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lunes, 20 de marzo de 2017

Ubuntu, el derecho y «La Bella y la Bestia»


Ubuntu es un principio ético sudafricano que significa respeto por la humanidad compartida, empatía: el otro que aparece ante mí como un espejo de quién soy en realidad. La mera presencia de otra persona es suficiente obligarme a tratarlo con dignidad. 

Si bien es cierto que Ubuntu es un concepto moral, el derecho no es ajeno a su presencia. En efecto, la Comisión para la Verdad y la Reconciliación logró su cometido al término del apartheid en Sudáfrica porque basó su mandato en la reparación el Ubuntu, no en una justicia que enmascarara venganza. Algo así habría acentuado el espiral de violencia de la que pretendían liberarse. Buscaban una reparación que sanara tanto a la víctima como al victimario: «haz hecho mal, pero yo no me vengaré de tí; procuraré devolverte la humanidad que has perdido con tu injusticia, regalándote un trato digno que no mereces por tus actos, pero que te entrego porque eres persona».

Ahora bien, lo que sucedió con Ubuntu no es una experiencia aislada. La encontramos de alguna manera, como la base moral de innumerables experiencias jurídicas: en el ius gentium del derecho romano antiguo; en la humanitas con la que Francisco de Vitoria defendió a los indígenas en el s. XVI; en la fraternidad de los documentos ilustrados del s. XVIII; en el concepto empatía incorporado a la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948.

Y si aparece en el derecho como experiencia humana fundamental, en los cuentos para niños se presenta con nitidez. En un capítulo de su libro Ortodoxia, Chésterton explica la filosofía moral de los cuentos infantiles le parecía más coherente que algunos sofisticados sistemas filosóficos. Escribe: 
«aquí me ocupo en demostrar que la ética y la filosofía vienen, alimentándose uno con cuentos de hadas. Si me ocupara de ellos detalladamente podría mencionar muchos nobles y saludables principios que se recogen en ellos: [por ejemplo] encontramos una gran lección en La Bella y la Bestia, según la cual alguien debe ser amado, incluso antes de ser amable (Ortodoxia, Capítulo 4. La ética en el país de los elfos)». 
En otras palabras si quisiéramos encontrar los motivos por el cual vale la pena amar a alguien, primero hemos de quererlo. Sólo después de tratarlo como alguien que merece ser amado, la bestia puede dejar de comportarse como animal. Las madres son especialistas en esta experiencia: primero nos aman, antes de conocernos, incluso sin haber visto nuestro rostro. Y una vez que nos regalan esa mirada de incondicionalidad, entonces nosotros somos capaces de darnos cuenta que valemos la pena, y que nuestros actos deben ser fiel a esa mirada, hemos de honrar esa dignidad que nuestras madres  veían en nosotros. La bestia sólo se convierte en príncipe, si primero se le trata como alguien amable, como alguien a quien vale la pena querer.

Como ven, esta lección de los cuentos infantiles no es ajena a la misión civilizadora de la experiencia jurídica. Ubuntu, Mandela y Desmond Tutu, son un ejemplo más de esta conexión.

PD. Un saludo a Gaby y a Andrea, de las que he aprendido lo elemental del Ubuntu y de la TRC



jueves, 10 de diciembre de 2015

Empatía y Derechos Humanos


Cuando se elaboraba la Declaración Universal de 1948, el documento que hoy cumple 67 años, los redactores se preocuparon por incorporar en ella los motivos para que cualquier persona se supiera vinculada por estos derechos. Los textos de derechos humanos clásicos, elaborados durante la Revolución Francesa y la Independencia Norteamericana del siglo XVIII, seguían una intuición de Kant. Para ellos cuando los ciudadanos se veían expuestos al goce de su libertad, esta experiencia desencadenaría su deseo de vivir conforme a esa autonomía. De esta forma, los derechos humanos se transformarían en cultura en la media en que el Estado lograra que la mayor cantidad posible de personas pudieran construir su proyecto de vida conforme a sus gustos y deseos.

150 años después, los redactores de la Declaración Universal de 1948, sin negar el valor de la libertad, colocaron el resorte de los derechos humanos en otra experiencia. Una de las versiones preliminares del artículo primero decía que todas las personas nacen libres e iguales en dignidad y derechos, y que por tanto todos debían comportarse como hermanos entre sí. Entonces, el libanés Charles Malik sugirió que se incorporara la palabra razón, por la que nos damos cuenta de esas exigencias de solidaridad. El francés René Cassin apoyó la sugerencia; así redactada, la fórmula  "intenta comunicar la idea que el hombre más humilde de cualquier cultura posee la chispa particular que lo distingue de los animales, y al mismo tiempo lo obliga a una mayor grandeza y mayores deberes que a cualquier otro ser de la tierra".

Por su parte el delegado Chino, propuso incluir una traducción de un término del vocabulario ético de Confucio. Es la palabra es Ren. Se podría traducir como empatía, ponerse en los pies del otro, tratar con humanidad al vecino, o como solidaridad hacia los demás. Es decir, Ren significaría nuestra capacidad de humanizarnos partir de descubrir cuáles son los requerimientos de la dignidad específica de una persona concreta que sólo se hacen realidad a través de mi compromiso solidario con ella. La palabra que propuso para referirse a esta experiencia humana fue conciencia. Así fue como "razón y conciencia" se agregaron al artículo 1, de la Declaración Universal.

De esta forma, si los documentos de derechos humanos del s. XVIII, presuponían que era la libertad la que detonaría nuestro compromiso por ellos; la Declaración de 1948, se centra en la empatía. La diferencia es fundamental. ¿Por qué? Si todo depende de mi libertad, entonces en el fondo, todo se trata de exigir lo que tengo a mi favor y lo que creo que merezco. En un segundo momento, revisaríamos si no dañamos los derechos de otros, pues se supone que nuestra libertad termina donde comienza la de los demás. Este sería el modelo que abandonaron los redactores de la Declaración Universal de 1948. Para ellos, la fuerza motora de los derechos humanos es la experiencia de la empatía. Es decir, para ser capaces de percibir cuáles son nuestros propios derechos, hemos de ser unos expertos en empatía solidaria. Primero conocemos la dignidad y lo que ella significa, cuando buscamos hacer crecer a las personas que nos rodean. Sólo así tendremos entrenado nuestro ojo interior para percibir cuáles son nuestros derechos. Primero somos empíricos, luego descubrimos nuestros derechos.

Para terminar, durante los trabajos de redacción de la Declaración, la UNESCO envió un cuestionario a intelectuales de esa época para preguntarles su opinión sobre los derechos humanos. Mahatma Gandhi envió esta respuesta:
“He aprendido de mi madre, analfabeta pero sabia, que todos los derechos que merecen ser protegidos y preservados nacen del deber cumplido previamente. [...] A partir de este presupuesto fundamental, quizá sea más fácil definir primero los deberes del hombre y la mujer y después correlacionarlos con algún derecho. Derechos sin deberes, es una usurpación por la que difícilmente vale la pena luchar”.


jueves, 29 de octubre de 2015

«La Patricia», la Playa y el Cuadro.

