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lunes, 23 de julio de 2018

De burócratas, ciencia y libertad: «Memorias del subsuelo» de Dostoyevsky

Burócrata ruso de Jan Banning 

En estos días leí la primera parte de un librito de Dostoyevsky que se llama Memorias del subsueloLa historia recoge la reflexión de un burócrata, amargado, resentido y mezquino que ha dedicado su vida a fastidiar a los demás solo por que sí. Un antihéroe a toda ley. En su confesión pone sobre la mesa la idea sobre la que en parte tanto economistas, políticos como juristas construyen sus postulados. La organización científica de la sociedad depende de  los intereses del individuo y cómo es posible ofrecerle esos bienes a cambio de que se deje gobernar, administrar en nombre de esa sociedad organizada y eficaz.

Pues bien, nuestro burócrata se rebela contra esta utopía idealista.  ¿Realmente todos y siempre nos movemos a favor de nuestro interés? Cuando tomamos decisiones, ¿realmente buscamos de forma científica, clara y eficiente el bien máximo con el que orientamos  nuestra vida? 

Peor aún, cuando nos comprometemos por una meta o cuando buscamos lograr un bien, necesariamente nos sometemos a las reglas, prácticas y a la experiencia de los expertos en esos temas que permiten realizar nuestros propósitos. En ese sentido estamos condicionados –atrapados dirían más bien Dostoyevsky, Nietzsche y Kierkegaard- por esas reglas, por esas prácticas y por esas personas. El autor ruso nos recuerda que el hombre se rebela contra ese esquema, incluso a costa de no lograr lo que en el papel considera mejor. Solo por sentirse liberado de esas reglas, de esas prácticas y de esas personas. Solo por sentir que respira, por experimentar que vive, por saborear su libertad.

Dostoyevky dinamita ese mundo ideal de las utopías que presuponen un conocimiento exacto del mundo y el control del corazón humano, solo porque prometen la seguridad del orden, de la paz y del comer: 
«Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus jugarretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. […] Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano». 
En esto, Dostoyevsky desenmascara a algunos profesores de Derecho, de política y de economía que muchas veces nos pasa lo de los libros de jugadas en futbol americano. En el papel todo funciona a la perfección. En cada jugada dibujada todos quieren, pueden y ejecutan su parte, y cada línea consigue el tochdown. Siempre funcionan. Y así enseñamos derecho, explican economía y dirigen individuos: como si supiéramos con precisión lo que quieren los afectados, como si siempre desearan lograrlo, como si siempre se sometieran al orden de su ciencia. 

¿Pero esto es así? Si volteamos a nuestra realidad cotidiana, ¿todos siempre buscan y cumplen con lo que nos han dicho que consideran más valioso en la vida? ¿Sobre qué basamos la expectativa de que al aplicar las leyes de nuestras materias, del derecho, de la economía y de la política, vamos a comportarnos de forma ordenada y civilizada? 

Todavía no comienzo clases en mi universidad, pero al menos ya tengo unas preguntas que debo hacerme antes de volver a explicar el derecho. 

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Aquí van unos fragmentos de la primera parte –La ratonera- de Memoria del subsuelo en la versión del Centro Editor de América Latina.

MEMORIAS DEL SUBSUELO
Fedor Dostoyevsky
 
La ratonera

   Soy un enfermo...un hombre malo. No hay nada de atrayente en mí. Creo que mi hígado anda mal. Pero en verdad no sé absolutamente nada acerca de mi dolencia, ni siquiera estoy muy seguro de cuál es. No estoy bajo tratamiento, y nunca lo estuve, aunque siento gran respeto por la medicina y los médicos. Además lo bastante para respetar a la medicina. Dada mi educación, no debería ser supersticiosa, pero lo soy. No, yo diría que rechazó la ayuda médica nada más que por espíritu de contradicción. No espero que me entiendan esto, pero así es. Por supuesto, no puedo explicar a quién trata de engañar de esta manera. Tengo plena conciencia de que no me es posible perjudicar a los médicos impidiendo que me curen. Sé muy bien que el perjudicado soy yo, y nadie más. Pero de cualquier manera, sólo por malicia me niego a aceptar su ayuda. ¿Me duele el hígado? ¡Magnífico, que siga doliendo!
  Hace mucho tiempo que vivo así, veinte años o más. Ahora tengo cuarenta. Antes era empleado del gobierno, pero ya no. Era un mal funcionario, grosero, y me complacería serlo. Como no aceptaba sobornos, tenía que compensarlo de alguna manera. (Esta es una pésima muestra de ingenio, pero no la borraré ahora. La escribí pensando que parecería chistosa. Pero ahora me doy cuenta de que es una jactanciosidad vulgar, de modo que la dejaré sólo por este motivo).
  Cuando los peticionantes se acercaban a mío escritorio en procura de información, les mostraba los dientes, y me sentía indescriptiblemente dichoso cuando lograba que uno de ellos se sintiera desdichado. Por lo general eran personas tímidas pues iban a pedir algo. Pero uno de ellos constituía una excepción a la regla. Era un oficial, y yo experimentaba una particular repugnancia hacia él. No se dejaba amedrentar. Tenía una forma especial de hacer tintinear el sable. Desagradable. Durante dieciocho meses le hice la guerra cuando yo era todavía joven.
  ¿Quieren que les diga que pasaba verdad? Bueno, el centro del asunto, el aspecto más repulsivo de mi maldad, era que cuando estaba en mi peor humor hepático, tenía conciencia de que en verdad no era tan perverso ni tan colérico, y que no hacia más pasar el rato, por decirlo así, para distraerme. Puede que estuviera echando espumarajos de furia, pero si uno me traía una muñeca para jugar, o me ofrecía una buena taza de té con azúcar, lo más probable era que me calmara. E inclusive me sentía profundamente conmovido, aunque enojado conmigo mismo; y más tarde hacía rechinar los dientes y perdía el sueño durante varios meses. Así era yo.
   Hace un momento mentí, cuando dije que fui un mal funcionario. Y mentí por malicia. Me divertía a costa de los peticionantes y de ese oficial, pero en el fondo nunca puede ser malo. Conocía los numerosos elementos que había en mí, y que eran lo contrario de la maldad. Sentía que bullían en mí desde toda la vida, que trataban de salir a la superficie, pero yo les impedía hacerlo. Me atormentaban, me provocaban vergüenza y convulsiones, y me tenía harto. ¡Ah, qué cansado estaba de ellos! ¿Les parece que estoy tratando de justificarme, de pedirles que me perdonen? No me cabe duda de que piensan eso...Bueno, créanme, no me importa que piensen así.
  No conseguía ser malo, pero tampoco amistoso, ni infame, ni honrado, ni un héroe, ni un insecto. Y ahora vivo mi vida en un rincón, trato de consolarme con la estúpida, inútil excusa de que un hombre inteligente no puede convertirse en nada, de que solo un tonto puede hacer consigo lo que quiera. Es verdad que un hombre inteligente del siglo XIX tiene que ser una criatura invertebrada, en tanto que un hombre de carácter, el hombre de acción, es, en la mayoría de los casos, una persona de inteligencia ilimitada. Esta es mi convicción a los cuarenta años de edad. Ahora tengo cuarenta, y cuarenta años es toda una vida; cuarenta años es la vejez. ¡Es indecente, vulgar e inmoral vivir más allá de los cuarenta! ¿Quién lo logra? Contésteme con sinceridad. O déjenme que contesto yo: los tontos e inútiles. Esto lo repetiré en la cara de cualquiera de esos venerables patriarcas, de todos esos respetables hombres canosos, para que lo escuche todo el mundo. Y tengo derecho a decirlo, porque yo viviré hasta los sesenta. ¡Hasta los setenta! ¡Llegaré a los ochenta...! Esperen, déjenme recobrar el aliento...
  ¿Piensan que estoy tratando de hacerles reír? Entonces han vuelto a entenderme mal. No soy en modo alguno el tipo alegre que creen, o que podrían creer que soy. Pero si les irrita mi parloteo (y siento que ya debe molestarles), y tienen ganas de preguntarme quién diablos son al fin de cuentas, tendré que contestar que soy un asesor colegiado, empleado de octava clase. Entre en el servicio para poder comer (y sólo por eso). Pero cuando murió un pariente lejano, dejándome seis mil rublos, renuncié en el acto y me instalé aquí, en mi rincón. He vivido aquí aún antes de eso, pero ahora estoy establecido de verdad. Mi habitación es miserable y fea, y se encuentra en las afueras de la ciudad. La criada es una campesina, mala por pura estupidez; además, siempre huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo es malo para mí y que, dado lo escaso de mis ingresos, resulta un lugar muy caro. Todo eso lo sé. Lo sé mejor que todos mis presuntos consejeros. ¡Pero me quedaré en Petersburgo! ¡No me iré! No me iré porque...
 
