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lunes, 20 de noviembre de 2017

Tres fotos para el homenaje a Don Efra


El pasado 18 de octubre, en la Casa Iteso-Clavigero, se organizó un homenaje al quinto aniversario de la muerte de Don Efra. Participamos Lupita Morfín Otero, Miguel Limón y yo.  Aquí hay una liga a la noticia que publicó el ITESO. Este es mi rollo: 

En el homenaje a Don Efra 

Pedro Pallares Yabur

18 de octubre de 2017
Casa Iteso-Clavigero 
Tucídides recoge un discurso fúnebre en el que Pericles honra a los muertos durante el primer año de la guerra entre Esparta y Atenas. Era el invierno del 431 a.C. En su argumento, el famoso stratego plantea a sus oyentes unas palabras que algo más que desconcertantes para un homenaje fúnebre:   
«Esta es la razón por la que ahora no me voy a dirigir a los padres de estos hombres con lamentaciones de compasión, sino con palabras de consuelo… Es preciso ser fuertes, siquiera por la esperanza de tener otros hijos [quienes] serán un motivo para olvidar a los que ya no están con nosotros, y la ciudad saldrá beneficiada por dos razones: no perderá población y ganará en seguridad»  
¿No es un poco raro honrar a los difuntos pidiendo a los padres que con la fama de los nuevos hijos sepulte la pena precisamente de aquellos a quienes se llora en ese funeral? En la mentalidad de Pericles, los homenajes y honores eran la moneda de cambio con la que una comunidad –en su caso Atenas- no sólo pagaba y reconocía a quienes la hacía grande, sino también la zanahoria colocada frente a los vivos para que aceptaran las penas por las que necesariamente se pasa cuando se hace vida un valor. 
Este año he discutido con mis alumnos este pasaje, y cuando recibí la invitación para participar en este homenaje, tuve que cazar al fantasma de Tucídides que me preguntaba: ¿qué moneda de cambio tienes para ofrecer a Don Efraín? ¿Qué valen tus palabras, tu testimonio y tu recuerdo? ¿Quién eres como para honrar a Don Efra con justicia? Atenas era grande y podía compartir su importancia entre sus ciudadanos. ¿Pero yo? ¿Para honrar a Don Efra? 
Conocí a Don Efra cuando estaba en tercero de secundaria. Sí. A mis 15 años. Lo llevó Manuel Clouthier a Culiacán a una conferencia sobre la vida política; y a mí me llevó mi Papá. A esa edad, con que puedas seguir al menos dos ideas conectadas, te parece que el conferencista es un genio. Y con Don Efra pude seguir al menos tres ideas sobre solidaridad, subsidiaridad y compromiso social. ¡Todavía me acuerdo! 
Después me encontré con él en la Licenciatura. Me gustaba la filosofía del Derecho y tuve la suerte de tomar cuatro cursos con él. En su momento le pedí que me asesorara la tesis en la que pretendía aplicar sus ideas sobre lo justo objetivo como analizado principal del derecho a la teoría de los derechos humanos. -quien fue su alumno recordará el ejemplo de los distintos significados de «gato»-. Recuerdo que casi todas las correcciones que me hizo fueron anotaciones al margen del borrador en el que decía: «quizá», «no siempre», «a veces no», «en ocasiones funciona su contrario», «se puede matizar», «no del todo», o expresiones semejantes. Desde entonces, esas pequeñas notas al margen, han marcado la forma en que trato las conclusiones a las que llego en mis trabajos: «no te creas lo primero que se te ocurre», parecería decirme. 
Cuando me titulé, en la UP me invitaron a ser adjunto de Don Efraín en filosofía del derecho. Y sí, tuve que pagar el peaje y cometer todas las impericias de un profesor joven: pensaba que era más valía pasarme por duro que ser recordado por barco. Los alumnos lo sabían, así que iban con Don Efraín para obtener misericordia y en general la conseguían.  
