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viernes, 12 de agosto de 2022

Explotar desde lo que soy: Darcy y Antígona

Pride and Prejudice, BBC, 1995


En una de las escenas más conocidas de la literatura, Jane Austen describe así el diálogo silencioso entre dos enamorados:

Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him (Pride & Prejudice, 58)

Ahora un breve antecedente. Tras la primer declaración de Darcy, Elizabeth sorprendida guarda silencio: “Enrojeció, se quedó mirándole fijamente, indecisa y muda (Cap. 34)” Él piensa que se trata de una invitación a continuar y, engañado, sigue cavando su tumba con los resultados ya conocidos. Unas semanas después, cuando Darcy le ofrece una vez más su cariño, ella vuelve a quedarse callada y a mostrarse inquieta:  sintiendo toda la incomodidad y ansiedad más que comunes de su situación, se obligó ahora a hablar; e inmediatamente, aunque no con mucha fluidez, le dio a entender que ahora recibía su propuesta con gusto. No es difícil imaginar cómo Darcy viviría ese segundo silencio y el tartamudeo de Elizabeth. Tampoco, cómo aquello se convirtió en explosión de sobrecogedora  alegría

Volvamos al texto: Had Elizabeth been able to encounter his eye, she might have seen how well the expression of heartfelt delight, diffused over his face, became him. Una versión en español traduce así esa línea: “Si Elizabeth hubiese sido capaz de mirarle a los ojos, habría visto cuán bien se reflejaba en ellos la delicia que inundaba su corazón”. El DeepL ofrece una fórmula que quizá sea más acertada: Si Elizabeth hubiera podido encontrarse con su mirada, habría visto lo bien que le sentaba la expresión de sincera alegría que se difundía por su rostro.

En ambos casos algo se pierde al interpretar el sentido de heartfelt (con el corazón en la mano, sentido en el corazón). Una alegría sincera se difumina o se esparce como por un asalto incontrolable al rostro. Became him” dice al final de la oración. Lo sé. Por la forma en que se construye el inglés y su gramática, se ha de traducir como algo que le pasa a Darcy. Pero en la expresión se saborea este otro sentido: la alegría se difunde en su rostro porque él se ha convertido (became) en alguien distinto. No solo se emociona, sino que él se transforma  precisamente porque lo que es se altera por la presencia, palabras y amor de Elizabeth.

Me encontré con un problema similar en Antígona quien le dice, en la versión de Gredos -¿y quién soy yo para dudar de la traducción?- a Creonte Mi persona no está hecha para compartir el odio, sino el amor. En griego se dice algo más radical -aquí va una traducción más literal-: yo no odio, sino engendro amor común (οὔτοι συνέχθειν, ἀλλὰ συμφιλεῖν ἔφυν [523]). Las dos últimas palabras de la oración son συμφιλεῖν-sumphilein que significa «amor mutuo» o «gozo compartido», y ἔφυν-ephun, «engendrar» o «dar a luz» (¿φύω se acerca a ἔρως (eros)?). En otras palabras, Antígona dice que aunque sus hermanos se odien, aunque Creonte le pida que desprecie a uno de ellos, desde lo que ella es nace, se genera, se pone en marcha, un amor que engendra comunión. Ella ve que de lo que es no puede suceder otra cosa sino generar comunidad por el amor. El contraste no pasa desapercibido, pues en griego el nombre «Antígona» (Ἀντιγόνη, o Anti- contrario y -gone,  «dar a luz», «engendrar») significa algo así como abocada a la muerte, o quien no es madre. Ella engendra amor incluso en la esterilidad.

Sea como fuere, el punto es que con Darcy –al igual que con Antígona-, Austen describe el amor no como una emoción sino como transparentar una forma de ser gracias a que el amado se ancla en la propia identidad.

PS. Le dedico esta entrada a Rubí Bobadilla que hace tiempo se ganó un premio... Es una pistola.

jueves, 15 de abril de 2021

Mis fracasos... el camino hacia ti


Este semestre doy clase a recién llegados a la Universidad.  Uno de ellos me pidió reorganizar el curso tomando en cuenta algunos hilos que querían explorar. Los temas de clase despertaron algunas inquietudes y querían volver sobre ellos. 

Así que entró a las sesiones una clase sobre el dolor, los amigos y comunidades de solidaridad. Hablaremos de Job hacia esta conclusión: lo importante del sufrimiento no son las lecciones que aprendemos (los porqués). Mucho menos la maduración del carácter (los paraqué). No. Lo más destilado que se saca de las penas son los acompañantes que encontramos. Los amigos que nos consuelan. Los abrazos que nos sostienen. Las miradas con las que nos oyen.

Pienso en mis fracasos académicos; también recuerdo todas mis decepciones personales, pero esas no se las cuento -secretum meum mihi!-. 

Todas esas rupturas y fracasos, me han traído hasta ti. 

No lloro. Se me metieron unas letras de Rascal Flatts en los ojos.




miércoles, 23 de diciembre de 2020

"Con las manos vacías". Un cuento de Navidad

 


«Una hermosa leyenda cuenta que, cuando Jesús nació, los pastores corrían hacia la gruta llevando muchos regalos. Cada uno llevaba lo que tenía: unos, el fruto de su trabajo, otros, algo de valor. Pero mientras todos los pastores se esforzaban, con generosidad, en llevar lo mejor, había uno que no tenía nada. Era muy pobre, no tenía nada que ofrecer. Y mientras los demás competían en presentar sus regalos, él se mantenía apartado, con vergüenza. En un determinado momento, san José y la Virgen se vieron en dificultad para recibir todos los regalos, muchos, sobre todo María, que debía tener en brazos al Niño. Entonces, viendo a aquel pastor con las manos vacías, le pidió que se acercara. Y puso a Jesús en sus manos. El pastor, tomándolo, se dio cuenta de que había recibido lo que no se merecía, que tenía entre sus brazos el regalo más grande de la historia. Se miró las manos, y esas manos que le parecían siempre vacías se habían convertido en la cuna de Dios. Se sintió amado y, superando la vergüenza, comenzó a mostrar a Jesús a los otros, porque no podía sólo quedarse para él el regalo de los regalos» (Papa Francisco, Homilía, 24-XII-2019)

martes, 22 de diciembre de 2020

Amistad: Calibre 50, Gerardo Ortíz y San Agustín

 


Primero Gerardo Ortíz y Calibre 50: “500 caballos de fuerza, manejo un Camaro, y soy de Culiacán. Me gusta el whisky y las viejas, las armas, carreras, la velocidad...”

Ahora, el de Hipona. De joven prefería pasar las horas con amigos, más que cualquier otra cosa:

Pero a lo que dedicaba más tiempo y donde más me recreaba era divertirme con mis amigos, con quienes amaba las cosas con que olvidaba a Dios. [...] Junto a mis amigos, deseaba cosas con muchísima fuerza, incluso que mis deseos de buscar a Dios mismo, como conversar, reír, ayudarnos con gusto entre nosotros, leer juntos libros entretenidos, bromear unos con otros y divertirnos en compañía; discutir a veces, pero sin animadversión, como cuando uno disiente de sí mismo, y con tales disensiones esporádicas condimentar las muchas conformidades; enseñarnos mutuamente alguna cosa, suspirar por los ausentes con pena y acoger con alegría a los que llegaban. […] [Así nuestras] almas se fundían […] y de muchas intimidades se construía una sola alma.  

