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miércoles, 24 de enero de 2018

Libertad y revolución: un ensayo inédito de Hannah Arendt

Foto: @lacooquette

El The New England Review ha publicado un ensayo hasta ahora inédito de Hannah Arendt sobre el significado de Revolución y de Libertad. Lo encontré reproducido aquí. El manuscrito está clasificado por la autora como «A lecture» y fechado en 1966-67. No se sabe si fue leído, y si lo hizo, tampoco se conoce dónde o  cuando. 

Arendt explica que en principio, una revolución apunta a deponer un mal gobierno para liberarse de la tiranía. Se trata de «liberarse de» un sistema, un tirano, un partido político, etc. Pero una vez conseguido este objetivo, el revolucionario se enfrenta a la difícil tarea de cambiar el chip. Ahora se trata de «liberarse para» algo nuevo, construir algo con la libertad conquistada. 

En este contexto, la profesora de la Universidad de Chicago recuerda que la mayor revolución que experimenta el espacio público, la novedad disruptiva más radical de toda comunidad es el nacimiento de un ser humano y su vinculación con la vida en común. En efecto, con cada niño, con cada uno de nosotros, se introduce en el mundo un nuevo agente capaz de introducir en él algo nuevo. Ahora sí que la vida política puede ser transformada porque ya cuenta con un nuevo agente; un sujeto que introducirá con su libertad y compromiso una realidad que antes no existía, ni mucho menos era posible o imaginable. Con cada uno de nosotros se abre la posibilidad de que la sociedad comience de nuevo, que cambia. Cada bebé es semilla de una nueva revolución; un nuevo milagro con el que pasamos de «liberarnos de» a «liberarnos para». Por eso la verdadera revolución, según Arendt, significa 
«la actualización de la mayor y más elemental de las potencialidades humanas: la inigualable experiencia de ser libre para configurar un nuevo inicio, de donde nace el orgullo de haber abierto el mundo a un nuevo orden de las cosas».
De nada sirven las revoluciones que cambian los personajes y partidos que detentan el poder, si no logramos que las personas impriman en la sociedad su capacidad creativa y libre: no solo nos «liberamos de», sino que rompemos la sociedad tal y como la vemos con la creatividad de una libertad comprometida; de modo que el mundo incorpora un nuevo rostro, el rostro de quien participa en él.

Por eso, las verdaderas revoluciones políticas comienzan en la cuna. En cada niño hay una revolución -no en el sentido de guerra civil- sino en sentido de millones de posibilidades para la reconquista creativa y nueva de nuestra vida en común.

sábado, 30 de abril de 2016

Decálogo de los derechos de los niños

"Nunca he entendido a la gente que recuerda la infancia como una época idílica" (Bill Watterson sobre esta tira)

Artículo 1. Todo niño tiene derecho a recibir un manazo cuando vaya a meter su mano en el contacto eléctrico.

Artículo 2. Todo niño tiene derecho a comer carne, pollo o pescado, junto a sus verduras. Todas. 

Artículo 3. Todo niño tiene derecho a ser removido tanto de las faldas de su padre, como de las angustias de su madre, de modo que pueda enfrentar las consecuencias naturales de sus actos.

Artículo 4. Todo niño tiene derecho a poseer un aifon, especialmente si sus amigos ya manejan uno, cuando pueda por su trabajo, obtener los recursos que se requieren para pagar el contrato o el crédito.

Artículo 5. Los niños o las niñas, tienen derecho a ser Carmen. Porque #TodosSomosCarmen.

Artículo 6. Todo niño tiene derecho a ser reflejo y medalla de los logros de sus padres. 

Artículo 7. Todo niño tiene derecho preferente a que su mamá abandone los grupos de guasáp de madres del colegio; este derecho no admite excepciones, ni puede derogarse, ni suprimirse.

Artículo 8. Todo niño tiene derecho a no rayar los libros ajenos y, en general, ni los propios (es como lamer una paleta y compartirla). 

Artículo 9. Todo niño tiene derecho a llorar de berrinche hasta cansarse... hasta el silencio. La única excepción es la que determinen los abuelos, disposición que debe ejecutarse inmediatamente.

Artículo 10. Todo niño tiene derecho a:
          a) Tropezar en las piedras que le corresponde y asumir las culpas de las que es responsable. 

          b) Ser acompañados para que su desliz se convierta en resorte que los empuje, y no una piedra que los sepulte.

(En general, durante la niñez, la persona comprende por vez primera que es amado incondicionalmente, y que ella misma está llamada a amar sin medida. Esta experiencia es irreductible al lenguaje de derechos. Describir los bienes de la niñez en lenguaje jurídico,  necesariamente marca cierta distancia entre el beneficiario y el obligado. Es un discurso que distingue y aleja; propio de otro tipo de experiencia, no del amor. No parece que sea razonable introducir al niño en el mundo del amor, lo que le permite reconocer la propia identidad, a través de un discurso de derechos. Muéstrele amor incondicional, hágalo conciente de esa radicalidad y edúquelo para el don y la entrega. El amor absoluto espera reciprocidad pero no la impone)

viernes, 25 de septiembre de 2015

La suerte siempre acude al rescate de los audaces (Exhibit A)


Supongo que conocen la escena. Aquí va el mismo evento visto desde tres tomas.