Una vez, el problema estaba más del lado de la justicia que de la misericordia, y Don Efra me sugirió ser compasivo con el alumno: «Recuerde que al final de la vida nos tratarán del mismo modo como nosotros tratamos a los demás», me dijo. [Más adelante volveré sobre esta máxima en su vida]. En esa ocasión me armé de valor y le contesté: «de acuerdo, también rendiremos cuentas del tipo de alumnos que lográbamos formar: exigentes consigo mismos, y justos aunque aquello nos trajera aparente perjuicios». Don Efraín me dio ahí otra lección: «Está bien, tienes razón». Desde entonces defendió mi sitio como profesor, y no solo como un procesador de faltas y calificaciones. Se lo agradezco mucho. Un profesor joven no se da cuenta de lo poco que sabe y de lo que importa su credibilidad a pesar de su novatez. Don Efra me validó como alguien creíble para los alumnos.  
Tanto que en una ocasión, estábamos por comenzar su clase, un par de alumnos discutían por una butaca. Les pedí que se colocaran para la clase y uno insultó al otro para ganar el sitio. Don Efra suspendió la clase y sin decir más se fue. Una alumna salió tras nosotros con un argumento más o menos así: «Don Efraín, no es justo. No se vale que por unos pocos que se portan mal, los muchos que sí queremos clase nos veamos afectados.» Don Efra le contestó -reconstruyo la idea, no las palabras textuales-: «Tiene usted razón. Pero si los muchos y buenos alumnos, no son tan buenos ni buenos como para marcar el tono de la clase; si no logran superar el mal ambiente de los pocos malos alumnos... entonces no son tan buenos alumnos... ni tampoco merecen mi clase».  Y siguió su camino. 
Cuando murió, yo vivía en el extranjero mientras avanzaba en mi doctorado en filosofía del Derecho. Ese día, escribí tres post en mi blog sobre Don Efra como jurista, como educador y como humanista. Y busqué fotografías que hubiera tenido junto a él para acompañarlos. Primero, encontré una que se tomó con el Dr. Rodrigo Soto, los dos viendo a la cámara y sonriendo. Me dio envidia. De la mala. Yo no tenía una así que me recordara todas las veces que nos reímos juntos. No. No logré sacar una foto así. 
Luego di con una que se había tomado junto a la Maestra Elvira Villalobos. Me dio coraje, porque no podía pelearme contra Elvira: ¿quién puede sentirse ofendido por Elvira junto a Don Efraín? En ella, los dos aparecían en un salón de clase y se dirigían a los alumnos con la seriedad del maestro que sabe qué preguntas sembrará en el corazón de sus estudiantes. Yo no tenía una foto con la que recordara, esa estrecha convivencia en mis primeros años de vida académica.
La única foto en la que salimos don Efraín y yo, me supo a poco. Además porque la encontré ya que volví a México, casi seis meses después de su muerte. Este evento me hizo pensar de nuevo las ideas y experiencias de las que había sido testigo en Don Efraín, pero cinco años después. Y este es el único honor que puedo ofrecer a Don Efraín: dar testimonio de lo que vi mientras convivía con él, y cómo esas semillas han ido madurando incluso después de su muerte.  
Etienne Gilson escribió un ensayo que tituló Historia de la Filosofía y de la Educación Filosófica. Ahí dice que «Cuando una persona nos pide que describamos un país, la mejor respuesta es enseñarle un mapa. No es la mejor respuesta definitiva, pero sí la mejor como primera respuesta». Ese mapa funciona como guía para quienes somos principiantes darnos un norte y comunicarnos cómo transitar lo mejor posible por ahí. Uno de los méritos de Don Efra fue ofrecernos no todo lo que sabía, sino las líneas generales más importantes, probadas por su experiencia de vida, de lo significa construir diariamente un orden social que respete la libertad y la igualdad de las personas, y además esté «fundado en la verdad, edificado por la justicia y vivificado por el amor» (Gaudium et Spes, n. 26).  