Al asunto le sobra tela. Porque ya de viejo reconoce que gracias a que las experiencias que se logran con los amigos, pudo probar la felicidad que capacita para comprender el amor y buscarlo. Sin amigos, nunca despertaría en nosotros el deseo de amar con profundidad, o de aprender a querer como lo mereces Más aún, dice el africano, como toda persona quiere ser feliz, ¿cómo supimos que era eso precísamente lo que más deseaba? ¿Quién nos enseñó a ahelar esa plenitud? ¿Cómo y dónde se metió en nosotros esa necesidad? 

La respuesta de Agustín se arma con cuidado, pero aquí va una pieza: en las ansias de “conversar, reír, ayudarnos, leer juntos, bromear y divertirnos” con los amigos. Sin ellos ni siquiera nos preguntaríamos por la felicidad y el amor, mucho menos la experimentaríamos:

¿Dónde ví [sin darme cuenta] la felicidad para desearla [con todas mis fuerzas]? [...] ¿Será por ventura como cuando recordamos el gozo? Tal vez sea así. Porque así como estando triste recuerdo mi gozo pasado, así siendo miserable recuerdo la vida bienaventurada; por otra parte, por ningún sentido del cuerpo he visto, ni oído, ni olfateado, ni gustado, ni tocado jamás el gozo, sino que lo he experimentado en mi alma cuando he estado alegre, y se adhirió su noticia a mi memoria para que pudiera recordarle, unas veces con desprecio, otras con deseo, según los diferentes objetos del mismo de que recuerdo haberme gozado. [...] Pues ¿dónde y cuándo he experimentado yo mi vida bienaventurada, para que la recuerde, la ame y la desee?

¿Dónde? Con los amigos. Entonces, ¿dónde se conectan, Calibre 50, Gerardo Ortíz, Culiacán vs Mazatlán con San Agustín? Bueno, mis amigos saben dónde. 

¡Feliz cumpleaños!

La foto es de @montseontiveros.photo, con quien ha trabajado Mijares y Emmanuel.





sábado, 16 de mayo de 2020

Somos como amamos, somos lo que amamos (Freud vs Chésterton)


Me pidieron la opinión sobre un libro de psicoanálisis y terapia para superar los traumas. Un refrito de las ideas de Freud; para quien el nudo de la existencia consistía en dejar que lo auténtico se mostrara. Ese núcleo sería, hasta donde entiendo, un deseo reprimido que pulula a modo de impulso sexual. Romper esa máscara revelaría la propia identidad. Por muchos motivos, dudo aquello sea una buena explicación de lo que sucede en la infancia, ni que sea una práctica eficaz para experimentar la libertad.  

Así que para preparar esa conversación con quien me pasó el libro -sabes quién eres- buscaba modos de decir y argumentos que desarrollar para clarificarme cómo desarrollar qué pienso sobre el libro. Recordé aquel poema de Chesterton: «Al profesor Freud»: 

Los ignorantes pronuncian Frud
para ponerle peros o aplaudirle. 
Los bien informados pronuncian Froid,
y yo sin embargo pronuncio Fraud [ˈfrȯd-fraude]

No encuentro, todavía, un argumento más elaborado del ensayista inglés, pero volví al capítulo de "Sabiduría e Inocencia" de Joseph Pearce, donde narra la relación de Chesterton con su esposa. Cuento lo anterior como pretexto para compartir fragmentos de ese capítulo.

