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lunes, 17 de julio de 2017

La consulta y unas lágrimas


Ayer se celebró una consulta ciudadana en Venezuela. Los organizadores pretendían conocer cuántos venezolanos se oponen a la convocatoria que ha lanzado el Nicolás Maduro sobre una nueva Constitución. Como se sabe, acudieron a votar poco más de 7 millones de personas; de las cuales, 6.3 millones rechazaron la convocatoria de Maduro. Para darnos una idea de lo que esto significa, la votación de ayer supera casi en un 2.2 millones votantes la convocatoria a constituyente que lanzó Chávez en 1999, y acumula más 1.5 millones más de personas respecto a las que aprobaron la Constitución vigente en ese país.

Tuve la oportunidad de acudir como observador a los dos centros de votación que se instalaron en Guadalajara. ¿Y qué vi? A personas de toda edad y profesión. Unos llegaron solos, la mayoría  con sus familias.  Casi todos con playeras de la vinotinto, de equipos de beisbol de la liga local,  gorras o banderas. Algunos venían de la zona metropolitana, otros de Chapala, Aguascualientes, Colima y Michoacán. Venezolanos deseosos de que su voz fuera escuchada, personas ilusionadas por un mejor país. Por la noche busqué información oficial del gobierno venezolano para contrastar los datos de lo que había visto. Encontré que la autoridad electoral había convocado para este mismo día, un llamado «simulacro electoral», con la intención de probar el mecanismo de elección de los constituyentes que pretende obtener en una elección a fin de mes. Sinceramente no esperaba que Maduro reconociera lo que sucedía en la calle, pero el contraste entre lo que vi en las casillas y lo que encontré de «simulacro electoral» convocado por el régimen me pareció de risa. 

Recordé aquella experiencia que relata Vaclav Havel en su ensayo «El poder de los sin poder». El dramaturgo checo cuenta la historia de un vendedor de verduras en el mercado. El régimen le había ordenado a todos como él, colocar una pancarta que decía: «¡Proletarios del mundo, únanse!». ¿Por qué alguien colocaría un letrero así? Sólo caben dos opciones: porque está convencido de lo que ahí se dice; o porque, aunque no lo está, prefiere mentir. Quizá prefiera evitarse problemas con el sindicato, con el régimen, o con los vecinos que no están dispuestos convivir con alguien cuya presencia les molesta. El letrero está ahí para ahorrarse incomodidades: es la paz del cementerio y la tranquilidad de la mentira. La principal herramienta de una dictadura, concluye Havel, no es la cárcel o la horca: es la expropiación de la conciencia y la normalización de una vida falsa. Algo así como reducir el ejercicio de ayer a un «simulacro». Pero si el vendedor no pensara como el letrero afirma, y por eso dice no lo pone, sin duda se metería en problemas, pero en cambio, vivirá auténticamente desde la verdad de sí mismo. Sus días podrán reflejar la sincera búsqueda de lo que vale la pena, la auténtica capacidad de cumplir con las obligaciones de justicia, y la genuina solidaridad con la que se vivifican las relaciones con los demás. Vivir así, se nota. 

Ayer vi a una abuela depositar su voto y romper en llanto. Dicen que en una viñeta de Mafalda, la niña concluye: «No lloro, simplemente estoy lavando recuerdos». No soy profeta ni pretendo adivinar las penas que aquella abuela cargaba en su interior; pero me dio la impresión que aquellas lágrimas representaban un honesto deseo de una patria más justa y reflejaban el empuje del que nacerá una nueva Venezuela. 

Yo estuve ahí. Yo lo vi.

jueves, 21 de enero de 2016

La foto, el caso «Lautsi» y los símbolos religiosos en espacio público


Un equipo de fútbol, las Chivas, se tomaron su fotografía oficial de este torneo en la Basílica de Guadalupe. Aunque se distingue más al dueño del equipo que la Guadalupana, la fotografía ha generado cierta polémica sobre el reglamento de la FIFA y de la Federación sobre neutralidad religiosa de sus asociados. En efecto el Artículo 7 del Código de Ética de la Federación Mexicana de Futbol, enfatiza que por respeto a todo mundo, se "deberá mantener una posición neutral ante asuntos de carácter religioso y político".

A mi me parece bien eso de la neutralidad. Pero en los detalles está el diablo, dicen las abuelas. ¿Qué vamos a hacer cuando venga a jugar a nuestro país la selección de Inglaterra? Según el protocolo, debemos escuchar su himno nacional, que como se sabe, es una oración: "¡Dios salve a la Reina!. Además, en su bandera se dibuja una cruz de San Jorge. Estamos ante un símbolo cristiano al que se le se refiere un personaje religioso. Algo similar nos pasaría con Italia, cuyo himno se refiere a Dios como origen y providencia de ese país. Si la neutralidad de la Femexfut se refiere a ausencia de referencias religiosas, entonces habría que olvidarse de invitar a la selección inglesa, italiana o a cualquier otra que se refiera a Dios o contenga símbolos religiosos en sus escudos y banderas.



No vayamos tan lejos, nuestra bandera tiene en su escudo un símbolo religioso: el águila devorando una serpiente es el mensaje y el signo de una intervención de los dioses en favor de nuestros antepasados, los aztecas. Nuestro himno también habla de ángeles, de Dios y de su providencia en nuestro favor. Neutralidad religiosa entendida como ausencia de todo símbolo religioso implicaría quedarnos sin bandera y no cantar el himno mexicano en ningún evento organizado por la FIFA o la Femexfut.

Un problema análogo ya se ha debatido en la Corte Europea de Derechos Humanos. Sólo por elegir uno entre muchos, en el asunto  Lautsi vs Italia, se decidió que la presencia de crucifijos en las aulas de las escuelas públicas italianas no violaba la libertad de creencias de los niños que no cristianos. ¿Por qué? Por una parte, aunque el símbolo tenía su origen religioso, la historia italiana y los valores incorporados al crucifijo eran también símbolo de la cultura e historia de ese país. Por otro lado, junto a ese símbolo pasivo, los padres de familia no se veían impedidos para formar a sus hijos en las creencias de sus preferencias, ni tampoco se veían obligados a profesar una fe determinada. El crucifijo en el aula, aunque de origen religioso, significaba más bien un símbolo de la comunidad a la que pertenecían. 

El tribunal europeo reconocía que la laicidad de un estado no implica necesariamente la ausencia de todo símbolo o referencia religiosa. Porque si así fuera, no decir nada sobre Dios, comportarse como si no existiera o como si no importara en la vida cotidiana, es ya una afirmación ético-religiosa, –el ateísmo o el agnosticismo-,ya se toma postura respecto una creencia particular. Por eso, en Europa, nos encontramos con dos modelos de comprender el estado laico respecto a sus símbolos culturales. Por una parte, el modelo francés en el que laicidad significa la ausencia absoluta de símbolos de origen religioso en la esfera pública. Y al mismo tiempo, del otro lado del canal de la mancha, en Inglaterra, la laicidad se manifiesta en el reconocimiento de símbolos nacionales cuyo origen es una expresión de fe. Ambos respetan tanto la laicidad de los Estados, como su origen cultural.

¿Cómo van a entender la Femexfut el significado de neutralidad religiosa? No los sé. Si deciden por la carencia absoluta de símbolos religiosos, tendrían entonces que vetar la fotografía de Chivas, de olvidarse de la bandera y el himno inglés, y prohibir la bandera y del himno mexicano. Otra opción es seguir el modelo señalado en el caso Lautsi: como la neutralidad absoluta en materia religiosa es imposible, las manifestaciones culturales han de salvaguardar la dignidad de la persona y no imponer sobre ellas el peso desproporcionado del proselitismo activo. Necesariamente, ante el uso de cualquier símbolo habrá quien se sienta molesto, pues la neutralidad absoluta es imposible. O por último, la Femexfut podría colocar el fútbol donde merece estar y esperar a ver si realmente la Virgen de Guadalupe les hace su milagrito, dejarse de tonterías e invitar a los ingleses a jugar en nuestro país. 

