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martes, 21 de febrero de 2017

Chésterton y las paradojas de Job

Job soporta los improperios de sus amigos (página miniada de Las muy ricas horas del Duque de Berry, f82r, Musée Condé, Chantilly).

Hace tiempo leí El libro de job, un ensayo de G.K Chésterton. No lo había encontrado subido a la güeb. Aquí les va. De lo más audaz que he encontrado en mucho tiempo.

¿Por qué sufre el inocente? ¿Por qué Dios permite que le sucedan cosas malas a los buenos? Job, a punto de quebrarse por las tragedias padecidas, quema su último cartucho: enfrentarse con Dios y exigir un por qué. Parece decirle: «¿Qué explicación me das tú, –¡sí! ¡A ti te llamo, Dios!- de mi paso por la tierra, si tratas así al que es justo?». En el relato, Dios mismo da un paso al frente, toma las preguntas del doliente y las reformula de modo más radical: «¡Sí! ¡Tienes razón! ¿Por qué sufre el inocente? ¡Justifícate!». En su respuesta, Dios sólo habla de la grandeza de la creación -«¿Dónde estabas tu cuando yo fundaba la tierra?»- y de lo poco que Job sabe de ella. Es un «¡¿Pero tú qué sabes?!» en toda regla. En esta solución –que no devela nada–, Job encuentra consuelo. ¿Cómo es posible algo así? ¿Cómo puede ser que una no-respuesta, signifique la contestación definitiva que alivia a Job? 

La explicación del sufrimiento del inocente queda en el misterio de Dios. Es decir, sí hay respuesta, pero no es la develación de una fórmula para comprender los motivos del mal o cómo Dios saca de ahí algún bien. No. Job encuentra algo mejor que una fórmula filosófica: un acompañante. En otras palabras, la respuesta es tanto dejar sin clarificar el problema del dolor, como solucionarlo ofreciendo su cercanía. Ratzinger lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo». 

De esta paradoja, Chésterton ofrece una conclusión más. El libro de Job enseña que «si la prosperidad se considera la recompensa de la virtud, se la considerará un síntoma de la virtud. Los hombres abandonarán la pesada tarea de hacer triunfar a los buenos y se dedicarán a la labor más sencilla de hacer buenos a los triunfadores». 