Fundado en la verdad. No era difícil percibir ese empeño en Don Efraín de conocer la verdad y justificar racionalmente cualquier contenido. Esta era una de las ideas centrales de ese mapa que nos dejó: el respeto a la realidad, la búsqueda de la verdad, descubrirla y configurar la vida conforme a ella. Al preparar este homenaje preferí omitir la estructura formal con la Don Efraín explicaba estos horizontes. La foto que encontré, la única foto que tenemos juntos, me pedía que reflexionara algo que él vivía, pero nunca se lo escuché formulado de esta manera. Espero ser honesto con él, e intuyo que estará de acuerdo con este recuento del tipo «lo que Don Efra nos quiso decir es…».  
Para Don Efraín, el problema de la verdad no era solamente conocer una serie de argumentos, dominar unos sistemas filosóficos y justificar coherentemente unas afirmaciones. Eso es mucho, pero poco. Su erudición no consistía solo en la cantidad de conocimiento, -que lo tenía-, era la honradez intelectual que reflejaba una decisión personal de aplicar las exigencias de su conciencia moral a su vida intelectual.  
Es decir, lo que se sostiene como verdad, su modo de conocerse y las consecuencias de ella para la conducta, nacen de una forma de pensar, de ver el mundo y de vivir la vida cotidiana. Ahí se integra el sistema filosófico, el método de pensamiento, con el estilo de vida. La filosofía de don Efra no era tanto, o más bien, no solo un modo de saber; ni únicamente una técnica para pensar con orden. Se trataba de una forma de vivir del que brotaba una necesidad fundamental: la búsqueda de la sabiduría encarnada como un asunto personal. 
De modo que, don Efra cuando pensaba, reflejaba su carácter vital: las verdades que encontraba y la justicia que percibía, se transformaban en una forma de existir. No lo digo con deseo de adular, simplemente testifico lo que vi. Sus alumnos aprendíamos no una serie de ideas, sino más bien la forma de comportarse de la que se sigue una forma de pensar; y una manera de pensar que dispone a conocer la verdad y a comprometerse por ella. 
El riesgo de un estilo de vida así -repito, el que conecta sistema filosófico con el modo de conocer esas ideas y con la forma vivir cotidianamente- es en el que muy pronto aparecen preguntas radicales: ¿Cómo sé que lo que sé es lo que vale la pena saber?¿El sistema moral que defiendo, realmente vale la pena? ¿Saldrá en mi defensa cuando deba quemar honor, dinero y tiempo por conformar mi vida a esas verdades? Como es sabido, en la vida de Don Efra se jugó prestigio, bienes, tranquilidad, por ser coherente con una serie de ideas. 
En este contexto, lo que se juega no es sólo la coherencia interna de un sistema filosófico o la tranquilidad de conciencia del que vive conforme a lo que opina. Aquí hay algo más. ¿Me la puedo jugar por eso que creo? ¿Estas verdades que sostengo, valen tanto la pena tanto como para meterme en problemas? ¿Cómo sé que esas verdades no me va fallarán cuando por fiarme de ellas me toque perder? ¿Y si arriesgo paz, dinero, tranquilidad por eso que creo, no me dejará abandonado? Aquí el problema de la verdad ya está en otro plano: no sólo debe ser una verdad real, coherente, racional, justa y bella. También debe protegerme cuando por ella pierda dinero, tiempo, amistades, me genere la cárcel o incluso si ella me pide la vida. 
Anécdota: En el PAN ya no creen en los valores fundacionales», le dijo RGL. Respuesta de EGLM: «Es lógico. Antes estábamos ahí porque la verdad de esos valores era lo único que teníamos. Ahora que ya es un camino eficaz para el poder, llegan personas a las que no les convencen esas ideas o no las conocen. Ahora bien, si tu sabes que tienes una habilidad, te das cuenta de una necesidad concreta; y si esa cualidad y esa carencia se relacionan; si por último te das cuenta de ese vínculo… entonces debes el deber moral de involucrarte». 