[...] ¿Quién fue el primero que dijo que el hombre hace cosas feas sólo porque no sabré cuáles son sus verdaderos intereses, que si alguien lo esclareciera en ese sentido dejaría inmediatamente de actuar como un cerdo y se volvería noble y bondadoso? Al verse esclarecido, continua el argumento, y al advertir en qué consiste en su verdadero interés, se daría cuenta de que este tiene su centro en la acción virtuosa. Y como ya se sabe que un hombre no actúa en forma deliberada contra sus intereses, se seguiría de ello que no tendría más elección que las de volverse bueno. ¡Oh, cuánta inocencia! ¿Desde cuándo, en estos últimos milenios, ha actuado el hombre exclusivamente por su propio interés? ¿Y qué hay de los millones de hechos que demuestran que los hombres, de modo deliberado y con pleno conocimiento de cuáles eran sus verdaderos intereses, los despreciaron y se precipitaron en una dirección distinta? Y lo hicieron por su propia cuenta, sin que nadie los aconsejara, negándose a seguir el camino seguro, trillado, y lo siguieron con empecinamiento, a oscuras. ¿No sugiere esto que la testarudez y la terquedad eran más fuertes en esos hombres que sus intereses?
 ¡Interés! ¿Qué interés? ¿Pueden ustedes definir cuál es el interés de un ser humano? Y supongamos que el interés de un hombre no sólo concuerda con algo dañino, antes que con algo ventajoso, sino que además lo exige. Por supuesto, si ese caso es posible, entonces la regla queda reducida a polvo. Y ahora díganme: ¿es posible un caso así? Pueden reír, si lo desean, pero quieren que me contesten lo siguiente: ¿no hay una medida exacta para las ventajas humanas? ¿No se omiten algunas que no pueden ser incluidas en esta clasificación? Por lo que puede entender, ustedes han basado su escala de ventaja en promedios estadísticos y en fórmulas científicas pensadas por los economistas. Y como la escala está compuesta de intereses tales como la felicidad, la prosperidad, la libertad, la seguridad y todo lo demás, un hombre  que de modo deliberado hiciera caso omiso de dicha escalera sería tachado por ustedes -y también por mí en realidad- de oscurantista, de loco de remate. Pero lo verdaderamente notable es que los estadísticos, los sabios  y los humanitarios de ustedes, cuando hacen la lista de los intereses humanos, insisten en omitir uno de ellos. Jamás se acuerdan de él, con lo cual invalidan todo sus cálculos. Cualquiera creería que es muy fácil agregarlo a la lista. Pero ese es el problema; no encaja en ninguna escala ni diagrama.
 Por ejemplo, damas y caballeros, yo tengo un amigo; es claro que también es amigo de ustedes y en realidad, de todo el mundo. Cuando a punto de hacer algo, este amigo explicar con palabras pomposas y en detalle de qué manera debe actuar para concordar con los preceptos de la justicia y razón. Más aún, se muestra apasionado cuando perora sobre los intereses humanos; desprecia a los tontos miopes que no saben qué es la virtud o qué les conviene. Luego, exactamente quince minutos después, sin un motivo externo evidente, pero impulsado por algo interior, más fuerte que toda consideración de intereses, describe una piriueta y dice todo lo contrario de lo que ha venido diciendo. A saber, desacredita las leyes de la lógica y sus propios intereses; en una palabra, lo ataca todo...
Ahora bien, como mi amigo es un tipo complejo, no es posible desecharlo por considerarlo un individuo raro. De manera que quizás exista algo que todos los hombres valoran por encima de las más altas ventajas individuales, o (para no ser ilógicos) es posible que haya una ventaja humana mas ventajosa (precisamente la que siempre se omite) que también es más importante que las otras y por lo cual un hombre, si es necesario, hará frente a la razón, el honor, la seguridad y la prosperidad -en una palabra, a todas las cosas bellas y útiles- nada más que para alcanzarla, para lograr la ventaja más ventajosa de todas, las más cara para él.
 -Y qué - me interrumpirán ustedes-; de cualquier manera es una ventaja.
  Un momento. Quiero expresarme con claridad. No es un problema de palabras. Lo notable de ventaja es que transforma todas las clasificaciones y tablas compuestas por los humanitaristas para felicidad del género humano,. Las ahuyenta, por decirlo así. Pero antes de dar nombre a esa ventaja, permítaseme comprometerme y declarar qué todos esos encantadores sistemas, todas esas teorías que explican al hombre cuál es su verdadero interés, de modo que al alcanzarlo se vuelva en el acto bueno, y noble, todas ellas no son, en mi opinión, otra cosa que estériles ejercicios de lógica. Sí, nada más que eso. Por ejemplo, proponer la teoría de la regeneración  humana por la búsqueda de sus verdaderos intereses es, creo yo, casi como...bueno, como, decir, cual dice H.T. Buckle, que el hombre madura bajo la influencia de la civilización y se vuelve menos sanguinario y propenso a hacer la guerra. Para llegar a esta conclusión parece haber seguido un razonamiento lógico. Pero los hombres lo adoran los razonamientos abstractos y las sistematizaciones bien elaboradas, a tal punto, que no les molesta deformar la verdad, cierran  los ojos y los oídos a todas las pruebas que los contradicen, con tal de conservar sus construcciones lógicas. Y yo diría que el ejemplo que he tomado aquí es en verdad flagrante. No hay más que mirar en torno y se verán derramamientos de sangre, y la sangre es derramada casi jugando, como si fuese champagne. ¡Ahí tienen a Estados Unidos, esa indisoluble unión, hundida hasta el cuello en la guerra civil! Ahí tiene la farsa de Schleswig-Golstein...
 ¿Y qué hay en nosotros que haya sido suavizado por la civilización? Afirmo que lo único que ésta hace es desarrollar en el hombre una mayor capacidad para experimentar una mayor variedad de sensaciones. Y nada, absolutamente nada más. Y gracias a ese desarrollo, es posible que el hombre puede todavía aprender a gozar con el derramamiento de sangre. ¡Pero su eso ya ha sucedido! ¿Se han dado cuenta, por ejemplo, de que los tiranos, mas refinados y sanguinarios, comparados con quienes los Atila y los Stenka Tazin equivalen a simples niños de coro, son a menudo exquisitamente civilizados? En realidad, si no resultan tan notables es porque hay demasiados de ellos, y porque se nos han vuelto demasiado familiares. La civilización ha hecho al hombre, si no siempre mas sediente de sangre, por lo menos mas furiosas, mas horriblemente sanguinario. En el pasado se veía justicia en el derramamiento de sangre, y se mataba, sin mayores remordimientos de conciencia, a aquellos a quienes se consideraban necesario matar. Hoy, aunque consideramos espantoso derramar sangre, seguimos haciéndolo, y en escala mucho mayor que hasta ahora. Se ha dicho que Cleopatra -y, por favor, perdónenme por este ejemplo de la historia antigua- sentía placer cuando clavaba agujas de oro en los pechos de sus esclavas, que se deleitaba con sus gritos y contorsiones. Podrán ustedes objetarme que esto sucedía en tiempo relativamente bárbaros; o quizá digan que todavía hoy vivimos en una época bárbara (también en términos relativos), que todavía se clava agujas a la gente y que aún hoy, aunque el hombre ha aprendido a tener más discernimiento que en tiempos antiguos, todavía debe aprender a seguir los dictados de su razón.
 Ello no obstante, en los pensamientos de ustedes no cabe duda alguna de que lo aprenderá en cuanto se haya liberado de ciertas malas costumbres antiguas, y cuando el buen sentido y la ciencia hayan reeducado por completo la naturaleza humana, dirigiéndola por los caminos adecuados. Parecen estar seguros de que el hombre mismo abandonara sus extravíos por su propia y libre voluntad, y dejará de oponer su arbitrio a sus intereses. Más aún: dicen que la ciencia enseñará al hombre (aunque se me ocurre que esto es un lujo) que no tiene voluntad ni caprichos- que en verdad nunca los tuvo-, que es algo así como un teclado de piano o un pedal de órgano; que por otra parte, hay en el universo leyes naturales, y que todo lo que le ocurre sucede fuera de su voluntad, por sí mismo, como si dijéramos, en consonancia con las leyes de la naturaleza. Por lo tanto, lo único que queda por hacer es descubrir esas leyes y el hombre ya no será responsable de sus actos. Entonces la vida resultará en verdad fácil para él. Todos los actos humanos serán incorporados, por medio de una lista, a algo así como tablas de logaritmos, digamos hasta el número 108.000, y trasladaos a un almanaque. O mejor aún, aparecerán catalogados destinados a ayudarnos tal como hacen los diccionarios y las enciclopedias. Contendrán detallados cálculos y pronósticos exacto de todo lo que vendrá, de modo que ya no sean posible en este mundo las aventuras ni la acción.
  Y entonces -ustedes son quienes hablan- surgirán nuevas relaciones económicas, relaciones hechas de medida y calculadas de antemano con precisión matemática, de forma que en el acto desaparecen todos los problemas posibles, porque todos reciben las soluciones posibles. Y entonces se levantará el utópico palacio de cristal; y entonces...bueno, la vida será eterna bienaventuranza.
  Por supuesto, ni pueden garantizar (ahora hablo yo) que eso no resulte espantosamente aburrido (¿pues qué se podrá hacer cuando todo esté predeterminado por almanaques?). Pero, por otra parte, todo estará planeado en forma muy razonable.
  Pero es posible que uno haga cualquier cosa de puro tedio. Por aburrimiento se clava agujas de oro a la gente. Pero eso no es nada. Lo verdaderamente mal (soy yo quien vuelve a hablar) es que entonces las agujas de oro serán consideradas una bendición. El problema del hombre consiste en que es estúpido. Fenomenalmente estúpido. O sea, que aunque no sea estúpido de veras, es tan desagradecido, que no es posible encontrar otra criatura tan ingrata. A mí, por ejemplo, no me sorprendería en modo alguno, sí, en esa futura era de la raza apareciera de pronto un caballero con una sonrisita desagradecida, o digamos retrógrada, y, con los brazos en jarra, nos dijera:
-¿Qué les parece, amigos?, mandemos esta razón al demonio, saquémonos de debajo de los pies todas estas tablas de logaritmos y volvamos a nuestras propias y estúpidas costumbres.
  Eso no es tan enojoso por sí mismo: lo malo es que ese caballero encontraría partidarios, con toda seguridad. Porque así está hecho el hombre.
  Y la explicación es tan sencilla, que casi no parece haber necesidad de presentarla; a saber, prefiere actuar como se le antoja, y no como le dicen la razón y sus intereses, pues es muy posible que sienta deseos de actuar contra sus intereses, y en algunos casos digo que desea positivamente actuar de esa manera. Pero es es mi opinión personal.
  De manera que la libre e ilimitada elección de uno, el capricho individual, aunque sea el más loco, producto de una fantasía llevada a veces hasta el frenesí, esa es la ventaja más ventajosa que no puede ser incorporada a ninguna tabla ni escala, y que convierte en polvo, con su solo contacto, todos los sistemas y todas las teorías. ¿Y de dónde sacaron todos esos sabios la idea de que el hombre debe tener algo que en opinión de ellos es una serie de deseos normales y virtuosos? ¿Qué les hace creer que la voluntad humana tiene que ser razonable y concorde con sus intereses? Lo único que el hombre necesita de veras es la voluntad independiente, a toda costa y sean cuales fueren las consecuencias.