Foto: Scott Kelly, Museo del Prado
ATENCIÓN: Para comprender esta entrada es necesario haber experimentado dos eventos: un atardecer y la compasión. Porque todo depende de un «You know it when you see it». De lo contrario, no entenderás na'a.

Las fotos de Patricia tomadas desde el espacio mostraban el tamaño del huracán y nos permitían imaginar la fuerza de la naturaleza. No somos los primeros que experimentamos el asombro ante la fuerza del mar y el riesgo de ser tragados por su furia. La teología judía aprovechó esta sensación para explicar dos ideas: el significado de estar a salvo y el papel de los amigos y de los que nos aman.
En el mar nos hundimos. Ahí el agua nos puede tragar. Dentro de él, probamos una obscuridad que nos envuelve y sentimos la inestabilidad de no tener dónde sostenernos. Salir a la costa es otra manera de experimentar la redención. Hemos sido rescatados del poder de la obscuridad y del riesgo de perecer. Ponerse de pie en la playa nos permite contemplar la majestuosidad de esa fuerza, que al mismo tiempo, tememos como lo opuesto a la tierra, como amenaza al espacio vital del hombre. Y ahí, desde la arena, el mar como riesgo se convierte en posibilidad de asombro por la belleza de un atardecer que se renueva cada día.
La playa significa entonces, vencer el riesgo de perecer en el mar. Es, por una parte, un límite impuesto a la potencia del mar –«¡Hasta aquí llega tu amenaza!»-. Por otro lado, desde la playa, la furia intimidante del mar, se transforma en una invitación a ver su belleza y participar de ella. 
Foto: Scott Kelley
En el museo del Prado hay un cuadro que recoge el mismo problema, pero resuelto no en un elemento material como lo es la playa, sino anclado en el corazón de la persona. Se llama El Descendimiento de la Cruz, del pintor flamenco Rogier van der Weyden. Es la pintura de un judío condenado a muerte que es bajado de la cruz. Dos de sus amigos sostienen el cadáver, mientras se giran para entregárselo a la madre del difunto. La pintura es una fotografía del momento en que los amigos sujetan a los que han sido devorados por la muerte o por la angustia. 
¿En qué se parece El Descendimiento y el mar? En los dos sitios un hombre ha sido tragado por la obscuridad, el mal se los ha comido. No hay tierra firme para sostenerse. De forma que, en este cuadro o en una experiencia así, ¿cuál es el equivalente a la playa, cuál es el lugar de redención, qué es lo que le quita la última palabra al poder de la angustia, del mal y la muerte?
Es en la compasión, en la solidaridad de los amigos, en la compañía por amor, en la empatía y solidaridad que recibimos sin esperar nada a cambio, donde la muerte y el mal retroceden. «¡Hasta aquí llega tu amenaza! ¡No dejaremos que tu lógica ahogue el corazón!» En el cuadro, los amigos lloran por que reconocen el mal ante ellos; pero lo superan y se liberan de él a través del amor, de la empatía y de la solidaridad ante el que sufre. Esa es su playa. Ya podrán ver la belleza del amanecer.  Van der Weyden no oculta el mal y el dolor, como las fotos mostraban la fuerza del huracán, pero el pintor no se ceba en la tragedia: pone ante nuestros ojos el valor de la compasión, la fuerza del amor. Abre una puerta a la esperanza. 
Si no es posible ir al museo del Prado, al menos hay que ir al mar o atesorar la compasión  y la empatía que nos han regalado amigos y familiares. Es una forma de recordar ese: «¡Hasta aquí llega tu amenaza!» con que la playa marca un límite al mar.

sábado, 19 de septiembre de 2015

"Yo no me voy a casar"


Escuché al vuelo esta frase cuando veía salir a unos recién casados de una iglesia. Ya son siete días de aquello y la afirmación me sigue rondando la cabeza. Tal vez por que la he oído en varias personas a las que estimo de veras, y –¡qué le voy a hacer!- mis padres me enseñaron a tomarme en serio a quien aprecio. ¿Cuál es verdadero drama interno que revelan? ¿Cómo se devela y se vive ese misterio?

Dos ideas para centrar lo que voy a decir. (1) De ninguna manera pretendo sugerir que la persona que lo dijo, realmente piense que no nació para amar, que no esté enamorada o no haya generado el amor. Nada de eso. Ignoro todo el contexto de lo que está detrás de esa frase. (2) Lo que me interesa es sólo  explorar caminos para no impacientarse por el amor. Dije el amor no matrimoniarse. No voy a defender que deban terminar casados. No.

Lo que me interesa es pensar en voz alta, cómo navegar entre dos extremos de quien, en ocasiones, tienen difícil aquello del amor: desesperarse o encerrarse. No es una entrada contra la soltería a favor del matrimonio. Es sobre cómo embarcarse en la lógica del amor, cuando la experiencia personal nos empuja a desesperarse por la falta de correspondencia o a encerrarse en un caparazón. Cómo no desesperar, si a veces es difícil encontrar quién realmente me introduzca en esta experiencia que describe Heidegger:
«¿Por qué el amor es tan rico, superando todas las dimensiones de las otras posibilidades humanas, y por qué supone una carga tan dulce para aquellos a quienes afecta? Porque nos convertimos en aquello que amamos y, no obstante, seguimos siendo nosotros mismos. Querríamos dar entonces las gracias al amado y no encontramos nada que satisfaga ese deseo. Sólo podemos dar las gracias dándonos a nosotros mismos. El amor transforma la gratitud en fidelidad a nosotros mismos y en fe incondicional en el otro. De este modo aumenta el amor continuamente su misterio más propio [Carta de Heidegger a Arendt, 21.II.1925]».
He buscado armar una respuesta. Hasta ahora, sólo encuentro piezas sueltas. Por lo que aquí no encontrarán la solución definitiva del problema. Recomiendo primero ver los subtítulos y leer el que llame la atención. No existe un hilo conductor. Ahí van:

Casi siempre es gradual, no de golpe 

Por lo que he visto, al amor no siempre se entra de golpe. A veces sólo lo percibimos cuando ya estamos metidos en él. Difícilmente se llega de pronto (Jane Austen pensaba algo así), y es poco probable que nazca con una intensidad que lo haga fácilmente reconocible. No esperes –en un principio- algo así (aquí completo):

Es amor fuerza tan fuerte
que fuerza toda razón;
una fuerza de tal suerte,
que todo seso convierte
en su fuerza y afición;
una porfia forzosa
que no se puede vencer,
cuya fuerza porfiosa
hacemos más poderosa
queriéndonos defender
(Jorge Manrique, 1476)


¿Sino o Destino? (Paciencia 1)