Anécdota: Último curso que dio en la UP -o el penúltimo-. Hacía tiempo que enseñaba desde el escritorio. Sentado. De pronto se pone de pie y sale del salón. «Tengo una llamada». Llegó a los 10 minutos. Movía las manos de modo que se  las secaba. Pienso que más bien se fue al baño. Le ganó la edad. Volvió a dar la clase pero ya no sentado. En un gesto de violencia contra su vejez, habló el resto de la sesión de pie, con una fuerza y vehemencia que no parecía tener. Me dio la impresión de que su carácter lo removía:  «No dejaré que me venza la vejez». 
Así pues, ¿cómo era la verdad en la que creía Don Efra? Una anécdota que no tiene que ver con él pero sí con la dinámica de la que fui testigo. Cuando un adolescente le dicen «actúa normal, ahí viene la que te gusta», quizá pierda la voz y se ponga nervioso. Despierta en él, la conciencia de esa mirada, la verdad principal es saberse visto realmente por quien puede quererlo. Y por ella cambia de conducta, modifica mi horario, sacrifica dinero y cualquier cosa. Solo por ser coherente y fiel a esa mirada. Como sabe que esa mirada es real, entonces puede fiarse de ese amor.  Es la lógica del amor vinculado a la verdad: «es real que me ve, que me ama gratuitamente». 
Con estas ideas en la mesa, ya puedo volver a la única foto que tengo con Don Efra. Él sabía que la verdad no es sólo poseer datos en la cabeza, sino principalmente haber visto una luz para interpretar su vida. Y esa luz se la otorga una mirada que lo contempla con un amor incondicional.  
La única foto que tengo con don Efra es el único testimonio con el que puedo honrarlo. Quizá el definitivo. Cuando murió Juan Pablo II, en la Universidad se celebró una Misa de funeral en su honor. Coincidimos en ella, y en un momento, los dos, sentados uno al lado del otro, viendo en la misma dirección, guardamos silencio: intentábamos -al menos yo- dirigirme a esa mirada, imitar el testimonio de fe de Don Efra, que se comportaba con la seguridad de haber sido visto.  
De esa foto, me llama la atención la intensidad del silencio de Don Efraín. Lo más relevante de esa verdad no es comprenderse como la posesión de una idea, ni como un sistema coherente de afirmaciones justificadas ante la razón. Se trata más bien de la verdad, de la realidad, de la consistencia de esa relación con quien sabemos nos ama, infinita e incondicionalmente: «mi vida sucede ante sus ojos, incluso más allá de la muerte». Y esa fotografía me ayuda a honrar y a recordar a Don Efra. 
Edith Stein, una filósofa experta en empatía, discípula de Husserl, nació judía, luego fue atea y hacia el final de su vida se convirtió al cristianismo. Ella recuerda cómo le llamó la atención que en los funerales que conocía hasta entonces, se exaltaba las cualidades del difunto. Su tiempo propio era el pasado: «vivió de tal manera, era buena gente, ¡qué buen recuerdo nos llevamos de él!». En cambio, en el primer funeral cristiano al que asistió le sorprendió que su tiempo propio era el futuro: «nos veremos de nuevo, guárdame sitio que pronto me encontraré de vuelta contigo, nos hallaremos en el corazón de quien no te dejará morir porque Él es la verdad misma, la consistencia del ser pleno». 
En la foto, ambos nos orientamos -sin querer- hacia la mayor verdad que se puede conocer, a la mayor justicia por la que podemos luchar: Una persona que nos ve y ante quien sucede nuestra vida. Un amante que nos dice: «he aquí que te seduciré, te llevaré al desierto y te hablaré al corazón» (Oseas 2,14).  
Así que, Don Efra, mi homenaje no es tanto dar honor, como pensaba Pericles. No tengo tanta fama como para que eso valga la pena.  Mi homenaje es recordar sus ideas, su vida, y redoblar la esperanza en que en un futuro, nos daremos el abrazo con el que no lo pude despedir. Nos veremos de nuevo, guárdeme un sitio que nos encontraremos de vuelta. 