-o-

Sabiduría e Inocencia
Joseph Pearce
Capítulo 3: El Chesterblogg
[...] En el otoño de 1896, Chesterton acompañó a Oldershaw a casa de la familia Blogg, en Bedford Park, y vio a Frances por primera vez. Se enamoró a primera vista: 
"Llevaba un traje de terciopelo verde adornado de piel gris, que yo hubiera llamado artístico, si ella no hubiera detestado toda conversación de arte; y tenía un rostro atrayente que yo hubiera llamado de diablillo, si ella no hubiera detestado toda alusión a los duendes". 
A solas en su cuarto ya entrada la noche, garabateó en un papel su devoción hacia Frances Blogg:  
A la mujer que amo
Con qué esmero te hizo Dios:
apartó para ti una estrella,
la tiñó de verde con campos de oro
y le puso el sol como aureola;
la llenó de reyes, pueblos y naciones,
y te hizo a ti, con mucho esmero.
Toda la naturaleza es el cuaderno de Dios,
sus toscos bosquejos para ti.
En ese mismo cuaderno empezó a escribir An Encyclopaedia of Bloggs. Blanche (la señora Blogg), Gertrude y su hermano Knollys no fueron más que epígrafes de sendas páginas en blanco. A Ethel la describe como «una chica desmoralizadoramente amable. Cuando Cristo se hizo hermano de la humanidad, convirtió a la señorita Ethel Blogg en la hermana universal». Frances  
"es una armonía de verdes y marrones. Tiene también algo dorado en alguna parte, pero no se puede localizar mediante examen. Probablemente sea la corona, pues el arpa no ha llegado todavía. Su físico no parece ser suficiente como para albergar todo ese temperamento, tiene un aspecto frágil, demacrado y vehemente. Si no fuera por el valor que refleja, su rostro sería un Burne-Jones: tiene la sobriedad de la alegría, no la austeridad fácil de la melancolía. Un apetito devorador de sensaciones; muy aficionada a la Biblia, muy aficionada a bailar. Cuando está disfrutando al máximo uno tiene la sensación de que le sentaría bien irse a dormir cien años. También sería la delicia de un príncipe". 
Chesterton [...] [e]n el verano de 1898, se incorporó al grupo de los prometidos, tras proponer matrimonio a Frances en un puentecillo en mitad de St James’s Park. Aquella noche, escribió una larga carta a su flamante prometida:  
"Perdonarás, estoy seguro, al tan recientemente nombrado Emperador de la Creación, por haber tenido tanto que hacer esta noche antes de tener tiempo para hacer lo único que merece la pena... Aunque un solo vistazo permite imaginar más bien poco, he descubierto que en realidad hasta hoy mi vida ha transcurrido en la penumbra más intensa... Intrínsecamente hablando, ha sido una vida muy alegre, pero lo cierto es que nunca he sabido lo que significa ser feliz hasta esta noche. Ser feliz no es estar pagado de uno mismo, en absoluto, ni estar tranquilo o satisfecho como lo estaba yo hasta hoy. La felicidad trae consigo no ya la paz, sino una espada; te sacude como el jugador agita los dados al lanzarlos; te deja sin habla, te nubla la vista. La felicidad es más fuerte que uno mismo y notas palpablemente cómo te pone el pie encima del cuello... No creo exagerar al decir que jamás en mi vida te he contemplado sin pensar que te había subestimado anteriormente. Con todo, hoy ha ocurrido algo fuera de lo normal: has ascendido siete cielos de una carrera. (…) Me invade una gran sensación de inutilidad, es un sentimiento maravilloso que me hace cantar y bailar, aunque técnicamente con bastante poca gracia. Hasta mañana, ¡por supuesto! Deberías sentirte inclinada a rechazarme y te ruego que lo hagas; no logro imaginar por qué no lo haces, pero supongo que tú sabes lo que haces mejor que yo... Que Dios te bendiga, mi querida niña". 
Cualquier comentario acerca de esta carta resultaría superfluo. Baste decir que afortunadamente Frances ascendió «siete cielos de una carrera» porque él se encontraba en el séptimo cielo, y desde allí escribió de nuevo:  
"Querido amor mío: En un momento piadoso el señor Swinburne llama a su Hacedor «un misterio polifacético». Me figuro que cada uno de nosotros vemos una cara solamente. En lo que a mí respecta, cuando se abran las nubes y dejen al descubierto el frente del trono y se despeje lo último y lo mejor, divisaré por encima de todos los ángeles esa cara tuya iluminada por la puesta de sol... Al menos soy incapaz de imaginar nada mejor... Estoy convencido de que hay una clase especial de belleza física externa que se tiene cuando se es bueno... Sé que existió Cleopatra de Egipto que, estando tú temporal pero inevitablemente ausente, atraía en gran medida al sexo masculino. Sin embargo, tengo la seguridad de que no poseía una belleza como la tuya, lo que tenía era armonía animal. Hay una clase de belleza que comienza en el interior y se va desarrollando: en primer lugar brota en el corazón y hace que luego florezca todo el conjunto, como se renueva el árbol con cada ramita y cada cogollo. El alma es como una llama que hace que todo el cuerpo sea transparente. Cualquier actriz conseguiría parecerse a Helena de Troya utilizando una barra de labios y un poco de maquillaje, pero ninguna podría parecerse a ti, sin ser una bendición de Dios" 
[...] En 1898 era un esforzado escritor que trabajaba como lector en una editorial para poder llegar a fin de mes. Desde el punto de vista económico no era un buen partido. No obstante, no se tomaba en serio su situación económica y bromeaba con su penuria. Escribió a Frances explicándole que había estado «intentando calcular el total de los bienes que puedo ofrecerte». La carta ofrecía una lista de sus posesiones, que comprendía un sombrero hongo, un bastón, un libro de poesías de Walt Whitman, una navaja, una caja de cerillas, una raqueta de tenis y «unas tres libras de oro y plata». El duodécimo y último objeto de la lista era 
"un Corazón extraviado en cualquier parte. Y éstas son prácticamente todas las propiedades de las que puedo hacer un inventario de momento. Al fin y al cabo, tengo gustos estoicos y sencillos. ¿Qué más necesita un hombre?..."
[…] Gilbert y Frances se casaron en la iglesia parroquial de Kensigton el 28 de junio de 1901; el reverendo Conrad Noel celebró la ceremonia. Pasaron la luna de miel en Norforlk Broads. Durante el viaje de novios o inmediatamente después Chesterton escribió una poesía titulada «El día de la creación» que está fechada en julio de 1901: 
Entre el día perfecto de la boda
y ese futuro fiero, soberbio y aferrado,
no robé nada más que seis días —seis días
bastan para que Dios haga el mundo. 
Para nosotros se hace la creación
luna nueva de noche, nuevo sol de día;
ese viejo olmo que soporta el cielo entero
ayer mismo brincó hasta esa altura. 
De todas las cosas libres la primera y más querida,
sola como novia y reina y amiga,
tal vez lleguen cosas brutas y otras amarguras,
pero aquí se acabarán todas las dudas. 
Nunca jamás con charla nebulosa,
será engañada la vida o la fidelidad deshecha;
El mundo es de muchos y es de locos,
pero nosotros somos uno y estamos sanos.
[…] Años más tarde, durante una de las giras de conferencias de Chesterton, [Frances] comentó a un reportero americano: 
"La verdad es que para mí son mucho más importantes mi perro, el burro y el jardín que tengo allá en el pueblecito donde vivimos, que toda la publicidad del mundo". 
Y continuó diciendo: 
"Gracias a Dios, mi marido es una persona sencilla y completamente normal, la popularidad le importa tan poco como a mí; los dos sentimos mucha nostalgia de nuestra casa en Inglaterra". 
Luego, añadió con una agudeza más propia de él: 
"Mientras mi marido hace una gira de conferencias, yo estoy organizando una campaña para la emancipación de las esposas de los hombres famosos". 
[…] [Él] Tampoco negaba que era totalmente dependiente de su mujer; de hecho lo admite en su Autobiografía:  
"al referirse a la conocida imagen que lucía en la cumbre de su carrera decía que el lector no debe dejarse engañar, en este punto, por la figura falstaffesca que envuelta en la capa y el sombrero de un bandido, ha aparecido en muchas caricaturas. Esta figura es una obra de arte posterior; aunque el artista no fue sólo caricaturista, sino una señora de sentimientos artísticos y a la que aludimos de paso en esta narración especialmente victoriana. Esa caricatura conmemora lo que el genio femenino puede hacer con los materiales menos prometedores." 
Estas líneas fueron escritas sólo unos meses antes de su muerte; pero la afirmación de que su mujer le había modelado, al menos en su aspecto externo, se remonta muy atrás. Casi treinta años antes, en 1907, había hecho la misma observación en una entrevista concedida a un periodista del Daily News. El entrevistador habló con Frances, antes de que llegara Chesterton:  
—Lo mejor que su marido escribió nunca —así empecé— fue que «si hay algo que realmente merece la pena hacer... » 
—«Vale la pena hacerlo mal» —replicó la señora Chesterton—. Me lo sé muy bien porque he suscitado debates sobre el tema y he logrado que todos estén de acuerdo conmigo. Observe cómo juegan los niños con las pinturas —continuó— y se dará cuenta de que la paradoja es verdad. Hemos excluido de nuestras vidas la música, el cante, el baile porque a todos nos da miedo hacer las cosas mal. 
.... [Chésterton aparece de repente a la luz de la lampara tras recorrer una cortina con gesto de importancia, y dijo:]
—No pido disculpas. No pido disculpas por mi apariencia personal porque, en mi opinión, que naturalmente puede ser bastante ridícula, la apariencia personal de un hombre casado es sencillamente una creación artística de la fantasía de su mujer. Él tiene exactamente el aspecto que ella quiere. 
Llegados a ese punto Frances, un tanto inquieta por la generalización que implicaba el comentario de su marido, afirmó rápidamente que eso era verdad pero sólo «dentro de ciertos límites». 
—Frances, querida —prosiguió el señor Chesterton sin inmutarse—, por desgracia tú has tenido que moldear una masa de barro; otras esposas tienen la ventaja de tallar mármol. Pero el barro sigue siendo barro y el mármol sigue siendo mármol; ahora bien, barro o mármol, la mujer es el artista. Tú eres la divinidad que dice a estos ridículos mechones de pelo: «Vosotros, hasta aquí y ni una pizca más»
[...] Chesterton, hablando de su mujer, decía sinceramente que se había enamorado a primera vista. En el transcurso de una conversación en la que ella le miraba continuamente, él se había dicho a sí mismo:  
"Si estuviera en relaciones con esta chica, la seguiría de rodillas; si habláramos, nunca me engañaría; si yo dependiera de ella, jamás me rechazaría; si la amara, nunca jugaría conmigo; si confiara en ella, jamás se volvería contra mí; si yo la recordara, ella nunca me olvidaría".  
Ya fuera por inteligencia, ya por intuición o por cualquier otra cosa, el hecho es que sus primeras impresiones resultaron ser completamente acertadas. No obstante, a él no le bastaba el amor a primera vista a menos que estuviera emparejado con el amor a última vista: amor a primera vista hasta que la muerte nos separe. Ya en los días en que empezaba a cortejar a la joven de la que estaba enamorado, tuvo una visión de una anciana a la que amaba. Si hubiera sucedido con cuarenta años de adelanto, antes de que ella existiese siquiera, él ya la amaría:  
Tu nuevo atavío se tiñó de verde pálido
cuando volviste tus suaves cabellos marrones
y surgió en mí la plegaria más extraña
que jamás hiciera un corazón enamorado.
Que yo, que vi la página brillante de tu juventud,
arco iris cambiante de vestido en vestido,
pudiera verte en este globo terrestre,
tocada con la corona de plata de la edad.
Tu amado cabello empolvado de esa guisa,
tu amado rostro matizado de pálidos colores,
y fija, a través de la máscara y del velo
la alegría de tus ojos inmortales

viernes, 3 de abril de 2020

La pandemia de vulnerables, frágiles... pero nunca solos.