Aquí se puede ver el argumento original explicado por el Profesor Joseph Weiler, en su deposición ante la Gran Sala en el caso Lautsi:







jueves, 14 de enero de 2016

La cárcel del Altiplano, la cárcel de Atenas


Pescaron al Chapo.  Y el papel que jugó Sean Penn y Kate del Castillo hicieron el suceso mucho más surrealista de lo que ya era. He leído mucho del valor periodístico -o no- del trabajo del actor norteamericano, pero eso se lo dejo a los que saben de ese tema.

Aunque no esperaba que fuera de otra manera, me ha llamado la atención que la cárcel del Altiplano no le ha servido al Chapo -así lo parece-, para revisar su vida, las consecuencias de sus acciones y el significado de su acción. Las respuestas a la entrevista publicada en Rollingstone son para pasmarse: ¿Por qué se dedica a esto? Respuesta: Por que nací pobre y donde vivo no hay de otra. ¿No le parece malo lo que hace? Respuesta: De cualquier modo la gente se droga o la gente se muere. ¿Y la violencia? Respuesta: Yo sólo me defiendo. 

Contestaciones así, evidencian una falta seria de autocrítica. Parece como si el mundo del narco y la droga fuera como el agua: incolora, inodora e insípida. «Hago esto por que no tuve de otra. De todos modos la gente se muere. De cualquier modo la gente se droga. Al final del día, soy inocente. El mundo es injusto, los demás lo son; si soy violento es porque soy resultado de la corriente de la vida». Algo similar encontramos en Adolf Eichmann -un criminal nazi- en su juicio en Jerusalén: del que ya hemos hablado. En su opinión, él solo seguía ordenes, él imitaba al resto, de cualquier modo alguien haría su trabajo. Quizá por eso, sus crímenes debían ser absueltos. Se parecen, en un contexto no tan dramático, a los pretextos del Canelo contra Mayweather: "no me pegó fuerte, nada más me punteó".

Hace cerca de 2400 años, en otra cárcel, un famosísimo prisionero era sometido a juicio. «¿Por qué corrompes a la juventud? ¿Por qué atentas contra nuestras tradiciones?» Su respuesta, en parte, es esta: Una vida que no se examina, una persona que no revisa, piensa, sopesa y con sinceridad reta sus propias acciones, no es una vida que merezca la pena vivirse. Sólo aquellos comprometidos en el esfuerzo por pensar su vida con claridad, serán capaces de reconocer y remover aquellos obstáculos y la fuente de contradicciones e incoherencias en la propia vida. Sólo por eso vale la pena vivir una existencia que se revisa. Sí, diría Sócrates el prisionero, soy culpable de enseñar a los jóvenes a examinar su vida para aportar personas equilibradas y justas a la polis griega.

Sócrates, será siempre para la cultura occidental un recordatorio del peligro que existe para una sociedad, cuando cada alguien falla gravemente en su misión de vivir una vida autoexaminada o autoreflexionada. La polis griega, pensaba Sócrates, está en peligro cuando no promueve una continua reflexión sobre lo que es justo en general y si cada ciudadano en lo particular no se compromete a un tipo de vida así. 

La democracia mexicana, desafortunadamente, tiene en las respuestas del Chapo, un patético ejemplo, entre otras cosas, de una vida no examinada. 

jueves, 31 de diciembre de 2015

Nueve vitaminas para el fin de año

Campo de Trigo con Cipreses, (Vincent Van Gogh, 1889)

Hace una semana, me llamaba la atención la actividad de los críticos de la navidad y de sus redentores: si los cristianos habían copiado una fiesta romana, o si su significado debía ser rescatado de la lógica comercial, etc. Una crítica similar podríamos hacer de la fiesta de fin de año. Es absurdo embrutecerse con alcohol  para celebrar el fenómeno físico de haberle dado una vuelta al sol, que se empata con una determinación cultural del inicio de una nueva rotación. Tolstoi decía que renunciar a la conciencia sofocándola con bebidas, ahoga cualquier posibilidad que la conciencia se dé cuenta de la discordia que existe entre la propia forma de vida y las exigencias que mi conciencia me propone como mi bien.

Si no vale la pena celebrar celebrar un nuevo giro, sólo por que sí, sin duda que no lo es la capacidad humana de levantar la cabeza y darle sentido al tiempo, de llenar de significado la propia vida. Hay un famoso blog de una búlgara que vive en Nueva York que se llama en español, algo así como revoltijos cerebrales (Brain Pickings, aquí). Ahí condensa nueve lecciones que ha aprendido de escribir un blog que recibe al mes más de un millón de visitantes. (Sólo por matemáticas, en mi caso, al mes recibo a lo mucho 200).

Son nueve consejos para alguien que escribe y mantiene un blog de temas culturales. Quizá pueda servir como comentario de fin de año. Nueve condensados mentales que ayudan a refrescar el sentido de la propia vida:

1. Permitirse el incómodo lujo de cambiar de opinión. Es decir, no creernos lo primero que se nos ocurre, esforzarnos por encontrar los motivos que justifican nuestras opiniones y por su puesto, cambiar de opinión.  

2. No hacer nada sólamente por prestigio, estatus o dinero. El prestigio es como las galletas oreo. Podemos desearlas, pero una vez que las hacemos nuestras, nos la tragamos y desaparecen. Lo mismo con el prestigio y el estatus. Una vez conseguido, corremos el riesgo de olvidar el trabajo, las personas y los procesos que implicó aquello. Buscar el prestigio o el estatus es la mejor manera de olvidar el trabajo y las personas que nos permitió aquello que la gente llama prestigio.

3. Sé generoso. Con el tiempo, recursos, confianza y con las palabras. Es mucho más fácil ser crítico que celebrar lo positivo. Somos seres limitados y todo lo que edificamos puede ser mejorado. Así que si vemos sólo lo que criticamos, nos perdemos de la otra parte de la realidad, y lo peor, quizá desperdiciemos la oportunidad de encontrarnos con otra persona.

4. Construir espacios de quietud. Aprender a estar solo, desprendernos algunas horas del teléfono celular, whatsapp y redes sociales. Estar en silencio. Aprender a oír los árboles, el mar, etc. Las mejores ideas nacen en nosotros cuando dejamos de cortejar a la musa de la creatividad y más bien nos preparamos para ser despertados por ella. La creatividad arma el rompecabezas con las piezas de nuestra experiencia, pero le gusta trabajar en silencio.

5. Dormir bien. La lógica del trabajo nos empuja a valorar las horas que le robamos a la cama para ser productivos. Pero vivir así, es muestra del profundo fracaso en nuestras prioridades y una bomba de tiempo para perder fuerza física y el empuje que nos dan las verdaderas motivaciones para la vida.

6. No vale la pena creerse los que los demás dicen de uno mismo. Al final, a los demás les falta lo más importante: conocer las verdaderas intenciones. [Hasta aquí la Popova. Sin embargo, habría que pensar qué papel juega descubrir lo que los demás aman en nosotros].

7. Saber estar presentes. La lógica de la productividad y las redes sociales, pueden llevarnos a no visitar a un amigo enfermo, sino sólo mandarle un whatsapp; no ver a un familiar, sino sólo mandarle una foto al Facebook. No da lo mismo. ¿Cuántas interacciones frente a frente compartimos por cada mensaje virtual que enviamos?