  Hablando de la voluntad, maldito sea si...
  -¡Ha, ja, ja! Hablando en términos estrictos, ¡eso que se llama voluntad no existe!- me interrumpirán ustedes con una risotada-. Hoy la ciencia ha logrado disecar al hombre lo suficiente como poder afirmar que lo que conocemos con el nombre de deseo y libre albedrío no es más que...
  ¡Esperen, esperen un momento! Ya iba a llegar a eso. Admito que inclusive me asusto un poco. Estaba a punto de decir que la voluntad dependía del diablo sabe que, y que quizá deberíamos estarle agradecidos a Dios por eso, pero entonces me acorde de la ciencia y eso me freno. Y en ese momento ustedes me interrumpieron. Ahora bien, supongamos que un día descubrieran de verdad una fórmula que constituyera la raíz de todos nuestros deseos y caprichos, y que nos dijera de que dependen estos, a que leyes están sometidos, como se desarrollan, hacia que apuntan en tal y cual caso, etcétera; es decir, supongamos que encontrasen una verdadera ecuación matemática. Bueno, lo más probable es que entonces el hombre deje de tener deseos, casi con seguridad. ¿Qué alegría podría encontrar en el hecho de funcionar de acuerdo a una tabla de tiempos? Más aún, se convertiría en un pedal de órgano, o algo por el estilo, ¿pues que es un hombre sin voluntad, deseos, ni aspiraciones, sino un pedal de órgano?
  Examinemos, por consiguiente, las posibilidades de que eso ocurra o no. ¿Qué les parece a ustedes?
   -Hummm -me dirán-, la mayor parte de nuestros deseos son errados a consecuencia de una evaluación equivocada de cuáles son nuestros intereses. Si a veces deseamos algo que no tiene sentido, ello se debe a que, en nuestra estupidez, creemos que es la forma más fácil de lograr una supuesta ventaja. Pero cuando todo eso nos ha sido explicado y elaborado en una hoja de papel (lo cual es posible, porque es despreciable y carente de razón afirmar que pueden existir leyes de la naturaleza que el hombre no logre penetrar), tales deseos dejarán sencillamente de existir. Pues cuando el deseo se combina con la razón, en lugar de desear razonamos. En ese caso resulta imposible conservar la razón y desear algo insensato, es decir, nocivo. Y en cuanto sea posible computar todos nuestros deseos y razonamientos (pues llegara el día en que entendamos qué es lo que gobierna a lo que ahora describimos como nuestro libre albedrío), es probable que contemos con algún tipo de tablas que orienten nuestros deseos, lo mismo que cualquier otra cosa. De manera que si un hombre le saca la lengua a alguien será porque no puede dejar de sacarla, y porque tiene que hacerlo colocando la cabeza exactamente en el ángulo en que lo hace. ¿Y qué libertad quedará entonces en él, en particular si es un hombre culto, un hombre de ciencia diplomado? ¡Pues podrá planificar su vida con treinta años de anticipación! De todos modos, si se llega a eso no tendremos más remedio que aceptarlo.  Debemos repetirnos a cada rato que en ningún momento ni lugar nos pedirá la naturaleza permiso para nada; que debemos aceptarla tal como es, y no tal como nos la pintamos en la imaginación; que si avanzamos hacia los gráficos, las tablas de tiempos y aun los tubo de ensayo, bueno, tendremos que aceptar todo eso, ¡incluido, por su puesto, el tubo de ensayo! Y si no queremos aceptarlo, la naturaleza misma hará que...
   Sí, sí, ya sé, ya sé... Pero ahí hay un inconciente, por lo que a mí respecta. Tendrán que perdonarme, damas y caballeros, si me hago un embrollo con mis propios pensamientos. Hay que tener en cuenta el hecho de que me he pasado los cuarenta años de mi vida en una cuevas de ratones, debajo de piso. Permítanme, entonces, que de rienda suelta a mi fantasía.
  Admiro que la razón es algo bueno. Eso no se puede discutir. Pero la razón es sólo razón, y no hace más que satisfacer las exigencias racionales del hombre. Por otra parte, el deseo es la manifestación de la vida misma -de todo la vida-, y lo abarca todo, desde la razón hasta el impulso de rascarse. Y aunque la vida puede convertirse a menudo en un asunto sucio cuando somos orientados por nuestros deseos, sigue siendo vida, y no una serie de extracciones de raíces cuadradas. 
  Yo, por ejemplo, por instinto quiero vivir, ejercer todos los aspectos de la vida que hay en mí, y no sólo la razón, que equivale quizás a no más de un vigésimo del todo.
 ¿Y qué sabe la razón? Sólo sabe lo que ha tenido tiempo de aprender. Muchas cosas seguirán siendo desconocidas para ella. Esto hay que decirlo aunque no tenga nada de alentador.
  Pero la naturaleza humana es todo lo contrario. Actúa como una entidad, usa todo lo que tiene, lo consciente y lo inconciente, y aunque nos engañe, vive. Sospecho, damas y caballeros, que me están mirando con compasión, preguntándose cómo no logro entender que un hombre esclarecido y culto, como el hombre del futuro, no puede tener deseos deliberados de perjudicarse. Para ustedes es una cuestión de matemáticas puras. De acuerdo, es matemáticas. Pero déjenme repetirles por centésima vez que existe un caso en que el hombre puede desear, con plena conciencia, hacerse algo dañino, estúpido y aun totalmente idiota. Y lo hará para dejar sentado su derecho a desear las cosas más idiotas, y para verse obligado a tener sólo deseos sensatos. ¿Pero que resulta ser la cosa más ventajosa de la tierra para nosotros, como a veces sucede? En términos específicos, puede resultar más ventajoso para nosotros que cualquier otra ventaja, aun cuando resulte evidente que nos hace daño y que contraría todas las conclusiones sensatas de nuestra razón respecto de nuestros intereses. Porque, suceda lo que sucediere, nos deja nuestra posesión más importante, más preciada: nuestra individualidad.
  Algunas personas reconocen, por ejemplo, que el deseo podría ser lo que el hombre más atesora. Es claro que el deseo, si así lo quiere, puede concordar con la razón, en especial si se lo usa con frugalidad, sin ir nunca demasiado lejos. Entonces el deseo resulta útil, y hasta digno de elogio.
  Supongamos, damas y caballeros, que el hombre no es estúpido. (Porque, en verdad, si decimos que es estúpido, ¿a quién podremos llamar inteligente?) Pero aunque no sea estúpido, es monstruosamente desagradecido. ¡Fenomenalmente desagradecido! Inclusive diría que la mejor definición de hombre es: un bípedo desagradecido. Pero ese es todavía su defecto principal si principal defecto es su perversidad crónica, y ya ha sufrido de ella a todo lo largo de la historia, desde el Diluvio hasta las crisis de Schleswig- Golstein. Perversión y, por lo tanto, falta de buen sentido, pues bien, se sabe que la perversidad se debe a la carencia de buen sentido. Echen una ojeada a la historia de la humanidad y díganme qué ven en ella. ¿Les parece majestuosa? Es posible. El Coloso de Rodas es lo bastante impresionante como para haber impulsado al señor Anaievski a decir que algunos la consideran una obra del hombre y otros una creación de la naturaleza. ¿La encuentran llena de colorido? Sí, supongo que en la historia de la humanidad hay mucho color. Piénsese en todos los uniformes militares y en todas las vestimentas civiles. Esto por si mismo parece bastante impresionante. Y si pensamos en todos los uniformes que se usan en todas las ocasiones semioficiales, hay tanto colorido, que cualquier historiador quedaría deslumbrado. ¿Les parece monótona? Sí, hay mucho de razón en eso. Combaten y combaten y combaten; están combatiendo ahora, lucharon antes y volverán a hacerlo en el futuro. Sí, convengo en que es un poco monótona.
  De modo que ya ven; sobre la historia mundial se puede decir cualquier cosas; todas y cualquiera de las cosas que se le pueda ocurrir a la imaginación más mórbida. Menos una. No se puede decir que la historia sea razonable. La palabra se le queda a uno en la garganta. Y he aquí lo que sucede a cada rato: hombres buenos y razonables, sabios y humanitarios, tratan de vivir una vida constantemente buena y sensata, de servir, por decirlo así, de antorchas humanas para iluminar el camino de sus prójimos, para demostrarles qué puede hacerse. ¿Y qué resulta de ello? Por supuesto, tarde o temprano, estos amantes del género humano se dan por vencidos, algunos en medio de un escándalo, y a menudo de un escándolo bastante indecente.
  Y ahora quiero preguntarles algo: ¿qué se puede esperar del hombre, si se tiene en cuenta que es una criatura tan extraña? Se pueden derramar sobre él todas las bendiciones de la tierra, ahogarlo en dicha, de modo que sólo se vea las burbujas que suben a la superficie de su ventura; se le puede otorgar tal seguridad económica, que no tenga que hacer otra cosa que dormir, mordisquear tortas y preocuparse de impedir que la historia mundial se interrumpa. Y aun entonces, por pura malicia se interrumpe. Y aun entonces, por pura malicia e ingratitud, el hombre les hará una sucia jugarreta. Inclusive pondrá en peligro su vida en beneficio de las más flagrante estupidez, de la tontería económicamente más insegura, nada más que para inyectar sus propias fantasías, desastrosas y letales, en toda la solidez y sensatez que lo rodean. Precisamente quiere preservar sus perniciosas fantasías y sus vulgares trivialidades, aunque sólo sea para asegurarse de que los hombres siguen siendo hombres (como si eso fuera tan importante), y no teclados de piano, que responde a las leyes de la naturaleza. Quien sabe por qué, al hombre le molesta la idea de no poder desear ese deseo no figura en su tabla de tiempos en ese momento.
  Pero aunque el hombre fuese otra cosa que una tecla de piano, aunque tal cosa se le pudiera demostrar por métodos matemáticos, no volvería en sí, sino que utilizaría alguna de sus tretas, por pura ingratitud, nada más que por salirse con la suya. Y si no los tuviera a mano, inventaría los medios de destrucción, de caos, y todos los tipos de sufrimiento necesarios para lograr su objetivo. Por ejemplo, maldeciría en voz lo bastante alta para que todo el mundo lo escuchara -maldecir es prerrogativa del hombre, y lo distingue de todos los demás animales-, y quizás el solo hecho de maldecir le daría lo que quiere, es decir, le demostraría que es un hombre, y no una tecla de piano.
 Pero se puede decir que también esto es posible calcularlo de antemano e incluirlo en la lista -el caos, las maldiciones y todo-, y que la posibilidad misma del cálculo lo impediría, de forma que predominaría la cordura. ¡Oh, no! En ese caso el hombre enloquecería adrede, nada más que para incomunicarse a la razón.
  Creo que esto es así y estoy dispuesto a jurar porque me parece que el sentido de la vida del hombre consiste en demostrarse a sí mismo, a cada instante, que es un hombre, y no una tecla de piano. Y el hombre seguirá demostrándolo, pagándolo con su piel; si hace falta, se convertirá en un troglodita. Y como esto es así, no puedo dejar de alegrarme de que las cosas sigan siendo como son y que por el momento nadie sepa qué es lo que determina nuestros deseos.