Organicemos un concurso sobre cómo se conocieron nuestros padres, donde gane el matrimonio cuyos esposos partían de más improbabilidades para conocerse, los que de entrada eran los menos probables de encontrarse o los que más estuvieron a punto de no toparse. Mi abuelo sirio, conoció a mi abuela libanesa, en Villahermosa. Ahí nació mi madre, que conoció a mi papá –nació en Celaya- en la Ciudad de México. Yo nací en Culiacán, vivo en Guadalajara... Es mucho más probable no habernos conocido, que lo contrario. El encuentro con otros es una gran improbabilidad. Así lo describe Chesterton:
“Robinson Crusoe es un hombre, recién evadido del mar que se ha instalado sobre un peñasco con unas pocas comodidades. Lo más lindo del libro es la ennumeración de las cosas salvadas del naufragio. El más grande de los poemas es un inventario. Cada utensilio de cocina se convierte en el utensilio ideal, porque Crusoe pudo haberlo dejado caer al mar. Es un buen ejercicio para las horas ingratas o vacías del día, mirarlo todo y pensar cuán feliz uno puede sentirse de haberlo salvado del barco zozobrante y llevado luego a la isla solitaria.
Y es mejor aún el ejercicio de recordar cómo todo se salvó por un pelo: cada cosa que tenemos se salvó de un naufragio. Cada hombre ha tenido una horrible aventura: como un oculto nacimiento fuera del tiempo; él, no era; igual que los niños que nunca llegan a la luz. En mi infancia se hablaba mucho de hombres de genio disminuidos o arruinados; y era común decir de muchos de ellos que eran: «Grandes Pudieron Ser». Para mí es un hecho más cierto y sorprendente que cualquier hombre que cruzó por la calle es un: «Grande Pudo No Haber Sido» (Ortodoxia, Cap. 4. La ética en el país de los Elfos)”.
Quizá sea un buen ejercicio, preguntar a los amigos cómo fue que llegaron al lugar en el que nos conocimos. Muy probablemente nos sorprenderemos que ellos son para nosotros un regalo que por nada pudimos haber perdido. ¿Qué pasaría si nos acostumbramos a atesorar esa improbabilidad que al final sí funcionó?



La tierra es de quien la trabaja 

Aunque coincidir con alguien es más improbable que su contrario, y a pesar que todo encuentro es regalo –conocernos es un don-... hay que quemarse, moverse, empeñarse, poner de nuestra parte. Al menos se puede entrenar el corazón para cuando coincidan. Siempre es posible dejarse afectar por el otro y sus necesidades. Difícilmente el empático echa a perder un encuentro. Coincidir, sí que es un regalo, por que es una gran improbabilidad. Es un regalo -no controlado- que preparamos, descubrimos y aprovechamos por entrenamiento -que sí controlamos-. Paperman nos lo cuenta así:


Roma no se hizo en un día.

Algún dato pueden ofrecer el modo en que cuidamos y fomentamos las relaciones familiares y personales... Quizá ayude tomar en cuenta que ni siquiera Pepé Le Pew es imbatible. «El verdadero amor nunca fluye con facilidad», escribió Shakespeare. Estos días me encontré con este texto de Stefan Zweig en su biografía sobre Erasmo de Rotterdam. Es una reflexión sobre el valor de las utopías: incluso si los hechos -y los expertos en la vida real- se empeñan en desestimar nuestro idealismo. La idea de Zweig es esta: Erasmo fracasó en su Utopía, pero su ideal ha fertilizado los anhelos de otros quienes se han tomado en serio su responsabilidad en el mundo real. Han respirado y sudado el ideal que Erasmo no vio hecho realidad Erasmo.

Con el amor pasa algo similar. Aunque efectivamente una persona nunca se case, el ideal de dar la vida por otro, –el ejercicio por entrenarse con amigos y familiares, quizá- terminará fertilizando el corazón de otros. Basta que se intente, una y otra vez, entregar la existencia por el amor a quien ya está a nuestro lado. Como Gaudí. Nunca se casó, ni vio terminar su gran sueño de una basílica como La Sagrada Familia. Pero el amor que él puso a ese proyecto, ha movido a muchas personas a seguir con la edificación del templo, y removido a miles de visitantes a su obra. 


La cuarta pared (Ampliar la mirada)


En teatro, la cuarta pared es el muro imaginario que se levanta entre el escenario y el público. La obscuridad de la gradería y la luz del escenario, ocultan a los espectadores en la penumbra. Desde ahí, estos ven los esfuerzos de los personajes y participan de su vida; pero para los actores, su público permanece oculto. ¿Habrá alguien que contemple nuestra vida como en un escenario, a quien percibimos en la penumbra, pero no vemos con claridad? ¿Y si ve conmovido nuestros esfuerzos?

Una filósofa me recordaba el argumento de Ivan Karamazov. Si no me equivoco se aplicaría así a nuestro problema: pensar que Alguien es testigo de ese esfuerzo por amar, que lo redime y fructifica, puede ser edificante y sólo por eso, imaginarlo vale la pena. La creencia habría cumplido su misión, si en ella se encuentra estímulo y consuelo. Tal vez tenga razón, pero sólo hasta cierto punto. Por más consuelo que encontremos en imaginar al Espectador observándonos detrás de la cuarta pared, si no existe realmente, poco aliento  ofrecería. Más aún, cuando nos dejamos la vida en algo, más nos vale que aquello en lo que creemos sea real. Honestamente no vale la pena dar la vida por que Galadriel premie nuestros esfuerzos.  Sinceramente consuela poco pensar que Aragorn, hijo de Arathorn, suba al escenario para pelear a favor nuestro. O existe realmente un Espectador tras la cuarta pared, o el efecto medicinal de pensar en él sería un engaño.

Pues bien, Mark St. Germain escribió una obra de teatro titulada Freud's Last Session, donde recrea una conversación imaginaria entre C.S. Lewis –creyente- y Sigmund Freud –ateo- sobre Dios, su existencia, su presencia,  la cuarta pared que nos separa de Él. Hacia el final, los dos reconocen que no resolverán el misterio, y que al mismo tiempo, no intentar vislumbrar al Espectador, es disparatado. Freud se despide contando la historia de un ateo que al saberse cercano a la muerte, manda llamar a un Pastor para hablar de Dios. El ateo muere sin cambiar de idea, el Pastor sale de la casa con la seguridad de haber convertido a su interlocutor. Freud no duda que el ateo murió sin creer en Dios, pero admite que no puede garantizar lo ocurrido en la conciencia de un hombre que cruza la cuarta pared. No puede descartar la posibilidad de creer en Dios en el momento final. Despide a Lewis, se sienta junto al radio y escucha las últimas palabras del discurso del Rey Jorge (sí, el de la película):
«Pueden haber días oscuros en nuestro futuro y quizá la guerra no pueda limitarse al campo de batalla. Pero solo podemos hacer lo correcto, como veamos lo correcto, y con mucha reverencia encargar nuestra causa a Dios. Si todos y cada uno de nosotros nos mantenemos fieles, listos para cualquier servicio o sacrificio que se nos pida, entonces con la ayuda de Dios prevaleceremos. Que Dios nos bendiga a todos.» (Freud suspira)
Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo. [Como si tratara de percibir si existe o no el Espectador].
No existe un seguro contra todo. Nadie puede controlar que sus gestos de amor sean los acertados, ni asegurar que lo decidido obtendrá el fruto esperado. Nadie tiene asegurado que le saldrá bien el amor, o que sabrá experimentarlo como se debe. Pero tampoco de lo contrario. Nadie puede asomarse al corazón de quien recibe nuestro afecto. Sólo por que quizá fructifique, vale la pena lanzar al semilla.