viernes, 26 de octubre de 2012

«Efraín González Luna» retrato de Jesús Gómez Fregoso

El P. Chuchín SJ. es un historiador porque estudia la historia, y porque la vive. Ha escrito en su columna de hoy en Milenio sus recuerdos de Don Efra. 
El P. Chuchín. Foto: Milenio

En mi caso, conocí a Don Efraín hasta primavera de 1992: mi papá me llevó a una conferencia suya organizada por el periódico Noroeste. Luego fui su alumno y después su adjunto. Por entonces no me enteré mucho de los ámbitos de su vida que no estuvieran en relación a la Universidad. Don Efra siempre fue muy reservado en sus asuntos personales. 

Por eso creo que este es un «infaltable», un «must-c», en estos recuentos de la vida de Don Efra. Les dejo, el Chuchín de hoy (26/oct/2012):

Efraín González Luna

El incansable Efraín González Morfín, muy a su pesar, descansa ya. Lo conocí desde enero de 1949. No fui compañero estricto de él porque me ganaba en edad por cuatro años. Siempre sus compañeros hablaban de él como de alguien de muy brillante inteligencia, y como casi todos sus hermanos, de muy buen humor igual que su hermano Adalberto, muerto hace pocos meses, y de quien tuve el privilegio de ser su alumno. Ambos, Efraín y Adalberto, muy orgullosos de su “tapateidad” ¿o tapatieidad? Cuando preparaba mi tesis de licenciatura en Historia en la Ibero de México, allá por 1963, me encontré entre los papeles del archivo muerto de mi maestro Daniel Olmedo un trabajo escolar de Efraín: los textos en que Clavigero, en su Historia Antigua de México hablaba de su historia personal. Eran años en que Efraín estudiaba Teología en Austria con el genial Karl Rhaner, y no había ni celulares ni correo electrónico. Años después en que volví a ver a Efraín, le conté el asunto de su trabajo escolar y, con su buen humor de siempre, me respondió con una amable sonrisa, que interpreté como aprobación. Su trabajo lo añadí como un anexo a mi tesis, y fue elemento para que Don Ernesto de la Torre Villar, contra su costumbre, diera mención honorífica a una tesis que él no había dirigido.