El dibujo es de Antonio Federico

Dejar huella en el mundo implica marcarlo con nuestro trabajo por ordenarlo y vivir dignamente en él. Nos preocupa organizar la vida para ofrecer una seguridad a quienes amamos. Un espacio agradable para vivir. Esa es una cara de la moneda de la vida humana. Pero también lo es la vulnerabilidad. El mundo no necesita a esta persona para girar, ni para permanecer o evolucionar. En algún momento no existía, luego nació y mañana desaparecerá. Cada uno es prescindible, frágil y enfermable. Contingente.

El coronavirus nos despertó del comprensible enamoramiento por lado de la moneda más agradable. Pero de la que surge la fuerza interior que renueva nuestro sentido de dignidad. El papa Francisco partió de esta experiencia para ofrecer esperanza en su discurso sobre esta crisis
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. [...] Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
Hace unos meses, mi hermana Nora publicó un libro en el que cuenta su vida -marcada por la enfermedad y la vulnerabilidad-. Me pidió que escribiera una presentación. Se trata de sintetizar la mirada con la que ella repasa su vida para encontrar un sentido en medio de esa fragilidad. Aquí van unos párrafos de lo que terminó en el prólogo:
¿Qué encuentras en Más allá de lo evidente? Obscuridad. Pero entendida más bien como misterio que como sombra. Una experiencia mas cercana a invitación que a la ofuscación. En la vida que Nora cuenta, el dolor se hace presente. Pero también la alegría, la solidaridad, el esfuerzo y la paciencia. Pero, ¿cómo se anudan todos estos hilos? 
Como toda vida, la biografía de Nora no solo se despliega las escenas de todos los días, sino, sobre todo, la conciencia del tipo de historia que se cuenta con su vida. La enfermedad obliga a la autora a preguntarse radicalmente por el sentido de su vida. Desde su infancia, Nora se convenció de que Dios, un Padre bueno, sacaría algo bueno de su dolor y le daría fuerza para superarla. Con el paso de los años, su enfermedad no le dio tregua: una y otra vez debe replantearse si ese por qué a su sufrimiento realmente apunta a una solución real y eficaz. El dolor no permite atajos ni sensiblerías. O esa respuesta es real y eficaz, o el dolor que aparece una y otra vez en la vida de Nora se convertiría en la prueba irrefutable de que Iván Karamazov acertó: 
«imagínate que tienes que levantar el edificio del destino humano, con la intención última de hacer feliz al hombre, proporcionándole, al fin, paz y sosiego; pero para eso tendrías que torturar, inevitable e inexcusablemente, a una sola de esas criaturitas, pongamos por caso, a esa niña pequeña que se daba golpes de pecho, y erigir ese edificio sobre sus lágrimas no vindicadas. En esas condiciones, ¿estarías dispuesto a ser el arquitecto? […] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada.» 

[...] En [el libro de] Job, la respuesta al dolor no consiste en la develación de una fórmula filosófica para comprender los motivos por los que una persona sufre –articular los por qué-; o que Dios, al menos la divinidad cristiana, sea capaz de sacar de los males, bienes –reconocer los para qué-. No. Job encuentra algo mejor que un desarrollo discursivo, un argumento, sobre el dolor. Aprende a ver a un acompañante. En otras palabras, la respuesta de Dios al dolor es tanto dejarlo en el misterio, como solucionarlo a través de su cercanía. Benedicto XVI lo resume así: «Existe una nueva clase de sufrimiento: el sufrimiento no como maldición, sino como amor que transforma el mundo» (Ratzinger, El Dios de Jesucristo, ed. Sígueme, 1979, p. 53). 
De este modo, aunque se puedan encontrar motivos para sobrellevar la enfermedad, aunque se reconozca que Dios pudiera sacar algún bien de la enfermedad, si la respuesta solo es un por qué o un para qué, si el dolor se comprendiera gracias a un genial argumento, entonces la objeción que planteó Dostoyevsky en boca de Ivan Karamazov seguiría sin resolverse. Un Dios así sería un arquitecto sumamente cruel: ¿por qué hizo sufrir a una niña inocente? Yo también devolvería mi boleto de entrada a un mundo que se construye con el dolor de quien no lo merece. 
Pero la fe que mueve a Nora, aquella que aparece en estas páginas, es más que motivos con cierta coherencia interna o bienes que se obtienen a cambio de un sacrificio. Se trata más bien de saberse vista, de fiarse de una mirada, de sentirse acompañada e introducida en un misterio. Consiste en agudizar la mirada, ajustar los ojos del corazón para ver más allá de lo evidente. Por eso, o ese Dios en el que Nora confía es real, personal, se ocupa de ella y la interpela, o Nora no pasa de ser una fanática que encontró argumentos para sobrellevar la vida. Su fe, no dejaría de ser una cruel esperanza fallida. [...]
La fe de Nora puede que deje en el misterio los por qué y los para qué de su enfermedad, pero queda patente la cercanía de alguien que goza con la gratuidad. Entonces, ¿cuál podría ser la respuesta al por qué me pasó esto a mí? No los sé bien del todo. La única respuesta coherente que intuyo sería por una gratuidad de un amor incondicional. Edith Stein resumía así este misterio: El amor se hace profundo por el dolor; y el dolor se hace fecundo por el amor. 

domingo, 3 de marzo de 2019

San Agustín y la muerte de mi abuela


Agustín tenía 33 años cuando perdió a su madre, Mónica, de 56. El filósofo de Hipona relata la muerte tras describir lo que considera una vida plena, beatitud -algo que experimientó junto a ella-. Como si su vida auténtica dependiera de ver el mundo desde el corazón de su madre implantado en el suyo. Agustín se da cuenta que en su intimidad, más que un filósofo, habitaba su madre. Escribe el santo Obispo:
“Mientras yo le cerraba los ojos, una tristeza inmensa invadía mi corazón y se resolvía en lágrimas; pero al punto mis ojos, por violento imperio de mi alma, reabsorbían su propia fuente hasta secarla y en esta lucha yo padecía muchísimo” (Las Confesiones IX, 12, 29). 
En este pasaje Agustín se presenta más como filósofo que escribe sus memorias, que como un hijo que llora a su madre. Un pensador que intentaba secar las lágrimas a partir de una reflexión sobre el sentido de la muerte y del proyecto de vida del que ahora se convertía en heredero. Porque a partir de aquí, Agustín se sabe llamado a replicar -revivir- una existencia en busca de sentido, tal y como lo hizo su madre.
“¿Qué era, pues, lo que dentro me dolía gravemente, sino la herida recién abierta al romperse repentinamente aquella dulcísima y gratísima costumbre de vivir juntos? Es cierto que me llenaba de satisfacción el testimonio que había dado de mí, cuando en su última enfermedad, entremezclando sus caricias con mis cuidados, me llamaba hijo piadoso y recordaba con gran afecto de amor que nunca había oído salir de mi boca una palabra dura o injuriosa contra ella. Pero ¿qué tiene que ver, Dios mío, que nos has creado, qué comparación había entre los honores respetuosos que yo le rendía y los servicios que de ella había recibido? Por eso, porque yo quedaba desamparado de aquel consuelo suyo tan grande, sentía el alma herida y casi despedazada mi vida, que de la mía y la suya se había hecho una sola” (Las Confesiones IX, 12, 30). 
Me conmueve, -y eso que yo sí he llorado al recordar a mi abuela que murió hace un año-, cómo a pesar de intentar frenar sus lágrimas con firmeza filosófica, Agustín no pudo más y al escuchar a su maestro, San Ambrosio, se suelta a llorar como chiquillo. (Las Confesiones IX, 12, 32-33)

“Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.” (Las Confesiones IX, 12, 33). 
Al final de esta entrada copio un sermón que Agustín, ya Obispo, ofrece en un funeral. Ahí nos anima a llorar a moco tendido por la muerte de un ser querido, pues San Pablo recomienda llorar pero desde la Fe: Llorar sí, pero no al modo de quienes piensan que todo termina con la muerte, sino con la esperanza del reencuentro con ella en la intimidad del Dios cristiano. También, Agustín nos anima a cuidar los mausoleos y rituales funerales, a pesar de que al difunto, todo aquello ya no le sirve... ya ha muerto. No lo ve. No lo disfruta:
“Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no solo lo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas (de caridad), oraciones y limosnas (a los necesitados)” (Sermón 172)
¡Mi viejita chula! Has sido tú, entre otras quien me enseñó a que el secreto de la vida se esconde en un darse a los demás, en rezar y en arropar las necesidades de otros. Agustín me anima a recordarte, ver de nuevo tu fotografía, repetir tus dichos y caprichos -que eso es bueno para mí-; pero a rezar, ofrecer mi vida como lo hacías en servicio a los demás en tu nombre, y en comprometerme en las necesidades de los otros -que eso es fructífero para tí-.

Termino con estas palabras de San Agustín que en mi abuela se cumplen de pies a cabeza:
“Vete en paz, mujer; ¡así Dios te dé vida!, que no es posible que perezca el hijo de tantas lágrimas” (Las Confesiones III, 12, 21).
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Sermón 172
Cómo ayudar a los difuntos (1Ts, 4, 13)
San Agustín

1. El Apóstol nos exhorta a no entristecernos por nuestros seres queridos que duermen, o sea, que han muerto, como hacen los que no tienen esperanza, es decir, esperanza de la resurrección e incorrupción eterna. En efecto, también la costumbre de la Escritura los denomina con toda verdad durmientes, para que al escuchar este término no perdamos en absoluto la esperanza de que han de volver al estado de vigilia. Por ello se canta también en el salmo: ¿Acaso el que duerme no volverá a levantarse? Los muertos, pues, producen tristeza, en cierto modo natural, en aquellos que los aman. El pánico a la muerte no proviene, en efecto, de la sugestión, sino de la naturaleza. Ni la muerte habría sobrevenido al hombre si no hubiese existido antes la culpa que originó la pena. En consecuencia, si hasta los animales, que han sido creados para morir cada uno a su debido tiempo, huyen de la muerte y aman la vida, ¡cuánto más el hombre, que había sido creado de forma que si hubiera querido vivir sin pecado hubiera vivido sin término! Dé aquí surge la necesidad de estar tristes cuando, al morir, nos abandonan aquellos a los que amamos, pues aunque sabemos que no nos abandonan para siempre a los que quedamos aquí, sino que nos preceden por algún tiempo a quienes hemos de seguirles, sin embargo, la misma muerte de la que huye la naturaleza, cuando se adueña del ser amado, contrista en nosotros el afecto que origina la amistad misma. Por eso no nos exhortó el Apóstol a no entristecernos, sino a no hacerlo como los demás que no tienen esperanza. En la muerte de los nuestros, pues, nos entristecemos ante la necesidad de perderlos, pero con la esperanza de recuperarlos. Nos angustia lo primero, nos consuela lo segundo; allí nos abate la debilidad, aquí nos levanta la fe; de aquello se duele la condición humana, de esto nos sana la promesa divina.

2. Por tanto, las pompas fúnebres, los cortejos funerarios, la suntuosa diligencia frente a la sepultura, la lujosa construcción de los mausoleos significan un cierto consuelo para los vivos, nunca una ayuda para los muertos. En cambio, no se puede dudar de que se les ayuda con las oraciones de la santa Iglesia, con el sacrificio salvador y con las limosnas que se otorgan en favor de sus almas, para que el Señor los trate con más misericordia que la merecida por sus pecados. Esta costumbre, transmitida por los padres, la observa la Iglesia entera por aquellos que murieron en la comunión del cuerpo y sangre de Cristo y de modo que, al mencionar sus nombres en el momento oportuno del sacrificio eucarístico, ora y recuerda también que se ofrece por ellos. Si estas obras de misericordia se celebran como recomendación por ellos, ¿quién dudará de que han de serles útiles a aquellos por quienes se presentan súplicas ante Dios en ningún modo inútiles? No ha de quedar la menor duda de que todas esas cosas son de provecho para los difuntos, pero sólo para quienes vivieron antes de su muerte de forma tal que puedan serles útiles después de ella. Pues quienes emigraron de sus cuerpos sin la fe que actúa por la caridad y sin los sacramentos de esa fe, en vano cumplen los suyos con los deberes de la piedad, de cuya prenda carecieron mientras vivían aquí, o porque no recibieron o recibieron en vano la gracia de Dios y atesoraron para sí su ira y no su misericordia. Cuando los suyos realizan alguna acción buena por ellos, no por eso adquieren nuevos méritos los difuntos, pero se les otorgan estos, como consecuencia de los propios de antes. En efecto, solamente en esta vida existe la posibilidad de obrar de manera que estas cosas les sean de alguna ayuda una vez que hayan dejado de existir. Y, por tanto, al llegar al término de esta vida, nadie podrá tener después más que lo merecido durante ella.

3. Permítase, pues, a los corazones llenos de afecto familiar contristarse, con dolor curable, por la muerte de sus seres queridos; derramen por su condición mortal lágrimas para las que hay consuelo, pronto reprimidas por el gozo de la fe por la que creemos que, cuando mueren, los fieles se separan de nosotros por poco tiempo y que pasan a vida mejor. Consuélenles también las atenciones de los hermanos, tanto las dispensadas a los cadáveres, como las concedidas a los que manifiestan su dolor, para que no aparezca justificada la queja de quienes dicen: Esperé que alguien se apenara conmigo y no lo hubo; esperé a quien me consolase y no lo hallé. En la medida de nuestras fuerzas, que no nos falle la preocupación por dar sepultura a los muertos y construirles sepulcros, pues la Sagrada Escritura cuenta estas cosas entre las buenas obras; y no sólo en relación con los cuerpos de los patriarcas y demás santos, sino igualmente con los cadáveres de cualquier hombre muerto; en efecto, también fueron celebrados y alabados quienes lo hicieron con el cuerpo del mismo Señor. Cumplan los hombres con los últimos deberes para con los suyos, curativo para su dolor humano. Quienes aman no sólo carnal, sino también espiritualmente a sus muertos, en la carne, no en el espíritu, apliquen por ellos con mayor devoción, mayor esfuerzo y frecuencia, cuantas cosas ayudan a las almas de los difuntos, a saber: ofrendas, oraciones y limosnas.

viernes, 29 de junio de 2018

Dostoyevsky para mi crisis de juventud

Aliosha e Iván
Facebook dice de mí que pertenezco a la categoría Established Adult Life. Suena a marcadamente ruco o asentado con panza chelera. Quizá. Este año leí Los hermanos Karamazov. Desde el asiento en el que parece que ya estoy colocado –feisbuc dixit- me fue más sencillo entrevistarme con mi yo-entre-los-deciocho-y-venticinco-años.  Por eso, al no vivir esa etapa, tal vez me es más fácil descubrir unos aspectos de aquella juventud que viví en la descripción con las que Dostoyevsky introduce a Aliosha. 