miércoles, 24 de enero de 2018

Libertad y revolución: un ensayo inédito de Hannah Arendt

Foto: @lacooquette

El The New England Review ha publicado un ensayo hasta ahora inédito de Hannah Arendt sobre el significado de Revolución y de Libertad. Lo encontré reproducido aquí. El manuscrito está clasificado por la autora como «A lecture» y fechado en 1966-67. No se sabe si fue leído, y si lo hizo, tampoco se conoce dónde o  cuando. 

Arendt explica que en principio, una revolución apunta a deponer un mal gobierno para liberarse de la tiranía. Se trata de «liberarse de» un sistema, un tirano, un partido político, etc. Pero una vez conseguido este objetivo, el revolucionario se enfrenta a la difícil tarea de cambiar el chip. Ahora se trata de «liberarse para» algo nuevo, construir algo con la libertad conquistada. 

En este contexto, la profesora de la Universidad de Chicago recuerda que la mayor revolución que experimenta el espacio público, la novedad disruptiva más radical de toda comunidad es el nacimiento de un ser humano y su vinculación con la vida en común. En efecto, con cada niño, con cada uno de nosotros, se introduce en el mundo un nuevo agente capaz de introducir en él algo nuevo. Ahora sí que la vida política puede ser transformada porque ya cuenta con un nuevo agente; un sujeto que introducirá con su libertad y compromiso una realidad que antes no existía, ni mucho menos era posible o imaginable. Con cada uno de nosotros se abre la posibilidad de que la sociedad comience de nuevo, que cambia. Cada bebé es semilla de una nueva revolución; un nuevo milagro con el que pasamos de «liberarnos de» a «liberarnos para». Por eso la verdadera revolución, según Arendt, significa 
«la actualización de la mayor y más elemental de las potencialidades humanas: la inigualable experiencia de ser libre para configurar un nuevo inicio, de donde nace el orgullo de haber abierto el mundo a un nuevo orden de las cosas».
De nada sirven las revoluciones que cambian los personajes y partidos que detentan el poder, si no logramos que las personas impriman en la sociedad su capacidad creativa y libre: no solo nos «liberamos de», sino que rompemos la sociedad tal y como la vemos con la creatividad de una libertad comprometida; de modo que el mundo incorpora un nuevo rostro, el rostro de quien participa en él.

Por eso, las verdaderas revoluciones políticas comienzan en la cuna. En cada niño hay una revolución -no en el sentido de guerra civil- sino en sentido de millones de posibilidades para la reconquista creativa y nueva de nuestra vida en común.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Arendt y el recién nacido como milagro político


En un pequeño libro, titulado «¿Qué es la política?»  se editan los manuscritos que Hannah Arendt había preparado para su proyecto sobre introducción a la política. En sus notas, esta importante filósofa se detiene a explicar lo que significa el «milagro» en la comprensión de este ámbito de la vida humana. Arendt no se refiere sólo al operador profesional, sino a la convivencia común de personas que son diferentes. En este sentido, parece que la vida de una comunidad sigue unos procedimientos ya establecidos, debe mantener unas tradiciones que ha heredado o simplemente arranca del «¡Ya qué! Así están las cosas». Este factum dato originario se rompe, acelera o cambia de dirección por la introducción de nuevos elementos que no son consecuencia natural de ese ambiente: 
«Se ve claramente que siempre que ocurre algo nuevo se da algo inesperado, imprevisible y, en último término, inexplicable causalmente, es decir, algo así como un milagro en el nexo de las secuencias calculables. Con otras palabras, cada nuevo comienzo [Anfang] es por naturaleza un milagro —contemplado y experimentado desde el punto de vista de los procesos que necesariamente interrumpe».
Este milagro o «nuevo comienzo» al que se refiere Arendt, pone en marcha y detona una nueva serie de eventos y sucesos que van a dar forma a nuestra vida en común. En este sentido, la libertad es uno de esos milagro que introducen nuevos elementos que no existirían, a no ser por que alguien se lanzó llenar de sentido y responsabilidad los datos políticos que tiene ante sí:  
«Si el sentido de la política es la libertad, es en este espacio —y no en ningún otro— donde tenemos el derecho a esperar milagros. No porque creamos en ellos sino porque los hombres, en la medida en que pueden actuar, son capaces de llevar a cabo lo improbable e imprevisible y de llevarlo a cabo continuamente, lo sepan o no».
Por eso Arendt concluye, que el mayor milagro que se puede esperar en la política, –la mayor fuente de milagros- es el nacimiento de una persona. Con ella se introducen en el mundo, un sin fin de posibilidades de construir la comunidad. Cada que nace un ser humano, se ha sembrado una nueva potencialidad de dignidad y de creatividad.

Por eso -entre otras cosas- hemos de celebrar cualquier nacimiento. Si no conocieran a un recién nacido, yo tengo en mente uno de hace dos días que podemos usar de excusa para alegrarnos de esta nueva serie de posibilidades infinitas para la vida política.

Un abrazo a Gabriela y Manuel. También voy a celebrar la llegada de Jaziel.

jueves, 15 de octubre de 2015

El Día de la Identidad Problemática


A diferencia de otras fechas, lo que se celebra el 12 de octubre depende en gran medida de lo que significa para nosotros la llegada de Colón en 1492. Unos celebran el Día de la Hispanidad (España),  otros el Día de la Raza (en la mayoría de américalatina); el Día de las Américas, (Uruguay) del Día del Respeto a la Diversidad Cultural (Argentina), el Día de los Nativos Indígenas (algunos estados de USA), etc. 

