y sí temer a no ejecutar lo necesario por ganar bien y por la buena.


4. No pongas excusas. No te escondas en explicaciones. Las excusas cubren defectos que han de mejorarse, y con facilidad te llevan a señalar a otros. Eso además de no ayudar a resolver el problema, genera desconfianza entre quienes se supone que deben hacer equipo.

5. Cuida al deportista, cuida al aficionado, cuida el deporte. Respétalos. La NFL ha creado han creado una narrativa heróica, trabajo conjunto y sacrificado de lo que significa ese deporte. Vuelvo a los medios mexicanos y encuentro programas de espectáculos -comediantes, secciones culturales, etc.- montados en torno al un deporte; y no tanto programas deportivos al que se le añadían otras secciones como contexto. Es como si en un taco, se le diera más importancia a la salsa que a la carne. Y lo que es peor, no te dejan ver el juego: mayonesas brincando por el campo, avioncitos cruzando de un lado a otro, comentaristas vendiendo productos de belleza. ¡Déjame ver el juego! 

6. La fruición. Una de Lombardi: "El mejor y mayor momento de cualquier hombre, su logro más grande y su mayor satisfacción, es aquel momento sublime en que después de haber trabajado arduamente con todo su empuje, esfuerzo, dedicación y corazón a favor de una causa noble, se encuentra exhausto en el campo de batalla, “¡Victorioso!” 





jueves, 23 de enero de 2014

"Tierra Caliente: lectura en clave antropológica", un texto de Claudio Lomnitz

Claudio Lomnitz escribió estos días un interesante editorial en La Jornada titulado  “Tierra Caliente: lectura en clave antropológica” (aquí). Ahí explica que en esa región michoacana se han enfrentado dos tipos de formas sociales, una inspirada en categorías militares (con su estructura de mando vertical, su control, su uso de la fuerza) y la otra orientada a la forma social de “familia y comunidad”. 

Las estructuras militares han tomado como nombre, curiosamente, aquellas estructuras sociales opuestas tanto al Ejército como al Estado burocrático, cuya lógica es el uso de la fuerza y el control: la familia, la religión, la comunidad. 
«En otras palabras -dice Lomnitz- el desorden producido por una invasión militar (Ejército federal) y por una invasión cuasi-militar (de Los Zetas) fue generando primero un movimiento y organización armada ligados al orden comunitario (La Familia), cuyos abusos fueron aprovechados por una tercera organización que se presentó como redentora del orden moral de la comunidad (Los caballeros templarios)». 

Lomnitz hace notar cómo cuando ejércitos regulares han utilizado como técnica de control, el temor y la división entre los miembros del grupo social, esos grupos militaries a lo mucho han ganado presencia, pero han perdido gobernabilidad. Cualquiera puede ser ‘Zeta’, cualquier puede actuar en nombre de unos criminales, ¿qué caso tiene hacer los sacrificios que require la justicia si se vive preso del miedo?.

La reconstrucción de Tierra Caliente no se reduce sólo a una “organización más justa del estado” sino que además necesita por una “recomposición del significado de los lazos de amistad”. Esto es así, concluye Lomnitz por que “[s]ólo un amigo digno podrá un día ser un esposo digno, un padre digno y un miembro digno de su comunidad.” 

El bien común no sólo se trata de “hacer algo”, sino también de “hacerlo contigo”: los lazos de amistad generan la confianza y la paciencia necesaria para debatir un problema común, para confiar en que el otro hará su parte, para hacer los sacrificios necesarios para hacer eficaz y estable nuestra coordinación común. Por el contrario, cuando el eje de esa acción común es el miedo (a que me robes, me mates, o me engañes, o incluso cuando creo que ganarás más que yo a base de engaño), cuando el eje de la acción común es la dádiva, o únicamente el cálculo de mis beneficios, lo único que se consigue es una comunidad precaria enferma de desconfianza.

No pensemos que lo que sucede en Tierra Caliente es ajeno a nosotros, pues cada uno tiene en sus manos una serie de relaciones comunitarias de responsabilidad que necesitan de nuestra capacidad de hacer justicia, de ser honestos, de ser buenos amigos. No lo olvidemos: somos herederos de un orden social, más o menos estable, que requiere al mismo tiempo construirse todos los días animado por un auténtico espíritu de solidaridad.