El menor de los Karamazov, es un jóven que se adentró en un camino espiritual en busca de un ideal noble y grande que llenara su vida. Buscaba un proyecto de vida que le exigiera «imperiosamente sacrificar todo lo que sea necesario, hasta la vida, en aras de esa proeza»: «Quiero vivir para la inmortalidad, no estoy dispuesto a aceptar un compromiso a medias», decía Aliosha. Sólo así podía gastar sus días: vivir para intensearse. Si no, no. «A un gentleman solo le importan las causas perdidas», escribió Borges en La forma de la espada. ¿Por qué solo vale la pena un ideal así? Porque una juventud empeñada en algo grande puede llenarla por completo. Así gasté mi juventud. No me considero alguien excepcional, simplemente viví lo excepcional que puede ser la juventud. 

Sin embargo, para Dostoyevsky esos ímpetus chocarán contra su propia fuerza vital:
“Por desgracia, estos jóvenes no comprenden que, en la mayor parte de estos casos, el sacrificio de la vida es, posiblemente, el más sencillo de todos los sacrificios, mientras que consagrar, por ejemplo, cinco o seis años de su vida, rebosante de juventud, a un estudio difícil y pesado, a la ciencia, aunque solo sea para multiplicar las propias fuerzas y ponerlas al servicio de dicha verdad y de la proeza con la que se han encariñado y que se han propuesto llevar a cabo, es casi siempre, para muchos de ellos, un sacrificio superior a sus fuerzas.”
Más adelante, en palabras de Zósima, Dostoyevsky volvió sobre esta característica del amor jóven e intenso:
“El amor soñado ansía la proeza inmediata, que se consuma rápidamente, a la vista de todos. Hay quien llega, de hecho, a dar su vida, a condición de que el sacrificio no se prolongue en exceso, sino que se consume a la mayor brevedad, como en un escenario, y de que todo el mundo pueda admirarlo y elogiarlo. En cambio, el amor activo es trabajo y firmeza; para algunas personas puede llegar a ser toda una ciencia.”
¿Cómo sugiere este escritor ruso guiarse por un ideal con el intenseo de Aliosha, y al mismo tiempo, que ese fuego que lo mueve, no destruya a ese jóven? ¿Qué experiencias tomar en cuenta para asentar esa juventud? ¿Cómo no quemarse por las ansias y al mismo tiempo seguir soñando por un ideal? Porque una crisis de la juventud -y Aliosha la padeció, y yo también- consiste en ver que por más que des la vida por un ideal, éste ni se logra por completo, ni de forma definitiva, ni parece que se vaya a mantener en la cumbre... a pesar de intentarlo con todas las fuerzas y con la mejor intensión e intenseo

En Los hermanos Karamazov hay algunas pistas para intensearse sin consumirse. No sé si el escritor ruso pretendía darle este enfoque, pero si me entrevistara con mi yo-de-morrito –y hago cuando tú me lees-, me pediría recordar estas ideas que encontré en esta clásica novela:

1. Aprender a ver los gestos de gratuidad que recibimos. De eso escribí aquí. Sugiero leerlo de nuevo.

2. Huir de la abstracción. Los ideales pueden ser coherentes racionalmente, pero las personas concretas nunca encarnan a la perfección esos valores. Lo curioso es qeu los ideales no existen en sí mismos como esferas de perfección; las personas, sí. Y estas en parte revelan, pero también en parte ocultan el ideal. Nadie es pura luz. Los abismos y defectos de quienes viven el propio ideal, tarde o temprano, nos lastiman. Porque todos somos limitados e incluso un misterio para nosotros mismos. Querer y orientar la vida por ideales es muy fácil. Amar a una persona –la que incluso nos ha herido- es quererla tal cual es... en concreto: 
“Yo –decía– amo a la humanidad, pero no dejo de sorprenderme a mí mismo: cuanto más amo al género humano en general, menos aprecio a los hombres en particular, o sea, tomados de uno en uno, como individuos. En mis sueños –decía–, he llegado con cierta frecuencia a formular apasionados proyectos relativos al servicio a la humanidad, y hasta podría haberme encaminado a la cruz por los demás en caso de haber sido, de un modo u otro, necesario. Y, sin embargo, soy incapaz de pasar con nadie dos días seguidos en la misma habitación: lo sé por experiencia. En cuanto tengo a alguien cerca, siento que su personalidad limita mi amor propio y coarta mi libertad. En veinticuatro horas puedo llegar a odiar al mejor hombre del mundo: que si éste pierde mucho tiempo comiendo, que si aquel otro está resfriado y no para de sonarse... En cuanto alguien –decía– empieza a tener trato conmigo, me convierto en su enemigo. En cambio, siempre me ha ocurrido que, cuanto más he odiado a las personas en particular, tanto mayor se ha vuelto mi amor a la humanidad en general”.
3. Seremos salvados por la belleza. El cerrojo que une el ideal abstracto, –con su grandeza y su ser inabarcable-, con la existencia concreta de una persona, –con su limitación y la sed de vida propia de los Karamazov-, es la belleza. Estas palabras son de Dmitri. Un intenso como pocos:
“¡La belleza es una cosa terrible y pavorosa! Terrible porque es indefinible, nadie la puede definir, porque Dios solo nos ha dado enigmas. Aquí las orillas convergen, aquí todas las contradicciones conviven. [...] Lo terrible es que la belleza no solo es espantosa, sino también un enigma. Es la lucha entre el diablo y Dios, con el corazón del hombre como campo de batalla.”
4. Encuentra a aguien con quien y por quien llorar. Para Dostoyevsky, el sufrimiento del inocente y la eventual justicia euclidiana –o el karma que tarde o temprano castiga al injusto o premia al honesto- es irracional. Es el reclamo de Iván Karamazov, contra un dios que solo se mueve para recompensar a la bondad y sancionar la maldad:
“Y, si los sufrimientos de los niños han servido para completar la suma de sufrimientos necesaria para comprar la verdad, yo afirmo de antemano que esa verdad no vale un precio semejante. [...] Muy caro le han puesto el precio a la armonía, la entrada no está al alcance de nuestro bolsillo. En vista de lo cual, me apresuro a devolver mi billete de entrada. Y, a poco que sea yo un hombre honrado, mi obligación es devolverlo cuanto antes. Eso es lo que pienso hacer. No es que no acepte a Dios, Aliosha, me limito a devolverle el billete con todo respeto.”
No. Para Dostoyevsky la salvación por las injusticias que cometemos –y quién no es un poco miserable- es redimida por la gratuidad, por el don de algo que no merecemos, que se nos entrega por alguien a quien no le debemos nada. Nos lo da solo porque sí. En otras palabras, solo nos salvaremos si lloramos junto a quien nos ama. El escritor ruso insiste en que solo se ve a Dios o solo percibe el valor de la persona en concreto, cuando el personaje se convierte alguien capaz de sacrificarse para acompañar, sea como sea, a quien padece injusticias o a quien nos lastima sin causa. Cuando introducimos en el mundo, gratuitamene, ese amor inmerecido. Incluso si nos han lastimado: “Humedece la tierra con las lágrimas de tu alegría y ama esas lágrimas...” 