En vísperas de recibir la ordenación sacerdotal, Efraín, con su análisis de la vida y su cristianismo vital, pensó que su papel en esta vida no estaba en su vida como sacerdote jesuita, sino en el camino arriesgado que su papá había escogido: incursionar en la vida política de este pobre México, con decenios del dominio aplastante de un partido que manejaba la dictadura perfecta. Efraín continuó con la utopía en que su papá se había embarcado. Recuerdo que Doña Amparo Morfín, esposa de Efraín González Luna me contó que su marido, la víspera de comenzar su campaña presidencial en 1952, fue al templo de San Felipe Neri, que en aquel tiempo era de los jesuitas, aquí en Guadalajara, para pedir la bendición al padre Alfonso Castiello, su consejero espiritual, y el padre, conmovido y asustado, le dijo: “Don Efraín, lo que Usted va a hacer ¿no le parece un sacrificio inútil?”. A lo que Don Efraín le contestó: “padre, no me diga que el sacrificio de Jesús en la cruz fue algo inútil”. Efraín chico, Don Efraín González Luna Morfín, heredó de sus padres un sentido vital y muy sincero de lo que es ser cristiano. De joven pensó que su vocación era servir a Dios y a la Iglesia en la Compañía de Jesús; después la vida lo llevó a modificar sus ideas juveniles y adaptarlas inteligentemente a la realidad de México.
Allá por 1966 lo veía yo en la Ibero de México regularizando sus papeles para recibirse de abogado y yo me sentía indignado por la burocracia oficial: ¡Efraín sacando papelitos con valor oficial! Efraín un tipazo genial sujeto al papeleo oficial. Fue cuando, creo yo, le confesé lo que había hecho con su trabajo. Su actitud en el PAN la han comentado varias personas. Efraín, como su padre, era de una pieza, consciente de que como cristiano tenía como primordial papel la búsqueda de la justicia.
No puedo dejar de comentar que su mamá, Doña Amparo, allá en 1918, capitaneó a las jóvenes tapatías para obligar al gobernador Manuel Macario Diéguez a derogar el famoso Decreto 1913, que limitaba el número de sacerdotes en Jalisco. Doña Amparo recordaba cómo las verduleras y menuderas del mercado empuñaban cuchillos amenazando a Manuel Macario. Cuando, allá por los años setenta, daba yo clases de Historia de México a los seminaristas jesuitas, terminaba yo el curso en casa de Doña Amparo que narraba con entusiasmo sus aventuras juveniles enfrentándose a Manuel Macario.
Durante los últimos años, Efraín iba a su misa semanal los sábados a Villa María, casa de jesuitas ancianos, acompañando a su hermano Adalberto en su silla de ruedas. Debo confesar que yo me sentía un poco cohibido, al comentar el Evangelio, teniendo como oyentes atentos y amables a Efraín y Adalberto, quienes ahora ven ya cara a cara al que fue objeto de muy buena parte de sus laboriosos estudios: al Dios de la Historia y de la vida.

lunes, 22 de octubre de 2012

(2) Don Efra, humanista.


Esta es la 2/3 entradas que escribo tras la muerte de Don Efra. (Aquí puede verse la primera). 

¿Y por qué Don Efra puede calificarse como "Humanista"?

1. Por que buscó los motivos, justificación y finalidad de todo lo humano, incluido el derecho

Don Efra "candidato", 1970.
Don Efra  se ocupó del derecho, de encontrar "qué es lo suyo de cada quien". Pero se preocupó por buscar y exponer los fundamentos últimos del derecho, sus motivaciones, su "aparición" en  la razón y su lugar en el conjunto de la vida de la persona y su comunidad. Investigó sobre la justificación racional del comportamiento humano, la formación de comunidades, la construcción de la vida pública. Le interesaba justificar ante sí y a los demás qué es y quién es la persona que opera el derecho. En otras palabras, lo jurídico siempre fue parte de una investigación y una reflexión ética y filosófica.

2. Por que buscaba construir una comunidad de hombres y mujeres responsables
Don Efra solía decir que el derecho era el primer escalón de la vida social. El mínimo social básico para que exista una vida auténticamente humana. Pero sólo eso. El primer paso. Cuando dos enemigos se dan lo justo, existe una mínima, pero suficientemente digna, comunidad humana. Y una madre cuando da de comer a su hijo, no sólo cumple su obligación de justicia, sino que construye una comunidad por el amor. 

3. Por su método de trabajo: el ser humano que vive como ser humano.  
El método de trabajo y la aproximación iusfilosófica de Don Efra están impregnados de su forma de ser. Su estilo de pensar era irónico, porque él era irónico. Era agudo, porque él era agudo. Era un jurista porque en su vida personal buscaba lo justo. Era filósofo por que él, personalmente, buscaba que la verdad se hiciera realidad en su vida. Es decir, su método jurídico era expresión de sus convicciones de vida (filosóficas) y de su comportamiento de vida (ética). Unas convicciones pensadas, justificadas y asimiladas en la conducta. Una conducta que impulsa a ser pensada, justificada y asimilada. Pensaba en filosofía, derecho y ética, porque buscaba vivir conforme a la verdad, a la justicia y al bien. 