Aquí va una propuesta más. Esta variedad de significados tal vez se debe a que tiene que ver con nuestra identidad –nos guste o no, somos herederos de aquello- y como toda identidad de persona y cultura no es ajena a la contradicción y al drama. Octavio Paz hablaba de esta tensión en una conferencia dictada en 1991 ("La Democracia: Lo Absoluto y lo Relativo"). Lo decía así:
"Las polémicas en torno al Descubrimiento de América no se han apagado. No voy a examinarlas; me limito a señalar que casi siempre las críticas olvidan lo esencial: sin esas exploraciones, conquistas, acciones admirables y abominables, heroismos, destrucciones y creaciones, el mundo no sería mundo. [...] [Unos] dicen que la Conquista fue un genocidio y la Evangelización una violación espiritual del los indios. [Pero] [i]dealizar a los vencidos no es menos falaz que idolatrar a los vencedores [...]"
Entre los que vinieron a nuestro país, estaban los hambrientos de oro, poder y gloria, pero en ellos había mezclado el anhelo de grandeza, de realizar una misión trascendente y divina. Vivían la tensión de lo espiritual que se hace presente en lo mundano. Otros buscaban hacer evidente en el indígena la imagen común de una dignidad compartida: y por eso construyeron hospitales, aprendieron su idioma, integraron su comida, se adaptaron a su religiosidad, articularon una defensa de los derechos humanos de los indígenas.Vivían la tensión de lo mundano que manifiesta una presencia divina.

Todo encuentro y más si este genera una nueva identidad como la nuestra, es así: problemático, lleno de luces y sombras. Nosotros no somos diferentes. No pretendo resolver la polémica sobre el día de Colón, la raza, etc. Sólo quisiera hacer notar que para resolver las preguntas del tipo «¿quién soy, para qué vine al mundo, cuál es el sentido de mi presencia en la tierra, qué explicación doy de mi mismo?» necesitamos al menos reconocer y poner ante nuestros ojos  aquellas tensiones que forman parte de toda existencia humana: cómo ser libre para ser yo mismo, y al mismo tiempo sin encerrarme en la isla del «mi-mismo»; cómo pertenecer a un grupo social como la familia, los amigos, la cultura, la patria, sin ser absorbido y desdibujado por ella; cómo procurar el desarrollo profesional, y al mismo tiempo alimentar y solidificar la relaciones familiares y de amistad; cómo madurar mis convicciones fundamentales de modo que sirvan eficazmente para orientar mi vida, pero que no impidan aprender de otras que se presentan ante mí, cómo disfrutar de nuestros logros legítimos, sin que ello nos detenga en el pasado de lo ya logrado. 

Todas sobre estas tensiones y contradicciones se escribe nuestra biografía. Por eso, aquí va mi propuesta: como el 12 de Octubre es en el que recordamos que en nuestra identidad cultural ha nacido de forma difícil y contradictoria, también celebremos el Día de la Identidad Problemática. 

domingo, 27 de septiembre de 2015

L'Esperti Català y el Quijote sobre Barcelona

Antoni Tàpies, «L'ESPERIT CATALÀ», 1971, Museo de la UNAV

Así describe el Quijote a Barcelona (2da Parte, Cap 72).
«[A]rchivo de la cortesía, albergue de los estranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, solo por haberla visto.» 
Hoy es día de elecciones importantes en Cataluña.  Para un extranjero, en El Español encontré la mejor explicación de lo que pasa estos días.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La suerte siempre acude al rescate de los audaces (Exhibit A)


Supongo que conocen la escena. Aquí va el mismo evento visto desde tres tomas.

1. Primera vista: ¡Ven!



2. Segunda toma: Per aspera ad astra!



3. «Exhibit A»: La suerte siempre acude al rescate de los audaces.
[Seguir a la chiquilla. La cámara -obvio- va con el Papa]




jueves, 16 de julio de 2015

«Ve y pon un Centinela»: Atticus se pasa al lado obscuro.


¿Qué sentiríamos si descubrimos que el héroe de nuestra infancia es un fraude? ¿Cómo reaccionaríamos si  descubriéramos que Yoda se pasa al lado oscuro de la fuerza o que Gandalf se deja envolver por la maldad del anillo? Algo así sucedió hace dos días con el héroe más popular de la literatura norteamericana del s. XX: Atticus Finch. 

Probablemente conozcan la historia narrada en «Matar a un Ruiseñor». Su protagonista, Atticus, ha sido calificado como el prototipo de padre, como el héroe del siglo XX. En mi caso, es el libro que suelo recomendar a un bachiller que no está seguro de si lo suyo es estudiar derecho; «Matar a un Ruiseñor» presenta los principales problemas de la profesión jurídica, y el tipo de carácter que es preciso construir para convertirse en un buen jurista.

Atticus es un abogado en Alabama. Como abogado honrado, es contratado para defender a un hombre de color acusado injustamente de abusar de una mujer blanca. Con toda la opinión pública en contra, con los dados cargados en su contra, con todo que perder: ¿vale la pena defender lo justo a costa de críticas e incluso del odio y de pasarla mal? Atticus enseña el valor de la empatía, la importancia de la valentía, la lucha por lo justo, con los medios adecuados, como un acto de coherencia de vida. Aunque se meta en problemas.

El libro es de 1960 y su autora, Harper Lee no publicó nada más... Hasta el martes pasado, cuando salió a la venta «Ve y pon un Centinela». Esta segunda novela, fue en realidad escrita primero que «Matar a un Ruiseñor». Cuando el editor leyó el borrador, le sugirió a Lee que desarrollara mejor la historia y el personaje, ambientando los hechos veinte años antes de la protesta original. El borrador se había perdido, hasta que en febrero de este año dieron con él. En «Ve y pon un Centinela», Atticus, el héroe y el padre ideal, se viene al suelo. El defensor de la dignidad de toda persona, se revela como un segregacionista que asistió a una reunión del Ku Kux Klan. El padre ideal, mantiene unos fuertes desacuerdos con su hija.

Todavía no he leído la novela -ya viene en camino- pero las críticas más interesantes que he encontrado ofrecen dos pistas para reconciliar esta decepción. Esta es la primera: los héroes no dejan de ser humanos, y como todos los humanos, tienen nuestras grietas y pasadizos tenebrosos. El nuevo Atticus es un personaje necesita de la  benevolencia que él mismo nos enseñó veinte años antes: «Uno no comprende de veras a una persona hasta que considera las cosas desde su punto de vista…». Es decir, todos los seres humanos cargamos nuestras fallas, y quizá por eso, las cosas justas que podamos realizar son más cautivadoras. Tal vez sólo por eso, nos inspiran a tomarnos en serio los valores que intentan vivir a pesar de sus desaciertos.

La segunda es esta. Lo que «Ve y pon un Centinela» nos enseña, no es tanto el arco histórico de la vida de Atticus, sino el esfuerzo de una escritora por desarrollar a un personaje. Esta segunda novela se escribió primero. «Ve y pon un Centinela» es hasta cierto punto el primer borrador de «Matar a un Ruiseñor». Por eso, lo importante de esta nueva publicación no es tanto la corrupción de Atticus, sino más bien la maduración de un personaje por parte de la autora. Lo relevante es el proceso creativo de una escritora que se esfuerza por hacer creíble y atractivo a  un personaje.

A partir de estos dos tipos de crítica, se nos presentan otros tantos tipos de preguntas: «¿Qué significa que una persona que admiramos, real o ficticia, no vive conforme a los valores que aprendimos de ella? ¿Aquellos valores, realmente valen la pena seguirlos? ¿Cómo convivir con alguien lleno de luces y sombras?». El segundo tipo de preguntas es este: «Desde el punto de vista de un escritor, ¿cómo se hace madurar un personaje? ¿Cómo se inventa un personaje honorable a partir de otro que causa cierto rechazo? En función del tipo de personaje, cómo enfrenta el mundo que lo rodea y qué podemos aprender de él». 

Por lo pronto aquí está el primer capítulo tal y como lo ofrece «El País»

¡Ah! Feliz cumpleaños a Carmen -se me perdió la cadenita-. Y además hoy es su santo.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Preguntas en la última clase


Los alumnos del último semestre están preparando un video final de licenciatura. Eligieron un salón de clase y nos invitaron a dos profesores a estar ahí. Sólo necesitaban video y el profesor ambientaba la escena. El audio no era importante. Podríamos hablar de cualquier cosa, desde la eficacia de Aquamán en el desierto hasta el uso de la raíz cuadrada por un abogadoPues bien, como había que decir algo, como era una última clase, dije esto:
¿Quieres ser feliz una hora? Disfruta de un bife o de un asado. ¿Un día? Juega golf, ve a un partido de futbol o a una fiesta. ¿Qué tal por una semana? Compra un carro. ¿Y un mes? Termina tu licenciatura ¿Por un año? Gana la lotería. 
¿Quieres ser feliz toda la vida? ¿Qué debes hacer? ¿Qué precio es el que has de pagar? ¿Qué sacrificios estarías dispuesto a intentar? ¿Qué talento tendrías que mejorar? ¿Qué habilidad incorporar a tu carácter? ¿Qué problemas tendrías que superar? ¿Cuáles habría que despreciar? ¿Con qué tipo de personas debes juntarte? ¿Qué hacen los son realmente felices? ¿Cómo haces para llamar su atención y que estén a gusto de convivir contigo? ¿Qué les has de aportar? ¿A qué lugares van? ¿Qué dejan de hacer? ¿Qué no dejan de hacer?
La fiesta se puede planear, la alegría no. Quizá el secreto está no en ser capaz de organizar fiestas sino de atraer a personas que la llenen con su alegría (Nietzsche dixit). Tal vez el tesoro de la felicidad se esconde nuestra capacidad de atraer a personas que son felices.
Para ser honestos, las ideas se las volé a Lou Holtz, el legendario coach de Notre Dame. Aquí un video donde dice estas ideas de las que habla con frecuencia


jueves, 12 de febrero de 2015

Máscaras y Beisbol.