8. Buscar aquello que acrecienta el espíritu y llena el alma. Popova sugiere que reconozcamos qué música, artista, lugar y persona, tocan nuestro interior y nos llaman la atención. Reconocerlos es importante para volver a ellos una y otra vez. Es decir, descubrir aquello que nos asombra, detenernos ante lo que nos llama la atención, atesorarlo, rumiarlo, ponerlo a añejar. (Aquí algo del blog sobre la música, y aquí un video sobre el asombro como fuente de creatividad)

9. Perder el miedo a ser idealista. Chesterton decía que si el príncipe nunca le tiene miedo al dragón, entonces no existe cuento. Y si por el contrario, el héroe se deja atropellar por el temor, entonces se acabó el príncipe. La vida se trata de ser realistas para esforzarnos por aquello que podemos cumplir, y al mismo tiempo inconformes para seguir soñando en lo queremos conseguir.

jueves, 29 de octubre de 2015

«La Patricia», la Playa y el Cuadro.

Foto: Scott Kelly, Museo del Prado
ATENCIÓN: Para comprender esta entrada es necesario haber experimentado dos eventos: un atardecer y la compasión. Porque todo depende de un «You know it when you see it». De lo contrario, no entenderás na'a.

Las fotos de Patricia tomadas desde el espacio mostraban el tamaño del huracán y nos permitían imaginar la fuerza de la naturaleza. No somos los primeros que experimentamos el asombro ante la fuerza del mar y el riesgo de ser tragados por su furia. La teología judía aprovechó esta sensación para explicar dos ideas: el significado de estar a salvo y el papel de los amigos y de los que nos aman.
En el mar nos hundimos. Ahí el agua nos puede tragar. Dentro de él, probamos una obscuridad que nos envuelve y sentimos la inestabilidad de no tener dónde sostenernos. Salir a la costa es otra manera de experimentar la redención. Hemos sido rescatados del poder de la obscuridad y del riesgo de perecer. Ponerse de pie en la playa nos permite contemplar la majestuosidad de esa fuerza, que al mismo tiempo, tememos como lo opuesto a la tierra, como amenaza al espacio vital del hombre. Y ahí, desde la arena, el mar como riesgo se convierte en posibilidad de asombro por la belleza de un atardecer que se renueva cada día.
La playa significa entonces, vencer el riesgo de perecer en el mar. Es, por una parte, un límite impuesto a la potencia del mar –«¡Hasta aquí llega tu amenaza!»-. Por otro lado, desde la playa, la furia intimidante del mar, se transforma en una invitación a ver su belleza y participar de ella. 
Foto: Scott Kelley
En el museo del Prado hay un cuadro que recoge el mismo problema, pero resuelto no en un elemento material como lo es la playa, sino anclado en el corazón de la persona. Se llama El Descendimiento de la Cruz, del pintor flamenco Rogier van der Weyden. Es la pintura de un judío condenado a muerte que es bajado de la cruz. Dos de sus amigos sostienen el cadáver, mientras se giran para entregárselo a la madre del difunto. La pintura es una fotografía del momento en que los amigos sujetan a los que han sido devorados por la muerte o por la angustia. 
¿En qué se parece El Descendimiento y el mar? En los dos sitios un hombre ha sido tragado por la obscuridad, el mal se los ha comido. No hay tierra firme para sostenerse. De forma que, en este cuadro o en una experiencia así, ¿cuál es el equivalente a la playa, cuál es el lugar de redención, qué es lo que le quita la última palabra al poder de la angustia, del mal y la muerte?
Es en la compasión, en la solidaridad de los amigos, en la compañía por amor, en la empatía y solidaridad que recibimos sin esperar nada a cambio, donde la muerte y el mal retroceden. «¡Hasta aquí llega tu amenaza! ¡No dejaremos que tu lógica ahogue el corazón!» En el cuadro, los amigos lloran por que reconocen el mal ante ellos; pero lo superan y se liberan de él a través del amor, de la empatía y de la solidaridad ante el que sufre. Esa es su playa. Ya podrán ver la belleza del amanecer.  Van der Weyden no oculta el mal y el dolor, como las fotos mostraban la fuerza del huracán, pero el pintor no se ceba en la tragedia: pone ante nuestros ojos el valor de la compasión, la fuerza del amor. Abre una puerta a la esperanza. 
Si no es posible ir al museo del Prado, al menos hay que ir al mar o atesorar la compasión  y la empatía que nos han regalado amigos y familiares. Es una forma de recordar ese: «¡Hasta aquí llega tu amenaza!» con que la playa marca un límite al mar.

jueves, 27 de agosto de 2015

¿Dónde formamos la conciencia? Mi opinión de "Ve y pon un centinela"



He visto con tristeza la noticia de los refugiados abandonados en la carretera con Austria. Entre 20 y 50 personas asfixiadas y dejadas a su suerte dentro de un camión diseñado para transportar animales. Personas que buscan un futuro mejor, que en la lotería de la vida les tocó -parece ser- nacer en Siria.

Había pensado escribir sobre las preguntas que me dejó haber leído Ven y pon un Centinela, la novela de Harper Lee que sería como la continuación -aunque esto está debatido- de la famosa obra Matar a un Ruiseñor. Pero la crisis de los refugiados -¡y de los migrantes que cruzan por nuestro país!- pedía hablar también de eso. 

Uno de los puntos donde estos dos eventos se conectan es la pregutna de la conciencia. ¿Qué tipo de persona es capaz de lucrar con el hambre de la gente? ¿Qué tan bajo se debe caer para abandonar a personas en extrema necesidad, a las que se ha encerrado en un camión para animales? La respuesta parece fácil: hace falta ser alguien malo, maloso, maldito. Un humano que parece más bien monstruo. Pero no es tan sencillo. Hannah Arendt evidenció que una tragedia como el holocausto nazi fue posible por que muchas personas terriblemente normales abandonaron el deber de preguntarse por qué hacen las cosas. Dejaron que un sistemas de clichés y de «ya-qué»s, convirtieran a personas normales en perpetradores de tragedias. La banalidad del mal es en parte eso: que personas normales se conviertan en terribles asesinos por que dejaron de pensar, siguieron instrucciones, y vivían una vida demasiado normal.

En la novela Ven y pon un centinela, Atticus, el que había sido un héroe sin grietas ni fisuras en Matar a un Ruiseñor, es ahora un padre elitista, un racista que esconde sus prejuicios en la bondad paternalista de cuidar a los negros por su incapacidad de salir adelante por sí mismos. La decepción es grande y el conflicto entre el padre y su hija, inevitable. ¿Cómo fue que Atticus traicionó su conciencia? ¿Sólo para no parecer excesivamente raro y conflictivo y poder  cambiar la sociedad desde dentro?

El dilema de Ven y pon un centinela es este: ¿qué tanto es posible seguir a la propia conciencia a costa de sacrificar nuestra participación en la edificación de una comunidad? Es decir, ¿qué pasa cuando por seguir la propia conciencia somos excluidos de una comunidad por parecer raros o diferentes, por no comportarnos como lo hace el resto, o por atentar en contra de alguna tradición? 

Una respuesta del tipo "pues así soy y no me importa lo que piensen los demás", no resuelve el conflicto. El dilema es todavía más complicado. Si lo pensamos bien, hacer realidad los bienes que nuestra conciencia nos pide materializar, muchas veces exige lograr la empatía, solidaridad y adhesión de otros que viven con nosotros. ¿Qué pasa si ellos no están acostumbrados a ver en las acciones que hacemos otro modo legítimo de sumar a la vida social? En esos casos, puedo hacer lo que me parece correcto en conciencia, pero no he de extrañarme que esa acción no genere las adhesiones solidarias que esperamos de la comunidad en la que vivimos. Eso siempre es doloroso, pero pide de nosotros que hagamos lo posible por sumar a otros.