¿Y qué pasaría si nos sabemos actores ante un Espectador al que no le es indiferente lo que nos ocurre y a nuestros empeños? El cristianismo asegura que después de la muerte de Cristo en la cruz, la verdad de que Dios ama al hombre está demostrada y garantizada. «¿Pero cómo verlo yo, aquí, ahora, cuando parece que mis esfuerzos por el amor no rinden frutos?»... Freud se reclina en el diván y se queda mirando la radio [...] como si tratara de descifrarlo.

Al final del día, lo que sucede detrás de un "Yo no me voy a casar", queda en el misterio de la persona que lo experimenta y en el Espectador que lo contempla. Ese drama siempre será indescifrable para mi que sólo oí la frase dicha al vuelo.


La idea de la cuarta pared, se la oí a Esteban López Escobar en una conferencia sobre la teatralidad de la vida. Él utilizó la obra de teatro de Mark St. Germain.

jueves, 16 de julio de 2015

«Ve y pon un Centinela»: Atticus se pasa al lado obscuro.


¿Qué sentiríamos si descubrimos que el héroe de nuestra infancia es un fraude? ¿Cómo reaccionaríamos si  descubriéramos que Yoda se pasa al lado oscuro de la fuerza o que Gandalf se deja envolver por la maldad del anillo? Algo así sucedió hace dos días con el héroe más popular de la literatura norteamericana del s. XX: Atticus Finch. 

Probablemente conozcan la historia narrada en «Matar a un Ruiseñor». Su protagonista, Atticus, ha sido calificado como el prototipo de padre, como el héroe del siglo XX. En mi caso, es el libro que suelo recomendar a un bachiller que no está seguro de si lo suyo es estudiar derecho; «Matar a un Ruiseñor» presenta los principales problemas de la profesión jurídica, y el tipo de carácter que es preciso construir para convertirse en un buen jurista.

Atticus es un abogado en Alabama. Como abogado honrado, es contratado para defender a un hombre de color acusado injustamente de abusar de una mujer blanca. Con toda la opinión pública en contra, con los dados cargados en su contra, con todo que perder: ¿vale la pena defender lo justo a costa de críticas e incluso del odio y de pasarla mal? Atticus enseña el valor de la empatía, la importancia de la valentía, la lucha por lo justo, con los medios adecuados, como un acto de coherencia de vida. Aunque se meta en problemas.

El libro es de 1960 y su autora, Harper Lee no publicó nada más... Hasta el martes pasado, cuando salió a la venta «Ve y pon un Centinela». Esta segunda novela, fue en realidad escrita primero que «Matar a un Ruiseñor». Cuando el editor leyó el borrador, le sugirió a Lee que desarrollara mejor la historia y el personaje, ambientando los hechos veinte años antes de la protesta original. El borrador se había perdido, hasta que en febrero de este año dieron con él. En «Ve y pon un Centinela», Atticus, el héroe y el padre ideal, se viene al suelo. El defensor de la dignidad de toda persona, se revela como un segregacionista que asistió a una reunión del Ku Kux Klan. El padre ideal, mantiene unos fuertes desacuerdos con su hija.

Todavía no he leído la novela -ya viene en camino- pero las críticas más interesantes que he encontrado ofrecen dos pistas para reconciliar esta decepción. Esta es la primera: los héroes no dejan de ser humanos, y como todos los humanos, tienen nuestras grietas y pasadizos tenebrosos. El nuevo Atticus es un personaje necesita de la  benevolencia que él mismo nos enseñó veinte años antes: «Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista…». Es decir, todos los seres humanos cargamos nuestras fallas, y quizá por eso, las cosas justas que podamos realizar son más cautivadoras. Tal vez sólo por eso, nos inspiran a tomarnos en serio los valores que intentan vivir a pesar de sus desaciertos.

La segunda es esta. Lo que «Ve y pon un Centinela» nos enseña, no es tanto el arco histórico de la vida de Atticus, sino el esfuerzo de una escritora por desarrollar a un personaje. Esta segunda novela se escribió primero. «Ve y pon un Centinela» es hasta cierto punto el primer borrador de «Matar a un Ruiseñor». Por eso, lo importante de esta nueva publicación no es tanto la corrupción de Atticus, sino más bien la maduración de un personaje por parte de la autora. Lo relevante es el proceso creativo de una escritora que se esfuerza por hacer creíble y atractivo a  un personaje.

A partir de estos dos tipos de crítica, se nos presentan otros tantos tipos de preguntas: «¿Qué significa que una persona que admiramos, real o ficticia, no vive conforme a los valores que aprendimos de ella? ¿Aquellos valores, realmente valen la pena seguirlos? ¿Cómo convivir con alguien lleno de luces y sombras?». El segundo tipo de preguntas es este: «Desde el punto de vista de un escritor, ¿cómo se hace madurar un personaje? ¿Cómo se inventa un personaje honorable a partir de otro que causa cierto rechazo? En función del tipo de personaje, cómo enfrenta el mundo que lo rodea y qué podemos aprender de él». 

Por lo pronto aquí está el primer capítulo tal y como lo ofrece «El País»

¡Ah! Feliz cumpleaños a Carmen -se me perdió la cadenita-. Y además hoy es su santo.

jueves, 25 de septiembre de 2014

¿Me bajo del auto por un día? Movilidad y Democracia.


Como sabemos, el 22 de septiembre se celebró el Día Mundial sin Auto. Reconozco que en lo personal sólo de pensar en moverme un día sin automóvil, ver mi agenda y el tiempo disponible, tiré la toalla. Tengo un amigo, el Profesor Carlos López que es promotor de Movilidad Sustentable. A él acudí para resolver mis dudas.  

Me explicaba que la materialidad de utilizar o no el automóvil es sólo una manifestación de lo que se busca. El reto es lograr ciudades para personas que se comprometen como ciudadanos. Pero el diseño de nuestras ciudades -por su tamaño e interconexión pensada para automóviles- dificultan las pequeñas interacciones de las personas que son el punto de partida de cualquier vida democrática. 