Vaclav Havel, el dramaturgo y político checo, publicó un famoso ensayo que tituló «El Poder de los sin Poder». Ahí describía cómo los regímenes totalitarios subsisten por que logran en la sociedad una vida simulada. Es decir, muchos para no meterse en problemas aceptan como el horizonte de vida válido para ellos la disyuntiva entre libertad y seguridad. Es decir, la seguridad de una educación y salud suficiente a cambio de una libertad controlada y limitada. El Estado simula que somos felices por que accedemos a unos servicios sociales colectivos de relativa calidad; y la sociedad simula que la vida controlada por el Estado le es suficiente y lo llena.

El ejemplo con el que Havel describe esta situación es este. Un vendedor de verduras en el mercado coloca junto al precio de su productos un letrero que dice: "¡Proletarios del mundo, uníos!". ¿Por qué lo hace? ¿Por que está convencido de que eso es realmente así? ¿Por que sabe que la clase obrera acabará por liberar a la sociedad de sus males? ¿O lo coloca por que teme al inspector o al vecino que lo va a denunciar? En un régimen totalitario quien piensa distinto o incluso quien se pregunta sobre la validez del letrero, se convierte en enemigo. Es fácil que el vendedor de verduras coloque el letrero no por convicción, sino para no meterse en problemas. Una persona así se ha colocado una máscara, vive en una trampa. Afirma lo que no cree. Esa es la fuerza de un régimen totalitario: enmascarar a todos. Y ahí, dice Havel está su debilidad. Un régimen totalitario se resquebraja cuando un ciudadano decide vivir en verdad y asumir sus consecuencias. Cuando se justifica sus convicciones y se deja transformar por ellas. Se trata en el fondo de sacudirse esa complicidad del miedo y de lo cómodo. De elegir aquello que dará sentido realmente a nuestra existencia. Decía un filósofo alemán: o nos comprometemos por algo por lo que estemos dispuestos a sacrificar la vida, o de lo contrario nuestra vida carecerá de sentido. Esa es la revolución del vendedor de verduras: la revolución de la conciencia.

Pues bien, esta idea de Havel me atropelló el domingo pasado a partir de algo tan intrasendente como tensionante. Como todo aficionado que ve perder a su equipo, yo hice lo que se supone que hace un aficionado. En mi caso, Culiacán perdió la final de la Serie del Caribe contra Cuba: imaginé el hipotético hit bien colocado para el empate. «¡Pero si estuvimos tan cerca!» lo repetí varias veces.  Menté todo el repertorio de mentadas que me enseñaron mis padres para esos momentos. Saqué cuentas para ver cuánto aportaron los refuerzos que llevó Culiacán [los refuerzos Charros se fueron al bat .167 y al pitcheo le conectaron el homerun del 3-1 para irse con 3 de efectividad], y poder culpar a alguien. Me torturé repasando las jugadas en las que por centímetros pudimos haber sacado más. Se puso feo. 

Vi entonces en mi tuiter una publicación que salió de Cuba. Yoani Sánchez escribió: «Cuba/Vegueros gana la Serie del #Caribe de béisbol y el barrio grita de alivio y felicidad».


¿Quién es Yoani Sánchez? Una versión real y cubana del vendedor de verduras del que hablaba Havel. No quiero resaltar aquí su oposición al gobierno cubano -que lo está- y las controversias que ha suscitado. Ella ha dejado la máscara y ha publicado un blog sobre lo que ve y lo que piensa sobre Cuba. Ha puesto su nombre y su documento de identidad para ser ella la que sostiene lo que opina. Como si dijera: «Esta soy yo, esto es lo que pienso. Podré estar equivocada, podré ver las cosas de forma parcial. Pero soy yo. Basta de máscaras.» Lanzarse a algo así la ha llevado a descalificaciones, detenciones y recelos. Ha sido acusada como agente de la CIA y traidora de Cuba. Cuando viaja al extranjero es insultada por personas que utilizan a su favor un derecho que a ella le es negado en Cuba. Ha puesto en riesgo su tranquilidad a cambio de sacudirse la máscara de sosiego.

Yo vivía una tragedia deportiva, ella relataba algo que la había puesto feliz. Había ahí dos historias y una atropellaba a la otra. En una, alguien disfrutaba sin ser consciente de una libertad que otros ganaron para él. En la otra, alguien se daba un respiro en su lucha por una libertad que otros disfrutarán. ¿De qué lado me tocó estar?

Me acordé de lo que decían las abuelas. Pon la tragedia en contexto y pasará como con una pintura, las luces y las sombras tienen sentido si se ven unas junto a las otras.

Aquí unos videos de Yoani y sus detractores.


En el minuto 35 comienzan las preguntas. Se pone bueno el debate.


jueves, 27 de noviembre de 2014

«Leer» no se enseña, se contagia.

«No puedes comprar la felicidad. Pero puedes comprar libros y eso es algo similar»


«Leer» no se enseña, se contagia. La frase no es mía. La vi en un  sticker de una escuela y como se aproxima inauguración de la FIL, puede ser que nos preguntemos, ¿cómo se enseña a leer? ¿Cómo se contagia? He preguntado a varios -incluído al autor de la frase «la lectura se contagia»- y aquí van algunas respuestas:

1. «Leer aunque no se antoje. Como en la vida se hacen cosas que no siempre nos gustan, es mejor irse probar el esfuerzo con cosas que valen la pena». El argumento es un poco violento, y quizá tal vez por ello, extraño. Tal vez por que hemos pensado que la lectura se hace porque produce placer. En parte sí, pero la lectura es importante no sólo por el fruto que produce, sino por la raíz en la que se nutre. Como toda raíz, ha de buscar su sitio por anclarse a la tierra. Algo así requiere esfuerzo. Leer también. Hay que leer aunque no haya ganas. Porque en la vida haremos cosas que no nos gustan, más nos vale entrenarnos en algo que vale la pena. 

2. «Para hablar como Don Juan, y escribir como Cervantes». De forma análoga al dicho de las abuelas –«somos lo que comemos»-, también escribimos y hablamos de lo que leemos. Una de las habilidades más valoradas en los profesionales de hoy es la capacidad de transmitir una idea con precisión. ¿Cómo entrenarnos para hacer algo así? No hay más que escribir. Pero el depósito de ideas, palabras, fórmulas y modos de decir se acrecienta con la lectura.

3. Los dos argumentos anteriores sirven pero hasta cierto punto, por que son utilitaristas: «leemos porque conseguimos algo a cambio». Pero si la lectura es la puerta para la sabiduría y ésta es un bien humano que vale la pena buscar por sí mismo, debe existir un motivo que justifique la actividad lectora. Dice C.S. Lewis que la lectura nos dice algo de la vida, nos introduce en el mundo de otros y en ellos aprendemos a darle sentido al nuestro. Quien no lee vive como en una cárcel, donde sólo reconoce lo que ha experimentado en su entorno y en su tiempo. Sólo tenemos una vida, un tiempo, y unas conexiones; por eso, quien quien no lee, sólo sabe de lo que alcanza a ver frente sí. Quien lee, amplía sus registros emocionales, intelectuales y morales gracias a los cuales puede comprender mejor lo que le sucede, prever lo que vivirá si toma unas decisiones equivocadas -o correctas-, aprenderá a darle cause a sus penas y potenciará sus alegrías . El momento eureka, el gozo de la lectura llega una vez que ya se ha leído, difícilmente antes. Por eso, enseñar a leer requiere un maestro que nos siembre la inquietud. Alguien que nos contagie.

Entonces, ¿qué consejo práctico daría a unos padres que quisiera inculcar en sus hijos el hábito de la lectura? En la práctica, asumo que el padre o la madre ya es un lector y conoce, en parte, el texto. Sugiero hacer tres cosas equivalentes a tres momentos distintos. Al entregar el libro, ofrecer una visión general de tema del que trata. Segundo, mientras lee el libro, hacer una pregunta al lector que conectaría el asunto del libro con su vida concreta, una especie de pellizco que diga «¡Hey! ¡En este libro hay un problema que tú también experimentas! ¿Qué harías si te pasara lo mismo?».  Tercero: escuchar, platicar y compartir el eco que el libro produjo en el hijo, en el alumno, en el amigo. Es el momento en que, como dice Lewis, «la experiencia literaria cura la herida de la individualidad sin socavar sus privilegios». Es el momento en que nos convertimos en mil personas sin dejar de ser nosotros mismos.  