5. Alégrate. –“Quien ama a los hombres ama su alegría... no se puede vivir sin alegría”-; pasa por alto las ofensas –“Mientras Rakitin no deje de pensar en las ofensas sufridas, siempre se marchará por un callejón”. De ahí que:
“Han de saber que no hay nada más alto, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, especialmente el que se atesora ya en la infancia, en la casa paterna. Os han hablado mucho de la educación, pero cualquier recuerdo bonito, sagrado, conservado desde la infancia, puede ser la mejor educación que exista. E, incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, éste puede salvarnos en algún momento. Quizá nos volvamos malos, incluso puede que no tengamos fuerzas para resistir con firmeza ante una mala acción, que nos riamos de las lágrimas de los hombres  [...] Aun así, da igual lo malos que seamos, Dios no lo quiera, pues, en el momento en que recordemos [...] lo mucho que lo hemos querido en sus últimos días y cómo estamos hablando aquí junto a la roca, tan amistosamente y todos juntos, el más cruel de nosotros y el más burlón, si es que nos convertimos en eso, ya no se atreverá a reírse en su interior de cómo una vez fue bueno y bello. Es más, puede que precisamente este único recuerdo lo aparte de un mal grande y que reflexione y se diga: «Sí, entonces era bueno, valiente y honrado». Si se ríe de eso, no pasa nada, el hombre se burla con frecuencia de lo bueno y lo bello, solo es falta de reflexión; pero, señores, les aseguro que, en cuanto se ría, su corazón le dirá: «He hecho mal en reírme, porque ¡no hay que burlarse de estas cosas!».”
Established Adult Life... Ahora sí: ¡Intenséese!. Por cierto, feliz cumpleaños.

viernes, 23 de marzo de 2018

«Solo los pobres cuentan su dinero»: Julieta y la redención por la palabra.


Conceit, more rich in matter than in words,
Brags of his substance, not of ornament.
They are but beggars that can count their worth.

But my true love is grown to such excess
I cannot sum up sum of half my wealth.
(Romeo & Juliet, II.VI.30)

El pensamiento rico en contenido
presume de sustancia, no de ornato.
Solo los pobres cuentan dinero;
tan desmedido es mi amor que no puedo
contar ni la mitad de mi fortuna.
[Trad. Josep María Jaumà]

Solo los pobres cuentan su dinero. Después de que Fray Lorenzo los casará en su celda, Romeo le pide a Julieta una poesía para describir sus emociones.  Ella prefiere una respuesta destilada, lacónica, pocas palabras para no abaratar su cariño. Para Julieta es importante tanto el cuidado por el lenguaje -ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre-, como que éste realmente exprese la verdad de lo que ha descubierto. Sin lenguaje no podría reconocer ni llamar a Romeo; sin verdad, las palabras quedarían en el parloteo del manipulador. Si ponemos atención, recuperar el vínculo entre verdad y lenguaje le permite redimir a Romeo y salvarse ella misma del convencionalismo nominal al que la empuja su familia. Porque para una Capuleto el nombre Montesco se refiere a un enemigo despreciable. Para un Montesco decir Capuleto significa negarle cualquier grado de dignidad a los individuos de ese clan. Sin embargo, Julieta ha descubierto una verdad en Romeo para la que la palabra Montesco que conoce es insuficiente. 

Ella se rebela contra una especie de nominalismo –detrás de las palabras sólo existe un convencionalismo arbitrario, no una realidad nombrada- que la forzaría a detestar a Romeo, solo porque la tradición a la que pertenece le pide que lo odie. A ella le importa la existencia real –quidditas- de aquel al que ama, que sabe que existe, que la llama como fin y la llena como don:

Mi enemigo no es otro que tu nombre;
tú eres tú mismo, ¿qué importa Montesco?
¿Qué es ser Montesco? No es mano, ni pie,
ni brazo, ni facción, ni parte alguna
que perntenezca a un hombre. ¡Sé otro nombre!
¿Qué vale un nombre [What's in a name?]? Lo que llaman rosa
con otro nombre olería igual [By any other word would smell as sweet]
Y si Romeo no se llamase así,
¿no sería la misma su excelencia
sin ese nombre? Renuncia a tu nombre,
que no forma parte de ti, y, a cambio,
tómame a mí.
[Romeo y Julieta, II.2, 38-49]

Por su parte Romeo, por el amor que le revela la verdad sobre Julieta, sabe que ella no cabe en el significado de Capuleto asignado convencionalmente por su comunidad lingüística. Para él se vuelve importante rescatar el vínculo entre palabra y realidad. Para Romeo el cuidado del lenguaje se convierte en la única forma de ser fiel a la verdad que ha descubierto sobre ella y que lo define a sí mismo. «Endulza el aire con tu aliento», le pide a su ahora esposa: que la palabra de Julieta libere al lenguaje de su mentira, que el ambiente se civilice.

Dice Catherine Bates que en la Inglaterra de Shakespeare, la falta de respeto por la lengua significaba atrofia en el carácter, incapacidad para pensar o desorden de vida. Atropellar la lengua equivale a barbarie. Si el lenguaje es vehículo de la razón con la realidad, si la poesía el ornato en el discurso, si la retórica el honor del alegato, y si la gramática los principios que ajustan las palabras entre sí, entonces el esfuerzo por hablar con corrección se convierte en camino de civilización. Benedicto XVI en su famoso discurso en el Collège des Bernardins en Paris explicó cómo el cuidado por la palabra y el canto que nace de su custodia se convirtieron en el humus de la cultura occidental.

La tragedia de Romeo y Julieta consiste en que ese amor, a pesar de su capacidad redentora, no logra salvarlos. Al contrario, los jóvenes son víctimas del mal uso del lenguaje por parte de unos siervos y un deficiente servicio postal. 

El poco cuidado por la palabra, desencadena la tragedia de Romeo y Julieta. El respeto por ella, los redime.

Le agradezco a Víctor Isolino las sugerencias al texto.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Recibir un regalo

Grushenska y Alishoa

En una de las escenas, quizá, más estremecedoras de Los hermanos Karamazov, Grushenska afirma conmovida:
–No sé, no tengo ni idea, no sé lo que me ha dicho; le ha hablado al corazón, ha puesto patas arriba mi corazón... Ha sido el primero que me ha tenido lástima, el primero y el único, ¡eso es! ¿Por qué no has venido antes? [...] Toda la vida he estado esperando a alguien como tú, sabía que vendría alguien así y me perdonaría. Creía que a una mujer tan despreciable como yo también podían quererla, sin buscar únicamente mi perdición...
Alishoa le había regalado una mirada especial. Un obsequio que podría ser descrito como  «eres alguien  valioso para mí. Eres un don inmerecido para mí». O en palabras de Alishoa, «he encontrado un tesoro: un alma capaz de amar». 

¿A qué tipo de regalo se refiere Dostoyevsky? Una cocacola tiene un precio y la puedo recibir gratis en un centro comercial. Pero el escritor ruso no describe ese tipo de obsequios. Él habla de la entrega de aquello que no tiene precio pero lo vale todo: «¿quién soy yo ante tu mirada? ¿Soy alguien de quien obtienes un beneficio; me buscas porque me lo he ganado; o simplemente porque has descubierto en mí a alguien que lo merece todo sin tener precio?»

Esa mirada no se puede robar, forzar o manipular. No hay obligación de ofrecerla, no hay un deber de regalarla. Se da solo porque sí. Por eso Grushenska afirma asombrada: «–¡Voy a echarme a llorar! ¡Claro que voy a echarme a llorar! Me ha llamado hermana, ¡jamás lo olvidaré!»

Tal vez la única reacción ante ese tipo de regalos es el grito inevitable que nace de la conmoción, el asombro sobrecogedor del alma: «me han regalado lo inmerecido. Se han convertido en obsequio solo para mí; me han dado lo que no se gana: ni con mi esfuerzo, ni con mi talento, ni con mi derecho. Ha sido entregado solo porque sí». Es la mirada que sacude: you rocked my world!

Quizá nos pasa -mea culpa!- que olvidemos la cualidad esencial del regalo: ser obsequio inmerecido. Incluso algo tan cotidiano como ver a todo color. ¿Por qué no fuimos ciegos o daltónicos? ¿Por qué existe un mundo que nos asombra y conmueve? ¿Valoramos esa capacidad como regalo?  En este video se palpa la conmoción de quien descubre que un obsequio le permite ahora ver el regalo del color  (desde el 1:15, si hay prisa):


Puesta en música, esa experiencia se oye así:


lunes, 14 de agosto de 2017

«46»: la bóveda y la fuente



Hoy mis papás cumplen 46 años de casados. Dos palabras que me han dejado tocado, articulan mis recuerdos en un día como hoy: la bóveda y la fuente.