No se trata de decir "pues peor para la sociedad, así soy yo", sino de pensar -no somos átomos aislados, ni tampoco nadie es Robinson Crusoe- ¿cómo lograr a partir de nuestras decisiones en conciencia, despertar al resto de mi comunidad para edificar sociedades más justas? Ve y pon un centinela tiene algunas momentos difíciles y no es tan sólido literariamente. Pero a mi parecer no le podemos negar un gran acierto: poner ante nuestros ojos esa tensión entre conciencia personal y la capacidad de convocar a otros a seguir esos bienes. Es decir la relación entre mi esfuerzo por realizar lo que creo que es digno y la forma en que ese esfuerzo personal genera la adhesión de otros que viven en mi comunidad.

No plantearse esa pregunta, no intentar resolver ese dilema, tarde o temprano nos hace insensibles para percibir las llamadas de la dignidad y hacernos participar de males terribles, siendo en apariencia personas muy normales. 

Para María Elena en Huixquilucan

domingo, 9 de agosto de 2015

El misterioso «Secretum meum mihi» de Edith Stein

Monumento de Edith Stein (Colonia, Alemania)

En la vida de Edith Stein encuentro muchas minas a las que vuelvo con frecuencia para sacar oro: algunas de sus ideas e intuiciones académicas, alimentan mi propia investigación sobre derechos humanos (la empatía y en la experiencia de la dignidad); también descubro que padezco problemas y tensiones de forma similar a la suya; luces y miradas en las que me sostengo gracias a que ella compartió su vida. Aquí va una de ellas. Un amigo de Edith, Edward Metis, 
«tenía algo que lo distinguía de todos los demás compañeros. Era un judío de fe firme y observante de la ley [...] Un día en que íbamos por la calle tenía que resolver un asunto en una casa. Le di rápidamente delante de la puerta mi carpeta para que la sostuviese mientras tanto y entré en el portal. Me di cuenta demasiado tarde que era sábado y en ese día no se puede llevar ninguna carga. Me excusé que mi descuido le había hecho hacer algo prohibido. Él me dijo tranquilamente: "No he hecho nada prohibido. Solamente en la calle está prohibido llevar algo en la mano, pero en casa está permitido". Por eso se había quedado en la entrada y había evitado cuidadosamente no tener puesto un pie en la calle. Ésta era una de las sutilezas talmúdicas que a mí me repelían. Pero no dije nada. Cuando más tarde en Göttingen, comencé con mis preocupaciones religiosas, le pregunté en una ocasión, por carta, cuál era su idea de Dios, si creía en un Dios personal. Él me contestó escuetamente: «Dios es espíritu». Más no se podía decir. Y esto fue para mí como haber recibido una piedra en lugar de un pan.»
Uff. Honestamente no vale la pena perder la vida por un espíritu que está allá a lo lejos. Por mucho espíritu que sea. Ahora, a sortear el elefante que hay en el cuarto. Cualquier tipo de ley -religiosa o civil-, de cualquier nivel -familiar, escolar o de un grupo de amigos-, sólo es coherente con la dignidad de la persona si predispone, prepara y facilita para un encuentro con alguien digno. ¡Que sea real! ¡Que valga la pena! ¡Que sea bello! ¡Que dé sentido! ¡Que transforme!

Si consideramos, además, que vivir implica ir perdiendo la vida, –acercarse a la muerte-, más me vale que aquel sistema ético, o conjunto de creencias o estructura de leyes al que le regalaré mi lealtad, cumpla realmente su promesa y mis expectativas. Sólo vale la pena morir por aquello, si perdemos la vida como modo de afirmar que hemos sido realmente encontrados por alguien.

Como se sabe, Edith Stein murió en Auschwitz tanto por su raza como por su fe católica. Murió por que se dejó transformar; por que se definió a sí misma a partir de ese encuentro. ¿Cómo me doy cuenta que el encuentro ha sido real? ¿Cómo asegurarse -hasta donde sea posible- que ciertos valores, leyes y costumbres realmente nos convierten en personas encontrables, encontradizos, encuentradores, encontrados? Dice Stein:
«¿Pero cuál es verdaderamente el momento en que el hombre experimenta qué es la vida? Es el momento del amor, que se convierte para él, al mismo tiempo, en el momento de la verdad, del descubrimiento de la vida... El descubrimiento de la vida incluye una superación del yo, un despojarse del yo. Ese descubrimiento acontece únicamente donde el hombre es capaz de salir de sí mismo y se deja caer.»
La vida y las ideas de Stein siempre me ponen ante esta disyuntiva: o aquella ley, creencia o estructura de valores éticos fomentan, facilitan y predisponen para un encuentro entre personas o no vale la pena -ni de lejos- dedicarles mi atención. "Tengo solo una vida. No debo echarla a perder". O un encuentro como el que transformó a Edith Stein realmente sucede, o existe esa mirada, o ese ser visto es verdaderamente performativo y eficaz para redimirme de la soledad y de la muerte... o de lo contrario las creencias serán una piedra en lugar de pan. «Tengo una sola vida. No debo echarla a perder alimentándome de piedras».

Cuando preguntaron a Edith por aquello que vio, por lo que la convenció de la realidad del encuentro, contestó: «Secretum meum mihi».  




jueves, 6 de agosto de 2015

La bomba que no acabó a Bun Hashizume


La CBBC publicó un video con este testimonio de Bun Hashizume, quien sobrevivió a la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima. Hoy se cumplen 70 años. Este es su recuerdo que he traducido como narración "desde fuera" para decirlo en el radio. 

Bun Hashizume tenía 14 años y vivía en Hiroshima (Japón). Sobre un árbol contemplaba el mar y soñaba junto a sus amigos como cualquier joven: ¿Qué seremos de grandes? ¿Qué tiene preparado el destino para nosotros? -"¡Escritor!" dijo uno de sus amigos. -"Y yo poeta", respondió Bun

La mañana en que cayó la bomba, recuerda Hashizume, fue como cualquier otro día. Bun se despidió de su madre y fue a trabajar a la oficina de comunicaciones del ejército japonés. La mayoría de los jóvenes peleaban en los campos de batalla y las chicas como Hashizume dejaron la escuela para colaborar con responsabilidades administrativas.

En algún momento de la mañana, se levantó a ver la ciudad desde la ventana del tercer piso cuando vio un resplandor intenso. Pensó que el sol se había desplomado frente a sus ojos. En un instante vio que la luz parecía ahora un arcoiris misterioso y terrible. Fue el momento en que la bomba explotó.

Bun recuerda que quizá perdió el conocimiento. Cuando despertó ya no estaba junto a la ventana. Se había golpeado la cabeza, pero aún así pudo levantarse y salir del edificio. Una mujer le ayudó a ir al hospital. La ciudad estaba en ruinas. Completamente destruida: ya no había edificios de pie, ni niños corriendo en las calles, ni palomas adornando en el cielo. Sólo personas que deambulaban aturdidas, cubiertas de cenizas.

Al día siguiente despertó sin saber la hora. Extrañaba a su madre. Se puso de pie como pudo y caminó a su casa. El fuego todavía ardía en Hiroshima. Cuando se acercó al sitio donde estuvo su casa, vio a lo lejos a tres personas que se acercaban: "¡Eres tu!". Era de su madre. Con ella estaba su hermana y su tía. Su hermano, acababa de morir. Todo parecía un sueño. Era incapaz de entender lo que había sucedido.