1. Primera vista: ¡Ven!



2. Segunda toma: Per aspera ad astra!



3. «Exhibit A»: La suerte siempre acude al rescate de los audaces.
[Seguir a la chiquilla. La cámara -obvio- va con el Papa]




jueves, 30 de abril de 2015

«Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa» (Virgilio)

Lucia, Minerya y Europa Anguissola Jugando Ajedrez (Sofonisba Anguissola, 1555)

Virgilio escribió un breve poema sobre el agradecimiento a los padres. Como siempre, los estudiosos  debaten, a veces, solo por convivir. ¿Quién sonríe, la madre o el hijo?  «Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa». El debate se centra en el origen de la sonrisa: o es el niño le que ríe y él genera una respuesta equivalente en su madre de forma que así puede reconocerla; o es la madre la que primero sonríe, a pesar de los esfuerzos del embarazo, y por ello el niño responde agradecido. El poema dice así:
Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una [con tu] sonrisa
(la madre ha sufrido diez meses)
Comienza, tierno niño, que los que no sonrieron a sus padres
ni un dios juzgó a tal digno de su mesa, ni una diosa de su tálamo
Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem
(matri longa decem tulerunt fastidia menses)
incipe, parve puer; qui non risere parenti
nec deus hunc mensa, dea nec dignata cubili est
¿Se trata de que el niño descubra a su madre porque ella le sonríe o que el niño conoce a su madre cuando él le sonríe y ella responde a pesar de haber sufrido. Sea como fuere, la ambigüedad del texto apunta a la lógica del intercambio y fusión de sonrisas entre los dos. No importa cuál suceda primero origen. Lo trascendental es el diálogo en los ojos y el discurso de la sonrisa.

¿Por qué si un recién nacido nunca ha experimentado la felicidad puede sonreír cuando su madre juega con mimos? No lo sé, pero gracias a que ella le ríe, niño experimenta que el mundo será para él un lugar benévolo y cordial. Sin una introducción así, ¿cómo enseñaremos al niño a ser responsable de otros o a hacer los sacrificios que implica su madurez personal? Sin la sonrisa de los padres, ¿cómo aprenderá después que hemos de hacer el bien a pesar de que a veces aquello nos cueste trabajo?

En ese contexto, ¿qué es mejor, recordarle al niño sus derechos o regalarle una sonrisa? Ya la televisión, la escuela, las redes sociales o la cultura en la que vivimos le hablarán al chiquillo de sus derechos. Pero ni la tele, ni los libros pueden verlo a los ojos y sonreírle. Sin sonrisa el derecho a la educación -por ejemplo- o se desliza con facilidad en reclamo de beneficios o gravita hacia el abandono de las cargas que requiere ser educado.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre en una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. Además son gratis.

Al mismo tiempo, es la risa de los niños, la que recuerda al adulto que tanto el mundo real -el de la persona mayor- como su felicidad dependen en alguna medida de imitar algunas actitudes con la que los niños ven el mundo: el niño difícilmente se rinde a la primera; lo normal en él es la capacidad de asombro; el niño es inagotable en preguntarse por qué; el niño confía sin reservas en quien quiere, etc.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre con una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. El niño le pagará con otra risa. Se la ofrecerá gratis.

miércoles, 30 de abril de 2014

La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility»

"Art. 35. Todo niño tiene derecho a ser usado como medalla de los padres y medición de su propia valía."
“La cena fue suntuosa, los criados eran numerosos y todo hablaba de la inclinación de la dueña de casa a la ostentación y de la capacidad de respaldarla por parte del anfitrión. A pesar de las mejoras y agregados que le estaban haciendo a su propiedad en Norland, y a pesar de que su dueño había estado a unos pocos miles de libras de tener que venderla con pérdidas, nada parecía dar señales de esa indigencia que él había intentado deducir de todo ello; no parecía haber pobreza de ninguna clase, excepto en la conversación... pero allí la deficiencia era considerable. John Dashwood no tenía mucho que decir que mereciera escucharse, y su esposa aún menos. Pero esto no era ninguna desgracia en especial porque lo mismo ocurría con la mayor parte de sus invitados, casi todos víctimas de una u otra de las siguientes inhabilidades para ser considerado agradable: falta de juicio, ya sea natural o cultivado; falta de elegancia, falta de espíritu o falta de carácter.
Henry Daswhood (Sense and Sensibility, BBC, 2009) 
Cuando las señoras se retiraron al salón tras la cena esa indigencia se hizo particularmente evidente, dado que los caballeros habían enriquecido la conversación con una cierta variedad —la variedad de  la política, del cerco de las tierras y de la doma de caballos—, pero todo eso acabó y un solo tema ocupó a las señoras hasta la llegada del café, y éste fue comparar las respectivas estaturas de Harry Dashwood y el segundo hijo de lady Middleton, William, que tenían aproximadamente la misma edad. 
Si los dos niños hubieran estado allí, se podría haber zanjado fácilmente el asunto midiéndolos de una vez; pero como sólo estaba presente Harry, todo fue conjeturas por ambas partes, y cada cual tenía derecho a ser igualmente terminante en su opinión y a repetirla una y otra vez todas las veces que quisiera.
Se tomaron los siguientes partidos: 
Las dos madres, aunque cada una convencida de que su hijo era el más alto, educadamente votaron a favor del otro. 
Las dos abuelas, con no menos parcialidad pero con mayor sinceridad, apoyaban con igual afán a sus propios vástagos. 
Lucy, que por ningún motivo quería complacer a una madre menos que a la otra, pensaba que los dos muchachitos eran notablemente altos para su edad, y no podía concebir que hubiera ni siquiera la menor diferencia entre ellos; y la señorita Steele con mayor afán aún, se manifestó tan rápido como pudo a favor de cada uno de ellos.
Elinor, tras haberse decidido una vez por William, con lo que ofendió a la señora Ferrars, y a Fanny más todavía, no vio— la necesidad de seguir insistiendo en el punto; y Marianne, cuando se le pidió su parecer, ofendió a todo el mundo al declarar que no tenía ninguna opinión que dar, ya que nunca había pensado en el asunto.”
«Sensatez y Sentimientos», Capítulo 34.  Jane Austen es maestra de la ironía.