Es decir, no se trata de bajarse del automóvil sin más, sino de facilitar los encuentros entre “cercanos”: vecinos, transeúntes, etc. Está probado, me decía, una y otra vez, que las ciudades se humanizan cuando las banquetas son anchas, limpias y transitables por un peatón; cuando el servicio público se opera pensando en transportar personas, no en mover animales o mercancía; cuando se incentiva la movilidad en la que la persona sea la visible -no un automóvil-. ¿Cómo es eso? Me contaba un ejemplo: Uno de los promotores de esta iniciativa grabó lo que sucede cuando uno se mueve en una calle a pie (aquí el video): 

“Van apareciendo macetas hechas con llantas, monedas olvidadas en el piso, gente sonriente, perros guardianes que no asustan a nadie, un borracho atravesado en la banqueta, coches "tuertos", etcétera. […] Creo que el video […] da en la clave. El auto nos ha hecho más individualistas, menos cercanos a nuestra realidad inmediata, más ariscos con nuestros iguales. El coche nos ha quitado la Ciudad y nos ha dejado únicamente nuestra casa y nuestro punto de destino. Sólo fuera del habitáculo del coche podemos encontrarnos con quienes nos cruzamos y con la infinita variedad de formas de concretarse de lo urbano.”

Carlos también me hablaba de:  
«Jane Jacobs, la gran urbanista canadiense que comenzó la rebelión contra las ciudades centradas en el automóvil, decía que los átomos que conforman lo social son los pequeños encuentros con el vecino que pasea a su perro, con el vendedor de flores o el voceador, con la mujer que saca a ventilar la comida recién horneada. La cita no es textual. Por un día nos dimos el privilegio de reconectar con el sentido primero de la Ciudad, el encontrarnos con los demás y explorar los recovecos que nos ofrecen las calles.»
Hace tiempo comenté una sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos sobre la prohibición francesa de usar el burka en público (aquí la sentencia S.A.S v France, y aquí lo que recogió «El País»). La demandante se defendía diciendo que esa forma de vestir –cubriendo su rostro- expresaba sus ideales, su forma de ser, su religión… que esa restricción violaba sus derechos humanos. La Corte encontró que el país no violaba los derechos humanos, sino que imponía una restricción legítima. La prohibición de la burka se justificaba, no por motivos de seguridad, ni por motivos de igualdad de género, sino por que la burka, al cubrir completamente el rostro, impedía lo más básico de una democracia: el encuentro con personas. Algo que comienza con “ver el rostro”.

Algo similar sucede en este caso. Toda democracia requiere un mínimo de confianza y de compromiso de cada uno por sus vecinos y por el entorno que lo rodea. Esa corresponsabilidad se construye a partir de pequeños gestos, algo así como la hojarasca con la que comienza a prenderse una fogata. Caminar mi barrio, andar por mis rumbos, como “persona”, hace que me encuentre con mi vecino y lo salude, con la señora de la tienditas, con el bolero, etc; con mi compañero de oficina, etc. Gracias a esos pequeños encuentros con personas es que podemos comprometernos por lo que sucede en nuestro entorno, ofrecernos a ser solidarios con el resto, etc.

El automóvil no es el problema en sí mismo. El problema es que hemos despersonalizado nuestras ciudades en nombre de una utilidad productiva a cualquier costo. No me lo dijo así, pero creo que este sería su consejo: es mejor que no uses automóvil. Pero si tienes que usarlo, no se te olvide dar el paso a otro auto, respeta al peatón, estaciónate correctamente… y saluda a quien te encuentres después de dejar el automóvil. Anímate a valorar esos micro-encuentros. Ahí se construye la democracia.

NOTA: Sí sucedió la conversación por teléfono. Las citas son del artículo que Carlos (@CarlosLZ) publicó en Mural (aquí el link)



viernes, 18 de julio de 2014

G.K. Chésterton: Jane Austen no escribió novelas rosas.

Ya en varias ocasiones he escrito sobre Jane Austen (en las etiquetas de abajo aparece lo que he publicado de ella en el blog). Algo había que decir en el aniversario de su muerte (18-jul). Tomo ocasión de la Introducción que escribió Chésterton a la primera edición de "«Love and Friendship» y otros escritos Juveniles de Jane Austen" (aquí el libro completo).

En principio, parecería que sus novelas -y las películas y series que se hacen basadas en ellas- habría que colocarlas entre las películas románticas orientadas a adolescentes: el mundo de Jane Austen sería aquel en el que todo prepara la romántica declaración del protagonista y el desmayo de la dama cuando oye esa propuesta. Pero, para quien ha leído las novelas de Austen, esta preconcepción parecería cómica. Elizabeth Bennet, la heroína de «Orgullo y Prejuicio», recibe tres propuestas de matrimonio y en ninguna de esas ocasiones, se desmaya o grita de la emoción mientras aplaude, brinca y grita como chiquilla que ha visto a su artista favorito.

Jane Austen en escultura de cera (visto aquí)
Jane Austen comenzó a escribir historias para el entretenimiento familiar y la diversión casera, y si representó novelas rosas o personajes acaramelados fue para ironizar con su inconsistencia y poca seriedad. Si sus personajes ficticios se desmayan de la emoción es precisamente para mostrar lúdicamente a las personas reales, por qué motivos no vale la pena desmayarse; o qué pasa cuando los sentimientos no se armonizan con la razón, la empatía y el carácter. 

Sus personajes, en general, se mueven en un ambiente donde los antagonistas son una máscara: parecen agudos en el juicio, con emociones adecuadas, con empatía por el resto de personas y felices. Pero son sólo eso: una máscara. En Jane Austen, la virtud es una habilidad para razonar, que permite emociones intensas pero ajustadas, que capacita para entablar relaciones sociales valiosas y construir una vida familiar feliz. Esa madurez humana hace que sus personajes no se «desmayen». 

En las novelas de madurez, Jane Austen pasa de largo el gran momento de la declaración. Dice muy poco cuando cuando sus héroes y heroínas se comprometen. No existe un relato detallado de las declaraciones de amor que sí funcionan, –algo que sólo sucede en Persuasión pero escrito en una carta-, de modo que las adaptaciones al cine han tenido que inventar «el» momento. Por ejemplo, en «Orgullo y Prejuicio», cuando Mr. William Collins y Fitzwilliam Darcy declaran infructuosamente su amor a Elizabeth –de forma cómica el primero y presuntuosa el segundo- Austen es rica en detalles y palabras. Pero en la declaración que sí vale, el segundo intento de Darcy, la escritora inglesa hace decir al galán: «Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más» A lo que Elizabeth responde con... bueno, Austen sólo dice que ella, 
«le dio a entender que sus sentimientos habían experimentado un cambio tan absoluto desde la época a la que él se refería, que ahora recibía con placer y gratitud sus proposiciones. La dicha que esta contestación proporcionó a Darcy fue la mayor de su existencia, y se expresó con todo el calor y la ternura que pueden suponerse en un hombre locamente enamorado.» 
¡¿Tantos problemas para un simple «le dio a entender que...» y un «la dicha de Darcy fue la mayor de su existencia»?! Chésterton piensa que en esa parquedad se encuentra la originalidad de Austen: esa rara habilidad para captar el corazón de lo humano sin dejarse atrapar por la exuberancia o lo extravagante de una historia romántica. Si hubiera querido, hubiera sido capaz de acaramelar sus relatos. Escribe Chesterton:
«Si parece raro calificarla como elemental, parecería igual de extraño llamarla exuberante. Estas páginas [sus obras juveniles] revelan su secreto; y es que Austen era naturalmente exuberante. Su fuerza proviene, al igual que en el origen de cualquier otra fuerza, del control y dirección de esa exuberancia. Encontramos en sus obras una presencia y un empuje de vitalidad detrás de las miles trivialidades; podría en efecto haber sido exuberante si hubiera querido (...) Jane Austen es el reverso mismo de una solterona almidonada y famélica. Podría haber sido un bufón (...) si hubiera querido. Y esto es lo que le da una fuerza infalible a su ironía. Tras la fachada desapasionada de esta artista también está la pasión; pero su pasión, tan original, era una especie de alegre burla y de espíritu combativo contra todo lo que ella consideraba mórbido, laxo y venenosamente estúpido.»
La genialidad de Jane Austen la constituye su parquedad, un escueto realismo con el que describe -o mejor dicho, no describe- las emociones que valen de verdad: por que son razonables, por que son auténticas y por que definen a los personajes, ellas han de aparecer sin cebarse en su propio éxito. Esa precaria descripción de emociones las rescata de lo superficial e insulso y prepara las más agudas ironías contra las emociones de chiquilla inmadura. La expresión grotesca y fogosa de los sentimientos es para Jane Austen, un recurso irónico con el que describe precisamente cómo no han de ser esas emociones: anárquicas, irrazonables, insolidarias, efímeras, ruidosas. Por ejemplo, Marianne Dashwood, Lydia Bennet y el conjunto de sus obras juveniles. 