Aquí va el texto. Abajo, el libro del que lo saqué. Le hice unas pequeñísimas correcciones a la traducción que me parece lo acercan más al sentido del texto original. Ya lo saben, traduttore, traditore:
[212]
El libro de Job
G.K. Chésterton 
La idea central de gran parte del Antiguo Testamento podría ser la idea de la soledad de Dios. Dios no es sólo el personaje principal del Antiguo Testamento; Dios es propiamente el único personaje del Antiguo Testamento. Comparadas con Su claridad de propósito todas las demás voluntades parecen pesadas y automáticas, como las de los animales; comparados con Él todos los hijos de la carne son sombras. Una y otra vez, se insiste en la misma cosa: «¿A quién demandó consejo?» (Is 40:14) «Yo he pisado el lagar solo y nadie había conmigo.» (Is 63:3). Los patriarcas y profetas no son más que meras armas o herramientas, pues el Señor es un guerrero. Utiliza a Josué como un hacha o a Moisés como una vara de medir. Para Él, Sansón es sólo una espada e Isaías una trompeta. De los santos del cristianismo se supone que son como Dios, como si fueran estatuillas de Él. Del héroe del Antiguo testamento no se supone que sea de la misma naturaleza que Dios más de lo que se supone que una sierra o de un martillo sean de la misma naturaleza que el carpintero. Ésa es la clave y la característica principal de las Escrituras hebreas en su conjunto. Hay, sin duda, en dichas Escrituras innumerables ejemplos del humor burdo, las emociones exacerbadas y las poderosas personalidades que nunca faltan en la prosa y en la poesía primitiva. Sin embargo, la característica principal sigue siendo la misma: la intuición de que Dios no sólo es más fuerte que el hombre, no sólo no es más secreto que el [213] hombre, sino que Él significa más, que Él sabe mejor lo que está haciendo, que, comparados con Él, tenemos algo de la vaguedad, la sin razón y el vagar de las bestias que perecen. Es «Él quien se sienta sobre el círculo de la tierra desde donde sus habitantes parecen saltamontes» (Is 40:22). Casi podríamos decirlo así: el libro está tan interesado en afirmar la personalidad de Dios que casi afirma la impersonalidad del hombre. A menos que algo haya sido concebido por ese gigantesco cerebro cósmico, dicha cosa será vacía e incierta; el hombre carece de la tenacidad suficiente para asegurar su continuidad. «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles; si el Señor no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas» (Salmo 127:1). 
De modo que el Antiguo Testamento se regodea constantemente en la idea de la aniquilación del hombre comparado con el propósito divino. El libro de Job parece categóricamente solo, porque pregunta categóricamente: «¿Cuál es el propósito de Dios?». ¿Vale incluso el sacrificio de nuestra miserable humanidad? Por supuesto, es muy fácil destruir nuestras insignificantes voluntades en nombre de una voluntad que es mayor y mejor. Que Dios emplee Sus herramientas; que Dios rompa Sus herramientas. ¿Pero qué hace y para qué las rompe? Ésa es la pregunta que nos obliga a abordar el enigma del libro de Job como un enigma filosófico. 
La vigencia del libro de Job no puede expresarse de manera adecuada ni siquiera diciendo que es el más interesante de los libros antiguos. Casi podríamos decir de él que es el más interesante de los libros modernos. La verdad, por supuesto, es que ninguna de las dos frases abarca toda la cuestión, porque la religión fundamentalmente humana y la irreligión fundamentalmente humana son a la [214] vez antiguas y nuevas; la filosofía o es eterna o no es filosofía. La costumbre moderna de decir: «Ésta es mi opinión, aunque puedo estar equivocado», es completamente irracional. Si admito que puedo estar equivocado, es que no es mi opinión. La costumbre moderna de decir: «Todo el mundo tiene su propia filosofía; ésta es la mía y la que me conviene», es una costumbre que sólo revela debilidad mental. Una filosofía cósmica no se construye para que se adapte al cosmos. Nadie puede poseer una filosofía privada más de lo que puede poseer un sol privado o una luna privada. 
La principal belleza intelectual del libro de Job consiste en que todo él gira en torno a ese deseo de conocer la realidad; el deseo de saber lo que es, y no sólo lo que parece. Si este libro lo escribiesen los modernos, nos encontraríamos con que probablemente Job y los que trataban de consolarlo llegarían a ponerse de acuerdo mediante la sencilla operación de atribuir sus diferencias a eso que llamamos temperamentos y de asegurar que los que le consolaban eran «optimistas» por naturaleza mientras que Job era «pesimista» por naturaleza. Y se quedarían tan contentos, como hace mucha gente, al menos durante un tiempo, al aceptar algo que obviamente no es cierto. Pues, aun suponiendo que la palabra «pesimista» signifique alguna cosa, es incuestionable que Job no es un pesimista. Su caso basta para refutar ese moderno absurdo de relacionarlo todo con el temperamento físico. Job de ningún modo contempla la vida de forma sombría. Si desear ser feliz y estar dispuesto a ser feliz es ser optimista, entonces Job es un optimista; es un optimista ultrajado y calumniado. Él quiere que el universo se justifique, no porque desee descubrir su error, sino porque realmente quiere que esté justificado. Le exige a Dios una explicación, pero ni mucho menos en el tono en el que Hampden podría exigirle una [215] explicación a Carlos I, sino como le pediría explicaciones una esposa a un marido a quien respetara realmente. Protesta ante su Creador porque está orgulloso de Su Creador. Incluso se refiere al Todopoderoso como su enemigo, pero en el fondo de su corazón nunca duda de que su enemigo tiene razones que él no entiende. En una hermosa y famosa blasfemia dice: «¡Oh, que un adversario escriba un libro!» (Job 31:35) Y nunca se le ocurre que pudiera tratarse de un mal libro. Está ansioso de que lo convenzan. En pocas palabras, podemos decir que, suponiendo que la palabra «optimista» tenga algún significado (cosa que dudo), Job es un optimista. Sacude los pilares de la tierra y golpea insesatamente contra el cielo; fustiga las estrellas, pero no para acallarlas, sino para hacerlas hablar. 
Del mismo modo, podemos hablar de los optimistas oficiales, los que tratan de consolar a Job. De nuevo, si la palabra «pesimista» tiene algún significado (cosa que dudo), los que tratan de consolar a Job podrían considerarse más pesimistas que optimistas. Lo único que verdaderamente creen no es que Dios sea bueno, sino que Dios es tan poderoso que resulta más juicioso llamarle bueno. Sería una censura exagerada llamarlos evolucionistas, pero tienen algo del error vital del optimista evolucionista. Insisten en decir que en el universo todo encaja, como si tuviera algo de reconfortante que un montón de cosas desagradables encajen unas con otras. Más tarde veremos como Dios, en el gran climax del poema, vuelve este argumento del revés. 
Cuando, al final del poema, Dios aparece (de forma algo abrupta) en escena, se tañe la súbita y espléndida nota que le da toda su grandeza. Todos los seres humanos de la historia, y en especial Job, han estado haciéndose pregun[216]tas sobre Dios. Un poeta más trivial habría hecho intervenir, de un modo u otro, a Dios para contestar a sus preguntas. Pero, por un toque de auténtica inspiración, cuando Dios hace su aparición, es para plantear a su vez una serie de preguntas. En este drama del escepticismo el propio Dios adopta el papel del escéptico. Hace lo que todas las grandes voces que han defendido la religión. Hace, por ejemplo, lo que hizo Sócrates. Vuelve el racionalismo contra sí mismo. Parece querernos decir que, si de plantear preguntas se trata, Él puede plantear algunas que derribarán y aniquilarán a todos sus interrogadores. El poeta, merced a una exquisita intuición, hace que, irónicamente, Dios acepte la igualdad en la controversia con sus acusadores. Está dispuesto a considerarlo un duelo intelectual legítimo: «Si eres hombre, cíñete los lomos: voy a interrogarte y tú responderás-» (Job 38:3). El Eterno adopta una humildad enormemente sardónica. Está dispuesto a ser juzgado. Tan sólo reclama el derecho de cualquier persona que va a ser juzgada; pide que le permitan interrogar a su vez a los testigos de la acusación. Y lleva aún más lejos la corrección del paralelismo legal. Pues, en esencia, lo primero que le pregunta a Job es lo mismo que se le permitiría preguntar a cualquier criminal que hubiese sido acusado por Job: le pregunta a Job quién es él. Y Job, que es un cándido, se toma poco tiempo para pensar la respuesta y llega a la conclusión de que no sabe. 
Éste es el primer gran hecho en el que es preciso reparar acerca del discurso de Dios, que culmina el interrogatorio. Representa a todos los escépticos que se ven superados por un escepticismo mayor. Este método, empleado a veces por cerebros supremos y otras veces por inteligencias mediocres, ha sido desde entonces el arma lógica del [217] verdadero místico. Sócrates, como he dicho, lo empleó cuando demostró que si se le dejaba utilizar un poco la sofística podía destruir a todos los sofistas. Jesucristo lo utilizó cuando recordó a los saduceos, que decían ser incapaces de concebir la naturaleza del matrimonio en el cielo, que, puestos a eso, tampoco habían concebido la naturaleza del matrimonio en absoluto. En plena disgregación de la teología cristiana en el siglo XVIII, Butler hizo uso de él cuando señaló que los argumentos racionalistas podían emplearse tanto contra la religión en general como contra la religión doctrinal, tanto contra la ética racionalista como contra la ética cristiana. Es la raíz y la razón del hecho de que hombres que tienen fe religiosa tengan también dudas filosóficas, como el cardenal Newman, el señor Balfour, o el señor Mallock. Todos son pequeños arroyos del Delta; el libro de Job es la primera catarata que da origen al río. Al tratar con el interrogante que plantea dudas, el método correcto es animarle a seguir dudando, que dude un poco más, que dude cada día de las cosas nuevas y más sorprendentes en el universo, hasta que por fin, mediante alguna extraña iluminación, pueda llegar a dudar de sí mismo. 
Éste, digo, es el primer hecho relativo al discurso. La fina inspiración mediante la cual Dios llega a no contestar a los acertijos sino a plantearlos. El otro gran hecho que, junto con éste, hace que se trate de una obra religiosa y no meramente filosófica es esa otra gran sorpresa de que Job se contente de pronto con la mera presentación de algo impenetrable. Verbalmente, los enigmas de Jehová parecen más oscuros y más desolados que los enigmas de Job; sin embargo, Job carecía de consuelo antes del discurso de Jehová y encuentra consuelo tras él. No se le dice nada, pero percibe la atmósfera terrible y hormigueante de algo que es demasiado bueno para contarlo. El rechazo de Dios [218] a explicar Su plan es en sí mismo una ardiente insinuación de Su plan. Los enigmas de Dios resultan más satisfactorios que las explicaciones del hombre. 
En tercer lugar, por supuesto, está uno de los espléndidos golpes con los que Dios censura por igual al hombre que le acusaba y al que le defendía; pues Él golpea a pesimistas y a optimistas con el mismo martillo. 
Y es con respecto a los que rutinaria y altaneramente acuden a consolar a Job cuando ocurre la aún más profunda y refinada inversión a la que ya me he referido. El optimista rutinario admite que se empeña en justificar el universo sobre la base de que se trata de un modelo racional y consecuente. Señala que lo bueno del mundo es que todo puede explicase. Un punto sobre el que, si se me permite decirlo así, Dios es explícito hasta rozar la violencia. Dios dice, en efecto, que si el mundo tiene algo bueno es que, en lo que se refiere a los hombres, no puede explicarse. Insiste en la inexplicabilidad de las cosas: «¿Tiene padre la lluvia? [...]  ¿De qué seno nacen los hielos?» (Job 38:28; 38:29) Va más allá e insiste en la categórica y palpable sinrazón de las cosas: «¿Has hecho que llueva en las tierras despobladas, en la estepa donde no habita el hombre?» (Job 38:26). Dios hará que el hombre vea cosas, aunque sea ante el negro telón de la nada. Dios hará que Job vea un universo sorprendente, aunque sea haciéndole ver un universo estúpido. Para sorprender al hombre, Dios se convierte en blasfemo por un instante; uno casi podría decir que Dios se convierte en ateo por un instante. Despliega ante Job una larga lista de cosas creadas: el caballo, el águila, el cuervo, el asno salvaje, el pavo, el avestruz, el cocodrilo. Y los describe a todos de manera que parecen monstruos paseándose al sol. El conjunto es una especie de salmo o rapsodia de la capa[219]cidad de sorpresa. El hacedor de las cosas se sorprende ante las cosas que Él mismo ha creado. 
Eso es lo que podríamos llamar la tercera cuestión. Job plantea una pregunta; Dios le responde con una exclamación. En lugar de demostrarle a Job que se trata de un mundo explicable, insiste en que es mucho más extraño de lo que nunca pensó Job. Por último, el poeta ha conseguido en su discurso, con esa exactitud artística inconsciente típica de los poetas épicos más sencillos, algo mucho más delicado. Sin suavizar por un instante la rígida impenetrabilidad de Jehová en Su deliberad declaración, consigue caer aquí y allá, en las metáforas, en la imaginería parentética, espléndidas y repentinas sugerencias de que el secreto de Dios es alegre y no triste –sugerencia semiaccidentales, como la luz entrevista por un instante a través de las grietas de la puerta cerrada-. Sería difícil alabar en exceso, en un sentido puramente poético, esa exactitud instintiva y la facilidad con la que tan optimistas insinuaciones conectan con otras, como si el propio Todopoderoso apenas se diese cuenta de que las está dejando entrever. Por ejemplo, tenemos el famoso pasaje en el que Jehová le pregunta a Job con un sarcasmo devastador dónde estaba cuando cimentó la tierra y luego (como si estuviera fijando meramente una fecha) menciona la ocasión en la que los hijos de Dios gritaron de alegría. Uno no puede dejar de sentir, incluso a partir de tan escasa información, que algún motivo debían de tener para gritar. O,  de nuevo, cuando Dios habla de la nieve y el granizo como en un sencillo catálogo del cosmos físico, parece referirse a un tesoro que ha acumulado para la hora de la batalla, como si anunciara algún tremendo Juicio Final en el que el mal será por fin vencido. 
Nada podría mejorar, artísticamente hablando, ese optimismo que asoma del agnosticismo como oro brillante [220] del contorno de una nube negra. A quienes consideran superficialmente el origen bárbaro de la épica puede que les parezca fantasioso encontrar tanta significación artística en símiles casuales o sus frases accidentales. Pero nadie que esté familiarizado con los grandes ejemplos de poesía semibárbara, como la Chanson de Roland o las viejas baladas, cometerá ese error. Nadie que sepa lo que es la poesía primitiva puede dejar de notar que, aunque su forma sencilla, algunos de sus efectos más conseguidos son sutiles. La Ilíada logra transmitir la idea de que en Héctor y Sarpedón hay un tono o matiz de resignación triste y caballeresca que no es lo suficientemente amarga como para poder llamarla pesimismo ni lo suficientemente alegre como para poder llamarla optimismo; Homero nunca habría podido decir eso con palabras elaboradas, pero de algún modo consigue decirlo con palabras sencillas. La Chanson de Roland logra expresar la idea de que el cristianismo impone a sus héroes una paradoja: la paradoja de una gran humildad en lo referido a los pecados y una gran ferocidad en lo que se refiere a las ideas. Por su puesto, la Chanson de Roland no podía decir eso; pero se las arregla para dar esa impresión. Del mismo modo, al libro de Job hay que reconocerle muchos efectos sutiles que estaban en el alma de su autor, sin estar, tal vez, en la imaginación de su autor. Y de ellos el más importante de todos sigue sin determinarse. 
Ignoro, y dudo que lo sepan siquiera los eruditos, si el libro de Job tuvo un gran efecto o llegó a afectar de algún modo al desarrollo posterior del pensamiento judío. Pero si efectivamente lo tuvo, puede que les salvara de un enorme colapso y decadencia. Aquí, en este libro, se plantea verdaderamente la pregunta de si Dios castiga invariablemente el vicio con un castigo terrenal y recompensa la virtud con la prosperidad terrenal. Si los judíos hubieran respondido mal a esa pregunta, po[221]drían haber perdido toda influencia en la historia de la humanidad. Podrían haberse hundido incluso hasta el nivel de la sociedad moderna y bien educada. Pues en cuanto la gente comienza a creer que la prosperidad es una recompensa a la virtud, es evidente que la calamidad está próxima. Si la prosperidad se considera la recompensa de la virtud, se la considerara un síntoma de la virtud. Los hombres abandonarán la pesada tarea de hacer triunfar a los buenos y se dedicarán a la labor más sencilla de hacer buenos a los triunfadores. Eso, que ha ocurrido a causa del comercio moderno y del periodismo, es la Némesis definitiva del perverso optimismo de los que consolaban a Job. Si los judíos lograron salvarse, fue porque el libro de Job les salvó. 
Si el libro de Job es un libro notable es, como ya he dicho, por el hecho de que no concluye de un modo convencionalmente satisfactorio. A Job no se le dice que sus desgracias se debieran a sus pecados o a parte de un plan para mejorarlo. Porque en el prólogo vemos a Job atormentado no porque fuera el peor de los hombres, sino porque era el mejor. Le lección de toda la obra es que las paradojas consuelan al hombre. Aquí encontramos la más obscura y extraña de las paradojas; y lo es, de acuerdo con todos los testimonios, la que resulta de lo más tranquilizadora. No necesito sugerir qué extraña y elevada historia le espera a esta paradoja de que el mejor de los hombres sufra la peor de las suertes. No necesito decir que, en el sentido más libre y más filosófico, hay una figura del Antiguo Testamento que constituye verdaderamente un paradigma; ni lo que está prefigurado en las heridas de Job.
CHESTERTON, G.K, «El libro de Job» en "Correr tras el propio sombrero y otros ensayos", traducido por TEMPRANO GARCÍA, MIGUEL, editado por MANGUEL, ALBERTO, ed. Acantilado, Barcelona, 2005, pp. 212-221. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