Aquí dejo estos párrafos del ensayo de C.S. Lewis «La experiencia de leer. Un ejercicio de crítica experimental.»
«¿Qué valor tiene leer lo que alguien escribe?» equivale a la pregunta «¿Qué valor tiene escuchar lo que alguien dice?». Salvo que una persona sea capaz de encontrar en sí misma todas las informaciones, las diversiones, los consejos, las críticas y las alegrías que desee, la respuesta es obvia. Y si vale la pena escuchar o leer, entonces también puede valer muchas veces la pena incluso para poder descubrir que algo no la merece. [...]
Aquí reside, si no me equivoco, el valor específico de la buena literatura considerada en su aspecto de logos; nos permite acceder a experiencias distintas de las nuestras. Al igual que éstas no todas esas experiencias valen la pena. Algunas resultan, como suele decirse, más «interesantes» que otras. Desde luego, las causas de ese interés son muy variadas, y son diferentes para cada persona. Algo puede interesarnos porque nos parece típico (decimos: «¡Qué verdadero!»), anormal (decimos: «¡Qué extraño!»), hermoso, terrible, pavoroso, regocijante, patético, cómico o sólo excitante. La literatura nos da la entrée a todas esas experiencias. Los que estamos habituados a la buena lectura no solemos tener conciencia de la enorme ampliación de nuestro ser que nos ha deparado el contacto con los escritores. Es algo que comprendemos mejor cuando hablamos con un amigo que no sabe leer de ese modo. Puede estar lleno de bondad y de sentido común, pero vive en un mundo muy limitado, en el que nosotros nos sentiríamos ahogados. La persona que se contenta con ser sólo ella misma, y por tanto, con ser menos persona, está encerrada en una cárcel. Siento que mis ojos no me bastan; necesito ver también por los de los demás. La realidad, incluso vista a través de muchos ojos, no me basta; necesito ver lo que otros han inventado. Tampoco me bastarían los ojos de toda la humanidad; lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y más aún percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones. La experiencia literaria cura la herida de la individualidad, sin socavar sus privilegios. Hay emociones colectivas que también curan esa herida, pero destruyen los privilegios. En ellas nuestra identidad personal se funde con la de los demás y retrocedemos hasta el nivel de la sub—individualidad. En cambio, cuando leo gran literatura me convierto en mil personas diferentes sin dejar de ser yo mismo. Como el cielo nocturno en el poema griego veo con una miríada de ojos, pero sigo siendo yo el que ve. Aquí, como en el acto religioso, en el amor, en la acción moral y en el conocimiento, me trasciendo a mí mismo y en ninguna otra actividad logro ser más yo.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Dostoyevsky, «El Gran Inquisidor» y los Derechos Humanos


Fyodor Dostoyevsky nació un 11 de noviembre de 1821.  Es uno de los autores clásicos más importantes de Occidente y es conocido por su capacidad de plantear los problemas más radicales de la existencia humana con un realismo abrumador. Uno de ellos está recogido en un capítulo de su famosa novela «Los hermanos Karamazov». Ivan Karamazov cuenta a su hermano Alishoa la historia de «El Gran Inquisido(aquí en audio)

Ahí se relata la reaparición de Jesucristo 15 siglos después de su primera venida. El Gran Inquisidor detiene a Jesucristo y lo somete a un interrogatorio, o más bien a un reclamo: ¿por qué corrió el riesgo de la libertad? ¿Por qué creía que el hombre haría el bien libremente? ¿Por qué lo dejó padecer necesidad, si podría haberle resuelto sus vacíos y miedos? Si lo pensamos bien, la libertad viene acompañada de un peso: correr el riesgo de fallar, padecer necesidad de discurrir sobre cómo darle sentido. Si a esa consecuencia natural de la libertad, le añadimos que los seres humanos por más que queramos, no podremos evitar la limitación, el dolor y la muerte; si sumamos a estos problemas la necesidad interior de vernos liberados de esas angustias -de ser redimidos dirían los teólogos-; entonces podemos comprender el profundo problema humano recogido en «El Gran Inquisidor».

El Cardenal de Sevilla reclama a Jesucristo que éste, pudiendo liberar al hombre de este sufrimiento dandole pan, ofreciéndole milagros aparatosos, e introduciéndolo a una comunidad que siempre acoge, prefirió no hacerlo para no forzar su libertad. Es decir, si Cristo hubiera convertido las piedras en pan, el hombre lo seguiría no por amor a Él, sino por la seguridad de recibir el pan. Si hubiera hecho milagros aparatosos, la persona habría seguido a Cristo por que vería en Él quién le resuelve el misterio de su libertad, y no por un amor libre y desinteresado. El Inquisidor reclama a Cristo que por respeto al corazón las personas y de su libertad prefirió, correr el riesgo de que las personas eligieran mal y al mismo tiempo los condenó a cargar con el peso del sufrimiento y la necesidad. Todo en nombre de la libertad. 

Podemos reconocer en el Gran Inquisidor la tentación  de todo político y de toda persona con cierta autoridad: para no correr el riesgo de la libertad, -«no vaya  a ser que la gente se equivoque»- diseñamos estructuras que producen justicia, que fuerzan a la persona a comportarse adecuadamente. ¿A cambio de qué? A cambio de resolver necesidades básicas. Pensemos en la foto de político en campaña: sonriente, cruzado de brazos, con actitud de mago. Parece decirnos «si votas por mí, yo te resolveré tus necesidades, yo te garantizo que no padecerás apuros ni de vivienda, ni de trabajo, ni de seguridad. A cambio, dame tu voto y tu libertad. Yo te resolví tu problema, tú me debes lealtad». Algo así podemos ver en los gobiernos populistas: «la revolución es la que resuelve tu hambre, tu falta de empleo, tu angustia de inseguridad. Vota por mi, dame tu libertad, pertenece al movimiento para que no padezcas necesidad. Tienes que hacer, decir y pensar como lo digo yo, y a cambio, ya no padecerás necesidad». 


Pero no es un problema sólo del político o de la autoridad. También reconocemos la tentación de toda persona que padece necesidad -todos nosotros-: la angustia que padecemos cuando experimentamos nuestras carencias y limitaciones podemos verlas resueltas si seguimos a una autoridad que nos ha hecho la promesa -autoridad política, cultural o religiosa-. La libertad, cuando se vive en serio, también es trágica: he de esforzarme por descubrir lo que hace que mi vida sea valiosa, superar dificultades que eso implica, padecer necesidades, sostener en el tiempo ese esfuerzo, etc. Es comprensible que haya personas que quieran evitarse esos problemas y cedan su libertad a quien les ha prometido liberarlos de la necesidad y la angustia.

Esta tensión entre libertad y necesidad de redención recogido por Dostoyevsky en «El Gran Inquisidor» estuvo presente en el proceso de redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. El Diplomático libanés Charles Malik se dio cuenta de que tras una tragedia como la de la segunda guerra mundial, hubiera políticos y sistemas de gobierno que adoptaran el papel de «Gran Inquisidor». 

Los derechos humanos para Malik no significan una llave para exigir la respuesta a una necesidad. Implican también la exigencia de que la persona no fuera absorbida por la sociedad o por el Estado cuando estos le ofrecen soluciones a sus necesidades básicas. El profesor libanés, sin duda, reconoce la legítima necesidad de cierto orden social, de pertenecer a una cultura que alimente del espíritu humano. Pero estas corren el riesgo de reclamar a cambio un peaje muy caro: exigir de la persona una lealtad absoluta a cambio de solucionarle esas necesidades de desarrollo, de seguridad y de justicia.

Pero esa necesidad no justifica la eliminación de la persona como sujeto que toma postura, que es libre y necesariamente padece necesidades. Los derechos humanos para Malik no son sólo el derecho de resolver esas necesidades, sino la exigencia de hacerlo partiendo de seres libres y al mismo tiempo limitados. Y eso siempre es arriesgado.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Introducción a «The Collapse. The Accidental Opening of the Berlin Wall».


La noche del 9 de noviembre de 1989, una multitud «empujó», casi literalmente, lo que era un símbolo de la fuerza y el poder de un sistema político. Esa «apertura» ni fue planeada para esa noche por las autoridades, ni fue el resultado de un proyecto oculto de los gringos o de Gorbachev.

Fue un accidente.

En The Collapse, la historiadora Mary Elise Sarotte arma el rompecabezas de las pequeñas decisiones -accidentes y errores- que terminaron en la apertura accidental del muro. 

¿Esos protagonistas sabían que la pequeña pieza colocada con su decisión iba dibujando -como un rompecabezas- un diseño no deseado, ni pensado para ese momento? La sorprendente respuesta es «¡No!». Esta historia no deja de ser irónica: un sistema político, económico y cultural que se justifica como el producto más acabado, necesario y científico  y necesario de la historia, se derrumbó por una serie de eventos inesperados, absurdos e insignificantes. ¿La historia puede dirigirse científicamente? 

O más bien, lo que se cayó fue la máscara de un cadaver. El rey, hacía mucho tiempo que iba desnudo. Ese árbol ya no tenía vida. 

Sarotte no se pregunta -hasta donde he leído del libro- qué le da consistencia a un régimen político para que no se caiga de esa manera. Ni qué hace fuerte a una comunidad. Pero no puedo dejar de pensar en la experiencia de quienes sostienen que quien mueve a la historia es la cultura: la verdad que anida en el corazón, que genera comportamientos solidarios y acciones que elevan el espíritu humano.