Las heroínas de Austen de alguna manera reflejaban su propia forma de ser. Así aparece descrita en una carta en la que Cassandra, su hermana, describió el temperamento de Jane a los pocos días de su muerte:
«He perdido un tesoro, una hermana como ella, una amiga que jamás podrá ser igualada. Era la luz de mi vida, volvía preciosa hasta la más insignificante alegría, aliviaba cualquier pena, jamás le he ocultado ni uno solo de mis pensamientos, y me siento como si hubiera perdido una parte de mí misma. (Cassandra Austen a Fanny Knight, 20-Jul-1817)»
En el blog:
1. ¿Qué es «virtud»? MacIntyre sobre Jane Austen (aquí)
2. La competencia de los niños. Una escena de «Sense and Sensibility» (aquí)
3. Emma y George para celebrar a Yuyis (aquí)
4. La alegre corresponsabilidad por humanizarnos: Jane Austen (aquí)
5. «Toma y Lee»: la conversión de Elizabeth en «Orgullo y Prejuicio» (y de S.Agustín) (aquí)
6. C.S. Lewis, una nota sobre Jane Austen (aquí)

Por último, la Introducción escrita por Chésterton (vista aquí).
In a recent newspaper controversy about the conventional silliness and sameness of all the human generations previous to our own, somebody said that in the world of Jane Austen a lady was expected to faint when she received a proposal. To those who happen to have read any of the works of Jane Austen, the connection of ideas will appear slightly comic.  Elizabeth Bennett, for instance, received two proposals from two very confident
and even masterful admirers; and she certainly did not faint. It would be nearer the truth to say that they did.

But in any case it may be amusing to those who are thus amused, and perhaps even instructive to those who thus need to be instructed, to know that the earliest work of Jane Austen, here published for the first time, might be called a satire on the fable of the fainting lady. "Beware of fainting fits ... though at times they may be refreshing and agreeable yet believe me they will in the end, if too often repeated and at improper seasons, prove destructive to your Constitution." Such were the words of the expiring Sophia to the afflicted Laura; and there are modern critics capable of adducing THEM as a proof that all society was in a swoon in the first decade of the nineteenth century. But in truth it is the whole point of this little skit that the swoon of sensibility is not satirized because it was a fact, even in the sense of a fashion, but satirized solely because it was fiction.  Laura and Sophia are made ludicrously unlike life by being made to faint as real ladies do not faint. Those ingenious moderns, who say that the real ladies did faint, are actually being taken in by Laura and Sophia, and believing them against Jane Austen.  They are believing, not the people of the period but the most nonsensical novels of the period, which even the people of the period who read them did not believe. They have swallowed all the solemnities of the Mysteries of Udolpho, and never even seen the joke of Northanger Abbey.

For if these JUVENILIA of Jane Austen anticipate especially any of her after works, they certainly anticipate the satiric side of Northanger Abbey.  Of their considerable significance on that side something may be said presently; but it will be well to preface it by a word about the works themselves as items of literary history. Everyone knows that the novelist left an unfinished fragment, since published under the name of "The Watsons," and a finished story called "Lady Susan," in letters, which she had herself apparently decided not to publish.  These preferences are all prejudices, in the sense of matters of unmanageable taste; but I confess I think it a strange historical accident that things so comparatively dull as "Lady Susan" should have been printed already, while things so comparatively lively as "Love and Freindship" should never have been printed until now. It is at least a curiosity of literature that such curiosities of literature should have been almost accidentally concealed. Doubtless it was very rightly felt that we may go much too far in the way of emptying the wastepaper basket of a genius on the head of the public; and that there is a sense in which the wastepaper basket is as sacred as the grave.  But without arrogating to myself any more right in the matter than anybody has to his own taste, I hope I may be allowed to say that I for one would have willingly left "Lady Susan" in the wastepaper basket, if I could have pieced together "Love and Freindship" for a private scrap-book; a thing to laugh over again and again as one laughs over the great burlesques of Peacock or Max Beerbohm.

Jane Austen left everything she possessed to her sister Cassandra, including these and other manuscripts; and the second volume of them, containing these, was left by Cassandra to her brother, Admiral Sir Francis Austen.  He gave it to his daughter Fanny, who left it in turn to her brother Edward, who was the Rector of Barfrestone in Kent, and the father of Mrs. Sanders, to whose wise decision we owe the publication of these first fancies of her great-aunt; whom it might be misleading here to call her great great-aunt. Everyone will judge for himself; but I myself think she added something intrinsically important to literature and to literary history; and that there are cartloads of printed matter, regularly recognized and printed with the works of all great authors, which are far less characteristic and far less significant than these few nursery jests.

For "Love and Freindship," with some similar passages in the accompanying fragments, is really a rattling burlesque; something much better than what the ladies of the time called an agreeable rattle. It is one of those things that can be the more readily read with enjoyment through being written with enjoyment; in other words, it is all the better for being juvenile in the sense of being joyful. She is said; to have written these things at the age of seventeen, evidently in much the same spirit in which people conduct a family magazine; for the medallions included in the manuscript were the work of her sister Cassandra.  The whole thing is full of the sort of high spirits that are always higher in private than in public; as people laugh louder in the house than in the street. Many of her admirers would not expect, perhaps many of her admirers would not admire, the sort of fun to be found in the letter of the young lady "whose feelings were too strong for her judgment," and who remarks incidentally "I murdered my father at a very early period of my life, I have since murdered my mother, and I am now going to murder my sister." Personally I think it admirable; not the conduct, but the confession. But there is much more than hilarity in the humor, even at this stage of its growth.  There is almost everywhere a certain neatness in the nonsense.  There is not a little of the true Austen irony. "The noble Youth informed us that his name was Lindsay... for particular reasons, however, I shall conceal it under that of Talbot." Did anyone really desire that to disappear into the waste-paper basket? "She was nothing more than a mere good-tempered, civil and obliging young woman; as such we could scarcely dislike her...she was only an object of contempt."  Is not that something like the first faint line in the figure of Fanny Price?  When a loud knocking is heard on the door of the Rustic Cot by the Uske, the heroine's father enquires the nature of the noise, and by cautious steps of inference they are enabled to define it as somebody outside striking the door.