El «mundo real» y su atrofia musical


Escribía el @ProfesorDoval que la crisis de nuestro tiempo es hija de la superficialidad y la zafiedad con la que planteamos, reflexionamos y resolvemos las preguntas sobre «la propia vida, la propia muerte y la humanidad de la que soy parte». Sobre esa superficie, las coordenadas existenciales que se vislumbran desde ella, se limitan a lo que se produce, intercambia o se controla. Para seguir con el diálogo, -me están oyendo Cristi, Diego, Manuel, Juan Pablo, Fer, Ligia e Isolino [y Flor, que hace tiempo traía esta inquietud]- me encontré con el ensayo «Pajarillos que no cantan» de Chésterton. Aquí unos párrafos:
«Y de pronto me pregunté por qué no hay ningún oficio moderno del que se sepa que tiene una poesía ritual. ¿Cómo es que la gente canta rudos poemas cuando tira de una soga o recoge frutos y por qué nadie hace nada parecido mientras se dedica a cualquier actividad moderna? ¿Por qué ningún periódico moderno se imprime cantando a coro? ¿Por qué los comerciantes cantan tan pooco, por no decir nunca?
Si los segadores cantan durante la siega, ¿por qué no cantan los auditores mientras auditan y los banqueros mientran realizan operaciones bancarias? Si hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un barco, ¿por qué no hay canciones para todas las tareas que se llevan a cabo en un banco? [...]
Al entrar en la nube de Londres, me encontré con un amigo mío que trabajaba en un banco y le entregué esas sugerencias en verso para que las distribuyera entre sus colegas. Pero no se mostró demasiado esperanzado sobre el asunto. No era (me aseguró) que subestimara los versos ni que, de ningún modo, le parecieran faltos de refinamiento. No; era más bien que le parecía notar algo indefinible en la propia atmósfera de la sociedad en la que vivimos que hace que sea espiritualmente muy difícil cantar en un banco. Y creo que debe tener razón [...] Los empleados de banco no tienen canciones no porque sean pobres, sino porque están tristes. Los marineros son mucho más pobres que ellos. De camino a casa pasé junto a un pequeño edificio de teja, de alguna orden religiosa, que estaba estremecido por unas voces igual que resuena con voz propia una trompeta. Sea como fuere, estaban cantando; y por un instante se me ocurrió una idea fantasiosa que ya se me había pasado antes por la cabeza:  que, entre nosotros, lo humano ya sólo puede encontrarse en lo sobrehumano. La naturaleza humana, al verse perseguida, ha corrido a acogerse a lo sagrado.»
Profesiones sin poesía. Actividades sin un canto que las identifique como sublimes. Tal vez, la crisis no es de esa profesión en sí misma, sino del espíritu que la anima: «¡Tú sólo sives para el trabajo! ¡Éste es tu único mundo real! ¡No das para más!». ¿Quién canta sólo para eso? No, para eso no merece la pena cantar. No, de un mundo real así, no nacen coplas. Termino con esta joya de Ratzinger:
«Quisiera proponer para estas reflexiones unas bellas palabras de Mahatma Gandhi que encontré no hace mucho tiempo en un calendario. Gandhi alude a los tres espacios vitales del cosmos, señalando, a la vez, que cada uno de ellos provee de un género propio de seres. Los peces, que guardan silencio, viven en el mar. Los animales que pueblan la tierra dan alaridos. En cambio, los pájaros, cuyo espacio vital es el cielo, cantan. Lo característico del mar es el silencio, el grito lo es de la tierra, y el canto del cielo. Ahora bien, el hombre participa de los tres, pues lleva en sí la profundidad del mar, el peso de la tierra y la altura del cielo. Por eso, le pertenecen también las tres cualidades: el silencio, el grito y el canto. Quisiera añadir a todo ello que en nuestros días vemos cómo, alejado de la trascendencia, al hombre sólo le queda el grito, pues quiere ser exclusivamente tierra e intenta convertir el cielo y la profundidad del mar en tierra suya.» 