Y por eso fue "Maestro". Podría suceder que sus argumentos iluminaran un problema, pero su coherencia de vida, inspiraba a complicarse la vida para resolverlo. 


Para Don Éfra, sólo se puede ser jurista si se es humanista. 

(Aquí la tercera entrada sobre Don Efra. Maestro)

(1) Don Efra, jurista.

Escribo "entrecortado".  Ha muerto Don Efra. 
Voy a escribir tres entradas haciendo un rápido y primer "resumen" de la parte de Don Efra con el que he convivido. La primera entrada la dedicaré a las convicciones jurídicas de Don Efraín. Unos pocos trazos. 

Don Efra (Foto: RSM)
1. Respeto a la realidad.
Para Efraín González Luna, el derecho nace del encuentro entre la realidad y la razón. Las exigencias jurídicas parten de la realidad. Es posible encontrar un orden razonable en las cosas -volveremos sobre esto- por el que es posible equilibrar las cosas y las situaciones entre las personas. Este respeto a la realidad justifica las posiciones del jurista. ¿Una obviedad? Parecería. 
Un riesgo del jurista, al concebir sus pretensiones en clave de "Derechos", es ver el problema sólo desde el punto de vista del beneficiario. Se obscurece el problema jurídico, pues el beneficiario -quien tiene el «derecho»- es una parte del asunto, no todo. Lo jurídico, no sólo el derecho, surge de la realidad. Y lo jurídico nace con cargas y beneficios. El jurista identifica qué es lo justo, y luego señala a las partes sus derechos y deberes.

2. Derecho como «ius» o cosa-conducta que se debe a otro.
Don Efra explicaba que la palabra "Derecho" es análoga. Se aplica en parte igual y en parte distinto a varias cosas. (Aquí va el ejemplo del "gato"). "Derecho" es facultad de exigir: "tengo derecho a algo". "Derecho" es una norma: las leyes que organizan una comunidad. "Derecho" es «ius» o aquello que se debe. Éste último es el significado central. ¿O cuándo se dice que se ha respetado el derecho? ¿Cuándo modifican una ley que reconoce un derecho, por ejemplo, una nueva ley del trabajo? ¿Cuando me permiten reclamar o exigir un derecho, por ejemplo, cuando reclamo que respeten mi salario? ¿O cuando realmente me dan ese «algo» que es mío, por ejemplo cuando me entregan el salario?

3. Sociedad como interrelación real de personas.
La sociedad y el Estado, no son ficción o una "personota". Una comunidad es la interrelación dinámica de personas, fines, medios e interacciones. Es decir, sujetos libres que ponen en común -o más bien que «existen» en común- unos fines, dialogan para decidir un camino y soportan juntos las limitaciones de la vida.

4. Ética o saber vivir en función de lo que somos.
Las personas no sólo padecemos mecanismos biológicos. Nuestra forma de ser implica la libertad. Así como la ecología nos recuerda que es importante respetar la función y armonía de la naturaleza, en el hombre la ética es la «ecología de la persona». La persona sólo vive como tal, si libremente decide a partir de lo que es, la plenitud indicada por su naturaleza, que existe y se desarrolla en un contexto histórico determinado.

5. Libertad para resolver en conciencia el cuestionario fundamental del hombre en el mundo.
¿Por qué la existencia y no la nada? ¿Qué sentido tiene vivir conforme nuestras convicciones si al final, con la muerte, todo se acaba? ¿Existe una vinculación real entre nuestra vida aquí y nuestra subsistencia -si es que existe- más allá de la muerte? Cuando una persona resuelve estas preguntas, toma postura radicalmente sobre sí misma. No hay decisión más contundente, ni expresión más auténtica de la dignidad de la persona.

Para Don Efra, sobre esto cinco pilares, sobre estas cinco convicciones, se construye todo sistema jurídico.

La siguiente entrada del Blog: (2) Don Efra, humanista.