"'Yes (exclaimed I) I cannot help thinking it must be somebody who knocks for admittance.'"

"That is another point, (replied he) we must not pretend to determine on what motive the person may knock...tho'that some one DOES rap at the door I am partly convinced." In the aggravating leisure and lucidity of that reply, is there not the foreshadowing of another and more famous father; and do we not hear for a moment, in the rustic cottage by the Uske, the unmistakable voice of Mr. Bennett?

But there is a larger and critical reason for taking pleasure in the gaiety of these various travesties and trifles. Mr. Austen Leigh seems to have thought them not sufficiently serious for the reputation of his great relative; but greatness is not made up of serious things, in the sense of solemn things. The reason here, however, is as serious as even he or anyone else could desire; for it concerns the fundamental quality of one of the finest talents in letters.

A very real psychological interest, almost amounting to a psychological mystery, attaches to any early work of Jane Austen. And for that one reason, among others, which has hardly been sufficiently emphasized.  Great as she was, nobody was likely to maintain that she was a poet.  But she was a marked example of what is said of the poet; she was born, not made. As compared with her, indeed, some of the poets really were made. Many men who had the air of setting the world on fire have left at least a reasonable discussion about what set them on fire. Men like Coleridge or Carlyle had certainly kindled their first torches from the flambeaux of equally fantastic German mystics or Platonic speculators; they had gone through furnaces of culture where even less creative people might have been inflamed to creation.  Jane Austen was not inflamed or inspired or even moved to be a genius; she simply was a genius.  Her fire, what there was of it, began with herself; like the fire of the first man who rubbed two dry sticks together. Some would say that they were very dry sticks which she rubbed together. It is certain that she by her own artistic talent made interesting what thousands of superficially similar people would have made dull. There was nothing in her circumstances, or even in her materials, that seems obviously meant for the making of such an artist. It might seem a very wild use of the wrong word to say that Jane Austen was elemental.  It might even seem even a little wanton to insist that she was original.  Yet this objection would come from the critic not really considering what is meant by an element or an origin. Perhaps it might be as well expressed in what is really meant by an individual.  Her ability is an absolute; it cannot be analyzed into influences.  She had been compared to Shakespeare; and in this sense she really does recall the joke about the man who said he could write like Shakespeare if he had the mind. In this case we seem to see a thousand spinsters sitting at a thousand tea-tables; and they could all have written "Emma" if they had had the mind.

There is therefore, in considering even her crudest early experiments, the interest of looking at a mind and not at a mirror. She may not be conscious of being herself; but she is not, like so many more cultivated imitators, conscious of being somebody else. The force, at its first and feeblest, is coming from within and not merely from without.  This interest, which belongs to her as an individual with a superior instinct for the intelligent criticism of life, is the first of the reasons that justify a study of her juvenile works; it is an interest in the psychology of the artistic vocation. I will not say of the artistic temperament; for nobody ever had less of the tiresome thing commonly so described than Jane Austen. But while this alone would be a reason for finding out how her work began, it becomes yet more relevant when we have found out how it did begin. This is something more than the discovery of a document; it is the discovery of an inspiration.  And that inspiration was the inspiration of Gargantua and of Pickwick; it was the gigantic inspiration of laughter.

If it seemed odd to call her elemental, it may seem equally odd to call her exuberant.  These pages betray her secret; which is that she was naturally exuberant.  And her power came, as all power comes, from the control and direction of exuberance. But there is the presence and pressure of that vitality behind her thousand trivialities; she could have been extravagant if she liked. She was the very reverse of a starched or a starved spinster; she could have been a buffoon like the Wife of Bath if she chose. This is what gives an infallible force to her irony. This is what gives a stunning weight to her understatements. At the back of this artist also, counted as passionless, there was passion; but her original passion was a sort of joyous scorn and a fighting spirit against all that she regarded as morbid and lax and poisonously silly.  The weapons she forged were so finely finished that we might never have known this, but for these glimpses of the crude furnace from which they came. Finally there are two additional facts involved which I will leave the modern critics and correspondents in newspapers to ponder and explain at their leisure.  One is that this realist, in rebuking the romantics, is very much concerned with rebuking them for the very thing for which revolutionary sentiment has so much admired them; as for their glorification of ingratitude to parents and their easy assumption that the old are always wrong.  "No!" says the noble Youth in "Love and Freindship," "never shall it be said that I obliged my father!"  And the other is that there is not a shadow of indication anywhere that this independent intellect and laughing spirit was other than contented with a narrow domestic routine, in which she wrote a story as domestic as a diary in the intervals of pies and puddings, without so much as looking out of the window to notice the French Revolution.

domingo, 13 de julio de 2014

Tres signos que le deseo a quien trabaje por los Derechos Humanos.

¿Cuáles serían las tres cualidades, tres signos o actitudes distintivas, que le deseo a toda persona dedicada a la «advocacy» por los derechos humanos?

1. Valentía para reconocer y anunciar la dignidad de toda persona.  Esa audacia no es la del futbolista que cree más en el peso histórico del uniforme que en su valía, o la de quien se pone de pie sobre una superioridad moral. Al contrario, es la audacia del humilde que se sabe parte de una larga tradición de pensamiento-acción, de reflexión-cultura, sobre el verdadero valor de la persona. Un defensor de derechos humanos ha de saber que forma parte de una herencia probada de quienes saben reconocer la dignidad en juego, y de quienes están dispuestos a señalar todo aquello que impida hacer realidad lo que define a una persona y su dignidad: su «ser-ella-para-entablar-una-relación». No estás sola. Y eso ayuda a ser valientes. Lo escribió Chésterton en «Ortodoxia»:
“Si es cierto que la belleza de la vida vale la de un cuento de hadas, recordemos que la de éstos estriba en que el príncipe experimenta un asombro que nunca se convierte en miedo. Si siente miedo del gigante, se acabó el príncipe. Pero si tampoco se asombra, se acabó el cuento. Todo el secreto está en ser lo bastante humilde para asombrarse y lo bastante altivo para combatir. (Chésterton, Ortodoxia)
2. Le deseo también una señal, un distintivo, una marca. Que a esa lucha por la dignidad la acompañe un distintivo: alegría y solidaridad. El verdadero signo de la presencia de «personas» es la alegría del encuentro y la solidaridad como respuesta a ese diálogo. Nada mueve más a una justicia solidaria que saberse querido y amados. La alegría y la solidaridad son los mejores «desenmascaradores» de propuesta limitadas de la dignidad de la persona. Por eso, un defensor de derechos humanos no ha de ser principalmente ni profeta de calamidades, ni desmontador de conspiraciones. Ha de tomar en cuenta que las personas «a las que defiende» y los humanos con los que trabaja, no aman un concepto, ni a una compañía, ni a unos valores: aman y se comprometen por aquello que causa alegría y alimenta la solidaridad. 