miércoles, 29 de junio de 2016

Notas de celebración por un cumpleaños


No tengo muchas citas, pero ayudan a ir más allá del simple «Feliz cumpleaños, pásala súper» de las redes sociales. La primera es una nota que la madre Gilbert Keith le envió cuando cumplió 21. Era 1895, cuando la Sra. Chésterton escribió:
«Tengo el corazón lleno de agradecimiento a Dios por el día que naciste y por el día que has llegado a la mayoría de edad. Te deseo una vida larga, útil y feliz. Que Dios te la conceda. Nada de lo que yo diga o haga podría expresarte mi amor y el gozo de tener un hijo como tú».
Una más de Chésterton. Lo mejor de un cumpleaños es alegrarse por el festejado, sin que él haya  originado la fiesta. Se celebran un don que otros han hecho al celebrado:
«The first fact about the celebration of a birthday is that it is a way of affirming defiantly, and even flamboyantly, that it is a good thing to be alive. . . . But there is a second fact about Birthdays, and the birth-song of all creation, a fact which really follows on this [...] The point of that fact is simply that it is a fact. In being glad about my Birthday, I am being glad about something which I did not myself bring about.»
O también esta otra del panzón, tal vez demasiado ñoña a la que debamos agregar un ¡Feliz cumpleaños!:
 «Toda la ciencia, incluso la ciencia divina, es una novela policíaca sublime, solo que no se trata aquí de averiguar por qué ha muerto un hombre, sino el misterio aún más oculto de porqué está vivo».
Ahora esta del cumpleaños 101 de Bilbo Bolsón en El señor de los anillos –obviamente es Tolkien, no Chésterton-:
«Hoy es mi cumpleaños centesimodecimoprimero: ¡tengo ciento once años! Deseo que lo estén pasando tan bien como yo. ¡No les distraeré mucho tiempo! Los he reunido a todos [...] para poder decirles lo mucho que los quiero y lo breves que son ciento once años entre hobbits tan maravillosos y admirables. No conozco a la mitad de ustedes, ni la mitad de lo que querría, y lo que yo querría es menos de la mitad de lo que la mitad de ustedes se merecen»
Aunque no tiene que ver mucho con celebrar la vida como un don, sí de acompañarlo con algún fruto de vegetal. Estas dos estrofas están tomadas de La Taberna Errante de Chésterton –otra vez-, donde narra la desventura de unos borrachines que buscan cómo sacarle la vuelta a una ley contra las bebidas alcoholicas:
Pero lo que decía es que beber licores fermentados es el triunfo del vegetarianismo. ¡Eso me da una idea! Podría componer una canción sobre el tema, como por ejemplo: 
Soy de los que beben ron
a la moda marinera,
y cerveza en garrafón
a la moda de Baviera.
También le tengo afición
a la ginebra y al vino
pues si son de vegetales
todos los zumos combino.

Más adelante este canto evocando la borrachera de Noe:
El cielo se venía abajo hecho raudales:
los astros palpitaban en turbios barrizales,
quizá ya se apagan los fuegos infernales.
El pico mas enhiesto rendido a su sino...
Noé, a pesar de todo, sereno y sin temor
alzaba a Dios los ojos, rezando con fervor:
Por fuera corra el agua, por dentro corra el vino 
¡Feliz cumpleaños!

jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Por qué deberíamos creer en Santa Claus?




"La Ética en el País de los Elfos" es el título de uno de los capítulos de Ortodoxia de Chesterton. Ahí defiende la importancia de las historias de fantasía y cómo es que una persona madura no puede vivir sin fantasías, utopías, ideales. No por que se moviera entre nubes o en el mundo imaginario, sino por que la vida cotidiana está llena de la magia propia de los cuentos. Por ejemplo, si es fantástico que un príncipe se haya convertido en una bestia por hosco e insolidario, es igual de sorprendente que haya sido rescatado por alguien que le ofreció su confianza y cariño aún cuando no lo merecía. Por eso Chesterton nos recuerda que se puede creer en los cuentos de hadas y en las fantasías, no por que existan más dragones que princesas, sino por que nos introducen y acostumbran a vivir en un mundo que parece regido por esa magia de los cuentos. Por ejemplo, Santa Claus. Si la felicidad va unida a la gratitud, dice el escritor inglés:
«yo me sentía agradecido, aunque difícilmente sabía a quién estarlo. Los niños están agradecidos cuando Santa Claus pone en sus calcetines juguetes y dulces. ¿No podría yo estarle agradecido a Santa Claus cuando él ha puesto en mi calcetín el regalo de dos milagrosas piernas? Le agradecemos a la gente regalos de cumpleaños tales como cigarros y chanclas. ¿Y yo no puedo darle las gracias a nadie por el regalo de cumpleaños de mi nacimiento? (Ortodoxia)»
En otro lugar, desarrolla más esta idea. En su infancia, la costumbre era dejar un calcetín para que Santa Claus la llenara la noche de Navidad con regalos, juguetes, dulces o monedas. Pues bien,
«Lo que me ha pasado ha sido todo lo contrario a lo que parece ser la experiencia de la mayoría de mis amigos. En lugar de aminorarse, Santa Claus ha sido cada vez más importante hasta llenarla casi toda. Sucedió de esta manera. 
Cuando era niño me enfrentaba a un fenómeno que requería una explicación. Al final de mi cama, colgaba un calcetín vacío y en la mañana aparecía lleno. Yo personalmente no había hecho nada para producir esos juguetes. No había fabricado los regalos, ni los había armado, ni ayudado a construirlos. Ni siquiera había sido lo suficientemente bueno para merecerlos. 
Y me explicaron que existía cierto ser al que la gente llamaba Santa Claus, quien me tenía cariño... Creíamos en alguien que bueno y generoso que nos daba juguetes a cambio de nada. Y, como he dicho, sigo creyendo en una persona así. Sólo que he ampliado mi idea de él.  
De niño sólo me preguntaba quién dejaba los juguetes en mis calcetines; ahora me pregunto quién fue quien colocó los calcetines en la cama, la cama en la habitación, la habitación en la casa, la casa en la tierra y quién colocó este gran planeta en el vacío del cielo. 
Cuando era niño sólo daba gracias a Santa Claus por unos muñecos y algunas galletas. Ahora le agradezco las estrellas, los rostros que veo en la calle, el vino y el inmenso mar. De niño me parecía sorprendente y encantador poder encontrar con un regalo tan grande para llenar la mitad del  calcetín. Ahora me pasmo por la mañana, al caer en la cuenta de  un regalo tan grande que necesita dos calcetines para sostenerse, y me divierte que lo haya dejado desnudo de ahí hacia arriba. Hablo del inmenso y ridículo regalo que soy yo mismo. De quien no puedo dar una mejor explicación más que algún Santa Claus me ha dado como regalo, ha hecho de mi un regalo, en un gesto de una peculiar y fantástica buena voluntad».
Hoy es cumpleaños de mi hermana. Si hubiera alguien que no creyera en Santa Claus, tendríamos que inventarlo sólo para agradecerle dejó en casa a mi Teresita.


Aquí está el texto completo de Chesterton:

My experience of Santa Claus

G. K. Chesterton

At the close of G.K.C.'s centenary year we publish this essay by courtesy of his literary executor, Dorothy Collins.

The near approach of Christmas (which the eternal idealism of mankind has expressed in the proverbial phrase which describes it as "Coming") makes it particularly appropriate that I should deal with the existence and peculiarities of Santa Claus. But this is even more necessary because he is the one example of a matter of unimpeachable commonsense. Sceptics may throw doubt upon the existence of pixies or brownies; ingenious doubts may be raised even against dragons. By dint of a little paradox and superficial sparkle people may make what looks like a plausible case against the existence of hippogriffs. Of mermaids, I confess that I have had doubts myself in early youth, and though I am sure about giants with three heads, yet this assurance is of the nature of a dim and delicate spiritual intuition. But about Santa Claus, at any rate, I am on perfectly solid ground. My conviction of his existence and beneficence began faintly in early childhood, and has continuously increased ever since.