Ahora sí. Estos son algunos párrafos de la Introducción del libro de Sarotte:
«Until that evening [Nov 9th], no one expected that the Wall would fall. Instead, well into 1989, escaping East Germany remained a fatal exercise. The last killing by gunshot had occurred in February of that year; the last shooting at the Wall, a near-fatality in broad daylight, had taken place in April; and the last death during an escape attempt on the larger East German border had happened just three weeks earlier. And the border between the two Germanys was, of course, only a part of the larger line of division between the two military blocs in Europe, both armed with thermonuclear weapons. Up to the night of November 9, 1989, as in the preceding years and decades, the East German ruling regime had maintained forceful control over the movement of its people. 
The regime had not, in fact, intended to part with its control on the night of the ninth. The opening of the Wall was not the result of a decision by political leaders in East Berlin, even though a number of them would later claim otherwise, or of an agreement with the government of West Germany in Bonn. The opening was not the result of a plan by the four powers that still held ultimate legal authority in divided Berlin: the United States, the United Kingdom, and France in the West, and the Soviet Union in the East. The opening was not the result of any specific agreement between the former US president, Ronald Reagan, and the Soviet leader, Mikhail Gorbachev. The opening that night was simply not planned. 
Why, then, was it happening? Enormous crowds were surging toward both the eastern and western sides of the Wall. The East German regime struggled to maintain order not only at the Brandenburg Gate but also at the Wall’s border crossings—for there was no crossing at the gate itself—with armed troops, physical barriers, and other means. At some locations, security forces succeeded in regaining control over the crowds, but the people kept coming. Again and again, East Germans told the border officials, in so many words, You should let us pass. Again and again, those same officials—who only weeks if not days before would have turned weapons on them—let them out. Why?” 
[...] 
“But when we reexamine the immediate causes of the collapse of the Wall on the basis of firsthand evidence and interviews, the significance of accident and contingency—rather than of planning by political leaders—rapidly becomes apparent. The opening represented a dramatic instance of surprise, a moment when structures both literal and figurative crumbled unexpectedly. A series of accidents, some of them mistakes so minor that they might otherwise have been trivialities, threw off sparks into the supercharged atmosphere of the autumn of 1989 and ignited a dramatic sequence of events that culminated in the unintended opening of the Berlin Wall.” 
[...] 
“This evidence not only makes the accidental and contingent nature of the opening of the Wall plain but also reveals that the people who brought about the fall of the Wall on November 9 were, by and large, not internationally known politicians. Rather, they were provincial figures, deputies rather than bosses, and even complete unknowns. Roughly a dozen of them will loom large in the pages to follow: they were individuals such as Katrin Hattenhauer, a teenage rebel thrown into solitary confinement for her political views; Uwe Schwabe, a former soldier turned public enemy number one; Christoph Wonneberger and Hans-Jürgen Sievers, two ministers at Protestant churches in the Saxon region of the GDR, convinced that change had to come and that they could help to usher it in; Roland Jahn, a very well-connected staffer at a West Berlin TV station; Aram Radomski, an East German drifter brutally forced apart from his girlfriend and seeking revenge; his friend Siggi Schefke, dreaming of forbidden travel to the West; Marianne Birthler, a youth counselor in East Berlin; and midlevel loyalists such as Helmut Hackenberg, one of the party’s many second secretaries; Gerhard Lauter, an ambitious young department head in the East German Interior Ministry; Igor Maximychev, the deputy Soviet ambassador in East Berlin; and, finally, Harald Jäger, a second-tier passport control running the night shift at an East Berlin border checkpoint. Most of these people were little known beyond their immediate communities, if even that, but they would all contribute significantly—and at times unintentionally—to the collapse of the Berlin Wall. They would become the catalysts of the collapse.” 
[...]  
“By examining how it happened in East Germany in 1989, we can learn how and why dictators’ subordinates choose to disobey orders, and so do not use violence against unarmed protestors even though they have instructions to do so, or how and why oppressed people choose to extend trust to total strangers in crises, and so begin to form large, durable communities of protest. The latter point is particularly important, and surprising. As we will see, dictatorial leaders who had worked together for decades had no trust whatsoever in each other, while dissident leaders in groups riddled with secret police spies exhibited a startling openness to, and confidence in, outsiders willing to help.” 
[...] 
“In summary, it is worth spending time looking at the details of how and why the Berlin Wall opened on November 9, 1989, because they add up to larger lessons that matter. That night represented the moment when a peaceful civil resistance movement overcame a dictatorial regime. It is all too seldom that such a peaceful success happens at all, let alone leaves a magnificent collection of evidence and witnesses scattered broadly behind itself for all to see. By looking at this evidence, listening to these witnesses, and learning this story—as it actually unfolded, not as we assume it did—we gain new respect and understanding for people who try to promote peaceful change in the face of dictatorial repression, for the odds that they face, and for the ways in which outsiders can actually help to promote their success instead of merely assuming that they have done so.”


jueves, 6 de noviembre de 2014

25 años de la «apertura accidental» del muro de Berlín


La caída del muro de Berlín es una de las metáforas de la lucha por la libertad mas icónicas para nuestra generación. De pronto, uno de los muro más resguardado por la fuerza, fue destrozado por civiles que sin ceremonia levantaron barreras, abrieron puertas con la euforia de una libertad recién conseguida. La frontera ya no era un límite sacrosanto cuyos guardianes infundían miedo. La historiadora Mary Elise Sarotte ha publicado a principios del mes pasado un libro llamado «El Colapso: La apertura accidental del muro de Berlín» donde narra los hechos de aquellos días que desembocaron en aquel 9 y 10 de noviembre de 1989. 

Sapotte reconstruye cómo una serie de errores de las autoridades de Alemania del Este. Así por ejemplo se cuenta la historia de Harald Jäger, el confundido jefe de policía que cuidaba uno de los pasos a Berlín Occidental. Sin tener claro cómo proceder, ordenó que materialmente se abriera la frontera; y así lo que sería una apertura planeada y gradual, se convirtió en aquel festival de celebración y liberación popular que vimos por la televisión. También cuenta dos errores que fueron claves para este cambio de eventos. El documento que liberaba el paso entre las dos zonas de Berlín a unos refugiados daba la impresión de que se aplicaría también al resto de la frontera entre las dos Alemanias y a cualquier persona. Y, no podía faltar, la famosa conferencia de prensa de Günter Schabowski, uno de los miembros del Politburo que sugirió que las personas podría cruzar «Inmediatamente [...] ahora mismo», sin distinguir si eran refugiados o no y sin señalar bajo qué procedimiento se haría algo así. Y con estos pequeños desaciertos, contingencias, vagedades y errores individuales... cayó el muro.

The night the wall came down 
En su comentario al libro de Sarotte, Tiomthy Garton Ash, señala que el subtítulo puede ser engañoso. Es equivocado en parte, dice Garton, calificar la caída del muro como algo accidental: el régimen representado por el muro, era insostenible, pues Gorbachev en Rusia había aceptado ya aprobar unas reformas que desembocarían de cualquier modo en la caída del muro. Pero desde otro punto de vista, Sarotte tiene razón: fue «accidental» el cómo sucedió: desde la reacción popular de la gente en Berlín Oriental, el modo en que se presentó la conferencia de prensa en las noticias de Berlín Occidental. Esos errores y pequeños accidentes muestran el «cómo» sucedió y de alguna manera también el «por qué». La reacción popular -no controlada ni producida por los políticos y la gente de poder- marcó un cambio decisivo en la autocomprensión de un pueblo: los políticos detentadores del poder, al final del día, ya no podían nada. Quien mandaba era realmente la gente. Por que todos ellos, espontáneamente unidos pidieron que se abran las puertas, las puertas se abrieron. 

Y esta imagen de libertad nos ha acompañado desde entonces. Garton compara a esa generación de jóvenes -"la que espiaba el futuro que nacía desde la puerta de Brandenburgo la noche del viernes 10 de noviembre de 1989"- con la de aquellos que nacieron en 1989 y hoy tienen 25 años: les llamamos «ninis» o Millenialls. ¿Tienen esos mismos sueños de libertad? ¿Cuál es el futuro que ven nacer?

Toda generación tiene el reto de asumir, justificarse y vivir una y otra vez, la serie de valores heredados de la generación anterior. El hecho de no tener claro cuál es el proyecto político que une a todos, no quiere decir que estemos al borde del colapso. Siempre ayuda a preguntarse. ¿De qué lado de la historia crees que te tocó estar: de los que gozan una libertad que otros ganaron para ti o del lado de los que tienen que sacrificarse -quizá demasiado- para lograr una sociedad y una libertad que otros gozarán?

Werner Krätschell vivía en Alemania Oriental. En 1989 cuando leyó de un periodista francés la extraña noticia de que podrían cruzar a la otra Alemania libremente, recogió a su hija Constansa y a su amiga Astrid y las llevó a conocer el otro lado de Berlín, el occidental. Así recuerda lo que significó cruzar el muro: "Los sueños y la realidad se confundían. Los guardias nos dejaron cruzar sin más. Las chicas lloraban y se abrazaban con fuerza en el asiento de atrás, como si tuvieran miedo de un bombardeo." En el Berlín al que llegaron, los saludaba gente que no los conocían: las saludaban llenos de gusto. "De pronto Astrid, me dijo que detuviera el auto en la siguiente esquina. Sólo quería pisar la calle aunque fuera sólo una vez. Tocar la tierra. Como lo hiciera Armstrong después de pisar la luna"