3. Paciencia. No te canses. Mejor dicho, no te rindas. Ya lo decía Vince Lombardi, tomado de Pablo, si vas a jugar, juega para ganar. Y haz lo que se necesite para lograrlo. Hazlo con clase. «Run to win».



"I firmly believe that any man's finest hour, the greatest fulfillment of all that he holds dear, is that moment when he has worked his heart out in a good cause and lies exhausted on the field of battle - victorious."
Como esta entrada va dedicada a la «Advocacy mayor», que hoy es su cumpleaños, he de decir algo adicional respecto a no tirar la toalla. No vale la pena cansarse por dos motivos. Primero, por que estamos condenados al éxito (no por méritos propios, pero lo estamos). Y segundo, por que pensamos y trabajamos a partir del mapa (la idea es de Chésterton, aparece aquí). ¡Sí! Perteneces a una tradición de comprender la Dignidad que lleva más de dos mil años pensando y repensando, dibujando y re-dibujando, una y otra vez, la experiencia de la humanidad y de lo que la hace florecer. Esa tradición, esa memoria de experiencia humana, es la que dibuja el mapa  del laberinto de la existencia humana. Ahí se muestran tanto los callejones sin salida, los atajos a ninguna parte, los caminos al barranco; y al mismo tiempo, los lugares de recreo, los lagos de buena pesca, los parajes con las mejores vistas... los caminos por construir. Digamos que ya tienes más de dos mil años de experiencia.


domingo, 20 de abril de 2014

A una carta

¿Y si no es real? ¿Y si estás muy joven? ¿Y si no tienes experiencia de la vida? ¿Y si algunos lo dejan? ¿Y si están locos? ¡«Y si» qué! ...  I took the one less traveled by, // And that has made all the difference.



The road not taken
(Robert Frost)

Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;

Then took the other, as just as fair
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,

And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back.

I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I —
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.



domingo, 30 de marzo de 2014

Esta foto, ¿qué tiene que ver conmigo?

Es difícil no emocionarse. Dos periodistas españoles fueron liberados en Siria (aquí) tras 194 días de secuestro. Una foto de Javier Espinosa nos muestra el reencuentro con su hijo. Ana Pastor (@_anapastor_), periodista de CNN, lo describe así en tuiter: «Fotón de @javierespinosa2. La felicidad se llama esto» 

Javier Espinosa se reencuentra con su hijo (Foto de Carlos García Pozo, «El Mundo»)
Sólo es posible emocionarse si en nuestra propia vida hemos experimentado la ausencia y el reencuentro. Sólo así podemos comprender, de alguna manera, lo que ese momento significa. Sólo así ese abrazo también nos interpela. 

Pero hay algo más. Hace unas semanas en la Universidad de Navarra se presentaron una serie de conferencias TEDx. Lupe de la Vallina (@Lupe_) habló del asombro como materia prima para la propia vida: «El asombro me hace preguntarme a mí misma: ¿qué tiene que ver conmigo este atardecer que me maravilla? [...] Si algo me asombra es por que me está llamando a mí. [...] Si algo me asombra es por que me está esperando a mí. [...] Lo bueno del asombro, lo que lo hace fiable, es que no lo podéis inventar vosotros. Ante una duda, podéis escuchar las razones de uno, podéis escuchar las razones de otro y podéis auto-convenceros... pero si algo os asombra, estad seguro de que no nos lo babemos inventado, por que nadie puede auto-asombrarse. Es algo que no termina nunca. Y es algo que os va a hacer crecer siempre»


La foto de Javier también nos cuestiona: ¿Y qué tiene que ver conmigo? ¿Por qué me asombra? El abrazo de un padre con su hijo nos emociona porque hemos experimentado la ausencia y el volvernos a encontrar. Pero también nos conmueve porque llama. Nos emplaza a revivir una experiencia así: «¡También es para mí!». El tipo de bienes que contemplamos en la foto reclaman nuestra atención: el reencuentro, un abrazo, o en un ejemplo que usa Lupe, la grandeza armónica de un atardecer. Es una llamada a contemplar y al mismo tiempo a conquistar, a realizar el bien que ahí se muestra para hacerlo nuestro. Porque también es para mí, nos moviliza. Por que no lo puedo controlar, sólo lo puedo aceptar como regalo

Por eso esa foto tiene que ver conmigo.

Estos días de vacaciones, es una buena oportunidad para quitarle el polvo al ojo con el que nos asombramos. ¿Y cómo se hace eso? Durmiendo bien, reírnos con otros, dejándonos convencer por aquello que nos asombra, y cuidando las cosas pequeñas que tengo en mis manos.

domingo, 19 de enero de 2014

¡Cony, es como en «Gravity» y «Aningaaq»!

Cony ha dejado un comentario a mi entrada anterior (aquí). Es de Guadalajara y vive en Portland: "Ahora que vivo lejos de mi país, mi ciudad y mi familia, jugando a ser grande [...]". 

¡Cony, lo que vives es como «Gravity»!

Mayday y Aningaaq 
Dice Alfonso Cuarón y Sandra Bullock que su película es una historia sobre la adversidad y aquello que nos empuja a intentar sobreponernos cuando no queda nada por qué hacerlo. El espacio es el lugar donde sucede esa adversidad; y la tierra, de dónde venimos y lo que nos salva, el origen y la tierra prometida. La inmensidad es evidente y la desproporción abrumadora: tanto el espacio como la tierra son excesivamente grandes y nosotros angustiosamente pequeños.

"«Gravity» Behind-the-Scenes", The Wrap

Jonás Cuarón ha dirigido este cortometraje que entrelaza la historia de Aningaaq y Ryan Stone (de «Gravity»). Aningaaq, en la tierra, también padece una pequeña tragedia. Parece que es en el cielo donde resolverá sus inevitables tragedias. Al final, lo que salva a la Dra. Stone es una oración en forma de llanto, y a Aningaaq, la compañía que le ofrece su nueva amiga Mayday. 

¡Cony, lo que vives es como «Aningaaq»!

El tamaño de la tierra y del cielo se supera con la empatía entre dos personas.  Parece que el secreto de la resiliencia -de la terquedad para intentarlo una y otra vez- se esconde, no en la cápsula que me tiene atrapado o en el problema del que no me puedo escapar, sino en la compañía y empatía que logramos con otros. En el conocernos, en el ser vistos por otros. 

En saber que nunca estamos solos. 


«Aningaaq», por Jonás Cuarón
En el blog hay una entrada sobre Edith Stein y la empatía (aquí)

PS. Cony, no te canses de hacer amigos