It is the fashion with an enormous number of modern people to maintain, or rather to take for granted, that as the world has progressed it has come to believe less and less in spirits and more and more in materials. And in the same way it is their custom to maintain, or rather to take for granted, that as we go on in life from infancy to old age we believe less and less in Santa Claus. Both views are false, or at least insufficiently true. The truth is that progress, whether it be the progress of mankind from the cavern to the hotel, or the progress of an individual, as the florid clergyman expressed it, from the "bassinet to the sepulchre," is so motley and complicated a thing that by choosing instances and arguments with reasonable controversial care, one can represent it to have been anything at all. No doubt, one can make a plausible statement that our race has become more and more rationalistic, and less and less mystical; one can quote on its side the disappearance of medicine men, of tests at Oxford and Cambridge, of witch-finding and the Irish Church Establishment and the introduction of books on psychology. But I would by the same method undertake plausibly to maintain that the world has been growing more and more red and less and less green. I could quote the introduction of pillar-boxes, terracotta statuettes, and socialist neckties, and I could quote the disappearance of Fenian societies, country districts, green poplin, and the costume of Robin Hood. In the same way I could make out that young people liked everything that was round, and that old people liked everything that was square, instancing on the one side boys eating buns and babies crying for the moon, and citing on the other the fondness of old gentlemen for cards, books, newspapers, and chess boards. In all these cases clearly our error would have been an insufficient breadth of experience and example. The modern popularity of green absinthe would have upset the first theory; the second would have sadly taken wing after the experiment of bringing a child into the neighbourhood of a square biscuit. In the same way there are scores of examples to upset the theory that a high civilisation has outgrown mysticism, examples which range from the philosophers of India to the palmists of Bond Street; and if an example be required to upset the theory that advancing years destroy our belief in Santa Claus, I beg most modestly to present myself as an exception.

What has happened to me has been the very reverse of what appears to be the experience of most of my friends. Instead of dwindling to a point, Santa Claus has grown larger and larger in my life until he fills almost the whole of it. It happened in this way. As a child I was faced with a phenomenon requiring explanation; I hung up at the end of my bed an empty stocking, which in the morning became a full stocking. I had done nothing to produce the things that filled it. I had not worked for them, or made them or helped to make them. I had not even been good— far from it. And the explanation was that a certain being whom people called Santa Claus was benevolently disposed towards me. Of course, most people who talk about these things get into a state of some mental confusion by attaching tremendous importance to the name of the entity. We called him Santa Claus, because everyone called him

Santa Claus; but the name of a god is a mere human label. His real name may have been Williams. It may have been the Archangel Uriel. What we believed was that a certain benevolent agency did give us those toys for nothing. And, as I say, I believe it still. I have merely extended the idea. Then I only wondered who put the toys in the stocking; now I wonder who put the stock ing by the bed, and the bed in the room, and the room in the house, and the house on the planet, and the great planet in the void. Once I only thanked Santa Claus for a few dolls and crackers, now I thank him for stars and street faces and wine and the great sea. Once I thought it delightful and astonishing to find a present so big that it only went halfway into the stocking. Now I am delighted and astonished every morning to find a present so big that it takes two stockings to hold it, and then leaves a great deal outside; it is the large and preposterous present of myself, as to the origin of which I can afford no suggestion except that Santa Claus gave it to me in a fit of peculiarly fantastic goodwill.

From "Black and White" (1904)

jueves, 28 de mayo de 2015

Chesterton sobre mentiras de político: el caso Wickham


Encontré un texto de Chesterton sobre Jane Austen y unas elecciones políticas. Entre el polemista inglés y la autora de «Orgullo y Prejuicio» los separan al rededor de cien años. Algo similar a la distancia temporal que existe entre nosotros y Chesterton. El dato es importante, por que en el ensayo “Jane Austen sobre Elecciones Generales” da pie a Chésterton a tomarse con humor el doble riesgo que  de algunos periodistas de su época: colocar sin más a un autor y sus ideas en una época que no fue la suya; y segundo, utilizar un escritor de renombre para criticar a sus contrarios con lugares comunes de lo que el autor quizo decir.

En el caso de Jane Austen, novelas como “Orgullo y Prejuicio” facilitarían una asociación vaga y trivial que a esta escritora a historias de damas encopetadas a punto de desmayarse, adolescentes a la caza de novio, o mujeres sentimentales que son engañadas sólo con una bonita cara, un discurso justiciero y un tono de «yo sólo soy un humilde mártir a su servicio». Una de estas asociaciones fue utilizada por un periodista a propósito de unas elecciones generales inglesas -en 1930- fue la que provocó una réplica de Chesterton. El periodista había dicho que las mujeres de su época reaccionarían de forma similar a Elizabeth Bennet -la protagonista de «Orgullo y Prejuicio»- ante George Wickham, el soldado impostor y adulador. Las mujeres de  entonces le habrían creído al político por el mismo motivo por el que se supone que Elizabeth le creyó a Wickham: por volubles y sentimentales.

A Chesterton le parece una comparación superficial. Wickham no era un impostor cualquiera: hay dos actitudes que lo habrían hecho un político exitoso y creíble. La primera, su capacidad de decir mentiras mientras dicen la verdad. Wickham -un cazafortunas- dice cosas que son ciertas y verificables, lo hace con estilo, seriedad e incluso se “conmueve” cuando cuenta algo de la historia en la que aparece como víctima o como un generoso contrincante. Pero el soldado miente: no cuenta la historia completa, no refiere los  datos que complementan el cuadro y lo dejarían mal colocado. Y por eso Wickham fue, o es, exactamente el tipo de político que puede ganar una elección. Es difícil que un político logre algo, aunque sea mínimo, como para que después no magnifique esa corcholata hasta que parezca medalla. También es casi imposible que el contrincante no tenga algo que reprochársele. Wickham presentaría ese error como lo único que define a su adversario. Wickham sería un buen político, en primer lugar por ese «talento» para decir una mentira al decir sólo una media verdad.

Segundo, Wickham ganaría una elección por que dominaba el arte de decir una mentira ni ofensivamente ni escandalosamente, sino con apariencia de caballerosidad y afable arrepentimiento. Como si sufriera por la injusticia que es capaz de ver. El dictador se puede dar el lujo de gritar e imponer, pero el político que critica Chesterton, miente al presentarse como un razonable caballero. Wickham es el maestro de las buenas maneras, del toque delicado, del mártir de las injusticias padecidas. Su demagogia se endulza con buenas maneras. 

Por eso Wickham no es un vulgar mentiroso. Y por eso, concluye Chesterton, es creíble que una persona tan aguda como Elizabeth Bennet habría sido engañada y el soldado habría sido un político exitoso en aquella elección de 1930. 

La entrada va dedicada a Montse, que hoy cumple años.