En una bóveda se guarda lo que es valioso. Pues bien, dice Dostoievski:
«Han de saber que no hay nada más alto, más fuerte, más sano y más útil en la vida que un buen recuerdo, especialmente el que se atesora ya en la infancia, en la casa paterna. Os han hablado mucho de la educación, pero cualquier recuerdo bonito, sagrado, conservado desde la infancia, puede ser la mejor educación que exista. E, incluso si nuestro corazón solo guarda un único recuerdo bueno, éste puede salvarnos en algún momento. Quizá nos volvamos malos, incluso puede que no tengamos fuerzas para resistir con firmeza ante una mala acción, que nos riamos de las lágrimas de los hombres y de las personas [...] quizá nosotros vayamos a burlarnos con maldad de esas personas. Aun así, da igual lo malos que seamos, Dios no lo quiera, pues, en el momento en que recordemos cómo hemos [sido amados], [...] el más cruel de nosotros y el más burlón, si es que nos convertimos en eso, ya no se atreverá a reírse en su interior de cómo una vez fue bueno y bello. Es más, puede que precisamente este único recuerdo lo aparte de un mal grande y que reflexione y se diga: "Sí, [por] entonces era bueno, valiente y honrado"» (Los hermanos Karamazov, Epílogo).
¿Y la fuente? Ella da origen al río, pero entre más ama a su hijo, más lo ve separarse. Pero no olvidemos que el torrente vive del empuje que nace del corazón del manantial. Sin eso, el agua se agota y el caudal muere. La fuente ama a su afluente empujándolo a ser él mismo y correr conforme a su identidad. Aún así, la vitalidad del río sigue dependiendo de su vínculo con la fuerza interior del pozo de donde nace. La cita es de Autorretrato con Radiador de Christian Bobín:
«"Quédate junto a mí", dice el mal amor. "Ve, dice el buen amor: ve, ve, ve: es por fidelidad a la fuente por lo que el arroyo se aleja de ella y se convierte en afluente, en río en oceano, en sal, en azul, en canto".»

sábado, 13 de mayo de 2017

«No te enamores de un cobarde»

«Ofelia», de John Everett Millais (1852)

«No te enamores de un cobarde», así tituló Marta Fernández su artículo en la revista Jot Down del mes de enero de este año. El texto se centra en un personaje de cine. Aquí van algunos párrafos, en concreto, aquellos en los que el actor no es relevante. Marco en negro las frases que más me gustaron:
Parecía valiente con su vaso de bourbon y su pestañeo más lento de lo habitual [...] Parecía un héroe en el exilio. Un francotirador emocional. Y sin embargo [...] no era más que un cobarde. [...] Tan valiente que no es capaz ni de escuchar una canción. Buscaba, como buscan los débiles, la distancia para pulverizar esa determinación ciega del amor. Esa que convierte a todo hombre en un héroe, como decía Platón. Platón, que por algo supo ver la metadona del mundo ideal, creía en el miedo. Y sabía que es un sentimiento extraño que no se puede domar. [...] 
Parece que es el valiente el que sale tocado de esta farsa del amar sin amar. Se lleva, por supuesto, el golpe del que se lanza con toda la caballería y acaba en un precipicio emocional. Pero la peor herida es la del otro. La del que no se atreve. El que se guarda sin darse cuenta de que guardándose está perdiéndolo todo. Y se quedan los cobardes viviendo en una colección de condicionales que nunca son. Abrazaría. Diría. Haríamos. Y nadie abraza. Ni nadie dice. Ni nadie hace. Porque el cobarde prefiere su presente continuo en continua repetición. Como en la rueda de un hámster, dejando que la inercia decida por él. 
En ese palacio  de las inercias del que no es posible salir vive Hamlet, incapaz de hacer lo que tiene que hacer. Hamlet, cobarde máximo, portador de la súplica del fantasma de su padre, carga con la profecía de un asesinato que no puede comerter. «La conciencia así hace a todos cobardes». Y aunque ha prometido matar a su tío, rechaza la oportunidad cuando la tiene. Y enfunda el puñal cuando está apunto de hundirlo en su carne. Y no se da cuenta de que es su propia sentencia de muerte la que acaba de firmar. Esa es la sentencia del cobarde: la del que se decide a ejecutar cuando el momento ha pasado. Cuando ya no puede ser. 
Hamlet se enreda en sus palabras para no actuar, construye retóricas para no pasar a la acción. Un hombre paralizado con el pensamiento dividido en cuatro partes: tres de cobardía y solo una de prudencia. Y cuando se dice ser o no ser realmente se está interrogando sobre si actuar o no actuar. Interrumpe Ofelia su soliloquio y Hamlet parece ponerla sobre aviso diciendo lo que no se atreverá a decirle jamás: «la hermosa Ofelia, ninfa en tus plegarias, nunca olvides mis pecados». Porque sabe que su verdadero pecado es el de la omisión. Que del mismo modo que omite la venganza, omitirá el amor. Hamlet no tiene el valor para cumplir con su destino como no lo tiene para querer. Dulce, hermosa, suicida Ofelia, escucha esa plegaria que dice que no te enamores de él. 
Como todos los cobardes, Hamlet espera el momento de actuar, de empezar la nueva vida del príncipe vengador. Pero el momento no existe sin el fogonazo de la resolución. Ahí está la diferencia: el cobarde cree que el momento llegará y el valiente se atreve a construirlo. Cabalga sobre el carpe diem y hace lo que tiene que hacer. Matar. Morir. Vivir. Amar. Ser por encima de no ser. Actuar. Porque esperar el momento es vivir anestesiado. Esperar el momento es malvivir. [...] 
Quizá ese es el problema. La obsesión por proteger el corazón. Quizá el cobarde solo tiene miedo del dolor. Quizá todo parte de la absurda idea de que para no arriesgarse al maremoto de la pena, es mejor no sentir. «Tengo tanto miedo a perder aquello que amo que me niego a amar nada». 
[A un cobarde] le habría ido bien leer a Borges, que sabía que el peor de los pecados es no ser feliz. Si su prosa está hecha de laberintos, su poesía deambula por los caminos que no se atrevió a recorrer. El camino del amor que le amenaza, de esa mujer que le duele en todo el cuerpo, de esa esquina por la que no se atreve a pasar. «Dónde estará mi vida, la que pudo haber sido y no fue», se pregunta en un soneto que tituló «Lo perdido». Quizá no haría falta decir más. Pero lo explica Borges, ya anciano, con falsa prosa, en «Posesión del ayer» 
«Sé que he perdido tantas cosas que no podría contarlas y que esas perdiciones, ahora, son lo que es mío. Sé que he perdido el amarillo y el negro y pienso en esos imposibles colores como no piensan los que ven. Mi padre ha muerto y está siempre a mi lado. (...) Nuestras son las mujeres que nos dejaron, ya no sujetos a la víspera, que es zozobra, y a las alarmas y terrores de la esperanza. No hay otros paraísos que los paraísos perdidos». 
El paraíso perdido es el único que les queda a los cobardes. El que se atisba desde el infierno de la fobia, más allá de las llamas donde arde lo que nunca fue. [...] El de los verbos en condicional que quieren ser conjugados en presente de verdad perfecto. [...] Nunca te enamores de cobardes [...] Nunca te permitas temblar si no es por pasión. Nunca te dejes arrastrar a ese lugar donde el peaje para no sufrir es negar la felicidad.