Seis años después, Bun dejó Hiroshima. Por años fue incapaz de articular y explicar lo que había sucedido. Fue cuando puso por obra su ilusión de ser poeta y compartir lo que había vivido. La radiación producida por la bomba le produjo enfermedades toda su vida: dolores de cabeza, cansancio crónico. Bun se casó, pudo tener tres hijos y ya tiene cuatro nietos. 
"Hablo con ellos todo lo que puedo -concluye Hashizume-. A pesar de todo no guardo rencor a quienes lanzaron la bomba. Puedo decir que he sido capaz de ver lo increíble que pueden llegar a ser los seres humanos incluso después de haber perdido todo. Sin embargo, no puedo olvidar el hecho que fueron otros seres humanos quienes dejaron caer una bomba atómica sobre otros seres humanos"
-o-
Este es el video. Vale la pena verlo.




jueves, 23 de julio de 2015

Intensamente injusto

Foto de Omar Vega, Latin, Content, Getty Images

Hace años se publicó un artículo titulado «Perfectamente Injusto»  [-sí, de ahí saqué el título de la entrada-] con ocasión del error de un “umpire” que le robó -por un error arbitral- un juego perfecto a Andrés Galarraga. Para darse una idea del tamaño del error: en el beisbol de las grandes ligas se han jugado más de 300 mil partidos y solamente 23 pitchers han logrado juegos perfectos. Por entonces, en las grandes ligas no estaba permitida la revisión de una decisión, así que no había oportunidad de corregir el error humano. El autor del artículo, Robert Wright era de la opinión que así debía quedar la regla. 

Que un árbitro afecte el resultado es parte del juego. Si el juego es educativo, el error que sucede en ese ámbito es también formativamente injusto. ¿Qué importancia tiene que la injusticia suceda en el contexto de una actividad en la que desdramatizamos la vida? Aunque lo sucedido ayer viene acompañado de una salsa particular -los escándalos de corrupción en FIFA, la sospecha fundada que los partidos se han arreglado por motivos comerciales-,  no creo que ese presupuesto pierda su valor: en el juego aprendemos que no necesariamente el que se esfuerza más merece más; que sin una disciplina callada por el trabajo bien hecho no podríamos aprovechar los golpes de suerte, ni los errores del contrario, ni los deslices del árbitro.

Las injusticias en el juego nos entrenan para enfrentar las injusticias que suceden fuera de él. Si ya experimentamos la injusticia en el juego, en ese ámbito de lo lúdico también exploramos las salidas a los atropellos. Gracias a ese entrenamiento en el terreno del juego, después enfrentaremos con mejores habilidades que el jefe no valore nuestro esfuerzo, que un colega se cuelgue nuestros logros como propios, que nuestros resultados dependan de alguien que percibimos con menos talento que los nuestros. Por que ya sentimos la injusticia dentro del juego.

Tendemos a educar niños trofeo: invitamos a soñar grande a nuestros pupilos, nos preocupa su autoestima, les premiamos sus logros, buscamos modos de que sufran lo menos posible. Pues bien, si en el juego aprendemos a probar el amargo sabor del atropello, podremos después encontrarle provecho a la experiencia del dolor. Algo así es lo que intenta Pixar con «Intensamente»: explicar en el ámbito del juego, por qué la tristeza es útil. Una vida plena no se construye siempre desde la alegría: crecemos si sabemos llorar cuando vemos amenazado lo que nos importa. Precisamente por que nos importa y aquello es valioso, nos lamentamos.

De igual modo, una vida plena no se construye siempre desde lo que es justo: construimos una familia, una universidad, una comunidad, un trabajo ideal con lo que tenemos a mano. No siempre es como quisiéramos, ni todo lo que nos gustaría, ni del modo en que lo soñamos. Mas nos vale que lo aprendamos en el juego. 

Quizá por eso sea mejor animar a los niños a  ser la mejor versión de sí mismos y no sólo a soñar grande y ni a que califiquen sus logros sólo en función de sus méritos personales. Nos guste o no, tarde o temprano se encontrarán con injusticias, con el dolor y con la muerte. Tal vez sea mejor ser introducidos y educados a lidiar con ello en el contexto del juego.  




jueves, 30 de abril de 2015

«Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa» (Virgilio)

Lucia, Minerya y Europa Anguissola Jugando Ajedrez (Sofonisba Anguissola, 1555)

Virgilio escribió un breve poema sobre el agradecimiento a los padres. Como siempre, los estudiosos  debaten, a veces, solo por convivir. ¿Quién sonríe, la madre o el hijo?  «Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una sonrisa». El debate se centra en el origen de la sonrisa: o es el niño le que ríe y él genera una respuesta equivalente en su madre de forma que así puede reconocerla; o es la madre la que primero sonríe, a pesar de los esfuerzos del embarazo, y por ello el niño responde agradecido. El poema dice así:
Comienza, tierno niño, a reconocer a tu madre en una [con tu] sonrisa
(la madre ha sufrido diez meses)
Comienza, tierno niño, que los que no sonrieron a sus padres
ni un dios juzgó a tal digno de su mesa, ni una diosa de su tálamo
Incipe, parve puer, risu cognoscere matrem
(matri longa decem tulerunt fastidia menses)
incipe, parve puer; qui non risere parenti
nec deus hunc mensa, dea nec dignata cubili est
¿Se trata de que el niño descubra a su madre porque ella le sonríe o que el niño conoce a su madre cuando él le sonríe y ella responde a pesar de haber sufrido. Sea como fuere, la ambigüedad del texto apunta a la lógica del intercambio y fusión de sonrisas entre los dos. No importa cuál suceda primero origen. Lo trascendental es el diálogo en los ojos y el discurso de la sonrisa.

¿Por qué si un recién nacido nunca ha experimentado la felicidad puede sonreír cuando su madre juega con mimos? No lo sé, pero gracias a que ella le ríe, niño experimenta que el mundo será para él un lugar benévolo y cordial. Sin una introducción así, ¿cómo enseñaremos al niño a ser responsable de otros o a hacer los sacrificios que implica su madurez personal? Sin la sonrisa de los padres, ¿cómo aprenderá después que hemos de hacer el bien a pesar de que a veces aquello nos cueste trabajo?

En ese contexto, ¿qué es mejor, recordarle al niño sus derechos o regalarle una sonrisa? Ya la televisión, la escuela, las redes sociales o la cultura en la que vivimos le hablarán al chiquillo de sus derechos. Pero ni la tele, ni los libros pueden verlo a los ojos y sonreírle. Sin sonrisa el derecho a la educación -por ejemplo- o se desliza con facilidad en reclamo de beneficios o gravita hacia el abandono de las cargas que requiere ser educado.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre en una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. Además son gratis.

Al mismo tiempo, es la risa de los niños, la que recuerda al adulto que tanto el mundo real -el de la persona mayor- como su felicidad dependen en alguna medida de imitar algunas actitudes con la que los niños ven el mundo: el niño difícilmente se rinde a la primera; lo normal en él es la capacidad de asombro; el niño es inagotable en preguntarse por qué; el niño confía sin reservas en quien quiere, etc.

Volviendo a Virgilio, «¡Comienza, pequeño, por reconocer a tu madre con una sonrisa!». Regale hoy a cualquier niño, una sonrisa. El niño le pagará con otra risa. Se la ofrecerá gratis.

jueves, 26 de febrero de 2015

Sophie Scholl, sus amigos y la heróica normalidad


Hoy voy a hablar de esto en el radio. Confieso que no es mi intención presentar lo que sigue como escrito por mi. Es de Juan Andrés Mercado publicado en ISTMO (puede leerse completo aquí o transcrito abajo). He cortado por aquí y por allá. He agregado algunas frases que sintetizan el argumento y le devuelven un hilo argumentativo a lo suelto por los cortes. Así que yo no lo escribí. 

"La plaza que recibe a los visitantes de la Universidad de Munich está tiene colocados sobre el suelo la reproducción de unos panfletos antinazis que se distribuyeron durante la Segunda Guerra mundial por un grupo de amigos que se llamaban así mismos como el grupo  de  «La Rosa Blanca» : Willi Graf, Alexander Schmorell, Cristoph Probst y los hermanos Scholl, Hans y Sophie. 