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On Jane Austen in the General Election
From "Come to Think of It” (1930)
by G.K.Chesterton 
THERE was a remark about--Jane Austen in connexion with the General Election. We have most of us seen a good many remarks about Jane Austen in connexion with the Flapper or the New Woman or the Modern View of Marriage, or some of those funny things. And those happy few of us who happen to have read Jane Austen have generally come to the conclusion that those who refer to her have not read her. Feminists are, as their name implies, opposed to anything feminine. But some times they disparaged the earlier forms of the feminine, even when they showed qualities commonly called masculine. They talk of Sense and Sensibility without knowing that the moral is on the side of Sense. They talk about fainting. I do not remember any woman fainting in any novel of Jane Austen. There may be an exception that I have forgotten; there is indeed a lady who falls with a great whack off the Cobb at Lyme Regis. But few ladies would do that as a mere affected pose of sentiment. But rarely does a lady dash herself from Shakespeare's Cliff or the Monument solely to assume a graceful attitude below. Jane Austen herself was certainly not of the fainting sort. Nor were her favourite heroines, like Emma Woodhouse or Elizabeth Bennett. The real case against Jane Austen (if anybody is so base and thankless as to want to make a case against her) is not that she is sentimental, but that she is rather cynical. Allowing for the different conventions of subject-matter in the two periods, she was rather like Miss Rose Macaulay. But Miss Rose Macaulay finds herself in a world where fainting-fits would be a very mild form of excitement. There is something very amusing about this appeal to a comparison between the novels of the two periods. The heroine of many a modern novel writhes and reels her way through the story, chews and flings away fifty half-smoked cigarettes, is perpetually stifling a scream or else not stifling it, howling for solitude or howling for society, goading every mood to the verge of madness, seeing red mists before her eyes, seeing green flames dance in her brain, dashing to the druggist and then collapsing on the doorstep of the psycho-analyst; and all the time congratulating herself on her rational superiority to the weak sensibility of Jane Austen. 
I do not say the new woman is like the new neurotic heroine; any more than I think the older woman was like the artificial fainting heroine. But if the critics have a right to argue from the old novels, we have a right to argue from the new. And what I say is true of the novels of some new novelists; and what they say is not true of the novels of Jane Austen. But, as I have said, we are already familiar with this sort of journalistic comment on Jane Austen's novels. It was always sufficiently shallow and trivial, being based on a vague association, connected with ladies who wore drooping ringlets and were therefore supposed to droop. But the particular example that I observed was more unique and interesting, because it has a special point of application to-day. A writer in a leading daily paper, in the course of a highly optimistic account of the new attitude of woman to men, as it would appear in the General Election, made the remark that a modern girl would see through the insincerity of Mr. Wickham, in Pride and Prejudice, in five minutes. 
Now this is a highly interesting instance of the sort of injustice done to Jane Austen. The crowd (I fear, the considerable crowd) of those who read that newspaper and do not read that author will certainly go away with the idea that Mr. Wickham was some sort of florid and vulgar impostor like Mr. Mantalini. But Jane Austen was a much more shrewd and solid psychologist than that. She did not make Elizabeth Bennett to be a person easily deceived, and she did not make her deceiver a vulgar impostor. Mr. Wickham was one of those very formidable people who tell lies by telling the truth. He did not merely swagger or sentimentalize or strike attitudes; he simply told the girl, as if reluctantly, that he had been promised a living in the Church by old Mr. Darcy, and that young Mr. Darcy had not carried out the scheme. This was true as far as it went; anybody might have believed it; most people would have believed it, if it were told with modesty and restraint. Mr. Wickham could be trusted to tell it with modesty and restraint. What Mr. Wickham could not be trusted to do was to tell the rest of the story; which made it a very different story. He did not think it necessary to mention that he had misbehaved himself in so flagrant a fashion that no responsible squire could possibly make him a parson; so that the squire had compensated him and he had become an officer in a fashionable regiment instead. Now that is a very quiet, commonplace, everyday sort of incident, and the sort of incident that does really occur. It is a perfectly sound and realistic example of the way in which quite sensible people can be deceived by quite unreliable people. And the novelist knew her business much too well to make the unreliable person obviously unreliable. That sort of quiet and plausible liar does exist; I certainly see no reason to think he has ceased to exist. I think Jane Austen was right in supposing that Elizabeth Bennett might have believed him. I think Jane Austen herself might have believed him. And I am quite certain that the Modern Girl might believe him any day. 
But the rather queer application of all this to the case of the General Election is not without a moral, after nil. The optimistic journalist, who gloried in the infallible intuition of the Flappers' Vote, those a very unlucky example for his own purpose when he chose the ingenious Mr. Wickham. For Mr. Wickham was, or is, exactly the sort of man who does make a success of political elections. Sometimes he is just a little too successful to succeed. Sometimes he is actually found out, by some accident, doing very dexterous things in the art of finance; and he disappears suddenly, but even then silently. But in the main he is made for Parliamentary life. And he owes his success to two qualities, both exhibited in the novel in which he figures. First, the talent for telling a lie by telling half of the truth. And second, the art of telling a lie not loudly and offensively, but with an appearance of gentlemanly and graceful regret. It was a very fortunate day for professional politicians when some reactionaries began to accuse them of being demagogues. The truth is that they seldom dare to be demagogues; and their greatest success is when they talk with delicacy and reserve like diplomatists. A dictator has to be a demagogue; a man like Mussolini cannot be ashamed to shout. He cannot afford to be a mere gentleman. His whole power depends on convincing the populace that he knows what he wants, and wants it badly. But a politician will be much wiser if he disguises himself as a gentleman. His power consists very largely in getting people to take things lightly. It is in getting them to be content with his sketchy and superficial version of the real state of things. Nothing tends more happily to this result than the shining qualities of Mr. Wickham; good manners and good nature and a light touch. All sorts of answers are given by Ministers to questions asked in Parliament, which could only be delivered in this way. If such palpable nonsense were thundered by an orator, or shouted by a demagogue, or in any way made striking and decisive, even the House of Commons would rise in riot or roar with laughter. Nonsense so nonsensical as that can only be uttered in the tones of a sensible man. 
So vividly do I see Mr. Wickham as a politician that I feel inclined to rewrite the whole of Pride and Prejudice to suit the politics of to-day. It would be amusing to send the Bennett girls rushing round to canvass: Elizabeth with amusement, and Jane with dignified reluctance. As for Lydia, she would be a great success hi modern politics. But her husband would be the greatest success of all; and he might become a Cabinet Minister while poor old Darcy was sulking in the provinces, a decent, truthful, honourable Diehard, cursing the taxes and swearing the country was going to the dogs and especially to the puppies.

martes, 26 de mayo de 2015

Más de «Basil Howe». Se suben Jane Austen y Maria Cristina


Hace unos días compartí unas citas que encontré en la primer novela de Chésterton, «Basil Howe».  La benefactora -María Cristina- hizo más que regalarme el libro: hablamos de él.  

Para introducir las citas de la opera prima de Chesterton escribí:
«Uno echa de menos al Chesterton agudo de «Ortodoxia», «El hombre Eterno» o del «Padre Brown». Aún así, se pueden ver en «Basil Howe», en etapa germinal, la sabiduría de la paradoja y la humildad como claves para vivir bien la vida.»
María Cristina respondió:
«Ciertamente es proverbial que se trata de una novela primeriza, más cuando uno se encuentra esto luego de leer «El hombre que fue jueves», «El que sabía demasiado» o «La esfera y la cruz»... Pero me parece que ello mismo hace de su lectura una experiencia interesante: uno lee con más agudeza de la que demandaba el libro en su momento, y permite entrever el valor revelador de lo paradójico cuando quizá no era aún tan claro para el propio escritor... Había un mensaje que nuestro ancho personaje estaba predestinado a develar. Esa mirada peculiar del escritor que convierte su oficio en un deber crucial frente a lo humano... Es una novelita que trata sobre la funcionalidad de las formas sociales, y la valiosa complicidad de quienes las cuestionan caprichosamente... Su única novela romántica. De ingeniosa simplicidad.»
Cuando Chesterton introduce las novelas juveniles de Jane Austen hace notar una idea similar a la que ofrece María Cristina. Sí, no estamos ante un escritora madura, sino en las etapas experimentales de su obra. Pero ese encuentro con la niña que escribe para la tertulia familiar, incoa a la mujer que publicó después unas novelas clásicas. Para el polemista inglés, los Juvenilia de Austen muestran la fuerza interior y agudeza de esta autora: no buscaba imitar, sino describir, lo mejor que podía, cómo ha de ser el verdadero carácter que hace amable a cualquier persona. Dicho por Chesterton:
«There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without. This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  [...] [En el blog ya escribí sobre "novelas rosas" y este prólogo a los «Juvenilia» de Austen-]»
María Cristina opina de la primera obra de Chésterton  -quizá sin saberlo- algo muy cercano a lo que éste a su vez pensaba de las primeros textos de Jane Austen. Para seguir con el diálogo, aquí van unas citas de Chesterton sobre el amor. La primera de ellas es de «Basil Howe», publicada mas o menos dos años de que conociera a su futura esposa Frances Blog y siete antes de que se casara con ella. El resto de citas las vi en la biografía de Pearce, y me quedé con la referencia de la página de esta edición, pero no del libro original. Mea Culpa!. Pero el experimento sirve: ¿qué experimentó Gilberth de joven? ¿Qué cambió en él cuando conoció a Frances?
«Pero existe una especie de amor; un amor que les llega a dos personas de vez en cuando, que es diferente; el amor que brota del conocimiento. El amor que en cierto momento, probablemente en las oscuras horas de la infancia, brota de la compañía, del intercambio constante de sentimientos, de una influencia mutua constante. Los años pueden pasar, interponiendo separaciones de casi una década, incluso peleas y celos, pero esas dos personas se conocerán mutuamente hasta el final de los tiempos; sólo tendrán que mirarse el uno al otro para ver los secretos que esconden en la mirada, con tanta claridad como si fueran palabras; el lazo que los une no será, no puede ser, desatado por ninguno de los dos. Lo que significan el uno para el otro, el poder que tienen el uno sobre el otro, por que en algún momento han visto literalmente el corazón del otro, en el momento de una gran confesión. Eso es el amor: pero sólo les llega a unos pocos… a unos pocos.» 
-o- 
A la mujer que amo.
Con qué esmero te hizo Dios:
Apartó para ti una estrella,
la tiñó de verde con campos de oro
y le puso el sol como aureola;
la llenó de reyes, pueblos y naciones,
y te hizo a ti, con mucho esmero.
Toda la naturaleza es el cuaderno de Dios
sus toscos bosquejos son para ti (60) 
-o-  
"Cualquier actriz conseguiría parecerse a Helena de Troya utilizando una barra de labios y un poco de maquillaje, pero ninguna podría parecerse a ti, sin ser una bendición de Dios" (63) 
-o-  
"Nuestra cordura pertenece al mundo, tanto si la expresamos en privado como en público, pero nuestra locura pertenece a los que amamos" (114) 
-o-  
"Uno de los misterios del matrimonio (que debe ser un sacramento y uno extraordinario además) es que un hombre claramente inútil como yo pueda llegar a ser indispensable en ciertos momentos. Pero lo más raro de todo (y le invito a que me lo explique desde el punto de vista espiritual) es que ese hombre nunca se sienta tan insignificante como cuando sabe que le necesitan (151)  
-o-  
"Aquí termina mi existencia anterior. Tómala: me ha llevado a ti" (348) 
-o- 
"En realidad los alemanes no pueden ser profundos porque jamás se permiten ser superficiales. Están hechizados por el arte y lo contemplan fijamente incapaces de ver nada alrededor. No creen que el arte puede ser luminoso y leve, como una pluma, aunque fuera la pluma del ala de un ángel. En el fondo del estanque sólo hay lodo, el cielo está en la superficie" (289)  
-o- 
"Toda la ciencia, incluso la ciencia divina, es una novela policíaca sublime, solo que no se trata aquí de averiguar por qué ha muerto un hombre, sino el misterio aún más oculto de porqué está vivo" (461) 

viernes, 18 de julio de 2014

G.K. Chésterton: Jane Austen no escribió novelas rosas.

Ya en varias ocasiones he escrito sobre Jane Austen (en las etiquetas de abajo aparece lo que he publicado de ella en el blog). Algo había que decir en el aniversario de su muerte (18-jul). Tomo ocasión de la Introducción que escribió Chésterton a la primera edición de "«Love and Friendship» y otros escritos Juveniles de Jane Austen" (aquí el libro completo).

En principio, parecería que sus novelas -y las películas y series que se hacen basadas en ellas- habría que colocarlas entre las películas románticas orientadas a adolescentes: el mundo de Jane Austen sería aquel en el que todo prepara la romántica declaración del protagonista y el desmayo de la dama cuando oye esa propuesta. Pero, para quien ha leído las novelas de Austen, esta preconcepción parecería cómica. Elizabeth Bennet, la heroína de «Orgullo y Prejuicio», recibe tres propuestas de matrimonio y en ninguna de esas ocasiones, se desmaya o grita de la emoción mientras aplaude, brinca y grita como chiquilla que ha visto a su artista favorito.

Jane Austen en escultura de cera (visto aquí)
Jane Austen comenzó a escribir historias para el entretenimiento familiar y la diversión casera, y si representó novelas rosas o personajes acaramelados fue para ironizar con su inconsistencia y poca seriedad. Si sus personajes ficticios se desmayan de la emoción es precisamente para mostrar lúdicamente a las personas reales, por qué motivos no vale la pena desmayarse; o qué pasa cuando los sentimientos no se armonizan con la razón, la empatía y el carácter. 

Sus personajes, en general, se mueven en un ambiente donde los antagonistas son una máscara: parecen agudos en el juicio, con emociones adecuadas, con empatía por el resto de personas y felices. Pero son sólo eso: una máscara. En Jane Austen, la virtud es una habilidad para razonar, que permite emociones intensas pero ajustadas, que capacita para entablar relaciones sociales valiosas y construir una vida familiar feliz. Esa madurez humana hace que sus personajes no se «desmayen». 

En las novelas de madurez, Jane Austen pasa de largo el gran momento de la declaración. Dice muy poco cuando cuando sus héroes y heroínas se comprometen. No existe un relato detallado de las declaraciones de amor que sí funcionan, –algo que sólo sucede en Persuasión pero escrito en una carta-, de modo que las adaptaciones al cine han tenido que inventar «el» momento. Por ejemplo, en «Orgullo y Prejuicio», cuando Mr. William Collins y Fitzwilliam Darcy declaran infructuosamente su amor a Elizabeth –de forma cómica el primero y presuntuosa el segundo- Austen es rica en detalles y palabras. Pero en la declaración que sí vale, el segundo intento de Darcy, la escritora inglesa hace decir al galán: «Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más» A lo que Elizabeth responde con... bueno, Austen sólo dice que ella, 
«le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado.» 
¡¿Tantos problemas para un simple «le dio a entender que...» y un «la dicha de Darcy fue la mayor de su existencia»?! Chésterton piensa que en esa parquedad se encuentra la originalidad de Austen: esa rara habilidad para captar el corazón de lo humano sin dejarse atrapar por la exuberancia o lo extravagante de una historia romántica. Si hubiera querido, hubiera sido capaz de acaramelar sus relatos. Escribe Chesterton:
«Si parece raro calificarla como elemental, parecería igual de extraño llamarla exuberante. Estas páginas [sus obras juveniles] revelan su secreto; y es que Austen era naturalmente exuberante. Su fuerza proviene, al igual que en el origen de cualquier otra fuerza, del control y dirección de esa exuberancia. Encontramos en sus obras una presencia y un empuje de vitalidad detrás de las miles trivialidades; podría en efecto haber sido exuberante si hubiera querido (...) Jane Austen es el reverso mismo de una solterona almidonada y famélica. Podría haber sido un bufón (...) si hubiera querido. Y esto es lo que le da una fuerza infalible a su ironía. Tras la fachada desapasionada de esta artista también está la pasión; pero su pasión, tan original, era una especie de alegre burla y de espíritu combativo contra todo lo que ella consideraba mórbido, laxo y venenosamente estúpido.»
La genialidad de Jane Austen la constituye su parquedad, un escueto realismo con el que describe -o mejor dicho, no describe- las emociones que valen de verdad: por que son razonables, por que son auténticas y por que definen a los personajes, ellas han de aparecer sin cebarse en su propio éxito. Esa precaria descripción de emociones las rescata de lo superficial e insulso y prepara las más agudas ironías contra las emociones de chiquilla inmadura. La expresión grotesca y fogosa de los sentimientos es para Jane Austen, un recurso irónico con el que describe precisamente cómo no han de ser esas emociones: anárquicas, irrazonables, insolidarias, efímeras, ruidosas. Por ejemplo, Marianne Dashwood, Lydia Bennet y el conjunto de sus obras juveniles. 

Las heroínas de Austen de alguna manera reflejaban su propia forma de ser. Así aparece descrita en una carta en la que Cassandra, su hermana, describió el temperamento de Jane a los pocos días de su muerte:
«He perdido un tesoro, una hermana como ella, una amiga que jamás podrá ser igualada. Era la luz de mi vida, volvía preciosa hasta la más insignificante alegría, aliviaba cualquier pena, jamás le he ocultado ni uno solo de mis pensamientos, y me siento como si hubiera perdido una parte de mí misma. (Cassandra Austen a Fanny Knight, 20-Jul-1817)»
En el blog:
1. ¿Qué es «virtud»? MacIntyre sobre Jane Austen (aquí)
2. La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility» (aquí)
3. Emma y George para celebrar a Yuyis (aquí)
4. La alegre corresponsabilidad por humanizarnos: Jane Austen (aquí)
5. «Toma y Lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S.Agustín) (aquí)
6. C.S. Lewis, una nota sobre Jane Austen (aquí)

Por último, la Introducción escrita por Chésterton (vista aquí).
In a recent newspaper controversy about the conventional silliness and sameness of all the human generations previous to our own, somebody said that in the world of Jane Austen a lady was expected to faint when she received a proposal. To those who happen to have read any of the works of Jane Austen, the connection of ideas will appear slightly comic.  Elizabeth Bennett, for instance, received two proposals from two very confident
and even masterful admirers; and she certainly did not faint. It would be nearer the truth to say that they did.