Hans Scholl había encontrado una copia de las homilías del obispo de Münster que denunciaba las atrocidades del régimen nazi. "Por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!". Poco a poco comenzaron a publicar panfletos con información de primera mano que obtenían de estudiantes de medicina enrolados en unidades de sanidad militar que vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia. Para 1943 ya repartían al rededor de cinco mil.

La plaza de los hermanos Scholl, frente a la Universidad de Münich

Los hermanos Scholl y sus amigos fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. El 22 de febrero de 1943 murieron decapitados Cristoph Probst, Hans Scholl y su hermana Sophie. Los acusaban por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas nazis que se batían en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Los panfletos son los que ahora están en las baldosas de la plaza, la prueba de su delito.

Eran jóvenes, personas normales que amaban la vida. Para ellos su vida giraba en torno a descubrir lo que es importante. En sus reuniones de amigos experimentaban el tipo de valores merecen nuestra atención y nuestro esfuerzo por hacerse realidad en nuestra historia personal. Para eso no hace falta ser filósofo, universitario de prestigio o famoso. Simplemente hace falta ser normal: si es estudiante lo normal es que sea buen estudiante. Si es empleado, lo normal, que sea eficaz y honesto; si es padre de familia, lo normal es que sea entregado a los suyos. Este tipo de vida tarde o temprano pide que nos justifiquemos por qué vale la pena no dejarse llevar por la corriente que nos pide lo contrario. 

Para los Sophie, Hans y sus amigos la normalidad se vivía sin reparar que aquello fuera algo «exagerado» o heroico. Dice Romano Guardini que para el cobarde  y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es [para el descarado] el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible [para el caradura] la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente  [y comprensible] sólo a quien ya vive dentro de él», lo ha experimentado y hecho suyo.

Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Si con lo que he dicho hasta ahora, alguno de quien me escucha se asoma un poco más a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido."

Aquí pueden ver una película doblada al castellano de España:


Va dedicado a Guillermo Gatt Ontiveros que ayer fue su cumpleaños.

-o-

El secreto de La rosa blanca. Jóvenes por la libertad
Autor: Juan Andrés Mercado 
Edición:287
Sección: Miscelánea

El 22 de febrero de 1943 fueron decapitados, en la prisión muniquesa de Stadelheim, Cristoph Probst y los hermanos Hans y Sophie Scholl, estudiantes universitarios. La sentencia los condenaba por incitar a la rebelión y desmoralizar a las tropas alemanas que se batían en el frente.

El régimen nazi, como ocurre normalmente en los gobiernos tiránicos cuando pierden popularidad, estaba apretando las tuercas: la reciente derrota de Stalingrado (enero de 1943) manchaba el impecable currículum de la Wehrmacht: en pocas semanas, los incendiarios discursos del Führer tronaban a favor de la guerra total, pidiendo al pueblo alemán el sometimiento para afrontarlo decididamente, y los mecanismos policiales alzaban sus antenas para acentuar las medidas ante posibles movimientos disidentes.

El grupo capitaneado por Hans Scholl y sus amigos Alexander Schmorell y Willi Graf -su hermana Sophie no había sido incluida, pero cuando descubrió las actividades del grupo insistió en participar- se dedicaba desde meses antes (junio de 1942) a producir y distribuir hojas sueltas (volantes y pasquines) en los que se denunciaban los abusos del régimen y, sobre todo, se argumentaba contra la continuación de una guerra sangrienta e inútil que socavaba los fundamentos morales y materiales de toda Europa. La persecución contra el grupo de La rosa blanca, como la habían llamado ellos mismos por el título de un poema de Clemens Brentano, tuvo un saldo de siete condenas a muerte y una docena de penas «menores». Entre los ajusticiados se encontraba Kurt Huber, profesor de filosofía de la Universidad de Munich.

¿A QUIÉN SE LE OCURRE?

Hans Scholl había encontrado en el buzón de su casa, en el invierno de 1941-42, una copia de las homilías en las que el obispo Graf von Galen, «el león de Münster» denunciaba las atrocidades del régimen nazi en materia de eutanasia y de ataques a las instituciones religiosas: por fin alguien se atrevía a hablar claro, ¡habría que difundir esos materiales!

Poco tiempo después, una serena discusión con el Profesor Huber inspiró la idea de producir material original y pasar a la acción, distribuyéndolo anónimamente.

La familia Scholl, en Ulm, había desarrollado anticuerpos contra el régimen como reacción natural. La censura de las obras de algunos de sus autores favoritos, como Stefan Zweig, había suscitado un rechazo decidido; en familia y con amigos organizaban encuentros literarios para repasar las obras condenadas y discutir sus contenidos.

Ya antes de la guerra, varios de los hermanos Scholl -tres de los cinco, incluido el menor, Werner- habían conocido los interrogatorios y las prisiones del sistema por añadir a sus actividades subversivas la publicación de un folletín cultural con veladas críticas al gobierno.

Tocó la misma suerte a Otto Aicher, amigo de la familia que hizo incluir en los menús literarios a Platón, Aristóteles, San Agustín… Los contertulios establecieron, sin planes precisos, un férreo núcleo de resistencia intelectual contra la presión externa. No los animaba el gusto por lo prohibido, sino la necesidad de respirar en medio de ese ambiente enrarecido.

MENTORES INTELECTUALES

Aicher provenía de una familia católica, a diferencia de los Scholl, que eran protestantes. Su párroco en Söflingen, en las cercanías de Ulm, le había hecho descubrir las obras de Jacques Maritain y la renovación del mensaje cristiano que se llevaba a cabo en Francia: parecía que en Europa el cristianismo estaba en retirada desde hacía décadas, y en concreto en Alemania la Kulturkampf había sido una campaña programática para evitar su difusión.

En esa línea destaca la participación de dos intelectuales de la época, Theodor Haecker y Carl Muth, que compartían la inquietud por la reactivación de los valores cristianos en la sociedad alemana.

Muth conoció a los jóvenes de La rosa blanca en 1941 y los apoyó moralmente, aconsejándolos sobre cómo cultivarse intelectual y humanamente. Son tan interesantes como conmovedoras las cartas en las que los Scholl y Aicher intercambian sus experiencias sobre cómo llevar a la práctica los consejos de Muth, o el esfuerzo por asimilar los textos de San Agustín en los poco serenos dormitorios de una fábrica de material bélico.

Probst provenía de una familia de ideas liberales, que en los años 30 se había acercado al catolicismo. Su participación en las actividades del grupo lo llevaron a asimilar las verdades del cristianismo, y fue bautizado en el brevísimo tiempo que pasó -unas cuantas horas- desde la condena a muerte hasta la ejecución. Su tercer hijo había nacido pocas semanas antes.

ATERRIZAR IDEAS CON UN SESGO OPERATIVO

Las proclamas teóricas de los primeros panfletos, escritos al principio por Hans y Alexander, se enriquecieron con informaciones de primera mano en el frente: los estudiantes de medicina fueron enrolados en unidades de sanidad militar y de julio a octubre de 1942 vieron directamente los estragos realizados por sus ejércitos en las zonas ocupadas de Polonia.

Por otra parte, las informaciones que mandaba desde Cracovia Manfred Eickemeyer, propietario del taller de Munich donde se imprimían los folletos, abrían los ojos sobre la transformación de los campos de concentración en campos de exterminio (la «solución definitiva», es decir, el exterminio de los judíos, se había acelerado desde el invierno de 1942, tras la conferencia de Wannsee).

Willi Graf había arriesgado mucho en el establecimiento de contactos con otros focos de resistencia. Su labor fue menor desde el punto de vista redaccional, pero su iniciativa y sus contactos supusieron un notable aumento en la difusión del material que producía el grupo. Fue detenido el mismo día que Sophie, Hans y Probst, y ejecutado meses más tarde.