But in any case it may be amusing to those who are thus amused, and perhaps even instructive to those who thus need to be instructed, to know that the earliest work of Jane Austen, here published for the first time, might be called a satire on the fable of the fainting lady. "Beware of fainting fits ... though at times they may be refreshing and agreeable yet believe me they will in the end, if too often repeated and at improper seasons, prove destructive to your Constitution." Such were the words of the expiring Sophia to the afflicted Laura; and there are modern critics capable of adducing THEM as a proof that all society was in a swoon in the first decade of the nineteenth century. But in truth it is the whole point of this little skit that the swoon of sensibility is not satirized because it was a fact, even in the sense of a fashion, but satirized solely because it was fiction.  Laura and Sophia are made ludicrously unlike life by being made to faint as real ladies do not faint. Those ingenious moderns, who say that the real ladies did faint, are actually being taken in by Laura and Sophia, and believing them against Jane Austen.  They are believing, not the people of the period but the most nonsensical novels of the period, which even the people of the period who read them did not believe. They have swallowed all the solemnities of the Mysteries of Udolpho, and never even seen the joke of Northanger Abbey.

For if these JUVENILIA of Jane Austen anticipate especially any of her after works, they certainly anticipate the satiric side of Northanger Abbey.  Of their considerable significance on that side something may be said presently; but it will be well to preface it by a word about the works themselves as items of literary history. Everyone knows that the novelist left an unfinished fragment, since published under the name of "The Watsons," and a finished story called "Lady Susan," in letters, which she had herself apparently decided not to publish.  These preferences are all prejudices, in the sense of matters of unmanageable taste; but I confess I think it a strange historical accident that things so comparatively dull as "Lady Susan" should have been printed already, while things so comparatively lively as "Love and Freindship" should never have been printed until now. It is at least a curiosity of literature that such curiosities of literature should have been almost accidentally concealed. Doubtless it was very rightly felt that we may go much too far in the way of emptying the wastepaper basket of a genius on the head of the public; and that there is a sense in which the wastepaper basket is as sacred as the grave.  But without arrogating to myself any more right in the matter than anybody has to his own taste, I hope I may be allowed to say that I for one would have willingly left "Lady Susan" in the wastepaper basket, if I could have pieced together "Love and Freindship" for a private scrap-book; a thing to laugh over again and again as one laughs over the great burlesques of Peacock or Max Beerbohm.

Jane Austen left everything she possessed to her sister Cassandra, including these and other manuscripts; and the second volume of them, containing these, was left by Cassandra to her brother, Admiral Sir Francis Austen.  He gave it to his daughter Fanny, who left it in turn to her brother Edward, who was the Rector of Barfrestone in Kent, and the father of Mrs. Sanders, to whose wise decision we owe the publication of these first fancies of her great-aunt; whom it might be misleading here to call her great great-aunt. Everyone will judge for himself; but I myself think she added something intrinsically important to literature and to literary history; and that there are cartloads of printed matter, regularly recognized and printed with the works of all great authors, which are far less characteristic and far less significant than these few nursery jests.

For "Love and Freindship," with some similar passages in the accompanying fragments, is really a rattling burlesque; something much better than what the ladies of the time called an agreeable rattle. It is one of those things that can be the more readily read with enjoyment through being written with enjoyment; in other words, it is all the better for being juvenile in the sense of being joyful. She is said; to have written these things at the age of seventeen, evidently in much the same spirit in which people conduct a family magazine; for the medallions included in the manuscript were the work of her sister Cassandra.  The whole thing is full of the sort of high spirits that are always higher in private than in public; as people laugh louder in the house than in the street. Many of her admirers would not expect, perhaps many of her admirers would not admire, the sort of fun to be found in the letter of the young lady "whose feelings were too strong for her judgment," and who remarks incidentally "I murdered my father at a very early period of my life, I have since murdered my mother, and I am now going to murder my sister." Personally I think it admirable; not the conduct, but the confession. But there is much more than hilarity in the humor, even at this stage of its growth.  There is almost everywhere a certain neatness in the nonsense.  There is not a little of the true Austen irony. "The noble Youth informed us that his name was Lindsay... for particular reasons, however, I shall conceal it under that of Talbot." Did anyone really desire that to disappear into the waste-paper basket? "She was nothing more than a mere good-tempered, civil and obliging young woman; as such we could scarcely dislike her...she was only an object of contempt."  Is not that something like the first faint line in the figure of Fanny Price?  When a loud knocking is heard on the door of the Rustic Cot by the Uske, the heroine's father enquires the nature of the noise, and by cautious steps of inference they are enabled to define it as somebody outside striking the door.

"'Yes (exclaimed I) I cannot help thinking it must be somebody who knocks for admittance.'"

"That is another point, (replied he) we must not pretend to determine on what motive the person may knock...tho'that some one DOES rap at the door I am partly convinced." In the aggravating leisure and lucidity of that reply, is there not the foreshadowing of another and more famous father; and do we not hear for a moment, in the rustic cottage by the Uske, the unmistakable voice of Mr. Bennett?

But there is a larger and critical reason for taking pleasure in the gaiety of these various travesties and trifles. Mr. Austen Leigh seems to have thought them not sufficiently serious for the reputation of his great relative; but greatness is not made up of serious things, in the sense of solemn things. The reason here, however, is as serious as even he or anyone else could desire; for it concerns the fundamental quality of one of the finest talents in letters.

A very real psychological interest, almost amounting to a psychological mystery, attaches to any early work of Jane Austen. And for that one reason, among others, which has hardly been sufficiently emphasized.  Great as she was, nobody was likely to maintain that she was a poet.  But she was a marked example of what is said of the poet; she was born, not made. As compared with her, indeed, some of the poets really were made. Many men who had the air of setting the world on fire have left at least a reasonable discussion about what set them on fire. Men like Coleridge or Carlyle had certainly kindled their first torches from the flambeaux of equally fantastic German mystics or Platonic speculators; they had gone through furnaces of culture where even less creative people might have been inflamed to creation.  Jane Austen was not inflamed or inspired or even moved to be a genius; she simply was a genius.  Her fire, what there was of it, began with herself; like the fire of the first man who rubbed two dry sticks together. Some would say that they were very dry sticks which she rubbed together. It is certain that she by her own artistic talent made interesting what thousands of superficially similar people would have made dull. There was nothing in her circumstances, or even in her materials, that seems obviously meant for the making of such an artist. It might seem a very wild use of the wrong word to say that Jane Austen was elemental.  It might even seem even a little wanton to insist that she was original.  Yet this objection would come from the critic not really considering what is meant by an element or an origin. Perhaps it might be as well expressed in what is really meant by an individual.  Her ability is an absolute; it cannot be analyzed into influences.  She had been compared to Shakespeare; and in this sense she really does recall the joke about the man who said he could write like Shakespeare if he had the mind. In this case we seem to see a thousand spinsters sitting at a thousand tea-tables; and they could all have written "Emma" if they had had the mind.

There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without.  This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  And that inspiration was the inspiration of Gargantua and of Pickwick; it was the gigantic inspiration of laughter.

If it seemed odd to call her elemental, it may seem equally odd to call her exuberant.  These pages betray her secret; which is that she was naturally exuberant.  And her power came, as all power comes, from the control and direction of exuberance. But there is the presence and pressure of that vitality behind her thousand trivialities; she could have been extravagant if she liked. She was the very reverse of a starched or a starved spinster; she could have been a buffoon like the Wife of Bath if she chose. This is what gives an infallible force to her irony. This is what gives a stunning weight to her understatements. At the back of this artist also, counted as passionless, there was passion; but her original passion was a sort of joyous scorn and a fighting spirit against all that she regarded as morbid and lax and poisonously silly.  The weapons she forged were so finely finished that we might never have known this, but for these glimpses of the crude furnace from which they came. Finally there are two additional facts involved which I will leave the modern critics and correspondents in newspapers to ponder and explain at their leisure.  One is that this realist, in rebuking the romantics, is very much concerned with rebuking them for the very thing for which revolutionary sentiment has so much admired them; as for their glorification of ingratitude to parents and their easy assumption that the old are always wrong.  "No!" says the noble Youth in "Love and Freindship," "never shall it be said that I obliged my father!"  And the other is that there is not a shadow of indication anywhere that this independent intellect and laughing spirit was other than contented with a narrow domestic routine, in which she wrote a story as domestic as a diary in the intervals of pies and puddings, without so much as looking out of the window to notice the French Revolution.