En el intercambio con otros jóvenes que organizaban grupos de resistencia, Scholl y Schmorell entendieron que la presentación de los ideales que propugnaban debía tener un carácter menos teórico, y trataron de darle un sesgo más «operativo».

En este último periodo participaron en la redacción de los folletos Huber, el profesor de filosofía, y Probst, que fue incriminado por el borrador de su puño y letra de un volantín que tenía Hans en su poder cuando lo arrestaron.

LA CAMPAÑA FINAL

De los pocos centenares de copias de los panfletos que se distribuían antes del verano de 1942 -es decir, de los tres primeros volantes-, se pasó a unos cinco mil, entre enero y febrero de 1943.

Los estudiantes, además de ampliar sus contactos y radio de acción, empezaron a ilustrar los muros de Munich con sus ideas, proclamando la caída de Hitler y tachando cruces gamadas.

Los adolescentes que discutían de literatura antes de la guerra sin suscitar problemas, empezaban a dar en qué pensar a las autoridades. De hecho, Munich, cuna del nazismo, asistió con estupor a la pequeña revuelta estudiantil durante el discurso del gobernador de Baviera, el Gauleiter Paul Giesler, el 13 de enero. Su entusiasmo por el Führer no era compartido por el público, y la situación se tornó crítica cuando propuso a las chicas que dejaran de perder el tiempo en la universidad y que se dedicasen a procrear guerreros para defender a la patria. Este hecho, ocurrido pocos días después del anuncio de la derrota en el frente oriental, fue interpretado como la punta del iceberg de un malestar que ya no podía ser ignorado.

¿QUÉ FUE LO QUE FALLÓ?

Los hermanos Scholl fueron aprehendidos justo después de haber distribuido un buen número de remanentes de la última hoja en la Universidad. La distribución se había hecho hasta entonces por correo, usando listas de teléfonos para obtener direcciones, y aunque otras veces habían distribuido personalmente algunos sobres, nunca habían salido «a campo abierto» a repartirlas. Además, en esa última ocasión lo hicieron con el edificio central de la Universidad lleno, a sabiendas de que la vigilancia era cada vez más estrecha. Aprovecharon los últimos minutos antes de un descanso para dejar copias fuera de los distintos salones, y al final lanzaron desde el piso superior las últimas copias. Un conserje los vio y consiguió detenerlos cuando intentaban escapar confundiéndose entre los demás estudiantes.

Los historiadores no encuentran una explicación a esta nueva y arriesgada «táctica», y en la película Sophie Scholl. Die letzten Tage (Sophie Scholl: los últimos días) se plantea como el último recurso para acabar de distribuir el resto de las hojas del último panfleto.

La persecución que se desencadenó en esos días erradicó la resistencia. No hay continuidad con la operación Walkiria, con la que los altos oficiales del ejército intentaron matar a Hitler en 1944. El mensaje de La rosa blanca, sin embargo, tiene acentos perennes.

¿POR QUÉ EMPEÑARSE?

Vale la pena, como contrapunto, detenerse a evaluar un comentario de Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén.1 El libro es una brillante narración de la historia y del proceso de condena a muerte de Adolf Eichmann, funcionario del régimen nazi de quien dependieron actividades importantes en la deportación y eliminación de los judíos en toda Europa.

El relato está hilvanado con profundas reflexiones sobre las deformaciones de la tiranía nazi en la psicología individual, sobre todo en la de un funcionario medio que lo único que buscaba era mantener el puesto, como lo habría hecho en cualquier dependencia en tiempos de paz.

El criminal de guerra, en cuyas carnes se juzgaba al entero sistema de terror, además de ser un burócrata bastante normal, presentaba una notable incapacidad de pensar, no conseguía ponerse en el lugar de los otros, y durante buena parte de los interrogatorios se dedicaba a repetir frases hechas de la propaganda nazi: su mente vivía de eslóganes y clichés tras los cuales se escondía una adquirida incapacidad de razonar autónomamente.

Nuestro «problema» es que no estamos insertados en un sistema tiránico global, o en un despotismo «a la antigüita». La historia de los estudiantes muniqueses y la de Eichmann pueden engrosar los anaqueles de nuestra memoria sin hacernos la más mínima mella.

Cuando uno «se acomoda» cae, como preveía De Tocqueville, en el papel de custodio de sus vulgares placeres burgueses, y es capaz de renunciar al ejercicio de sus libertades con tal de que no toquen su esfera de molicie.

En puntos importantes, el funcionario del totalitarismo y el defensor de los propios placercillos, se parecen. La sistemática renuncia a emprender incide sobre las posibilidades de pensar, y viceversa. No se trata de convertirse en idiotas del todo, pero sí de la pérdida del «tono muscular» de la vida afectiva y cognoscitiva, cuya interacción es tantas veces ignorada.

En el lado opuesto tenemos una observación de Romano Guardini: los integrantes de La rosa blanca eran personas normales, que amaban la vida, y que podían oponerse continuamente a un clima adverso y confuso porque para ellos «el discernimiento de las cosas esenciales era un propósito importante. Estaban comprometidos en la superación de una infinita confusión de conceptos, la terrible tergiversación y ofuscamiento de los valores espirituales».

En esa comunidad de experiencias y valores se entrenaban para una empresa más grande que ellos, sin pensar que fuera algo «exagerado» o heroico. Sin embargo, estaban convencidos, como vuelve a enfatizar Guardini, de que «ninguna acción grande, ninguna obra auténtica, ninguna relación humana sincera es posible sin que el hombre arriesgue en ella su propio ser».

Para el pusilánime y el cínico -y todos lo somos un poco-, ¡qué difícil es entender «-la vida de un investigador, que ignora los placeres y la salud por encontrar una verdad desconocida! ¡Qué insensato es el sufrimiento de un artista que se consume por su obra! ¡Cómo resulta incomprensible la actitud de quien, llamado en una hora de la historia, hace lo que ésta le reclama, aunque por eso haya de sucumbir! ¡Y qué absurdo es para un observador indiferente el comportamiento de quien ama, cuando otra persona le ha confiado su vida, o cuando se siente obligado por la necesidad de quien está abandonado! Aquí también hay un orden, más potente que el de las cosas materiales, más rico en frutos si se realiza; un orden que es inmediatamente transparente sólo a quien ya vive dentro de él».

Hay historias dignas de ser conocidas y contempladas. Un buen ejemplo nos explica más que un discurso articulado. Reflexionar sobre hechos y personalidades notables no significa desmenuzarlos analíticamente, entre otras cosas porque nos topamos con la verdad recitada por los filósofos: la persona siempre tiene algo de indefinible, de misterioso. A veces resulta mejor contemplar y dejarse permear por las personas, que acudir a una lógica estricta. Si con esto consigo que alguien se acerque a la historia de los estudiantes de Munich, me doy por bien servido.

jueves, 12 de febrero de 2015

Máscaras y Beisbol.


Vaclav Havel, el dramaturgo y político checo, publicó un famoso ensayo que tituló «El Poder de los sin Poder». Ahí describía cómo los regímenes totalitarios subsisten por que logran en la sociedad una vida simulada. Es decir, muchos para no meterse en problemas aceptan como el horizonte de vida válido para ellos la disyuntiva entre libertad y seguridad. Es decir, la seguridad de una educación y salud suficiente a cambio de una libertad controlada y limitada. El Estado simula que somos felices por que accedemos a unos servicios sociales colectivos de relativa calidad; y la sociedad simula que la vida controlada por el Estado le es suficiente y lo llena.

El ejemplo con el que Havel describe esta situación es este. Un vendedor de verduras en el mercado coloca junto al precio de su productos un letrero que dice: "¡Proletarios del mundo, uníos!". ¿Por qué lo hace? ¿Por que está convencido de que eso es realmente así? ¿Por que sabe que la clase obrera acabará por liberar a la sociedad de sus males? ¿O lo coloca por que teme al inspector o al vecino que lo va a denunciar? En un régimen totalitario quien piensa distinto o incluso quien se pregunta sobre la validez del letrero, se convierte en enemigo. Es fácil que el vendedor de verduras coloque el letrero no por convicción, sino para no meterse en problemas. Una persona así se ha colocado una máscara, vive en una trampa. Afirma lo que no cree. Esa es la fuerza de un régimen totalitario: enmascarar a todos. Y ahí, dice Havel está su debilidad. Un régimen totalitario se resquebraja cuando un ciudadano decide vivir en verdad y asumir sus consecuencias. Cuando se justifica sus convicciones y se deja transformar por ellas. Se trata en el fondo de sacudirse esa complicidad del miedo y de lo cómodo. De elegir aquello que dará sentido realmente a nuestra existencia. Decía un filósofo alemán: o nos comprometemos por algo por lo que estemos dispuestos a sacrificar la vida, o de lo contrario nuestra vida carecerá de sentido. Esa es la revolución del vendedor de verduras: la revolución de la conciencia.

Pues bien, esta idea de Havel me atropelló el domingo pasado a partir de algo tan intrasendente como tensionante. Como todo aficionado que ve perder a su equipo, yo hice lo que se supone que hace un aficionado. En mi caso, Culiacán perdió la final de la Serie del Caribe contra Cuba: imaginé el hipotético hit bien colocado para el empate. «¡Pero si estuvimos tan cerca!» lo repetí varias veces.  Menté todo el repertorio de mentadas que me enseñaron mis padres para esos momentos. Saqué cuentas para ver cuánto aportaron los refuerzos que llevó Culiacán [los refuerzos Charros se fueron al bat .167 y al pitcheo le conectaron el homerun del 3-1 para irse con 3 de efectividad], y poder culpar a alguien. Me torturé repasando las jugadas en las que por centímetros pudimos haber sacado más. Se puso feo. 

Vi entonces en mi tuiter una publicación que salió de Cuba. Yoani Sánchez escribió: «Cuba/Vegueros gana la Serie del #Caribe de béisbol y el barrio grita de alivio y felicidad».


¿Quién es Yoani Sánchez? Una versión real y cubana del vendedor de verduras del que hablaba Havel. No quiero resaltar aquí su oposición al gobierno cubano -que lo está- y las controversias que ha suscitado. Ella ha dejado la máscara y ha publicado un blog sobre lo que ve y lo que piensa sobre Cuba. Ha puesto su nombre y su documento de identidad para ser ella la que sostiene lo que opina. Como si dijera: «Esta soy yo, esto es lo que pienso. Podré estar equivocada, podré ver las cosas de forma parcial. Pero soy yo. Basta de máscaras.» Lanzarse a algo así la ha llevado a descalificaciones, detenciones y recelos. Ha sido acusada como agente de la CIA y traidora de Cuba. Cuando viaja al extranjero es insultada por personas que utilizan a su favor un derecho que a ella le es negado en Cuba. Ha puesto en riesgo su tranquilidad a cambio de sacudirse la máscara de sosiego.

Yo vivía una tragedia deportiva, ella relataba algo que la había puesto feliz. Había ahí dos historias y una atropellaba a la otra. En una, alguien disfrutaba sin ser consciente de una libertad que otros ganaron para él. En la otra, alguien se daba un respiro en su lucha por una libertad que otros disfrutarán. ¿De qué lado me tocó estar?

Me acordé de lo que decían las abuelas. Pon la tragedia en contexto y pasará como con una pintura, las luces y las sombras tienen sentido si se ven unas junto a las otras.

Aquí unos videos de Yoani y sus detractores.


En el minuto 35 comienzan las preguntas. Se pone bueno el debate.


domingo, 21 de diciembre de 2014

¿Por qué quizá la Navidad ha sucedido realmente?

«Kissing The Face of God», de Morgan Weistling
¿Si pudiéramos inventar la historia de un hombre-dios, cómo sería el personaje? ¿Qué tipo de historia contaríamos? Hércules es un invento de la mitología. Quizá exprese valores humanos, pero su existencia no es real. Hércules, hijo de Zeus y de una reina mortal, en su infancia ya mató dos serpientes enviados por Hera para acabar con él. Y de adulto, le fueron encomendadas doce tareas para redimirse. Todas ellas una muestra fuerza, destreza y valor. ¿Qué más se puede esperar de un hijo de un dios, de un superhéroe? Matar al León de Nemea, despojarle de su piel; matar a la Hidra de Lerna; capturar al toro de Creta, robar las manzanas del jardín de Hespérides, etc.

¿Y qué tipo de historia ha de ser propia para contar una redención? En «Los juegos del hambre», por ejemplo, se diseña un reality show donde para sobrevivir hay que ser valiente y audaz. Sólo hace falta un amigo o una tragedia que nos empuje a continuar. Puestos a inventar, suena bien. Pero Hércules, Thor, o los Juegos del Hambre son creados por imaginación. Quizá una buena alegoría con mensaje ético, pero no historia real. 

El cristianismo anuncia que su héroe nace despojado de cualquier grandeza. Más aún, todo inicia con un niño que debe ser cuidado, al que se le ha de dar calor. Un Dios que está totalmente en nuestras manos, tan es así que ha de huir. La historia que narra la Navidad tampoco se parece a una competencia por sobrevivir. El Dios anunciado por el cristianismo diseñó y desarrolló la historia de una familia. Una esposa que tendrá un hijo. Un esposo preocupado por los suyos. Una prima que visita a su prima mayor que está por parir. Una familia que ha de pagar impuestos, buscarse la vida con el trabajo. Un carpintero que trabaja en un pueblucho para sacar adelante a los suyos.

¡Hey cristianos, ya puestos a inventar hubiera sido mejor elegir a un personaje tipo «Hércules» y una historia de redención más entretenida más parecida a los «Juegos del Hambre»

Sólo si la historia de navidad anuncia un acontecimiento que realmente ha sucedido, no queda de otra sino contar lo que realmente pasó. Sólo si la Navidad ha sido un acontecimiento histórico y real, tiene sentido interpretar la propia vida a la luz de lo que ahí se cuenta.

Si ese acontecimiento fue real, entonces este villancico puede sintetizar ese suceso. Si aquello así pasó, se justifica la sorpresa y ternura con la que se canta lo que ahí se narra. Sólo si es real, entonces el villancico entona la única respuesta que nos afina. La que nos pone a tono con lo anunciado.  

¡Feliz Navidad!

[Abajo está la letra]



Allá en el pesebre, 
su cama no es una cuna,
el niñito Jesús
recostó su dulce cabeza

Las estrellas en el cielo
bajaron su mirada para ver
al niñito Jesús
dormir en la paja. 

El buey ha mugido,
el bebé se despierta,
pero el niñito Jesús,
no llora en absoluto.

Te amo, Señor Jesús, 
mírame desde el cielo, 
quédate en mi cuna, 
hasta mañana, ya es noche. 

Vive cerca de mí, Señor Jesús, 
te pido que te quedes,
unido a mi por siempre, 
ámame, te lo pido.

Bendice a todos, tus amados hijos,
con tus tiernos cuidados,
y llévanos al cielo, 
para vivir ahí junto a ti.
Away in a manger,
no crib for a bed,
The little Lord Jesus
laid down his sweet head.

The stars in the sky
looked down where he lay,
The little Lord Jesus a
sleep in the hay.

The cattle are lowing,
the baby awakes,
But little Lord Jesus
no crying he makes.

I love Thee, Lord Jesus,
look down from the sky
And stay by my cradle
‘til morning is nigh.

Be near me, Lord Jesus,
I ask Thee to stay
Close by me forever,
and love me, I pray.

Bless all the dear children
in thy tender care,
And take us to heaven,
to live with Thee there.